El conde de Candespina (2 de 2)
Part 6
Su nombre, según Alí dijo, reveló a su enemigo el misterio de su reto; pero Lara, viendo que el moro tenía la extravagancia, decía él, de callar el motivo, se guardó muy bien de revelarlo, pues temía con razón que una vez enterada de él la reina, caería para siempre de su gracia; y por otra parte la perspectiva del próximo combate con el joven sarraceno no le era nada lisonjera. Acosado, pues, de diversos y desagradables pensamientos, iba ya a entrar en su casa cuando un criado de palacio le paró llamándole por su nombre, y le intimó que de orden de Su Alteza fuese con él inmediatamente. Obedeció el conde sin replicar, y a poco se halló en el alcázar, en donde fue introducido hasta la cámara de doña Urraca. Adornada esta señora todavía como lo estuvo durante la audiencia, estaba sentada en un soberbio sillón, apoyando el brazo en una mesa sobre la cual ardía una lámpara de plata, y sus ojos fijos en la llama indicaban la profunda preocupación de su espíritu. Entró Lara, y viéndola como absorta, se paró junto a la puerta y esperó con aire sumiso a que su soberana le dirigiera la palabra, en lo que se tardó algún tiempo, durante el cual la reina y el conde parecían dos estatuas. Por fin doña Urraca hizo un movimiento como el que vuelve en sí de un profundo letargo: examinó todo el aposento con la vista, y sus ojos encontraron al inmóvil conde de Lara que pacientemente esperaba aquel momento.
—¡Ah!, ¿vos aquí, conde de Lara? No os había visto aún, ¿que queréis?
—Vuestra Alteza me ha mandado venir.
—¿Yo?
—Al menos así se me ha dicho.
—Sí, es verdad: creo haber dicho que me alegraría haceros alguna pregunta; mas no que vinierais precisamente ahora.
—Si mi presencia es importuna, señora, voy a retirarme.
—No, quedaos. Una vez que ya estáis aquí... No os vayáis.
—Nada puede mandarme Vuestra Alteza que me sea más lisonjero que el permanecer en su presencia.
—Bien, bien. El conde de Lara siempre el mismo y galante caballero.
—¿Galante, señora, quién no lo será cuando su corazón está lleno...?
—Su corazón..., su corazón... Los labios están llenos..., pero...
—Crea Vuestra Alteza que...
—Silencio: pruebas, y no palabras. Vengamos al asunto. Es preciso que yo sepa el origen de la escena de esta mañana y el desafío de esta noche.
—Yo mismo lo ignoro.
—¡Oh! Eso es imposible; absolutamente imposible.
—¿Por qué, señora? Vuestra Alteza misma ha oído a ese sarraceno confesar que jamás me había visto.
—Verdad es; pero su nombre..., ese nombre de Alí, hijo de Hamet, produciendo el efecto de un talismán, y que ahora mismo os ha hecho mudar de color; ese nombre, conde de Lara, encierra algún misterio que la reina de Castilla quiere y debe aclarar.
—¿Qué no haría el conde de Lara por complacer a su reina, al objeto exclusivo de sus pensamientos? Pero no puede explicar a Vuestra Alteza las locuras o las maldades de un ser a quien no conoce.
—¿Y su nombre? ¿Y vuestra turbación?
—¡Mi turbación! Si así se llama a la justa ira que los insultos de ese miserable han producido en mí: verdad es que me he turbado.
—Conde de Lara, explicadme entonces qué puede mover a un hombre a quien no habéis ofendido, ni conocéis, a venir a retaros en mi corte, y a medir sus armas con vos.
—Confieso, señora, que semejante suceso me sorprende tanto a lo menos como a Vuestra Alteza; pero el favor con que la reina de Castilla me ha honrado en algún tiempo me ha suscitado muchos enemigos...
—¿A un moro qué puede importarle que yo os favorezca?
—Nada, señora; pero un moro puede ser instrumento de ajena venganza.
—¿Qué decís, conde de Lara?
—Señora, que ese agareno pudiera muy bien ser un servidor de los que han envidiado mi fortuna.
—¿Y en quién sospecháis tal vileza?
—En nadie: preguntádselo, señora, a los protectores de Alí; a los que por un moro desconocido, al parecer, iban a entregar la corte de Vuestra Alteza a los horrores de la guerra civil.
—Os entiendo; pero la enemistad os hace presumir cosas de que el conde de Candespina es incapaz.
—Yo no he nombrado al conde; y repito a Vuestra Alteza que en nadie sospecho; pero no habiendo yo ofendido a ese hombre, algún motivo extraño debe haber para que venga a provocarme tan temerariamente.
—Esa reflexión no tiene réplica; pero repasad bien vuestra conciencia: ¿no habrá acaso alguna belleza de por medio?
—Sí, señora, la hay: la mayor de todas; una belleza incomparable.
—¿Su nombre?
—Doña Urraca.
—¿Habéis perdido el juicio?
—No, señora; pero estoy persuadido de que la belleza de Vuestra Alteza es el origen de todo este lance.
—¿Cómo es posible?
—La envidia se engaña fácilmente: los que han visto las bondades de Vuestra Alteza para conmigo las habrán interpretado de la manera más favorable para mí..., y..., y lo demás fácil es de inferir.
—Hay en efecto algo de incomprensible en todo este negocio... Hernando, padrino del moro... El conde protegiéndole... Infelices de ellos si vuestras sospechas son fundadas.
—Permítame Vuestra Alteza, señora, una súplica.
—Decid.
—No se ocupe Vuestra Alteza en este asunto: la suerte de las armas debe decidirlo, y no será mucha presunción de mi parte esperar que triunfe conmigo la justicia.
—No dudo yo de vuestro valor; pero tampoco quiero exponer un vasallo leal al dudoso éxito de un combate, para el cual, si vuestras sospechas son fundadas, se habrán tomado precauciones.
—No importa, señora, concédame Vuestra Alteza la gracia de no mezclarse más en este negocio; mis enemigos tomarían armas contra mí de la intervención de Vuestra Alteza, y...
—Bien, bien. Dios decidirá, pues así lo deseáis, sin que yo intervenga para nada.
—Vuestra Alteza podría hacerme invencible.
—¿Cómo?
—Si al entrar en la lid pudiera el conde de Lara lisonjearse de que el corazón de doña Urraca...
—Mis damas os oyen, y la noche está muy adelantada: retiraos.
—¡Sin una esperanza!
—Nos volveremos a ver.
—¿Cuándo?
—Yo os avisaré, conde.
—Señora, recuerde Vuestra Alteza que tal vez dentro de ocho días...
—Basta; antes será.
—Al menos permítame Vuestra Alteza...
—Sea. Adiós.
El conde después de besar la mano a la reina se retiró.
A pesar de que Lara se lisonjeaba de haber preparado el ánimo de la reina contra su rival, y alejado al mismo tiempo toda sospecha del verdadero motivo por el que el hijo de Hamet le retaba, conocía que esto sin embargo no era bastante. El plazo de ocho días señalado para el combate había de expirar, y todas sus intrigas eran inútiles si un bote de lanza de Alí ponía término a su vida, o le obligaba para salvarla a unirse con su hermana; y esta consideración, unida al poco amor que a los combates tenía, le atormentaba sin cesar. Pero Lara no era hombre que se atuviera a lamentar su suerte. Resuelto a llegar al mando supremo, los medios le eran indiferentes. Escrúpulos de conciencia no los conocía; y las virtudes eran en su entender nombres vacíos de sentido. Para más alentarle en la carrera del crimen le había deparado la suerte en Lope un hombre capaz de todo lo malo, y que solo en la perversidad se complacía. Nacido de padres tan pobres como de humilde linaje, la sed del oro le devoraba; aborrecía a cuantos veía halagados por la fortuna, y su propio amo, en cuyos intereses al parecer tomaba gran parte, no estaba exento de su odio; mas como las continuas intrigas del conde le proporcionaban medios de enriquecerse, y los peligrosos secretos que de él poseía le daban un conocido ascendiente sobre su persona, Lope le servía en efecto con celo.
Figúrese el lector a estos dos malignos personajes en el gabinete del conde pocos instantes después de la conferencia de este con la reina, paseándose apresuradamente el amo, y el criado quieto contemplándole entre humilde y con desprecio, y con una sonrisa sardónica que indicaba que ya comprendía que iba a empleársele en alguna de las acostumbradas comisiones.
—Y bien, Lope, ya sabrás lo ocurrido esta mañana —dijo el conde.
—Nadie lo ignora en León, señor conde.
—Sí, la cosa ha tenido afortunadamente por testigo a todo el pueblo.
—Y los partidarios del conde de Candespina no se han descuidado tampoco en publicarla.
—Eso por supuesto. Pero lo que tú no sabrás tal vez, será la escena de esta noche.
—¿Cuál de las dos?
—¿Cómo? ¿Qué es eso de cuál de las dos?
—Quiero decir si de la audiencia pública o de la secreta.
—Silencio, señor entrometido: de la pública hablo.
—De esa, sí, señor.
—¡Hola! Pronto te han informado.
—Como tengo muchos amigos en el alcázar...
—Sabes lo que se quiere que sepas, y algo más, ¿no es verdad? Pero te aconsejo que trates de olvidar lo último.
—Será como Vueseñoría mande.
—Bueno: así debe ser. ¿Y qué piensas de todo esto?
—Señor, nada: yo no pienso más que cuando mi amo me lo manda.
—¡Hipócrita! ¿Hasta conmigo quieres conservar tu máscara? Déjate de gazmoñerías, y di tu parecer.
—Una vez que Vueseñoría lo manda...
—Al grano, al grano.
—Pienso que ese moro no es desconocido al conde de Lara.
—Muy bien pensado: veamos ahora el fundamento de tus acertadas conjeturas.
—Si no me engaño, Vueseñoría ha vivido en Sevilla no hace siglos, y según he llegado yo a entender, hubo en aquella ciudad una cierta mora llamada Zulema, hija de Hamet, que dice el recién venido es también su padre, que...
—Maldito seas, ¿de dónde sabes tú todo eso?
—Yo estaba al servicio del difunto conde, y veía con frecuencia las cartas de Vueseñoría fechadas en Sevilla...
—Y poco te bastó para ponerte al corriente. Pues bien, es cierto: Zulema era bella; yo joven; ella crédula...
—Vueseñoría astuto.
—Lope, cuidado con la lengua. Zulema sucumbió; Alí viene a vengarla; si se sabe esta historia soy perdido.
—En efecto, doña Urraca no es mujer que sufra rivalidades.
—No; y además el virtuoso don Gómez sacaría gran partido de una aventura que en sí no es nada.
—¿Qué ha de ser? Seducir a una mora y después abandonarla, ¿qué significa?
—No te hagas el escrupuloso.
—Lejos de eso, soy de la misma opinión de Vueseñoría: la cosa nada vale.
—Valga o no valga, es preciso que no se sepa.
—Sería muy conveniente.
—Indispensable.
—Indispensable.
—¿Pero cómo se logra?
—Venciendo y matando Vueseñoría a Alí en el combate.
—Eso pronto está dicho: ¿y si yo sucumbiera?
—¡Imposible! El conde de Lara no puede menos de vencer a un infiel.
—Aun cuando eso fuera así, que ni tú ni yo lo pensamos, ¿en los ocho días que faltan no puede ocurrírsele descubrir lo que hasta aquí ha callado, o confiárselo al salvaje de Olea que se ha declarado su amigo?
—Y que apenas lo supiera lo referiría en voz clara e inteligible.
—Ya lo sé; ya lo sé; y eso precisamente es lo que quiero evitar.
—Adelante Vueseñoría el combate.
—La reina ha señalado ella misma el día, es imposible mudarlo; y además..., además...
—No le parece cuerdo al señor conde arriesgar su persona y proyectos a un juego tan incierto como el de las armas, ¿no es verdad?
—Quizás; a ver si tu fecundo ingenio...
—Vueseñoría me favorece.
—Vamos, ya sabes que sé pagar liberalmente tus servicios: tú mismo señalarás la recompensa por este.
—¿Quién sabe el secreto?
—Alí.
—¿Nadie más?
—Es de presumir que no.
—¿Y Vueseñoría quiere que se sepulte para siempre este secreto?
—Sí, hombre, sí.
—Yo no conozco más que un medio.
—¿Cuál?
—Es muy violento.
—¿Pero es único?
—Sí, señor, y seguro.
—Pues dilo.
—Que muera Alí.
—¡Qué horror!
—Humilde criado de Vueseñoría.
—Espera..., ¿y no hay otro medio? Escucha, Lope, no te vayas.
—Veo a Vueseñoría hecho un ermitaño, y me retiro a rogar a Dios que dé más fuerza a su brazo de la que tiene su espíritu...
—¡Malvado! ¿No conoces más medio que un asesinato?
—Hombre muerto no habla.
—Ni el que está en un calabozo puede hablar, al menos de modo que se le oiga.
—Pero puede salir de él, y entonces...
—Entonces prefiero correr ese riesgo a cargar mi conciencia con un crimen horrible.
—¡La conciencia del señor conde!
—Lope, basta lo dicho: Alí debe desaparecer de León; y yo no quiero que muera.
—Vueseñoría dispondrá lo que haya de hacerse.
—Arrebatarlo y conducirlo a uno de mis castillos.
—¿Y si se resiste?
—Si se resiste..., entonces... se obra según las circunstancias.
—Ya entiendo: lo que el señor conde quiere es que toda la odiosidad pese sobre mí. No importa; yo sabré servir a mi amo.
—Marcha. Y lo que haya de hacerse, cuanto antes.
—Será.
Con tan saludables designios se separaron aquellos monstruos; pero Lara no podía ahogar enteramente el grito de su conciencia. En vano procuró calmar su agitación con el sueño; el poco tiempo que durmió creía ver a sus nobles abuelos alzar del sepulcro las frentes venerables, y que ardiendo en ira le reprendían por el nefando crimen que intentaba. «¡Asesino, asesino!», era el grito que resonaba en sus oídos; y así pasó una de las noches más crueles de su vida. Sin embargo, el nuevo día reanimó sus fuerzas, y como ya la propensión al mal era en él invencible, no desistió de su infame proyecto, dejando a Lope continuar en sus infernales maquinaciones.
[Ilustración]
CAPÍTULO XII
La tranquilidad se había ya restablecido enteramente en León dos días después de la llegada de Alí; y el moro, como si al cabo de un corto plazo no le esperara un cruelísimo combate, se ocupaba alegremente en examinar las curiosidades del pueblo en compañía de alguno de los parciales de Candespina; pues ni el conde, ocupado en negocios de la mayor entidad, ni Hernando, que como buen novio no desamparaba el lado de su esposa, tenían espacio para ello. Las mañanas las dedicaba Alí a la ciudad; mas por las tardes salía solo y a caballo a recorrer los alrededores de la capital, en los cuales echaba muy de menos la fertilidad y hermosura de las márgenes del Guadalquivir.
Una tarde que ya puesto el sol se retiraba, según costumbre, de su paseo para regresar a León, se vio de improviso atacado por cuatro hombres montados como él, pero cubiertos de hierro de los pies a la cabeza; y a pesar de su inferioridad, lejos de pensar en huir echó mano a su cimitarra y acometió denodadamente a los asesinos, siendo tal la furia con que descargó los primeros golpes, que sin valerle a uno de ellos el temple de su casco, cayó redondo a los pies del sevillano. Aún le quedaban, sin embargo, tres adversarios que no perdían estocada, pues no llevando Alí escudo ni coraza, no tenía con qué defenderse. Duró aquella lucha tan desigual algunos minutos, gracias a la extremada destreza y valor del agareno; pero al fin, acribillado, como suele decirse, de heridas, cayó sin sentido del caballo. No estaban sus enemigos muy bien parados; pues uno había muerto y otro se hallaba herido; pero satisfechos con haber conseguido su malvado designio, se retiraron llevando el cadáver de su compañero, sin duda para ocultarle en paraje en donde nunca se supiera de él.
Zulema vivía con Leonor. La hermosa mora había encontrado una verdadera amiga en la esposa de Hernando; y doña Leonor, por su parte, cada día amaba y compadecía más a aquella inocente víctima de la maldad de Lara. Hasta entonces se había visto Zulema precisada no solo a no hablar de sus penas, sino hasta a ocultarlas; pues aunque su hermano Alí la amaba tiernamente, sin embargo, recordarle de cualquier modo que fuese la desgracia y deshonra de su familia era medio seguro de enojarle; y nada temía más Zulema que apesadumbrar al único protector que en el mundo tenía; pero Leonor, sensible, discreta y afable, era una confidente de un valor inestimable. Como mujer tomaba más interés por una persona de su sexo tan vilmente tratada que ningún hombre hubiera podido tomarlo; como amante comprendía y participaba de los sentimientos de la pobre Zulema; y con su talento logró reanimar las fuerzas de aquel espíritu abatido más de lo que se hubiera creído posible. La hermana de Alí no estaba alegre, porque esto ya no podía darse en ella; pero la calma de la resignación empezaba a manifestarse en su frente cuando el hado impío vino a descargar sobre ella el último, el más cruel de los golpes.
Había ya pasado, y con mucho, la hora en que Alí acostumbraba a regresar de su paseo, y Zulema procuró en vano disimular su temor, hasta que conociéndolo la esposa de Olea, le dijo:
—No os inquietéis, pronto estará Alí de vuelta.
—Mi corazón, bella Leonor, no sabe más que temer desdichas —contestó la mora.
—¡Pobre niña! Yo espero que por esta vez serán infundados tus temores.
—¡Ojalá!, amada amiga, ¡ojalá!
—Vamos, sosegaos; la menor circunstancia, la más insignificante basta para que Alí se haya detenido...
—No lo creas. Mi hermano no altera fácilmente sus costumbres: es niño en los años, viejo en las acciones.
—Bueno, pero a veces...
—Mirad, me parece que siento pasos, a ver si es Alí...
—No es Alí —contestó Hernando—, no es Alí, señora mía.
—¡Ah!, ¿vos sois, señor caballero? —le dijo su esposa—, ¿y vos también, señor conde?, norabuena, me alegro; venid a ver si podéis tranquilizar a esta pobre niña, ya llena de temor porque aún no ha vuelto su hermano.
—¡Bah, bah, señora! —exclamó Hernando—, ¿queréis que Alí viva como un ermitaño? ¿Quién sabe si alguna cristiana habrá sabido amansar su corazón?
—Tranquilizaos, amable Zulema —dijo el conde—, si Alí tarda, saldremos a buscarle.
Zulema se aquietó en efecto, al menos en la apariencia, y la conversación rodó algún tiempo sobre materias indiferentes; pero los ojos de la mora no se separaban de la puerta, y el mismo Candespina no estaba muy tranquilo tampoco, porque había llegado a conocer a fondo al conde de Lara. Tanto tiempo pasó que al cabo la inquietud por Alí fue general. Zulema lloraba; Leonor procuraba consolarla, pero también sufría; Hernando votaba; y el conde mandó ensillar algunos caballos para él, su amigo, y varios criados, que en dos tropas diferentes salieron en busca del moro por dos distintas puertas de la ciudad. Hernando rodó en vano largo tiempo por la campiña, pero don Gómez tardó poco en encontrar el cuerpo de Alí, inmóvil, cubierto de sangre, y con todas las señales de la muerte. Sería inútil decir la pena que le causó aquel espectáculo y las sospechas que le hizo concebir, porque son fáciles de suponer; y por lo mismo solo diremos que, recogiendo al infeliz moro, marchó con él a su casa, con intención de ocultar por algún tiempo tan funesto acontecimiento a la pobre Zulema; pero fue en vano. Apenas sintió la hermana de Alí las pisadas de los caballos en el zaguán, cuando, soltándose de los brazos de doña Leonor, se precipitó a la escalera y salió al encuentro de los que conducían a su hermano. Fue imposible evitar que arrojándose sobre el helado mancebo le abrazase estrechamente.
—Alí, hermano mío —decía, como si pudiera oírla—, vuelve en ti, escucha los lamentos de tu Zulema. —Y luego, soltándolo de repente—: pero no; no me escuches: he dado la muerte a mi padre, soy causa de la tuya. La maldición de Dios me persigue, soy un monstruo indigno de compasión. Huid de mí, huid, ¿no veis la sangre de que estoy cubierta? Es la de mi padre, es la de mi hermano: huid de Zulema... ¡Ah!... ¡Hamet!... ¡Asesinos! —aquí perdió el sentido la desdichada.
Condujéronla sus afligidos huéspedes a su lecho, y también a su hermano se le depositó en otro, en donde observaron con la mayor satisfacción que aún se descubrían en él señales de no haberse extinguido enteramente la vida. Cuantos socorros fueron posibles se suministraron al malherido moro, y merced a ellos logró recobrar el sentido; pero los facultativos no se atrevían a responder de su vida.
Alí había abierto los ojos, mas no profería una palabra. Su vista examinaba el aposento, y al parecer no comprendía cómo era que se hallaba en tal situación; y ninguno de los circunstantes se atrevió tampoco a romper el silencio.
Pero Hernando vino a poner fin a aquella escena muda. Cansado de sus inútiles pesquisas, había regresado a su casa impaciente ya por saber del moro:
—¿Ha padecido? —preguntó al primer criado que halló al paso.
—Sí, señor —contestó este—, y...
—Pues no lo decía yo, que al cabo..., pero nada, las mujeres parece que son las mismas entre moros y cristianos.
—Pero, señor, si...
Hernando, sin escuchar más, subió apresuradamente las escaleras y se fue derecho al cuarto de su esposa, que encontró vacío; otro tanto le sucedió en el estrado y habitación del conde, a que en seguida se dirigió; hasta que, por fin, entrando en la de Alí halló en ella reunida la mayor parte de las gentes de la casa.
—¡Qué diablos! —dijo al entrar—, creí que no había nadie en la casa; pero... ¡El cielo me valga! ¿Qué ha sucedido? ¿Qué tenéis, Alí? Decidme, conde, por San Pedro...
—Callad, caballero —le interrumpió uno de los cirujanos—, porque...
—¿Y quién sois vos, pese a mi vida, para mandarme callar?
Y diciendo esto enarboló el puño sobre la cabeza del cirujano, que lo hubiera pasado muy mal a no haber el conde de Candespina asido del brazo al impaciente Olea, y explicádole en breves razones lo sucedido. El enfermo, que desde luego había fijado la vista en la parte de su aposento en que pasaba la escena referida, prestó la mayor atención a las palabras del conde, y después de haberlas oído hizo seña con la mano a los dos caballeros para que se acercasen, lo que en efecto hicieron.
Viendo el facultativo que Alí trataba de incorporarse y se disponía a hablar, le dijo que era preciso que se estuviera quieto si no quería exponerse a graves riesgos; mas el moro le contestó:
—Cristiano, los días del hombre están contados, y tu ciencia no es bastante a parar el golpe de la espada de Azrael; déjame pues morir en paz. —Y después, dirigiéndose a don Gómez—: Conde, a ti solo y a tu amigo tengo que hacer una revelación importante.
—Despejad; y a nadie se permita la entrada hasta nueva orden —dijo a sus criados Candespina, y en un momento quedó el cuarto vacío.
Alí se incorporó en la cama: sus ojos, algunos minutos antes lánguidos y abatidos, recobraron al parecer el antiguo fuego, y aun el rostro algún tanto de los colores; el conde y su amigo le contemplaban atentamente. En la fisonomía de don Gómez se dejaba ver una expresión melancólica y profunda: miraba al moro con ternura y compasión, y con una especie de desconsuelo indefinible; pero Hernando brotaba centellas por los ojos: su arrugado ceño, el arrebatado color del rostro y la mano izquierda apoyada en el pomo de la espada, al paso que con la derecha enjugaba el sudor continuo de su frente, eran indicios de lo violentamente que padecía.
El hijo de Hamet habló por fin de esta manera:
—El tiempo es precioso para mí, caballeros: antes de muchas horas habré comparecido en presencia del Padre de los verdaderos creyentes; así, no seré largo. Me habéis visto retar a Lara: ignoráis por qué; y no debo bajar al sepulcro sin confiaros mi afrenta, tanto en muestra de mi agradecimiento, como para dejar asegurada la suerte de la triste Zulema.
—Deponed en ese punto todo temor, noble Alí —le respondió el conde—, si la desgracia hace, (que no lo creo), que perdáis la vida, vuestra hermana será la mía. Para contar con mi amparo no hay necesidad de que reveléis vuestro secreto.
—Conde de Candespina, Alí podrá morir, pero su gratitud a vos le seguirá aun más allá del sepulcro; pero escuchadme en silencio, porque siento faltarme las fuerzas. El conde de Lara ha seducido a mi hermana, violando las leyes de la hospitalidad y abusando de su inocencia.
—¡Malvado! Yo le juro... —exclamó Hernando; pero el conde le interrumpió.
—Dejadlo por ahora; escuchemos a este joven.
—Yo he venido —continuó Alí— a vengar mi afrenta; el cobarde, desconfiando de vencerme, me ha hecho asesinar.
—¡Santo cielo! —dijo ocultándose el rostro entre ambas manos Candespina.
—Por el alma de mi padre, que si eso es así, no ha de escaparse de las manos de Hernando.
—Sí —volvió a decir Alí, visiblemente complacido del interés que las exclamaciones del conde y Hernando manifestaban—, sí, me ha hecho asesinar y no puedo dudarlo.
—¿Cómo pues lo sabéis? —preguntó don Gómez.
—De la boca de los ministros de su crimen.
—¿Y han osado...?