El crimen y el castigo

Part 19

Chapter 193,884 wordsPublic domain

--¿Qué quiere usted que yo le diga? Conozco a Rodia desde hace diez y ocho meses; es triste, sombrío, orgulloso y altanero. En estos últimos tiempos (pero quizá esta predisposición existiese en él desde antigua fecha) se ha vuelto suspicaz e hipocondríaco. Es bueno y generoso. No gusta de revelar sus sentimientos, y prefiere ofender con su reserva a las personas a mostrarse expansivo con ellas. Algunas veces, sin embargo, no parece tan hipocondríaco, sino solamente frío e insensible hasta la inhumanidad. Diríase que existen en él dos caracteres que se manifiestan alternativamente. En ciertos momentos es por extremo taciturno: todo le molesta, todo le desagrada y permanece acurrucado sin hacer nada. No es burlón, aunque su espíritu no carece de causticidad, sino más bien porque desdeña la burla como un pasatiempo demasiado frívolo. No escucha con atención lo que se le dice. Jamás se interesa por las cosas que en un momento dado interesan a todo el mundo. Tiene una alta opinión de sí mismo, y yo creo que en esto no anda del todo equivocado. ¿Qué más puedo añadir? Creo que la llegada de ustedes ejercerá sobre él una acción muy saludable.

--¡Ah! ¡Dios lo quiera!--exclamó Pulkeria Alexandrovna muy preocupada por estas revelaciones sobre el carácter de su hijo.

Por último, Razumikin se atrevió a mirar un poco más detenidamente a Advocia Romanovna. Mientras hablaba la había estado examinando, pero disimuladamente y volviendo en seguida los ojos. Por su parte, la joven ora se sentaba cerca de la mesa y escuchaba atentamente, ora se levantaba, y, según su costumbre, se paseaba por la habitación con los brazos cruzados, cerrados los labios y haciendo de cuando en cuando alguna pregunta sin interrumpir su paseo. Tenía también la costumbre de no escuchar hasta el fin lo que se le decía. Llevaba un traje ligero de tela obscura y una pañoleta blanca al cuello. Por diversos indicios, Razumikin comprendió que las dos mujeres eran muy pobres. Si Advocia Romanovna hubiese ido vestida como una reina, probablemente no hubiera intimidado a Razumikin; mas quizás por lo mismo que iba vestida muy pobremente causaba al joven mucho temor y le hacía pesar con cuidado cada una de sus palabras y cada uno de sus gestos, lo que, naturalmente, aumentaba la cortedad de un hombre ya poco seguro de sí mismo.

--Nos ha dado usted muchos pormenores curiosos acerca de mi hermano y los ha dado usted imparcialmente. Está bien. Yo creía que usted le admiraba--dijo Advocia Romanovna, sonriendo--. Debe de haber alguna mujer en su existencia--añadió la joven, pensativa.

--No he dicho eso; pero puede que tenga usted razón; sin embargo...

--¿Qué?

--No ama a nadie; quizá no amará jamás--replicó Razumikin.

--Es decir, que es incapaz de amar.

--¿Sabe usted, Advocia Romanovna, que se parece usted mucho a su hermano bajo todos los aspectos?--dijo aturdidamente el joven.

Después se acordó repentinamente del juicio que acababa de emitir acerca de Raskolnikoff, se turbó y se puso rojo como un cangrejo. Dunia no pudo por menos que reírse.

--Quizá se engañen ustedes en el modo de juzgar a mi Rodia--apuntó Pulkeria Alexandrovna un poco ofendida--. No me refiero al presente, Dunetchka; lo que Pedro Petrovitch escribe en esta carta... y lo que nosotros hemos supuesto, acaso no sea verdadero; pero no puede usted imaginarse, Demetrio Prokofitch, cuán fantástico y caprichoso es. Hasta cuando tenía quince años su carácter era para mí una sorpresa continua. Aun ahora le creo capaz de hacer locuras tales como no se le ocurrirían a ningún otro hombre... Sin ir más lejos, ¿sabe usted que hace diez y ocho meses que estuvo a punto de causar mi muerte, cuando se decidió a casarse con la hija de esa señora Zarnitzin, su patrona?

--¿No sabía usted nada de esos amores?--preguntó Advocia Romanovna.

--¿Usted creerá--prosiguió la madre con animación--que le conmoverían mis lágrimas, mis súplicas, mi enfermedad, nuestra miseria y el temor de verme morir? Pues no, señor; completamente tranquilo, siguió sus planes, sin detenerse ante ninguna consideración; y, sin embargo, ¿se puede decir por eso que no nos quiere?

--Nada me ha dicho jamás de tal asunto--respondió con reserva Razumikin--; pero algo he sabido por la señora Zarnitzin, que por cierto no es muy habladora, y lo que he sabido no deja de ser bastante extraño.

--¿Qué es lo que ha sabido usted?--preguntaron a un tiempo las dos mujeres.

--¡Oh! A decir verdad, nada de particular. Todo lo que sé es que ese matrimonio, que era ya cosa convenida y que iba a verificarse cuando la novia murió, desagradaba mucho a la misma señora Zarnitzin... Tengo entendido, además, que la joven, no solamente no era bella, sino que era fea, y, según se dice, muy... caprichosa. Sin embargo, parece que no carecía de ciertas buenas cualidades, y seguramente las tendría; de otro modo, ¿cómo comprender...?

--Estoy convencida de que esa joven tenía algún mérito--afirmó lacónicamente Advocia Romanovna.

--Que Dios me perdone; pero la verdad es que me alegré de su muerte. Sin embargo, no sé para cuál de los dos hubiese sido más funesto ese matrimonio--dijo la madre; y luego, tímidamente, tras de varias vacilaciones y sin apartar los ojos de Dunia, se puso a interrogar de nuevo a Razumikin acerca de la escena de la víspera entre Rodia y Ludjin.

Este incidente parecía inquietarla sobre manera...

El joven volvió a referir minuciosamente el altercado de que había sido testigo; pero añadiendo que Raskolnikoff insultó deliberadamente a Pedro Petrovitch, y no excusó la conducta de su amigo con la enfermedad que éste padecía.

--Antes de estar malo--dijo--ya lo tenía premeditado.

--Así lo creo yo también--replicó Pulkeria Alexandrovna, con la consternación pintada en su semblante.

Pero se sorprendió mucho al ver que Razumikin hablaba de Pedro Petrovitch en términos convenientes y aun con cierta especie de consideración. Esto llamó la atención de Advocia Romanovna.

--¿De modo que ésa es la opinión de usted acerca de Pedro Petrovitch?--no pudo por menos de preguntar Pulkeria Alexandrovna.

--No puedo tener otra acerca del futuro esposo de esta señorita--respondió con tono firme y caluroso Razumikin--. Y no es por vana cortesía por lo que hablo de este modo; lo digo porque... porque... porque... basta que ese hombre sea la persona que Advocia Romanovna ha elegido... Si ayer hube de expresarme en tonos injuriosos respecto de él, fué porque estaba ebrio, y, además... insensato; sí, insensato; había perdido la cabeza, estaba completamente loco, y ahora me da vergüenza de...

Se interrumpió poniéndose encendido como la grana. Las mejillas de Advocia Romanovna se colorearon; pero guardó silencio. Desde que empezó a hablar de Ludjin, no había despegado los labios. Privada del apoyo de su hija, Pulkeria Alexandrovna se encontraba visiblemente cortada.

Al fin tomó la palabra, y, con voz vacilante y levantando a cada momento los ojos hacia Dunia, dijo que en aquel momento le preocupaba sobre todas las cosas cierta circunstancia.

--Vea usted, Demetrio Prokofitch--comenzó a decir--. Debemos de ser francas con él, Dunetchka.

--Sin duda, mamá--respondió, con tono de autoridad Advocia Romanovna.

--Verá usted de lo que se trata--se apresuró a decir la madre, como si el comunicar su disgusto le quitase una montaña del pecho--. Esta mañana, a primera hora, hemos recibido una carta de Pedro Petrovitch, respondiendo a lo que nosotros habíamos escrito ayer, dándole cuenta de nuestra llegada. Vea usted, debía haber ido a esperarnos a la estación, como nos había prometido; pero en su lugar nos hemos encontrado con un criado que nos ha conducido hasta aquí, anunciándonos para esta mañana la visita de su amo. Pero ahora, en vez de venir él, nos ha escrito esta carta... (lo mejor será que usted mismo la lea); hay en ella un párrafo que me pone en cuidado. Usted verá en seguida de qué se trata y me dará francamente su opinión, pues usted, Demetrio Prokofitch, conoce mejor que nadie el carácter de Rodia, y está en condiciones de poder aconsejarme. Prevengo a usted que desde el primer momento Dunetshka ha resuelto la cuestión; pero yo no sé qué hacer, y espero que usted...

Razumikin abrió la carta, fechada la víspera.

«Señora Pulkeria Alexandrovna: Tengo el honor de manifestar a usted que asuntos imprevistos me han impedido ir a esperar a ustedes a la estación; por eso me he hecho representar por un hombre de mi confianza. El Senado, donde he de entender en una cuestión, me priva del honor de ver a ustedes por la mañana; por otra parte, no quiero interrumpir la entrevista de usted con su hijo ni la de Advocia Romanovna con su hermano. A las ocho en punto de la tarde tendré la satisfacción de saludar a ustedes en su alojamiento. Encarecidamente les suplico que me eviten la presencia de Rodión Romanovitch, el cual me insultó del modo más grosero en la visita que le hice ayer. Aparte de esto, debo tener con usted una explicación personal a propósito de un punto que acaso no interpretemos ambos de la misma manera. Tengo el honor de advertir a usted anticipadamente que, si a pesar de mi deseo, expresado formalmente, encontrase en casa de ustedes a Rodión Romanovitch, me veré obligado a retirarme en seguida, y usted solamente podrá atribuir a sí misma la causa de mi determinación.

»Digo a usted esto teniendo motivos para creer que Rodión Romanovitch, que parecía tan enfermo cuando yo le visité, recobró la salud dos horas después, y puede, por consiguiente, ir a casa de ustedes. Ayer, en efecto, le vi con mis propios ojos en casa de un borracho que acababa de ser atropellado por un coche. So pretesto de costear los funerales, dió veinticinco rublos a la hija del difunto, joven de conducta notoriamente equívoca. Esto me ha causado verdadero estupor, porque sé con cuánta fatiga se ha procurado usted ese dinero. Suplico a usted que tenga la bondad de presentar mis homenajes más sinceros a la señorita Advocia Romanovna, y permitir que me repita de usted obediente servidor.

»PEDRO PETROVITCH LUDJIN.»

--¿Qué hacer ahora, Demetrio Prokofitch?--preguntó Pulkeria Alexandrovna, a quien casi se le saltaban las lágrimas--. ¿Cómo decirle a Rodia que venga? Ayer insistió tan vivamente para que se despidiese a Pedro Petrovitch, y ahora éste pretende que no reciba a mi hijo... Seguramente que él vendrá ex profeso en cuanto sepa esto; y, ¿qué va a suceder entonces?

--Siga usted el consejo de Advocia Romanovna--respondió tranquilamente Razumikin.

--¡Ah, Dios mío!... Ella dice... no puede imaginarse lo que dice; no acierto a comprender lo que se propone. Según ella, es mejor, o, más bien dicho, es absolutamente indispensable que Rodia venga esta noche y se encuentre aquí con Pedro Petrovitch... Yo preferiría enseñarle la carta a mi hijo, e impedir hábilmente que viniese, y para conseguir tal objeto contaba con usted... No comprendo a qué borracho muerto ni a qué joven se refiere esta carta, ni me explico cómo ha dado a esa persona las últimas monedas de plata que...

--Que representan para ti tantos sacrificios, mamá--interrumpió la joven.

--Ayer no estaba en su estado normal--dijo con aire pensativo Razumikin--. ¡Si supiese usted a qué pasatiempos se entregó ayer en un café! Por lo demás, ha hecho bien. En efecto, me habló ayer de un muerto y de una joven mientras que yo le acompañaba a su casa; pero no comprendí ni una palabra... Como ayer estaba yo...

--Lo mejor es, mamá, ir a su casa, y yo te aseguro que veremos allí lo que conviene hacer. ¡Qué tarde es ya! ¡Las diez dadas!--observó Dunia, mirando un magnífico reloj de oro esmaltado, que llevaba suspendido del cuello por una larga cadena de Venecia y que desentonaba con el resto de su atavío.

--Un regalo de su prometido--pensó Razumikin.

--Es, efectivamente, hora de salir--dijo su madre con apresuramiento--. Va a pensar que le guardamos rencor por la acogida que nos hizo anoche; a esa causa atribuirá nuestro retraso. ¡Ah, Dios mío!

Hablando así se apresuraba a ponerse el sombrero y la pañoleta.

Dunia se preparaba también a salir. Sus guantes estaban, además de descoloridos, agujereados, lo cual no pasó inadvertido a Razumikin; sin embargo, aquel traje, cuya pobreza saltaba a la vista, daba a las dos señoras un sello particular de dignidad, como acontece siempre a las mujeres que saben llevar humildes vestidos.

--Esperen ustedes que me adelante para ver si está despierto--dijo Razumikin cuando comenzaron a subir las escaleras del domicilio de Raskolnikoff.

Las señoras le siguieron muy despacio. Cuando llegaron al cuarto piso, advirtieron que la puerta del departamento de la patrona estaba abierta, y que por la estrecha abertura las observaban dos ojos negros y penetrantes. Las miradas se encontraron y la puerta se cerró con tal estrépito, que Pulkeria Alexandrovna estuvo a punto de lanzar un grito de espanto.

III

--¡Va bien, va bien!--exclamó alegremente Zosimoff viendo entrar a las dos mujeres.

El doctor había llegado diez minutos antes y ocupaba en el sofá el mismo sitio que la víspera. Raskolnikoff, sentado en el otro extremo, estaba completamente vestido; habíase tomado también el trabajo de lavarse y peinarse, cosas ambas que no acostumbraba desde hacía algún tiempo. Aunque con la llegada de Razumikin y de las dos señoras quedó llena la habitación, Anastasia logró colocarse detrás de ellas, y se quedó para escuchar la conversación. Efectivamente Raskolnikoff estaba bien, pero su palidez era extrema y parecía absorto en una triste idea.

Cuando Pulkeria Alexandrovna entró con su hija, Zosimoff advirtió con sorpresa el sentimiento que se reveló en la fisonomía del enfermo. En vez de alegría era una especie de estoicismo resignado; parecía que el joven hacía un llamamiento a todas sus fuerzas para soportar durante una hora o dos un tormento inevitable. Cuando la conversación se hubo entablado, observó también el médico que cada palabra abría como una herida en el alma de su cliente; pero al mismo tiempo se asombraba de ver a este último relativamente dueño de sí mismo. El monomaníaco frenético de la víspera sabía ahora dominarse hasta cierto punto y disimular sus impresiones.

--Sí, veo ahora que estoy casi curado--dijo Raskolnikoff, besando a su madre y a su hermana con una cordialidad que hizo brillar de alegría el rostro de Pulkeria Alexandrovna--. Y no lo digo como ayer--añadió dirigiéndose a Razumikin y estrechándole la mano.

--También yo estoy asombrado de su notable mejoría--dijo Zosimoff--. De aquí a tres o cuatro días, si esto continúa, se encontrará como antes, es decir, como estaba hace uno o dos meses, o quizá tres, porque esta enfermedad se hallaba latente desde hace tiempo, ¿eh? Confiese ahora que tenía usted alguna parte de culpa--terminó con sonrisa reprimida el doctor, temeroso de irritar al enfermo.

--Es muy posible--replicó fríamente Raskolnikoff.

--Ahora que se puede hablar con usted--prosiguió Zosimoff--, quisiera convencerle de que es necesario apartarse de las causas primeras, a las cuales hay que atribuir su estado morboso. Si usted hace eso, se curará; de lo contrario, se agravará su mal. Ignoro cuáles son estas causas primeras; pero usted, de seguro, las conoce. Es usted un hombre inteligente, y, sin duda, se observa a sí mismo. Me parece que su salud se ha alterado desde que salió de la Universidad. Usted no puede estar sin ocupación. Le conviene, a mi entender, trabajar, proponerse un proyecto, y perseguirlo tenazmente.

--Sí, sí, tiene usted razón; volveré a la Universidad lo más pronto posible, y entonces todo marchará como una seda.

El doctor dió sus sabios consejos con la intención, en parte, de producir efecto en las señoras. Cuando hubo acabado, miró fijamente a su cliente, y se quedó un poco desconcertado al advertir que el rostro de éste expresaba franca burla. Sin embargo, Zosimoff se consoló bien pronto de su decepción, Pulkeria Alexandrovna se apresuró a darle las gracias manifestándole, en particular, su reconocimiento por la visita que les hizo la noche anterior.

--¡Cómo! ¿Fué a ver a ustedes anoche?--preguntó Raskolnikoff con voz inquieta--. ¿De modo que no habéis descansado después de un viaje tan penoso?

--¡Si no eran más que las dos, querido Rodia, y, en casa, Dunia y yo no nos acostamos nunca antes de esa hora!

--No sé cómo darles las gracias--continuó Raskolnikoff, que de repente frunció las cejas y bajó la cabeza--. Prescindiendo de la cuestión de dinero (perdóneme usted si hago alusión a ella)--dijo dirigiéndose a Zosimoff--, no me explico cómo he podido merecer de usted tal interés. No lo comprendo, y aun diré que tanta benevolencia me pesa, pues es ininteligible para mí. Ya ve usted que soy franco.

--No se atormente usted--replicó Zosimoff afectando reírse--; supóngase usted que es mi primer cliente. Nosotros los médicos, cuando empezamos, tomamos tanto cariño a nuestros primeros enfermos como si fuesen nuestros hijos. Algunas veces hasta parecemos enamorados de ellos, y ya sabe usted que mi clientela no es muy numerosa.

--Y no digo nada de éste--siguió diciendo Raskolnikoff, señalando a Razumikin--. ¡No he hecho más que injuriarle y molestarle sin cesar!

--¡Qué tonterías dices! Según se ve, estás hoy muy sentimental--exclamó Razumikin.

Si hubiera sido más perspicaz, habría echado de ver, que, lejos de estar sentimental, su amigo se encontraba en situación totalmente distinta. Pero Advocia Romanovna no se engañaba, y, muy inquieta, observaba atentamente a su hermano.

--De ti, mamá, apenas me atrevo a hablar--dijo Raskolnikoff, que parecía recitar una lección aprendida por la mañana--; hoy solamente he podido comprender lo que habrás sufrido ayer esperando que volviera a casa.

Al decir estas palabras sonrió y tendió bruscamente la mano a su hermana. Este gesto no fué acompañado de ninguna palabra, pero la sonrisa del joven expresaba un sentimiento verdadero, ahora no fingía. Gozosa y reconocida, Dunia tomó la mano que se le tendía y la estrechó con fuerza. Era la primera satisfacción que le daba después del altercado de la víspera. Al ver esta reconciliación muda y definitiva del hermano con la hermana, Pulkeria Alexandrovna se puso radiante de alegría.

Razumikin se agitó nerviosamente en su silla.

--Aunque no fuera más que por esto le querría--murmuraba con su tendencia a exagerarlo todo--. Son impulsos propios de él.

--¡Qué bien ha estado!--murmuró la madre para sí--. ¡Qué nobles arranques los suyos! Este simple hecho de tender así la mano a su hermana mirándola con afecto, ¿no es la manera más franca y más delicada de poner fin al rozamiento de ayer?--¡Ah, Rodia--añadió en voz alta apresurándose a responder a la observación de Raskolnikoff--, no puedes figurarte lo desgraciadas que nos consideramos anoche Donetshka y yo! Ahora que todo ha pasado y que hemos vuelto a ser felices, puedo decírtelo. Figúrate: en cuanto nos apeamos del tren corrimos aquí para abrazarte, y esta joven, ahí la tienes (buenos días, Anastasia), nos dijo de repente que habías estado en cama con fiebre, que delirando te habías escapado y que se te andaba buscando. No puedes imaginarte la impresión que nos hizo esta noticia.

--Sí, sí... Todo eso es seguramente muy desagradable--murmuró Raskolnikoff; pero dió esta respuesta con aire tan distraído, por no decir indiferente, que Dunia le miró sorprendida.

--¿Qué es lo que yo quería deciros?--continuó esforzándose por coordinar sus recuerdos--. ¡Ah! Sí, os suplico a ti, mamá, y a ti, Dunia, que no vayan a creer que no he querido ir a verlas hoy y que he esperado en casa a que ustedes vinieran.

--¿Por qué dices eso, Rodia?--exclamó Pulkeria Alexandrovna no menos asombrada que su hija.

--Cualquiera diría que nos responde por simple cortesía--pensaba Dunia--; hace las paces y pide perdón como si llenase una pura formalidad o recitase una lección.

--En cuanto desperté quise ir a ver a ustedes, pero no tenía ropa que ponerme; se me olvidó decir ayer a Anastasia que lavase la sangre... Hasta hace un momento no me he podido vestir.

--¿Sangre? ¿Qué sangre?--preguntó Pulkeria Alexandrovna alarmada.

--No es nada... No hay que asustarse... Ayer, durante mi delirio, paseando por la calle, me tropecé con un hombre que acababa de ser atropellado. Un funcionario. Por esta razón tenía manchado de sangre el traje.

--¿Mientras estabas delirando? ¡Si te acuerdas de todo!--interrumpió Razumikin.

--Es verdad--respondió Raskolnikoff algo inquieto--, me acuerdo de todo, hasta de los más insignificantes pormenores; pero mira qué cosa más extraña: no logro explicarme por qué he dicho eso, por qué lo he hecho, por qué he ido a ese sitio.

--Es un fenómeno muy conocido--observó Zosimoff--; se realizan los actos a veces con una exactitud y con una habilidad extraordinarias; pero el principio de que emana ese acto se altera en el alienado y depende de diversas impresiones morbosas.

La palabra «alienado» heló la sangre a todos; Zosimoff la dejó escapar inadvertidamente, porque estaba absorto en su tema favorito. Raskolnikoff, que seguía meditabundo, pareció no prestar atención alguna a las palabras del doctor. En sus pálidos labios vagaba una extraña sonrisa.

--Pero, vamos a ver, ¿ese hombre atropellado...? Te he interrumpido hace un momento--se apresuró a decir a Razumikin.

--¡Ah, sí!--dijo Raskolnikoff como despertando de un sueño--. Me manché de sangre ayudando a transportarle a su casa... A propósito, mamá; hice ayer una cosa imperdonable. Verdaderamente estaba trastornado. Todo el dinero que me habías enviado lo di a la viuda para el entierro. La pobre mujer es bien digna de lástima... Está tísica, le quedan tres hijos y no tiene con qué alimentarlos... Tiene también una hija... Quizá tú hubieses hecho lo mismo que yo si hubieras visto tanta miseria. Sin embargo, lo reconozco; yo no tenía el derecho de hacer eso, sobre todo sabiendo con cuánto trabajo me habéis procurado ese dinero.

--No te preocupes por eso, Rodia; estoy convencida de que todo lo que tú haces está bien hecho--respondió la madre.

--No, no estás muy convencida--replicó él procurando sonreírse.

La conversación quedó suspendida durante unos minutos. Palabras, silencio, reconciliación, perdón, en todo había algo de forzado y cada cual de los presentes lo comprendía.

--¿No sabes que Marfa Petrovna ha muerto?--dijo de repente Pulkeria Alexandrovna.

--¿Qué Marfa Petrovna?

--Marfa Petrovna Svidrigailoff. Te hablé extensamente de ella en mi última carta.

--¡Ah! Sí, ya me acuerdo... ¿De modo que ha muerto?--dijo el joven con el estremecimiento propio del hombre que despierta--. ¿Es posible que haya muerto? ¿Y de qué?

--De repente--se apresuró a decir Pulkeria Alexandrovna, alentada a seguir por la curiosidad que demostraba su hijo--. Murió precisamente el mismo día que yo te escribí. Según parece, aquel pícaro de hombre ha sido la causa de su muerte. Se dice que le pegó demasiado.

--¿Ocurrían con frecuencia esas escenas en su casa?--preguntó Raskolnikoff dirigiéndose a su hermana.

--No, todo lo contrario; siempre se mostraba muy paciente y hasta cortés en ella. En muchos casos, daba pruebas de demasiada indulgencia, y esto durante siete años. Por lo visto le ha faltado, de repente, la paciencia.

--De modo que no era un hombre tan terrible, puesto que la ha soportado durante siete años. Parece que le disculpas, Dunetshka.

La joven frunció el entrecejo.

--Sí, sí, es un hombre terrible. Yo no puedo representármelo más detestable--respondió casi temblando, y se quedó pensativa.

--Había ocurrido esta escena por la mañana--continuó Pulkeria Alexandrovna--. Inmediatamente después Marfa dió orden de enganchar, porque quería ir a la ciudad después de comer, según tenía por costumbre en ocasiones semejantes. Según se dice, comió con mucho apetito.

--¿A pesar de los golpes?