El conde de Candespina (2 de 2)
Part 2
La reina tenía razón. El conde de Candespina eligió tan bien sus posiciones para sacar partido de la ventaja que en el número tenía sobre los aragoneses que, a pesar de las acertadas medidas de don Alfonso, la victoria tardó poco en decidirse por los castellanos. Rechazados por todas partes los aragoneses volvían sin embargo a la carga repetidas veces, no perdonando sus jefes medio alguno para estimularlos al combate: mas todo fue inútil; los castellanos dieron sobre ellos con tal furia que, rotos los escuadrones enteramente, no les fue posible volver a rehacerse. El mismo don Alfonso, conociendo la imposibilidad de conseguir su fin, resolvió retirarse, y le fue menester emplear toda su ciencia y valor para poder hacerlo con los pocos que a su lado conservaban aún algún orden.
Conseguido su objeto, mandó don Gómez tocar retirada, mas Hernando de Olea, que en aquel combate, como en todos, había hecho prodigios de valor, se empeñó tanto en la persecución de los aragoneses que, separándose enteramente de los que le seguían, que no eran muchos, se vio rodeado de enemigos; y eran tantos los golpes que llovían sobre él, que hubiera sucumbido a no ser por el señor de Nájara. Este caballero, que aunque menos arrebatado no cedía en valor a Hernando, le había seguido muy de cerca y acudió a propósito para sacarle del eminente peligro en que se hallaba; uniéronse después con Candespina y todos juntos marcharon a encontrarse con la reina.
Esta seguía su marcha con no poco sobresalto, oyendo apenas las continuas y refinadas alabanzas que el conde de Lara la prodigaba, hasta que recibió noticias de la completa derrota de las tropas de su marido, que entonces ya, según algunos autores, empezó a saborear las lisonjas del galante conde, cuyo carácter no podía ser más a propósito para captarse su voluntad.
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CAPÍTULO III
Al mismo tiempo que el ejército castellano levantó el cerco de Soria, marchando a Burgos, salió de los reales el conde don Pedro Ansúrez, libre de los hierros que temía arrastrar largo tiempo; pero abrumado con el peso de su repentina y terrible desgracia. Un solo instante había disipado el mágico edificio de sus esperanzas, y a la manera con que el infeliz que en sueños ve terminados sus males, halla al despertarse la triste realidad de su duración, así también don Pedro, pronto a conseguir cuanto deseaba, se vio de repente desamparado y solo en el universo. Su penetración era demasiada para que pudiese ocultársele cuán peligroso sería volver a Soria, pues aunque a la verdad estaba inocente en todo lo acaecido, le era imposible presentar de ello pruebas tan evidentes como sin duda exigiría don Alfonso. Por otra parte, aun suponiendo que lograra justificarse, no desconocía el conde que, a menos de renunciar para siempre a Castilla, no podía volver a unirse con los aragoneses; pues ya era demasiado general la sublevación de los castellanos para que llegase enteramente a sofocarse. Estas reflexiones y otras no menos graves le decidieron a marchar a Valladolid, ciudad principal de sus estados, en la cual podía permanecer con alguna seguridad de su persona hasta que la fortuna, decidiéndose por uno de los dos partidos, le indicase cuál era el que debía seguir; y así lo verificó en efecto.
Don Alfonso, imposibilitado por falta de tropas de renovar sus ataques contra el ejército de doña Urraca, regresó a Soria: de allí marchó a Aragón llamado por asuntos de la mayor importancia; y abandonando por entonces las cosas de Castilla en manos del destino, dedicó su atención a las guerras que continuamente sostenía contra navarros y franceses. Y no fue esta la única circunstancia que contribuyó a favorecer el partido de la reina, sino que apenas llegada esta señora a Burgos, ciudad que se entregó sin demora por capitulación, se recibieron cartas de Compostela en las cuales anunciaba su arzobispo que el Sumo Pontífice le había comisionado para que en su nombre juzgase definitivamente de la validez del matrimonio entre doña Urraca y don Alfonso. Esta nueva causó en la corte de Burgos la más agradable sensación: todos sabían que el grado de parentesco de los dos augustos contrayentes era bastante para que el matrimonio fuese de hecho nulo, y no se dudaba de que el juez nombrado por Su Santidad decidiese con toda justicia: porque don Diego Gelmírez, primer arzobispo de Compostela, era un prelado digno de los primeros tiempos de la Iglesia, por su celo, saber y virtudes; y su notorio patriotismo además le había hecho el ídolo de cuantos le conocían. Pero si los que miraban aquel negocio únicamente bajo el aspecto político se llenaron de gozo al saber la resolución del papa, figúrese el lector cuál sería el júbilo del conde de Candespina. Sus señalados servicios no solo al estado sino a la persona de la reina, y en particular el último, le daban en efecto derecho a esperar, no sin fundamento, que, libre doña Urraca de los lazos que la unían al rey de Aragón, podría tal vez verificarse el proyecto de los grandes que se juntaron en Mascaraque a fines del reinado de Alfonso VII; y, además, el agrado con que doña Urraca le continuaba tratando alentaba infinito sus esperanzas. Mas no por esto varió don Gómez de conducta: siempre modesto, siempre afable con sus inferiores e inflexible con los iguales, era adorado del pueblo, y respetado aunque no querido de los grandes. No así el conde de Lara, quien, fiado en su fortuna, también osaba aspirar a verse algún día rey de Castilla, cosa difícil mas no imposible. Aunque la reputación de este señor no fuera tan general ni tan sentada como la del conde de Candespina, sin embargo sus riquezas eran grandes, muchos sus parientes, y podía contar en su partido a infinito número de cortesanos amantes del ocio y la disipación, quienes preveían su inevitable ruina con el triunfo de don Gómez.
Todo esto lo sabía el conde de Lara, y de todo sacaba partido: su casa era el centro, el foco, digámoslo así, de cuantas diversiones y festejos se disfrutaban en la corte. De ella salían las modas en el vestir, las divisas para los torneos y las serenatas nocturnas; la reputación de las damas, no era, es verdad, muy respetada entre sus secuaces; pero en cambio no había género de galantería que no se inventase para deslumbrarlas, y particularmente a doña Urraca.
En la corte, en misa, en paseo, nunca dejaba de presentarse a la reina el conde de Lara con cuanta gala y bizarría podía ostentar; seguíanle sus amigos, y él y ellos no cesaban de alabar cuanto hacía y decía la reina. Desgraciadamente era esta harto sensible a la lisonja, y manejada con arte por un caballero galán y discreto, no podía dejar de hacerla alguna impresión, sobre todo por el notable contraste que ofrecía este proceder con el del conde de Candespina. Afluente y adulador el primero, lacónico y grave el segundo; severo el uno, licencioso el otro; encomendando aquel a los hechos de mostrar su pasión sin hablar nunca de ella, y manifestándola el otro con cuantas exterioridades alcanzaba: en todo eran distintos. Doña Urraca tenía inclinación a los placeres, y aborrecía sobre todas las cosas sujetarse a ajena censura; de modo que don Gómez era para ella un amigo de cuya sinceridad no podía dudar, pero al mismo tiempo un hombre rígido, a quien miraba más bien como a padre que como a amante: don Pedro de Lara, que por el contrario siempre se hallaba dispuesto no solo a tomar parte en cualquier diversión, sino a inventarlas en caso de necesidad, y que parecía adivinar los deseos de la reina, era muy a propósito para cautivar su corazón. El agradecimiento y la razón militaban por don Gómez; pero don Pedro tenía a su favor las naturales inclinaciones de la reina.
Aún no había pasado un mes desde que esta señora se hallaba en Burgos, y ya su conducta era totalmente distinta que cuando llegó a aquella capital de sus estados. Consultaba como siempre los arduos negocios del reino con el conde de Candespina; mas en vez de seguir solamente su dictamen, como al principio lo hacía, nunca dejaba de pedir el suyo al conde de Lara, cuya influencia y valimiento se aumentaban visiblemente. Mas a pesar de todo no estaba don Pedro satisfecho, conociendo que la lucha era todavía muy desigual, pues al cabo no podía desvanecer los servicios positivos de don Gómez. Se le ocurrió para alejarle de la reina un expediente plausible, y se lo propuso a esta en ocasión de un festín que se daba en el alcázar. El de Candespina rara vez concurría a tales asambleas, que no aprobaba mucho, pareciéndole que las circunstancias eran todavía harto peligrosas para pensar en diversiones; y precisamente por la misma razón de que él no iba a ellas, las promovía su rival con más empeño.
—Pensativo estáis, conde de Lara —dijo la reina, viendo que por primera vez no tomaba este, al parecer, interés en la brillante reunión que encerraba el alcázar.
—Confieso a Vuestra Alteza —contestó el conde— que lo estoy más de lo que yo quisiera.
—¿Estaríais por ventura enamorado?
—Pudiera decir a Vuestra Alteza que sí, en caso de poderse llamar amor el que se profesa a un dios; pero debe decirse de esto adoración.
—Sutil estáis; pero al cabo no sabremos qué os ocupa tanto el pensamiento.
—Lo que siempre, señora; los intereses de Vuestra Alteza.
—¿Mis intereses? Yo os lo agradezco. ¿Y no me diréis qué punto de ellos es el que tan importante os parece que ni aquí podéis apartarlo de la memoria?
—¿Y cuándo se aparta Vuestra Alteza de ella? Pero Vuestra Alteza me permitirá que le haga presente que este paraje no es el más oportuno para tratar negocios de importancia.
—Sin embargo, habréis de decírmelo, pues aunque reina soy mujer y, como tal, curiosa.
—La voluntad de Vuestra Alteza es ley para mí.
—Decid, pues.
—Pensaba, señora, que don Alfonso no dejará de tener sus agentes en Compostela, y que la presencia de Vuestra Alteza en aquella ciudad sería muy útil para la pronta y mejor decisión del juicio en cuestión.
—No está mal pensado, conde de Lara, y yo os agradezco la solicitud; pero no me parece prudente dejar Castilla en este momento.
—Vuestra Alteza juzga con su acostumbrado tino, mas no sería imposible obviar ese inconveniente.
—No lo alcanzo.
—Por ejemplo, si Vuestra Alteza dejase en estos reinos una persona de toda su confianza, como el conde de Candespina, ¿no bastaría su presencia para mantenerlos en la debida obediencia?
—Pudiera ser.
—Verdad es que tendría Vuestra Alteza que privarse por algún tiempo de sus consejos: mas doña Urraca ¿de quién necesita para dirigirse?
—Pensaré en vuestro proyecto, que no me parece despreciable.
—Mis intenciones, al menos...
—Conde de Lara, estoy penetrada de ellas.
Así se terminó con no poco placer de don Pedro esta conversación. Lejos del conde de Candespina veía muy bien que no tardaría en ser pronto el privado de la reina, y una vez llegado a tal punto no contaba dejar espacio a su rival para perjudicarle.
La reina, por su parte, empezaba a cansarse de la estancia en Burgos, y tanto para variar de posición, como con la idea de acelerar su divorcio, resolvió su viaje a Compostela, anunciándoselo así al conde de Candespina la mañana misma que siguió a la noche del festín de que acabamos de hablar.
Don Gómez, a pesar de que sentía vivamente tener que separarse de la reina, no se atrevió a oponerse a su voluntad; y consintió, aunque no sin pena, en sacrificar sus intereses personales a los de doña Urraca. Esta se manifestó con él tan cariñosa en aquella ocasión, que poco le faltó ya al conde para arrojarse a sus pies y declarar abiertamente su pensamiento; se contuvo, sin embargo, reflexionando que aún era esposa de otro, y reservó para tiempo oportuno manifestar sus pretensiones. Siendo tan ajena la envidia del carácter de Candespina como la cobardía, no le alarmó la privanza del conde de Lara: conocía su infinita superioridad sobre él, y ni por el pensamiento le pasaba que la reina pudiera nunca escoger a don Pedro para marido.
Sin duda no era aún en aquel tiempo proverbial la sentencia de que cuando las mujeres tienen en que escoger, escogen lo peor, que está muy vulgarizada en nuestro siglo.
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CAPÍTULO IV
En tanto que pasaba en Burgos lo que acabamos de referir, llegó el conde de Ansúrez a Valladolid, y sabiendo que el pontífice había nombrado juez a don Diego Gelmírez en el pleito del divorcio de los reyes, no dudó un momento en abandonar el partido aragonés, y en efecto proclamó que reconocía la autoridad de doña Urraca y que sometía a ella cuantas ciudades, villas y aldeas de él dependían, haciéndoselo saber a la corte por medio de un mensaje. Bien hubiera querido doña Urraca despojarle de todos sus estados, pero el conde de Candespina se lo disuadió, y la única medida de precaución que se tomó fue la de poner alcaides de conocida fidelidad a la reina en los castillos y fortalezas que habían hasta allí seguido el bando aragonés. Mas don Pedro, al mismo tiempo que trataba de reconciliarse con sus compatriotas, no quiso perder enteramente la gracia del rey de Aragón, por si un día variaban de aspecto los negocios. Difícil empresa era la de conservar a un tiempo la amistad de dos potencias enemigas, como Castilla y Aragón, gobernadas por dos esposos a punto de divorciarse; pero sin embargo creyó el conde de Ansúrez haber hallado medio para conseguirlo. Con este objeto salió de Valladolid para Aragón, llevando en su compañía algunos criados, y cuando estuvo en el pueblo donde momentáneamente se hallaba don Alfonso, se presentó ante él vestido de ropas de sayal, cubierta la cabeza de ceniza, ceñido el cuello con una cuerda de esparto y descalzos los pies,[1] que más parecía penitente o ajusticiado que noble castellano. Fue esto en ocasión que el rey salía de su alojamiento con algunos cortesanos, y viendo aquel hombre tan extrañamente aderezado, se paró a considerarle preguntándole:
[1] El hecho que aquí se refiere es absolutamente histórico, y conviniendo en su relación cuantos han escrito sobre la materia, desgraciadamente para la memoria del conde, es indudable.
—¿Qué es eso, hermano, qué os ha acaecido que así venís?
—Vuestra Alteza no me conoce —contestó el conde—, y yo...
—¿Cómo, traidor, osas ponerte en mi presencia? ¡Hola! Prendedle.
—Rey Alfonso, escuchadme. Vedme aquí a vuestros pies: yo os he servido fiel y lealmente mientras he podido hacerlo; pero Dios dispuso las cosas de distingo modo del que vos y yo esperábamos. No fui yo quien sacó a la reina de Soria.
—¿Ni quien puso en su poder las plazas de Castilla la Vieja?
—He debido hacerlo. Toda Castilla...
—Callad, noramala, y quitaos de mi presencia, o pesaros ha.
Volvió con esto el rey la espalda al conde, dejándole mohíno y pesaroso del mal efecto que produjo su mojiganga. Desde allí regresó a Valladolid, donde despreciado por todos los partidos, empleó a lo menos útilmente el resto de sus días fundando diversos establecimientos piadosos, y construyendo varios edificios públicos, entre los cuales el puente que aún existe en aquella ciudad.
La reina, en este intermedio, se había trasladado con toda su corte a Compostela, donde estaba su hijo del primer matrimonio, a la sazón aún muy niño. Don Pedro de Lara, que la acompañó en aquel viaje, era quien todo lo gobernaba en su casa. Insensiblemente y a fuerza de lisonjas llegó a adquirir tal ascendiente sobre el ánimo de doña Urraca que no sabía esta dar un paso sin su consejo. Poco a poco fue abandonando la aparente moderación de que al principio usaba: todo había de humillarse en su presencia, so pena de caer en desgracia el que osara resistirle; y no contento con avasallar a los que dependían de la corte de Castilla, quiso hacerlo del mismo modo con los grandes de Galicia. Pero aquellos magnates tenían sobrado orgullo para ceder, y tanto más cuanto que a la sazón no eran realmente súbditos de doña Urraca, pues al morir el padre de esta princesa legó en su testamento a su nieto don Alfonso el condado independiente de Galicia; y a más, como ya se ha dicho, le habían aclamado rey de Castilla sus tutores los condes de Traba. Estos, que eran dos hermanos de linaje esclarecido y gran poder en Galicia, no podían tolerar las altanerías del conde de Lara; diariamente había entre ellos competencias sobre la preferencia en los asientos en asambleas y funciones; de estas nimiedades se pasó, como de ordinario sucede, a cosas de mayor importancia; y, por último, ambos partidos se declararon la guerra abiertamente. Doña Urraca, cediendo a las sugestiones de su privado, jamás quiso tratar a su hijo más que como a conde de Galicia, y los hermanos Traba pretendían que el conde de Candespina le había reconocido en nombre de Su Alteza como rey de Castilla. De aquí resultó que los compostelanos empezaron a mirar con no poca animosidad a doña Urraca, y que por fin estalló el furor popular de una manera espantosa.
En ocasión de una fiesta que se celebraba en la metropolitana iglesia de Compostela, se empeñó el conde de Lara en que la reina había de ocupar asiento preferente al de su hijo don Alfonso, y aunque los tutores de este al principio oponían una obstinada resistencia, cedieron sin embargo a las súplicas del dignísimo arzobispo don Diego Gelmírez. Llegó en efecto el día de la fiesta, y la reina ocupó su asiento sin dificultad; pero apenas vieron los gallegos al niño don Alfonso pospuesto a su madre, cuando, arrebatados de saña, salieron del templo, y ya fuera de sí con la cólera, se amotinaron pidiendo a voz en grito la cabeza de don Pedro de Lara y trataron con sobrado desacato la persona misma de doña Urraca. Conoció esta, aunque tarde, su imprudencia, y entonces echó de menos por primera vez a su leal don Gómez. Concluido el oficio divino, se trató de salir de la iglesia; pero el populacho furioso la rodeaba: los mismos condes de Traba procuraban en vano calmar el tumulto, y empezaban a temer algún funesto acontecimiento.
La reina y sus damas más parecían cadáveres que personas vivientes; el conde de Lara, poseído de un terror pánico, no acertaba a proferir una palabra; y solos tres individuos conservaban alguna sangre fría en aquel trance, que eran el arzobispo, Hernando de Olea y su inseparable compañero don Diego López. Estos dos últimos opinaban que formando un escuadrón los cortesanos, saliesen espada en mano con la reina y sus damas; pero don Diego Gelmírez no quiso consentir en ello.
—Harta sangre de cristianos —dijo— ha sido derramada por cristianos; y los enemigos de Dios triunfan con nuestras criminales enemistades. En nombre del que todo lo puede os prohíbo hacer uso de las armas.
—Padre mío —le contestó la reina—, vuestra elocuencia podrá tal vez calmar a esos furiosos.
—Señora, mi elocuencia es ninguna; pero Dios, que ve la pureza de mis intenciones, hablará por su siervo.
—Sí —dijo por fin el conde de Lara—, habladles, santo pastor, y tal vez...
—Tal vez —interrumpió Hernando, no pudiendo ya contenerse—, tal vez valiera más que vuestras locuras no hubieran irritado a ese pueblo.
Iba el conde a contestar, mas el arzobispo y la reina interpusieron su autoridad, lo que acaso no hubiera bastado para detener a Hernando, ya ciego de cólera; pero doña Leonor asiéndole del brazo no tuvo más que decirle, con una voz que penetró hasta lo íntimo de su corazón, «¡Hernando mío!», y el irritado león se convirtió en manso cordero.
Salió sin perder tiempo el arzobispo a arengar al pueblo: el espíritu divino parecía inspirarle; sus razones eran concluyentes; mas el furor dominaba a los gallegos, y se obstinaron en que a nadie dejarían salir del templo más que a los sacerdotes, si no se entregaba a su venganza el conde de Lara. No faltó quien opinase entre los cortesanos que, pues la necesidad lo exigía, debía sacrificársele al interés general; mas ni la reina lo hubiera consentido nunca, ni aprobádolo la mayoría de aquellos caballeros. Probáronse en vano todos los medios imaginables para aplacar a los amotinados, y la ansiedad de la corte de doña Urraca no podía ser ya mayor, cuando el arzobispo imaginó un expediente tan ingenioso como arriesgado para él, con que salvar a los castellanos. Se despojó de sus sagradas vestiduras y cubrió con ellas al conde de Lara, quien a favor de este disfraz salió de la iglesia sin que nadie se lo estorbara, rodeado por los familiares del arzobispo, que tenían los curiosos a suficiente distancia para que no pudiesen conocerle; y pasado el tiempo que creyó bastante para que el conde, según habían concertado, saliese a caballo de Compostela, se mostró el mismo prelado al pueblo: le hizo relación del ardid de que se había valido para evitar que cometiese un crimen horrendo.
—Y si necesitáis absolutamente para calmar vuestra ira una víctima —dijo—, aquí me tenéis; pronto estoy a terminar, por complaceros, una vida que toda entera os he consagrado. Pero cuando el Dios de las venganzas me pregunte: «¿Qué has hecho del rebaño que te he confiado?». «Señor», diré, «el enemigo del género humano se ha apoderado de él, mis ovejas descarriadas corren ciegas a la perdición». Y entonces el Omnipotente, soltando la rienda a su irresistible enojo, dejará caer sobre vosotros todo el peso de su ira. La maldición de Dios... Pero no, compostelanos: aún es tiempo de reparar vuestras faltas. Acatad en la persona de doña Urraca la imagen de Dios en la tierra; dejadla salir libremente y yo imploraré para vosotros la divina misericordia.
Este breve discurso, las sugestiones caritativas de varios eclesiásticos que andaban mezclados entre el pueblo, y la idea de que ya se les había escapado el objeto principal de su venganza, redujeron a los rebeldes a términos más razonables, haciéndoles por fin consentir en dar libertad a la reina, con condición de que saliera en las veinticuatro horas de Compostela, reconociendo antes el título de rey de su hijo y su soberanía especial e independiente en el condado de Galicia. En todo consintió doña Urraca, y todo lo cumplió exactamente, pues suplicando al arzobispo el pronto despacho del pleito de su divorcio, salió aquella misma tarde para León.
Tales eran los aciagos sucesos del partido de doña Urraca en Galicia, mientras que el conde de Candespina, su leal servidor, lograba a fuerza de actividad, talento y política, reducir a su obediencia a Castilla y a León, y organizar un ejército capaz de hacer frente a don Alfonso, quien, habiendo hecho treguas con los navarros, era de presumir volviese las armas contra su mujer. Así lo hizo en efecto; pero sabedor de que doña Urraca se hallaba en Galicia, e ignorando el suceso por el que tuvo que ausentarse de aquel reino antes de lo que pensaba, se encaminó contra él. Derrotó completamente al ejército gallego, mandado por los hermanos Traba, y es posible que su hijastro hubiera caído en sus manos, si el arzobispo de Compostela no se hubiera refugiado con él en Portugal. Con noticia de estos acontecimientos trajo el conde de Candespina sus tercios a las fronteras de Galicia; pero la llegada del invierno terminó aquella campaña sin dar lugar a que castellanos y aragoneses viniesen a las manos, retirándose los primeros a sus cuarteles de invierno, y los segundos, ricos con los despojos de los infelices gallegos, a su patria. A pesar de la agitación continua en que las circunstancias tuvieron todo aquel tiempo a don Diego Gelmírez, no descuidó el íntegro prelado el examen del casamiento de doña Urraca con el rey de Aragón; y después de haberlo todo considerado con el tino y prudencia que le caracterizaban, declaró poco tiempo después de su regreso a Compostela, que en nombre del Sumo Pontífice decidía ser enteramente nulo el matrimonio de la reina de Castilla, promulgando su sentencia con las formalidades de costumbre.
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CAPÍTULO V