El conde de Candespina (1 de 2)
Part 5
La reina, que ya empezaba a sobresaltarse, mandó que inmediatamente se le explicase qué gente era aquella, a lo cual Hernando satisfizo diciendo que los almogávares eran una tribu oriunda de los Pirineos, que servía a los reyes de Aragón en calidad de tropas ligeras, y que cuando este príncipe no los tenía empleados, se ocupaban en talar las tierras de los moros, y aun las de los cristianos si a mano les venía.
—Me parece —dijo Leonor— que sería prudente que Vuestra Alteza se retirase.
—¿Y por qué, señora? —preguntó el de Olea—: somos cinco caballeros...
—Lo erais —interrumpió la reina, advirtiendo entonces que durante su conversación habían desaparecido los caballeros de Burgos que la seguían.
—Tiene Vuestra Alteza razón —repuso el de Nájara—: solos hemos quedado este caballero y yo.
—Bastantes somos —contestó Hernando.
—Estáis desarmados —exclamó la reina, pálida ya de temor como un cadáver—. Volvamos atrás.
Sea que doña Urraca se hubiera adelantado demasiado a sus cortesanos en el ardor de la caza, sea que estos se hubiesen ido retrasando casualmente o de intento, lo cierto es que en el momento crítico de que hablamos ni aun se alcanzaban a oír las voces de los monteros, y solo se percibía confusamente el agudo sonido de la cornamusa.
Por más valientes que fuesen Diego López y Hernando de Olea, no era posible, a menos de estar locos, que apeteciesen entrar en combate con cerca de veinte hombres (que tal era poco más o menos el número de los que vieron desde luego) hallándose sin más armas que su espada, cuchillo de monte y venablos, y cubiertos del simple vestido de paño verde; y así es que cedieron sin repugnancia a la proposición de la reina, y volvieron la espalda a los almogávares que ya se les habían acercado a tiro de piedra.
¿Pero cuál fue la sorpresa de los caballeros y el pánico terror de las damas, cuando al emprender su retirada vieron que les interceptaban el paso otros tantos o más montañeses que los que tenían por delante?
—Que me maten —dijo el señor de Nájara— si no estamos cercados por estos salteadores de profesión.
—Dos mil diablos sean con ellos y toda su casta —añadió el de Olea echando mano a la espada—: solo nos queda este camino.
—Y nosotras —exclamó la reina—, ¿qué hemos de hacer?
—Caballeros —dijo doña Leonor, dirigiéndose particularmente a Hernando—, reflexionad lo que vais a hacer; la menor provocación de vuestra parte a esos miserables, puede costarnos a todos las vidas.
—Antes morderán el polvo algunos de ellos —respondió furioso el amigo de Candespina.
—¿Y eso podrá resucitarnos? —preguntó doña Urraca—: os prohíbo sacar la espada sin orden mía.
No tuvo tiempo de decir más, porque los almogávares, que por todas partes se habían ido presentando, después de formar un círculo en torno de los acuitados cazadores, fueron estrechándolo sucesivamente hasta acercarse tanto a ellos que podían oír perfectamente su conversación.
La reina entonces, sacando fuerzas de flaqueza, animada tal vez con el mismo peligro, se dirigió a ellos, mandándoles que dejaran paso franco a la reina de Castilla. En vez de responderla como era debido, uno de aquellos salvajes, con voz bronca y desentonada le preguntó:
—¿_Sou vos la reina_?
—Yo soy, villanos, apartaos y dejadme paso.
—_No pot sé_ —contestó el mismo montañés; y dando un agudo silbido se arrojaron todos sus compañeros sobre doña Urraca y su escasa comitiva, sin dar tiempo a los dos caballeros para hacer uso de sus armas; si bien es verdad que no anduvieron bastante ligeros para evitar que Hernando atravesase a uno de parte a parte con su venablo.
Un grito que dieron la reina y su camarera fue el único que interrumpió el silencio de aquella extraña y desventurada escena. Los almogávares parecían mudos, y ni López ni Olea estaban para conversaciones.
Doña Urraca y Leonor, a quienes se mandó expresamente quitarse el calzado, lo hicieron por no exponerse a que lo ejecutasen por sí mismos sus bárbaros enemigos, y en seguida hubieron de ponerse uno igual al de estos, y una túnica de piel que no se diferenciaba de la de los montañeses en otra cosa más que en la longitud, pues las cubría desde los hombros hasta un poco más abajo de media pierna; y a más tuvieron que quitarse los sombrerillos y dejar el pelo suelto sin tocado alguno.
También al señor de Nájara y a Hernando les obligaron a vestir un traje igual al suyo, contentándose con exigir al primero su palabra de honor y fe de caballero de que no se escaparía ni pronunciaría en todo el camino una sola palabra, sin permiso del que parecía ser el capitán de aquella banda; la misma proposición hicieron al segundo, pero él, furioso, se negó a todo, por lo cual le maniataron y pusieron un lienzo en la boca.
Lloraban doña Urraca y Leonor; Diego López cabizbajo y mudo, parecía como enajenado; y a través de la especie de mordaza que llevaba el pobre Hernando se hubiera creído oír las maldiciones que echaba a la suerte, no tanto por su desgracia, cuanto por la de la señora de sus pensamientos. Tal era la situación de la que un cuarto de hora antes se creía señora de Castilla, y la de sus cortesanos más favorecidos.
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CAPÍTULO VIII
Si hemos conseguido inspirar con esta narración algún interés a nuestros lectores, sin duda recordarán la junta de los caballeros burgaleses en el palacio episcopal, y que se separaron, tomando el conde don Pedro Ansúrez a su cargo proponer los medios para devolver a don Alfonso su fugitiva esposa.
No ignoraba el conde que, a pesar de la decisión que todos manifestaron de usar de la fuerza cuando no hubiese otro arbitrio para conseguir su fin, no podía sin embargo contar con el más exacto cumplimiento de tal oferta; pues el motivo más poderoso que la mayor parte de aquellos nobles había tenido para unírsele era el deseo de evitar una guerra. Esta consideración fue la base de su conducta. Salió pues de Burgos para Soria el día inmediato al de la junta; avistose con don Alfonso, y de acuerdo con él, dispuso que una tropa de almogávares fuese con todo secreto y celeridad a situarse en las montañas vecinas a la capital de Castilla. Desde luego era de presumir que la reina no dejaría de visitar los alrededores de la corte; y por otra parte contando, como el conde contaba, con muchos partidarios en el mismo alcázar, le era fácil disponer por sí mismo la ocasión que deseaba. En efecto, algunos cortesanos de la facción aragonesa en el fondo, aunque en la apariencia adictos a doña Urraca, manifestando no temer ningún peligro, y bajo pretexto de despreciar a los enemigos, eran los que más fomentaban las intempestivas fiestas que se dieron en Burgos, y por último, promovieron la cacería que tan cara costó a la reina.
Los almogávares, entre los cuales, y con su mismo traje se mezclaron por precaución algunos caballeros aragoneses, recibieron las más estrechas órdenes de no ofender en su persona a la reina ni a ninguno de los individuos de su comitiva, a menos que las circunstancias hiciesen absolutamente indispensable usar de la fuerza; pues el prudente Ansúrez no quería tampoco enconar los ánimos contra sí, ni hacerse enemigos particulares por si los tiempos mudaban. A esto debió sin duda Hernando de Olea que los feroces montañeses no vengaran cruelmente la pérdida del compañero que les mató con su venablo, y, para decir lo cierto, el origen de su impunidad fue más bien que los caballeros aragoneses disfrazados de almogávares se interpusieron entre él y los camaradas del muerto, que no el respeto de estos a sus promesas. Como quiera que sea, luego que los prisioneros hubieron vestido el traje de sus vencedores, precaución que se adoptó para que en caso de encontrar en el camino con algún destacamento de las tropas del conde de Candespina o sus parciales no fuesen conocidos, se pusieron en marcha, montadas las señoras y a pie los demás, y caminaron con una celeridad increíble. Diego López y Hernando de Olea eran hombres acostumbrados a todo género de fatigas; pero apenas podían seguir a sus conductores, que trepaban por las breñas con la misma ligereza que hubiera podido hacerlo la más suelta cabra. Tres o cuatro leguas andarían aquella noche, siempre por la sierra, sin seguir ninguna vereda, y por parajes en donde apenas podían sentar el pie los caballos de Doña Urraca y Leonor. Tan pronto atravesaban un torrente como veían a sus pies un horroroso precipicio, y más allá se metían en un angosto y profundo desfiladero. La noche era oscura; desde el principio de ella empezaron a amontonarse las nubes; y por fin descargó sobre los desgraciados presos una horrible tempestad.
Que el lector se imagine ahora la situación de una reina de Castilla en medio de un despoblado, cautiva en poder de unos bandidos y expuesta al furor de los elementos que también parecían conjurarse en su daño, y decida si con razón iba entre sí lamentándose de su suerte que ni suspirar la dejaba libremente; pues tal era el temor que tenía de contravenir a las órdenes de los almogávares que no profería ni un ay. Los montañeses, gente familiarizada con semejantes escenas, no parecían inquietarse por nada de cuanto sucedía, y según el tono con que hablaban podían los prisioneros creer que iban contentos; porque en cuanto a su conversación, que toda era en el dialecto catalán, nada entendían de ella.
Por fin, después de bastantes horas de camino y sereno ya el cielo, llegaron a una pequeña aldea en donde estaba el conde don Pedro Ansúrez con varios señores aragoneses, algunos de sus parciales y una respetable escolta de hombres de armas. Aunque no se presentó aquella noche a la reina, dispuso que se alojara esta señora en la casa más cómoda que había en el pueblo, hizo que se la diesen vestidos correspondientes a su clase y que se tuvieran con ella y su camarera las mayores consideraciones: mas no por esto descuidó el asegurarse de su persona rodeando el alojamiento de soldados que a nadie permitían entrar ni salir en él sin una contraseña especial del conde.
En cuanto a Diego López y Hernando de Olea, se les depositó en las casas capitulares bajo la competente guarda, tratándoles en lo demás con todo decoro.
Decir que ni la reina, ni Leonor, a quienes no se separó, no pensaron siquiera en dormir aquella noche, sería excusado, pues es fácil de presumir que su extremada agitación no se lo permitió. Una y otra pasaron la noche tan pronto lamentando su mala suerte como haciendo conjeturas sobre lo futuro, o recordando con dolor los breves instantes de la dicha pasada. Amaneció por fin, y a poco un gentil hombre del conde Ansúrez se presentó a pedir a la reina audiencia para su señor.
—Decid al conde —contestó doña Urraca— que una prisionera como yo, una persona a quien se prende en medio de un monte como a un vil salteador, no tiene voluntad; y así puede venir o no venir según sea su gusto.
—Crea Vuestra Alteza —replicó el mensajero— que el conde mi señor...
—Es un traidor.
—¡Señora!
—Hidalgo, si os merece alguna consideración la hija de Alfonso VII de Castilla, idos en buen hora y no abuséis de mi paciencia.
—Obedezco.
Y fuese a dar su respuesta al conde, quien oyéndola exclamó:
—Es natural: no esperaba yo menos de su colérica condición; pero no importa, es preciso que yo la vea.
Resuelto, pues, a sufrir con paciencia la descarga de injurias que indudablemente iba a caer sobre él, no dejó pasar muchos instantes sin presentarse en la habitación de doña Urraca, y entró en ella con un aire de respeto y sumisión que a cualquiera que ignorase lo ocurrido hubiera hecho creer que la reina no tenía vasallo más dispuesto a obedecerla que él.
La reina le miró con un ceño capaz de desconcertar a cualquier otro, mas él, sin turbarse, hincó una rodilla ante su señora, diciendo:
—Vuestra Alteza tiene a sus pies...
—Al que fue mi ayo en la niñez, al que debía ser ahora mi vasallo y es un vil instrumento de mi mayor enemigo.
—Señora —continuó el conde sin alterarse—, las apariencias pueden condenarme...
—¿Las apariencias no más? —interrumpió furiosa la reina—. Decid, pues, conde vil, mal caballero, vasallo desleal, decid: ¿Quién me arrancó de mi corte? ¿Quién me puso en manos de esos miserables que me han conducido hasta aquí?
—Alfonso de Aragón —contestó el conde dejando la humilde postura en que había permanecido hasta aquel momento, pero conservando siempre su tono respetuoso—, un esposo, señora, es quien os ha traído aquí, no yo.
—¿Mi esposo? Contará sin duda añadir este triunfo a sus hazañas: este nuevo florón a su corona imperial.
—Vuestra Alteza desconoce las verdaderas intenciones de don Alfonso: yo, a quien honra con su confianza...
—Y la merecéis. Sería injusto si no os la diese: por él abandonáis a vuestra reina; por él sacrificáis la infeliz Castilla a sus ambiciosas miras; por él mancilláis el honor de los infanzones... Conde, concluyamos; vuestra presencia me es odiosa, no puedo menos de miraros como a un verdugo vendido a mis enemigos. Decid pronto lo que os hayan mandado. ¿Qué nueva prisión es la que me destinan?
—Lejos, señora, de preparar a Vuestra Alteza prisión ninguna, deseoso el rey de Aragón de reparar la dureza...
—La crueldad, diréis mejor.
—Sea como Vuestra Alteza quiera, lo cierto es que el rey don Alfonso no trata de aprisionaros de nuevo. Quiere que su esposa vuelva a ser el ornato de su corte; quiere que reine entre él y doña Urraca la armonía que nunca hubiera debido interrumpirse. ¿Quién con más derecho que yo, que he dirigido los primeros pasos de Vuestra Alteza, y que me glorío de haberla servido desde que nació, podría encargarse de esta reconciliación? Vuestra Alteza está ofendida, y me ha llenado de injurias que pocos de mis iguales tolerarían: yo las olvido. Solo suplico, puesto de nuevo a los pies de mi reina, que cediendo por su propio interés a mis consejos, prescinda de los medios que para evitar mayores males ha sido preciso emplear para sacarla de Burgos, y que depuesto todo rencor se reconcilie de buena fe con su esposo. Estos, señora, son mis deseos; y si para satisfacción de Vuestra Alteza es necesaria mi vida, pronto estoy a sacrificarla.
—Hubo un tiempo, conde —respondió sosegadamente la reina—, en que pude creeros sincero. Hoy vuestras mañosas palabras no lograrán convencerme. Sin embargo, aún os queda un medio de justificaros. Escuchadme atentamente, don Pedro: entre Alfonso y yo no puede haber nunca paz mientras vivamos unidos; y tengo motivos de creer que no está lejos el momento de separarnos para siempre. Si queréis pues cumplir con vuestra obligación, volvedme a Burgos.
—Imposible, señora; mis juramentos me lo prohíben, y aun cuando yo quisiera...
—Basta: retiraos, y sabed que no debéis esperar más de mí que lo que como prisionera no pueda negaros.
—¡Señora!...
—Retiraos digo; Leonor: esta es la nobleza de Castilla.
—¡Ah, señora! —dijo la camarera luego que el conde salió—, no todos son como ese pérfido.
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CAPÍTULO IX
Difícil sería describir la turbación que causó en Burgos el rapto de la reina a las personas que no estaban iniciadas en la trama de don Pedro Ansúrez con los nobles y clérigos de aquella ciudad; pero es preciso confesar que no produjo verdadero sentimiento más que en los soldados de Diego López, quienes apenas recibida la noticia, salieron en busca de su caudillo, capitaneados por un don Pedro, hermano del señor de Nájara.
Así que Álvar Fáñez se vio libre de ellos, hizo proclamar rebeldes en nombre de don Alfonso a cuantos siguiesen el partido de Candespina; cerró las puertas de la ciudad y se apercibió para defenderla en caso de que los soldados de Nájara regresaran e intentasen entrar en ella por fuerza: mas todas sus disposiciones fueron excusadas, pues informado el conde de Candespina por Pedro López de lo acaecido en Burgos, y sabiéndose ya que la reina estaba en Soria en poder de su marido, le mandó que marchase a reunirse con él en las cercanías de esta ciudad que intentaba asediar.
La aciaga cacería de Vivar destruyó en un momento la obra que con tanto riesgo personal había llevado a cabo don Gómez; pero su ánimo incontrastable no por eso desmayó. Llegadas las cosas al punto en que estaban, no le era ya posible retroceder, y por más desigual que pudiese parecer la lucha entre el poderoso monarca de Aragón y un vasallo de la corona de Castilla, el conde de Candespina no quiso renunciar a sus pretensiones, que a la verdad no carecían de fundamentos.
Los grandes de Galicia, a cuyo frente se puso don Diego Gelmírez, obispo de Santiago y sobrino del pontífice Pascual II, excitados por el amor a la independencia nacional y el odio a los aragoneses, se sublevaron contra don Alfonso, pretextando que tenían por inválido su matrimonio con doña Urraca, en razón del parentesco de ambos consortes; y proclamaron a don Alfonso de Castilla, hijo de doña Urraca en su primer matrimonio con el conde de Galicia, y entonces de corta edad. Esta nueva facción, que en adelante hizo no poco daño a doña Urraca, le era sin embargo favorable en aquella época, llamando la atención de su marido a diversos puntos, y debilitando por consiguiente sus fuerzas. Como es de suponer, el conde no descuidó ponerse en comunicación con los gallegos insurreccionados; estos enviaron sus embajadores al papa para tratar de la invalidación del matrimonio de la reina; y rota ya la barrera, la mayor parte de los nobles de Castilla tomaron las armas para sacudir el pesado yugo de los aragoneses. En poco tiempo se reunió alrededor de Soria un poderoso ejército castellano que bloqueó la plaza, y don Alfonso, que desmintiendo en aquella ocasión su conocida actividad militar se descuidó en reunir competente número de tropas, hubo de limitarse a estar encerrado en la plaza, sufriendo que a su vista ondeasen tranquilamente los pendones de los que llamaba rebeldes. En aquella ocasión se juntó la flor de Castilla; pero como nuestro propósito no es escribir circunstanciadamente la historia de esta época, omitiremos hacer una descripción prolija, y tal vez fastidiosa, del ejército de los nobles; y no hablaremos más que de los que han de ocupar algún lugar en el resto de nuestra narración.
Eran de estos los principales el conde de Candespina, a quien ya conocemos, y don Pedro de Lara, señor poderoso, pero de muy distintas cualidades que aquel; ambicioso en demasía, tenía todos los demás vicios que de este dependen; y sobre todos un orgullo sin límite, y poca delicadeza en la elección de los medios para llegar al fin que se proponía. Don García, obispo de Burgos, prelado de virtudes verdaderamente evangélicas, autorizaba con su presencia aquel campo, y le seguían no pocos eclesiásticos, cuya influencia en el pueblo era de la mayor importancia.
Don Alfonso hizo en público a la reina una acogida tan cariñosa como si se hubieran separado por alguna circunstancia imprevista, y fuera el amor conyugal y no la fuerza la que volvía a reunirlos; pero en secreto la reprendió severamente por su fuga, amenazándola de que usaría, si en lo sucesivo no variaba de conducta, de su autoridad como marido y poderío como rey de Aragón. Otra mujer más prudente hubiera acaso contemporizado con su marido, no permitiéndole las circunstancias obrar de otro modo; mas doña Urraca, demasiado irascible, trató a don Alfonso con una acrimonia que solo sirvió para empeorar su situación. El rey de Aragón, no atreviéndose a usar de su poder abiertamente, y escarmentado del suceso de Castellar, renunció a tomar medidas violentas cuyo efecto, le manifestó el conde de Ansúrez, no podría ser otro más que el de enajenarle enteramente los ánimos de los mal contentos castellanos y fortificar el partido de la reina; mas no por eso mejoró esta de posición, pues si bien continuó viviendo con su esposo, tratada en lo exterior como a su alta dignidad convenía, también fueron separadas de su lado cuantas personas se tuvieron por afectas a ella. El conde de Ansúrez, con el título de mayordomo mayor, era una especie de carcelero de Su Alteza; y toda su nueva servidumbre, compuesta de personas vendidas al mayordomo, un enjambre de espías destinados a evitar todo género de comunicación de doña Urraca con sus amigos. Sin embargo, nada fue tan sensible a la reina como verse privada de su fiel camarera, la bella Leonor de Guzmán, a quien de orden del rey se puso en reclusión en un convento de religiosas de la ciudad de Soria. Única persona que había llegado a conocer a fondo a doña Urraca, Leonor le era tan necesaria para mitigar sus penas como para ayudarla a sobrellevar el peso de su insípida y monótona vida; y por lo mismo el conde de Ansúrez, que además temía los talentos y penetración de la camarera, tuvo buen cuidado de alejarla de sí.
En tanto que doña Urraca pasaba triste y pesarosa su vida en los dorados hierros de su palacio, Leonor, en el silencioso retiro de un claustro, dirigía continuamente sus ruegos al que todo lo puede, para que mejorase sus horas y las de su señora, a quien, a pesar de todos sus defectos, quería entrañablemente; y debemos decir como fieles historiadores que los campeones de Castellar tenían no poca parte en sus oraciones, especialmente el intrépido Hernando, quien tan generosa y temerariamente había puesto en riesgo su vida por defenderla cuando fue presa con la reina en las cercanías de Vivar.
Don Diego López y Hernando de Olea, presos en la cárcel de Soria y custodiados con la más activa vigilancia, aunque en honor de la verdad tratados en lo demás como era debido a su nobleza y valor, sufrían todos los tormentos inseparables de la doble incertidumbre en que vivían, tanto de su suerte futura, como de la situación de la reina y estado de los negocios del conde de Candespina; pues sus carceleros, aragonés el uno, y criado del conde de Ansúrez el otro, guardaban el más profundo silencio con ellos, alegando cuando les hacían alguna pregunta órdenes superiores que tenían para no contestar a ella.
Diversos eran los pareceres en el consejo de Alfonso sobre la suerte que debía caber a los dos nobles cautivos: los aragoneses que eran más encarnizados enemigos de Castilla y aquellos castellanos que habiéndose ya comprometido en el partido del de Aragón solo podían esperar salud en el triunfo de este opinaban que se les decapitara, cosa, decían, que el rey puede hacer sin escándalo, pues han sido rebeldes al que como esposo de doña Urraca es su legítimo soberano; emitiendo el mismo principio, pero siendo más generosos y tal vez más políticos, otros caballeros de Aragón decían qué aun cuando Su Alteza podía legalmente hacerlos castigar como traidores, sin embargo era más conforme a su grandeza y magnanimidad, y más conveniente a sus mismos intereses, no usar con ellos de todo el rigor de su justicia, pues por más que fuese merecido aquel castigo, siempre sería muy pesado para la grandeza de Castilla ver que el rey de Aragón trataba así a dos de sus miembros. Quien tenía la balanza en aquel negocio, como privado del rey, era don Pedro Ansúrez, y este era demasiado prudente y astuto para dar un paso de tal importancia, ya que para siempre le cerraría la entrada de Castilla, si triunfaba el partido de la reina, al haber tomado parte en la ejecución de Hernando y de don Diego, quienes en su prisión ignoraban absolutamente cuanto sobre ellos se trataba.