El conde de Candespina (2 de 2)

Part 3

Chapter 34,079 wordsPublic domain

Aprovechando el conde de Candespina las treguas que en aquellos tiempos daba el invierno a la guerra, fue a León, ciudad en que doña Urraca tenía entonces su corte, movido tanto por el deseo de verla como por el de empezar a disponer las cosas para su proyecto favorito; pues, disuelto ya el matrimonio de la reina, su pretensión era legal. La manera con que doña Urraca se había separado de él, prodigándole las señales del más sincero afecto, le hacía creer con fundamento que sus proposiciones serían favorablemente acogidas, y entregado a las más lisonjeras esperanzas dio vista a las torres de la ciudad de León; pero aún distaría una media legua de ella cuando salió a recibirle su fiel amigo Hernando de Olea. Pasada la alegría del primer momento, trabaron conversación como era natural sobre lo ocurrido en Galicia, y después de haber Hernando referido aquellos acontecimientos:

—Cómo ha de ser —dijo el conde—, ya no tiene remedio. Decidme ahora algo de vuestros asuntos: ¿cuándo os casáis con la bella Leonor?

—No se tardará mucho, don Gómez; por la reina ya estaría hecho, pero yo...

—¡Es posible! ¿Por vos, Hernando, se ha diferido?

—Sí, conde, por mí: ¿había yo de casarme sin estar vos presente? No por cierto.

—Conque en efecto la reina continúa interesándose por vos.

—¿Qué sé yo? No es todo oro lo que reluce.

—¿Cómo? No os entiendo.

—Ni es fácil; porque mientras habéis estado ausente son tantas las mudanzas que ha habido... Pero vos lo veréis por vuestros propios ojos.

—Explicaos, en nombre del cielo.

—No quisiera anticiparos un disgusto.

—Hernando, en nombre de la amistad que nos une, decidme qué es lo que se ha mudado.

—Todo: doña Leonor no goza ya de la privanza que antes con la reina; Hernando y don Diego López son respetados en la corte porque es fama que tienen muy larga la espada; el nombre de Candespina se pronuncia aún alguna vez en el alcázar, pero a modo de palabra de conjuro, en voz baja y como si fuera un delito.

—¡Qué me decís!

—¿Os sorprende? Es natural.

—Si me lo dijera otro que vos, no lo creyera.

—Mirad, conde, yo lo estoy viendo y apenas lo creo. Por lo mismo he ocultado en León vuestra llegada. Nadie en la corte sino don Diego y yo os espera: nadie está prevenido. Fácil os será, sorprendiéndolos, convenceros de mi verdad.

—¿Pero a qué atribuir tan extraña mudanza? Cuando la reina salió de Burgos...

—Cuando la reina salió de Burgos estaba muy reciente el servicio que acababais de hacerla, y no había tenido tiempo aún el vil don Pedro González...

—¡Hernando! ¡Hernando! ¿De un noble habláis así?

—Su nacimiento podrá ser noble; pero sus hechos son villanos. Siempre adulando al que tiene delante: siempre calumniando a los ausentes...

—Pero veamos...

—No hay más que ver sino que parece que ha hechizado a la reina. Perdóneme Dios; pero imposible es que no haya brujería.

—Dejad por la Virgen Santa eso, y decidme si, en fin, doña Urraca se ha mudado completamente.

—Pluguiera a Dios que yo me engañase; pero está desconocida. Castellar y Soria han desaparecido de su imaginación; no hay aragoneses que puedan contrastarla; y todo en el mundo se cifra en ese malaventurado don Pedro, que a fuerza de reverencias y palabras blandas la ha trastornado.

—¿Y es posible que haya caído en redes tan groseras?

—Es mujer, y...

—Teneos; es nuestra reina.

—Vos lo veréis.

—Podrá ser; pero nunca me olvidaré de que soy su vasallo.

—Ni yo, don Gómez; mas me duele ver que un miserable se lleve el fruto de vuestras fatigas.

—Dejémoslo a la mano de Dios, que él lo dispondrá como más convenga.

Razonando así llegaron a León. No dudaba el conde de la sinceridad de su amigo; pero como a pesar de todo el cariño que le profesaba no tenía la más alta idea de su penetración, dudó dar crédito a cuanto le refería, creyendo se hubiese fascinado por un exceso de amistad. Sin embargo, se engañaba: la privanza del conde de Lara era tan pública que no se necesitaba más que tener ojos para verla; y por otra parte, el frecuente trato con su futura esposa Leonor había civilizado, por decirlo así, a Hernando. De todos modos el conde, lleno de dudas harto fatales, hizo que su amigo anunciase a la reina su llegada; pidiendo al mismo tiempo permiso para presentarse a besar sus pies. Fue Hernando a desempeñar aquella comisión precisamente en un momento en que el conde de Lara se hallaba en compañía de la reina.

—¡Don Gómez en León! —exclamó algún tanto turbada doña Urraca.

—¿Sin consentimiento de Vuestra Alteza? —añadió imprudentemente Lara.

—¿Por ventura estaba desterrado el conde de Candespina? —le preguntó Hernando arrojándole una furiosa mirada al mismo tiempo.

—Y bien, decidle que puede desde luego presentársenos.

—Vuestra Alteza será obedecida.

Salió Hernando y quedaron solos la reina y Lara, pensativos además uno y otro. Por primera vez meditaba doña Urraca en qué había dejado que, bajo todos aspectos, adquiriese demasiado ascendiente en su espíritu el rival del conde de Candespina. Las pretensiones de este a su mano estaban autorizadas, no solo por sus recomendables prendas y servicios relevantes, sino además por la opinión del pueblo y el voto expreso de la mayoría de la nobleza; su conciencia decía a la reina que si algún hombre era acreedor a ser su esposo, sin duda había de ser el conde de Candespina; pero su inclinación hablaba a favor de Lara. Como hábil cortesano había de tal modo llegado a comprender don Pedro el carácter de doña Urraca que ella misma no se entendía tan bien como él. Debilidades, virtudes, inclinaciones, antipatías, de todo sabía aprovecharse, todo servía para sus fines. Sin embargo, la repentina llegada de su rival no dejaba de sobresaltarle. Don Gómez era hombre que tenía en sí tantos o más recursos que él para emplearlos en la intriga, si quería hacerlo; y si hasta allí había desdeñado tales medios, ¿quién aseguraba que en adelante haría lo mismo? Estas y otras reflexiones análogas ocuparon largo rato a doña Urraca y a don Pedro, hasta que pareciendo volver este en sí, dirigió en tono abatido la palabra a la reina de este modo:

—Vuestra Alteza me dará su permiso para que yo me retire.

—¿Y para qué? ¿Dónde vais?

—Señora, mi presencia en este momento, cuando no molesta, es al menos inútil.

—Si lo fuera, la reina os lo hubiera manifestado.

—No quiera Dios que yo ofenda a Vuestra Alteza; pero Vuestra Alteza va a recibir...

—¿Al conde de Candespina?

—Sí, señora, a ese mortal privilegiado que dos veces ha tenido la dicha de salvar a Vuestra Alteza; al que una vez fue propuesto para vuestro esposo.

—Vuestra presencia no me impedirá el recibirle.

—¡Señora!

—Quedaos.

—Por cuanto hay de sagrado suplico a Vuestra Alteza que me permita retirarme.

—¿No podré yo saber qué razones son las que producen tan extraña conducta?

—Permítame Vuestra Alteza que calle.

—No puede ser; explicaos.

—Vuestra Alteza quiere que yo mismo pronuncie mi sentencia de muerte.

—¿Qué estáis diciendo, conde de Lara? ¿Habéis perdido el juicio?

—Sí, señora, loco debo de estar pues he osado...

—¿Qué es lo que habéis osado?

—Voy a decirlo; pero al menos prométame Vuestra Alteza su indulgencia.

—Concedida; hablad.

—Y bien, señora, mi temeridad es inaudita: miserable mortal, me he atrevido a poner los ojos en el cielo. Amo, adoro, idolatro a Vuestra Alteza —dijo esto arrojándose a los pies de la reina—. Me habéis prometido indulgencia. Sabéis mi fatal secreto; queréis aún que presencie el triunfo del que...

—Basta; reportaos, que alguien se acerca —y humedecidos los ojos tendió la mano a Lara para ayudarle a levantarse.

Un hombre se acercaba en efecto, y era el mismo conde de Candespina. Jamás hubo personas más turbadas que la reina y los dos condes. El de Candespina a pesar de venir ya prevenido por Hernando, no quería dar crédito a sus ojos viendo la reserva de doña Urraca; esta, después de haberse informado de la salud de don Gómez, hizo rodar la conversación sobre asuntos políticos, con objeto de serenarse y disimular más bien su turbación; y Lara, recobrando en un instante su aire apacible y lisonjero, se mostró con el conde de Candespina como hubiera podido hacerlo su más sincero amigo.

La posición de los tres actores de aquella escena era tan violenta que no podía ser de larga duración. Don Gómez, que apenas acertaba a contener su enojo, fue quien primero pidió a doña Urraca permiso para retirarse, y ella, temiendo quedarse de nuevo a solas con Lara, le hizo seña para que saliese al mismo tiempo que el de Candespina. Salieron pues juntos ambos magnates de la cámara de la reina, absortos cada uno en reflexiones bien distintas en su especie: Lara, a quien no se ocultó la profunda emoción que causó en la reina su amorosa declaración, y que había presenciado la fría acogida que obtuvo su rival, rebosaba de júbilo y daba libre curso a los ambiciosos proyectos de su fantasía; Candespina, por el contrario, tocando la triste verdad de cuanto su amigo le había dicho, veía perdido todo el fruto de sus incesantes trabajos, sin saber a qué atribuirlo ni qué partido tomar. Todas las pasiones imaginables combatían a un tiempo su despedazado corazón, y a dar en hombre menos firme en la senda de la virtud, hubieran podido producir grandes trastornos en Castilla; pero el conde de Candespina no se desviaba jamás del camino recto. «Desconoce mi lealtad —decía entre sí—; paga mis servicios con frases estudiadas y vacías de sentido; prefiere el dulce veneno de la lisonja a la santa verdad que me es imposible ocultar. No importa: siempre es mi reina; mi vida es suya; consagrémosla a su servicio, y tal vez cuando yo no exista lograré al menos que mi memoria le cueste alguna lágrima».

Pero a pesar de toda su filosofía, aquel golpe fue mortal para don Gómez. Llegó a su casa tan demudado que los criados se asustaron al verle, mas él, asegurándoles que nada tenía de particular, se encerró en su cuarto dando orden que a nadie se dejase entrar, incluso al mismo Hernando de Olea. Así permaneció luchando entre mil afectos contrarios hasta el siguiente día por la mañana, que dio la orden de que todo se hallase dispuesto para salir de León antes de dos horas, y en seguida salió dirigiéndose al alcázar.

No había pasado aquellas veinticuatro horas doña Urraca muy agradablemente: la inclinación y el deber la indicaban dos caminos opuestos uno al otro. Su corazón se había ya decidido; pero la justicia clamaba contra aquella elección, y la reina no podía acallar el grito de su conciencia. Por otra parte no tenía a quien acudir pidiendo consejo; su confidente Leonor, apasionada y prometida esposa de Hernando de Olea, era demasiado parcial de Candespina para contar con ella; y las demás señoras que la servían, no habían llegado a adquirir suficiente confianza para depositar en ellas secreto de tanto peso. La reina no había querido recibir a nadie en particular, ni menos presentarse en público; pero cuando la anunciaron que el conde de Candespina solicitaba una audiencia, no se atrevió a negársela.

—Decidle que a nadie he recibido, pero que a él no sabré rehusarle que me hable cuando quiera —dijo a la dama que había entrado el recado, y cuando salió de la cámara añadió a media voz—: ¡cuán caros me cuestan tus servicios, conde de Candespina!

[Ilustración]

CAPÍTULO VI

Por más que un soberano quiera ocultar sus inclinaciones; por más estudio que ponga para que los que le rodean no conozcan quién es la persona que mayor afecto le merece, puede decirse que es casi imposible que los cortesanos no lleguen a descubrirlo. Únicamente ocupados en espiar las acciones del príncipe, son como la ligera veleta que varía de dirección a impulso del más apagado soplo del viento; el ensalzado conoce su fortuna en las adoraciones que los palaciegos le tributan antes que en los favores del soberano; y el pobre caído preverá su próxima desgracia, por poco tacto que tenga, en la imprudente altanería con que le tratarán. Decimos esto porque era curioso y deplorable a un tiempo observar la diversa conducta de la mayor parte de los cortesanos de Castilla respecto al conde de Candespina, antes de su ausencia y después de su regreso. Entonces no se hablaba más que de su valor y magnanimidad: el uno decía que era el mejor capitán de su siglo; el otro que no había hombre de estado que le igualase en saber; y el de más allá le citaba como el espejo de los caballeros. Todos se honraban con su amistad; haber hablado con el conde de Candespina un cuarto de hora seguido era una dicha de que se hacía el mayor aprecio, y el favorecido tenía cuidado de recoger las expresiones del héroe de Castellar para repetirlas como otros tantos apotegmas y textos sagrados. Un enjambre de hambrientas moscas no acude más presuroso a los panales que la multitud de los cortesanos corría en los salones del alcázar de Burgos a colocarse de modo que cada uno de ellos pudiera hacerse visible personalmente al libertador de la reina. Los menores movimientos de su rostro, una sonrisa, un gesto hecho impensadamente, el aire más o menos preocupado de su persona; todo daba pábulo a las conversaciones; todo producía interminables conjeturas. ¡Cuán diferente cuadro se hubiera presentado a la vista del observador en el alcázar de León!

Seguía el conde de Candespina a una dama de la reina que le guiaba a la cámara de su señora; y ambos caminaban tan despacio y tan cabizbajos que era imposible verlos sin adivinar que cada uno iba entregado a sus reflexiones particulares, prescindiendo absolutamente del otro. La más profunda tristeza se veía estampada en el rostro de Candespina: no había podido perder aquella fisonomía, su natural nobleza; mas tampoco conservaban sus ojos la generosa audacia que le caracterizaba en tiempos más dichosos. La posición de los cortesanos era verdaderamente crítica. Si otro cualquiera hubiese caído de la gracia de la reina, tenían ya marcada la senda que seguir, cortando con él todo género de comunicaciones y afectando tratarle con el más alto desprecio. Pero con el conde de Candespina les era imposible portarse de tal modo. Las razones eran muchas y muy claras: ciertamente el conde don Gómez había cesado de ser el favorito de la reina; pero estaba lejos de hallarse malquisto de ella. Lara era el más querido; Candespina el más estimado; aquel el más obedecido; este el más respetado. Tratar con desprecio al conde de Candespina era arriesgarse a probar los filos de su terrible tizona; conservar con él los mismos ademanes respetuosos que en otro tiempo era perderse para siempre con el conde de Lara. ¿Qué hacer, pues? ¿Cómo navegar en aquel mar sembrado de escollos? Un solo arbitrio les quedaba: la fuga; y en efecto lo adoptaron. Nunca bandada de tímidas palomas se dispersa con más prontitud al acercarse el milano; ni huye más ligero el ciervo acosado por los lebreles a la espesura del bosque como, al presentarse don Gómez por segunda vez en el alcázar, se dispersaban y huían los áulicos de su presencia, evitando hasta el tener que saludarle. Era de ver la perplejidad de los que más torpes o menos ligeros no pudieron evitar su encuentro de ningún modo: unos para salir del compromiso fingían hallarse sumamente acalorados en la discusión de cualquier punto; otros, no tan discretos, se resolvían a saludar, y nada más ridículo, nada más asqueroso, permítasenos la expresión, que la manera con que lo hacían. Temor, vileza, falsedad, todo se veía pintado en su mirar oblicuo, engañosa sonrisa y ademanes encogidos. En otra ocasión se hubiera el conde reído de ellos, pero entonces puede decirse que ni los vio. Sus esperanzas destruidas en un solo instante, la felicidad de Castilla comprometida, y la existencia política de la misma doña Urraca aventurada, confiándose las riendas del gobierno a su rival, le ocupaban exclusivamente; y así llegó a presencia de la reina, sin haber reparado en ninguno de cuantos encontró al paso.

No era posible presentarse a doña Urraca en ocasión más oportuna para los intereses del conde de Candespina: la especie de reclusión en que la reina pasó las veinticuatro horas que hemos dicho había dispuesto su espíritu de muy distinto modo que se hallaba el día anterior. Lara no la había podido ver de ningún modo: doña Urraca conocía su debilidad; recibirle y exponerse a que renovara la plática de su amor era arriesgarse a darle, a su pesar tal vez, esperanzas a cuya realización se oponían gravísimas razones. Quiso pues tomarse tiempo para fortificarse en la resolución de prohibirle que la requiriese de amores, y cuantas reflexiones hacía con este objeto redundaban en favor de don Gómez.

El semblante de este descubrió desde luego a la reina la agitación en que se hallaba; y como la causa de ella no podía tampoco ocultársela, se conmovió singularmente.

—Entrad, conde —le dijo—, y sentaos, que vuestra salud no parece mucho mejor que la mía.

—Mi salud, señora, es harto buena. ¡Ojalá!... Mas yo no vengo a molestar a Vuestra Alteza con quejas de mi mala suerte, y sí solo a tomar su venia para retirarme de la corte.

—¿Cuándo?

—Hoy.

—¿Por cuánto tiempo?

—Lo ignoro; acaso por siempre, a menos que Vuestra Alteza tenga necesidad de mi persona, que entonces...

—Será pues excusado que os marchéis; vuestra persona me es siempre útil.

—Señora, ¿en las circunstancias actuales y en León, de qué puede servir el conde de Candespina? Es sobradamente sincero para ser buen cortesano, y no faltan a Vuestra Alteza caballeros que en esta materia suplirán muy ventajosamente su falta.

—Conde don Gómez, con mucho menos de lo que habéis dicho bastaría para que la reina de Castilla dejara libre para marcharse de su corte a cualquier otro caballero de ella; pero a vos, a quien debo el trono y la vida...

—Olvide Vuestra Alteza servicios que ya están recompensados.

—¡Olvidarlos! ¡Jamás!

—Pues bien, señora, en premio de ellos no pido a Vuestra Alteza más gracia que su licencia para dejar la corte.

—¿Qué es esto, don Gómez? ¿Quién ha sido el que os ha dado causa...?

—Nadie, señora. Mi carácter solo... Negocios particulares. En fin, señora, es indispensable, aun para la tranquilidad de Vuestra Alteza misma, que yo me retire de León.

—Es forzoso decís para mi tranquilidad que os retiréis de León...

—Sí, señora: lo es; crea Vuestra Alteza a mi celo, el mayor servicio que actualmente puedo hacerla es alejarme de su presencia.

—Si os conociera menos, creería, don Gómez, que dominado de alguna manía incomprensible habíais perdido la razón; pero vuestra cordura me es notoria.

—Vuestra Alteza tiene demasiada bondad en ocuparse tanto de lo que nada vale. Mi ausencia de la corte es asunto de pequeña importancia. Días ha que falto de ella y no se me ha echado de menos.

—Conde, conde, a vuestro pesar se os conoce que os domina la cólera.

—¡La cólera! ¿Por qué, señora? ¿Por qué? Si la cólera me dominase medios habría de satisfacerla; mi brazo puede aún manejar una espada, aún soy...

—Conde, recordad con quién habláis.

—¡Ojalá no lo tuviera tan presente! Ved, señora, uno de los motivos por los que deseo separarme de la corte: criado en los campos de batalla, acostumbrado al trato sin dobleces ni arterías del simple soldado, el conde de Candespina no puede vivir en donde, perdóneme Vuestra Alteza que lo diga, la verdad es un crimen, la adulación una costumbre, la hipocresía una virtud necesaria. No, señora, yo no puedo, no debo quedarme. Cuando Vuestra Alteza vea sus reinos amenazados por enemigos interiores o extraños, entonces mi espada, mi persona, mi vida, serán las primeras...

—No lo dudo, don Gómez, vuestra lealtad me es conocida, y en favor de ella puedo olvidar la dureza de algunas de vuestras expresiones. Mi amistad...

—¡La amistad de doña Urraca! ¡Amistad, señora! Yo hubiera querido no estar largo tiempo en presencia de Vuestra Alteza. La disposición de mi espíritu es sobradamente violenta para poder contenerme...

—Y bien, decid cuanto queráis; pero calmaos.

—¿Qué es lo que he de decir? Lo que Vuestra Alteza está cansada de saber; lo que nadie ignora en Castilla.

—No alcanzo.

—Sí, señora, Vuestra Alteza lo sabe. ¿Por ventura tan pocos años hace que amo a Vuestra Alteza?

—Amarme, ¿y os atrevéis?...

—¿Por qué no? ¿Es un delito amar? Tormento podrá ser para el infeliz amador; ofensa para el amado, jamás. La barrera está ya rota, ahora Vuestra Alteza debe saber el resto: quizá de este modo se convencerá de que debo alejarme.

—Norabuena: concluid.

—No seré largo; no molestaré a Vuestra Alteza recordándole las infinitas pruebas que tiene de mi amor, aunque jamás esta palabra haya salido de mi boca hasta hoy: no hablaré tampoco de que la nobleza y el clero de Castilla me honraron proponiéndome...

—Lo sé: continuad.

—Sí, señora; todo esto nada importa; la voluntad de Vuestra Alteza es la sola que puede decidir en esta materia, y ya ha decidido.

—Os engañáis.

—Pluguiera a Dios.

—Os lo aseguro.

—Señora, ¿por qué se complace Vuestra Alteza en atormentarme?

—Lejos de eso, deseo tranquilizaros.

—¡Imposible, imposible! Tranquilidad para mí, solo en la tumba. Cuatro años trabajando, suspirando sin cesar solo para conseguir un objeto, y en el momento en que más me lisonjeaba la esperanza, cuando tal vez hubiera podido lograrlo, otro hombre se presenta.

—¿Quién?

—El conde de Lara.

—¿Qué decís?

—La verdad.

—¿Quién os lo ha dicho?

—Mis ojos; Castilla entera.

—Os han engañado, conde don Gómez. ¿Queréis más? Doña Urraca desciende a daros satisfacciones: ved si aprecia vuestros servicios.

—Si pudiera persuadirme...

—Persuadíos pues...

—Vuestra Alteza tiene demasiada bondad con un frenético indigno de ella; pero es preciso que yo deje León.

—¿Por qué? ¿No basta lo que he dicho?

—No, señora, no basta: yo me he aventurado a hablar a Vuestra Alteza de mi amor; esta confesión exige una respuesta.

—¡Dios mío! ¿Quién si os oyera diría que es un vasallo el que habla con su reina? Sois singular.

—Responded, señora, os ruego...

—Terminemos esta conversación, conde: vos y yo estamos harto agitados para poder continuarla. No os mando como reina, como dama os suplico que os quedéis en León.

—Vuestra Alteza sabe que soy esclavo de su voluntad.

—Pues bien, retiraos por ahora, y no salgáis de mi corte.

—¿Sin una palabra?

—¿Bastará que os diga que a nadie conozco en Castilla más digno de ser amado que a vos?

—Ah, señora, añadid que no seréis de otro...

—Nunca, conde; idos.

Cuando el conde se decidió a ir a pedir a doña Urraca permiso para salir de León, llevaba en efecto intención de limitarse a hacer su súplica, sin entrar en más explicaciones, convencido de que ni la reina se las pediría, ni dejaría de aprovechar con mucho gusto la ocasión que él mismo presentaba para desembarazarse de su presencia; pero la inopinada resistencia que opuso doña Urraca a su partida llegó a encender su ánimo de tal modo que ya no le fue posible contenerse. Por su parte, la reina, apreciando en su merecido valor las buenas calidades y afecto hacia ella del conde, no podía consentir en que abandonase la corte, como descontento de ella, un hombre conocido en España entera por los servicios que le había prestado y las virtudes que le adornaban. Hallaba, es cierto, más gracias en don Pedro de Lara; pero el mérito evidente de don Gómez la obligaba, por decirlo así, a profesarle cierto afecto más ardiente que la amistad, aunque no pudiera llamarse amor. Así fue como, sin que ni el uno ni el otro hubiesen formado proyectos anteriores, se explicaron completamente en la conversación que acabamos de referir, la cual se terminó retirándose el conde de Candespina a su casa tan gozoso como triste había salido de ella, y quedándose la reina satisfecha de haber en cierto modo pagado la deuda que con él tenía. Parece indudable que en aquel momento triunfó en su corazón don Gómez, pues apenas hubo salido de su cámara cuando llamó a doña Leonor para decirle que no quería se difiriese más tiempo su boda, pues había llegado el conde de Candespina, que debía ser padrino.