El crimen y el castigo

Part 13

Chapter 133,960 wordsPublic domain

--No se trata ahora de pruebas, sino de las preguntas hechas a Mikolai y de la manera que tiene la gente de policía de entender la naturaleza humana. Bueno, dejemos esto. Para abreviar: de tal manera atormentaron a ese infeliz, que acabó por confesar que no fué en la calle donde encontró los pendientes, sino en el cuarto en que trabajaba con Mitrey. «¿Cómo los has encontrado?», le preguntan. Y él contesta: «Mitrey y yo estuvimos pintando todo el día; eran las ocho e íbamos a marcharnos, cuando Mitrey tomó un pincel, me lo pasó por la cara y echó a correr, después de haberme untado. Me lancé en su persecución, bajé los escalones de cuatro en cuatro gritando como un loco, y en el momento en que llegaba abajo con toda la velocidad de mis piernas, di un empujón al portero y a unos cuantos señores que se encontraban allí también, no recuerdo cuántos. Entonces el portero me injurió, otro portero le hizo coro, la mujer del primer piso salió de la portería, donde se hallaba, y añadió sus insultos a los que los otros me dirigían. En fin, un señor, que entraba en la casa con una señora, nos reprendió, a Mitka y a mí, porque estábamos derribados en el suelo delante de la puerta e impedíamos el paso; yo tenía asido a Mitka por los cabellos y le pegaba puñetazos. El también me tenía agarrado por el pelo y me daba cuantos golpes podía, aunque estaba debajo de mí. Hacíamos esto sin reñir, en broma, riendo a carcajadas. Luego Mitka logró escapar de mis manos y se escurrió a la calle; yo corrí tras él, pero no pude alcanzarle y volví solo al cuarto en que trabajábamos para recoger los útiles del oficio. Mientras los arreglaba, esperando a Mitka, pues estaba seguro de que volvería, vi en un rincón, al lado de la puerta, una cosa envuelta en un papel. Quité el papel y encontré un estuche que contenía unos pendientes...»

--¿Detrás de la puerta? ¿Estaba detrás de la puerta, detrás de la puerta?--repitió Raskolnikoff mirando espantado a Razumikin y haciendo esfuerzos para incorporarse en el sofá.

--Sí. ¿Qué te pasa? ¿Por qué te pones así?--dijo Razumikin, saltando de su asiento.

--No, no es nada--respondió Raskolnikoff con voz débil, dejándose caer de nuevo sobre la almohada y poniéndose de cara a la pared.

Reinó un silencio de algunos minutos.

--Estaba, sin duda, adormilado--dijo Razumikin, interrogando con la mirada a Zosimoff, quien hizo con la cabeza un leve movimiento negativo.

--Continúa--dijo el doctor--; ¿y después?

--Ya sabes lo demás. En cuanto tuvo los pendientes no pensó ni en sus útiles del oficio ni en Mitrey; tomó la gorra y se fué en seguida a la taberna de Dutchkin. Como ya te he dicho, hizo que éste le diera un rublo, diciéndole que había encontrado el estuche en la calle, y en seguida se fué de holgorio. Mas en lo concerniente al asesinato, su lenguaje no varía: «No sé nada, repite constantemente. No tuve noticias del crimen hasta el día después.» «Pero, ¿por qué has desaparecido durante todo ese tiempo?» «Porque temía que me vieran.» «¿Y por qué querías ahorcarte?» «Porque tenía miedo.» «¿De qué tenías miedo?» «De que me procesaran.» Esta es la historia. Ahora bien, ¿qué dirás que sacan en conclusión de todo ello?

--¿Qué quieres que diga? Existe una presunción, discutible, quizá, pero no deja de ser una presunción. ¿Crees tú que debían poner en libertad a ese pintor decorador?

--Sí, pero es el caso que están convencidos de que es el autor del crimen.

--Vamos a ver, y no te exaltes. Te olvidas de los pendientes. El mismo día, pocos instantes después de haberse cometido el crimen, los pendientes, que sin duda se hallaban en el baúl de la víctima, estaban en manos de Mikolai: has de convenir conmigo en que es preciso averiguar cómo llegaron a su poder; es éste un punto que el juez instructor no puede por menos que aclarar.

--¿Que cómo llegaron a su poder?--exclamó Razumikin--. ¿Que cómo llegaron a su poder? Ante todo, doctor, por tu condición de médico has tenido ocasión de estudiar al hombre y profundizar la naturaleza humana. Siendo esto así, ¿es posible que no veas cuál es la de ese Mikolai? ¿Cómo no te haces cargo _a priori_ de que todas las declaraciones prestadas por él en el curso de los interrogatorios son verdaderas? Los pendientes llegaron a sus manos exactamente como él dice: tropezó con el estuche y lo recogió.

--¡Verdaderas!... Sin embargo, él mismo ha confesado que mintió en su primera declaración.

--Escúchame, escúchame atentamente: el portero, la mujer de éste, Koch. Pestriakoff, el otro portero, la inquilina del primer piso que se hallaba a la sazón en la portería, el consejero Krukoff, que en aquel mismo instante acababa de apearse del coche y entraba en la casa con una señora del brazo; todos, es decir, ocho o diez testigos, declaran unánimemente que Mikolai tiró a Mitrey al suelo y que, conforme le tenía debajo, le daba puñetazos, mientras el otro agarraba a su compañero del pelo y procuraba devolverle los golpes recibidos. Estaban tirados delante de la puerta, interceptando el paso; los injurian, y ellos «lo mismo que chiquillos» (es la expresión de los testigos), gritan, se maltratan, lanzan carcajadas y se persiguen en la calle como dos pilluelos. ¿Comprendes? Ahora fíjate en esto: arriba yacen dos cadáveres que no se han enfriado todavía, pues estaban calientes aún cuando los descubrieron. Si hubiesen cometido el crimen los dos obreros o solamente Mikolai, permíteme que te pregunte: ¿Se comprende tal descuido, tal serenidad en personas que acaban de cometer dos asesinatos seguidos de robo? ¿No existe verdadera incompatibilidad entre esos gritos, esas risas, esa lucha infantil y el estado de ánimo en que debieran encontrarse los asesinos? ¡Cómo! ¡A los cinco o diez segundos de haber matado (porque, lo repito, se han encontrado todavía calientes los cadáveres), se van sin cerrar la puerta del cuarto en que yacen sus víctimas, y sabiendo que sube gente al cuarto en donde se ha perpetrado el delito, retozan en el umbral de la puerta cochera, y en lugar de huir apresuradamente interceptan el paso, ríen, atraen la atención de la gente, hasta el punto de que hay diez testigos que declaran unánimemente!

--Es verdad; eso es extraño; parece imposible; pero...

--No hay _pero_ que valga, amigo mío. Reconozco que los pendientes encontrados en poder de Mikolai, poco después de cometido el crimen, constituyen en contra del pintor un hecho grave, hecho por otra parte, explicado de manera plausible por el acusado, y en consecuencia, sujeto a discusión; pero hay que tener también en cuenta los hechos justificativos, tanto más cuanto que éstos están fuera de discusión. Desgraciadamente, dado el espíritu de nuestras leyes, los magistrados son incapaces de admitir que un hecho justificativo, fundado en una pura posibilidad psicológica, pueda destruir cualesquiera cargos materiales. No, no los admitirán, por la única razón de que ha encontrado el estuche y de que el hombre ha querido ahorcarse, «cosa en que no habría pensado si no hubiese sido culpable». Tal es la cuestión capital, y por esta razón me exalto. ¿Comprendes?

--Sí. Veo que te exaltas. Espera un poco. Hay una cosa que me había olvidado preguntarte: ¿Qué prueba que el estuche de los pendientes haya sido robado de casa de la vieja?

--Eso está probado--replicó entre dientes Razumikin--. Koch ha reconocido el objeto y ha indicado la persona que lo había empeñado. Por su parte, esta última persona ha demostrado evidentemente que el estuche le pertenecía.

--Tanto peor. Otra pregunta: ¿No ha visto nadie a Mikolai cuando Koch y Pestriakoff subían al cuarto piso, y, por consiguiente, no puede probarse la coartada?

--El hecho es que nadie le ha visto--respondió con tono malhumorado Razumikin--. Esto es lo que hay de malo. Ni Koch ni Pestriakoff vieron a los pintores al subir la escalera; por otra parte su testimonio no significará gran cosa. «Vimos--dicen--que el cuarto estaba abierto y que sin duda había gente trabajando en él; pero pasamos de largo sin fijarnos, y no podemos asegurar si en aquel momento había allí o no obreros.»

--De modo que toda la justificación de Mikolai descansa sobre la risa y puñetazos que cambiaba con su compañero. Bueno, es una prueba en apoyo de su inocencia; pero permíteme que te pregunte cómo te explicas el hecho: siendo verdadera la versión del acusado, ¿cómo te explicas el hallazgo de los pendientes?

--¿Que cómo me lo explico? ¿Qué hay que explicar aquí? La cosa es clara como la luz meridiana, o a lo menos así se desprende del sumario. El mismo estuche nos da la clave de lo sucedido. El verdadero culpable dejó caer los pendientes. Estaba arriba cuando Koch y Pestriakoff empujaban la puerta, y se había encerrado por dentro con el cerrojo. Koch cometió la insigne torpeza de bajar; entonces el asesino salió del cuarto y empezó a descender, supuesto que no tenía otro medio de escapar. Ya en la escalera, esquivó las miradas de Koch, de Pestriakoff y del portero, refugiándose en la habitación del segundo piso precisamente en el momento en que los obreros acababan de salir. El criminal se ocultó detrás de la puerta en tanto que el portero y los otros subían a casa de las víctimas; esperó a que el ruido de los pasos cesase de oírse y llegó tranquilamente al pie de la escalera en el instante mismo en que Mitrey y Mikolai salían corriendo a la calle. Como todo el mundo se había dispersado, no encontró a nadie en la puerta cochera. Puede que alguien le haya visto; pero nadie se fijó en él: ¿quién se fija en las personas que entran o salen de una casa? El estuche debió de caérsele del bolsillo cuando estaba detrás de la puerta, y no lo advirtió, porque tenía entonces otras muchas cosas en que pensar. El estuche demuestra claramente que el asesino se ocultó en el cuarto desalquilado del segundo piso... Ahí tienes explicado todo el misterio.

--¡Ingenioso, amigo mío, muy ingenioso! Ese relato hace honor a tu imaginación.

--Pero, ¿por qué? ¿Qué tiene que ver en esto mi imaginación? ¿Por qué dices que es ingenioso mi relato?

--Porque todos los detalles están muy bien calculados y todas las circunstancias se presentan con demasiada oportunidad... Ni más ni menos que en el teatro.

Razumikin iba a protestar de nuevo, cuando la puerta se abrió de repente y los tres jóvenes vieron aparecer un visitante a quien ninguno de los tres conocía.

V

Era ya de cierta edad, majestuoso, de modales acompasados y de fisonomía reservada y severa. Se detuvo en el umbral dirigiendo miradas a todas partes con sorpresa que no trataba de disimular y que era bastante desagradable. Parecía que se preguntaba: «¿A dónde he venido a meterme?» Contemplaba la habitación estrecha y baja en que se encontraba con desconfianza y con cierta afectación de temor. Su mirada conservó la misma expresión de estupor cuando se posó sobre Raskolnikoff. El joven, con un traje bastante descuidado, estaba tendido en su miserable sofá, y sin hacer movimiento alguno se puso a su vez a contemplar al visitante. Después este último, conservando su aspecto altanero, examinó la inculta barba y los rizados cabellos de Razumikin, el cual, a su vez, sin moverse de su sitio le seguía mirando con impertinente curiosidad. Durante un minuto reinó un silencio molesto para todos. Finalmente, comprendiendo, sin duda, que su arrogancia no imponía a nadie, el buen señor se humanizó un poco, y cortésmente, aunque con cierta sequedad, se dirigió a Zosimoff.

--¿El señor Rodión Romanovitch Raskolnikoff, un joven que es o ha sido estudiante?--preguntó recalcando cada sílaba.

El médico se levantó lentamente y hubiera respondido, si Razumikin, a quien no iba dirigida la pregunta, no se hubiera apresurado a contestar.

--Ahí está en el sofá; ¿pero a usted qué se le ocurre?

El desenfado de estas palabras molestó al caballero de aspecto solemne, que hizo ademán de arrojarse sobre Razumikin, pero se contuvo y volvióse vivamente hacia Zosimoff.

--El señor es Raskolnikoff--dijo negligentemente el doctor, mostrando al enfermo con un ligero movimiento de cabeza.

Después bostezó casi hasta desquijararse, sacó del bolsillo del chaleco un enorme reloj de oro, lo miró, y lo volvió a guardar.

Raskolnikoff, que continuaba echado boca arriba, no apartaba los ojos del recién venido; pero ningún pensamiento reflejaba su mirada después que hubo dejado de contemplar la florecilla del papel, y su rostro, excesivamente pálido, expresó un extraordinario sufrimiento. Hubiérase dicho que el joven acababa de soportar una dolorosa operación quirúrgica o de ser sometido al tormento. Poco a poco, sin embargo, la presencia del visitante despertó en él creciente interés: primero, sorpresa; después, curiosidad, y, finalmente, cierta especie de temor. Cuando el doctor le señaló diciendo: «El señor es Raskolnikoff», nuestro héroe se levantó de repente, se sentó en el sofá, y con voz débil y entrecortada, pero que sonaba a desafío, dijo:

--Sí, yo soy Raskolnikoff. ¿Qué quiere usted?

El señor de aire importante le contempló atentamente y respondió con tono digno:

--Soy Pedro Petrovitch Ludjin; tengo motivo para creer que mi nombre no le es del todo desconocido.

Pero Raskolnikoff, que esperaba, sin duda, otra cosa, se contentó con mirar a su interlocutor silenciosamente y como si el nombre de Pedro Petrovitch hubiese sonado por primera vez en sus oídos.

--¿Cómo? ¿Es posible que no haya usted oído hablar de mí?--preguntó Ludjin un tanto desconcertado.

Por toda respuesta Raskolnikoff se echó lentamente sobre la almohada, se puso las manos bajo la cabeza y fijó los ojos en el techo. Ludjin estaba perplejo. Zosimoff y Razumikin le miraban con curiosidad cada vez mayor, lo que acabó de desconcertarle por completo.

--Pensaba... creía...--balbució--que una carta puesta en el correo hace ocho días o acaso quince...

--Oiga usted; ¿por qué permanece ahí en la puerta?--interrumpió bruscamente Razumikin--. Si tiene algo que decir, siéntese usted. Anastasia y usted no caben los dos en el hueco de la puerta. Es demasiado estrecha. Nastachiuska, apártate y deja pasar a ese señor. Entre usted. Aquí hay una silla. Vamos, venga usted.

Apartó su silla de la mesa, dejó un pequeño espacio libre entre ésta y sus rodillas y esperó en una posición bastante impertinente a que el visitante se le acercase. Pedro Petrovitch se deslizó no sin trabajo hasta la silla, y, después de sentarse, miró con aire de desconfianza a Razumikin.

--Por lo demás, no se incomode usted--dijo el estudiante con voz fuerte--. Rodia hace cinco días que se encuentra enfermo. Durante tres ha estado delirando; ahora ha recobrado el conocimiento y hasta ha comido con apetito; este señor es su médico, y yo un compañero de Rodia, antiguo estudiante como él, y hago las veces de enfermero suyo: no haga usted, pues, caso de nosotros, y hable con él como si no estuviéramos aquí.

--Muchas gracias. Pero mi presencia y mi conversación, ¿no fatigarán al enfermo?--preguntó Pedro Petrovitch dirigiéndose a Zosimoff.

--No, al contrario, así se distraerá--respondió con tono indiferente el médico y volvió a bostezar.

--¡Oh! Ha recobrado el uso de sus facultades hace ya un buen rato, desde esta mañana--añadió Razumikin, cuya familiaridad revelaba tan honrada franqueza, que Pedro Petrovitch comenzó a sentirse menos molesto. Además, aquel hombre incivil y mal vestido se recomendaba por su calidad de estudiante.

--Su madre de usted...

--¡Hum!--exclamó estrepitosamente Razumikin.

Ludjin le miró sorprendido

--No, no es nada, una mala costumbre mía; coutinúe usted.

Ludjin se encogió de hombros y prosiguió:

--Su madre de usted tenía empezada una carta para usted antes de mi partida. Llegado aquí, he diferido de intento mi visita algunos días, a fin de estar bien seguro de que estaba usted perfectamente enterado de todo. Pero ahora veo con asombro que...

--Ya sé, ya sé--interrumpió bruscamente Raskolnikoff, cuyo rostro expresó violenta irritación--. ¿Usted es el futuro...? Está bien, ya lo sé. No hablemos más de eso.

Este lenguaje algo grosero hirió en lo vivo a Ludjin, pero guardó silencio, preguntándose lo que aquello significaba. La conversación se interrumpió momentáneamente.

En tanto, Raskolnikoff, que para responderle se había vuelto un poco hacia él, se puso a contemplarle con marcada atención, como si antes no le hubiese visto o como si le hubiese chocado alguna cosa en el visitante. Se incorporó para mirarle mejor, y la verdad es que el exterior de Ludjin ofrecía no sé qué aspecto particular que justificaba el apelativo de _futuro_ tan caballerescamente aplicado poco antes a aquel personaje.

Desde luego se veía, y quizá se veía demasiado, que Pedro Petrovitch se había apresurado a aprovechar su estancia en San Petersburgo para «embellecerse», en previsión de la próxima llegada de su prometida. Esto, en rigor, era disculpable. Tal vez dejaba adivinar la satisfacción que sentía por haber logrado su propósito; pero también esta debilidad podía ser perdonada a un pretendiente. Iba enteramente vestido de nuevo, y su elegancia no ofrecía a la crítica más que un punto flaco: el de que la ropa estaba demasiado flamante y denunciaba un propósito determinado. ¡De qué respetuosos cuidados rodeaba el elegante sombrero que acababa de comprar! ¡qué miramientos tenía con sus guantes Jouvin, que no se había atrevido a calzarse, contentándose con tenerlos en la mano para muestra! En su traje dominaban los colores claros. Llevaba una graciosa americana de color café claro; pantalón de un color muy delicado y chaleco de la misma tela que el pantalón. La pechera, cuellos y puños eran muy pulcros y finos, y la corbata de batista a listas de color de rosa. Pedro Petrovitch, repitámoslo, presentaba buen aspecto con estos vestidos, parecía mucho más joven de lo que era en realidad.

Su rostro muy fresco y no desprovisto de distinción, ostentaba espesas patillas que hacían resaltar la deslumbrante blancura de una barbilla cuidadosamente afeitada. Tenía pocas canas y su peluquero había logrado rizarle el cabello sin ponerle, como casi siempre sucede, la cabeza tan ridícula como la de un desposado alemán. Si es verdad que en aquella fisonomía seria y bastante bella había algo desagradable y antipático, era por otras causas. Después de haber tratado descortésmente al señor Ludjin, Raskolnikoff sonrió burlonamente, apoyó otra vez la cabeza en la almohada y se puso a contemplar el techo. Pero el señor Ludjin había resuelto no incomodarse por nada, y fingió no reparar en lo extraño de aquel recibimiento. Hasta hizo un esfuerzo para reanudar la conversación.

--Siento muchísimo encontrar a usted en este estado. Si hubiera sabido que se hallaba usted enfermo, habría venido antes; pero ya sabe usted, estoy tan ocupado... Se me ha encargado de un proceso muy importante en el Senado. Esto sin contar con los preparativos y preocupaciones que usted adivinará sin duda. Aguardo de un momento a otro a su familia, es decir, a su madre de usted y a su hermana.

Raskolnikoff quiso decir algo. Su rostro expresó cierta agitación. Pedro Petrovitch se detuvo un instante; espero, pero viendo que el joven guardaba silencio continuó diciendo:

--De un momento a otro. En previsión de su próxima llegada les he buscado hospedaje...

--¿Dónde?--preguntó con voz débil Raskolnikoff.

--Cerca de aquí, en casa de Bakalieff...

--Sí, en el _pereulok_ Vosnesenshy--interrumpió Razumikin--; hay dos pisos amueblados, que los alquila el comerciante Utchin. He estado allí.

--En efecto, en esa casa hay dos cuartos para alquilar. Es aquello un agujero innoblemente sucio y, además, de muy mala fama. Han ocurrido allí sucesos nada limpios... Ni el mismo diablo sabe la gente que la habita. Yo mismo presencié allí cierta aventura escandalosa. ¡Claro! ¡Las habitaciones esas cuestan baratas!

--Como usted comprenderá, yo no podía saber esas cosas, puesto que acababa de llegar de provincias--replicó Ludjin un tanto picado--. De todos modos, las dos habitaciones que he tomado están muy limpias, y como son para tan poco tiempo... Tengo ya apalabrado nuestro futuro alojamiento--añadió dirigiéndose a Raskolnikoff--. Lo están arreglando. Ahora estoy también a pupilo. Vivo a dos pasos de aquí, en casa de la señora Lippevechzel, en el departamento de un joven amigo mío, Andrés Semenitch Lebeziatnikoff, que es quien me ha indicado la casa de Bakalieff.

--Lebeziatnikoff--pronunció lentamente Rodia, como si este nombre le hubiese recordado alguna cosa.

--Sí, Andrés Semenitch Lebeziatnikoff, que es empleado en un ministerio. ¿Usted le conoce?

--Sí, es decir, no--respondió Raskolnikoff.

--Perdone usted. Su pregunta me ha hecho suponer que no le era desconocido su nombre. Fuí en otro tiempo su tutor; es un joven muy agradable y que profesa ideas muy avanzadas. Yo trato con gusto a los jóvenes: por ellos se sabe lo que hay de nuevo.

Al acabar de decir estas palabras, Pedro Petrovitch miró a sus oyentes con la esperanza de encontrar en su fisonomía algún signo de aprobación.

--¿Desde qué punto de vista?--preguntó Razumikin.

--Desde un punto de vista muy serio; quiero decir, desde el punto de vista de la actividad social--respondió Ludjin encantado de que se le hiciese tal pregunta--. Yo no había estado en San Petersburgo desde hace diez años. Todas estas novedades, todas estas reformas, todas estas ideas han llegado hasta nosotros los provincianos; mas para verlo todo claramente, es preciso venir a San Petersburgo. Observando las nuevas generaciones es como se las conoce mejor. Lo confieso, estoy contentísimo.

--¿De qué?

--La pregunta de usted es complicada. Puedo engañarme, pero creo haber notado puntos de vista más concretos, un espíritu crítico, una actividad más razonada.

--Es verdad--dijo negligentemente Zosimoff.

--¿Verdad que sí?--dijo Pedro Petrovitch que recompensó al médico con una amable mirada--. Convendrá usted conmigo--prosiguió dirigiéndose a Razumikin--en que hay progreso, por lo menos en el orden científico y en el económico.

--¡Lugares comunes!

--No, no son lugares comunes. Si a mí, por ejemplo, se me dice: «Ama a tus semejantes», y pongo este consejo en práctica, ¿qué resultará?--se apresuró a responder Ludjin con demasiado calor--. Rasgaría mi capa y daría la mitad a mi prójimo, y los dos nos quedaríamos medio desnudos. Como dice el proverbio ruso: «Si levantáis muchas liebres a la vez, no cazaréis ninguna». La ciencia me ordena no amar a nadie más que a mí, supuesto que todo en el mundo está fundado en el interés personal. Si usted no ama más que a sí mismo, hará usted de un modo conveniente sus negocios y su capa quedará entera. Añade la Economía política que cuantas más fortunas privadas surgen en una sociedad, o en otros términos, cuantas más capas enteras hay, más sólida y felizmente está organizada esa sociedad. Así, pues, al trabajar únicamente para mí, trabajo también para todo el mundo; y resulta en último extremo que mi prójimo recibe un poco más de la mitad de una capa y no solamente gracias a las liberalidades privadas e individuales, sino como consecuencia del progreso general. La idea es sencilla; desgraciadamente ha necesitado mucho tiempo para hacer su camino y para triunfar de la quimera y del sueño. Sin embargo, no es preciso, me parece a mí, mucho ingenio para comprender...

--¡Perdón! pertenezco a la categoría de los imbéciles--interrumpió Razumikin--. No se hable más de eso. Yo tenía un objeto al empezar esta conversación; pero desde hace tres años me zumban los oídos ya con toda esta palabrería y con todas estas vulgaridades, y me da vergüenza hablar y aun oír hablar de ellas. Naturalmente, usted se ha apresurado a darnos a conocer sus teorías... Es cosa muy disculpable y no se la censuro. Solamente deseaba saber quién era usted, porque ya se le alcanza que en estos tiempos hay una porción de embaucadores que han caído sobre los negocios públicos, y, no buscando más que su propio medro, han echado a perder cuanto han tocado con sus manos... y... ¡ea, basta!