El conde de Candespina (1 de 2)
Part 4
Dicho esto, se encaminaron todos a la iglesia mayor, y en ella se cantó un solemne _Te Deum_, concluido el cual se trasladó la reina con el mismo acompañamiento al alcázar. Bien hubiera querido don Gómez poder ocultar que la reina venía fugitiva de Aragón; pero desde luego conoció que semejante ficción podría durar poquísimos días, y que su momentánea utilidad no compensaría los perjuicios que necesariamente había de producir cuando se descubriese la verdad. Fue pues necesario decidirse a descubrir el misterio, con permiso de doña Urraca, quien no puso dificultad en ello, persuadida de que los castellanos no vacilarían en defenderla contra su marido. En consecuencia de esta determinación, apenas entraron en el alcázar cuando, sentándose la reina en su trono, hizo una larga y patética exposición de los malos tratamientos que de su esposo había recibido, sin más causa, decía, que la de ser el rey aragonés y, como tal, enemigo de Castilla, cuya opresión no había ella querido nunca autorizar; habló de su prisión en Castellar, pintándola con colores tal vez más cargados que los que la verdad exigía; y, por último, alabando el celo del conde de Candespina, manifestó hallarse resuelta a evitar a todo trance caer de nuevo en manos de su tirano. Sea respeto, sorpresa o temor de las tropas que les cercaban, todos los presentes guardaron el más profundo silencio que la reina interpretó tan favorablemente que no creyó necesario exigir garantía ninguna para su seguridad; y poniendo a cargo del conde de Candespina disponer lo necesario para la defensa contra don Alfonso, se retiró a descansar de las fatigas de su penoso viaje.
Don Gómez exhortó en seguida a todos aquellos caballeros a que tomasen las armas, y las hiciesen tomar a sus vasallos, como él iba a hacerlo, marchando al siguiente día a sus estados con objeto de hacer en ellos una leva. Todos protestaron que estaban resueltos a seguir su ejemplo, y la asamblea se separó sin que ocurriese en ella nada más digno de notarse.
No fiaba mucho el conde de Candespina en aquellas demostraciones; pero la fuerza de las circunstancias le precisó a ocultarlo por entonces, esperando que podría reunir a sus parciales antes que los enemigos de la reina tuvieran tiempo de concertar su plan contra ella; y en consecuencia, marchó, según lo había anunciado en la asamblea, el día después de el de la llegada de la reina a Burgos para Pancorbo, cuyo castillo y pueblo le pertenecían.
En Burgos se quedó Hernando para estar a la mira de cuanto ocurriese; y el señor de Nájara prometió no desamparar la corte hasta el regreso del conde, quien por su parte no hacía ánimo de detenerse más tiempo que el absolutamente necesario.
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CAPÍTULO VI
Fieles observadores de su juramento, los aragoneses que sobrevivieron a la desgracia del Castellar no salieron de aquella fortaleza hasta cumplido el octavo día de la marcha del conde, esto es, uno después del de la llegada de la reina a Burgos; pero ya pasado aquel plazo, montaron a caballo dos de los más principales de ellos, y a rienda suelta se encaminaron a Huesca, villa distante del Castellar unas diez leguas, en la cual se hallaba a la sazón Alfonso el Batallador, que, como ya hemos dicho, se llamaba emperador de España.
Más fácil es imaginar que describir el terrible enojo de aquel príncipe, oyendo la relación de la fuga de su esposa, y por él pronto pagaron los miserables que le llevaron la noticia, a quienes mandó encerrar en un calabozo. En vista de su cólera, casi puede decirse que fue fortuna para Íñigo Latorre haber muerto en el Castellar, porque, a no ser así, es evidente que hubiera concluido sus días afrentosamente en un cadalso.
Alfonso convocó inmediatamente a sus principales vasallos para la frontera de Castilla, pues no pudo ocultársele que la reina habría marchado a Burgos, por ser esta ciudad la más cercana entre las principales de sus dominios a los estados de Aragón; y marchó él mismo para Soria, plaza en que tenía puesta guarnición de los suyos, con los hombres de armas, jinetes, arqueros y ballesteros que siempre le acompañaban.
La rivalidad entre los diferentes estados en que estuvo dividida la monarquía, desde que don Pelayo dio principio a su restauración en los montes de Asturias hasta que don Fernando V el católico la terminó, arrojando de Granada los restos de los moros, es tan notoria que sería hacer agravio a nuestros lectores tratar de demostrársela; pero bueno será tenerla presente para no admirarnos del ansia con que castellanos y aragoneses se aprovechaban de la más pequeña ocasión para causarse perjuicios de la mayor trascendencia.
Grande era, sin duda, el celo con que los próceres de uno y otro reino acudían a sus soberanos en las guerras contra los infieles; pero tal vez se mostraban aún más serviciales en tratándose de hostilizarse las potencias cristianas entre sí; y estas luchas, que prolongaron la dominación de los árabes en la península, hubieran podido tal vez perpetuarla si los sumos pontífices, usando de sus facultades espirituales y de la influencia temporal que en aquella época tenían, no las hubieran casi siempre terminado, haciendo aliarse a las dos partes beligerantes contra el común enemigo.
Pero volviendo a nuestro propósito, diremos que los magnates aragoneses se apresuraban a porfía en reunir el mayor número de soldados posible para ayudar a su rey a reparar su honor mancillado.
Los caminos se veían cubiertos de soldados y capitanes que de todos los dominios de Aragón marchaban a Soria acudiendo al llamamiento del rey, y los miserables labradores sufrían todo género de vejaciones y malos tratos, en tanto que Alfonso no descuidaba ninguno de los medios necesarios para salir bien de su empresa.
Los días que hubo de estar en Soria, esperando los soldados de sus vasallos, calmaron algún tanto el primer arrebato de la cólera, y las reflexiones políticas sucedieron a las acaloradas sugestiones del amor propio ofendido. Su única mira, cuando siendo todavía príncipe se casó con doña Urraca, era la de reunir en su cabeza las coronas de la mayor parte de los reinos de España; y por esta razón prescindió del carácter de su esposa, de que estaba informado de antemano, y del parentesco que con ella tenía, el cual aunque lejano era sin embargo bastante entonces para impedir el matrimonio y aun para disolverlo después de hecho, como sucedía con frecuencia en casos semejantes. Convencido, pues, de que, aunque empleando la fuerza, era indudable que Castilla, dividida en bandos y con la mayor parte de las fortalezas en su poder, habría de sucumbir; sin embargo sería peligroso hostigar a los irritables castellanos, que en último recurso podrían acudir al papa para que anulase su matrimonio, con lo que perdería todo derecho a aquella corona: resolvió entablar algunas negociaciones antes de empezar las hostilidades. Mas la suerte, empeñada en protegerle, dispuso las cosas aun mejor de lo que él mismo podía esperar.
Así que faltó de Burgos un hombre a quien todos respetaban y temían, como era el conde de Candespina, pareció a los habitantes de aquella ciudad que estaban ya en libertad para discurrir y obrar según creyesen conveniente. Es cierto que don Diego López y Hernando de Olea habían quedado en guarda de la reina; pero desgraciadamente no había quien ignorase que nada era más fácil que sorprender y engañar a aquellos dos excelentes soldados y pésimos cortesanos.
Don García, obispo de Burgos, prelado de costumbres irreprensibles, y tan celoso por la grey que estaba a su cargo como vasallo fiel y patriota decidido, fue desterrado de su diócesis por haber representado al rey don Alfonso de Aragón sobre la violenta medida que este tomó, despojando de sus alcaidías a los caballeros castellanos de más nota, y sustituyéndoles aragoneses o bien naturales del país tachados de poco patriotismo. Algunos individuos del cabildo sintieron la tiranía que se usaba con su prelado, pero siendo en corto número, y atemorizados con el ejemplar mismo que tenían a la vista, no se atrevieron a manifestar su opinión, y hubieron de seguir la de la mayoría, que como de ordinario sucede, se inclinaba al partido vencedor. Los gobernadores, pues, del obispado eran canónigos conocidos por su inclinación a los aragoneses, y obraban en todo de acuerdo con el alcaide de Burgos don Álvar Fáñez, uno de los más celosos partidarios de don Alfonso; pero hallándose sin fuerzas con que contrarrestar las de don Diego López, se decidió este caballero a esperar la resolución del conde don Pedro Ansúrez, señor de Valladolid, a quien dio aviso de lo que ocurría así que tuvo noticia de la llegada de la reina. El conde don Pedro, que era una de las personas de más nombradía en Castilla, había pasado su juventud, como todas los grandes de su tiempo, en el ejercicio de las armas; pero su inclinación le llamaba más a los negocios políticos que al manejo de la lanza. El padre de doña Urraca, apreciando sus talentos, le nombró ayo o amo, como entonces se llamaba, de su hija, y el conde gozó siempre de mucho favor con esta princesa hasta que, habiéndose declarado por el rey de Aragón, cayó de su gracia, según ya hemos dicho. Estaba pues el de Ansúrez ligado enteramente con los enemigos de su discípula: el engrandecimiento de esta no podía menos de producir su ruina, y así no es de extrañar se afanase tanto para cortar aquel mal en su origen que se hallara en Burgos cuatro días después de haber llegado allí la reina.
Se alojó para mayor seguridad en el palacio episcopal, y después de una larga conferencia en la cual dio a Álvar Fáñez todas las instrucciones que creyó necesarias, le previno que para aquella noche y hora de las doce de ella, convocase secretamente a los principales de entre los partidarios que tenían en el pueblo. No faltó ninguno de los llamados, que serían más de cuarenta; tal era el respeto y veneración con que miraban a su alcaide, quien dispuso que la junta se verificase en la capilla del palacio. Reunidos ya los caballeros, un canónigo celebró, dada la media noche, una misa rezada para implorar las luces del Espíritu Santo; y terminado aquel acto religioso, dio a todos los circunstantes su bendición.
Así que el celebrante hubo desnudado las vestiduras con que había oficiado el Santo Sacrificio, habló de esta manera el alcaide:
—Extraño debe pareceros, nobles señores, que en hora tan desusada os haya convocado para este sitio; pero la confianza con que me habéis honrado, viniendo a él con tanta puntualidad, es una prueba de amor que nunca olvidaré. El único objeto, señores, de todas mis acciones es cumplir la fe prometida a nuestro soberano, y alejar de mi patria los males de la horrorosa guerra que la amenaza: si lo consigo, nada me queda que desear. Ahora, señores, escuchad al muy ilustre conde don Pedro Ansúrez, quien tiene que comunicaros cosas de no poca importancia.
—Caballeros —dijo don Pedro—, el honor castellano está ofendido: un conde osado y presuntuoso se ha atrevido a faltar a la obediencia debida a su rey; y vuestro silencio, vuestra ciega sumisión a sus órdenes os hacen cómplices en su delito. ¿Quién de vosotros, infanzones de Castilla, quién es el que no ha hecho pleitesía y rendido vasallaje a don Alfonso de Aragón? Ninguno. ¿Y porque haya adquirido sus derechos al trono de Castilla casándose con doña Urraca, por ventura habrá de perderlos siempre que esta lo quiera así? No creo, cababalleros, que haya aquí quien tal piense. En tanto que el Santo Padre, por justa causa, no os declare libres de vuestros juramentos, sois vasallos de don Alfonso y traidores negándole la obediencia. La sorpresa del primer momento puede disculpar lo que hasta aquí se ha hecho; pero pasar más adelante sería no solo criminal sino temerario. ¿Qué fuerzas opondréis a las del rey de Aragón? ¿Cómo resistiréis el ímpetu violento de su venganza?... Nadie me responde. La verdad ha penetrado en vuestros corazones. ¿Estáis prontos a volver a someteros a vuestro rey?
—Sí —contestaron unánimemente—; sí, conde; hablad y decidnos qué hemos de hacer.
Este era el punto al cual quería el conde traer los ánimos, y ni un momento había dudado conseguirlo, pues conocía perfectamente que todas las circunstancias le favorecían. No molestaremos la atención de nuestros lectores refiriéndoles prolijamente los pormenores de la conferencia de aquellos magnates: lo que les importa saber es que decidieron que a toda costa y aun usando de la fuerza, si las circunstancias lo exigían, pondrían a la reina en poder de su marido; suplicando al mismo tiempo a este la tratase con más suavidad que hasta entonces lo había hecho.
Hubo quien propuso hacer entrar en la conjuración a don Diego López; mas el conde, que le conocía bien, se opuso a que se tratara de semejante cosa, diciendo que el señor de Nájara era hombre que no se volvería atrás de lo que una vez había prometido, aunque para conseguirlo se levantase su mismo padre del sepulcro.
—Otros medios —concluyó—, se nos presentarán más arriesgados tal vez; pero que Dios mediante y nuestra diligencia producirán el éxito que deseamos. Separémonos, caballeros, antes que venga el alba y nos descubra; yo os prometo que no tardaréis en tener noticias mías.
De este modo las armas de Aragón por un lado, y por otro los escrúpulos o la debilidad de sus vasallos amenazaban a un mismo tiempo a doña Urraca, quien en todo pensaba menos en la tempestad pronta a descargar sobre su cabeza.
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CAPÍTULO VII
Sucedíanse en el alcázar de Burgos festines a festines: solo se pensaba en diversiones, y hubiera sido difícil adivinar por las apariencias la precaria y efímera existencia de la dominación de doña Urraca.
Los mismos que secretamente conspiraban contra la reina, eran los primeros en aprovecharse de sus indiscretas liberalidades, y en mostrarse oficiosos en inventar nuevos placeres, para ocultar así mejor sus proyectos y disipar toda sospecha; la reina veía con placer su mentido celo, y casi no echaba de menos la presencia del conde de Candespina.
Hernando de Olea y el señor de Nájara, dejándose arrastrar de la corriente, también pensaban más en solazarse que en otra cosa; y así eran de poquísimo estorbo para sus contrarios.
En particular Hernando, que por la parte que tuvo en el suceso del Castellar gozaba de gran favor con la reina y andaba siempre a su inmediación, con la vista y el frecuente trato de doña Leonor de Guzmán empezó a conocer que no era tan insensible como creía a los encantos del bello sexo. Hasta entonces había mirado siempre con repugnancia, y acaso con horror, la vida afeminada de la corte, y desdeñado acomodarse a los modales de los palaciegos, a quienes despreciaba; pero el deseo de agradar a doña Leonor le hizo vencerse e imitar lo que veía. De aquí resultaba un contraste singular y casi ridículo en todas sus acciones y palabras; pues a pesar de sus esfuerzos, le era imposible reprimir en algunas ocasiones su natural impetuosidad, y dejar de producirse con la aspereza y energía que le eran propias. Mas a pesar de que por esta parte el pobre Hernando no presentaba el aspecto más propio para agradar, sin embargo su figura colosal y bien proporcionada, su rostro hermoso aunque guerrero y la fama de sus hazañas eran con una dama de aquellos tiempos recomendaciones suficientes para no despreciar enteramente la ofrenda de su corazón. Doña Leonor, pues, vio con cierta complacencia la naciente inclinación del de Olea, y se condujo con toda la maestría propia de una mujer de talento y cortesana.
En tanto que el amor y los placeres reinaban en la capital de Castilla, el conde de Candespina no perdonaba medio ni fatiga para levantar sus tropas y las de sus amigos: pasaba el día expidiendo correos con avisos a los señores en quienes tenía más confianza, y órdenes para sus vasallos; y la noche escribiendo las cartas que debía enviar al siguiente día.
Él mismo no permanecía cuarenta y ocho horas en un paraje; corría todas las villas, lugares y alquerías de sus dominios: a unos amenazaba; a otros persuadía con el halago; a este le exigía caballos, al otro armas, al de más allá su persona; y, por último, todo lo ponía en contribución para lograr prontamente su objeto.
Entre los señores a quienes envió a pedir socorro citaremos como más principales a Íñigo Jiménez, que gobernaba en Calahorra y ambos Cameros, Garci López en Tobía y Marañón, y señaladamente al conde don Pedro González, señor de Lara, de Medina, Mormojón, Dueñas y Tariego, quien tanto por lo ilustre de su linaje, que es uno de los cinco grandes solares de Castilla, cuanto por su riqueza y fama, era tenido en grande estima y valía en aquella época.
Los que hemos nombrado, y algunos otros que omitimos en obsequio de la brevedad, se decidieron desde luego en favor de la reina, porque les era muy pesada la dominación del de Aragón, y confiaban en sus riquezas y vasallos, que capitaneados por el conde de Candespina, podrían resistir y acaso vencer a don Alfonso. Por el contrario, los que compusieron la junta de Burgos, eran todos caballeros cortesanos, mejor avenidos con los festines y torneos que con el rigor de los combates, y que preferían vivir pacífica y sosegadamente bajo el gobierno de un extraño a exponerse a los riesgos de la guerra, irritando a un monarca tan poderoso y esforzado como el de Aragón.
Así se pasaron algunos días, hasta uno en que ya cansada doña Urraca de las diversiones de la capital, dispuso salir a caza con todo el aparato correspondiente. La corte entera se puso en movimiento: todos los caballeros apercibían sus caballos y perros, y los monteros se desafiaban unos a otros sobre quién haría alarde de más destreza y fuerza en la próxima cacería; diversión en aquellos tiempos propia solo de los príncipes y grandes señores, quienes no perdonaban gastos para hacerla con toda la ostentación posible. Las damas, que a caballo asistían también a amenizar el espectáculo, se esmeraban en los vestidos y sombrerillos, procurando cada una sobrepujar a las demás en gala y bizarría; y la reina, no menos que las otras, se ocupaba también en sus adornos, con el mismo ahínco, o acaso más, que hubiera podido hacerlo en el negocio de estado de la mayor importancia.
Llegó por fin el día señalado, y desde antes del amanecer empezaron a oírse los ladridos de los lebreles, el relinchar de los caballos y el alegre son de las cornamusas.
Caballeros y damas, todos con vestidos de fondo verde, con adornos y plumas de diferentes colores, conforme al gusto e inclinaciones de cada uno, se reunieron en el alcázar para acompañar a la reina, quien no tardó en presentarse tan bizarra con su vestido de caza que excitó un murmullo general de admiración en los cortesanos, pues, para no faltar a la verdad, nos es preciso decir que según la crónica no bastó su alta dignidad a ponerla a cubierto de las críticas observaciones de las señoras de Castilla. Quién de estas hallaba el vestido muy largo; quién muy corto; una sobrecargado de adornos al paso que a otra le parecía harto pobre; esta decía que el color era poco a propósito para favorecer el rostro de la reina, y aquella que las plumas de la gorra o sombrerillo eran demasiadas: en resumen, desde la punta del calzado hasta el último adorno de la cabeza de la reina sufrieron el más severo de los exámenes. Todo esto debe entenderse en voz baja, y con el suficiente recato para no ser oídas de doña Urraca, pues a su presencia o callaban o se deshacían en elogios bien poco sinceros. Los de los hombres lo eran más, y tal vez por esta causa crecía el descontento de aquellas damas, porque sabido es que no pueden perdonar que otra mujer parezca bien a su amante estando ellas presentes, aunque sea una reina. Una sola entre todas no tuvo motivo de queja, porque su amante, enteramente ocupado en contemplarla, no hizo siquiera reparo en la reina, y esta fue doña Leonor, de quien Hernando estaba cada día más prendado; verdad es que también el primer cuidado de la camarera, cuando entró en el salón acompañando a su señora, fue buscar a Hernando para ver qué efecto le hacían sus gracias en aquel nuevo traje, y como le halló con los ojos clavados en ella, en la actitud de un hombre que está en éxtasis, no pudo menos de ruborizarse; pero quedando al mismo tiempo muy satisfecha interiormente.
Lucidísima fue la comitiva que salió de Burgos con la reina, y todos con gran júbilo y algazara (en cuanto lo permitía la presencia de doña Urraca) se dirigieron a Vivar, aldea de la montaña, célebre por haber dado su nombre al Cid Campeador, en la cual debía darse principio a la montería. Hallábase en ella preparado el desayuno para la reina y las personas de más cuenta en un magnífico pabellón arabesco, dispuesto con el mayor gusto, y para la generalidad de los cazadores en el campo mismo. Oíanse entre tanto los gritos de los ojeadores que de gran distancia venían estrechando su círculo para reunir las reses en un corto espacio de terreno; y los bramidos de las acosadas fieras hacían resonar los ecos de las profundas cavernas de los montes.
Pocas serían las damas de nuestro siglo a quienes la idea sola de presenciar la caza de jabalíes no asustase, pues en cuanto a encontrar una que quisiera tomar un venablo y atacar a la fiera, aun cuando otras heridas la hubiesen ya postrado, la empresa nos parece tan difícil que raya en lo imposible.
Sin embargo, el mismo clima, la misma tierra habitaban las españolas del siglo XII que las del XIX.
Pero tal es la fuerza de la costumbre o, por mejor decir, de la educación, que llega a veces a hacerse superior a la misma naturaleza. Nuestra augusta cazadora fue la primera a apresurar el momento de dar principio a la diversión, y en el transcurso de aquel día dio varias pruebas de valor y destreza, que la atrajeron no pocos vítores y aplausos de sus vasallos. La mañana se dedicó enteramente a hacer la guerra a los jabalíes, y la tarde se destinó contra los ciervos, por ser caza que podía hacerse a caballo. Excusado será decir que doña Leonor no se apartó ni un momento de la reina, y que Diego López y Hernando de Olea, como encargados de su guarda, tampoco la perdieron de vista. En particular este último, que iba encontrando mucho placer en su encargo, siempre tenía un pretexto para estar más próximo a la camarera que a la reina: ya era que respetaba demasiado a doña Urraca para entablar conversación con ella, o que aquel honor era debido más bien a don Diego que a él. En resumen, el amor, como todas las pasiones, era en él dominante, exclusivo e incapaz de ocultarse, y si hubiera encontrado expresiones a propósito con que declararse, es indudable que lo hubiera hecho al momento.
Habíase ya puesto el sol e iba a terminarse la cacería con la muerte de un desdichado ciervo, a quien los perros acosaban muy de cerca, cuando hallándose en lo más intrincado del monte la reina con su camarera, el señor de Nájara, Hernando y un corto número de personas de la comitiva, se aparecieron de repente y como por ensalmo a alguna distancia, una porción de hombres que más que tales parecían fieras. Vestían una especie de calzón de piel de oso hasta media pierna; una túnica o pellico de lo mismo les cubría desde los hombros hasta las rodillas; media cara iba oculta con un antifaz también de piel, y su calzado eran unas abarcas del mismo material. Defendíales la cabeza un casquete de red de hierro, y sus armas consistían en una espada, un chuzo y tres o cuatro dardos arrojadizos.
—Jesús sea conmigo —exclamó doña Leonor deteniendo al mismo tiempo su caballo.
—¿Qué es eso, Leonor? —preguntó la reina haciendo lo mismo.
—Mire Vuestra Alteza aquellas visiones —contestó aquella.
Y don Diego López la atajó, diciendo:
—O yo me engaño o aquellos son almogávares.
—No os engañáis, don Diego, ellos son; conozco a esos montañeses perfectamente, y a fe, a fe, que no sé qué querrán en Castilla esas aves de rapiña naturales de la corona de Aragón —añadió Hernando.