Part 18
--¿Sí? ¿usted, dice que sí? Pues bien, usted es, usted es--vociferó el joven entusiasmado--; usted es una fuente de bondad, de pureza, de razón y de perfección. Déme usted las manos... déme usted también la suya; quiero besar las manos a ustedes. Aquí mismo, en seguida, de rodillas.
Se arrodilló en medio de la calle, que por fortuna estaba desierta en aquel momento.
--¡Basta! ¡Por Dios! ¿qué hace usted?--exclamó Pulkeria Alexandrovna alarmada ante la actitud del estudiante.
--¡Levántese usted, levántese usted!--dijo Dunia, que, aunque se reía, no dejaba de estar inquieta.
--¡De ninguna manera, si no me dan ustedes las manos! Así. Ahora continuemos. Soy un desgraciado imbécil indigno de ustedes, y en este momento trastornado por la bebida... Me avergüenzo... Soy indigno de amar a ustedes... pero inclinarse, prosternarse delante de ustedes, es el deber de cualquiera que no sea un bruto completo. Por eso me he prosternado yo... Esta es la casa. Aunque no sea más que por esto ha hecho bien Rodia en poner en la calle el otro día a Pedro Petrovitch. ¡Cómo se ha atrevido a traer a ustedes aquí! Esto es escandaloso. ¿Saben ustedes qué clase de gente vive aquí? ¿Y usted es su prometida? ¿Sí? Pues bien. Después de esto declaro que su futuro esposo de usted es un canalla.
--Escuche usted, señor Razumikin--comenzó a decir Pulkeria Alexandrovna.
--Sí, sí, tiene usted razón. Yo me he olvidado--dijo excusándose el joven--, pero... pero usted no puede guardarme rencor por mis palabras. He hablado así, porque soy franco y no porque... ¡hum!... sería innoble; en una palabra, no es porque a usted yo... ¡hum!... no me atrevo a acabar... Pero antes, cuando su visita, hemos comprendido todos que ese hombre no era de nuestro mundo. ¡Vamos! ¡Basta!, todo está perdonado. ¿No es cierto que usted me ha perdonado? ¡Ea! ¡adelante! Conozco este corredor. He estado aquí ya; ahí en el número tres hubo una vez un escándalo... ¿Cuál es el cuarto de ustedes? ¿Qué número? ¿Ocho? Entonces harán ustedes muy bien encerrándose en su habitación por la noche, y no dejando entrar a nadie. Dentro de quince minutos, traeré noticias, y media hora después me verán ustedes volver con Zosimoff; escapo.
--¡Dios mío! Dunetshka, ¿qué va a ocurrir?--dijo ansiosamente Pulkeria Alexandrovna a su hija.
--Tranquilízate, mamá--respondió Dunia, quitándose el chal y el sombrero--. Dios mismo nos ha enviado a ese señor; aunque venga de una orgía se puede contar con él. Te lo aseguro... y lo que ha hecho por mi hermano...
--¡Ah, Dunetchka! ¡Dios sabe si volverá! ¡Cómo he podido resolverme a dejar a Rodia!... ¡Cuán de otra manera pensaba encontrarle! ¡Qué acogida nos ha hecho! ¡Cualquiera diría que le disgustaba nuestra llegada!
En sus ojos brillaban las lágrimas.
--No, no es eso, mamá, no lo has visto bien, estás llorando siempre. Acaba de sufrir una grave enfermedad y ésa es la causa de todo.
--¡Ah! ¡Esa enfermedad! ¡Qué resultará de todo eso! ¡Cómo te ha hablado, Dunia!--siguió diciendo la madre, procurando tímidamente leer en los ojos de la joven, y sintiéndose casi consolada porque Dunia tomaba la defensa de su hermano, y por consiguiente, le había perdonado--. Bien sé que mañana será de otra opinión--añadió, queriendo hacer hablar a su hija.
--Pues yo estoy cierta de que mañana dirá lo mismo, respecto de este asunto...--replicó Advocia Romanovna.
La cuestión era tan delicada, que Pulkeria Alexandrovna no se atrevió a proseguir la conversación. Dunia fué a besar a su madre. Esta, sin decir nada, la estrechó fuertemente en sus brazos. Después se sentó y esperó con cruel impaciencia la llegada de Razumikin, mirando tímidamente a su hija, que, pensativa y con los brazos cruzados, se paseaba de un lado a otro de la habitación. Era una costumbre en Advocia Romanovna pasearse así cuando tenía una preocupación, y en tales casos, su madre se guardaba muy bien de interrumpir sus reflexiones.
Razumikin, embriagado y enamorándose repentinamente de Advocia Romanovna, se prestaba ciertamente al ridículo. Sin embargo, contemplando a la joven, sobre todo ahora que, pensativa y triste, se paseaba por la habitación con los brazos cruzados, quizá muchos habrían disculpado al estudiante, sin necesidad de invocar en descargo suyo la circunstancia atenuante de la embriaguez. El exterior de Advocia Romanovna merecía atraer la atención: alta, fuerte, notablemente bien formada, demostraba en cada uno de sus ademanes una confianza en sí misma que en otra parte no quitaba nada a su gracia y delicadeza. Se parecía a su hermano, pero de ella podía decirse que era una beldad. Tenía el cabello castaño, algo más claro que los de Rodia; sus ojos, negros, denotaban orgullo; pero en ocasiones demostraban extraordinaria bondad. Era pálida, pero su palidez no tenía nada de enfermizo; su rostro resplandecía de frescura y de salud. Tenía la boca bastante pequeña, y el labio inferior de subido color rojo avanzaba, un poco, lo mismo que la barbilla. Esta irregularidad, la única que se notaba en su hermoso rostro, le daba una expresión particular de firmeza y casi altanería. Su fisonomía era de ordinario más bien grave y pensativa que alegre; pero, ¡qué encanto el de aquella cara habitualmente seria cuando venía a animarla una risa alegre y juvenil!
Razumikin no había visto jamás nada semejante; era ardiente, sincero, honrado, un poco candoroso. Además, fuerte como un caballero antiguo y entonces exaltado por el vino. En estas condiciones se explica perfectamente el _coup de foudre_. Además, quiso la suerte que viese por primera vez a Dunia en un momento en que la ternura y la alegría de volver a ver a Raskolnikoff habían en cierto modo transfigurado el semblante de la joven. La vió, después, soberbia de indignación ante las insolentes órdenes de su hermano y no pudo contenerse.
Por lo demás, había dicho verdad cuando en su charla de borracho dejó traslucir que la extravagante patrona de Raskolnikoff, Praskovia Pavlovna, tendría celos, no sólo de Advocia Romanovna, sino de la misma Pulkeria Alexandrovna. Aunque ésta tenía cuarenta y tres años, conservaba restos de su antigua belleza, y parecía además mucho más joven de lo que era en realidad; particularidad que se observa en las mujeres que han conservado en los linderos de la vejez la claridad de su espíritu, la frescura de las impresiones, el puro y honrado calor del corazón. Comenzaban ya a blanquearle los cabellos y aun a faltarle; advertíanse ya, desde hacía algún tiempo, algunas arrugas en derredor de los ojos; los cuidados y los disgustos habían demacrado sus mejillas; mas, a pesar de todo, su rostro era bello. Era el rostro de Dunia con veinte años más y sin lo prominente del labio inferior que caracterizaba la fisonomía de la joven. Pulkeria Alexandrovna tenía alma sensible; pero sin llegar a la sensiblería. Naturalmente tímida y dispuesta a ceder, sabía, sin embargo, detenerse en el camino de las concesiones, siempre que su honradez, sus principios y sus convicciones arraigadas se lo exigían.
A los veinte minutos justos de salir Razumikin, sonaron en la puerta dos leves golpes: el joven estaba ya de vuelta.
--No entraré, no tengo tiempo--se apresuró a decir en cuanto abrieron--. Duerme como un bienaventurado, su sueño es muy tranquilo, y quiera Dios que se pase así durmiendo diez horas seguidas. Anastasia está a su lado; tiene orden de permanecer allí hasta que yo vuelva. Ahora voy a buscar a Zosimoff, vendrá a dar a ustedes sus informes, y en seguida a acostarse, porque bien veo que están ustedes extenuadas.
Apenas hubo acabado de decir estas palabras, echó a correr por el corredor.
--¡Qué joven tan simpático y tan cariñoso!--exclamó Pulkeria Alexandrovna muy alegre.
--Parece que es de muy buen carácter--contestó Dunia, y comenzó a pasearse de nuevo por la habitación.
Cerca de una hora después, volvieron a sonar pasos en el corredor y llamaron de nuevo a la puerta. Ahora las dos mujeres esperaban con entera confianza el cumplimiento de la promesa que les había hecho Razumikin. Volvió éste, en efecto, acompañado de Zosimoff. El médico no había vacilado en dejar inmediatamente el banquete para ir a visitar a Raskolnikoff; pero no sin trabajo se decidió a ir a casa de las señoras, porque apenas daba crédito a las palabras de su amigo, que le parecía haber dejado una parte de su razón en el fondo de los vasos. Sin embargo, muy pronto se sintió satisfecho y aun halagado en su amor propio de doctor. Zosimoff comprendió que era, en efecto, escuchado como un oráculo.
Durante diez minutos que duró la visita, logró tranquilizar por completo a Pulkeria Alexandrovna. Manifestó gran interés por el enfermo, expresándose con reserva y seriedad extremadas como conviene a un médico de veintisiete años en circunstancias graves. No se permitió la más leve digresión fuera de su asunto ni manifestó el menor deseo de entablar más relaciones familiares con sus interlocutoras. Habiendo advertido desde que entró la belleza de Advocia, se esforzaba en no prestar ninguna atención a la joven, dirigiéndose exclusivamente a Pulkeria Alexandrovna.
Todo esto le producía un indecible contento interior. En lo concerniente a Raskolnikoff, declaró que le encontraba en un estado muy satisfactorio. Según su opinión, la enfermedad de su cliente dependía, en parte, de las malas condiciones en que éste había vivido durante algunos meses; pero era originada también por otras causas de carácter moral. «Era, por decirlo así, producto complejo de influencias múltiples, bien físicas, bien psicológicas, tales como preocupaciones, cuidados, temores, inquietudes, etc.» Habiendo advertido, sin manifestarlo, que Advocia Romanovna le escuchaba con marcada atención, Zosimoff desarrolló con gusto este tema.
Como Pulkeria Alexandrovna le preguntase con voz tímida e inquieta si había advertido algún síntoma de locura en su hijo, Zosimoff le respondió con calma y franca sonrisa, que se había exagerado el alcance de sus palabras, que sin duda, había echado de ver en el enfermo una idea fija, algo así como monomanía, cuanto que él, Zosimoff, estudiaba ahora de una manera especial esta rama tan interesante de la Medicina.
--Pero--añadió--, es menester considerar que hasta hoy el enfermo ha estado delirando constantemente, y de seguro la llegada de su familia será para él una distracción, contribuirá a devolverle las fuerzas y ejercerá sobre él una acción saludable... Si se pueden evitar nuevas emociones--terminó diciendo con tono significativo.
Levantándose después, y saludando a la vez ceremonioso y cordial, salió seguido de acciones de gracias, de bendiciones y de efusiones de reconocimiento. Advocia Romanovna le tendió su linda mano que el médico no había tratado de estrechar. En una palabra, el doctor se retiró encantado de sí mismo, y más encantado todavía de su visita.
--Mañana hablaremos. Ahora acuéstense ustedes en seguida; ya es tiempo de que descansen--ordenó Razumikin, saliendo con Zosimoff--. Mañana a primera hora vendré a dar a ustedes noticias del enfermo.
--¡Qué encantadora joven es esta Advocia Romanovna!--observó con acento sincero Zosimoff cuando ambos estuvieron en la calle.
--¿Encantadora? ¿Encantadora has dicho?--rugió Razumikin lanzándose sobre el doctor y agarrándole por el cuello--. Si te atreves... ¿Me entiendes? ¿Me entiendes?--gritó apretándole la garganta y arrojándolo contra la pared--. ¿Me entiendes?
--Déjame. ¡Demonio de borracho!--dijo Zosimoff, tratando de soltarse de las manos de su amigo.
Cuando Razumikin le soltó, miróle fijamente y lanzó una carcajada.
El estudiante permanecía en pie delante de él con los brazos caídos y la cara triste.
--Es verdad, soy un bestia--dijo con aire sombrío--; pero tú también lo eres.
--No, amigo, yo no lo soy. No sueño con tonterías.
Continuaron su camino sin decir una palabra, y únicamente cuando llegaron cerca de la casa de Raskolnikoff, Razumikin, muy preocupado, rompió el silencio:
--Escucha--dijo a Zosimoff--, tú eres un buen amigo, pero tienes una variada colección de vicios; eres un voluptuoso, un innoble sibarita, te gusta la comodidad, engordas y de nada te privas. Te digo, pues, que esto es innoble, porque conduce derechamente a las mayores suciedades. Siendo, como eres, afeminado, no comprendo de qué manera puedes ser un buen médico, y además un médico celoso. ¡Duerme sobre colchones de plumas (¡un médico!) y se levanta para ir a visitar a un enfermo! De aquí a tres años estarían llamando a tu puerta y no dejarías la cama. Pero no se trata de esto; lo que yo quiero decirte es lo siguiente: voy a dormir en la cocina; tú pasarás la noche en la habitación de la patrona (he podido, no sin trabajo, obtener su consentimiento); será una ocasión para ti de trabar íntimo conocimiento con ella. No es lo que tú piensas. No hay ni sombra de lo que sospechas.
--¡Pero si yo no sospecho!
--Es, amigo mío, una criatura púdica, silenciosa, tímida, de una castidad a toda prueba, y por añadidura, tan sensible, tan tierna... Líbrame de ella, te lo suplico por todos los diablos. Es muy agradable... Pero al presente estoy satisfecho. Pido un substituto.
Zosimoff se echó a reír de muy buena gana.
--Se conoce que no eres moderado; no sabes lo que dices. ¿Por qué he de hacerle la corte?
--Te aseguro que no te costará trabajo conquistar sus gracias. Te basta con charlar con ella de cualquier cosa, con que te sientes a su lado y la hables. Además, eres médico: empieza por curarla de cualquier tontería. Te juro que no tendrás de que arrepentirte. Tiene un clavicordio; yo, como sabes, canto algo. Le he cantado una cancioncilla rusa: «Mis ojos vierten ardientes lágrimas...» Le gustan mucho las melodías sentimentales. Ese fué mi punto de partida; pero tú eres un verdadero profesor de piano, una especie de Rubinstein... Te aseguro que no te pesará.
--Pero, ¿a qué viene todo eso?
--Por lo visto yo no sé explicarme. Mira, os conozco perfectamente al uno y al otro. No es solamente hoy cuando he pensado en ti. Tú acabarás de ese modo. ¿Qué te importa que sea más pronto o más tarde? Aquí, amigo mío, tendrás colchón de pluma y algo mejor. Encontrarás el puerto, el refugio; el fin de las agitaciones, tortas excelentes, sabrosas blinas[16], excelentes pasteles de pescado, el samovar por la tarde, el calentador por la noche; estarás como muerto, y, sin embargo, vivirás: doble ventaja; pero basta de charla, es hora de acostarse. Escucha: me sucede a veces despertarme por la noche; en tal caso, iré a ver cómo sigue Raskolnikoff. Si te sale del corazón, puedes ir a verle una vez siquiera; y si adviertes en él algo extraordinario, corre a despertarme. Creo, sin embargo, que no será menester.
[16] Especie de galleta.
II
Al día siguiente, a las siete dadas, Razumikin se despertó presa de pensamientos que jamás habían turbado su existencia. Se acordó de todos los incidentes de la noche y comprendió que había experimentado una impresión muy diferente de cuantas sintiera hasta entonces. Comprendía, al mismo tiempo, que el sueño que había acariciado era de todo punto irrealizable. Aquella quimera le pareció de tal modo absurda, que tuvo vergüenza de pensar en ella. Así es que se apresuró a pasar a otras cuestiones más prácticas, que en cierto modo le había legado la maldita jornada precedente.
Lo que más le entristecía era haberse presentado el día anterior como un perdido; no solamente le habían visto ebrio sino abusando de las ventajas que su posición de bienhechor le daba sobre una joven obligada a recurrir a él, y sin conocer a punto fijo lo que era el tal señor. ¿Con qué derecho juzgaba tan temeriamente a Pedro Petrovitch? ¿Quién le preguntaba su opinión? Además, una persona como Advocia Romanovna, ¿podía casarse a gusto con un hombre indigno de ella? Sin duda que Pedro Petrovitch Ludjin tenía algún mérito. Claro es que existía la cuestión del alojamiento; pero, ¿qué motivos tenía Ludjin para saber lo que era aquella casa? Por otra parte, las dos señoras se albergaban allí provisionalmente, mientras se les preparaba otra vivienda. ¡Oh, qué miserable era todo aquello! ¿Podría justificarse alegando su embriaguez? Tan necia excusa le envilecía más. La verdad está en el vino, y he aquí que, bajo la influencia del vino, había revelado toda la verdad, es decir, la bajeza de un corazón vulgarmente celoso. ¿Le estaba permitido tal sueño a Razumikin? ¿Qué era él comparado con aquella joven, él, el borracho charlatán y brutal de la víspera? ¿Qué cosa más aborrecible y más ridícula a la vez que la idea de una aproximación entre dos seres tan semejantes?
El joven, avergonzado de tan loco pensamiento, se acordó de repente de haber dicho la noche anterior en la escalera que le amaba la patrona y que ésta tendría celos de Advocia Romanovna. Tal recuerdo le llenó de confusión. Era demasiado. Descargó un puñetazo sobre el fogón. Se hizo daño en la mano y rompió un ladrillo.
--No hay duda--murmuró al cabo de un rato con profunda humillación--; ya está hecho, y no hay medio de borrar tantas torpezas... Inútil es pensar en ellas; me presentaré sin decir nada, cumpliré silenciosamente con mi deber y no daré excusas, me callaré. Ahora es demasiado tarde y el mal está hecho.
Puso, sin embargo, particular esmero en arreglarse; no tenía más que un traje, y aunque hubiese tenido muchos, quizás se hubiera puesto el de la víspera «a fin de no parecer que se había arreglado ex profeso...» Sin embargo, un abandono cínico hubiese sido de muy mal gusto. No tenía derecho a herir los sentimientos ajenos, sobre todo cuando se trataba de personas que necesitaban de él y que le habían suplicado que fuese a verlas; de consiguiente, cepilló con gran cuidado la ropa; en cuanto a la interior, Razumikin no la podía sufrir sucia.
Habiendo encontrado el jabón de Anastasia, se lavó concienzudamente la cabeza, el cuello, y, particularmente, las manos. Después de vacilar si se afeitaría o no (Praskovia Paulovna poseía excelentes navajas, herencia de su difunto marido Zarnitzin), resolvió la cuestión negativamente y con cierta brusca irritación, dijo para sí: «No, me quedaré como estoy. Se figurarían quizá que me había afeitado para... ¡De ninguna manera!»
Estos monólogos fueron interrumpidos por la llegada de Zosimoff, el cual después de haber pasado la noche en casa de Praskovia Paulovna, entró un instante en la suya, y venía ahora a visitar al enfermo. Razumikin le dijo que Raskolnikoff dormía como un lirón; el médico prohibió que se le despertara y prometió volver entre diez y once.
--¡Con tal que esté en su cuarto cuando vuelva!--añadió--. Con un cliente tan dado a las fugas, no se puede contar con él. ¿Sabes si va a ir a verlas o si vendrán ellas?
--Presumo que vendrán--respondió Razumikin, comprendiendo por qué se le hacía esta pregunta--; tendrán, sin duda, que ocuparse en asuntos de familia. Yo me iré. Tú, en calidad de médico, tienes, naturalmente, más derecho que yo.
--Yo no soy confesor. Además, tengo otras cosas que hacer que no son escuchar sus secretos; yo también me iré.
--Me inquieta una cosa--repuso Razumikin frunciendo el entrecejo--. Ayer estaba ebrio, y mientras acompañaba aquí a Rodia no pude contener la lengua: entre otras tonterías, le dije que temía en él una predisposición a la locura.
--Lo mismo le dijiste a las señoras.
--Sí, una majadería. Pégame si quieres, pero aquí, entre nosotros, sinceramente, ¿cuál es tu opinión respecto de mi amigo?
--¿Qué quieres que te diga? Tú mismo, cuando me llevaste a su casa, me lo presentaste, diciéndome que era un monomaníaco... Ayer le encontramos algo trastornado, y digo que le encontramos, porque, aunque yo te acompañaba, fuiste tú el que con tu relato acerca del pintor decorador, provocaste su exaltación; ¡bonita conversación para sostenerla delante de un hombre cuyo trastorno intelectual procede quizá de ese asunto! Si hubiese tenido yo conocimiento, con toda clase de pormenores, de la escena ocurrida en la oficina de policía; si hubiese sabido yo que Raskolnikoff había sido blanco de las sospechas de un miserable, desde la primera palabra te hubiera impedido que hablases. Estos monomaníacos convierten el Océano en una gota de agua; las aberraciones de su imaginación se les presentan como realidades... La mitad de lo que le sucede me lo explico ahora, gracias a lo que Zametoff nos contó anoche en tu casa. A propósito de este Zametoff, te diré que me parece un buen muchacho; pero ayer anduvo poco acertado en decir lo que dijo. Es un terrible charlatán.
--¿Pero, a quién le ha hablado de eso? A ti y a mí.
--Y a Porfirio Petrovitch.
--¿Y qué importa que se lo haya contado a Porfirio?
--Bueno, ya hablaremos de eso. ¿Tienes alguna influencia con la madre y la hermana? Harán bien en ser hoy muy circunspectas con Raskolnikoff.
--Se lo diré--respondió con aire contrariado Razumikin.
--Hasta la vista. Da las gracias de mi parte a Praskovia Pavlovna por su hospitalidad. Se encerró en su habitación, y aunque le di gritando las buenas noches al través de la puerta, no respondió. Sin embargo, a las siete de la mañana ya estaba levantada; he visto en el corredor que le llevaban el samovar de la cocina... No se ha dignado admitirme a su presencia.
A las nueve en punto Razumikin llegaba a la casa Bakaleieff. Las dos señoras le esperaban desde hacía bastante tiempo con febril impaciencia. Se habían levantado antes de las siete. Entró sombrío, saludó sin gracia y se hizo cargo amargamente de haberse presentado así. No había contado con la huéspeda. Pulkeria Alexandrovna corrió inmediatamente a su encuentro, le tomó las manos y faltó poco para que se las besase. El joven miró tímidamente a Advocia Romanovna; pero en lugar de la expresión burlona y de desdén involuntario y mal disimulado que esperaba encontrar en aquel orgulloso semblante, advirtió tal expresión de reconocimiento y de afectuosa simpatía, que su confusión no reconoció límites. Le hubiera contrariado menos, de seguro, que le hubiese acogido con reproches. Por fortuna, tenía un asunto de conversación perfectamente indicado y se fué a él derecho.
Cuando supo Pulkeria Alexandrovna que su hijo no se había despertado aún, pero que su estado era satisfactorio, indicó que tenía necesidad de conferenciar con Razumikin. La madre y la hija preguntaron en seguida al joven si había tomado ya el te y le invitaron a que lo tomase con ellas, porque habían estado esperando su llegada para ponerlo en la mesa.
Advocia Romanovna tiró de la campanilla y se presentó un criado mal vestido; se le ordenó que trajese el te, y, en efecto, lo sirvió, pero de una manera tan poco conveniente y tan poco limpia, que las dos señoras no pudieron menos de sentirse avergonzadas. Razumikin renegó de semejante zahurda, y después, acordándose de Ludjin, se calló, perdió la serenidad y experimentó vivísimo contento cuando pudo librarse de aquella situación embarazosa, merced a la granizada de preguntas que le dirigió Pulkeria Alexandrovna.
Interrogado a cada instante, estuvo hablando durante tres cuartos de hora, y contó cuanto sabía concerniente a los principales hechos que habían llenado la vida de Raskolnikoff durante un año. Como es de suponer, pasó en silencio lo que convenía callar, por ejemplo, la escena de la comisaría y sus consecuencias. Las dos señoras le escuchaban con la boca abierta, y cuando el estudiante creyó haberles dado todos los pormenores que podían interesarlas, aun no se dieron por satisfechas.
--Dígame, dígame, ¿qué piensa usted?... ¡Ah, usted perdone... no sé todavía su nombre!...--dijo vivamente Pulkeria Alexandrovna.
--Demetrio Prokofitch.
--Demetrio Prokofitch, tengo grandes deseos de saber cómo considera mi hijo las cosas; o, para expresarme mejor, qué es lo que ama y lo que aborrece. ¿Sigue siendo tan irritable? ¿Cuáles son sus deseos, sus sueños, si usted quiere? ¿Bajo qué influencia particular se encuentra ahora?