El crimen y el castigo

Part 17

Chapter 174,021 wordsPublic domain

--La quiero más que... a todo el mundo--afirmó con singular energía Polenka, y su sonrisa tomó de repente una expresión seria.

--¿Y a mí me querrás?

En lugar de responder la niña, aproximó la cara a la del joven y presentó cándidamente la boca para besarle. De repente, con sus bracitos delgados como cerillas, estrechó fuertemente a Raskolnikoff, e inclinando la cabeza en el hombro del joven se puso a llorar en silencio.

--¡Pobre papá!--dijo al cabo de un momento, levantando la cabeza y enjugándose las lágrimas con la mano--. Ahora no se ven más que desgracias--añadió sentenciosamente, con esa gravedad particular que afectan los niños cuando quieren hablar como las personas mayores.

--¿Te quería tu papá?

--Quería más a Lidotshka--respondió en el mismo tono serio (su sonrisa había desaparecido),--sentía predilección por ella, porque es la más pequeña y porque está delicada; siempre le traía cosas. Nos enseñaba a leer; me daba lecciones de gramática y doctrina--añadió la niña con dignidad--. Mamá no decía nada; pero nosotros sabíamos que esto le daba gusto y papá también lo sabía. Mamá quiere enseñarme el francés, porque ya es tiempo de comenzar mi educación.

--¿Sabes rezar?

--¡Vaya si sabemos! ¡Desde hace mucho tiempo! Yo, como soy la mayor, rezo sola; Kolia y Lidotshka dicen sus oraciones en voz alta con mamá. Recitan primero las letanías de la Santísima Virgen, luego otra oración: «¡Señor! Concede tu perdón y tu bendición a nuestra hermana Sonia», y luego: «¡Señor! Concede tu perdón y tu bendición a nuestro otro papá», porque no le he dicho a usted que nuestro antiguo papá hace tiempo que murió; éste era otro; pero nosotros rezamos también por el primero.

--Polenka, me llamo Rodión Romanovitch; nómbrame también alguna vez en tus oraciones: «perdona a tu siervo Rodión» y nada más.

--Siempre, siempre rezaré por usted--respondió calurosamente la niña; y echándose a reír, besó de nuevo al joven con ternura.

Raskolnikoff le repitió su nombre, le dió las señas y le prometió volver al otro día sin falta. La niña se separó de él encantada. Eran las diez dadas cuando salía de la casa.

No le costó trabajo encontrar la habitación de Razumikin; en casa de Potchinkoff conocían a su nuevo inquilino y el _dvornik_ indicó en seguida a Raskolnikoff el cuarto de su amigo. Hasta la mitad de la escalera llegaba la algazara de la reunión que debía ser numerosa y animada. La puerta estaba abierta y se oía el ruido de las voces.

La estancia de Razumikin era bastante grande; la reunión se componía de unas quince personas. Raskolnikoff se detuvo en la antesala; detrás del tabique había dos grandes samovars, botellas, platos y fuentes cargados de pastas; dos criados de la patrona se agitaban en medio de todo aquello. Raskolnikoff hizo que llamasen a Razumikin. Este se presentó muy contento. A la primera ojeada se adivinaba que había bebido con exceso; y aunque en general a Razumikin le fuese imposible emborracharse, por esta vez probaba su exterior que no había podido contenerse.

--Escucha--comenzó a decir Raskolnikoff--, he venido con el solo objeto de decirte que, en efecto, has ganado la apuesta y que nadie sabe lo que puede pasar. En cuanto a entrar ahí, no; estoy muy débil; apenas si puedo tenerme en pie. De modo que, buenas noches, y adiós. Mañana pásate por mi casa.

--¿Sabes tú lo que voy a hacer? Acompañarte. Según tu propia confesión, estás débil.

--¿Y tus invitados? ¿Quién es ese hombre de cabello rizado que acaba de entreabrir la puerta?

--¿Ese? ¿Quién lo sabe? Debe de ser un amigo de mi tío o acaso un señor cualquiera que ha venido sin invitación... Los dejaré con mi tío; es un hombre inapreciable; siento que no puedas trabar conocimiento con él. Por lo demás, que el diablo se los lleve. Nada tengo que hacer ahora con ellos; necesito tomar el aire, de modo que has llegado a propósito, amigo mío: dos minutos más tarde, hubiera caído sobre ellos. ¡Dicen tales majaderías! No puedes imaginarte de qué divagaciones suelen algunos hombres ser capaces. Digo, si puedes imaginártelo. ¿Acaso nosotros no divagamos también? ¡Ea! dejémosles decir necedades; no siempre tendrán ocasión de colocarlas... Espera un momentito; voy a traer a Zosimoff.

El doctor acudió con extraordinario apresuramiento a ver a Raskolnikoff. Al echar la vista encima a su cliente se manifestó en su rostro una gran curiosidad que bien pronto se desvaneció.

--Es menester que se acueste usted en seguida--dijo al enfermo--; y tome un calmante para procurarse un sueño apacible. Aquí tiene usted esos polvos que yo he preparado hace poco. ¿Los tomará usted?

--Ciertamente--respondió Raskolnikoff.

--Harás bien en acompañarle--dijo Zosimoff dirigiéndose a Razumikin--; veremos mañana cómo está; hoy no va mal. Ha cambiado mucho en poco tiempo. Cada día se aprende una cosa nueva.

--¿Sabes lo que Zosimoff me decía hace un momento por lo bajo?--comenzó a decir con voz pastosa Razumikin, cuando los dos amigos estuvieron en la calle--. Me recomendaba que hablase contigo en el camino, que te hiciera hablar y que le contase en seguida tus palabras, porque se le ha metido entre ceja y ceja que estás loco o que te encuentras a punto de estarlo. ¿Qué te parece? En primer lugar, tú eres tres veces más inteligente que él. En segundo lugar, puesto que no estás loco puedes burlarte de su estúpida opinión, y en tercer lugar, ese hombrón, cuya especialidad es la cirugía, sólo tiene en la cabeza, desde hace algún tiempo, enfermedades mentales; pero la conversación que has tenido tú hoy con Zametoff, ha modificado por completo sus apreciaciones sobre tu persona.

--¿Zametoff te lo ha contado todo?

--Todo y ha hecho muy bien. He comprendido ahora toda la historia y Zametoff también. ¡Vamos! Sí, en una palabra, Rodia... El hecho es que... En este momento me encuentro un poco alegre... pero no importa... El hecho es que aquel pensamiento... ¿Comprendes? Aquel pensamiento había nacido, en efecto, en su espíritu; es decir, ninguno de ellos se atrevía a formularlo en alta voz, porque era una cosa demasiado absurda, sobre todo desde que ha sido detenido ese pintor de brocha gorda, todo se ha desvanecido para siempre. Pero, ¿cómo son tan imbéciles? Aquí para entre nosotros, he tenido un choque con Zametoff; te suplico que no te des por entendido; he notado que es susceptible. Ese incidente ocurrió en casa de Luisa... Pero actualmente todo está esclarecido. Fué principalmente ese Ilia Petrovitch quien se fundaba en tu desvanecimiento en la comisaría; pero a él mismo le dió vergüenza luego de semejante suposición; yo sé...

Raskolnikoff escuchaba con avidez. Bajo la influencia de la bebida, Razumikin hablaba sin tino.

--Yo me desvanecí entonces porque hacía demasiado calor en la sala y porque el olor de la pintura me trastornó--contestó.

--El busca una explicación, pero no hay otra que la de la pintura: la inflamación estaba latente desde hacía un mes. Ahí está Zosimoff para decirlo. No puedes figurarte lo confuso que se siente ahora ese tonto de Zametoff: «Yo no valgo--dice--ni lo que el dedo pequeño de ese hombre». Así habla refiriéndose a ti. Algunas veces tienen buenos sentimientos; pero la lección que le has dado hoy en el _Palacio de Cristal_ es el colmo de la perfección: has comenzado por hacer que tuviese miedo, que temblase. Le hiciste pensar de nuevo en esa monstruosa tontería, y de repente le has mostrado que te burlabas de él. ¡Se ha quedado con un palmo de narices! Perfectamente. Ahora está aplastado, anonadado. Verdaderamente eres un maestro y le hacía falta lo que has hecho. Siento no haber estado allí. Zametoff está ahora en casa y hubiera querido verte. También desea verte Porfirio Petrovitch.

--¡Ah! ¿Ese también? Pero, ¿por qué se me considera como un loco?

--Como un loco precisamente, no. Amigo mío, yo creo que me he ido un poco de la lengua contigo. Lo que supongo que le ha preocupado más que nada es que sólo _eso_ te interesa, y ahora comprende por qué te interesa: conociendo todas las circunstancias... sabiendo qué especie de enervamiento te ha causado eso y como tal cosa se relaciona con tu enfermedad... Estoy algo chispo, amigo mío; cuanto puedo decirte es que él tiene su idea... te lo repito, no sueña más que con sus enfermedades mentales; no, no tienes por qué inquietarte.

Durante medio minuto ambos guardaron silencio.

--Escucha, Razumikin--dijo Raskolnikoff--. Quiero hablarte con franqueza: vengo de casa de un muerto; el difunto era un funcionario... He dado allí todo mi dinero... y además de eso hace un instante he sido besado por una criatura que, aun cuando yo hubiese matado a alguien... en una palabra, he visto allí también a una joven... con una pluma color de fuego, pero divago; estoy muy débil, sostenme... Aquí está la escalera.

--¿Qué tienes? ¿Qué te pasa?--preguntó Razumikin alarmado.

--La cabeza que me da vueltas; pero esto no es nada; lo malo es que estoy tan triste... como una mujer. Mira: ¿qué es aquello? mira, mira...

--¿Qué he de mirar?

--¿No ves? Hay luz en mi cuarto, ¿no lo estás viendo por la rendija?

Estaban en el último rellano de la escalera, cerca de la puerta de la patrona, desde donde se podía advertir, que, en efecto, en la habitación de Raskolnikoff había luz.

--Es extraño.

--Estará quizá en ella Anastasia--observó Razumikin.

--No viene nunca a mi cuarto a esa hora. Además, se acuesta muy temprano; pero, ¿qué importa? Adiós.

--¡Eh! ¿qué dices? Te acompaño, vamos a subir juntos.

--Sí que subiremos juntos; pero quiero estrecharte la mano y decirte adiós aquí. Vamos, dame la mano. Adiós.

--¿Qué te pasa, Rodia?

--Nada. Subamos y tú serás testigo...

Mientras subían la escalera se le ocurrió a Razumikin que Zosimoff tenía quizás razón.

--Sin duda le he perturbado el espíritu con mi charla--dijo para sí.

Cuando se acercaban a la puerta oyeron voces en la habitación.

--¿Qué es esto?--exclamó Razumikin.

Raskolnikoff tiró de la puerta y la abrió de par en par, quedándose en el umbral como petrificado.

Su madre y su hermana, sentadas en el sofá, le esperaban hacía media hora.

La aparición de Raskolnikoff fué saludada con gritos de alegría. Su madre y su hermana corrieron hacia él; pero el joven quedó inmóvil, y casi privado de sentido; había como helado todo su ser un pensamiento súbito e insoportable. Ni siquiera tuvo fuerza para abrir los brazos. Las dos mujeres le estrecharon contra su pecho, le cubrieron de besos, llorando y riendo al mismo tiempo; Raskolnikoff dió un paso, se tambaleó y cayó desvanecido al suelo.

Alarma, gritos de terror, gemidos. Razumikin, que se había quedado en el umbral, se precipitó en la sala, tomó al enfermo en sus vigorosos brazos y en un abrir y cerrar de ojos le echó en el diván.

--No es nada, no es nada--dijo a la madre y a la hermana--. Esto es un desvanecimiento, no tiene importancia. El médico decía hace un momento que va mucho mejor, que estaba casi restablecido. ¡Un poco de agua! Vamos, ya recobra el conocimiento; miren ustedes, ya vuelve en sí.

Y al decir esto apretaba con inconsciente rudeza el brazo de Dunia obligándola a inclinarse sobre el sofá para comprobar que, en efecto, su hermano volvía en sí.

TERCERA PARTE

I

Raskolnikoff se incorporó y se sentó en el diván, e invitando con una leve seña a Razumikin a que suspendiese el curso de su elocuencia consoladora, tomó la mano a su hermana y a su madre y las contempló alternativamente durante dos minutos, sin proferir palabra. Había en su mirada, impregnada de dolorosa sensibilidad, algo de fijo y de insensato. Pulkeria Alexandrovna, asustada, se echó a llorar.

Advocia Romanovna estaba pálida y le temblaba la mano que tenía entre las de su hermano.

--Vuélvete a casa con él--dijo Rodia con voz entrecortada, señalando a Razumikin--. Mañana, mañana... todo. ¿Cuándo habéis llegado?

--Esta noche--respondió Pulkeria Alexandrovna--. El tren traía mucho retraso. Pero ahora, Rodia, por nada del mundo consentiría en separarme de ti. Pasaré la noche a tu lado...

--¡No me atormentéis!--replicó Raskolnikoff con cierta irritación.

--Yo me quedaré aquí con él--saltó vivamente Razumikin--; no le dejaré ni un minuto, y que se vayan al diablo mis convidados. Que se incomoden, si quieren. Además, allí está mi tío para hacer el papel de anfitrión.

--¡Cómo agradecérselo a usted!--empezó a decir Pulkeria Alexandrovna, estrechando de nuevo las manos de Razumikin; pero su hijo le atajó la palabra.

--No puedo, no puedo...--repitió con tono irritado--; no me atormentéis más. Basta, idos; ¡no puedo!...

--Retirémonos, mamá--indicó en voz baja Dunia, inquieta--; salgamos de la habitación, por lo menos, un instante; está visto que nuestra presencia le atormenta.

--¿Será posible que no pueda estar un momento con él, después de tres años de separación?--gimió Pulkeria Alexandrovna.

--Esperad un poco--dijo Raskolnikoff--. Me interrumpís y pierdo el hilo de mis ideas... ¿Habéis visto a Ludjin?

--No, Rodia; pero ya tiene noticias de nuestra llegada. Sabemos que ha tenido la bondad de venir a verte hoy--añadió con cierta timidez Pulkeria Alexandrovna.

--Sí. Ha tenido esa bondad... Dunia, le dije a Ludjin que iba a tirarle por la escalera...

--¿Qué dices, hijo? Pero, ¿tú? ¿Tú?... No es posible--comenzó a decir la madre asustada; pero una mirada de Dunia le impidió continuar.

Advocia Romanovna, con los ojos fijos en su hermano, esperaba que éste se explicase con mayor claridad. Informadas de la querella por Anastasia, que se la había contado a su manera y según la entendió, las dos señoras se encontraban perplejas.

--Dunia--prosiguió, haciendo un esfuerzo, Raskolnikoff--, yo me opongo a ese enlace; por consiguiente, despide mañana a Ludjin y que no se vuelva a hablar más de él.

--¡Dios mío!--exclamó Pulkeria Alexandrovna.

--Hermano mío, piensa un poco en lo que dices--observó con vehemencia Dunia; pero en seguida se contuvo--. No te encuentras ahora en tu estado normal: estás fatigado--añadió con tono cariñoso.

--Que deliro, ¿no es eso? No... te engañas; quieres casarte con Ludjin por mí, pero yo rehuso ese sacrificio. Así, pues, mañana le escribes una carta rompiendo tu compromiso, me la lees a primera hora, la mandas, y asunto concluído.

--Yo no puedo hacer eso--exclamó la joven, un tanto mortificada--. ¿Con qué derecho...?

--Dunia, tú también te exaltas. Hasta mañana... ¿Pero no estás viendo?--balbuceó la madre con temor, dirigiéndose a su hija--. Vamos, vamos; será lo mejor.

--No sabe lo que se dice--exclamó Razumikin con voz que denunciaba su embriaguez--; de lo contrario, no se permitiría... Mañana será razonable... Hoy, en efecto, ha echado con cajas destempladas a ese sujeto; el buen señor se ha incomodado. Estuvo aquí perorando en pro de sus teorías. Después se marchó con las orejas gachas.

--¿De modo que es verdad?--exclamó Pulkeria Alexandrovna.

--Hasta mañana, hermano--dijo con tono compasivo Dunia--. Vámonos, mamá... Adiós, Rodia.

El joven hizo un último esfuerzo para dirigirle algunas palabras.

--Oyeme; no deliro. Ese casamiento sería una infamia. Pase que yo sea un infame... pero tú, tú no debes serlo... Basta con uno... Mas, por miserable que yo sea, renegaría de ti, si contrajeses esa unión. O yo, o Ludjin. Marchaos.

--Pero, ¿has perdido el juicio? ¡Eres un déspota!--gritó Razumikin.

Raskolnikoff no respondió; quizá no se hallaba en estado de hacerlo. Agotadas sus fuerzas, se tendió en el diván, volviéndose del lado de la pared. Advocia Romanovna miró a Razumikin con ojos brillantes que revelaban curiosidad. El estudiante tembló ante aquella mirada. Pulkeria Alexandrovna parecía consternada.

--No me resuelvo a irme--murmuró trémula, al oído de Razumikin--; me quedaré aquí en cualquier parte... Acompañe usted a Dunia.

--Lo echarán ustedes a perder todo--respondió, también en voz baja, Razumikin--. Salgamos, a lo menos, de este cuarto. Anastasia, alúmbranos. Juro a ustedes--continuó en voz queda cuando estuvieron en la escalera--que hace poco rato estuvo a punto de pegarnos al médico y a mí. Figúrese usted, ¡al médico! Por otra parte, es imposible que deje usted sola a Advocia Romanovna en el cuarto de alquiler que han tomado ustedes. ¡Si supieran ustedes en qué casita se han alojado! Ese pillo de Pedro Petrovitch, ¿no podía haber encontrado una más decente?... Yo, es cierto, estoy algo chispo, y ahí tiene usted por qué son mis expresiones bastante vivas. No hagan ustedes caso.

--Pues bien--replicó Pulkeria Alexandrovna--. Voy a ver a la patrona de mi hijo y a suplicarle que nos deje pasar la noche en cualquier rincón. No puedo abandonarle en tal estado, no puedo...

Hablaban en el rellano de la escalera correspondiente a la habitación de la patrona. Anastasia estaba en el último escalón, con la luz en la mano. Razumikin se hallaba extraordinariamente animado. Un poco antes, cuando acompañó a Raskolnikoff a su casa, se había ido de la lengua como él mismo había reconocido; pero tenía la cabeza fuerte y despejada, no obstante la excesiva cantidad de vino que acababa de beber. Ahora estaba sumido en una especie de éxtasis, y la influencia excitante del alcohol obraba doblemente sobre él. Había tomado a las dos señoras a cada una por una mano, las arengaba con un lenguaje de una desenvoltura asombrosa, y, sin duda, para convencerlas mejor, apoyaba cada una de sus palabras con formidable presión de las falanges de sus interlocutoras. Al propio tiempo, con el mayor descaro devoraba con los ojos a Advocia Romanovna.

A veces, vencidas por el dolor, las pobres señoras trataban de separar sus dedos aprisionados en aquellas manos gruesas y huesosas; pero él no hacía caso, y continuaba apretando sin cuidarse de que les hacía daño. Si le hubieran pedido que se tirase de cabeza por la escalera, no habría vacilado un segundo en obedecerlas. Pulkeria Alexandrovna se hacía cargo de que Razumikin era muy original, y, sobre todo, de que tenía unos puños terribles; pero, con el pensamiento puesto en su hijo, cerraba los ojos ante las extrañas maneras del joven, que era en aquel momento una Providencia para ellas.

Por su parte, Advocia Romanovna, aunque participaba de las preocupaciones de su madre, y no fuese de natural tímido, miraba con sorpresa y aun con algo de inquietud, las ardientes ojeadas que le dirigía el amigo de su hermano. A no ser por la confianza sin límites que los relatos de Anastasia le habían inspirado a propósito de aquel hombre singular, no hubiera resistido a la tentación de echar a correr, llevándose a su madre con ella. Comprendía, empero, también que en aquel momento el joven les hacía mucha falta. Esto no obstante, la joven se sintió tranquila al cabo de diez minutos; cualquiera que fuese la disposición de ánimo en que se encontraba Razumikin, una de las propiedades de su carácter era la de revelarse por completo a primera vista, de suerte que en seguida sabía uno a qué atenerse respecto de él.

--Usted no puede solicitar eso de la patrona; sería el colmo de lo absurdo--contestó vivamente a Pulkeria Alexandrovna--. De nada le valdría ser la madre de Rodión; si usted se queda, va a exasperarle, y sabe Dios lo que puede ocurrir. Escuchen ustedes lo que yo les propongo: Anastasia va a quedarse ahora con él, y las acompañaré a ustedes a su casa, porque en San Petersburgo es una imprudencia que anden dos mujeres solas por las calles. Después de haber yo acompañado a ustedes, volveré aquí de dos zancadas, y un cuarto de hora después doy a ustedes mi palabra de honor de que iré allí de nuevo y les contaré todo: cómo está, si duerme, etc. En seguida, escuchen ustedes, en seguida, echo a correr a mi casa; hay mucha gente en ella. Mis invitados están ebrios. Echaré el guante a Zosimoff que es el médico que asiste a Rodia y se halla ahora en mi casa; pero no está borracho porque es abstemio; lo llevaré a ver el enfermo, y de allí a casa de ustedes. En el espacio de una hora recibirán ustedes, por consiguiente, noticias de su hijo; primero, por mí, y después, por el mismo doctor, que es hombre serio. Si Rodia está mal, juro a usted que la traeré otra vez aquí; si está bien se acostará usted. Yo pasaré toda la noche en el vestíbulo, él no lo sabrá. Haré que Zosimoff se acueste en casa de la patrona, para tenerle a mano, si fuese necesario. Creo que en estos momentos la presencia del médico puede ser más útil a Raskolnikoff que la de usted. Por lo tanto, vamos a su casa. Yo puedo, pero ustedes, no, no consentiría en dar a ustedes posada, porque... porque es tonta. Si lo quieren ustedes saber, está enamorada de mí, tendría celos de Advocia Romanovna, y de usted también; pero, de seguro, de Advocia Romanovna. Es un carácter muy extraño. Yo también soy un imbécil. Vamos, vengan ustedes. Tienen confianza en mí, ¿verdad? ¿La tienen ustedes? Sí, o no.

--Vamos, mamá--dijo Advocia Romanovna--; lo que promete, lo hará seguramente. A sus cuidados debe mi hermano la vida; y si el doctor consiente, en efecto, en pasar aquí la noche, ¿qué más podemos desear?

--Usted me comprende, porque es usted un ángel--dijo Razumikin con exaltación--. Vamos, Anastasia, sube en seguida con la luz, y quédate a su lado. Vuelvo dentro de un cuarto de hora.

Aunque no estuviese completamente convencida, Pulkeria Alexandrovna no hizo ninguna objeción.

Razumikin tomó a cada una de las dos señoras por un brazo y, en parte de grado, y en parte por fuerza, las obligó a bajar la escalera.

La madre no dejaba de estar inquieta.

«Seguramente sabe lo que hace; está bien dispuesto con nosotras; pero, ¿podremos confiar en sus promesas en el estado en que se encuentra?»

El joven adivinó aquel pensamiento.

--¡Ah! Comprendo. Usted me cree bajo la influencia del vino--dijo andando a grandes pasos por la acera, sin advertir que apenas podían seguirle las dos señoras--. Esto no significa nada... he bebido como un bruto; pero no se trata de tal cosa. No es el vino lo que me embriaga. En cuanto he visto a ustedes, he recibido como un golpe en la cabeza.... No me hagan ustedes caso, no digo más que tonterías, soy indigno de ustedes. En extremo indigno... En cuanto las lleve a ustedes a su casa, iré al canal que hay aquí cerca y me echaré un cubo de agua por la cabeza. Si supiesen lo que yo las quiero a ustedes... No se rían, ni se incomoden... Enfádense ustedes con todo el mundo menos conmigo. Yo soy amigo de Raskolnikoff, y, por consiguiente, de ustedes. Presentía el año pasado lo que ahora está sucediendo; hubo un momento... Pero no, yo no presentía nada de esto, puesto que ustedes, por decirlo así, han caído del cielo; mas no dormiré en toda la noche... Zosimoff temía hace poco que se volviese loco. He aquí por qué no conviene irritarle.

--¿Qué dice usted?--exclamó la madre.

--¿Es posible que el doctor haya dicho eso?--preguntó Advocia Romanovna asustada.

--Eso ha dicho, pero se engaña, se engaña de medio a medio. Le ha recetado un medicamento, unos polvos, pero, ya hemos llegado... Hubieran ustedes hecho mejor en venir mañana. Hemos hecho bien retirándonos. Dentro de una hora Zosimoff vendrá a darle a usted noticias de su salud. No está ebrio; yo tampoco lo estaré. Pero, ¿por qué estoy tan excitado? ¡Me han hecho discurrir tanto esos malditos! Había jurado no tomar parte en esas discusiones. ¡Dicen tantas majaderías! Un poco más y me agarro con ellos. He dejado allí a mi tío para que presida la reunión... ¿Creerán ustedes que son partidarios de la impersonalidad completa? Para ellos el supremo progreso es parecerse lo menos posible a sí mismo. A los rusos nos ha complacido vivir de ideas ajenas; ya estamos saturados de ellas. ¿Es verdad, es verdad lo que digo?--gritó Razumikin apretando las manos de las dos señoras.

--¡Oh Dios mío, yo no sé!--dijo la pobre Pulkeria Alexandrovna.

--Sí, sí, aunque yo no estoy de acuerdo con ustedes, en líneas generales--añadió con tono grave Advocia Romanovna.

Apenas acababa de pronunciar estas palabras, cuando lanzó un grito de dolor provocado por un enérgico apretón de manos de Razumikin.