Part 14
--¡Señor!--replicó Ludjin, herido en lo vivo--, ¿eso es decir que yo también...?
--¡Oh! de ninguna manera. ¿Cómo había yo de...? No se hable más--dijo Razumikin, y sin hacer caso del visitante reanudó con Zosimoff la conversación interrumpida con la llegada de Pedro Petrovitch.
Adoptó éste el buen acuerdo de aceptar sin protesta la explicación del estudiante. Tenía, además, la intención de irse en seguida.
--Ahora que ya nos conocemos--dijo, dirigiéndose a Raskolnikoff--, espero que nuestras relaciones continuarán en cuanto se ponga usted bueno del todo, y serán cada vez más íntimas, merced a las circunstancias que ya conoce... Le deseo un pronto restablecimiento.
Raskolnikoff hizo como si no le hubiera entendido. Pedro Petrovitch se levantó.
--De seguro es uno de sus deudores quien ha matado a la vieja--afirmó Zosimoff.
--Seguramente--repitió Razumikin--. Porfirio no dice lo que piensa, pero interroga a los que habían empeñado alhajas en casa de la usurera.
--¿Que los interroga?--preguntó con voz fuerte Raskolnikoff.
--Sí, ¿y qué?
--Nada.
--¿Y cómo los conoce?--preguntó Zosimoff.
--Koch ha designado alguno; se han encontrado los nombres de otros muchos en los papeles que envolvían los objetos. En fin, otros se han presentado en cuanto han tenido noticia del hecho.
--El pillo que ha dado el golpe debe de ser un mozo experimentado. ¡Qué decisión, que audacia!
--No hay tal cosa--replicó Razumikin--. Eso es precisamente lo que te engaña y lo que engaña a todos. Sostengo que el asesino no es ni hábil ni experimentado; ese crimen ha sido probablemente el primero que ha cometido. En la hipótesis de que el criminal fuese un asesino consumado nada explicaría todo un cúmulo de inverosimilitudes... Si, por el contrario, le suponemos novato, habrá que admitir que la casualidad solamente ha sido causa de que pudiera escapar. ¿Quién sabe? Quizá ni ha previsto los obstáculos. ¿Cómo lleva a cabo su empresa? Asesina a dos personas, toma luego alhajas de diez o veinte rublos, y se llena con ellas los bolsillos; revuelve el cofre en que la vieja guardaba sus trapos, no toca el cajón de la cómoda en donde se ha encontrado una cajita que contenía mil quinientos rublos en metálico sin contar los billetes. No, no ha sabido robar, sólo ha sabido matar. Lo repito, es principiante; se aturdió en el momento de cometer el crimen. Si no le han detenido ya, debe dar más gracias al azar que a su destreza.
Pedro Petrovitch iba ya a marcharse, pero antes de salir quiso pronunciar algunas frases profundas. Deseaba dejar buena impresión, y la vanidad le privó de tacto.
--¿Hablan ustedes, sin duda, del asesinato recientemente perpetrado en la persona de una anciana, viuda de un secretario de colegio?--preguntó dirigiéndose a Zosimoff.
--Sí. ¿Usted ha oído hablar de ese crimen?
--¿Cómo no? Si se habla de él en todas partes.
--¿Conoce usted los pormenores?
--No todos; pero este asunto me interesa por la cuestión de carácter general que plantea. No me refiero al aumento de crímenes en la clase baja durante estos cinco últimos años; dejo a un lado la sucesión no interrumpida de robos y de incendios. Lo que más me preocupa es que en las clases elevadas la criminalidad sigue una progresión en cierto modo paralela.
--Pero, ¿de qué se preocupa usted?--dijo bruscamente Raskolnikoff--. Todo eso es el resultado práctico de la teoría de ustedes.
--¿Cómo de nuestra teoría?
--Es la deducción lógica del principio que usted acaba de sentar. Según usted, es lícito matar al prójimo.
--¿Cómo? ¡Yo!--exclamó Ludjin.
--No, no es eso--observó Zosimoff.
Raskolnikoff se puso pálido y respiraba fatigosamente; cierto estremecimiento agitaba su labio superior.
--Todo consiste en los justos medios--prosiguió con tono altanero Pedro Petrovitch--; la idea económica no es aún, que yo sepa, una excitación al asesinato, y de lo que yo he expuesto al principio...
--¿Es verdad--saltó Raskolnikoff con voz temblorosa de cólera--, es verdad que usted dijo a su futura esposa... cuando aceptó la petición de usted, que lo que más le agradaba de ella era su pobreza... porque es mejor casarse con una mujer para dominarla y echarle en cara los beneficios de que se ha colmado?
--¡Caballero!--exclamó Ludjin--, rugiendo de furor--. ¡Caballero! ¡Eso es desnaturalizar mi pensamiento! Dispense usted que le diga que los rumores que han llegado a su conocimiento, o mejor dicho, que han sido puestos en su conocimiento, no tienen ni sombra de fundamento y sospecho que... en una palabra... Ese dardo... en una palabra, que su madre de usted... Ya me había parecido a mí, que, a pesar de sus buenas cualidades, era un poco exaltada y novelesca; sin embargo, estaba a mil leguas de imaginar que pudiese desnaturalizar hasta ese punto el sentido de mis palabras y citarlas alterándolas de tal suerte... En fin...
--¿Sabe usted lo que le digo?--gritó el joven incorporándose y echando lumbre por los ojos--. ¿Sabe usted lo que le digo?
--¿Qué?
Y al decir esta palabra se detuvo Ludjin y esperó con aire de desafío.
Hubo algunos momentos de silencio.
--Pues bien, que si usted se permite decir una sola palabra más de mi madre, le tiro de cabeza por la ventana.
--¿Qué te pasa? ¿Qué arrebato es ése?--exclamó Razumikin.
--¡Ah! ¡Lo haré como lo digo!
Ludjin palideció y se mordió los labios. Se ahogaba de rabia, aunque hacía esfuerzos inauditos para contenerse.
--Escuche usted, caballero--dijo después de una pausa--. La manera como usted me recibió cuando entré, no me dejó ninguna duda acerca de su enemistad; sin embargo, he prolongado mi visita por exceso de cortesía. Hubiera podido perdonar a un enfermo y a un pariente, pero ahora... ¡jamás! ¡jamás!
--¡Yo no estoy enfermo!--gritó Raskolnikoff.
--¡Tanto peor!
--¡Váyase usted al infierno!
Pero Ludjin no tuvo necesidad de esta invitación para marcharse. Se apresuró a salir sin mirar a nadie y sin saludar a Zosimoff, que durante un rato estuvo haciéndole señas de que dejase en reposo al enfermo.
--¿Ese es el modo de portarse?--dijo Razumikin, moviendo la cabeza.
--¡Dejadme! ¡Dejadme todos!--exclamó colérico Raskolnikoff--. ¿Me dejaréis en paz, verdugos? ¡No tengo miedo de vosotros! ¡No temo a nadie, a nadie! Ahora, marchaos. ¡Quiero estar solo, solo, solo!
--Vámonos--dijo Zosimoff haciendo una seña con la cabeza a Razumikin.
--Pero, ¿le vamos a dejar así?
--¡Vámonos!--insistió el médico.
Razumikin reflexionó un instante y se decidió a seguir al doctor, que ya había salido.
--Nuestra resistencia a sus deseos le hubiera sido perjudicial--dijo Zosimoff a su amigo ya en la escalera--. No conviene irritarle.
--¿Qué le pasa?
--Una sacudida que le sacase de sus preocupaciones le haría mucho provecho. Alguna idea fija le atormenta... Eso es lo que más me inquieta.
--El señor Pedro Petrovitch, ¿tendrá algo que ver en esto? Según la conversación que acaban de sostener, parece que ese individuo va a casarle con una hermana de Rodia, y que nuestro amigo ha recibido una carta acerca de este asunto muy pocos días antes de su enfermedad.
--El diablo, sin duda, es quien ha traído de visita a ese señor, que ha podido echarlo todo a perder. Pero, ¿has reparado en que sólo una cosa hace salir al enfermo de su apatía y mutismo? ¡Cómo se excita cuando se habla de ese asesinato!
--Sí, sí, lo he advertido--respondió Razumikin--; presta más atención, se inquieta. Es, sin duda, porque el mismo día que se puso malo le asustaron en la oficina de policía y se desmayó.
--Ya me lo contarás circunstanciadamente en otra ocasión, y a mi vez te diré algo... Me interesa mucho, muchísimo. Dentro de media hora volveré a ver cómo sigue. No es de temer le inflamación...
--Gracias a ti. Ahora voy a entrar un momento en casa de Pashenka, y haré que le cuide Anastasia.
Cuando se quedó solo, Raskolnikoff miró a la criada con impaciencia y disgusto; pero ésta vacilaba antes de irse.
--¿Tomarás ahora el te?--preguntóle la sirvienta.
--Más tarde; quiero dormir. Déjame.
El joven se volvió con un movimiento convulsivo hacia la pared, y la criada salió del aposento.
VI
Pero en cuanto la criada hubo salido, Raskolnikoff se levantó, cerró la puerta con el picaporte y se puso las prendas que Razumikin le había llevado. Cosa extraña. De repente se trocó en tranquilidad completa el frenesí de antes y el terror pánico que el joven había sentido en los últimos días. Era aquel el primer momento de una tranquilidad extraña y repentina. Precisos y sin vacilación los movimientos del joven, denotaban una resolución enérgica. «Hoy mismo, hoy mismo», murmuraba. Comprendía, sin embargo, que estaba aún débil; pero la extrema tensión moral a que debía su calma, le daban seguridad y confianza; no quería caerse en la calle. Después de haberse vestido por completo, miró el dinero colocado sobre la mesa, reflexionó un poco y se lo metió en el bolsillo.
La cantidad subía a veinticinco rublos. Tomó también todas las monedas de cobre que quedaban de los diez rublos gastados por Razumikin, abrió suavemente la puerta, salió de su habitación y bajó la escalera. Al pasar por delante de la cocina, cuya puerta estaba abierta de par en par, echó una ojeada. Anastasia estaba vuelta de espaldas, ocupada en soplar el samovar de la patrona y no le vió. Por otra parte, ¿quién hubiera podido prever esta fuga? Un instante después estaba en la calle.
Eran las ocho y se había puesto el sol. Aunque la atmósfera era sofocante como el día anterior, Raskolnikoff respiraba con avidez el aire polvoriento emponzoñado por las exhalaciones mefíticas de la gran ciudad. Sentía algunos ligeros vahídos; sus ojos inflamados, su rostro delgado y lívido expresaban salvaje energía. No sabía dónde ir ni tampoco le preocupaba; sabía solamente que era preciso acabar con «aquella historia»; pero de repente y en seguida; que de otro modo no entraría en su casa. «Porque no quería vivir así.» ¿Cómo acabar? No lo sabía y hacía esfuerzos para desechar esta pregunta que le atormentaba. Sólo comprendía que era menester cambiase todo de una manera o de otra, «cueste lo que cueste», repetía con desesperada resolución.
Siguiendo una antigua costumbre se dirigió al Mercado del Heno. Antes de llegar vió en la calzada, frente a una tiendecilla, a un organillero joven, de cabellos negros, que tocaba una melodía muy sentimental. El músico acompañaba con su instrumento a una joven de quince años, que estaba de pie en la acera. La muchacha, vestida como una señorita, llevaba crinolina, manteleta, guantes, chal y sombrero de paja, adornado con una pluma encarnada, todo viejo y arrugado. Con voz cascada, pero bastante fuerte y agradable, cantaba una romanza, esperando que en la tienda le diesen un par de kopeks. Dos o tres personas se habían detenido; Raskolnikoff hizo como ellas, y después de haber escuchado un momento, sacó del bolsillo un piatak y lo puso en la mano de la joven. La muchacha cortó en seco su canto en la nota más alta y conmovedora--. ¡Basta!--gritó la cantora a su compañero y ambos se dirigieron a la tienda de al lado.
--¿Le gustan a usted las canciones de las calles?--preguntó bruscamente Raskolnikoff a un transeunte, ya de cierta edad, que había estado oyendo a su lado a los músicos callejeros y que parecía un paseante desocupado.
El interrogado miró con sorpresa al que le dirigía esta pregunta.
--Yo--prosiguió Raskolnikoff (al verle se hubiera creído que hablaba de otra cosa que de la música de las calles)--, yo gusto de oír cantar al compás del organillo, sobre todo en una tarde fría, sombría y húmeda de otoño, principalmente húmeda, cuando todos los transeuntes tienen cara verdosa o enfermiza, o mejor aún, cuando la nieve cae verticalmente, sin que el viento le desparrame y cuando las luces brillan al través de las nubes...
--Yo no sé. Usted me dispense--balbuceó el señor, aterrado de la pregunta y del extraño aspecto de Raskolnikoff y se pasó a la otra acera.
El joven continuó su camino y llegó al Mercado del Heno, al sitio mismo en que días antes cierto tendero y su mujer hablaban con Isabel; pero no estaban allí. Reconociendo el lugar, se detuvo, miró en derredor suyo y se dirigió a un mozo de camisa roja que bostezaba a la puerta de un almacén de harinas.
--¿Es aquí en este rincón, donde cierto tendero y su mujer se ponen a vender?
--Todo el mundo vende--respondió el mozo, mirando con desdén a Raskolnikoff.
--¿Cómo le llaman?
--Le llaman por su nombre.
--Tú no eres de Zaraisk. ¿De qué provincia eres?
El mozo miró de nuevo a su interlocutor.
--Alteza, nosotros no somos de una provincia, sino de un distrito. Mi hermano ha partido, y yo me he quedado en la casa, de manera que no sé nada. Perdóneme Vuestra Alteza.
--¿Hay arriba un bodegón?
--Es un _traktir_ y un billar. Hasta princesas van ahí... se ve muy favorecido.
Raskolnikoff se dirigió a otro ángulo de la plaza, en donde había un grupo compacto, exclusivamente compuesto de _mujiks_. Se metió entre la gente, mirando a todas las personas y deseoso de hablar con todo el mundo. Pero los campesinos no fijaban la atención en él, y formando grupos pequeños hablaban en voz alta de sus asuntos. Después de un momento de reflexión, dejó el Mercado del Heno y se entró en el _pereulok_.
En otras varias ocasiones había pasado por esta callejuela, que forma un recodo y une el mercado con la Sadovia. Desde hace algún tiempo, gustábale ir a pasear por aquellos sitios, cuando comenzaba a aburrirse... «a fin de aburrirse todavía más». Ahora iba allí sin propósito algo determinado. Se encuentra en esta callejuela una gran casa, cuya planta baja está ocupada por tabernas y figones de los que salían continuamente mujeres, sin nada a la cabeza y descuidadamente vestidas. Se agrupaban en dos o tres sitios de la acera, principalmente cerca de las escaleras por las que se baja a una especie de cafetines de mala fama. En uno de ellos, sonaba alegre estrépito: cantaban dentro, tocaban la guitarra y el ruido se extendía de un extremo a otro de la calle. La mayor parte de las mujeres se habían reunido en la puerta de aquel antro; unas estaban sentadas en las escaleras, las otras en la acera, las otras, en fin, hablaban en pie. Un soldado borracho, con el cigarrillo en la boca, golpeaba el suelo profiriendo imprecaciones: hubiérase dicho que quería entrar en alguna parte, pero que no sabía dónde. Dos individuos desharrapados se insultaban. Un hombre completamente ebrio yacía tirado, cuan largo era, en medio de la calle. Raskolnikoff se detuvo cerca del principal grupo de mujeres. Hablaban a voces, todas llevaban vestidos de indiana, calzado de piel de cabra y la cabeza descubierta. Muchas habían pasado ya de los cuarenta años; otras no representaban más de diez y siete. Casi todas tenían amoratadas las orejas.
Los cantos y el ruido que salían de la zahurda, llamaron la atención de Raskolnikoff. En medio de las carcajadas y del barullo, una agria voz de falsete cantaba al son de una guitarra y una persona danzaba furiosamente marcando el compás con los tacones. El joven, inclinado hacia la entrada de la escalera, escuchaba sombrío y pensativo.
_Hombrecito de mi alma_ _No me pegues sin razón._
cantaba la voz de falsete. Raskolnikoff no hubiera querido perder palabra de aquella canción, como si el oírla hubiese sido para él cosa de grandísima importancia.
«Si entrase...»--pensaba--. «Se ríen, están borrachos.»
--¿No entras, buen mozo?--le preguntó una de las mujeres con voz bastante bien timbrada y que conservaba aún cierta frescura.
Era una muchacha joven, y la única en el grupo que no daba náuseas.
--¡Oh, bonita muchacha!--respondió el joven levantando la cabeza y mirándola.
Sonrióse la moza, lisonjeada con el requiebro.
--También tú eres muy guapo.
--¡Guapo un tipo semejante!--gruñó en voz baja otra mujer--; de seguro que acaba de salir del hospital.
Bruscamente se aproximó un _mujik_, medio ebrio, con el capote desabrochado y el rostro resplandeciente de maliciosa alegría.
--Parece que son hijas de generales, lo que no les impide ser chatas--dijo el _mujik_--. ¡Oh, qué hermosuras!
--Entra, puesto que has venido.
--Entraré, preciosa--y descendió al cafetín.
Raskolnikoff hizo ademán de alejarse.
--Escuche usted, _barin_[15]--le gritó la joven cuando nuestro héroe volvía ya la espalda.
[15] Señor.
--¿Qué?
--Querido _barin_, tendré mucho gusto en pasar una hora con usted; pero en este momento me siento cortada en su presencia. Déme seis kopeks para echar un trago, amable caballero.
Raskolnikoff buscó en el bolsillo y sacó tres piataks.
--¡Ah! ¡Qué bueno es usted!
--¿Cómo te llamas?
--Pregunte usted por Duklida.
--¡Qué desfachatez!--dijo bruscamente una de las mujeres que se encontraban en el grupo, señalando a Duklida, con un movimiento de cabeza--. ¡No sé cómo hay personas que pidan de ese modo! Yo no me atrevería jamás... Creo que antes me moriría de vergüenza.
Raskolnikoff sintió curiosidad por ver a la mujer que hablaba de aquel modo. Era una moza de treinta años, toda llena de equimosis y el labio superior hinchado. Había lanzado su sentencia con toda calma y seriedad.
«¿En dónde he leído yo--pensaba Raskolnikoff alejándose--, que se concede no sé qué a un condenado a muerte una hora antes de su ejecución? Aunque él tuviese que vivir sobre una cima escarpada, en una roca perdida en medio del Océano, donde no hubiese más que el sitio suficiente para colocar los pies, aunque tuviese que pasar así toda su existencia, mil años... una eternidad, derecho en el espacio de un pie cuadrado, solo en las tinieblas, expuesto a todas las intemperies... preferiría aquella vida a la muerte. Vivir, no importa cómo, pero vivir. ¡Qué verdad es, Dios mío, qué verdad es! ¡Qué cobarde es el hombre y qué cobarde también aquel que por ello le llama cobarde!»--añadió al cabo de un instante.
Hacía largo tiempo que andaba al azar, cuando le llamó la atención la muestra de un café: «¡Hola! _El Palacio de Cristal_. Poco ha me habló de él Razumikin. Pero, ¿qué es lo que yo quiero hacer aquí? ¡Ah! Sí, leer. Zosimoff dice que había leído en los periódicos...»
--¿Tienen ustedes periódicos?--preguntó entrando en un salón muy espacioso y bastante bien decorado, donde había poca gente.
Dos o tres parroquianos tomaban te. En una sala distante, cuatro personas, sentadas a una mesa, bebían _Champagne_. Raskolnikoff creyó reconocer entre ellos a Zametoff, pero la distancia no le permitía distinguirlo bien.
«Después de todo, ¿qué me importa?» se dijo.
--¿Quiere usted aguardiente?--preguntó el mozo.
--Sírveme te y tráeme también los periódicos, los de los últimos cinco días, te daré buena propina.
--Bueno, aquí tiene usted los de hoy. ¿Quiere usted también aguardiente?
Cuando le sirvieron el te y le dieron los periódicos, Raskolnikoff se puso a buscar.
--Izler. Izler. Los Aztekas. Los Aztekas. Bartola. Máximo. Los Aztekas. Izler... ¡Oh, qué lío! ¡Ah! Aquí están los sucesos: una mujer se ha caído por una escalera... Un comerciante trastornado por el vino. El incendio de las Arenas. El incendio de la Petersburgskaia. Otra vez el incendio de la Petersburgskaia. Izler. Izler. Izler. Izler. Máximo... ¡Ah! Aquí está.
Cuando encontró lo que buscaba, comenzó la lectura; danzaban las letras delante de sus ojos. Pudo, sin embargo, leer «los sucesos» hasta el fin y se puso a buscar ávidamente los «nuevos detalles» en los otros números.
Impaciencia febril le hacía temblar las manos conforme ojeaba los periódicos. De repente se sentó a su lado uno. Raskolnikoff miró. Era Zametoff. Zametoff en persona y con el mismo traje que llevaba en el despacho de policía con sus sortijas, sus cadenas, los negros cabellos rizados y llenos de cosmético, separados elegantemente en medio de la cabeza, con su elegante chaleco, su levita algo usada y algo arrugada la camisa.
El jefe de la Cancillería estaba alegre; por lo menos se sonreía con satisfacción y franqueza. Por efecto del _Champagne_ que había bebido, tenía el moreno rostro bastante enrojecido.
--¡Cómo! ¿Usted aquí?--exclamó con asombro y con el tono que hubiera usado para saludar a un antiguo camarada--. ¡Si ayer mismo Razumikin me dijo que seguía usted sin conocimiento!... Es extraño. He estado en su casa...
Raskolnikoff no creía que el jefe de la Cancillería vendría a hablar con él. Apartó los periódicos y se volvió hacia Zametoff con una sonrisa por la cual se transparentaba viva irritación.
--Me han hablado de su visita--contestó--; usted buscó mi bota. Razumikin está loco con usted. Han ido ustedes juntos, según parece, a casa de Luisa Ivanovna, a quien usted trató de defender el otro día. ¿No se acuerda? Usted hacía señas al ayudante _Pólvora_, y él no hacía caso de sus guiños. Sin embargo, no era necesaria mucha penetración para comprenderlos. La cosa es clara, ¿eh?
--Es más charlatán...
--¿Quién? _¿Pólvora?_
--No, Razumikin...
--Pero usted se lleva la mejor vida, señor Zametoff. Tiene usted entrada gratuita en lugares encantadores. ¿Quién le ha regalado a usted el _Champagne_?
--¿Por qué me lo habían de regalar?
--A título de honorarios. Usted saca partido de todo--dijo con sorna Raskolnikoff--. No se incomode usted, querido amigo--añadió dando un golpecito en el hombro a Zametoff--. Lo que le digo a usted es sin malicia, en broma, como decía, a propósito de los puñetazos dados por él a Mitka, el obrero detenido por el asunto de la vieja.
--Pero, ¿usted cómo sabe eso?
--Lo sé quizá mejor que usted.
--¡Qué original es usted!... Verdaderamente está algo enfermo. Ha hecho mal en salir...
--¿Me encuentra usted raro?
--Sí. ¿Qué es lo que usted leía?
--Periódicos.
--Ha habido estos días muchos incendios.
--No me importan los incendios--repuso Raskolnikoff mirando a Zametoff con aire singular y con sonrisa burlona--. No, no son los incendios lo que me interesa--continuó guiñando los ojos--. Pero confiese usted, querido joven, que tiene grandes deseos de saber lo que yo leía.
--No, no tengo ninguno; se lo preguntaba a usted por decir algo. ¿Es que no le puedo preguntar a usted...? Porque siempre...
--Escuche. Usted es un hombre instruído, letrado, ¿no es cierto?
--He seguido mis estudios en el Gimnasio hasta el sexto curso inclusive--respondió con cierto orgullo Zametoff.
--Hasta el sexto curso. ¡Ah, pícaro! Tiene buena raya y sortijas. Es un hombre rico y muy guapo.
Al decir esto, Raskolnikoff se echó a reír en las barbas mismas de su interlocutor. Este se retiró un poco; no ofendido, precisamente, pero sí sorprendido.
--¡Qué original es usted!--repitió con tono muy serio Zametoff--. Me parece que sigue usted delirando.
--¿Que deliro? Te burlas, amiguito... ¿Conque soy original, eh? Es decir que parezco un bicho raro, ¿eh? raro, ¿verdad? ¿Que excito la curiosidad?
--Sí.
--¿Usted deseaba saber lo que leía, lo que buscaba en los periódicos? Vea usted cuántos números me han traído. Esto da mucho en que pensar, ¿no es eso?
--Vamos, diga usted.
--Usted cree haber levantado la liebre.
--¿Qué liebre?
--Luego se lo diré a usted; ahora, querido amigo, le declaro... o más bien, «confieso»... no, no es eso: presto una declaración y usted toma nota de ella. Pues bien, yo declaro que he leído, que tenía curiosidad de leer, que he buscado y que he encontrado.... (Raskolnikoff guiñó los ojos y esperó), por eso he venido aquí para saber los detalles relativos al asesinato de la vieja prestamista.
Al pronunciar estas palabras bajó la voz y arrimó la cara a la de Zametoff. Este le miró fijamente sin pestañear y sin apartar la cabeza. Al jefe de la Cancillería le pareció muy extraño que durante un minuto se estuviesen mirando sin decir palabra.
--¿Sabe usted?--continuó en voz baja Raskolnikoff sin hacer caso de la exclamación de Zametoff--se trata de aquella misma vieja de la cual se hablaba en el despacho de policía cuando yo me desmayé. ¿Comprende usted ahora?
--¿Qué quiere decir con eso de comprende usted?--dijo Zametoff casi asustado.