El conde de Candespina (2 de 2)
Part 5
El suceso de Alí había puesto en fermentación todos los espíritus en la corte de Castilla. Los dos partidos de Candespina y Lara, que hasta aquel punto habían conservado al menos las apariencias de la urbanidad por respeto a la reina, rota una vez la barrera no querían volver a entrar en sus respectivos límites; y cierto género de hombres turbulentos por naturaleza e interés, que no faltaban en ambas facciones como nunca han faltado en semejantes casos, hablaban de someter al juicio de Dios, esto es, a la suerte de las armas, la decisión de sus contiendas. En un instante desaparecieron todos los preparativos hechos para festejar el casamiento de doña Leonor y Hernando. Cada caballero corría a su casa a armarse y a armar a sus criados; los ciudadanos se retiraban también a sus hogares, mas era a encerrarse en ellos para ponerse a cubierto de los horrores que preveían; y por último, en el mismo alcázar se tomaban las más vigorosas medidas para prevenir todo accidente. Don Diego López, que mandaba la guardia de la reina, aseguró a esta señora que nada tenía que temer por su persona aun cuando el furor general llegase a tal punto que hubiera quien pensase en atacarla; y como doña Urraca conocía la lealtad y valor del señor de Nájara, se tranquilizó lo bastante para pensar en interponer por fin su autoridad en aquel negocio, enviando dos mensajeros en busca de los condes de Candespina y Lara. Pero lo que nosotros hemos referido en poquísimas líneas fue obra en León de más de una hora. Durante este tiempo el joven Alí se conciliaba cada vez más el afecto de sus protectores. La condición del moro correspondía en efecto a cuanto de su bien dispuesta persona podía esperarse; afable con extremo, cortés sin ser lisonjero, y con un talento claro y bien cultivado: Alí arrastraba tras de sí los ánimos de cuantos le escuchaban. Ya se supondrá que si la discreción del conde de Candespina fue bastante para que no hiciera pregunta ninguna a su huésped sobre el motivo de su odio al conde de Lara, ni Hernando ni su esposa pudieron contenerse; y a la verdad su curiosidad no carecía de disculpa.
—Confieso —le decía Hernando— que he admirado vuestra serenidad, viéndoos rodeado de una multitud de furiosos que clamaban por vuestra muerte.
—La vida de los hombres depende de la voluntad de Dios —contestó el moro—, y no hay poder bastante en la tierra para atrasar ni adelantar un momento el instante de su muerte.
—Buena será esa máxima —replicó Leonor—, pero yo sé decir de mí que estaba muerta de miedo.
—¿Y cuándo la cándida paloma ha alzado tanto el vuelo como el águila? —contesto el moro.
—¿Y no pensabais —volvió a decir Leonor—, no pensabais en la pena que vuestra muerte hubiera causado a vuestra dama, si la tenéis...?
—Hermosa cristiana, las dulzuras del amor no me han sido concedidas; pero tengo en cambio una hermana a quien mi muerte hubiera dejado sin amparo.
—¿Una hermana? ¿En Granada?
—Mi patria es Sevilla; pero mi hermana está en León.
—¡Válgame el cielo! En León tenéis hermana. Hernando, si vos quisierais...
—Mi esposa —dijo Olea— desea tener a vuestra hermana en su compañía. Concededla esta gracia.
—Cristianos, me colmáis de favores.
—Dejad eso y marchad a buscarla.
—¿Qué decís? —interrumpió el conde—; este caballero no puede salir de aquí sin peligro de su vida; que diga donde está su hermana, y se irá por ella.
Alí señaló la posada en que había dejado a su hermana guardada por algunos esclavos; y varios criados del conde guiados por el negro escudero fueron en su busca. Entre tanto no perdonaba medio ninguno la astuta doña Leonor para saber del moro el origen de su odio al conde de Lara: pero este, eludiendo unas preguntas y haciéndose el sordo a otras, dejó burlados todos sus ardides, sin que la respuesta más directa que dio pasase de decir que el hombre de honor no debía publicar sus afrentas hasta que estuviesen vengadas. Desembarazado por fin de aquella especie de examen fiscal, se ocupó con el conde de Candespina del asunto que parecía absorber toda su existencia. El conde le ofreció toda su protección, y cuando vino el mensajero de parte de la reina a buscarle, tomó a su cargo la comisión de suplicarle que le concediese una audiencia. Bien hubiera querido Hernando acompañar a su amigo al alcázar; mas como la orden de la reina nombraba únicamente al conde de Candespina, quiso este ir absolutamente solo. Ya estaba Lara al lado de doña Urraca cuando don Gómez se presentó, y desde luego la reina se quejó agriamente a ambos condes de la escandalosa escena de aquella mañana. Fácil le fue disculparse al de Lara con solo hacer presente que no habiéndose hallado en ella, ninguna responsabilidad podía exigírsele: mas no así el de Candespina que había tomado en ella una parte sumamente activa. Pero el noble castellano era incapaz de arrepentirse de su generosa acción.
—Sí, señora —dijo a la reina—, he sacado el acero, me he puesto al lado de un hombre a quien una multitud furiosa trataba de sacrificar, si este es un delito, yo me confieso reo; pero no puedo arrepentirme...
—Y por un infiel —dijo la reina—, por un infiel ibais a derramar la sangre de vuestros hermanos.
—Un infiel, señora, es un hombre; y asesinos no pueden nunca ser mis hermanos.
—Conde don Gómez —exclamó Lara—, ¿asesinos llamáis a los caballeros de la casa de Lara?
—Aunque sola Su Alteza tiene derecho a examinar mi conducta y palabras —contestó don Gómez—, quiero que me digáis, conde de Lara, qué nombre daremos a los que siendo ciento atacan a uno.
—Baste, caballeros —interrumpió la reina—, consiento en olvidar lo pasado; pero es preciso que la paz se restablezca inmediatamente.
—Por mi parte —dijo Lara—, no tengo más voluntad que la de Vuestra Alteza.
—Y yo —añadió don Gómez—, yo respondo a Vuestra Alteza de mis parientes y amigos.
—Está bien, señores; retiraos pues, y cumplid vuestras promesas.
Lara se disponía a obedecer a la reina, pero Candespina le detuvo para que oyese la súplica que en nombre de Alí iba a hacer a Su Alteza para que le admitiese a su presencia. Este nuevo incidente desconcertó a don Pedro, que se creía desembarazado para siempre de la presencia del moro; pero no se atrevió a proferir una sola palabra que diese a entender su descontento. La reina, por su parte, manifestó visiblemente su desagrado de que el conde de Candespina tomase cartas en aquel asunto; mas él con su acostumbrada inflexibilidad insistió tanto, y con tales razones demostró que era de rigurosa justicia conceder a Alí la audiencia que pedía, que al cabo la obtuvo para aquella misma noche. Llegó esta en efecto, y doña Urraca, sentada en un magnífico trono situado en una de las extremidades del más suntuoso salón del alcázar, rodeada de sus damas y de la mayor parte de la nobleza de Castilla, esperó, con un semblante en el cual a su pesar se leía no poco descontento, el instante de recibir al moro, origen inocente de las turbulencias de aquel día, quien no tardó mucho en presentarse acompañado del conde de Candespina, Hernando de Olea y todos sus parciales. Alí venía completamente armado, pero sin lanza ni escudo, y Hernando también iba dispuesto a entrar en lid; los demás caballeros llevaban vestidos de corte. Desde luego las armas de Hernando llamaron la atención general, pero pronto se dedicó toda al moro, que después de sus acostumbrados saludos y de haber recibido de la reina la orden de exponer brevemente su súplica, lo hizo en esta forma:
—Reina de Castilla, mi súplica ya la sabes: soy noble, estoy agraviado; solo vengo a pedir un palenque en el que, con la ayuda de Alá, espero recobrar mi honra.
—¿Quién te ha ofendido?
—El conde de Lara.
—¿Cómo puedo yo haberte ofendido, infiel —exclamó Lara—, si en mi vida te he visto?
—Silencio —dijo la reina—, nadie sea osado a hablar sin mi permiso. Y tú, contesta: ¿es cierto que nunca has visto al conde de Lara hasta hoy?
—Nunca.
—¿Cómo pues te ha ofendido?
—¿Cómo? Él lo sabe: mi nombre le descubrirá el arcano. Conde de Lara, yo soy Alí, hijo de Hamet.
Todos los ojos se fijaron en Lara, a quien este apóstrofe hizo mudar de color; pero sea que no se atreviese a faltar a las órdenes de la reina, contestando sin que esta se lo mandase, o bien que no quisiera o tuviese qué responder, lo cierto es que guardó el más profundo silencio. Doña Urraca, después de haber considerado atentamente a los dos adversarios, se volvió a Alí y le dijo:
—Singular es que seas su enemigo sin conocerle; pero al menos nos dirás cuál es la ofensa que te ha hecho.
—Cuando Lara no exista la sabrás, reina.
—Moro, recuerda que hablas con la reina de Castilla, y obedece sus mandatos.
—Alá me preserve de faltarte al respeto; pero en tanto que mi ofensor viva, mis labios no pronunciarán nunca el agravio que me ha hecho.
—Para que yo consienta el combate debo saber la causa.
—Yo reto por traidor y desleal al conde de Lara en vuestra presencia, damas y caballeros. ¿No basta esto en Castilla para que un noble salga a la palestra?
—Y sobra —contestó Candespina—: Vuestra Alteza no puede ya oponerse al combate sin menoscabo de la honra del conde de Lara mismo.
—Callad —exclamó colérica la reina—; callad, y sea esta la última vez que se falte a mis órdenes. En fin, moro, resuelves no comunicarnos de qué acusas al conde de Lara.
—Él lo sabe, repito, y si no es un cobarde, recogerá esa prenda —y al mismo tiempo le arrojó un guante, que cayo a los pies de su enemigo.
Este permaneció inmóvil; pero la reina se dirigió a él, diciéndole:
—Veamos si vos, conde de Lara, nos aclaráis este misterio.
—Yo, señora, nada sé; no conozco a ese infiel, y su nombre hiere hoy mi oído por primera vez.
—Caballeros, ya oís la respuesta del conde.
—Y yo sostengo —exclamó Alí— que ha mentido.
—Miserable —contestó furioso Lara cogiendo el guante—, tu vida me dará satisfacción.
El conde de Lara no había manifestado hasta entonces la menor inclinación a combatir con el moro; pero ya fuese que no pudo resistir a las injurias que Alí le hacía, ya que conociera que su pusilanimidad iba a perderle para siempre aun en la opinión de sus mismos partidarios, lo cierto es que al coger el guante parecía animado por el noble resentimiento de un hombre de honor cruelmente ofendido. Tanto los caballeros como las damas presentes manifestaron con una especie de aplauso la satisfacción que les causaba el proceder del conde, y volvieron la vista hacia Alí para ver si conservaba o no la entereza que hasta aquel punto había manifestado; pero lejos de verse la más mínima señal de turbación en el rostro del joven musulmán, brillaba en sus ojos todo el fuego de la venganza, pronta a satisfacerse. Doña Urraca misma permaneció algún tiempo silenciosa y pensativa, contemplando ora a Alí, ora a Lara, que ambos enfrente de ella esperaban con visible impaciencia su resolución; hasta que por fin anunció que pues el conde de Lara había recogido la prenda del combate, por no desairarle consentía en que se verificase, y señalaba para que tuviese lugar el octavo día, a contar desde aquel. Alí dio las más expresivas gracias por la merced que se le hacía, y se retiró después de haber dicho que el caballero Hernando de Olea le honraba siendo su padrino en aquel combate. El conde de Lara nombró para que lo fuese suyo a Gutierre de Cetina, su deudo, que ejercía las funciones de mayordomo de la reina; y en seguida se dispersó la reunión.
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CAPÍTULO X
Mientras que en el alcázar de Burgos pasaban los sucesos que han dado materia al capítulo anterior, la esposa de Hernando de Olea desempeñaba los deberes de la hospitalidad con la interesante hermana de Alí, con una dulzura de que solo las mujeres son capaces. Zulema, que así se llamaba la joven mora, tendría como unos diecisiete años de edad, reuniendo además en su persona todos los dones que puede la naturaleza dispensar a una mujer para cautivar los corazones de cuantos la miren; pero no brillaba su rostro con los vivos colores tan propios de sus pocos años, ni la alegría de la juventud animaba dos ojos negros como el ébano; antes, por el contrario, su palidez y lánguido mirar descubrían que su corazón sufría el peso de alguna grave desgracia. Todo esto lo vio desde el primer instante doña Leonor, y como estaba dotada de sobrado ingenio, se prometió que la sencilla sevillana descubriría sin duda el secreto que su hermano guardaba tan cuidadosamente. En efecto, pasados los primeros cumplimientos, nuestras dos damas, jóvenes ambas, y ambas con un semblante tan afable que las provocaba a una recíproca confianza, parecían sin embargo suspensas, no atreviéndose ni una ni otra a entrar en materia, hasta que doña Leonor, como de más edad y experiencia, tomando una mano de Zulema y estrechándola con la suya, rompió el silencio diciéndola:
—Mal parece en una niña como vos tanta tristeza: consolaos, y creed que, ya que no esté en nuestra mano devolveros lo que tal vez habéis dejado en Sevilla, haremos cuanto esté de nuestra parte para solazaros.
—¡Ah, señora! —respondió casi llorando Zulema—, ¡cuán bondadosa eres! Pero no repares, te suplico, en mi melancolía que no puedo desterrar...
—¿Cómo, a vuestros años, puede haber penas tan profundas?
—¡Ay!, la herida está en el corazón, bellísima cristiana, en un corazón que jamás había padecido y por eso es más dolorosa; por lo mismo será eterna.
—¡Pobrecilla criatura! ¡Cuánto diera yo por poder aliviar tus penas!
—¿Aliviarlas? Imposible..., imposible. Más fácil sería que el Guadalquivir dejase de derramar sus aguas en el mar.
—¡Infeliz!, ¿y ninguna esperanza os queda?
—Ninguna, como tú dices: ninguna.
—Acaso la muerte...
—¡Ojalá! Al menos esperaría ser feliz cuando Azrael cortase el hilo de mi vida. Mas dejemos, amable señora, de ocuparnos en mis penas, no venga yo a turbar tu felicidad con mis lamentos tan inútiles como importunos.
—No lo son por cierto para mí. Consolar al triste es un precepto de la verdadera religión...
—¡Ah! —exclamó Zulema arrebatada—, ¿por qué ha de haber monstruos que se complazcan en atormentar a sus semejantes, siendo cristianos?
—Luego a un cristiano debéis vuestras penas.
—A un cristiano, sí; a un cristiano en el nombre; a un pérfido, a un malvado. Tú le conocerás tal vez: es hermoso, es amable, es seductor; pero sus entrañas son más duras que las del tigre.
—Sosegaos, amor mío; por Dios, sosegaos, y decidme su nombre: tal vez podremos hacer...
—Nada, nada. Un corazón traspasado no puede curarse. ¿Pero qué podré yo negar a quien tanto amor me muestra por la primera vez? Sabrás el nombre del malvado que me ha hecho desgraciada: sabrás la dolorosa historia de la infeliz Zulema.
Si al principiar la conversación referida, la curiosidad sola movía a la bella Leonor a inquirir el secreto de sus huéspedes; ya viendo el dolor de la triste Zulema, únicamente la compasión la dominaba; y a la verdad hubiera sido necesario tener un corazón de piedra para resistir a sus lágrimas.
La narración de su triste historia que vamos a insertar perderá sin duda gran parte del interés que inspiraban ya el dulce sonido de la voz de Zulema, ya el fuego o rubor con que refería algunos pasajes de ella; pero la crónica no conserva más que la especie de extracto que sigue, y tal como lo hemos encontrado así lo trasladamos.
Durante el reinado del padre de doña Urraca, la comunicación entre moros y cristianos, como se ha dicho anteriormente, fue más común que en ningún otro; y esto dio lugar a que visitando Hamet, moro sevillano, tan opulento como sabio, la corte de Castilla, trabase amistad con don Gonzalo, conde de Lara, cuyo hijo era don Pedro, de quien tanto hemos hablado en nuestra narración.
Entre los diversos y profundos conocimientos que Hamet poseía, no era de los menos importantes el de la medicina; ciencia que en aquellos tiempos puede decirse que era patrimonio exclusivo de los árabes y judíos, que la ejercían aun entre los mismos cristianos; ofreciéndonos la historia ejemplo de algún monarca que pasó a reino infiel con objeto de curarse de dolencias a que no hallaba remedio en su propio país. La amistad, pues, del viejo conde de Lara con Hamet, la ciencia de este, y la pertinacia de cierta enfermedad que su hijo padeció siendo ya adulto le movieron a que le enviase a Sevilla a ver si su amigo podía restituirle la salud.
Don Pedro de Lara se presentó en casa de Hamet, como un año antes de los acontecimientos principales de nuestra historia, rico con los dones de la naturaleza, y con cierto aire de interesante languidez que inspiraba una compasión fácil de convertirse en amor en el alma de una joven, aunque hubiera sido más experimentada que la inocente Zulema. El moro recibió al noble castellano con la cortesía y magnificencia con que todos los orientales ejercen la hospitalidad, y la dulzura y flexible carácter de su huésped le cautivaron de tal modo que no tardó en tratarle como a un hijo. A poco de estar Lara en Sevilla murió su padre; y este acontecimiento, obligándole a no presentarse en público, aun las pocas veces que sus males físicos lo permitían antes de él, hizo que se constituyese a vivir enteramente en familia con Hamet y Zulema; pues Alí, hermano de esta, se hallaba a la sazón en África con unos parientes. Zulema era quien preparaba las salutíferas yerbas que su docto padre recetaba a Lara; Zulema se las administraba por su mano, y Zulema era quien continuamente procuraba distraerle de sus penas. Al paso que la ciencia del padre le restituía la salud, la belleza naciente, el candor, y la amabilidad de la hija inflamaban la sangre del noble castellano, y la fiebre del amor se apoderaba de todos sus sentidos. Zulema debía a la naturaleza el funesto don de la sensibilidad más exquisita; palpitaba violentamente su corazón oyendo referir cualquier desgracia, y sus ojos se llenaban de lágrimas con la mayor facilidad. ¿Qué extraño será pues que un joven bizarro, atacado a un tiempo por una enfermedad, y la pérdida del autor de sus días, inspirara a la tierna Zulema una pasión que ya era invencible cuando ella apenas presumía sentirla? Nada más natural; pero nada tampoco más funesto para ella. Como quiera que sea, se pasaron muchos meses sin que ambos jóvenes se hablasen de amor. Zulema se informaba de las costumbres de los cristianos y de su religión: Lara respondía minuciosamente a todas sus preguntas, y pintaba con tales colores la dulzura, la luz de la verdadera fe, que la joven mora empezó a dudar de sus falsos ritos, y a desear instruirse más a fondo en los sagrados misterios de nuestra redención. Aunque don Pedro fue siempre naturalmente vicioso, sin embargo, en la época de que hablamos, no habiéndose aún desenvuelto en él el germen de la ambición, conservaba gran parte de las sanas máximas que en su esmerada educación se había procurado inculcarle, y la idea de convertir a Zulema a la religión santa de la fe le arrebató. Pero las conferencias sobre este punto no podían tenerse ni delante de Hamet, ni en paraje en que entrando cualquiera de los comensales de la casa, pudiera sorprenderles en una conversación que, una vez descubierta, podía costarle a Lara la cabeza; y por lo mismo escogieron los dos jóvenes el jardín de la casa, delicioso como todos los de la ribera del Betis. Allí, a la sombra de los laureles y naranjos, y respirando un aire embalsamado con el delicioso aroma de la purpúrea rosa y el nevado jazmín, oía Zulema atentamente las lecciones de Lara: se enternecía escuchando la barbarie de los judíos con el Redentor del mundo, y grababa en su corazón las máximas de dulzura, de tolerancia y de caridad, que son la base de nuestra creencia. Lara, favorecido por la belleza y santidad del asunto, parecía más elocuente, más seductor que nunca; y al paso que los ojos de la mora se abrían a la luz de la revelación, su misionero se apoderaba enteramente de su alma. Mientras que el castellano, dudando de convertir a Zulema, se ocupó exclusivamente en asuntos religiosos, su celo fue loable; sus intenciones puras, su fin santo; pero desde que ya enteramente convencida la hija de Hamet no le fue necesario tanto estudio, la pérdida de la joven pudo tenerse por inevitable.
—Zulema —le decía una noche sentados ambos al pie de un copudo y antiguo laurel—: Zulema, si alcanzas la salud eterna con el bautismo, ¿qué cristiano podrá creerse más feliz en la tierra que el que sea tu esposo?
—¿Y quién, Lara, querría unir su suerte con la mía? —contestó llena de rubor la mora.
—¿Quién, Zulema? Todos. La rosa de abril no te iguala en belleza, la azucena no es más cándida que tú y ningún sabio te aventaja en discreción. ¿Qué te falta pues para ser amada?
—Amigo mío, tú me adulas.
—No, Zulema, no te adulo; pero dime: ¿tu corazón no ha palpitado aún por ningún hombre?
—¡Ah!
—¿Suspiras, Zulema? Tú amas; ¿a quién?
—Lara, amigo mío, yo amar...
—Sí, tú amas; y tu misma turbación me lo demuestra. Tú amas, Zulema; un mortal venturoso ha sabido cautivar tu corazón, y yo... ¡infeliz...!
—¿Tú infeliz, Lara? ¿Por qué?...
—Cruel, ¿qué preguntas? Tú eres la causa de mi tormento.
—¿Cómo es posible que yo te atormente, Lara; yo que por no verte padecer un instante daría toda mi existencia?
—Pero tú amas a otro, y yo te adoro —dijo enajenado y atrayéndola a sus brazos.
—¿Me adoras? —contestó Zulema casi sin sentido—. ¿Me adoras? Y bien, yo te idolatro.
Zulema era esposa de Lara un instante después. El castellano la prodigaba las más tiernas caricias, haciéndola mil juramentos, tal vez sinceros entonces, de constancia y fidelidad; pero la víctima infeliz perdió desde aquel día el reposo, y no volvió a recobrarlo jamás. Había faltado a su deber, y el remordimiento la atormentaba, persiguiéndola al mismo tiempo los más fatales presentimientos que demasiado pronto se verificaron.
Lara, recobrado enteramente de su dolencia y satisfecho ya su amor propio con haber triunfado de la virtud de Zulema, aprovechó la ocasión que le ofrecían los disturbios de su patria para regresar a ella, dejando a su esposa inconsolable a pesar de las protestas que le hizo de volver antes de mucho a pedírsela por mujer a su padre, protestando para no hacerlo entonces lo revuelto de los negocios de Castilla.
La infeliz Zulema quedó en Sevilla tan desconsolada como Ariadna en el desierto: los días volaban, los meses también, y Lara no parecía ni daba noticia de su persona. Su continuo padecer atacó su salud, y por otra parte sus relaciones con Lara habían sido demasiado íntimas para que dejaran de manifestarse. El anciano Hamet vio el estado de su hija: adivinó parte de lo sucedido, supo el resto de su boca; y el dolor de la pérdida de su amada hija, y de la honra de su familia, le condujeron en pocos días al sepulcro. Alí, a quien los lectores ya conocen, regresó al seno de su familia precisamente a tiempo de saber la desgracia de su hermana, y de ver exhalar a su padre el último suspiro. Hamet, que conocía la violencia del carácter de su hijo, y su extremado pundonor, le hizo jurar que no maltrataría a la desgraciada joven, cuya falta era bien excusable en sus pocos años. Juró Alí, y cumplió su juramento; pero había prometido respetar a su hermana, mas no dejar impune a su malvado seductor; y así, apenas cumplió con los deberes de la piedad filial, tributando a los restos de su padre los últimos honores, partió con Zulema para la corte de Castilla con objeto de hacer en ella lo que ya hemos visto.
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CAPÍTULO XI
La noche que Lara contaba haber empleado útilmente en la especie de audiencia que doña Urraca le había prometido, se pasó la mayor parte en el salón del alcázar con harto sentimiento suyo, no solo porque se le escapaba la ocasión más favorable de adelantar sus asuntos, hallándose la reina enojada contra el conde de Candespina por lo sucedido con Alí; sino porque veía en la venida de este moro un grande obstáculo a todos sus proyectos.