El crimen y el castigo

Part 16

Chapter 163,990 wordsPublic domain

Los agentes se alegraron de saber quién había sido el atropellado. Raskolnikoff dió su nombre y dirección e insistió con empeño para que se transportase el herido a su domicilio. Aunque la víctima del accidente hubiese sido su padre, no habría mostrado el joven mayor solicitud.

--Es ahí, tres casas más allá donde vive; en la de Kozel, un alemán rico... Sin duda se retiraba embriagado. Le reconozco... Es un borracho... Vive ahí con su familia, tiene mujer e hijos. Antes de llevarle al hospital, es menester que le vea un médico; alguno habrá por aquí cerca; yo pagaré lo que sea, lo pagaré; su estado exige una cura inmediata. Si no se le socorre en seguida, morirá antes de llegar al hospital.

Raskolnikoff puso disimuladamente algunas monedas en la mano de un agente de policía. Por otra parte, lo que el joven le mandaba era perfectamente lógico, se explicaba bien. Levantaron a Marmeladoff y algunos voluntarios se ofrecieron a transportarle a su casa. La de Kozel estaba situada a treinta pasos del lugar en que había ocurrido el accidente. Raskolnikoff iba detrás sosteniendo con precaución la cabeza del herido, y enseñando el camino.

--¡Aquí, aquí! En la escalera, tened cuidado de que no vaya la cabeza baja: dad la vuelta... eso es, yo pago. Muchas gracias--murmuraba.

En aquel momento Catalina Ivanovna, como de costumbre, cuando tenía un minuto libre, paseaba de un lado a otro de su reducida sala, yendo de la ventana a la chimenea y viceversa, con los brazos cruzados sobre el pecho, charlando sola y tosiendo. Desde algún tiempo hablaba cada vez de mejor gana con su hija mayor Polenka. Aunque esta niña, de diez años de edad, no comprendía aún muchas cosas, se daba, sin embargo, cuenta de la necesidad que su madre tenía de ella, de modo que fijaba siempre sus grandes e inteligentes ojos en Catalina Ivanovna, y en cuanto ésta le dirigía la palabra, la niña hacía todos los esfuerzos imaginables para comprender, o, por lo menos, para hacer ver que comprendía.

Ahora Polenka desnudaba a su hermanito que había estado durante todo el día enfermo y que iba a acostarse. Esperando a que le quitasen la camisa para lavarla por la noche, el niño, con aspecto serio, estaba sentado en una silla silencioso e inmóvil y escuchaba, abriendo mucho los ojos, lo que su mamá decía a su hermana. La niña más pequeña, Lida (Lidotshka), vestida con verdaderos harapos, esperaba a su vez en pie, cerca de la mampara. La puerta que daba al descansillo estaba abierta, a fin de que saliera el humo del tabaco que llegaba de la habitación contigua, y que, a cada instante, hacía toser a la pobre tísica. Catalina Ivanovna estaba peor desde hacía ocho días, y las siniestras manchas de sus mejillas tenían un color más vivo que nunca.

--No puedes imaginarte, Polenka--decía paseándose por la habitación--, qué alegre y brillante vida era la que hacíamos en casa de papá y cuán desgraciados somos todos a causa de este borracho. Papá tenía en el servicio civil un empleo equivalente al grado de coronel. Era casi gobernador y no le faltaba más que un paso para llegar a este puesto; así es que todo el mundo le decía: «Consideramos a usted ya, Ivan Mikhailtch, como gobernador.»

La interrumpió un golpe de tos.

--¡Oh condenada vida!

Escupió y se apretó el pecho con las manos.

--¿Está ya el agua? ¡Ea! dame la camisa y las medias, Lida--añadió, dirigiéndose a la chiquita--. Esta noche dormirás sin camisa. Pon las medias al lado... Se lavará todo al mismo tiempo... ¡Y ese borracho sin venir!... Quisiera lavar también su camisa con todo lo demás, para no tener que fatigarme dos noches seguidas. ¡Señor, Señor!--volvió a toser--. ¡Otra vez! ¿Eh? ¿Qué es eso?--exclamó al ver que el vestíbulo se llenaba de gente, la cual penetraba en la sala con una especie de fardo--. ¿Qué es eso? ¿Qué es lo que traen? ¡Dios mío!

--¿Dónde hay que ponerlo?--preguntó un agente de policía mirando en derredor suyo mientras introducían en la habitación a Marmeladoff ensangrentado y exánime.

--En el sofá. Extenderle en el sofá... La cabeza aquí--indicó Raskolnikoff.

--Es un borracho que ha sido atropellado en la calle--gritó uno desde la puerta.

Catalina Ivanovna, intensamente pálida, respiraba con dificultad. La pequeña Lida corrió gritando hacia su hermana mayor, y toda temblorosa la estrechó en sus brazos.

Después de haber ayudado a colocar a Marmeladoff en el sofá, Raskolnikoff se acercó a Catalina Ivanovna.

--Por el amor de Dios, tranquilícese, cálmese, no se asuste tanto--dijo el joven vivamente--. Atravesaba la calle y un coche le ha atropellado; no se alarme usted, va a recobrar el conocimiento. He mandado que le traigan aquí. Yo ya he venido a esta casa otra vez. Quizá no se acuerde usted. Volverá en si. Yo pagaré...

--No volverá en si, no volverá en si--dijo con desesperación Catalina Ivanovna y se precipitó hacia su marido.

Raskolnikoff echó de ver en seguida que esta mujer no era propensa a desmayos. En un instante colocó una almohada debajo de la cabeza del herido, cosa en que nadie había pensado. Catalina Ivanovna se puso a desnudar a Marmeladoff, a examinar sus heridas y a prodigarle inteligentes cuidados. La emoción no le quitaba la presencia de ánimo; se olvidaba de sí misma, mordíase los labios temblorosos y contenía en su pecho los gritos prontos a escaparse.

Durante este tiempo, Raskolnikoff mandó por un médico que vivía en la vecindad.

--He mandado a buscar un médico--dijo a Catalina Ivanovna--. No se preocupe usted, yo pagaré. ¿No tiene usted agua? Déme una toalla, una servilleta, cualquier cosa, en seguida. No podemos juzgar de la gravedad de las heridas... está herido, pero no muerto; convénzase usted. Ya veremos lo que dice el doctor.

Catalina Ivanovna corrió a la ventana; colocada sobre una mala silla había una cubeta con agua, preparada para lavar durante la noche la ropa del marido y de sus hijos. Catalina Ivanovna solía hacer este lavado nocturno con sus propias manos, dos veces por semana, cuando no más a menudo, porque los Marmeladoff habían llegado a tal extremo de miseria, que les faltaba casi en absoluto ropa para mudarse: cada miembro de la familia no tenía más camisa que la que llevaba puesta, y como Catalina Ivanovna no podía sufrir la suciedad, prefería la pobre tísica, antes que verla reinar en su casa, fatigarse por las noches lavando la ropa de los suyos, para que ellos la encontrasen limpia y repasada al día siguiente al despertar.

Obedeciendo a Raskolnikoff, tomó la cubeta y se la llevó al joven, pero faltó poco para que se cayese con ella. Raskolnikoff logró encontrar una toalla, la empapó de agua y lavó con ella el rostro ensangrentado de Marmeladoff. Catalina Ivanovna, en pie a su lado, respiraba con dificultad y se apretaba el pecho con las manos.

No hubieran estado de más para ella los cuidados facultativos.

--Quizá he hecho mal en traer el herido a su casa--pensaba Raskolnikoff.

El guardia no sabía qué decidir.

--¡Polia!--gritó Catalina Ivanovna--, ve corriendo a casa de Sonia; pronto, dile que su padre ha sido atropellado por un coche, que venga en seguida. Si no la encuentras en casa, se lo dices a los Kapernumoff para que le den el recado en cuanto vaya. ¡Despáchate, Polia; anda, ponte ese pañuelo en la cabeza!

En tanto, la sala se había llenado de tal modo de gente, que no cabía ya ni un alfiler. Los agentes de policía se retiraron; uno solo se quedó momentáneamente y trató de desalojar algo el aposento. Mientras que ocurría esto, por la puerta de comunicación interior penetraron en la sala casi todos los inquilinos de la señora Lippevechzel: primero se detuvieron en el umbral, pero bien pronto invadieron la habitación. Catalina Ivanovna se puso furiosa.

--Deberíais al menos dejarle morir en paz--gritaba a los asaltantes--. Venís aquí como a un espectáculo--y se interrumpió para toser--. Y entráis con el sombrero puesto; marchaos, tened por lo menos respeto a la muerte.

La tos que la ahogaba la impidió seguir; pero su severa admonición produjo efecto. Evidentemente, Catalina Ivanovna inspiraba cierto temor.

Los inquilinos fueron unos tras otros desfilando hacia la puerta, llevándose en sus corazones ese extraño sentimiento de satisfacción que hasta los hombres más compasivos experimentan a la vista de la desgracia ajena. Después que hubieron salido se oyeron las voces del otro lado de la puerta: decían en alta voz que era preciso enviar el herido al hospital, pues no había derecho para turbar la tranquilidad de la casa.

--Ese es el inconveniente de morirse--vociferó Catalina Ivanovna, y ya se preparaba a desahogar en ellos su indignación, cuando se abrió la puerta y apareció la señora Lippevechzel en persona.

La patrona acababa de saber la desgracia y venía a restablecer el orden. Era una alemana intrigante y mal educada.

--¡Ah, Dios mío!--dijo juntando las manos--, ¡su marido de usted, que estaba borracho, se ha dejado aplastar por un coche! Hay que llevarle al hospital, yo soy la propietaria.

--Amalia Ludvigovna, suplico a usted que piense lo que habla--comenzó a decir con tono arrogante Catalina Ivanovna. (Siempre que hablaba a la patrona empleaba el mismo tono para recordarle la debida compostura; y aun en aquel momento no pudo resistir a semejante placer.)--Amalia Ludvigovna.

--Ya se lo he dicho a usted de una vez para siempre, no quiero que se me llame Amalia Ludvigovna; yo soy Amalia Ivanovna.

--Usted no es Amalia Ivanovna sino Amalia Ludvigovna, y como yo no pertenezco al grupo de viles aduladores de usted, tal como el señor Lebeziatnikoff que se está riendo ahora detrás de la puerta. (Ahora se agarran ji, ji--decía en efecto una voz burlona en la pieza inmediata), yo la llamaré a usted siempre Amalia Ludvigovna, aunque no puedo comprender por qué le molesta este nombre. Ya ve usted lo que acaba de ocurrirle a Simón Zakharovitch: está muriéndose. Suplico a usted que cierre la puerta y que no deje entrar nadie aquí. Déjele, al menos, que muera en paz. De lo contrario le juro a usted que mañana mismo daré parte al gobernador general. El príncipe me conoce desde mi juventud y se acuerda muy bien de Simón Zakharovitch, a quien más de una vez ha hecho algún favor. Todo el mundo sabe que mi marido tenía muchos amigos y protectores; como se daba cuenta de su desgraciado vicio, cesó de tratarse con ellos por un sentimiento noble de delicadeza; pero ahora--añadió señalando a Raskolnikoff--hemos encontrado apoyo en este magnánimo joven que es rico, tiene muy buenas relaciones y es amigo desde la infancia de Simón Zakharovitch. Téngalo usted presente, Amalia Ludvigovna.

Todo este discurso fué pronunciado con creciente rapidez, pero la tos interrumpió la elocuencia de Catalina Ivanovna En aquel momento, Marmeladoff, volviendo en sí, lanzó un gemido. Catalina se acercó solícita a su esposo. Este, sin darse aún cuenta de nada, miraba a Raskolnikoff, en pie a su cabecera. Su respiración era débil y penosa, tenía sangre en las comisuras de los labios y la frente empapada en sudor. No reconociendo a Raskolnikoff le miraba con cierta inquietud. Catalina Ivanovna fijó en el herido una mirada afligida, pero severa. Después la pobre mujer rompió a llorar.

--¡Dios mío! ¡Tiene el pecho aplastado! ¡Cuánta sangre!--decía acongojada--. Hay que quitarle la ropa. ¡Vuélvete un poco, si puedes, Marmeladoff!

Marmeladoff la reconoció.

--¡Un sacerdote!--dijo con voz ronca.

Catalina Ivanovna se aproximó a la ventana y apoyando la frente en el marco gritó con desesperación:

--¡Oh vida, mil veces maldita!

--¡Un sacerdote!--repitió el moribundo después de una pausa.

--¡Silencio!--le gritó Catalina Ivanovna.

El herido obedeció y calló. Buscaba a su mujer con ojos tímidos y ansiosos. Catalina fué de nuevo a situarse a su cabecera; Marmeladoff se tranquilizó, pero no por largo tiempo. De repente vió en el rincón a la pequeña Lida (su predilecta), que temblaba como si le fuese a dar una convulsión y que le miraba con ojos enormemente abiertos de niño asombrado.

--¡Ah, ah!--dijo con gran agitación señalando a la chiquilla.

Se comprendía que trataba de decir algo.

--¿Qué?--gritó Catalina Ivanovna.

--¡No tiene calzado!--y sus ojos, como de loco, no se apartaban de los pies desnudos de la niña.

--¡Cállate!--replicó con tono irritado Catalina Ivanovna--: demasiado sabes que no tiene calzado...

--¡Gracias a Dios! ¡Aquí está el médico!--dijo gozosamente Raskolnikoff.

Entró un viejecillo alemán de modales acompasados, que miraba con desconfianza en derredor suyo. Se aproximó al herido, le tomó el pulso, examinó atentamente la cabeza, y después, ayudado por Catalina Ivanovna, desabrochó la camisa, toda ensangrentada, y dejó el pecho al descubierto, que estaba magullado; varias costillas de la derecha rotas, a la izquierda, al lado del corazón, se veía una gran mancha negruzca y amarillenta marcada por una violenta pisada de caballo. El doctor frunció el entrecejo. El agente de policía acababa de contarle que el herido había sido atropellado en una calle y arrastrado en una extensión de treinta pasos.

--Es asombroso que esté todavía vivo--murmuró en voz baja el doctor dirigiéndose a Raskolnikoff.

--¿Qué le parece a usted?--preguntó este último.

--Caso perdido.

--¿No hay esperanza?

--Ninguna. Va a exhalar el último suspiro... Tiene una herida muy peligrosa en la cabeza. Podría sangrársele... pero sería inútil: morirá de seguro dentro de cinco a seis minutos.

--Sángrele usted, sin embargo.

--Sea; pero le advierto que la sangría no servirá absolutamente de nada.

Estando en esto se oyó otra vez ruido de pasos. La multitud, que se agrupaba en el umbral, se abrió, y apareció un eclesiástico de cabellos blancos. Traía la Extremaunción para el moribundo. El doctor cedió el puesto al sacerdote, con el cual cambió una significativa mirada. Raskolnikoff suplicó al médico que se quedase un momento todavía. El médico accedió encogiéndose de hombros.

Todos se apartaron. La confesión duró muy poco tiempo. Marmeladoff no se hallaba en estado de discurrir. Sólo podía lanzar sonidos entrecortados e ininteligibles. Catalina Ivanovna fué a arrodillarse en el rincón inmediato a la chimenea, e hizo que se arrodillasen delante de ella los dos niños. Lidotshka no hacía más que temblar. El pequeñuelo, de rodillas, imitaba los grandes signos de cruz que hacía su madre y se prosternaba dando en el suelo con la frente, lo que parecía divertirle. Catalina Ivanovna se mordía los labios y contenía las lágrimas. Rezaba arreglando al mismo tiempo la camisa del pequeñuelo, sin interrumpir su oración, y sin levantarse consiguió sacar de la cómoda un pañuelo del cuello que echó sobre los hombros desnudos de la niña. En tanto la puerta de comunicación había sido abierta de nuevo por los curiosos vecinos. En el descansillo había también aumentado el grupo de espectadores. Se encontraban en él todos los inquilinos de los diversos pisos; pero sin franquear el umbral de la estancia. Toda esta escena estaba alumbrada por un cabo de vela.

En aquel momento, Polenka, que había ido a buscar a su hermana, atravesó vivamente el grupo formado en el corredor y entró, pudiendo apenas respirar a causa de lo que había ocurrido. Después de quitarse el pañuelo, buscó con los ojos a su madre, y acercándose a ella le dijo:

--Ahí viene; la he encontrado por la calle.

Catalina Ivanovna la hizo arrodillarse a su lado. Sonia se abrió paso tímidamente, y sin ruido, por en medio de la gente. En aquella habitación, que era la imagen de la miseria, de la desesperación y de la muerte, su entrada repentina produjo extraño efecto. Aunque muy pobremente vestida, iba muy ataviada con ese aire llamativo que distingue a las pobres mujerzuelas del arroyo. Al llegar a la entrada del aposento, la joven se detuvo en el umbral y echó al interior una mirada de asombro. Parecía que no tenía conciencia de nada; no se cuidaba de su falda de seda, comprada de lance, cuyo color chillón y cuya cola desmesuradamente larga eran muy impropias de aquel lugar lo mismo que su inmenso miriñaque que ocupaba toda la anchura de la puerta, sus botas provocadoras, la sombrilla que tenía en la mano, aunque no tuviese necesidad de ella, y, en fin, su ridículo sombrero de paja, adornado con una pluma brillantemente roja.

Bajo aquel sombrero picarescamente ladeado, se veía una carita enfermiza, pálida y asustada con la boca abierta e inmóviles de terror los ojos. Sonia tenía diez y ocho años, era rubia, bajita y delgada, pero bastante linda. Llamaban la atención sus ojos claros. Tenía la mirada fija en el lecho y en el sacerdote. Como Polenka, estaba sofocada por lo de prisa que había venido. Por último, algunas palabras, murmuradas por la gente, llegaron sin duda a sus oídos. Bajando la cabeza franqueó el umbral y penetró en la sala, pero se quedó cerca de la puerta.

Cuando el moribundo hubo recibido los Santos Sacramentos, su mujer se acercó a él. Antes de retirarse, el sacerdote creyó de su deber dirigir algunas palabras de consuelo a Catalina Ivanovna.

--¡Qué va a ser de ellos!--interrumpió la mujer con amargura mostrando sus hijos.

--Dios es misericordioso; confíe usted en el socorro del Altísimo--replicó el eclesiástico.

--¡Misericordioso, sí; pero no para nosotros!

--Eso es un pecado, señora, un pecado--observó el sacerdote moviendo la cabeza.

--¿Y esto no es un pecado?--replicó vivamente Catalina Ivanovna mostrando al moribundo.

--Los que le han privado involuntariamente de su sostén le ofrecerán quizá una indemnización para reparar al menos el perjuicio material.

--Usted no me comprende--replicó con tono irritado Catalina Ivanovna--. ¿De qué hay que indemnizarme si ha sido él mismo que, borracho como estaba, se ha arrojado a los pies de los caballos? ¡El mi sostén! ¡Si ha sido siempre para mí causa de disgusto! ¡Si se lo bebía todo! ¡Si nos despojaba para ir a gastarse el dinero de la casa en la taberna! ¡Dios ha hecho bien llevándoselo! ¡Esto es un verdadero alivio para nosotras!

--Hay que perdonar a un moribundo; esos sentimientos son un pecado, señora, un gran pecado.

Mientras hablaba con el sacerdote, Catalina Ivanovna no cesaba de ocuparse del herido: le daba agua, le enjugaba el sudor y la sangre de su cabeza y arreglaba las almohadas. Las últimas palabras del eclesiástico la pusieron hecha una furia.

--¡Eh, _batuchka_! ¡Esas no son más que palabras! ¡Perdonar! Si hoy no le hubiesen aplastado los caballos, habría entrado en casa, como de costumbre, borracho. Como no tiene más camisa que la que lleva puesta, hubiera tenido yo que lavársela mientras él durmiese, así como la ropa de los niños. Después hubiera necesitado secarlo todo, para repasarlo a la madrugada. Tal es el empleo de mis noches. ¡Y me habla usted de perdón! Además, le he perdonado.

Un violento acceso de tos le impidió seguir adelante. Escupió en un pañuelo y lo extendió ante los ojos del eclesiástico, mientras con la mano izquierda apretaba dolorosamente su pecho. El pañuelo estaba ensangrentado.

El pope bajó la cabeza y no dijo palabra.

Marmeladoff estaba en la agonía; no apartaba los ojos de su mujer, que de nuevo se había inclinado sobre él. Tenía deseos de decirle algo, trataba de hablar, movía los labios con esfuerzo, pero no conseguía otra cosa que prorrumpir en sonidos inarticulados. Catalina Ivanovna, comprendiendo que su marido quería pedirle perdón, le gritó con tono imperioso:

--Cállate. Es inútil... Sé lo que quieres decir...

El herido se calló, pero en aquel instante sus miradas se dirigieron a la puerta y vió a Sonia...

Hasta entonces no había reparado en el rincón sombrío en que la joven se encontraba.

--¿Quién está allí? ¿Quién está allí?--dijo de repente con voz ronca y ahogada mostrando al mismo tiempo con los ojos, que expresaban un gran terror, la puerta frente a la cual estaba en pie su hija.

Marmeladoff trató de incorporarse.

--¡Sigue echado! ¡No te muevas!--gritó Catalina Ivanovna.

Pero, merced a un esfuerzo sobrehumano, logró sentarse en el sofá. Durante algún tiempo contempló a su hija con aire extraño; parecía no reconocerla; era también la vez primera que la veía en aquel traje. Tímida, humillada y avergonzada bajo sus oropeles de mujer pública, la infeliz esperaba humildemente que se le permitiese dar el último beso a su padre. De pronto, éste la reconoció y se pintó en su rostro un sufrimiento inmenso.

--¡Sonia! ¡hija mía!... ¡perdóname!--gritó.

Quiso tender hacia ella la mano, y perdiendo su punto de apoyo rodó pesadamente por el suelo. Se apresuraron a levantarle y le pusieron en el sofá; pero ya todo era inútil. Sonia, casi sin poder sostenerse, lanzó un débil grito, corrió hacia su padre y le besó. El desdichado expiró en los brazos de su hija.

--¡Ha muerto!--exclamó Catalina Ivanovna ante el cadáver de su marido--. ¿Qué hacer ahora? ¿Cómo pagaré el entierro? ¿Cómo daré de comer mañana a mis hijos?

Raskolnikoff se aproximó a la viuda.

--Catalina Ivanovna--le dijo--, la semana pasada me contó su marido toda la vida de usted sin omitir detalle... Puede estar segura de que me habló de usted con verdadero entusiasmo. Desde aquella tarde, al ver cuánto la estimaba, cuánto amaba y honraba a usted, a pesar de su malhadada debilidad, desde aquella tarde, repito, soy su amigo... Permítame, pues, que le ayude a cumplir sus últimos deberes con el difunto. Aquí tiene usted veinte rublos, y si mi presencia puede serle de alguna utilidad... Yo vendré a verla a usted muy pronto... ¡Adiós!

Y salió precipitadamente de la sala; pero al atravesar el descansillo encontró entre el grupo de curiosos a Nikodim Fomitch, que había tenido noticia del accidente e iba a cumplir con los deberes de su cargo llenando las formalidades propias del caso. Desde la escena ocurrida en la oficina de policía, el comisario no había vuelto a ver a Raskolnikoff. Sin embargo, le reconoció en seguida.

--¡Ah! ¿Es usted?--le preguntó.

--Ha muerto--contestó Raskolnikoff--. Le han asistido un médico y un sacerdote; nada le ha faltado. No moleste usted a la pobre viuda; está tísica y su nueva desgracia le será funesta. Consuélela usted... Sé que usted es un hombre muy bueno--añadió sonriendo y mirando frente a frente al comisario.

--Está usted manchado de sangre--dijo Nikodim Fomitch, que acababa de ver algunas manchas recientes en el chaleco de su interlocutor.

--Sí, me ha caído encima... Estoy empapado en sangre--agregó el joven con extraño acento; después, sonrióse, saludó al comisario con un movimiento de cabeza y se alejó.

Bajó la escalera sin apresuramiento. Una especie de fiebre agitaba todo su ser: sentía que una vida potente y nueva brotaba de repente en él. Podía compararse esta sensación a la de un condenado a muerte que recibe a última hora el inesperado indulto. En medio de la escalera se hizo a un lado para dejar pasar al sacerdote que volvía a su domicilio. Lo dos hombres cambiaron un silencioso saludo. Cuando Raskolnikoff bajaba los últimos escalones, oyó pasos presurosos detrás de sí. Alguien trataba de alcanzarle. En efecto, Polenka corría en pos de él gritándole:

--¡Oiga usted, caballero, oiga usted!

Raskolnikoff se volvió. La niña descendió apresuradamente el último tramo y se detuvo enfrente del joven en un escalón por encima de él. Un débil resplandor provenía del patio. Raskolnikoff examinó el rostro demacrado de la niña; Polenka le miraba con alegría infantil que hacía resaltar su delicada belleza. Se le había confiado una misión que, evidentemente, le agradaba mucho.

--Oiga usted, ¿cómo se llama usted?... ¡Ah! ¿Dónde vive usted?--preguntó precipitadamente.

Raskolnikoff le puso las manos en los hombros y la contempló con una especie de felicidad. ¿Por qué experimentaba tal placer mirando a la niña? Ni él mismo lo sabía.

--¿Quién te manda?

--Mi hermana Sonia--respondió la niña sonriendo aún más alegremente.

--Ya suponía yo que venías de parte de tu hermana.

--Sonia me envió primero; pero en seguida mamá me dijo: «Ve corriendo, Polenka.»

--¿Quieres mucho a tu hermana Sonia?