El conde de Candespina (2 de 2)
Part 7
—Creían que Alí ya no existía; pero aún alentaba y conservaba sus sentidos, cuando, viéndome caer del caballo, uno de aquellos perversos les dijo a los otros dos: «Esto se ha concluido». «Sí», le contestaron, «sí se ha concluido; pero hemos perdido un compañero». «A ese se le enterrará, y su parte en la recompensa prometida por Lope en nombre del conde de Lara...», le replicó el primero, y no pude oír más porque perdí el conocimiento. Conde de Candespina, guardaos del de Lara, o podréis tener mi suerte.
—No hará muchas más felonías, amigo Alí, yo os lo prometo a fe de caballero.
—Noble Hernando, vuestra amistad endulza mis últimos momentos; pero renuncio a vengarme; ¡no permita Alá que por causa mía haya de derramar una sola lágrima la bella Leonor!
—Imitad, Hernando, la cordura y generosidad de este valeroso caballero. Atacar vos al conde de Lara no sería glorioso ni conveniente en las circunstancias presentes de la patria; pero dejando esto aparte, Alí, yo os prometo a fe de caballero servir de padre a vuestra hermana si vos morís; y Hernando...
—Yo también lo juro sobre la cruz de mi espada; Zulema será mi hermana.
—¡Azrael, Azrael! Ven cuando quieras, el decreto del destino puede ejecutarse ya sin causarme temor.
Las manos del moro estaban cada una en las de los dos cristianos; Alí recostó la cabeza sobre la almohada; pronunció en voz baja algunas palabras en árabe, que se presumió ser de oración a su falso profeta, y como si la naturaleza no hubiera aguardado más que a que hubiese revelado su secreto para poner término a su vida, exhaló el último suspiro en brazos de los dos nobles castellanos, cuya tristeza concebirá el lector.
[Ilustración]
CAPÍTULO XIII
La muerte del joven y malogrado Alí produjo una consternación general en la casa del conde de Candespina, pues sus pocos años, el valor que demostraba y su mucha cortesía le habían granjeado en breve tiempo el afecto de cuantos le habían tratado. ¿Pero qué pluma sería capaz de describir el dolor de la inconsolable Zulema al perder el último de sus protectores naturales? No será la nuestra la que lo intente; quien no tenga un corazón de diamante comprenderá fácilmente la angustia de la desvalida mora. Mas aquel funesto acontecimiento dio al parecer nuevo vigor a su espíritu: la palabra venganza salió, por primera vez acaso, de sus labios; y absolutamente insistió en que se había de presentar a la reina a pedir justicia. El conde de Candespina no se opuso a que parte tan interesada como ella diera semejante paso; pero sí a que su amigo Hernando retase públicamente por traidor al conde de Lara, como quería hacerlo.
Tuvieron sobre esta materia Hernando y don Gómez un largo altercado, y lo único que el último consiguió del primero, fue que le prometiera abstenerse de hacer mención del hecho del asesinato, que no estaba enteramente probado se hubiese ejecutado por orden de Lara; porque si bien no era creíble que Alí en los últimos instantes de su vida, y desmintiendo su acrisolada virtud, hubiera inventado tan negra calumnia contra su enemigo, sin embargo parecía posible que, debilitado por la mucha sangre que había perdido, hubiese delirado la conversación que refirió pocos minutos antes de expirar. Este raciocinio, que logró calmar algún tanto la cólera del de Olea, no carecía de verosimilitud; mas por desgracia el infeliz Alí no había delirado.
Ya se ha visto en la última conversación que del conde de Lara con su confidente hemos referido, que el infame Lope había tomado a su cargo arrebatar al hermano de Zulema para llevarlo a uno de los castillos del conde, y evitar así que se opusiera a sus designios; pero Lope estaba avezado al crimen: todos sus horrores le eran familiares, y hubiera podido rivalizar con los espíritus infernales en la perversidad de corazón. La vida de sus semejantes era para aquel monstruo el objeto más indiferente: desgraciado de aquel cuya existencia le era bajo cualquier aspecto temible, porque poco tardaba en perderla. El proyecto de encarcelar a Alí le disgustó desde luego, «porque puede una casualidad», decía, «presentar al moro una ocasión de romper sus hierros, y entonces, ¡ay de nosotros! No, señor, no; cuando el conde vea muerto a su enemigo yo sé que se alegrará; y el perro además no ha de volver del otro mundo a contar quién lo ha despachado. Por mi cuenta sea: pocas horas le quedan de vida».
Formado este designio no pensó más que en su ejecución, principiando por espiar las acciones de Alí. Poco tardó en averiguar la costumbre que tenía de salir a paseo a caballo por las tardes, retirándose a su casa ya entrada la noche; y pareciéndole que no podía ofrecerse circunstancia más oportuna para su objeto, pagó a peso de oro los servicios de los cuatro malvados que dieron muerte al malhadado hijo de Hamet. Así que Lope supo que el crimen se había consumado, se apresuró a buscar a su amo para noticiárselo.
—Señor —dijo al presentarse.
—¿Qué hay, Lope? —contestó el conde—, dos solos días faltan para el de mi duelo, y Alí...
—No podrá presentarse en la palestra.
—¿Cómo? ¿Ya está preso?
—No, señor, pero..., Alí..., Alí no existe...
—¡Monstruo! ¿Qué has hecho?
—Yo nada: cumplir las órdenes de Vueseñoría.
—¡Miserable!, ¿y te he mandado yo por ventura que...?
—Vueseñoría me mandó que se le prendiese; pero que si se resistía se obrase según las circunstancias. Cuatro hombres seguros y decididos fueron a sorprenderle; en vez de rendirse, Alí dejó muerto en el campo a uno; otro expira tal vez en este instante de las heridas de su tremenda cimitarra...
—¿Y por qué no fue más gente?
—En efecto, el secreto era para confiarse a muchos.
—¿Conque en verdad murió?
—Sí, señor.
—Y el conde de Lara, gracias a tu perversidad, ha sido a su pesar cómplice de un asesinato.
—Si se hubiera estado quieto el moro en su tierra...
—Y si yo no me fiara de ti... Marcha, Lope, huye para siempre de mi presencia. Toma de mis tesoros la parte que te convenga: no te pongo tasa, pero que mis ojos no vuelvan a verte jamás.
—No, señor: la suerte de Lope está ya unida para siempre a la del conde de Lara; nos unen lazos indisolubles.
—Calla, miserable, calla, o...
—¿O qué, señor conde? ¿O qué? Nada temo. Vueseñoría no puede descubrir mis fechorías sin que las suyas salgan a luz. Estoy tranquilo en esta parte.
—Bien, déjame ahora; ya hablaremos en otro momento en que esté más sosegado. Vete... Pero no: antes dime si estás seguro del silencio de esos...
—Sí, señor: dos de ellos, merced al sevillano, cerraron ya su boca para no volverla abrir. En cuanto a los otros dos, no querrán arriesgar sus cabezas...
—Y si se les ofreciera la vida y por ella nos vendiesen...
—No es creíble; pero en todo caso...
—¡No más sangre! ¡No más sangre!
—Unas yerbas bien preparadas...
—No, Lope, no. Recompénsalos liberalmente; y sea después lo que el destino ordene. Adiós.
Lara estaba realmente abrumado con el peso del crimen. Por una parte, nunca había tenido intención de privar de la vida a Alí; y por otra, veía que si el autor de aquel delito llegaba a descubrirse, no habría quien, al saber que era Lope, dejase de creer que se había cometido por orden suya. A todas estas reflexiones debe agregarse que la insolencia con que su criado acababa de tratarle, le hizo conocer, aunque tarde, que aquel malvado era capaz de venderle, siempre que sus intereses se lo dictaran, y por lo mismo se decidió a deshacerse de él sin tardanza.
La media noche sería, cuando seguido de varios de sus hombres de armas se dirigió al cuarto de Lope, que se hallaba durmiendo; despertáronle al entrar el conde y sus soldados; incorporose en el lecho, no sin algún sobresalto, y después de haber considerado atentamente a los que le rodeaban, se encaró con su amo preguntándole qué se le ofrecía.
—Levántate, sígueme y lo sabrás —respondió desabridamente Lara.
—Obedezco —dijo Lope, y en efecto se vistió a toda prisa.
Luego que hubo concluido tomó su puñal antes que el conde pudiera impedirlo; pero viéndole ya con él en la mano exclamó:
—Entrega tus armas, Lope; en el paraje adonde vas te serán inútiles.
—Es costumbre mía —replicó el criado.
—No importa: obedece y entrégalas.
—¡Señor! ¿Pues de qué se trata?
—De que mis criados aprendan a respetar al conde de Lara.
—No entiendo.
—Ya entenderás. Las armas.
—No. El puñal nunca: antes de entregarlo...
—¡Miserable! ¿Osas resistir?
—Comprendo vuestro designio: queréis que desaparezca todo vestigio...
—Silencio, o te cuesta la vida.
—Ingrato, antes morirás tú —gritó furioso.
Y hubiera ejecutado su designio si los soldados, arrojándose sobre él, no le hubiesen detenido; mas viéndose próximo a caer indefenso en poder del conde, dirigió contra su propio corazón el puñal homicida, y terminó de un solo golpe una vida que toda había sido un tejido de maldades.
Pero separemos la vista de este cuadro de horrores, y trasladémonos por un instante al alcázar.
La reina se ocupaba aún en su tocado, la mañana siguiente a la muerte de Alí, cuando se le anunció que el conde de Candespina pedía audiencia para él y una enlutada dama que le acompañaba. Sorprendió no poco a doña Urraca que el conde viniese con tal acompañamiento, pues debe advertirse que Zulema había vivido con tal sigilo en compañía de Leonor que nadie en la corte sabía que hubiese venido con su hermano.
—¿Conocéis a esa dama? —preguntó la reina a quien le entró el recado.
—No, señora; su rostro me es enteramente desconocido.
—Cosa rara. ¿Es joven?
—Una niña, si pueden creerse las apariencias.
—¿Hermosa?
—Sí, señora; pero su semblante indica alguna pena extraordinaria.
—El bueno del conde es el paño de lágrimas universal; mas no importa: que entre.
Obedeciose la orden de la reina, y a pocos instantes se presentó ante sus ojos la afligida mora, que para evitar las miradas de la curiosa plebe vistió un traje negro de su amiga Leonor, y no parecía sino que jamás había llevado otro. Como quiera que sea, la reina saludó graciosamente al conde con la mano y una inclinación de cabeza, y en seguida con una mirada, rápida y penetrante, examinó a la que le acompañaba. Zulema era hermosa, la reina mujer, y acostumbrada a ser el objeto exclusivo de las adoraciones: así, no es de extrañar que ver venir a uno de sus amantes con una joven de tan singular belleza causase en ella cierta sensación desagradable, que como a pesar suyo transpiraba en la manera con que se dirigió a don Gómez:
—¿Qué nuevo misterio es este, conde de Candespina?
—Un misterio horrible, señora; pero la desdichada que Vuestra Alteza ve a sus pies es quien debe hablar, no yo.
—¿Y quién es esta dama?
—Yo soy —dijo sollozando Zulema—, yo soy la infeliz hermana de Alí.
—¿Del moro que ha venido a retar al conde de Lara?
—Sí, señora —contestó el conde—, su hermana es.
—¿Y viene, por ventura —volvió a decir doña Urraca—, a desafiar por su parte a alguna dama de mi corte, o es tal vez a mí?...
—Señora —interrumpió con notable severidad Candespina—, dígnese Vuestra Alteza oírla hasta el fin, y después me parece que verá que esta desdichada merece al menos toda su compasión.
—Sois un celoso protector de la belleza, conde. Alzad vos, niña mía; alzad, y explicaos sin melindres ni rodeos.
Zulema no sabía qué era lo que pasaba por ella. El tono de la reina, sus miradas alternativamente irónicas y severas, y la aspereza con que sin causa la trataba, turbaron enteramente a aquella alma cándida e inexperta; pero el conde, cuyo carácter no era de temple que pudiese tolerar en su presencia tan notoria injusticia, tomó por ella la palabra, explicándose en los términos siguientes:
—Vuestra Alteza me permitirá que sea yo quien la explique la causa del dolor demasiado justo, demasiado verdadero de esta joven; de cuya veracidad parece que mi reina duda, aunque sin causa. La desdichada que ve Vuestra Alteza llora la muerte de su hermano...
—¿Qué decís? ¿Ha muerto Alí?
—Sí, señora, ha muerto.
—¿Y qué remedio puedo yo dar a ese mal?
—Remedio ninguno —interrumpió Zulema, cobrando aliento—; ninguno porque no hay poder humano capaz de darlo.
—Tú misma lo dices, mora. Te compadezco; mas nada puedo hacer por ti.
—Vengarme, señora, o por mejor decir, hacerme justicia.
—¿De qué?
—De sus asesinos.
—¿De los asesinos de quién?
—De los de mi hermano.
—Mujer, ¿qué dices? El dolor te ha trastornado el juicio.
—No, señora —dijo don Gómez—, no ha perdido el juicio. ¡Ojalá se engañase!, pero Alí ha muerto asesinado.
—¿Vos también, conde?
—Años ha, señora, que Vuestra Alteza me conoce, y debe saber que el conde de Candespina no ha faltado jamás a la verdad.
—¡El cielo me valga! ¿Conque asesinado, decís?
—¡Asesinado, asesinado! —exclamó dolorosamente Zulema: yo he visto las profundas heridas de su pecho: su sangre me cubre aún. ¡Justicia, reina de Castilla, justicia!
—Sosiégate, infeliz, sosiégate —respondió doña Urraca visiblemente enternecida—, y habla: ¿quién le ha muerto?
—Lo ignoro.
—¿Cómo pues se sabe que fue asesinado? Conde, explicádmelo.
El conde refirió a la reina el suceso de la muerte de Alí, omitiendo sin embargo la revelación hecha por el moribundo con respecto a Lara, en virtud de las razones que se han dicho. Doña Urraca le escuchó atentamente, y después, volviéndose a Zulema, le preguntó:
—¿Tenía tu difunto hermano algún enemigo en León?
—Sí, señora —contestó la mora—, uno y muy poderoso.
—¿Quién es?
—El conde de Lara.
—¡Virgen Santísima! ¿Cómo puede ser el conde su enemigo si no le conocía siquiera?
—Jamás había Lara visto a Alí hasta que vino a vuestra corte; pero la desgraciada Zulema, señora, no le es desconocida.
—No eran pues infundadas mis sospechas; tú has sido la causa...
—Sí lo he sido, aunque inocente.
—¡Traidor!... Al momento refiéreme cuanto haya pasado entre los dos.
Zulema se vio en la precisión de referir de nuevo la historia de sus tristes amores a doña Urraca, a quien solo la presencia del conde de Candespina era capaz de contener para que no prorrumpiera en amargas quejas contra el de Lara por haberla engañado. Mas a pesar de todo, la inclinación que tenía a don Pedro le hablaba aún a su favor: dudaba de la verdad de Zulema; y resolvió salir finalmente de su inquietud. Así que la hermana de Alí terminó su breve y dolorosa narración, dijo:
—Yo he de apurar la verdad de este asunto. Pasad, conde, con esta niña a la cámara inmediata, y esperad allí mis órdenes.
El conde obedeció y Zulema con él; y doña Urraca dio sus disposiciones para salir en efecto de dudas.
[Ilustración]
CAPÍTULO XIV
Por más que el conde de Candespina, empleando alternativamente las persuasiones, el halago y su amistad, se había esforzado para conseguir que Hernando de Olea no se mezclara en el suceso de Alí, no podía este caballero tranquilizarse de ningún modo. «He jurado», decía entre sí, «ser el hermano de Zulema, y debo cumplirlo: las razones del conde serán todas muy buenas; pero no me convencen; sigamos, pues, la senda que el honor me manda». Con esta resolución se puso a pensar en qué medio hallaría para cumplir con su obligación sin disgustar a su amigo, a quien respetaba como a padre; y después de haber martirizado toda la noche su pobre cabeza para encontrar el deseado expediente, se resolvió por fin a dar el paso que vamos a ver.
Al mismo tiempo que Zulema y don Gómez marcharon al alcázar, se fue Hernando a la casa del conde de Lara, quien al oír el nombre del que venía a buscarle se quedó extrañamente sorprendido. «Hernando en mi casa», se dijo, «no será para nada bueno».
Entró Hernando en el gabinete del conde, y recibiole este con muestras de cortesía y agasajo; mas el amigo de Candespina sin contestarle le dijo:
—Haced que nos dejen solos: el asunto de que tengo que hablaros es reservado.
—Voy a complaceros —contestó el conde haciendo una señal a sus criados, que al punto se retiraron—. Ya estamos solos.
Hernando sin responder dio una vuelta al aposento como para cerciorarse de que no hubiese nadie escondido debajo de los tapices; en seguida se dirigió a la puerta, que cerró con llave; y por último, desciñéndose la espada y sacando la daga que llevaba en la cintura, las puso ambas sobre un escaño. Asombrado y con no poco temor miraba aquellos singulares preparativos Lara; pero no osaba decir palabra porque conocía el carácter de Olea, y este tomando asiento frente a él empezó a hablar de esta manera:
—Alí ha muerto asesinado...
—¡Santos cielos! ¿Qué me decís? —interrumpió don Pedro, y al mismo tiempo cubría su rostro la palidez de la muerte.
—Sí, malvado, ya lo sabes, y tú eres el autor de su muerte.
—¿Hernando, a esto habéis venido?
—Sí, a esto; a esto solo.
—¿Qué pruebas podréis presentar de esa horrible calumnia?
—Tu conciencia y mi espada. ¿Te parecen bastantes? Pero aún te queda un medio de salvar tu honra.
—Jamás la he perdido.
—Asesino, no abuses de mi paciencia. He depuesto las armas para que no pudieras decir que te ataco con ventaja; pero con una mano me sobra para darte el castigo que mereces.
—Basta, Hernando: sobrado tiempo he sufrido esa insolencia; idos, y si tenéis alguna queja contra mí, exponedla ante quien convenga, yo sabré responder.
—Con la lengua sí; sabes manejarla, ya lo sé; pero la espada te pesa demasiado.
—¡Hola..., criados...!
—Silencio, silencio —le interrumpió Hernando asiéndole un brazo con tal violencia que faltó poco para que se lo rompiera—; has de oírme hasta el fin, y después eres muy dueño de llamar a tus criados, que yo sabré contenerlos.
—Habla pues, y pronto —contestó el conde lleno de rabia y confusión.
—Tú has llenado de amargura los últimos instantes de la vida del amigo de tu padre: tú has deshonrado a la hermana de Alí; y por último, has cometido un asesinato para evitar el pelear como caballero con él. Eres el baldón de los tuyos; la afrenta de los castellanos; el destructor de tu patria. Has merecido la muerte, y la recibirás si no te conformas con lo que voy a proponerte... No me repliques: óyeme. El pueblo ignora que seas tú el asesino de Alí: este secreto solas dos personas lo saben: el conde de Candespina es una, y yo la otra. Si quieres salvarte...
Aquí llegaba Hernando, cuando un criado llamó fuertemente a la puerta de la estancia en que se hallaba con el conde, a quien nada podía causar más placer que ver interrumpida tan desagradable conferencia.
—¿Quién llama? —preguntó furioso Hernando.
—La reina manda —contestó el criado— que el conde de Lara se presente inmediatamente en el alcázar.
—Ya oís —dijo Lara...
—Sí, ya oigo; y no me opondré a las órdenes de Su Alteza; pero volveremos a vernos antes de mucho; y tiembla por ti si te atreves a publicar esta conversación.
Diciendo así, tomó Hernando sus armas, abrió la puerta y se marchó, dejando absorto y pesaroso al menguado conde. Sin embargo, este recordó que debía presentarse a la reina; sacó fuerzas de flaqueza, y como tenía sobrada costumbre de disfrazar sus naturales sentimientos, logró tomar un aspecto bastante sereno para comparecer ante doña Urraca, quien por su parte también se esforzaba para disimular su enojo.
—Os he llamado, conde —le dijo—, para daros una noticia que va sin duda a sorprenderos: vuestro contrario Alí ha perecido ayer a manos de unos asesinos desconocidos.
—Acabo de saber, señora, tan desagradable acontecimiento, y puedo asegurar a Vuestra Alteza que a pesar de todo...
—Estoy persuadida de que el conde de Lara es incapaz de alegrarse de semejante maldad; pero dejando esto aparte, sed franco: ahora que ese moro no existe, ¿no me diréis qué motivos...?
—Mil veces he dicho a Vuestra Alteza, y lo repito ahora bajo juramento, que nunca había yo visto a ese joven hasta que en presencia de Vuestra Alteza...
—Sí, eso puede ser verdad; y, sin embargo, también sin verle pudierais haberle agraviado.
—Que pudiera ser, señora, no lo niego, mas no ha sido...
—Hay, conde, quien dice lo contrario...
—Si Vuestra Alteza da oídos a mis enemigos, no habrá crimen que no se me impute —y al decir esto se turbó extraordinariamente.
—No, a fe mía, no he escuchado en este negocio a vuestros enemigos. Creedme, conde, confesad francamente a vuestra reina qué causa hizo al joven Alí vuestro enemigo.
—Vuestra Alteza sabe que la ignoro.
—Yo sé que así me lo habéis dicho; pero la cosa es tan inverosímil...
—¿Y quién ha presentado pruebas que contradigan mi verdad? Nadie, señora. Por el contrario: el mismo silencio de Alí ¿no prueba que no tenía de qué acusarme?
—Hace dos horas tal vez me hubiera convencido esa razón; mas ahora...
—Y ¿qué causa ha podido haber para que yo pierda la confianza con que Vuestra Alteza me honraba?
—Causa, ninguna. Solamente una reflexión, conde: habéis sido siempre tan rendido con las damas que me parece probable que algún amorío...
—¡Qué delirio, señora! Mi corazón no ha amado más que una sola vez, y esa con harta desgracia.
—Esa vez basta quizá para haber...
—No acabe Vuestra Alteza, señora; el objeto de mi amor nada ha tenido que ver con ese moro; yo he amado, amo todavía, y amaré siempre, pero será a mi reina.
—Basta, conde: no sabéis responder otra cosa. ¿Conque en efecto no habéis vos provocado la enemistad de Alí?
—No, señora.
—Miradlo bien.
—Mirado está, señora.
Doña Urraca hizo seña a una dama de su servidumbre que allí estaba, y esta salió inmediatamente de la cámara. Entonces abandonando la reina el aire de fría tranquilidad que hasta aquel punto había afectado, se levantó de su asiento y empezó a pasearse apresuradamente por la sala, con admiración de Lara; hasta que, abriéndose la puerta, se presentó a los ojos del asombrado conde la misma Zulema, pero vestida con el traje propio de su nación.
Lara al verla creyó que el universo entero se desplomaba sobre su cabeza, y exclamó involuntariamente:
—¡Zulema, tú aquí!
La reina se había parado en medio de la cámara, y con ojos centelleantes de furor consideraba al pérfido conde que, aterrado, no se atrevía a separar la vista del suelo.
—¿Tampoco —dijo la reina por fin—, tampoco habréis visto a esta joven antes de ahora? Conde de Lara, responded: ¿qué se ha hecho de vuestra elocuencia? Perjuro, ¿no decías que no habías agraviado nunca al infeliz Alí? Responde.
Lara no podía articular una palabra, tal era su espanto; Zulema, temerosa, se había quedado a la puerta de la cámara derramando copiosas lágrimas que regaban sus descoloridas mejillas; y doña Urraca, que ya no pensaba en enfrenar su enojo, continuó diciendo:
—No os atrevéis a responderme; pues bien, preparaos a sufrir el castigo que merece quien engaña a su reina. ¡Hola! Venga el conde de Candespina al momento.
Este nombre surtió un efecto mágico en don Pedro: oírlo y recordar al momento que, según Hernando le había dicho, poseía don Gómez el secreto fatal de la muerte de Alí, todo fue una misma cosa; y juzgando que Candespina no despreciaría aquella ocasión de libertarse para siempre de su rival, se dio por perdido.
—Señora —exclamó arrojándose a los pies de la reina—, no quiera Vuestra Alteza humillarme ante el conde.
—Apartaos —contestó doña Urraca—, sois indigno de consideraciones.
—¡Ah, señora! He delinquido, es verdad, con Zulema; ¿pero debe Vuestra Alteza ser quien me castigue por ello? La causa...
—Es vuestra perfidia. Venid, conde de Candespina; venid y encargaos de este caballero que confío a vuestra guarda. Zulema, ya veis que soy justa. Mañana será Lara vuestro esposo o perecerá en un cadalso. ¿Queréis más?
—No, señora. Quédese libre el conde de Lara: su corazón no es mío, y aunque lo fuera, yo no podría ya mirar sin horror al que ha causado la muerte de mi padre y la de mi hermano, y con ellas mi eterno dolor. Yo he venido solo a pedir a Vuestra Alteza justicia contra los asesinos del desdichado Alí, si puede averiguarse quiénes son.
—Y la obtendréis como yo llegue a conocerlos. Conde, llevaos al preso.
—¿Querrá Vuestra Alteza —dijo Candespina— escuchar una súplica?
—Decid presto.