El conde de Candespina (2 de 2)

Part 8

Chapter 81,422 wordsPublic domain

—Pues bien, señora, yo ruego a Vuestra Alteza que el conde de Lara quede en libertad. Su conciencia, el enojo de Vuestra Alteza, y el menosprecio de todos los buenos harto castigo son para un noble.

—Y yo —añadió Zulema—, yo uniré también mis ruegos a los de este generoso caballero. Piedad, señora.

Las lágrimas inundaron los ojos de doña Urraca, y después de un breve rato de meditación, volviéndose a Lara le dijo:

—Salid de mi presencia, y no os volváis a presentar sin mi orden —y luego, señalándole al conde de Candespina añadió—: este es vuestro enemigo, procurad imitarle.

Lara, confuso y desesperado, se retiró; y don Gómez iba a hacer lo mismo con Zulema, mas doña Urraca los detuvo. La generosidad del conde y la perfidia de su rival le habían abierto los ojos por fin, y resolvió premiar en aquel mismo instante los servicios y constancia de su libertador dándole la mano de esposa. Sin embargo, fiel a su primer proyecto de no dividir el trono con nadie, se lo hizo saber así al conde; pero este, lleno de amor y enajenado de júbilo, respondió:

—Yo, señora, amo a doña Urraca, no a su trono; mi gloria será después de ser su esposo, como lo es ahora la de ser su vasallo más fiel.

La triste Zulema hubo de presenciar aquella escena, que recordaba a su afligido corazón la corta y venturosa época en que también a ella la halagaban las dulces y lisonjeras ilusiones del amor, y aun parecía que su alma bondadosa olvidaba parte de sus penas para tomarla en la alegría de su protector; pero el dardo había penetrado demasiado para que la herida pudiera nunca cerrarse. En vano doña Urraca le propuso recibirla entre sus damas si quería quedarse en Castilla, o hacerla llevar a su país si lo deseaba: la hermana de Alí, resuelta a entrar en el gremio de los fieles, pidió por única gracia que se la administrara el bautismo para retirarse después a un claustro.

Al cabo de no poco tiempo se retiró el conde con Zulema a su casa, y enteró de su próxima dicha a Hernando y a Leonor, cuyo júbilo no puede encarecerse bastante. Hernando contó a su amigo la conversación que con Lara había tenido, diciéndole su objeto, que era el de obligar al conde a que diese la mano a la pobre mora; «mas pues ella lo rehúsa», concluyó, «inútil es insistir más».

Pocos días después del de la escena referida recibió Zulema el bautismo, siendo sus padrinos el conde de Candespina y doña Leonor; e inmediatamente tomó el velo de novicia en uno de los conventos de León, donde a su debido tiempo profesó; siendo los pocos años que sus penas la dejaron vivir un modelo de virtud, dulzura y paciencia: dotes dignas a la verdad de mas próspera suerte que la que su aciago destino le proporcionó.

El leal, el valiente, el virtuoso conde de Candespina vio colmados sus deseos con la posesión de la mano de la reina de Castilla. Su matrimonio se verificó en el oratorio del alcázar, en presencia de Hernando, su esposa, don Diego López y algunos fieles partidarios, quedando secreto por entonces. Doña Urraca quería tener un esposo, pero no un dueño; y el conde, sobre no ser ambicioso, conocía que, en aquellas circunstancias, aun los mismos que como ministro eran sus parciales se convertirían tal vez en enemigos si veían brillar en su frente la diadema de los godos.

Continuó viviendo en la corte el conde de Lara por un resto de vanidad que no le permitía retirarse de ella, como sin duda hubiera debido hacerlo; y don Gómez era demasiado generoso para hacerle sentir el peso de su poder. Lejos pues de tratarle con aspereza le manifestaba más agrado acaso del justo, y contenía con su ejemplo a muchos, que sin él, hubieran tomado cruelísima venganza de agravios recibidos en otro tiempo.

Solo Hernando era quien no podía resolverse a dirigirle la palabra jamás; y por deferencia a su amigo huía las ocasiones de encontrarle.

—Paréceme —decía a su esposa— que veo siempre sus manos teñidas en la sangre del desventurado Alí. Asesino es la primera palabra que se me ocurre decirle, y asesino también la última.

Por fin Lara, perseguido por los remordimientos, despreciado de sus enemigos y abandonado de los que en su privanza le manifestaban más afecto, vivía infeliz y miserablemente.

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CONCLUSIÓN

La disolución del matrimonio de la reina con don Alfonso de Aragón había privado a este príncipe de todo derecho a la corona de Castilla; pero creyéndose ofendido como hombre y como rey, no quiso desistir de su empresa ni entrar en negociaciones de paz, a pesar de cuantos esfuerzos hizo para ello el conde de Candespina. Terminado pues el invierno, entró en Castilla con un ejército infinitamente superior al que doña Urraca pudo poner en campaña. La habilidad de don Gómez prolongó algún tiempo la guerra con el cuidado que tuvo en evitar toda acción general: mas al cabo le fue imposible hacerlo en las inmediaciones de Sepúlveda.

La batalla se dio precisamente en el campo de Espina, que era de donde don Gómez tomaba su título, y el mando de la primera línea se le confió al conde don Pedro de Lara, quien a pesar de todo lo acaecido tuvo bastante maña e influjo para conseguirlo, tal vez con la sana intención de rehabilitar su fama. Mas apenas los veteranos de don Alfonso cargaron a las tropas que mandaba, se puso en vergonzosa fuga, siguiéndole todos sus soldados. Resultó de esto lo que no podía menos de suceder: los fugitivos de la primera línea desordenaron los escuadrones de la segunda. El espanto se apoderó de casi todos los ánimos. «¡Traición!», gritaban unos; «¡Sálvese el que pueda!», otros: todos huían, y huían en vano, porque su propia precipitación los entregaba a sus enemigos, que hicieron en ellos una horrible carnicería.

En medio de aquel desorden general permanecía sin embargo organizado un escuadrón todo compuesto de caballeros, que en torno del estandarte del conde de Candespina, que ostentaba una águila negra en campo amarillo, y capitaneados por él, resistían al poder de los aragoneses.

Para llegar hasta aquellos campeones era preciso salvar un parapeto que de los cadáveres de sus enemigos habían hecho; y sería necesaria la pluma de Homero para pintar las hazañas que vio aquel día memorable. Sin embargo, todo su valor fue inútil: los tiros de los ballesteros aragoneses y la multitud de los hombres de armas que caían sobre ellos continuamente acabaron por reducir de tal modo su número que el conde, Hernando, don Diego López y Millán se llegaron a ver solos. Don Alfonso, admirado de tanta valentía, quiso otorgarles la vida si se le rendían; mas como lo rehusasen, mandó que se les matara. Millán cayó el primero, siguiole López, y a este el valeroso don Gómez. Hernando, asido el estandarte con la una mano y esgrimiendo con la otra su temible espada, sacrificó a más de veinte a su furor antes de que llegaran a herirle; pero un soldado, de un golpe con el hacha de armas le cortó el brazo izquierdo. No por esto desmayó, pues cogiendo entre sus dientes el paño de la bandera, continuó peleando, y no cayó hasta que de otro golpe perdió el brazo derecho. Entonces los soldados acabaron de matarle, y dio fin aquel modelo de los amigos y espejo de los valientes.

Leonor fue a unirse con Zulema en su convento: ambas lloraban juntas las irreparables pérdidas que habían hecho, y ambas murieron fieles a la virtud.

En cuanto a doña Urraca y Lara, el resto de su vida política pertenece a la historia, y el lector curioso puede acudir a ella.

Del público y las circunstancias depende que con el tiempo llegue a dar a luz las aventuras secretas de doña Urraca y don Pedro de Lara, que según creo deben hallarse en unos antiguos manuscritos de la misma biblioteca, de donde he sacado la historia que precede; la cual plegue a Dios sea del agrado de todos.

[Ilustración]

FIN

ERRATAS

TOMO 2.º

_Pág._ _Lín._ _Dice_ _Léase_

29. 8. mando marido 34. 14. nevitable inevitable 69. 6. les le 86. 14. arriesgase enojar arriesgase a enojar 90. 1. concede le concede 94. 5. buena recom- una buena recompen- 103. 5. acaba acababa 104. 16. que de que 109. 9. infie infiel 124. 6. de del 126. 2. Gutierrez Gutierre 143. 21. Galante, seño¿ra, ¿Galante, señora,