Part 12
--¡Bah!... ¡Zametoff!... ¡La oficina de policía! Pero, ¿por qué se me cita a esa oficina? ¿Dónde está la citación?... ¡Ah, sí, estoy confundido! Fué el otro día cuando se me hizo ir; examiné entonces también la bota; pero ahora, ahora he estado enfermo. Mas, ¿por qué ha venido aquí Zametoff? ¿Por qué lo ha traído Razumikin?--murmuraba Raskolnikoff, sentándose fatigado en el sofá--. ¿Qué pasa? ¿Estoy delirando, o veo las cosas como son? Me parece que no sueño. ¡Oh! ahora recuerdo... Es preciso partir, partir en seguida; no hay más remedio que alejarse. Pero ¿a dónde ir? ¿Y dónde está mi ropa? No tengo botas. Se las han llevado o las han escondido. ¡Ah! Comprendo. Aquí está mi gabán. No se han fijado en él. ¡Dinero aquí, sobre la mesa! ¡Gracias a Dios! La letra de cambio aquí también... Voy a tomarlo y a salir. Alquilaré otro cuarto y no me encontrarán... Pero, ¿y la oficina de Direcciones? Acabarán por descubrirme... Sí... Razumikin sabrá dar conmigo. Mejor será expatriarme, irme lejos, a América: allí me reiré de ellos. Tengo que llevarme la letra de cambio... Me servirá. ¿Que más necesito? Me creen enfermo, piensan que no me encuentro en estado de andar, ¡ja, ja! He leído en sus ojos que lo saben todo. No tengo más que bajar la escalera. Pero, ¿y si la casa estuviese vigilada, si abajo me encontrase con los agentes de policía?... ¿Qué es esto?... ¿Te...? También ha quedado algo de cerveza. Esto me refrescará.
Tomó la botella que aun contenía lo bastante para llenar un gran vaso y lo vació de un trago con verdadero placer, porque tenía ardiendo el estómago. Pero un minuto después prodújole la cerveza zumbidos en las sienes y un ligero escalofrío no del todo desagradable en la espina dorsal. Se acostó y tapó con la colcha. Sus ideas vagas e incoherentes se embrollaban cada vez más. Bien pronto sintió gran pesadez en los párpados, apoyó con placer la cabeza en la almohada, se tapó muy bien con la blanca colcha que había reemplazado y su harapiento gabán y se quedó profundamente dormido.
Se despertó al oír ruido de pasos y vió a Razumikin que acababa de abrir la puerta, pero que dudaba si penetrar o no en la habitación y permanecía de pie en el umbral.
Raskolnikoff se levantó vivamente y miró a su amigo con la expresión de un hombre que trata de recordar algo.
--Puesto que no duermes, aquí me tienes. Anastasia, sube el paquete--gritó Razumikin a la criada que estaba abajo--; voy a darte mis cuentas.
--¿Qué hora es?--preguntó el enfermo, dirigiendo en torno suyo una mirada inquieta.
--¡Buena siesta, amigo mío! Van a dar las seis y eran las doce cuando te dormiste. Así, tu sueño ha durado seis horas.
--¡Señor! ¡Cómo he podido dormir tanto rato!
--¿De qué te quejas? Este sueño te sentará bien. ¿Tenías algún negocio urgente? ¿Una cita quizás? Ahora todo el tiempo nos pertenece. Tres horas hace que esperaba a que te despertases. Dos veces he entrado y tú duerme que duerme. Otras dos veces he estado en casa de Zametoff; había salido; pero no importa, vendrá. Además he tenido que ocuparme en mis asuntos. He cambiado hoy de domicilio y he mudado todos mis trastos, incluso mi tío, porque te advierto que tengo al presente a un tío en mi casa... Pero basta, volvamos a nuestro asunto. Trae acá el paquete, Anastasia. Vamos en seguida a... Ante todo, ¿cómo estás?
--Me siento bien, ya no estoy enfermo. ¿Hace mucho tiempo que estás aquí, Razumikin?
--Acabo de decirte que he estado tres horas esperando a que te despertases.
--No hablo de ahora sino de antes.
--¿Cómo de antes?
--¿Desde cuándo vienes a esta casa?
--Ya te lo dije otra vez. ¿No te acuerdas?
Raskolnikoff hizo un llamamiento a su memoria. Se le presentaban los incidentes de aquel día como si los hubiera soñado, y viendo que en vano pretendía recordar, interrogó con una mirada a Razumikin.
--¡Hum!--dijo éste--; lo has olvidado. Ya me hacía yo cargo de que, la otra vez, no estabas en tu juicio. Ahora el sueño te ha sentado bien. Tienes mucho mejor cara. Ya recobrarás la memoria. Ahora, mira, querido amigo--y se puso a deshacer el paquete, que era evidentemente el objeto de todas sus preocupaciones--. Esto, amigo mío, es lo que más me interesaba. Hay que hacer de ti un hombre. ¡Vamos a ver! Comencemos por arriba. ¿Ves esta gorra?--dijo, sacando del envoltorio una muy decente, aunque ordinaria y de poco valor--. ¿Me dejas que te la pruebe?
--No, ahora no, más tarde--contestó Raskolnikoff rechazando a su amigo con un gesto de impaciencia.
--Tiene que ser ahora mismo, amigo Rodia; tú déjame a mí. Después sería demasiado tarde. Además, la inquietud me tendría en vela toda la noche, porque he comprado estas prendas al buen tun tun, sin tener la medida. ¡Te está perfectamente!--exclamó con aire de triunfo después de haberle probado la gorra--. Cualquiera diría que te la han hecho a la medida. ¿A que no aciertas, Nastachiuska, lo que me ha costado?--dijo encarándose con la criada, viendo que su amigo guardaba silencio.
--¿Dos grivnas?--respondió Anastasia.
--¡Dos grivnas! ¿Estás loca?--gritó Razumikin--. Ahora por dos grivnas no se podría comprar siquiera tu personita. ¡Ocho grivnas y eso porque está usada! Vamos a ver ahora el pantalón; te advierto que estoy orgulloso de él--y presentó a Raskolnikoff un pantalón de color ceniza de ligera tela de verano--. Ni un agujero, ni una mancha, y todavía muy llevable, aunque esté ya usado. El chaleco es del mismo color que el pantalón, como lo exige la moda. Por lo demás, estas prendas son mejores que nuevas, porque con el uso han adquirido suavidad, son más flexibles. Soy de parecer, amigo Rodia, de que para andar por el mundo es preciso arreglarse según la estación: las personas razonables no comen espárragos en el mes de enero; en mis compras, he seguido ese principio... Como estamos en verano, he comprado un vestido de verano. Que viene el otoño, te harán falta vestidos de más abrigo y abandonarás éstos... con tanta más razón, cuanto que de aquí allá habrán tenido tiempo de estropearse... Bueno, a ver si aciertas lo que han costado. ¿Cuánto te parece? Dos rublos y veinticinco kopeks. Ahora hablemos de las botas. ¿Qué tal? se ve que están usadas, es verdad, pero desempeñarán muy bien su papel durante dos meses; han sido hechas en el extranjero; eran de un secretario de la embajada británica que las vendió la semana pasada y que no las ha llevado más que seis días; sin duda andaría mal de dinero. Precio: un rublo y cincuenta kopeks: son de balde.
--Pero acaso no le vengan--observó Anastasia.
--¿Que no le vendrán? ¿Para qué sirve esto, entonces?--replicó Razumikin, sacando del bolsillo una bota vieja de Raskolnikoff, sucia y agujereada--. Había tomado mis precauciones. Todo ello se ha hecho muy concienzudamente. En cuanto a la ropa blanca ha habido mucho regateo con la revendedora; en fin, aquí tienes tres camisas con la pechera de moda. Y ahora recapitulemos: gorra, ocho grivnas; pantalón y chaleco, dos rublos y veinticinco kopeks; ropa blanca, cinco rublos; botas, un rublo cincuenta kopeks. Tengo que devolverte cuarenta y cinco kopeks. Toma, guárdalos; de esta suerte cátate ya emperifollado, porque, según mi juicio, tu paletó, no solamente puede servir aún, sino que conserva mucha distinción: se ve que ha sido hecho en casa de Charmer; en cuanto a los calcetines, etc... te dejo el cuidado de que los compres tú. Nos quedan veinticinco rublos y no tienes que inquietarte, ni de Pashenka ni del pago de inquilinato. Ya te lo he dicho: se te ha abierto un crédito ilimitado, y ahora es necesario que te mudes de ropa blanca, porque tu enfermedad está en tu camisa...
--Déjame, no quiero--respondió rechazándole Raskolnikoff, cuyo rostro había permanecido triste durante el festivo relato de Razumikin.
--Es preciso, amigo mío; ¿por qué me he destalonado yo por esas calles? Natachiuska, no te la eches de vergonzosa, ayúdame--y a pesar de la resistencia de Raskolnikoff, logró mudarle de ropa interior.
El enfermo se dejó caer sobre la almohada y no dijo una palabra durante dos minutos.
--¿No me dejarán tranquilo?--pensaba--. ¿Y con qué dinero se ha comprado todo esto?--preguntó en seguida, mirando a la pared.
--¡Vaya una pregunta! ¿Con qué dinero ha de haber sido? Con el tuyo. Tu madre te ha enviado por medio de Vakruchin treinta y cinco rublos que te trajeron hace poco. ¿Lo has olvidado, quizá?
--Sí, ya me acuerdo--dijo Raskolnikoff después de haberse quedado pensativo y sombrío.
Razumikin, fruncidas las cejas, le miraba con inquietud. Se abrió la puerta y entró en la habitación un hombre de alta estatura. Su manera de presentarse indicaba la costumbre de visitar la casa de Raskolnikoff.
--¡Zosimoff! ¡Por fin!--gritó alegremente Razumikin.
IV
El recién venido era un mocetón de veintisiete años, alto y grueso, de rostro un poco abotargado, pálido y afeitado cuidadosamente. Tenía el cabello de color rubio, casi blanco y cortado en forma de cepillo. Usaba lentes y en el índice de su carnosa mano brillaba un grueso anillo de oro. Se comprendía que le gustaba usar cómodos vestidos que no carecían de cierta elegancia. Llevaba un ancho gabán de verano y pantalón claro. La pechera, los puños y cuello eran irreprochables, y brillaba sobre su chaleco pesada cadena de oro. Sus modales tenían algo de lentos y de flemáticos, aunque hacía esfuerzos para darse aire de desenvuelto. Por lo demás, a despecho de su cuidado, se advertía en sus maneras algo de afectación. Cuantos le conocían le encontraban insoportable; pero le tenían en grande estima como médico.
He estado dos veces en tu casa... ¿Lo estás viendo? Ha recobrado ya los sentidos.
--Ya veo, ya veo; ¿cómo nos sentimos hoy?--preguntó Zosimoff a Raskolnikoff, mirándole atentamente.
Y al mismo tiempo se sentaba en el extremo del sofá, a los pies del enfermo, esforzándose por encontrar un sitio para su enorme persona.
--¡Siempre hipocondríaco!--continuó Razumikin--; hace poco, cuando le hemos mudado de ropa interior, casi se ha echado a llorar.
--Se comprende, lo mismo hubiera sido mudarle luego; no era necesario contrariarle... El pulso es excelente, seguimos con un poco de dolor de cabeza, ¿no es verdad?
--Estoy perfectamente--dijo Raskolnikoff irritado.
Y al pronunciar estas palabras se incorporó de repente en el sofá y brillaron sus ojos. Pero un instante después se dejó caer sobre la almohada, volviéndose del lado de la pared. Zosimoff le miraba atentamente.
--¡Muy bien! Nada de particular--dijo con cierta indiferencia--. ¿Has tomado algo?
Se le dijo lo que había comido el enfermo y se le preguntó qué podía dársele.
--Puede tomar lo que quiera, sopa, te... Claro es que quedan prohibidos los cohombros y las setas; no conviene tampoco que coma carne... aunque esta advertencia es ociosa.
Cambió una mirada con Razumikin y prosiguió:
--Nada de pociones ni medicamentos; mañana veremos... Hoy se hubiera podido... de todos modos está bien.
--Mañana por la tarde le sacaré a dar un paseo--dijo Razumikin--, iremos juntos al jardín Yusupoff y después al Palacio de Cristal.
--Mañana sería demasiado pronto; pero un paseíto corto... En fin, mañana veremos.
--Lo que siento es que precisamente hoy inauguro mi nueva vivienda, que está a dos pasos de aquí, y desearía que fuese uno de los nuestros, aunque tuviese que estar tendido en un sofá. ¿Vendrás tú?--preguntó Razumikin al doctor--; lo has prometido, no faltes a tu palabra.
--Bueno, no podré ir hasta bastante tarde. ¿Das un convite?
--¡Nada de convite! Te, aguardiente, arenques y pastas... Una reunión de amigos.
--¿Y quiénes son tus huéspedes?
--Compañeros jóvenes y mi tío, un viejo que ha venido a no sé qué negocios a San Petersburgo; llegó ayer. Sólo nos vemos una vez cada cinco años.
--¿En qué se ocupa?
--En vegetar en un distrito. Es maestro de postas, cobra una pensioncilla y tiene sesenta y cinco años. No hablemos más de él, aunque le quiero. Estará también Porfirio Petrovitch, juez de instrucción del distrito... un notable jurisconsulto. Tú le conoces.
--¿Es también pariente tuyo?
--Muy lejano. Mas, ¿por qué arrugas el entrecejo? ¿Crees que porque un día tuvisteis no sé qué disputa estás en el caso de no venir?
--¡Oh! ¡Me río de él!
--Es lo más cuerdo que puedes hacer. Habrá también estudiantes, un profesor, un empleado, un músico y un oficial, Zametoff.
--Dime, te lo ruego, lo que tú o éste--Zosimoff señaló con un movimiento de cabeza a Raskolnikoff--tenéis de común con ese Zametoff.
--Pues bien, ya que quieres que te lo diga, entre Zametoff y yo hay algo común; traemos cierto negocio entre manos.
--Me gustaría saber qué negocio es ése.
--A propósito del pintor decorador. Trabajamos porque se le ponga en libertad. Creo que lo conseguiremos. El asunto es perfectamente claro; nuestra intervención tiene por único objeto apresurar el desenlace.
--¿A qué pintor te refieres?
--¿No te he hablado ya de él? ¡Ah! es verdad. No te he contado más que el principio... Se trata del asesinato de la vieja prestamista sobre prendas. Pues bien, el pintor fué detenido como autor del doble crimen.
--Sí, antes que me contaras todo eso ya había oído yo hablar de esos asesinatos, y, a decir verdad, la cosa me interesa hasta cierto punto... He leído algo en los periódicos.
--También mataron a Isabel--dijo, de pronto Anastasia, dirigiéndose a Raskolnikoff.
--¡Isabel!--murmuró el enfermo con voz casi ininteligible.
--Sí, Isabel, la revendedora. ¿No la conocías? Venía a casa de la patrona. Por cierto que te hizo una camisa.
Raskolnikoff se volvió del lado de la pared y se puso a contemplar con gran atención una de las florecillas blancas de que estaba sembrado el papel que tapizaba su habitación. Sentía que se le entumecían los miembros, pero no se atrevía a moverse y continuaba con la mirada fija en la florecilla de papel.
--¿Luego resultan cargos contra ese pintor?--preguntó Zosimoff interrumpiendo con manifiesto enojo a la criada, que suspiró y guardó silencio.
--Sí; pero esos cargos, en rigor, no son tales, y eso es precisamente lo que se trata de demostrar. La policía sigue una pista falsa, como la siguió al principio cuando sospechó de Koch y Pestriakoff. Por poco interés que se tenga en la cuestión, se siente uno indignado al ver una sumaria tan neciamente conducida. Pestriakoff vendrá probablemente esta noche a mi casa; y, a propósito, Rodia, tú tienes noticia de ese crimen; ocurrió el día antes que cayeras enfermo, la víspera de tu desmayo en la oficina de policía, precisamente cuando se estaba hablando de él.
El médico miró curiosamente a Raskolnikoff.
--Será preciso que yo no te quite el ojo de encima, Razumikin--le dijo--; te interesas demasiado por un asunto que no te va ni te viene.
--Es posible, pero no importa. Arrancaremos a ese desgraciado de las garras de la justicia--exclamó Razumikin, descargando un puñetazo sobre la mesa--. Mas no son los errores de esa gente lo que me irritan; cualquiera se equivoca. Además, el error es cosa excusable, puesto que por medio de él se llega a la verdad; no, lo que me molesta es que estando engañados continúan creyéndose infalibles. Yo estimo a Porfirio; pero... ¿Sabes lo que en un principio los ha despistado? La puerta estaba cerrada; y cuando Koch y Pestriakoff subieron con el portero estaba abierta: luego Koch y Pestriakoff son los asesinos. ¡Vaya una lógica que me gastan!
--No te acalores. Los han detenido porque no tenían más remedio que detenerlos. Y a propósito, he visto de nuevo a Koch; creo que estaba en relaciones de negocios con la vieja. ¿Le compraba los objetos empeñados después del vencimiento?
--Sí, es un camastrón. Negocia también letras de cambio. El mal rato que ha pasado no me importa un comino. Pero me sublevo contra los sistemas estúpidos de un procedimiento anticuado... Tiempo es ya de emprender un nuevo camino y de renunciar a viejas rutinas. Unicamente los datos psicológicos pueden arrojar luz en estos procesos. «Tenemos hechos», dicen; pero los hechos no son todo; la manera de interpretarlos contribuye por lo menos en una mitad al éxito de un sumario.
--¿Sabes tú interpretar los hechos?
--Mira, es imposible callarse cuando se siente, cuando se tiene la íntima convicción de que se puede contribuir al descubrimiento de la verdad... ¿Conoces los pormenores de ese asunto?
--Me habías hablado no sé qué de un pintor decorador, pero no me has contado el suceso.
--Pues bien, oye. Dos días después de cometido el asesinato, por la mañana, en tanto que la policía procedía contra Koch y Pestriakoff, a pesar de las explicaciones perfectamente categóricas dadas por ellos, surgió un incidente completamente inesperado. Cierto Dutchkin, campesino que tiene una taberna enfrente de la casa del crimen, llevó a la comisaría un estuche que encerraba unos pendientes de oro, y con tal motivo contó su historia: «Anteayer tarde, poco después de las ocho (fíjate en esta coincidencia), Mikolai, un obrero pintor, parroquiano de mi establecimiento, fué a suplicarme que le prestase dos rublos por los pendientes que contenía el estuche. A mi pregunta: «¿Dónde has encontrado esto?», me respondió que en la calle. No le pregunté más (es Dutchkin quien habla), y le di un billetito, es decir, un rublo, porque dije para mis adentros: si no tomo este objeto lo tomará otro, y mejor es que esté en mis manos; si lo reclaman y sé que ha sido robado, iré a entregarlo a la policía.» Bien mirado, al hablar de este modo--prosiguió Razumikin--, mentía descaradamente; conozco a ese Dutchkin, es un encubridor, y cuando tomó de Mikolai una alhaja que valía treinta rublos, no tenía intención de entregarla a la policía. Se decidió a ello bajo la influencia del miedo. Pero dejemos a Dutchkin continuar su relato: «Desde niño conozco a ese campesino que se llama Mikolai Dementieff; es, como yo, del gobierno de Riazan y del distrito de Zaraisk. Sin ser un borracho, bebe algunas veces demasiado. Sabíamos que estaban trabajando con Mitrey, que es de su país. Después de haber recibido el billetito, Mikolai apuró dos copas, cambió su rublo para pagar y se marchó, llevándose el cambio de la moneda. No vi a Mitrey con él. Al día siguiente, oímos decir que habían matado a hachazos a Alena Ivanovna y a su hermana Isabel Ivanovna. Nosotros las conocíamos y entonces nacieron nuestras sospechas a propósito de los pendientes, porque sabíamos que la vieja prestaba dinero sobre alhajas. Para aclarar mis dudas, me dirigí a casa de las interfectas haciéndome el ignorante, y lo primero que hice fué averiguar si estaba allí Mikolai. Mitrey me dijo que su camarada andaba de picos pardos, Mikolai entró borracho en su casa por la mañana temprano y diez minutos después salió de ella. Desde entonces Mitrey no le había vuelto a ver, y, como es consiguiente, trabajaba solo. La escalera que conduce a la habitación de las víctimas, es también la del cuarto en que trabajan los dos obreros; este cuarto está situado en el segundo piso. Habiendo sabido esto, no dije palabra a nadie (es Dutchkin el que habla); pero recogí muchas noticias acerca del asesinato y me volví a mi casa preocupado siempre con la misma duda. Esta mañana, a las ocho (es decir, a las dos horas del crimen, ¿comprendes?), he visto a Mikolai entrar en mi establecimiento. Estaba algo bebido, pero no del todo borracho, de modo que podía comprender lo que se le dijera. El hombre se sentó silenciosamente en un banco. Cuando llegó Mikolai no había en la taberna más que un parroquiano que dormía en otro banco; sin contar, por supuesto, los dos mozos. «¿Has visto a Mitrey?», pregunté a Mikolai. «No, dijo, no le he visto.» «¿Y no has ido a trabajar?» «No he ido desde anteayer», respondióme. «¿En dónde has dormido esta noche?» «En las Arenas, en casa de los Kolomensky.» «¿Y de dónde has sacado los pendientes que me trajiste el otro día?» «Los encontré en la acera», dijo con aire sospechoso, evitando mirarme. «¿Has oído decir que esa misma tarde y a la misma hora ha ocurrido algo en el edificio en que trabajas?» «No, me contestó, nada sé.» Le cuento todo el suceso, y él me escucha abriendo desmesuradamente los ojos. De repente, se pone más blanco que la pared, toma la gorra y se levanta. Traté entonces de detenerle. «Espera un poco, Mitchka, le digo. Echa otra copa». Al mismo tiempo hago señas a uno de los mozos para que se ponga delante de la puerta, mientras yo me aparto del mostrador. Pero adivinando, sin duda, mis intenciones, se lanza fuera de la casa, echa a correr y desaparece por una bocacalle. Desde aquel momento no tengo la menor duda de que es el culpable.
--¡Ya lo creo!--dijo Zosimoff.
--Espera. Escucha hasta el fin. Naturalmente, la policía se puso a buscar por todas partes a Mikolai. Detuvo a Dutchkin y Mitrey e hizo varios registros en sus casas; pero hasta anteayer no se ha logrado capturar a Mitka, a quien se encontró en una posada del arrabal de***, en circunstancias bastante raras. Una vez en esa posada, se quitó su cruz que era de plata, la entregó al posadero y pidió un _shkalik_[14] de aguardiente. Minutos después, una campesina que acababa de ordeñar las vacas, mirando por la rendija del establo, vió al pobre hombre haciendo preparativos para ahorcarse. Tenía hecho un nudo corredizo a su cinturón, lo había atado a una viga del techo; y, subido en una pila de madera, trataba de echarse al cuello la lazada. A los gritos de la mujer acudió la gente: «¡Vaya un entretenimiento el tuyo!» «Conducidme, dijo, a la oficina de policía; lo confesaré todo.» Se accedió a su demanda, y con todos los honores debidos a su clase, se le condujo a la comisaría de nuestro barrio, donde se le sometió a un detenido interrogatorio. «¿Quién eres tú? ¿Qué edad tienes?» «Veintidós años, etc.» Pregunta: «Mientras estabas trabajando con Mitrey, ¿no vieron ustedes a nadie en la escalera entre tal y cual hora?» Respuesta: «Quizá pasó alguien, pero no reparamos.» «¿Y no oyeron ustedes nada?» «Nada.» «¿Y tú, Mikolai, no supiste que aquel día y a tal hora habían asesinado y robado a la vieja y a su hermana?» «Nada absolutamente sabía de eso; tuve la primera noticia anteayer, en la taberna; me la dió Atanasio Papritch.» «¿Y en dónde encontraste los pendientes?» «En la calle.» «¿Por qué al día siguiente no fuiste a trabajar con Mitrey?» «Porque quise holgar.» «¿En dónde estuviste?» «En diferentes sitios.» «¿Por qué escapaste de casa de Dutchkin?» «Porque tenía miedo.» «¿De que tenías miedo?» «De la justicia.» «¿Y por qué tenías miedo de la justicia no siendo culpable de nada?»
[14] Medida de capacidad equivalente a unos 30 centilitros.
»Pues bien, tú lo creerás o no lo creerás, Zosimoff; pero la cuestión se ha planteado literalmente en los términos que te he dicho, lo sé de cierto porque se me ha repetido palabra por palabra el interrogatorio. ¿Eh? ¿qué tal? ¿Qué te parece?
--Pero, en fin, ¿hay pruebas?