El conde de Candespina (1 de 2)
Part 6
El paciente don Diego López llevaba con resignación aquella calamidad, contentándose con rogar a Dios le sacase de ella; mas el iracundo Hernando, incapaz de sufrimiento, no reposaba un instante. Su imaginación le presentaba ya el cadalso a que le seguían sus compañeros, ya una oscura prisión en que como él gemía su amigo don Gómez; pero sobre todo las delicadas manos de la bella Leonor cargadas de pesados hierros era la idea que más le atormentaba. Entregándose otras veces a la más ciega esperanza, veía triunfantes las armas de Candespina, creía arrancar con sus propias manos a Leonor del poder de los satélites aragoneses; y la más dulce, la más grata de las recompensas que podía imaginar, era la mano de su dama. Ora prorrumpía en terribles maldiciones contra su destino, ora, y eran las más veces, imploraba uno después de otro a todos los santos del cielo, ofreciendo a este una novena, a aquel una misa para que milagrosamente le sacaran de allí. El señor de Nájara oía tranquilamente sus arrebatadas expresiones, o sus ruegos, y acababa siempre exhortándole a la paciencia, único recurso en verdad que entonces tenían, pero que Hernando no podía tomar a menos, decía él, que no le hiciesen enteramente de nuevo.
—Decid lo que queráis, don Diego —le decía Hernando—, decid lo que queráis, pero yo jamás podré acostumbrarme a vivir encerrado entre cuatro paredes.
—Os han de acostumbrar por fuerza —replicó el de Nájara.
—Noramala nos acordamos de cazar. Lo que más me mata es ignorar absolutamente qué es de la reina, de don Gómez y de..., de doña Leonor.
—La reina estará o presa, o en su palacio.
—Sí; por fuerza en alguna aparte estará, y no deseo yo a Su Alteza que esté como nosotros. Os juro por el santo de mi nombre que estoy desesperado.
—Y yo os lo creo, Hernando, sin que juréis; pero hiciérades mejor en sosegaros, que llevándolo con paciencia ganarais al menos para con Dios.
—Sí; bueno es rogar a Dios, pero mejor sería ayudarnos nosotros en algo, pues estándonos así siempre...
—¿Y está en nuestra mano hacer otra cosa?
—Parece que no; pero discurrid a ver si encontráis algún medio para salir de aquí.
—Que nos abran las puertas, y...
—El día que se abran acaso será para sufrir en un cadalso...
—Dios nos defienda: mas hágase su voluntad.
—Amén, amén; pero veamos, ¿no se podrían forzar los hierros de esta reja?
—A menos que por un milagro no tengáis de repente las fuerzas de Sansón.
—Cuerpo de mí; ¿y dos hombres que saben manejar lanza y espada han de morir aquí como perros? Más valiera que aquellos almogávares hubieran concluido con nosotros.
—Quién sabe. Tal vez el cielo nos prepara mejor suerte de la que pensáis.
—Tal vez, y entonces han de pagar aquel maldito día en que nos dejamos coger como en ratonera; si las armas de los leales llegan a sacarnos de aquí, si una vez vuelve mi brazo a blandir la lanza, ¡ah, señores aragoneses!, ajustaremos nuestras cuentas y no habéis de salir alcanzados en golpes; no.
—Norabuena: más quiero veros así.
—Oíd, don Diego, veis estos malditos vestidos de pieles que nos pusieron aquellos salteadores, los he conservado ambos desde aquel día; y hasta que se los haga poner uno por uno a todos los caballeros de Aragón no he de sosegar.
—¿Sabéis qué me ocurre?
—¿Qué?
—Que si una vez llegamos a poder salir de este encierro, esos vestidos facilitarían nuestra fuga.
—Cierto, si encontramos un medio...
—Puede ser.
—¡Dios mío!, y ¿cuál es?
—Esperad: dejadme pensar un poco.
—No; decid, decid, después pensaréis.
—Se trata de... Silencio: son nuestros carceleros..., después hablaremos.
[Ilustración]
CAPÍTULO X
No se engañó don Diego; los que con su venida interrumpieron la interesante conversación que con Hernando tenía eran sus carceleros, que venían a traerles la comida. Entraron, como siempre, silenciosos y comedidos en sus acciones, aunque adustos en el gesto; pusieron la mesa, en la cual sirvieron una comida no mezquina, y aguardaron, sin proferir una palabra, a que los prisioneros concluyesen de comer; cosa que no fue larga, pues preocupado el uno con el proyecto que para evadirse estaba formando, y ansioso el otro de saberlo, puede decirse que apenas tocaron los manjares que tenían delante. Llegó, pues, la para ellos suspirada hora de verse libres de la presencia de sus carceleros, y luego que estuvieron solos, Hernando, impaciente por enterarse del proyecto de su amigo, acumulaba pregunta sobre pregunta y no dejaba proferir una palabra a don Diego, quien, acostumbrado a proceder en todo con admirable pausa y prolijidad, no sabía tampoco qué responder. Por fin, viendo el de Olea que nada sabría si no dejaba a su compañero de cautividad tiempo para coordinar sus ideas y explicarlas a su modo, hubo de contenerse y logró lo que tanto deseaba, que era enterarse del plan formado por don Diego, cuyos pormenores omitiremos, pues habiendo de hablar de su ejecución inmediatamente, sería ocioso decirlo de antemano. Baste saber que mereció la aprobación de Hernando en todas sus partes, y que en cuanto a él, solo temía el señor de Nájara que lo echase a perder por excesivo ardor.
Ya se ha dicho que a pesar de que se tenían con don Diego y Hernando todas las consideraciones debidas a su calidad, eran sin embargo aquellas compatibles con la estricta vigilancia necesaria para guardar prisioneros de tal jerarquía; y por lo mismo se había prevenido a sus carceleros que visitasen con frecuencia la prisión, con el objeto de evitar que pudiesen ocuparse en forzar alguna reja o buscar otro arbitrio para fugarse. La última de estas desagradables visitas que solían recibir nuestros cautivos era pasada la media noche. Los carceleros entraban ambos con su linterna, armados cada uno de un puñal y daga: reconocían primero el aposento, y en seguida se acercaban cautelosamente cada uno a la cama de uno de los dos presos para asegurarse de que efectivamente estaban en ellas. Esta fue la hora que los dos caballeros escogieron para poner en ejecución su peligrosa empresa. Pasaron las que le precedieron en un profundo silencio, interrumpido solo ya por un suspiro, ya por una exclamación involuntaria y aislada, o por algunas frases de oración que dirigían al cielo para que les fuese propicio en aquel trance.
Lo más difícil para ambos era fingirse dormidos tan perfectamente que sus carceleros no concibiesen sospechas y estuviesen desprevenidos; pero al cabo, la indispensable necesidad de hacerlo y el importante resultado que se proponían conseguir les ayudaron a verificarlo con toda la propiedad que podía desearse.
La una de la noche sería cuando el sordo ruido de llaves y candados anunció la llegada de los carceleros; rechinó la pesada puerta moviéndose sobre sus goznes, e iluminó el aposento la pálida y escasa luz de las linternas: la respiración de ambos caballeros era igual y sostenida, y ni el más perspicaz observador hubiera podido adivinar que realmente estaban despiertos y luchando entre el temor y la esperanza.
—Duermen —dijo el castellano al aragonés.
—Para siempre había de ser —replicó este.
—Calla, no despierten y lo oigan.
—¡Qué han de oír! ¿No oyes como ronca el pelmazo de don Diego?
«No tardaremos», dijo este entre sí, «en ver cuál de los dos lo es más».
—Puede ser —replicó el primer carcelero, sin dejar de reconocer el aposento—, puede ser que no tarden en verificarse tus deseos.
—¡Hola!, conque...
—Sí; dicen que los tratarán como merecen.
—Es decir, que les cortarán la cabeza.
—Eso mismo.
«¡Perro!», iba a exclamar Hernando; pero venturosamente pudo contenerse.
—No me pesaría —continuó el carcelero— que fuera pronto.
Y en esto, según la costumbre que se ha dicho tenían, terminada la requisa de la prisión, dejaron las linternas en el suelo y se aproximaron cada uno a la cama de un prisionero. Si hubiera sido posible ver el corazón de los dos caballeros castellanos en aquel crítico momento, sin duda que sin dejarse de hallar en ellos el valor que tan acreditado tenían en todas ocasiones, se hubieran visto la agitación y la zozobra inseparables del hombre en el instante de la ejecución de un proyecto arriesgadísimo, y del que dependen la libertad y la existencia. Los carceleros, satisfechos de que sus presos dormían, se volvieron ambos de espalda a los lechos de estos para dirigirse a tomar sus linternas y marcharse; pero en el mismo instante ambos caballeros se les arrojaron encima con no vista presteza, y asiéndoles fuertemente del pescuezo dieron con ellos en tierra antes que pudieran proferir palabra, ni volver en sí del asombro que tan repentino e inesperado ataque les causó.
—Si profieres un ay siquiera, eres muerto, miserable —decía Hernando al carcelero aragonés, poniéndole la rodilla al pecho, y amenazándole con su propio puñal que acababa de arrancarle, así como la daga; mientras que don Diego, teniendo al suyo en una posición semejante, le intimaba con sosegado continente que no se meneara si quería vivir.
—Toda resistencia es inútil, esclavos —dijo don Diego—: ya estáis desarmados, y los dos hombres con quienes tenéis que hacer valen algo más que vosotros estando en circunstancias iguales como ahora.
—Señor... —empezó a decir el que estaba a los pies de Hernando; pero este le echó mano a la garganta, y se la apretó con tanta fuerza que le hizo poner morado el rostro.
—Silencio, perro —le dijo—; silencio o va tu alma adonde debe estar, que es en los infiernos.
—Tenedlo vos sujeto a ese —añadió don Diego—, y vos, hermano, levantaos y tratad de desnudaros lo más pronto que sea posible si no queréis probar el temple de vuestro propio puñal.
Obedeció trémulo y consternado el carcelero a lo que se le mandaba; y luego que hubo concluido volvió a echarse en el suelo, adonde don Diego le ató pies y manos con las sábanas de su cama, tapándole la boca con un pañuelo, de modo que no podía moverse ni pedir auxilio.
La misma operación se hizo inmediatamente con el otro; pero fue ayudándole su vencedor Hernando a despojarse de sus vestidos con maneras harto desabridas, y haciendo brillar continuamente a sus ojos el terrible puñal.
El silencio de la noche, la escasa luz de las linternas, la terrible agitación de los cuatro actores, y hasta la misma desnudez en que quedaron dos de ellos, todo contribuía a dar a la singular escena que estamos describiendo un aire de sombría originalidad más fácil de concebir que de explicar. Desnudos pues ambos carceleros, y asegurados en la forma que del primero se dijo, se disfrazaron Hernando y don Diego con sus vestidos, sin olvidarse de las armas, ni menos del manojo de llaves que uno de ellos llevaba; y en seguida tomando cada uno de ellos un lío que de antemano tenían hecho y oculto, salieron de su prisión encomendándose a Dios fervorosamente; y cerraron después las puertas con las mismas precauciones que, para que quedasen seguros, hubieran podido hacerlo los dos carceleros cuyo papel representaban.
Ni Hernando ni don Diego habían visto de la cárcel en que estaban más que el cuarto que les servía de prisión, fuera del día que entraron en ella; pero la impresión que hizo en ellos aquel fue bastante para que, ayudados con la luz que llevaban y marchando con precaución, llegasen hasta el cuerpo de guardia, en el que los soldados dormían sosegadamente: atravesáronlo sin que el que estaba de centinela se lo estorbase, pues por el traje creyó ser los carceleros, y se pusieron en la calle.
Sin embargo de haber logrado esta dicha, su posición no dejaba de ser de las más críticas: en Soria no tenían más que enemigos; y si existía alguno que no lo fuese, para ellos era desconocido. Ignorando absolutamente cuanto pasaba fuera de su prisión, no sabían si la reina estaba o no en Soria, y aunque estuviese, pensaban con razón que dependiendo de su esposo no podría serles de ninguna utilidad. ¿Qué hacer? ¿A dónde dirigirse? ¿A quién pedir auxilio? Su fuga no podía ignorarse por largo tiempo; y los de la facción aragonesa pondrían en campaña un sinnúmero de satélites para buscar al señor de Nájara y al amigo del conde de Candespina. Todas estas, y otras reflexiones semejantes no menos embarazosas que desagradables, las iban haciendo entre sí los dos fugitivos, alejándose a paso largo de su prisión, y llevando por acompañamiento el ladrido de los perros, únicos vivientes que a tales horas andaban por las calles. Después de caminar así un cuarto de hora sin dirección marcada, dando vueltas por las calles de la ciudad, llegaron a una estrecha callejuela a espaldas de una iglesia; y pareciéndoles paraje seguro, se pararon en ella para tomar aliento y decidir qué era lo que debían hacer. Empezaron por despojarse de los vestidos de carceleros, ocultándolos entre un montón de piedras, y ponerse los de almogávares que con este intento habían sacado de la prisión; y después de haberse mutuamente propuesto y desechado varios planes como absurdos unos e impracticables todos, careciendo absolutamente de conocimiento del terreno y conexiones que pudieran auxiliarles, resolvieron ponerse en manos de la Providencia y aguardar que amaneciese, cosa que no estaba lejos, pues la noche se les había pasado con presteza en medio de sus sobresaltos y trabajos para ponerse en libertad.
No tardó mucho en efecto en venir la aurora; cesó el monótono son de los ladridos de los perros, y empezaron a abrirse las puertas de las casas: pero no se veía salir de ellas al pacífico labrador dirigiendo tranquilamente su yunta, sino a caballeros armados de punta en blanco, seguidos de sus pajes y escuderos; a simples soldados cubiertos con el morrión, embrazado el escudo y al hombro la pica; y a poquísimos ciudadanos, que en el aire silencioso y abatido no mostraban el natural desembarazo de los que exentos de penas caminan en su propia ciudad.
Todo esto lo observaban nuestros dos amigos con no poca sorpresa, admirándose al mismo tiempo de que nadie reparaba en su traje, que aunque no podía ser extraño en pueblo donde hubiese tropas aragonesas, era sin embargo por su naturaleza bastante a llamar la atención del vulgo; pero en esta parte cesó su asombro, viendo a poco que diferentes grupos de gentes vestidas como ellos, esto es, de verdaderos almogávares, atravesaban la ciudad en diferentes direcciones; y si no llevaban concierto marcial, porque en aquella tribu no se conocía, sin embargo, la hora, las armas, y el aire presuroso y afanado, parecían indicar que iban destinados a algún servicio militar.
Los dos fugitivos resolvieron reunirse a uno de aquellos grupos y seguirlo, pues al cabo de este modo llamarían menos la atención, y acaso podrían encontrar medio de salir de la ciudad. Como cincuenta de aquellos salvajes pasarían en banda cuando acababan de formar Hernando y don Diego el proyecto dicho, y uniéndose a ellos sin vacilar siguieron su movimiento, sin que ninguno los mirase ni reparara en su aparición. Poco tardaron en verse en la muralla y puerta de la ciudad: la banda hizo alto; su jefe conferenció algunos momentos con un caballero que allí estaba, para recibir órdenes sin duda, y en seguida salieron todos al campo con no poca satisfacción de los dos castellanos.
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CAPÍTULO XI
En tanto que pasaba en Soria lo que llevamos referido, ardía el campo de los caballeros castellanos en continuas discordias. La poca actividad de don Alfonso y la insurrección de Galicia, aumentando el número de los conjurados, inspiraron a sus jefes sobrada presunción y confianza. El orgullo aristocrático de cada uno de ellos hacía que todos en particular creyesen o que eran acreedores al supremo mando, o al menos que podían obrar libre e independientemente de toda autoridad. El conde de Candespina era sin duda la persona a quien con menos repugnancia obedecían, y tal vez la fuerza de la opinión pública, que le era extremadamente favorable, y sus numerosos vasallos y partidarios, hubieran bastado a asegurarle una dominación tranquila, si el destino no le hubiese suscitado un terrible rival en la persona del conde don Pedro de Lara. Envanecido este con los dones de la fortuna, su ilustre nacimiento y la seductora presencia de que la naturaleza le dotó, no podía sufrir la idea de que hubiera quien en nada le fuese superior; pero escaso de la energía necesaria para poder luchar a cara descubierta con don Gómez, objeto perpetuo de su envidia, no descuidó ninguno de cuantos ardides y astucias se hallaron a su alcance para perjudicarle en la opinión del ejército. Nada es más fácil desgraciadamente que poner en oposición al que obedece con el que manda: cuántas incomodidades y fatigas son anejas al ejercicio de las armas; cuántas privaciones lleva consigo la guerra; y hasta la misma lentitud que la fuerza de las circunstancias imprimía a las operaciones de aquella campaña, fueron atribuidas mañosamente por los ocultos emisarios del de Lara a incuria o impericia del supremo caudillo.
El confuso y recatado murmurar del soldado, la taciturnidad de los oficiales subalternos, y la jactanciosa altanería de muchos de los caudillos, hicieron conocer a don Gómez que un genio enemigo de su dicha y de la independencia de Castilla se ocupaba en trastornar sus planes mejor combinados. La cólera y el dolor se disputaron la posesión de su alma por algún tiempo; mas venció al fin la prudencia auxiliada por el amor. Por el interés de la causa común y en beneficio de la reina, resolvió sacrificar sus resentimientos: reunió un consejo, manifestó en él las razones poderosas por las que no había juzgado prudente hacer más que bloquear a Soria, y añadiendo que le parecía harto pesada la carga del mando para llevarla solo, pidió que se le diese un colega que alternase en él; y suplicó, a pesar de saber los malos oficios que le debía, que este fuese el conde don Pedro de Lara. El consejo convino sin grandes dificultades en el nuevo nombramiento, y satisfecha por un momento la ambición del conde de Lara, pareció que las cosas volvían a tomar un aspecto más sereno. Los dos caudillos resolvieron de común acuerdo que cada uno de ellos tendría el mando durante ocho días, sirviendo este tiempo el otro como simple voluntario, para que de este modo pudiese haber más unidad en las operaciones. Llegado el turno del conde de Lara, deseoso de ganarse el amor de los soldados, y confiado en las pocas tropas que don Alfonso tenía en Soria, lo primero que hizo fue mandar mover el campo para estrechar el bloqueo y convertirlo según anunció en asedio, abandonando por consiguiente las primitivas posiciones en las montañas que don Gómez había tomado con el objeto de impedir la llegada de nuevos tercios enemigos; cosa harto fácil conservándose dueño de sus angostos desfiladeros, y casi imposible al contrario.
Los soldados, prontos siempre a juzgar por las apariencias, aplaudieron con entusiasmo lo que ellos llamaban el valor de su nuevo general; y el conde don Gómez, fiel a su contrato, vio dolorosamente pero en silencio perderse en un instante todo el fruto de su paciencia y talento. Siguió empero la marcha del ejército; presenció como este se acampaba con menos precaución de la que hubiera podido emplearse si el enemigo se hallase a cien leguas; y previó la ruina completa de Castilla.
Don Pedro Ansúrez, de quien no se dudará que tuviese espías en el campo castellano, oyó con el mayor placer la noticia de la división del mando entre los dos condes; pero su gozo llegó al colmo cuando supo el imprudente movimiento de don Pedro de Lara. Volvieron a renacer en su corazón las casi amortiguadas esperanzas del triunfo de los aragoneses; y una circunstancia tan imprevista como feliz, vino, por decirlo así, a sobrepujar sus más ardientes deseos. Hallábase una mañana ocupado en el examen de varios papeles relativos a asuntos del estado, envuelto en una especie de ropaje talar a manera de bata, de color escarlata ricamente bordada en oro, y cubierta la cabeza con un casquete del mismo color, cuando uno de sus criados se presentó diciéndole que uno de los hombres de armas que estaban de guarda en las puertas de la ciudad había venido a conducir a un castellano desertor del campo enemigo, quien absolutamente quería hablar con el conde en persona. Este, que no anhelaba otra cosa más que enterarse a fondo de lo que pasaba en los reales de los grandes de Castilla, mandó que entrase el prófugo sin demora, y se dispuso a emplear, para saber de la verdad, su conocida y admirable astucia. Pocos minutos tardó en hallarse el desertor en su presencia: era al parecer hombre de unos cuarenta años de edad, de recia y nervuda complexión, y a pesar de que en general su porte era grave y mesurado, se veía sin embargo en él cierta humildad que denotaba bien a las claras no ser su nacimiento de los más distinguidos; pero como quiera que sea, la tosca regularidad de sus facciones y la fría tranquilidad de sus miradas denotaban un alma intrépida y una conciencia tranquila, cosas bien opuestas a la justa nota de infamia que siempre ha llevado consigo el vil que abandona sus banderas. Todo esto lo observó el conde de Ansúrez en un instante: le miró atentamente con aquel aire escudriñador y altanero, propio del hombre constituido en alta dignidad con los que le son infinitamente inferiores: el castellano conservó su aire sumiso aunque no abatido, sufriendo con inalterable impavidez no solo aquella especie de examen preliminar, sino también el interrogatorio que le siguió inmediatamente.
Como es de presumir, quien rompió primero el silencio fue el conde, diciendo así:
—¿Quién sois?
—Un castellano; mi nombre es Millán.
—¿Érais soldado en el campo del conde de Candespina?
—Sí, señor, su vasallo y criado años ha.
—¡Santo cielo! —exclamó el conde pudiendo apenas contener su gozo—. ¿Criado del conde de Candespina?
—Sí, señor, lo he sido mucho tiempo...
—¿Y cómo habéis dejado su servicio?
—Me afrentó; juré vengarme, y lo cumpliré.
—¿Os afrentó? ¿Él, el conde de Candespina, tan decantado por su justicia e imparcialidad? Algún motivo daríais para ello, hermano.
—Ninguno, más que haber osado motejar su..., su traición al rey.
—¿Y por eso solo os afrentó?
—Por eso me mandó tratar como al más miserable de sus esclavos; por eso he jurado tomar venganza de él; y por eso he venido a buscar a Vueseñoría.
—Norabuena; sosegaos que Dios mediante se lograrán vuestros deseos, y el traidor pagará su delito.
—Amén: la traición debe sufrir su pena.
—Así será. ¿Cuándo salisteis del campo?
—Esta noche.
—¿Quién mandaba en él?
—El conde don Pedro de Lara.
—¡Hola! ¿El galante, el afeminado don Pedro?
—El mismo.
—¿Y sabéis vos cuáles son sus proyectos?
—Los soldados dicen que asaltar a Soria.
—Loado sea Dios, que le faltan las fuerzas y le sobra la presunción. ¿Ha dejado algún cuerpo de tropas en la entrada de los montes?
—Ninguno.
—No tiene el rey don Alfonso quien le sirva mejor que el bueno de don Pedro. ¿Y qué hace en tanto el conde de Candespina?
—Andar errante como un aventurero.
—Mucho le gustan a su señoría los lances extraordinarios.
—Si Vueseñoría me auxilia, yo le prometo proporcionarle uno bien singular, y que podrá ser el último.
—¿Cómo?
—Trayéndole a Soria.
—Mucho prometéis.
—Más haré.
—Lo veremos.
Aquí suspendió el conde sus preguntas para entregarse al parecer a una profunda meditación: se levantó de la silla y empezó a pasearse lentamente por el aposento, parándose alguna vez para fijar la vista en el soldado, quien impasible como una estatua no movía pie ni mano, ni, como vulgarmente se dice, pestañeaba siquiera. Por fin, pasados algunos minutos, tomó el semblante de don Pedro aquella expresión positiva que denota haber decidido el camino que ha de seguirse en un asunto de grande importancia; y volviendo a tomar el hilo de la conversación, dijo a Millán: