Part 15
El rostro inmóvil y serio de Raskolnikoff cambió repentinamente de expresión y se echó a reír de un modo nervioso como si no pudiera contenerse. Experimentaba idéntica sensación que el día del asesinato cuando, sitiado en el cuarto de sus víctimas por Koch y Pestriakoff, le había dado ganas de insultarlos, provocarlos y reírse de ellos en sus propias barbas.
--O usted está loco, o...--comenzó a decir Zametoff y se detuvo como si cruzara por su mente una idea repentina.
--O ¿qué? ¿qué iba usted a decir? Acabe la frase.
--No--replicó Zametoff--; todo eso es absurdo.
Ambos guardaron silencio. Después de un súbito acceso de hilaridad, Raskolnikoff se quedó sombrío y pensativo.
De codos en la mesa, con la cabeza entre las manos, parecía haber olvidado por completo la presencia de Zametoff.
--¿Por qué no toma usted el te?--dijo, al fin éste--. Va a enfriarse.
--¿Qué?... ¿el te?... Bueno.
Raskolnikoff se llevó la taza a los labios, comió un bocado de pan, y fijando los ojos en Zametoff recobró su fisonomía la expresión burlona que tenía antes y continuó tomando el te.
--Los delitos de todo género son ahora muy numerosos--apuntó Zametoff--. Precisamente hace poco leí en la _Moskovskia Viedomosti_ que había sido detenida en Moscou una cuadrilla de monederos falsos, toda una sociedad que se dedicaba a la fabricación y expendición de billetes del Banco.
--¡Oh! ¡Eso es ya viejo! ¡Hace un mes que lo he leído!--respondió flemáticamente Raskolnikoff--. ¿De modo que usted supone que son estafadores?
--¿Cómo? ¿Cree usted que no lo son?
--¿Ellos? Chiquillos, novatos infelices, y no estafadores. ¡Se reunen cincuenta para ese objeto! ¿A quién se le ocurre? En semejante caso, tres son ya mucho, y aun es menester que cada miembro de la asociación esté más seguro de sus asociados que de sí mismo. Basta que a uno de ellos un poco bebido se le escape una palabra, y todo se derrumba. ¡Son novatos! Envían a personas de las cuales no pueden responder a cambiar sus billetes en las casas de banca. ¿Es discreto encargar al primero que se presenta de una comisión semejante? Supongamos que, a pesar de todo, hayan conseguido su propósito; supongamos que el negocio ha producido un millón a cada uno de ellos. Helos durante toda la vida en dependencia los unos de los otros. Mejor es ahorcarse que vivir así. Pero no han sabido representar su papel: uno de sus agentes se presenta a este efecto en una oficina, se le entregan cinco mil rublos y sus manos tiemblan. Cuenta los cuatro primeros miles, el quinto lo guarda sin recontarlo; tanto deseo tenía de escapar. De este modo, despierta sospechas y todo el negocio se echa a perder por la falta de un solo imbécil. Esto es verdaderamente inconcebible.
--¿Que le tiemblan las manos?--replicó Zametoff--. Pues me parece muy natural. En ciertos casos, no es uno dueño de sí mismo. Ahí tiene usted, sin ir más lejos, una prueba reciente. El asesino de esa vieja debe ser un bribón muy resuelto para no haber vacilado en cometer su crimen en pleno día y en las condiciones más peligrosas. Milagro es que ya no esté preso. Pues bien, a pesar de esto, sus manos temblaban: no ha sabido robar: le ha faltado la serenidad, como los hechos demuestran claramente.
Aquel lenguaje hirió en lo más vivo a Raskolnikoff.
--¿Usted cree? Pues bien, échele usted el guante, descúbralo usted ahora--exclamó el joven experimentando maligno placer al mortificar al jefe de la Cancillería.
--No tenga usted cuidado, se le descubrirá.
--¿Quién? ¿Usted? ¿Usted va a descubrirle? Perderá usted el tiempo y el trabajo. Para ustedes toda la cuestión es saber si un hombre hace o no hace gastos. Uno que no poseía nada tira el dinero por la ventana; luego es culpable. Ajustándose a esta regla, un chiquillo, si quisiese, escaparía a las investigaciones de ustedes.
--El hecho es que todos se conducen del mismo modo--respondió Zametoff--. Después de haber desplegado a menudo mucha habilidad y astucia en la perpetración del asesinato, se dejan pescar en la taberna. Los denuncian sus gastos, no son tan astutos como usted. Usted, es claro, no iría a la taberna.
Raskolnikoff frunció las cejas y miró fijamente a Zametoff.
--¿Usted quiere saber cómo obraría yo, en caso semejante?--preguntó con tono malhumorado.
--Sí--replicó con energía el jefe de la Cancillería.
--¿Tiene usted mucho empeño?
--Sí.
--Pues bien, he aquí lo que yo haría--comenzó a decir Raskolnikoff, bajando de repente la voz y aproximando de nuevo la cara a la de su interlocutor, a quien miró fijamente. Por esta vez no pudo menos de temblar--. He aquí lo que haría yo. Tomaría el dinero y las joyas, y después, al salir de la casa, iría, sin un minuto de retraso, a un paraje cerrado y solitario, a un corral o un huerto, por ejemplo. Me aseguraría antes de que en un rincón de este corral, al lado de una valla, hubiese una piedra de cuarenta o sesenta libras de peso, levantaría esta piedra, bajo la cual el suelo debía de estar deprimido, y depositaría en el hueco el dinero y las alhajas. Hecho esto volvería a poner la piedra y me iría. Durante uno, dos, o tres años, dejaría allí los objetos robados, y ya podrían ustedes buscarlos.
--Usted está loco--respondió Zametoff.
Sin que podamos decir por qué, pronunció estas palabras en voz baja y se apartó bruscamente de Raskolnikoff. Los ojos de éste relampagueaban. Había palidecido de un modo horrible y un temblor convulsivo agitaba su labio superior. Se inclinó lo más posible hacia el rostro del funcionario y se puso a mover los labios sin proferir una sola palabra. Así pasó medio minuto. Nuestro héroe no se daba cuenta de lo que hacía, pero no podía contenerse. Estaba a punto de escapársele su espantosa confesión.
--¿Y si fuese yo el asesino de la vieja y de Isabel?--dijo de repente; pero se contuvo ante el sentimiento del peligro.
Zametoff le miró con aire extraño y se puso tan blanco como la servilleta, en tanto que en su rostro se dibujaba una forzada sonrisa.
--Pero, ¿es eso posible?--dijo con voz que apenas podía ser entendida.
Raskolnikoff fijó en él una mirada maliciosa.
--Confiese usted que lo ha creído. ¿A que sí? ¿A que lo ha creído usted?
--No, de ninguna manera--se apresuró a decir Zametoff--. Usted me ha asustado para sugerirme esa idea.
--¿Según eso, usted no lo cree? ¿Entonces, de qué se pusieron a hablar el otro día al salir yo de la oficina? ¿Por qué el ayudante _Pólvora_ me interrogó después de mi desmayo? ¡Eh! ¿Cuánto debo?--gritó al mozo levantándose y tomando la gorra.
--Treinta kopeks--respondió éste, acudiendo a la llamada del parroquiano.
--Toma, además, veinte kopeks de propina. Vea usted cuánto dinero tengo--, prosiguió, mostrando a Zametoff unos cuantos billetes--: ¿los ve usted? Rojos, azules, veinticinco rublos. ¿De dónde procede este dinero? ¿Cómo, además, tengo ropa nueva? Usted sabe, en efecto, que yo no tenía ni un kopek. Apuesto cualquier cosa a que ha preguntado usted a mi patrona... ¡Ea! ¡Bastante hemos hablado! Hasta la vista.
Salió tan agitado con cierta extraña sensación, a la cual se unía un acre placer. Estaba, además, sombrío y terriblemente cansado. Semejaba su rostro convulsivo el de un hombre que acababa de sufrir un ataque de apoplejía. Poco antes, bajo la acción de sus emociones, sentía fuerzas; pero cuando aquel estimulante hubo cesado, invadíale intensa emoción.
Cuando se quedó solo, Zametoff permaneció aún largo tiempo sentado en el mismo sitio. El jefe de la Cancillería parecía pensativo. Raskolnikoff acababa de trastornarle inopinadamente todas sus ideas sobre «cierto punto»; estaba despistado.
--Ilia Petrovitch es un imbécil--dijo por último.
Apenas Raskolnikoff abrió la puerta de la calle, se encontró frente a frente en el vestíbulo con Razumikin que entraba. A un paso de distancia los dos jóvenes no se habían visto y poco faltó para que chocasen uno contra otro. Durante un momento se midieron con la mirada. Razumikin se quedó atónito; pero de repente brilláronle en los ojos llamaradas verdaderas de cólera.
--¿De modo que has venido aquí?--dijo con voz tonante--. ¡Pues no se ha escapado de la cama! ¡Y yo que le he buscado hasta debajo del sofá! ¡Hasta el granero se ha revuelto para ver si se daba contigo! Por causa tuya ha faltado poco para que le pegase a Anastasia... ¡Y vea usted dónde estaba metido! ¿Qué significa esto, Rodia? Di la verdad. Confiesa...
--Esto significa que me fastidiáis todos horrorosamente y que quiero estar solo--respondió fríamente Raskolnikoff.
--¡Solo, cuando no puedes aún ni andar, cuando estás pálido como la cera; cuando te falta el aliento! ¡imbécil! ¿Qué has venido a hacer al _Palacio de Cristal_? Confiésamelo en seguida.
--Déjame pasar--replicó Raskolnikoff, y trató de alejarse.
Esto acabó de poner a Razumikin fuera de sí, y asiendo violentamente a su amigo por el brazo, le dijo:
--¿Y te atreves a decirme que te deje pasar? ¿Que te deje pasar? ¿Sabes lo que voy a hacer ahora mismo? A tomarte debajo del brazo, a llevarte a tu casa, como se lleva un envoltorio y encerrarte allí bajo llave.
--Escucha, Razumikin--dijo sin levantar la voz y con tono en la apariencia muy tranquilo--; ¿qué he de hacer para que comprendas que no necesito de tus beneficios? ¡Qué manía de hacer bien a las personas, en contra de su expresa voluntad! ¿Por qué viniste cuando caí enfermo a instalarte a mi cabecera? ¿Qué sabes tú si yo hubiera sido feliz muriéndome? ¿No te he manifestado hoy con toda claridad que me martirizabas, que me eras insoportable? ¿Qué gusto sacas en mortificar a la gente? Te juro que todo esto impide mi curación, teniéndome en una irritación continua. Ya has visto que Zosimoff se marchó para no martirizarme. ¡Déjame tú también, por amor de Dios!...
Razumikin se quedó un momento pensativo y después soltó el brazo de su amigo.
--Bueno. ¡Vete, con mil diablos!--dijo con voz que no había perdido toda vehemencia.
Pero en cuanto dió un paso Raskolnikoff, con extraordinario arrebato gritó Razumikin:
--¡Espera, escucha! Ya sabes que hoy daré una comida; quizá hayan llegado ya mis convidados; pero he dejado ya allí a mi tío para que los reciba. Si tú no fueses un imbécil, un imbécil rematado, un imbécil incorregible... Escucha, Rodia; reconozco que no te falta inteligencia, pero eres un imbécil. Digo, pues, que si tú no fueses un imbécil, vendrías a pasar la noche en mi casa en vez de estropearte las botas vagando sin objeto por las calles. Puesto que has salido, mejor es que aceptes mi invitación. Haré que te suban un cómodo sofá. Mis patrones lo tienen. Tomarás una taza de te y estarás acompañado. Si no quieres un sofá, te echarás en el catre... Al menos estarás con nosotros; irá Zosimoff... ¿vendrás?
--No.
--Pero esto es absurdo--replicó vivamente Razumikin--. ¿Qué sabes tú? Tú no puedes responder a ti mismo; yo también he escupido mil veces sobre la sociedad, y después de haberme apartado de ella no he tenido más remedio que volver a buscarla. Llega un momento en que se avergüenza uno de su misantropía y procura reunirse con los hombres. Acuérdate, en casa de Potchinkoff, tercer piso.
--No iré, Razumikin--contestó Raskolnikoff alejándose.
--Apuesto que vendrás; de lo contrario, como si no te conociese--le gritó su amigo--. Espera un poco. ¿Está aquí Zametoff?
--Sí.
--¿Te ha visto?
--Sí.
--¿Te ha hablado?
--Sí.
--¿De qué? Vamos, bueno; no lo digas si no quieres decirlo. Casa de Potchinkoff, núm. 47, habitación de Babusckin. Acuérdate.
Raskolnikoff llegó a la Sadovia y dobló la esquina. Después de haberle seguido con la mirada, Razumikin se decidió a entrar en el café, pero en medio de la escalera se detuvo.
--¡Por vida de...!--continuó casi en voz alta--. Habla con lucidez y como... ¡qué imbécil soy!... ¿Acaso los locos disparatan siempre? Zosimoff, por lo que a mí me parece, también teme como yo--y se llevó el dedo a la frente--. ¿Cómo abandonarle ahora? ¡Puede que vaya a ahogarse!... He hecho una tontería. No hay que vacilar--y echó a correr en busca de Raskolnikoff.
Pero no pudo encontrarle y le fué forzoso volverse a grandes pasos al _Palacio de Cristal_ para interrogar cuanto antes a Zametoff.
Raskolnikoff se fué derecho al puente***, y deteniéndose en medio de él, se puso a mirar a lo lejos. Desde que hubo dejado a Razumikin, su debilidad había aumentado, hasta el punto que solamente a duras penas pudo llegar a aquel sitio. Hubiera querido sentarse o acostarse en cualquier parte, aunque fuese en la calle. Inclinado sobre el agua, contemplaba con mirada distraída los últimos rayos del sol poniente y la fila de casas que la noche velaba poco a poco con sus tinieblas.
--Sea, pues--dijo, alejándose del puente y tomando la dirección de la oficina de policía.
Tenía el corazón como vacío: no quería pensar, ni siquiera sentía angustia. Una completa apatía había sucedido a la energía que experimentara cuando salió de casa resuelto «a acabar con todo».
--Después de todo, lo mismo da una solución que otra--pensaba avanzando lentamente por el muelle del canal--. Por lo menos, el desenlace depende de mi voluntad... ¡Qué fin, sin embargo! ¿Es posible que sea esto el fin? ¿Confesaré o no confesaré?... ¡pero si no puedo más!; quisiera acostarme o sentarme en alguna parte. Lo que me causa más vergüenza es la tontería de lo que he hecho. ¡Vamos, es preciso que esto acabe! ¡Qué ideas tan tontas tiene uno algunas veces!...
Para ir a la comisaría, le era preciso seguir todo derecho y tomar por la segunda calle de la izquierda. Una vez allí, estaba a dos pasos del despacho de policía; pero al llegar al primer recodo se detuvo, reflexionó un instante y entró en el _pereulok_. Después anduvo sin rumbo por otras dos calles, sin duda para ganar un minuto y dar tiempo a sus reflexiones. Andaba con los ojos fijos en tierra. De repente, le parecía que alguien le murmuraba alguna cosa al oído. Levantó la cabeza y advirtió que estaba en la puerta de _aquella casa_. No había pasado por allí desde el día del crimen.
Cediendo a un deseo tan irresistible como inexplicable, Raskolnikoff entró en ella, se dirigió a la escalera de la derecha y se dispuso a subir al cuarto piso. La empinada y estrecha escalera estaba muy obscura. El joven se detenía en cada descansillo y miraba con curiosidad en torno suyo. En el del primer piso habían puesto un vidrio en la ventana. «Ese vidrio no estaba la otra vez»--pensó el joven--. «He aquí el segundo piso en que trabajaban Mikolai y Mitrey: está cerrado y la puerta recién pintada. Sin duda han alquilado la habitación... He aquí el tercero... y el cuarto. Aquí es». Tuvo un momento de vacilación: la puerta de la casa de la vieja estaba abierta de par en par. Raskolnikoff oía que hablaban dentro. No había previsto aquello; sin embargo, tomó en seguida una resolución: subió los últimos escalones y entró.
Varios obreros lo estaban restaurando, lo que causó un asombro grande a Raskolnikoff. Creyó encontrar el cuarto tal como lo había dejado él; quizá se figuró que yacerían los cadáveres en el suelo. Ahora, con gran sorpresa suya, vió que estaban desnudas las paredes. Se aproximó a la ventana y se sentó en el poyo.
No había más que dos obreros, dos jóvenes, de los cuales uno era bastante mayor que el otro. Se ocupaban en cambiar la antigua tapicería amarilla, que estaba muy usada, por otra blanca sembrada de violetas. Esta circunstancia (ignoramos por qué) desagradó mucho a Raskolnikoff, el cual miraba colérico el papel nuevo, como si le contrariasen en extremo tales variaciones.
Los papelistas se disponían a marcharse, y, sin hacer caso del visitante, continuaron su conversación.
Raskolnikoff se levantó y pasó a la otra habitación, que contenía ante el cofre, la cama y la cómoda; este gabinete sin muebles le pareció muy pequeño. La tapicería no había sido cambiada; se podía señalar aún en el rincón el lugar que ocupaba en otro tiempo el armario de las sagradas imágenes. Después de haber satisfecho su curiosidad, Raskolnikoff volvió a sentarse en el poyo de la ventana.
El mayor de los dos obreros le miró de reojo, y de repente, dirigiéndose a él, le dijo:
--¿Qué hace usted ahí?
En vez de responder, Raskolnikoff se levantó, fué al descansillo y se puso a tirar del cordón. Era la misma campanilla, el mismo sonido. Llamó por segunda y tercera vez, aplicando el oído, reconstituyendo sus recuerdos. La impresión terrible que sintiera ante la puerta de la vieja se produjo con vivacidad y lucidez crecientes; temblaba a cada campanillazo y sentía a cada golpe un placer cada vez mayor.
--¿Qué busca usted aquí? ¿quién es usted?--gritó el obrero encarándose con él.
Raskolnikoff volvió a entrar en el cuarto.
--Quiero alquilar una habitación y he venido a mirar ésta--respondió.
--No se va por la noche a ver cuartos, y además debiera usted haber subido acompañado del _dvornik_.
--Han fregado el suelo; ¿van a pintarlo?--prosiguió Raskolnikoff--. ¿No hay sangre?
--¿Cómo sangre?
--Aquí fueron asesinadas la vieja y su hermana; había un verdadero mar de sangre.
--¿Quién eres tú?--gritó el obrero asustado.
--¿Yo?
--Sí.
--¿Quieres saberlo? Vamos a la comisaría y allí te lo diré.
Los dos papelistas le miraron estupefactos.
--Ya es hora de marcharnos. Vamos, Aleshka. Hay que cerrar--dijo el de más edad a su compañero.
--Pues bien, vamos--replicó con tono indiferente Raskolnikoff, y saliendo él primero, precediendo a los dos operarios, bajó lentamente la escalera--. ¡Eh, _dvornik_!--gritó al llegar a la puerta de la calle donde había reunidas varias personas mirando pasar a la gente: dos porteros, un campesino, un ciudadano en traje de casa y algunos otros individuos.
Raskolnikoff se fué derecho a ellos.
--¿Qué se le ofrece a usted?--preguntóle un portero.
--¿Has estado en la oficina de policía?
--De allí vengo.
--¿Están allí todavía?
--Sí.
--¿El ayudante del comisario también está?
--Estaba hace un momento. ¿Qué es lo que usted desea?
Raskolnikoff no contestó y se quedó pensativo.
--Ha venido a ver el cuarto--dijo uno de los operarios.
--¿Qué cuarto?
--En el que trabajábamos. «¿Por qué se ha lavado la sangre?», nos ha dicho. «Aquí se ha cometido un asesinato y vengo para alquilar el cuarto.» Se puso a tirar de la campanilla. «Vamos a la oficina de policía», añadió después; «allí lo diré todo».
El portero, preocupado, contempló a Raskolnikoff frunciendo las cejas.
--¿Quién es usted?--preguntó, levantando la voz con acento de amenaza.
--Yo soy Rodión Romanovitch Raskolnikoff, antiguo estudiante y vivo cerca de aquí, en el _pereulok_ inmediato, casa de Chill, departamento número 14. Pregunta al portero; me conoce.
Raskolnikoff dijo todo esto con aire indiferente y tranquilo, mirando obstinadamente a la calle y sin fijar la vista una sola vez en su interlocutor.
--¿Y qué ha venido usted a hacer aquí?
--He venido a ver la casa.
--¿Y qué se le ha perdido a usted en ella?
--¿No sería mejor detenerle y conducirle a la comisaría?--propuso de repente el burgués.
Raskolnikoff le miró con atención por encima del hombro.
--Vamos allá--dijo el joven con indiferencia.
--Sí. Es preciso llevarle a la comisaría--siguió diciendo y con mayor seguridad el burgués--. Cuando ha venido aquí, es que algo le pesa en la conciencia.
--¡Dios sabe si estará borracho!--murmuró un obrero.
--¿Pero qué es lo que quieres?--gritó de nuevo el portero, que empezaba a incomodarse de verdad--. ¿Por qué vienes a molestarnos?
--¿Te da miedo ir a la comisaría?--dijo con tono burlón Raskolnikoff.
--¿Por qué he de tener miedo? ¿Sabes que nos estás fastidiando?
--Es un granuja--dijo una campesina.
--¿Para qué disputar con él?--apuntó a su vez el otro portero, un _mujick_ enorme que llevaba un gabán desabrochado y un manojo de llaves pendientes de la cintura--. De seguro es un granuja. ¡Ea! ¡Lárgate en seguida!
Y agarrando a Raskolnikoff por un brazo lo lanzó en medio del arroyo.
El joven estuvo a punto de caer al suelo; sin embargo, pudo sostenerse en pie. Cuando hubo recobrado el equilibrio, miró silenciosamente a todos los espectadores y se alejó silenciosamente.
--¡Vaya un tipo!--observó un obrero.
--Todo el mundo se ha vuelto ahora muy extravagante--dijo la campesina.
--Lo que usted quiera y mucho más--añadió el burgués--; pero hubiera sido conveniente llevarle a la comisaría.
--¿Iré o no iré?--pensaba Raskolnikoff deteniéndose en medio de una encrucijada y mirando en torno suyo, como si hubiese estado esperando un consejo de alguien.
Pero su pregunta no obtuvo respuesta; todo estaba sordo y sin vida, como las piedras de las calles... De pronto, a doscientos pasos de él, distinguió, a través de la obscuridad, un grupo de gente del que partían gritos y palabras animadas... El grupo rodeaba un coche. En el suelo brillaba una débil luz.
--¿Qué pasa ahí?
Raskolnikoff volvió a la derecha y fué a mezclarse con la multitud. Parecía querer aferrarse al menor incidente, y esta pueril predisposición le hacía sonreír, porque ya había tomado su partido y decía para sus adentros:
--De un momento a otro acabará todo esto.
VII
Detenido en medio de la calle había un elegante coche particular, tirado por dos sudorosos caballos tordos. En el interior no había nadie y el cochero se había bajado del pescante y sujetaba a los caballos por el bocado. En torno del carruaje se apiñaba la multitud, contenida por los agentes de policía. Uno de éstos tenía una linterna pequeña en la mano e inclinado hacia el suelo alumbrado algo que yacía en el arroyo cerca de las ruedas. Todo el mundo hablaba, gritaba y parecía consternado; por su parte, el cochero, aturdido, no cesaba de repetir:
--¡Qué desgracia, Señor! ¡Qué desgracia!
Raskolnikoff se abrió paso a fuerza de codazos al través de los curiosos y logró ver lo que había sido causa de que la gente se reuniese. En medio de la calle yacía ensangrentado y privado del conocimiento un individuo que acababa de ser atropellado por los caballos. Aunque estaba muy mal vestido, su aspecto no era el de un hombre vulgar. Tenía el cráneo y el rostro cubiertos de horribles heridas, por las cuales salía la sangre a borbotones. No se trataba de un incidente sin importancia.
--¡Dios mío!--decía el cochero--; no he podido impedir esta desgracia. Si yo hubiese llevado los caballos al galope, o si no lo hubiese visto y avisado, bueno que se me echase la culpa. Pero no; el coche iba despacio como todo el mundo ha podido ver. Desgraciadamente, sabido es que un borracho no se fija en nada... Le veo atravesar la calle una vez, dos y tres haciendo eses, y le grito: «¡Eh! ¡cuidado!» Refreno los caballos; pero él se va derecho a ellos. ¡Si parecía que lo hacía adrede! Los animales son jóvenes y fogosos, se lanzaron... el hombre gritó y sus gritos los excitaron más... así ha ocurrido esa desgracia.
--Sí, de ese modo ha pasado--afirmó uno que había sido testigo de la escena.
--En efecto--dijo otro--; por tres veces le avisó el cochero.
--Sí, por tres veces, todos le hemos oído--añadió uno del grupo.
Por su parte, el cochero no parecía muy inquieto por las consecuencias de aquel suceso; evidentemente, el propietario del carruaje era un personaje poderoso que esperaba la llegada de su coche. Esta última circunstancia despertaba la cuidadosa solicitud de los agentes de policía. Era, sin embargo, preciso llevar al herido al hospital. Nadie sabía su nombre.
Raskolnikoff, a fuerza de dar codazos, logró aproximarse al herido. De pronto un rayo de luz iluminó el rostro del desgraciado, y el joven lo reconoció.
--Le reconozco, le reconozco--gritó empujando a los que le rodeaban y colocándose en la primera fila del grupo--; es un antiguo funcionario, el consejero titular Marmeladoff. Vive aquí cerca, en casa de Kozel... ¡Pronto! ¡un médico! ¡yo pago!
Sacó dinero del bolsillo y lo mostró a un agente de policía. Revelaba extraordinaria agitación.