El conde de Candespina (2 de 2)
Part 4
—Quiero —dijo— probar a mis leales servidores que me intereso en su dicha, y nada será más agradable al conde que ver feliz a su amigo en brazos de mi bella camarera, a quien sospecho que no le pesará tampoco de ello, por más que ahora se sonroje.
—Vuestra Alteza es la bondad misma; mas puede ser que alguna otra boda causara más placer al conde que la de Hernando: la suya por ejemplo...
—¡Hola!, quieres vengarte haciendo que también... Tú me las pagarás.
Y esto lo decía acariciando la mejilla de su confidente, que no podía volver de su admiración, viéndose tratar con tanto cariño al cabo de meses que apenas se hacía mención de ella para nada.
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CAPÍTULO VII
El lector recordará sin duda que cuando el conde de Candespina se retiró de la presencia de doña Urraca, la primera vez que la vio desde su regreso a León, iba tan apesadumbrado por el modo con que fue recibido que se encerró en su cuarto, dando orden a sus criados que a nadie dejasen entrar en él, incluso a su íntimo amigo Hernando. Sucedió pues que, ansioso este caballero de saber cómo doña Urraca se había comportado con el conde, fue a su casa, en la cual se halló extremadamente sorprendido viendo que por primera vez se le negaba la entrada, que estaba acostumbrado a encontrar franca. Desde luego conoció que debía haber sucedido alguna cosa que hubiera disgustado al conde notablemente para obligarle a estarse en estricta reclusión; y persuadido de que así que se calmara algún tanto le recibiría y comunicaría sus penas, se retiró con propósito de volver al siguiente día, y así lo hizo en efecto; pero fue precisamente cuando ya el conde había salido para el alcázar, dando antes la orden para que todo estuviera dispuesto de modo que pudiese salir antes de dos horas de León. Apenas Hernando supo tal determinación, mandó que se le dispusiera también un caballo para él, pues de ninguna manera dejaría partir solo a su amigo, aunque se arriesgase a enojar a doña Leonor; y en seguida se fue también al alcázar a buscar al conde, quien se hallaba en la cámara de la reina cuando el de Olea llegó. Decidido a esperarle, púsose a pasear por los salones no haciendo caso de cuantos se hallaban en ellos, y sin que tampoco se le acercase ningún cortesano. Hernando era para ellos una fiera, en cuyas inmediaciones no se creían seguros: sofismas y razones especiosas nada valían con un hombre cuyo único argumento era la lanza, y para quien no había respetos humanos capaces de moderarle, como no fuese de parte del conde su amigo o de doña Leonor; por consiguiente, los cortesanos le temían demasiado para que buscasen su compañía, y él los despreciaba tan altamente que no se curaba de su amistad más que de su odio. Paseábase pues solo, como hemos dicho, y en la mayor agitación, haciendo de cuando en cuando algún gesto amenazador y murmurando entre dientes tal cual imprecación, que eran evidentes señales de que la cólera le dominaba, precisamente en ocasión en que el conde de Lara se presentó en el alcázar para ver a la reina. Aunque Su Alteza no había querido recibirle en todo el día anterior, calculaba acertadamente don Pedro que era por efecto de su declaración amorosa, que estando demasiado reciente haría que la reina no pudiera verle sin turbarse; pero ya pasadas veinticuatro horas pensaba que habría tenido tiempo para serenarse, y que, en consecuencia, le recibiría. Se engañó sin embargo en sus conjeturas: en vano insistió en que se le anunciase a la reina que se hallaba allí: se le contestó que Su Alteza se hallaba conferenciando con el conde de Candespina, y que había absolutamente prohibido que nadie entrase.
—Eso no puede entenderse conmigo —dijo orgullosamente.
—Vueseñoría se engaña —le contestaron—: está expresamente dicho que no entre el conde de Lara.
—¿Cómo? ¿Será posible?
—Sí, señor.
—Ya tenemos aquí al incomparable conde de Candespina, ¿para qué quiere Su Alteza más servidores?
—Para nada los necesita —exclamó Hernando perdida ya la paciencia—, para nada.
—Sosegaos, noble Hernando, sosegaos: nadie trata de injuriar a vuestro amigo.
—¿Injuriarle? ¡Cuerpo de Cristo! Mientras Hernando conserve el uso de sus brazos, ¿quién osará en su presencia injuriar al conde de Candespina? Nadie; y menos que nadie cortesanos cuyas únicas armas son la lisonja y la calumnia.
Mudó de color Lara, y los que le rodeaban, asombrados de semejante lenguaje, quedaron como petrificados.
—Sois violento en extremo, Hernando.
—Sincero, franco es lo que soy.
—Norabuena; pero os excedéis en vuestras palabras.
—Cuanto dice mi lengua lo sostiene mi espada; y no todos hacen lo mismo...
—Aquí nadie ha dicho cosa que pueda ofenderos.
—El que la hubiera dicho ya estaría arrepentido.
—Mucho presumís.
—Pronto estoy a darle pruebas al que tenga dudas.
—Nadie las tiene; pero no debe sorprenderos que el conde de Lara extrañe que se le niegue la entrada adonde se le concede al de Candespina.
—¿Y por qué ha de extrañarlo? ¿Pueden los servicios del conde de Lara compararse con los de don Gómez? Cuando el conde de Candespina, solo por decirlo así, fue a sacar del corazón de un reino enemigo a doña Urraca, ¿se le ocurrió al conde de Lara disputarle la preferencia?
—Si la ocasión se hubiera presentado...
—En Soria se presentó a todos igualmente. ¿Quién arriesgó su vida, don Gómez o don Pedro?
Iba el conde a contestar, pero felizmente acaso para él salió el de Candespina de la cámara de la reina con un semblante tan gozoso que llamó la atención de todos. Apenas le vio Hernando volvió la espalda al de Lara, y dirigiéndose a él:
—Loado sea Dios —le dijo— que os encuentro; decidme...
—Venid conmigo y os diré cuanto queráis. Caballeros, guárdeos el cielo.
Y diciendo así ambos amigos salieron del alcázar dejando absortos al conde de Lara y demás personas que allí se hallaban. Sin embargo de todo, no quiso el conde de Lara abandonar el campo sin hacer la última tentativa para conseguir su objeto; y así que Hernando y el conde se marcharon, hizo tanto que logró finalmente que se entrara recado a la reina de que deseaba hablarla, no dudando de que doña Urraca le recibiría inmediatamente; pero más le hubiera valido no empeñarse tanto, pues marchándose desde luego habría evitado el desaire que sufrió cuando públicamente le dijeron que Su Alteza no quería de ningún modo recibir a nadie más. Cuál fue la turbación del orgulloso don Pedro viéndose desairar a la faz de todos los cortesanos, fácil es de pensar. Supo contenerse en público y afectar un semblante sereno; pero sus entrañas se abrasaban, y juraba interiormente arriesgarlo todo para vengarse de su rival. Dominado de tales sentimientos llegó a su casa, y llamó a Lope, criado de toda su confianza, para encargarle una comisión de la cual pendía el éxito de todos sus proyectos. La oposición de doña Urraca a recibirle le hacía conocer que la reina temía tratarle demasiado bien; y por lo mismo una conversación secreta con ella era el objeto de todos sus deseos. Convencido de que por los medios ordinarios no lo lograría, al menos tan pronto como lo exigían las circunstancias, se decidió a dar un paso algo violento pero que podía tener excusa dándole cierto aspecto novelesco muy del gusto de la reina. Todas estas reflexiones fueron obra de un instante, y ya estaban hechas cuando Lope se presentó a su amo con un aire que quería ser humilde, pero que no pasaba de hipócrita.
—Lope —le dijo el conde—, te tengo mandado que trabes amistad con los criados inferiores del alcázar.
—Sí, señor.
—Y que averigües cuidadosamente todas las interioridades.
—Sí, señor.
—Y bien, ¿se han cumplido mis órdenes?
—Sí, señor.
—¿Y sabrás responderme alguna cosa más que «sí, señor», salvaje?
—Sí, señor, lo que Vueseñoría me mande.
—Veamos, pues, si conocerás al jardinero.
—Sí, señor, un buen mozo muy bebedor.
—Eso no es del caso.
—Vueseñoría me perdonará que le diga que sí lo es, porque ambas calidades, la de buen mozo y la de bebedor, son las que me han hecho buscar con preferencia su amistad.
—Pues a ti, bribón, ¿qué diablos te importa su figura?
—A mí, la verdad sea dicha, nada; pero a una doncella de doña Camila...
—¿La dama de honor?
—Sí, señor, pues a esa, como iba diciendo, le ha parecido bien la figura de Cosme, y como doña Camila es dama de Su Alteza, ya ve Vueseñoría...
—Lo que yo veo es que no has perdido el tiempo en la corte. Mas déjate de digresiones, y dime si es hombre el jardinero con quien se puede contar...
—Para cuanto se quiera: con solo suministrarle algunos cuartillos...
—Aunque sean azumbres: toma esta bolsa; gasta sin temor, y cuenta con una buena recompensa si antes de la noche logras introducirme secretamente en el jardín del alcázar.
—¿Antes de la noche, señor?
—Sin remedio; marcha y ten presente lo que voy decirte: el conde de Lara recompensa con oro a sus servidores; pero tiene un puñal para los indiscretos.
—Crea Vueseñoría que yo...
—Basta; marcha a ejecutar mis órdenes.
La reina tenía costumbre de bajar ordinariamente sola, o cuando más acompañada de una de sus damas, a pasearse por los jardines del alcázar al ponerse el sol; y el conde de Lara, que en la época de su privanza había tenido alguna vez que otra el alto honor de ser exceptuado de la regla que excluía a todo hombre de aquel paseo, sabía por consiguiente que en ningún momento se presentaría ocasión más oportuna para hablar a doña Urraca. La dificultad consistía solo en penetrar en aquel recinto sagrado: mas como el oro todo lo puede, el jardinero Cosme, merced a una dosis más que regular de un vino añejo tan delicioso para él como el néctar de los dioses, y a unos cuantos maravedises, puso en manos del astuto Lope una llave de la puerta falsa del jardín del alcázar. Lleno de aquel júbilo infernal que siente todo malvado cuando acaba de hacer una buena picardía, corrió Lope a llevar a su digno amo la llave del jardín, que aquel recibió con el contento fácil de imaginar. Recompensó ampliamente, como lo había prometido, el celo de Lope, y encargándole de nuevo el secreto, partió disfrazado con ropas humildes a situarse en paraje del jardín oportuno para sus miras. Escogió para ocultarse un cenador cubierto de verde y tupida yedra, y en él esperó, no sin alguna inquietud, la llegada de la reina, cuyo paso lento y mesurado no tardó en herir sus oídos. Doña Urraca venía sola, pues en ninguna ocasión más que en aquella tenía motivos de entregarse a las más serias reflexiones. Los condes de Lara y Candespina la ocupaban enteramente: no sabía por cuál decidirse. Pues aunque es cierto que entonces, aun a su mismo entender se inclinaba la balanza en favor de don Gómez, sin embargo la imagen seductora de don Pedro la perseguía sin cesar. Tal era la perplejidad en que se hallaba cuando llamó su atención el ruido de las hojas movidas por Lara, que saliendo de su escondite se presentó de repente a sus ojos; y antes de que hubiera tenido tiempo de pronunciar una sola palabra, ya el cortesano arrodillado a sus pies besaba humildemente la falda de su vestido.
—Suspenda Vuestra Alteza su enojo —dijo, interrumpiéndose con profundos sollozos—, soy culpable, es verdad; pero la causa de mi delito es Vuestra Alteza misma...
—¡Cómo, conde de Lara!, ¿habéis osado...?
—¿...arriesgarlo todo para ver a Vuestra Alteza? ¿Qué otro medio me quedaba? Arrastrado por el ímpetu de una pasión irresistible, yo mismo pronuncié mi sentencia declarando mi amor. Vuestra Alteza me ha castigado privándome de su presencia. Yo vengo a pedir la muerte, mil veces preferible al tormento de no ver a doña Urraca.
—¿Y no podíais haber esperado?...
—Sí, señora, si el amor fuera capaz de esperar; pero me ha sido imposible.
El resto de la conversación que siguió, sobre ser demasiado prolija, es además de tal naturaleza que nos parece excusado abusar de la paciencia de nuestros lectores referírsela menudamente. El hecho es que fue larga; que en ella desplegó Lara todo su arte, no de amar sino de seducir; y que doña Urraca le dejó ver demasiado la inclinación que le tenía. Sin embargo, le declaró positivamente que estaba resuelta a no partir el trono con nadie, y en efecto así era la verdad; pues escarmentada con el pasado matrimonio con el rey de Aragón, juró que aunque llegase a dar su mano a un príncipe o magnate, reservaría para sí sola toda la autoridad en Castilla, y además le manifestó que los servicios y popularidad del conde de Candespina exigían que se le tuviesen las mayores consideraciones. A otro hombre con más delicadeza y menos conocimiento de la humana fragilidad le hubieran desalentado tales preliminares; pero Lara, que conocía a la reina, esperaba, quizá no sin fundamento, que cediendo por entonces a todo, el tiempo y su maña la harían mudar de propósito. Habiendo, pues, logrado a fuerza de ruegos y extremos que doña Urraca prometiera recibirle al siguiente día en el mismo paraje, aunque en presencia de una dama de quien por ser parienta de Lara creyó poder fiarse, se retiró muy entrada la noche a su palacio.
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CAPÍTULO VIII
Amaneció el día siguiente al de los sucesos que acabamos de referir, y el sol no madrugó más que la mayor parte de los actores de nuestra historia, pues cada uno de ellos se hallaba demasiado agitado para poder entregarse largo tiempo al reposo. En efecto, doña Urraca acababa de comprometerse, por decirlo así, con los dos condes, y buscaba inútilmente algún medio para quedar airosa con ambos. Candespina se veía a punto de recobrar su ascendiente y, a su entender, de conseguir todos sus deseos. Lara, aunque en realidad había perdido momentáneamente como privado, conocía que como amante estaban sus negocios en el mejor estado; y por último, doña Leonor y Hernando, que en aquel día debían unirse con lazo indisoluble, es de presumir que tampoco estarían muy tranquilos. La magnífica catedral de León se había adornado con el mayor aparato para la ceremonia religiosa que se preparaba: los habitantes de la capital circulaban por las calles vecinas al alcázar esperando con ansia el momento en que la desposada saliese de él acompañada de la reina; los cortesanos, vestidos con un fasto excesivo, llenaban ya los regios salones, y la nueva privanza del conde de Candespina era el objeto en que todos se ocupaban. Solo el conde de Lara no se presentó en el alcázar, y esta falta produjo una sensación visible: sus parientes y amigos parecía que asistían forzados a aquella ceremonia, y demostraban en el arrugado ceño y ademanes desdeñosos el descontento que padecían: los demás, conformando su conducta a las circunstancias, volvían a elogiar a don Gómez, y a soltar de cuando en cuando tal cual epigrama contra Lara: en una palabra, un día bastó para que todo mudase de aspecto. Las diez de la mañana serían cuando salió del alcázar la real comitiva para la catedral. La novia, con un suntuoso vestido regalo de su soberana, marchaba al lado de esta, tan ruborosa, tan bella, que acaso no hubo un hombre, entre la multitud que la rodeaba, que no envidiase la dicha del venturoso Hernando, quien a la puerta del templo la esperaba en compañía del conde su amigo, y un sinnúmero de parientes y parciales, con un ansia fácil de concebir. No se dijeron una palabra los dos futuros esposos; pero una mirada fue para cada uno de ellos más expresiva que lo hubiera sido un discurso por elocuente que fuese. La comitiva entró en la iglesia: sus bóvedas resonaron con los himnos sagrados, y a poco ya Leonor y Hernando habían jurado al Supremo Hacedor amor y constancia eterna. Celebrose en seguida el santo misterio de nuestra redención, y los esposos salieron de la catedral con la misma comitiva que a ella habían llevado. La ceremonia religiosa que acababa de terminarse parecía haber dado a todos los ánimos cierta serenidad que anunciaban los placenteros rostros de damas y caballeros, únicamente ocupados en los festejos que, para más solemnizar la boda de su camarera y amigo, habían dispuesto la reina y el conde de Candespina; pero cuando ya la comitiva entera, acabando de salir del templo, se ordenaba para regresar al alcázar, llamó la atención general el confuso rumor del pueblo que abría paso a una persona que apresuradamente venía al encuentro de la reina. Era este un moro, vestido según la costumbre de su país, con extraordinaria magnificencia y montado en un caballo andaluz admirable por su belleza y gallardía. Coronaba el turbante del infiel una pieza de finísimo y brillante acero, terminada en figura cónica: cubría su pecho una coraza no menos lucida, en la cual llevaba engastadas razonable número de piedras preciosas; y el puño de la cimitarra, pendiente del costado derecho, así como el de la gumía o daga que llevaba en la cintura, correspondían a la riqueza del resto de su equipo. Seguíale a pie un esclavo negro como el ébano, cargado con la lanza y adarga de su señor. La persona del moro era la de un hombre de mediana estatura bien configurado pero cuyos miembros no habían aún adquirido toda la robustez de que eran capaces: su rostro moreno claro, sus ojos vivísimos, la delicadeza de sus facciones, y sobre todo el bozo apenas naciente que en él se reparaba, descubrían que su edad no podía pasar de dieciocho a veinte años. Como Castilla se hallaba en paz con los mahometanos españoles, la venida de uno de estos a León nada tenía de particular, pues aunque moros y cristianos eran enemigos por religión y política, acostumbraban sin embargo a visitarse recíprocamente por curiosidad u otras causas cuando las circunstancias se lo permitían. En el reinado del padre de doña Urraca especialmente se hicieron más comunes las relaciones entre ambos países, tanto porque don Alfonso debió protección y amparo a los musulmanes, en la persecución que sufrió de parte de su hermano don Sancho, como porque posteriormente casó con Zaida, princesa mora sevillana. Por esto, pues, aunque la presencia del moro que hemos tratado de describir excitó como es natural la curiosidad de los leoneses, no les pareció de ningún modo alarmante su repentina aparición.
La reina misma se volvió hacia el lado de donde venía el rumor, y se paró a admirar la elegancia de la figura y riqueza del vestido del infiel, que habiendo preguntado quién era la reina y habiéndolo sabido por uno de los circunstantes, saltó con la mayor ligereza de su caballo a tierra, y con sereno y modesto continente se encaminó derecho a ella. Llegado a sus inmediaciones, hizo tres reverencias seguidas cruzando los brazos sobre el pecho e inclinando el cuerpo hasta tocar casi en el suelo con la cabeza, y en seguida, postrándose a los pies de doña Urraca, esperó humildemente a que esta le dirigiese la palabra, en lo que se tardó algún tanto, pues tan inesperada acción sorprendió a la reina de Castilla. En fin, después que se hubo recobrado, le dijo, haciéndose un tanto atrás:
—Álzate, moro, y di qué quieres.
—Reina de Castilla, sultana de la belleza, flor de los nazarenos —contestó el infiel levantándose—: el libro de la verdad dice que la luz del sol brilla para todos.
—Verdad es; pero sed breve o dejad vuestra súplica para momento más oportuno.
—Alí, hijo de Hamet, solo viene a pedir a tu justicia un campo en qué lidiar.
—Moro, si de alguno de mis vasallos tienes queja, yo te haré justicia.
—La afrenta que el noble recibe, solo con la sangre del que se la hizo puede lavarse: y está escrito que Hamet derramará la del traidor que le ultrajó, con la ayuda de Alá y del santo Profeta.
—Bien: nómbrame al menos tu ofensor.
—Que la maldición del Profeta caiga sobre su detestable cabeza. Sultana de Castilla, en tu presencia y a la faz de tu pueblo acuso de traidor y desleal, indigno del nombre de caballero, al malvado que los hijos del Nazareno llamáis conde de Lara.
—¿Qué dices, infiel? —exclamó la reina, mas no pudo continuar, pues las últimas palabras de Alí, pronunciadas en voz elevada, hiriendo los oídos del pueblo, produjeron en la multitud un efecto extraordinario. Lo mismo que la cristalina superficie del océano, si de repente sopla un recio huracán, se rompe y divide en enormes montañas de agua que chocándose entre sí causan un pavoroso estruendo, del mismo modo las injurias del moro contra el conde de Lara produjeron en el pueblo leonés, o al menos en gran parte de él, la mayor agitación. Desde luego las personas prudentes y tímidas se retiraron de la concurrencia; pero la muchedumbre, siempre curiosa, siempre amiga de novedades y pronta a irritarse cuando cree ser la más fuerte, prorrumpió en descompasadas voces contra el infiel, que osaba, decían, venir a insultar a los cristianos en sus propios hogares. Alí volvió el rostro sosegadamente al pueblo; contempló su agitación con la misma serenidad que si no se tratara de su persona, y pareció dispuesto a esperar la resolución de doña Urraca, que llena de espanto no acertaba a proferir una palabra. Los caballeros que rodeaban a la reina, y en particular el conde de Candespina, se disponían a hablar a la plebe para tratar de calmarla; mas hubieron de renunciar a su proyecto viendo que los amigos y parciales del conde de Lara, movidos de un espíritu frenético de venganza, empezaron a gritar:
—Muera el perro infiel que se atreve a insultar a los ricos hombres de Castilla.
Y al punto brillaron desnudas más de veinte espadas contra el inalterable Alí, que sin perder nada de su serenidad, desnudó la cimitarra, tomó en un instante el escudo de manos del negro, y se puso en ademán de hacer frente a sus contrarios.
—¡Asesinos, cobardes! —gritó Hernando de Olea desnudando su acero y poniéndose al lado del moro—; conmigo las habrá el que se atreva a tocarle.
El conde de Candespina también tiró su espada en defensa del agareno, y como es de presumir todos los de su bando hicieron otro tanto. Quien únicamente conservó su sangre fría fue don Diego López, que formando un escuadrón cerrado con la guardia de la reina sacó a esta señora y a sus damas del tumulto, y las condujo a palacio. Entre tanto se aumentaba el número de los contrarios y defensores de Alí: ambos partidos se llenaban de injurias, y hubieran llegado a las manos sin la circunstancia de estar el de Lara sin jefe y ser el conde de Candespina quien capitaneaba el contrario. Alí no encontraba expresiones con que agradecer a los parciales del conde el interés que tomaban por él; y les suplicaba que le abandonaran a su suerte, antes que derramar por él la sangre de sus hermanos. Pero Hernando juraba que haría pedazos al primero que osase acercarse, y los demás caballeros deseaban aprovechar aquella ocasión de saciar sus antiguos rencores. A pesar de la prudencia y esfuerzos de don Gómez, tal vez hubiera sido imposible evitar un combate sangriento si la casualidad de haber pasado esta escena en las inmediaciones de la catedral no hubiera hecho que los canónigos, testigos de aquel desorden, se apresuraran a revestirse y salir de la iglesia, llevando en procesión una imagen de nuestro Redentor, muy venerada en la ciudad. Esto y las persuasiones de los canónigos disiparon por entonces al pueblo y partidarios de Lara; y Alí pudo, escoltado por sus defensores, ir a la posada del conde de Candespina, adonde le llevaron para mayor seguridad. Hernando encontró allí a su bella esposa entregada a la más cruel inquietud; pero con el gozo de verle sano y salvo no se acordó siquiera de reprenderle por lo que ella llamaba su temeridad. Advertimos a nuestros lectores que el conde había suplicado a Hernando que ocupase con su esposa una habitación de su propia casa; y dejaremos para el capítulo siguiente referirles lo que en ella pasó con el valeroso Alí, hijo de Hamet.
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CAPÍTULO IX