El conde de Candespina (1 de 2)
Part 7
—Oídme, hermano, y haced bien vuestras cuentas: cualquiera que sea el motivo por el que hayáis abandonado el campo de los rebeldes y venido a uniros a los leales, vuestra suerte está asegurada si cumplís con la obligación de un buen soldado; contentaos pues con esto, o si persistís en la oferta de poner al traidor conde de Candespina en poder de su rey, mirad qué garantías me ofrecéis...
—Mi cabeza responde si no salgo con la empresa.
—Acepto la fianza, y os ofrezco una buena recompensa si la lográis.
—Ver aquí al conde es la única que apetezco.
—Sea: yo me encargo de que no tengáis de qué quejaros si llegare a venir. Pero veamos cómo pensáis poner en práctica el tal proyecto.
—El conde, con un corto número de servidores, tiene su cuartel separado del resto del ejército los días en que, como ahora, no está a su cargo el mando; por la noche es extremada la vigilancia con que están los suyos, mas apenas amanece, la mayor parte se echan a dormir. Treinta hombres de armas guiados por mí podrían llegar hasta la misma tienda del conde sin ser vistos, y entonces...
—Estáis entendido. Seguidme.
Y diciendo así, salió del aposento y condujo a Millán a otro en lo más apartado de la casa, donde habiéndole hecho entrar lo cerró con llave. En seguida puso un criado de centinela a la puerta con las más estrechas órdenes para no permitir que ninguna persona se aproximara a hablar con el castellano, y volvió a su gabinete, al cual hizo llamar a diversas personas de las que en su servicio le merecían mayor confianza para darles las instrucciones que en adelante se verán.
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CAPÍTULO XII
Extraordinario fue el movimiento que hubo en la posada del conde don Pedro Ansúrez desde la llegada de Millán: todos los servidores del privado tenían cada uno su particular comisión, sin que ninguno, empero, supiera el motivo y objeto de lo que se le encargaba: mas esto no era para ellos en ningún modo nuevo, pues casi siempre les sucedía lo mismo. Lo singular es que don Pedro no pusiera en conocimiento del rey una noticia de tanta importancia; pero su interés le aconsejaba tenerla oculta por dos razones: primera, que decirla antes de haber completamente ejecutado su designio era llamar mucho la atención hacia Millán, haciendo que sobre él recayese todo el mérito de ella; y la segunda, que en caso de frustrarse, siempre achacarían al conde no haber puesto de su parte todos los medios conducentes para el logro.
Sirviéronse a Millán las comidas regulares en el aposento que le servía de cárcel, y ni él hizo la menor pregunta a los criados del conde, ni contestó más que por monosílabos a las que ellos se atrevieron a dirigirle. En vano el observador más perspicaz hubiera querido hallar la menor señal de agitación, temor ni remordimiento en el rostro del soldado: su frente despejada, su mirar sereno, y el sosegado comedimiento de todas sus acciones indicaban más bien el hombre honrado, pronto a correr un grave riesgo en defensa de la virtud, que al vil traidor, dispuesto a entregar en manos de sus más crueles enemigos a su natural señor. Don Pedro de Ansúrez, informado por sus criados de la tranquilidad de su prisionero, juzgó que nacía de las esperanzas que tenía de ver satisfecha su venganza; y se confirmó en la idea de llevar adelante aquella empresa. Vuelto a conducir Millán a la presencia del astuto conde, fue de nuevo interrogado por él sobre los mismos puntos poco más o menos que en su primera entrevista, pero de diferentes modos, contestando siempre lo mismo, sin que las sutilezas del de Ansúrez fueran poderosas a hacer que se contradijera en nada, ni se turbara un instante.
—Bien —dijo el conde después de más de una hora de conversación—, bien: estoy satisfecho de que obráis de buena fe. Decidme ahora dónde está situado el cuartel de vuestro antiguo amo.
—Ya he dicho a Vueseñoría, y lo repito, que yo conduciré a él a los que hayan de prenderle.
—Pero decidme dónde.
—No, señor.
—¿Y por qué?
—Porque eso sería renunciar a mi venganza.
—No lo entiendo.
—Quiero verle yo mismo caer en poder de sus enemigos; quiero presenciar su abatimiento; en una palabra, he jurado morir o traerle aquí por mi propia mano.
—Norabuena. ¿Qué gente necesitáis?
—Treinta hombres de armas.
—Pocos me parecen.
—Sobrados para una empresa como esta; y advierto a Vueseñoría que deben venir desmontados.
—Sepamos la razón.
—Porque el conde de Candespina ha situado sus pabellones en un paraje quebrado, donde no solo sería muy prolijo caminar a caballo, sino que es verdaderamente un imposible hacerlo sin ser descubiertos.
—Aguardad: para mayor seguridad iréis todos disfrazados con un traje que encubriendo las armas os haga menos visibles.
—Nada sería más conveniente.
—Os vestiremos de almogávares: idos a descansar, que mañana con la voluntad de Dios saldréis de aquí antes de amanecer.
—Y antes de medio día habréis visto al conde de Candespina.
—¡Dios lo haga! Y lo demás dejadlo por mi cuenta.
En efecto, a la mañana siguiente salió Millán a la cabeza de unos cincuenta hombres armados y cubiertos con traje de almogávares; pues el conde se obstinó en que no llevase menos de este número: pero la Providencia dispuso que aquel disfraz que hizo tomar a su gente el de Ansúrez para mejor logro de sus proyectos, sirviese únicamente para contrariarlos y favorecer la fuga de don Diego López y Hernando de Olea. Tan felices fueron estos, que acertaron a quebrantar su prisión precisamente la noche que precedió a la mañana señalada para la ejecución del pérfido proyecto del traidor Millán, y el grupo de supuestos almogávares a que hemos dicho se unieron, saliendo con él de la ciudad, era precisamente el de los hombres destinados a prender al conde de Candespina. Don Pedro Ansúrez había calculado muy bien que el traje de almogávares debía encubrir mejor el proyecto de los suyos; pues aunque aquellos montañeses formaban conocidamente parte del ejército aragonés, como solo se ocupaban en talar los campos e interceptar convoyes, sin atacar nunca a ningún cuerpo de tropas regulares, no podrían alarmar al campo castellano aunque fuesen vistos desde él.
Como media legua andarían, siempre con el mayor silencio siguiendo a Millán, quien a la cabeza de ellos marchaba con notable desembarazo y visible contento; pero ya a esta distancia de Soria, y no hallándose aún bastante próximos al enemigo para recelar el ser oídos, creyeron los aragoneses que podían permitirse alguna más libertad, y se trabaron entre ellos algunas conversaciones, cuyo objeto, como es fácil de presumir, fue la empresa a que iban destinados. Grande fue la sorpresa de los dos caballeros fugitivos oyendo a los que suponían almogávares hablar tan claro el castellano, que no les pudo quedar duda ninguna de que no pertenecían a la tribu errante cuyo traje vestían.
—Estos son aragoneses disfrazados y no almogávares —dijo Hernando al oído a su compañero.
—Callad —le contestó este con voz tan baja que apenas se oía—, callad, por vida vuestra, si no tenéis ganas de volver a la prisión de Soria.
Siguió Hernando tan saludable consejo, y le ayudó a no quebrantarlo el llamarle la atención lo que delante de él iban hablando, en voz inteligible aunque baja, dos aragoneses.
—Es imposible —decía el uno— que haya hombre más afortunado que el tal don Pedro Ansúrez.
—Todo se le viene a la mano —contestó el otro.
—Y tanto; por dónde diablos se le ha antojado al conde de Candespina maltratar a un criado suyo para que este se pase a nosotros y nos lo ponga en las manos.
—¿Conque ese Millán es su criado?
—¿Pues qué, no lo sabías?
—¡Millán traidor! —dijo Hernando a don Diego—. Apenas puedo creerlo.
—Silencio y oigamos —replicó el señor de Nájara.
—Lo que oyes —continuaba el aragonés.
—Pues eso es venderlo como un Judas.
—Lo mismo. A decir verdad es una villanía.
—Ya se ve; pero el conde no repara en niñerías.
—Con tal que logre su fin.
—Por logrado: Millán conoce el terreno: llegamos a la tienda del de Candespina sin ser vistos...
—Y lo despachamos al otro mundo.
—Nada menos que eso. Viene a Soria con nosotros.
—Muy enterado estás.
—Cuando el conde daba a Millán las últimas instrucciones estaba yo presente, y por eso lo sé todo.
Por este orden continuaron discurriendo sobre la materia, dejando a don Diego y a Hernando perfectamente enterados de la inicua trama del conde de Ansúrez y Millán contra el noble don Gómez. De cólera les hervía la sangre en las venas; pero como dos hombres casi inermes nada podían hacer contra cincuenta bien armados, hubieron de resolverse a aguardar el momento crítico para emplearse en salvar a su común amigo, o morir en la demanda. Llegados al pie de una pequeña colina, mandó Millán hacer alto para subir a su cima, dijo, a ver si había enemigos en campaña, como en efecto lo hizo; y no contentándose con examinar los alrededores, desde lo más alto del terreno, bajó algún tanto de la pendiente del lado opuesto al en que estaban los aragoneses, desapareciendo por un breve rato a su vista. Poco tardó en volver a mostrarse de nuevo sobre la altura, y haciendo seña con la mano, rompió la marcha la tropa; y en breves instantes se halló también en la cima de aquella colina, una de las que rodeaban un pequeño valle que al pie de ella se veía. Bajaron a él los aragoneses y siguieron marchando sin ningún concierto, pues Millán les anunció que aún les quedaba que andar bastante para llegar a su destino; pero no tardaron en arrepentirse de su negligencia, pues habiendo llegado poco más o menos al centro del valle, vieron salir de las gargantas de los pequeños montes que lo formaban diversos destacamentos de caballería que dirigiéndose sobre ellos a todo escape, los rodearon completamente antes de que pudieran volver en sí de su asombro, ni menos concertarse para la defensa.
—Rendíos todos, o muertos sois —gritó un caballero, cuya voz era tan conocida como grata a los oídos de don Diego y Hernando—. Depónganse al momento las armas o a nadie se da cuartel —continuó el conde de Candespina, pues en efecto era él quien a la cabeza de un escuadrón de sus vasallos había sorprendido a los aragoneses.
Fácil es de presumir que estos se sometieron sin replicar a su mala suerte, porque los castellanos les eran superiores en número, y ellos esperaban tan poco aquel ataque, que aún habiendo sido tantos como sus enemigos no hubieran osado resistirles.
Todo esto fue obra de tan breves instantes que apenas dio tiempo a don Diego y a Hernando para que, arrojando al suelo los antifaces que les ocultaban el rostro, y atravesando con no vista precipitación la tropa de los consternados aragoneses, se presentasen al conde de Candespina, cuyo asombro fue indecible viéndolos en aquel punto y traje.
—¡Hernando! ¡Don Diego! —exclamó—: ¿sois vosotros o estoy soñando?
—No, conde, a Dios gracias, contestó Hernando corriendo a él y estrechándolo en sus brazos.
—Nosotros somos, dijo don Diego sosegadamente teniéndole la mano; y a fe que buen susto hemos pasado por vos toda esta mañana.
—¿Dónde está ese perro de Millán? —exclamó Hernando—: entregádmelo que yo haré justicia de él.
—Sosegaos, Hernando: las apariencias os han engañado: nunca me ha sido Millán más fiel que ahora.
—¿Conque por vuestra orden —dijo don Diego— ha ido a Soria?
—Sí, don Diego, por mi orden.
—¿Y es posible, don Gómez? —interrumpió Hernando.
—Suspended el juicio y no condenéis precipitadamente a vuestro amigo. Tanto me repugna como a vos valerme de mañas y arterías, pero con el conde don Pedro Ansúrez la espada es inútil, y si supierais en qué pie están las cosas en nuestro propio campo...
—Perdonad, conde, perdonad a vuestro amigo una indigna sospecha.
—La dicha de teneros a mi lado, caballeros, me ha hecho olvidar lo principal: Millán ejecuta lo que ya sabes, y vos, don Diego y Hernando, venid conmigo y os enteraré de un arriesgado proyecto cuya ejecución tengo por cierta contando con tales auxiliares como vos.
Dos soldados cedieron sus caballos a los dos caballeros, que montando en ellos y siguiendo a don Gómez hasta su tienda, que poco más allá del valle estaba, mudaron en ella de trajes y supieron del conde de Candespina cosas que el lector sabrá en los capítulos siguientes.
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CAPÍTULO XIII
Volvamos por un momento a Soria. La noche de la fuga de los caballeros castellanos se pasó sin que los soldados que guardaban la prisión tuvieran de ella la menor sospecha. Los carceleros, imposibilitados de moverse ni gritar, no pudieron dar la alarma, y pasaron muchas horas en una verdadera agonía. Gran parte de la mañana siguiente se pasó del mismo modo, hasta que extrañando los soldados la falta de los carceleros a cuidar de sus presos, dieron parte de ella a su jefe, quien inmediatamente la puso en noticia del conde de Ansúrez; y este mandó a uno de los oficiales de su casa que fuera a reconocer la prisión. Así lo hizo, y después de haber registrado inútilmente todas las estancias de ella, para buscar las llaves del cuarto en que se suponía a don Diego y a Hernando, se decidió a forzar la puerta, y halló al castellano y al aragonés en el más lamentable estado. Tendidos en el suelo y atados de pies y manos, como se ha dicho, no podían hacer movimiento alguno; y a más, el paño con que a cada uno de ellos taparon la boca los prófugos, les embarazaba de tal modo la respiración que estaban como asfixiados, y si hubieran continuado así mucho tiempo, tal vez habrían perdido la vida; mas luego que pudieron respirar libremente recobraron el sentido e hicieron relación de su desgracia, adornándola, como es de costumbre, con todas cuantas circunstancias les parecieron más a propósito para excitar la compasión y disminuir la vergüenza de su vencimiento. El oficial del conde manifestó compadecerlos; pero no por eso dejó de conducirlos consigo a presencia de aquel, para que respondiesen a los cargos que tuviera por oportuno hacerles. Supo pues el conde de Ansúrez por boca de los mismos carceleros la fuga de los dos prisioneros que él estimaba en tanto, convenciéndole el demudado rostro de aquellos miserables, y la deposición del oficial de que estaban inocentes en tan desagradable acontecimiento. No es difícil figurarse que don Pedro vio con pesadumbre frustrarse las esperanzas que tenía de que un día pudieran serle útiles los dos caballeros en su poder; pero también es cierto que la idea de ser en breve dueño del caudillo y sostén del partido de la reina contribuyó no poco a mitigar su pena. Ordenó, empero, que se practicasen las más vivas diligencias para buscar en Soria a los dos fugitivos; pues en cuanto a que hubiesen salido de ella no lo temía, estando prevenido que nadie pudiera hacerlo sin un pase firmado de su propia mano. Inmediatamente se pusieron en campaña una multitud de aquellos hombres que en todas épocas y estados hay, ha habido y habrá, que tal vez son necesarios y útiles, mas que siempre llevan consigo una odiosidad inseparable de los servicios a que se les destina: es decir, que gran número de espías del conde don Pedro Ansúrez tomaron a su cargo averiguar el paradero de don Diego y Hernando, cosa que no podían lograr, porque cuando empezaron sus pesquisas ya los dos fugitivos estaban en salvo.
Esta circunstancia aumentó notablemente la inquietud con que don Pedro Ansúrez esperaba el regreso de Millán trayéndole prisionero al conde de Candespina, a quien contaba presentar en triunfo al rey, prometiéndose por ello no pocas mercedes. Hubiera dado todo el oro del mundo porque el tiempo apresurase su movimiento, apenas perceptible para él entonces; y era tal su impaciencia que estaba en el caso de aplicarle aquellos versos de Meléndez que dicen:
Los días, que confiado quieres hora apresurar, un tiempo te ha de pesar que hayan tan presto llegado.
Mas como quiera que sea, lo cierto es que pasó en una ansiedad inexplicable algunas horas, hasta que poco después de medio día se presentó un criado anunciando que desde la muralla se descubría como regresaba a Soria la tropa que había salido aquella mañana de la ciudad.
—Vuelve corriendo a la puerta para que de ningún modo sean detenidos en ella; que vengan aquí sin pararse en parte alguna; y, sobre todo, que no se separe de la tropa ningún individuo. Todos sin excepción han de venir a mi presencia. Marcha; vuela.
Esto dijo el conde a su criado, quien partió como un rayo a poner sus órdenes en ejecución. Como media hora después se oyó un confuso rumor de armas en el zaguán de la casa, y subieron apresuradamente la escalera con Millán, un hombre armado de punta en blanco, mas sin espada ni otra arma ofensiva, que parecía venir preso, pues iba siempre seguido de dos almogávares que no se separaban un punto de él, y otros cuatro o cinco también almogávares. Apenas se sintieron los pasos en el salón, cuando entreabriendo el conde la puerta de su gabinete, el primer objeto que hirió su vista fue el armado caballero que hemos dicho, cuyo rostro no le permitió descubrir la visera del yelmo que llevaba calada; y pudiendo apenas hablar con el sobresalto, preguntó:
—Millán, ¿es él?
—Sí, señor: he cumplido mi palabra; el conde de Candespina está en vuestra presencia.
Estas últimas palabras las dijo ya Millán en el gabinete de don Pedro Ansúrez, en el cual entraron también cuantos le seguían. Inmediatamente uno de ellos cerró la puerta; dos, sacando los puñales, asieron al conde Ansúrez de ambos brazos, y poniéndole las puntas en el pecho le intimaron el silencio pena de la vida; y el caballero armado alzándose la visera dejó ver las nobles facciones del conde de Candespina.
—Traidores —fue la única palabra que pudo articular don Pedro Ansúrez.
—Aquí no hay ninguno más que tú —le replicó Hernando, que era uno de los supuestos almogávares que custodiaban al conde.
—Basta, Hernando: recordad vuestras promesas de prudencia. Conde don Pedro, el cielo es justo en sus decretos; los malos podrán triunfar un momento, pero tarde o temprano llega el día en que le dan cuenta de sus culpas: vuestra hora ha llegado tal vez. Preparábais un suplicio a un hombre sin más delito que el de amar a su patria; y habéis caído en su poder. Un solo medio os queda para salvaros, aceptadlo o resolveos a morir.
—¿Qué se exige de mí? —dijo el de Ansúrez, más muerto que vivo.
—Que pongáis a la reina en nuestras manos.
—Y a doña Leonor de Guzmán —añadió Hernando.
—Pedís un imposible, contestó el conde don Pedro: la reina se halla ahora en su palacio en poder del rey su esposo, y doña Leonor en un convento en reclusión...
—El tiempo vuela, caballeros —dijo rompiendo el silencio por primera vez don Diego López; el tiempo vuela y los instantes nos son preciosos.
—Sobrada razón tenéis: omitamos inútiles digresiones: vais a conducirnos, conde de Ansúrez, a presencia de Su Alteza.
—¿Yo, don Gómez?... ¿Yo? ¿Y cómo puedo...?
—Vos podéis y lo haréis, o de no, vais a la eternidad antes de dos minutos. Jurad por los Santos Evangelios que ni con palabra, ni con gesto, ni con seña, ni por escrito, haréis acción que pueda descubrirnos, y vamos a seguiros al cuarto de la reina don Diego, Hernando y yo.
—Pero conde...
—¿Juráis o no?
Esta pregunta del conde fue acompañada con un gesto de Hernando tan significativo, que pareció decidir la perplejidad del conde, quien juró cuando le dijeron que jurase. Hiciéronle entender a mayor abundamiento, y para más garantía del cumplimiento de su promesa, que perdería la vida en el momento en que ni remotamente diese motivo a sospechar que iba a faltar a ella.
El lector sin duda habrá comprendido, que viendo el conde de Candespina el mal aspecto que presentaban las cosas en su campo, en razón de la discordia que en él reinaba, conoció que el único medio para salir con su empresa adelante, era intentar alguna otra expedición no menos aventurada y peligrosa que la de Castellar; y el conocimiento que del carácter de don Pedro Ansúrez tenía fue el que le hizo concebir el proyecto de enviar a Millán a Soria, a proponerle poner su persona en manos del rey de Aragón; y envolviéndole en sus propias redes obligarle a contribuir a que la reina recobrase su libertad. Surtió en efecto este expediente, como hemos visto, todo el buen éxito que de él podía esperarse, hasta el momento en que, ya resuelto el conde, prestó su juramento y se trató de marchar a palacio. El conde de Candespina para no ser conocido tenía bastante con bajarse la visera, y don Diego y Hernando venían a prevención armados debajo del vestido de almogávares: Millán, que reputado por desertor del campo castellano, podía presentarse sin recelo, salió a traer dos celadas que de parte del conde de Ansúrez pidió a sus criados, y encubiertos ya los tres, salieron con él hacia palacio, en tanto que el criado de don Gómez con el resto de la tropa marchó a esperar el resultado en la misma puerta de la ciudad, por donde acababan de entrar.
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CAPÍTULO XIV
En medio de la temeridad que bajo cierto aspecto aparecía en toda la conducta de don Gómez y sus amigos en este asunto, es preciso confesar sin embargo que el conde de Candespina supo aprovecharse con extremada sagacidad aun de las mismas circunstancias que más contrarias podían serle. ¿Quién, en efecto, viendo a don Pedro Ansúrez caminar por las calles de Soria con dirección al alojamiento del rey de Aragón, acompañado por tres hombres completamente armados, cuyo reposado continente y gravedad en la marcha no descubría la menor agitación; quién, decimos, hubiera podido figurarse que el mayordomo mayor de la reina iba allí prisionero en poder de sus mayores enemigos? ¿A quién se le podría ocurrir que aquellos tres guerreros fuesen nada menos que el mismo conde de Candespina y sus dos más íntimos amigos? Sin duda que a nadie; y el mismo don Pedro podía apenas persuadirse de que no fuera un sueño lo que por él estaba pasando. Todas estas consideraciones, tan naturales y de tanto peso en el ánimo de un hombre incapaz de conocer el miedo, alentaron sobremanera al conde de Candespina; mas no por eso dejó de tomar todas aquellas precauciones que estuvieron a su alcance: tales como las de hacer que Millán fuese con los cincuenta hombres disfrazados que a Soria le habían seguido, a situarse en la puerta de ella, de modo que siempre le quedara aquella salida; y emboscar un razonable escuadrón a tan corta distancia de la ciudad que a la primera señal podía hallarse al pie de sus muros: y dejando el resto en manos de su buena suerte, obraba en medio de sus enemigos tan sosegadamente, o acaso más que hubiera podido hacerlo en sus propios reales.