Part 3
—Pues discurre... así, á ver que te convendría más... Porque algo has de ser; en alguna parte has de meter la cabeza. ¿Te gustaría un juzgado de entrada? ¿Un destino en el ramo de correos? ¿En alguna oficina?
Estaban dando la vuelta á la plazoleta para acercarse á casa de García, y al pasar por delante del balcón de Leocadia, el aroma de los claveles penetró hasta el cerebro de Segundo. Experimentó una reacción poética, y dilatando las fosas nasales para recoger la fragancia, exclamó:
—Ni juez, ni empleado en correos... Déjeme de eso, tío.
—No porfíes, Clodio, dijo agriamente el abogado. Éste no quiere ser nada, nada, más que un solemne holgazán, y pasarse la vida echando borroncitos en papelitos... Ni más ni menos. Allá van los cuartos de la carrera, todo lo que gasté; allá van el Instituto, la Universidad, la pechera, el levitín, la botita flamante; y luego, cuando uno piensa que los tiene habilitados, vuelta á cargar sobre las costillas de uno... á fumar y comer á su cuenta... Sí, señor... Yo tengo tres, tres hijos para gastarme y chuparme el jugo, y ninguno para darme ayuda... Así son estos señoritos... ¡vaya!
Segundo, parado y con las facciones contraídas, se retorcía la punta del bigotillo. Todos se detuvieron en la esquina de la plazoleta, como suele suceder cuando una plática se enzarza.
—No sé de dónde saca V. eso, papá... declaró el poeta. ¿Usted se figura que me he propuesto no pasar de Segundo García, el hijo del abogado? Pues se equivoca mucho. Ganas tendrá V. de librarse del peso que le hago; pero más aún tengo yo de no hacérselo.
—¿Y luego, á qué aguardas? El tío te está proponiendo mil cosas y no te acomoda ninguna. ¿Quieres empezar por Ministro?
El poeta dió nuevo tormento á su bigote.
—No hay que cansarse, papá. Yo haría muy mal empleado en correos y peor juez. No me quiero sujetar al ingreso en una carrera dada, donde todo esté previsto y marche por sus pasos contados... Para eso, sería abogado como usted ó escribano como el tío Genday. Si realmente cogemos á D. Victoriano de buen talante, pídanle ustedes para mí cualquier cosa... un puesto sin rótulo, que me permita residir en Madrid... Yo me las arreglaré después.
—Te las arreglarás... Sí, sí, bien hablas... Me girarás letritas, ¿eh? como tu hermano el de Filipinas... Pues sírvate de gobierno que no puedo... que no robé lo que tengo, ni fabrico moneda.
—Si yo nada pido, gritó Segundo con salvaje cólera. ¿Le estorbo á V.? Pues sentaré plaza ó me largaré á América... Ea, se acabó.
—No, dijo el abogado calmándose... Siempre que no exijas más sacrificios...
—Ninguno... ¡así me muriese de hambre!
Abrióse la puerta del abogado: la vieja tía Gaspara, en refajos, hecha un vestiglo, salió á abrir; traía un pañuelo de algodón tan encima del rostro, que no se le distinguían las hurañas facciones. Segundo retrocedió ante aquella imagen de la vida doméstica.
—¿No entras? interrogó su padre.
—Voy con el tío Genday.
—¿Vuelves pronto?
—En seguida.
Tomó plazoleta abajo y explicó sus proyectos á Genday. Éste, chiquitín y fosfórico de genio, se agitaba como una lagartija, aprobando. No le desagradaban á él las ideas de su sobrino. Su cabeza activa y organizadora, de agente electoral y escribano mañero, admitía mejor los planes vastos que la cabeza metódica del abogado García. Quedaron tío y sobrino muy conformes en el modo de beneficiar el influjo de don Victoriano. Charlando así, llegaron á casa de Genday, y la criada de éste, mocita guapa, le abrió la puerta con toda la zalamería de una fámula de solterón incorregible. En vez de volverse á su domicilio, Segundo, preocupado y excitado, bajó á la carretera, se detuvo en el primer soto de castaños, y sentándose al pie de una cruz de madera que allí dejaran los jesuítas durante la última misión, se entregó al pasatiempo inofensivo de contemplar los luceros, las constelaciones y todas las magnificencias siderales.
[Ilustración]
IV
Durante las pesadas siestas de Vilamorta, mientras los agüistas digerían sus vasos de agua mineral y compensaban la madrugona con un letargo reparador, los músicos aficionados de la banda popular ensayaban las piezas que pronto ejecutarían reunidos. De la tienda del zapatero salían trinos melancólicos de flauta: en la del panadero resonaban briosas y marciales notas de cornetín: en el estanco gemía un clarinete: por el almacén de paños vagaban los ahogados suspiros de un figle. Los que así se consagraban al culto de Euterpe eran dependientes de comercio, hijos de familia, el elemento joven de Vilamorta. Semejantes fragmentos de melodía brotaban con penetrante sonoridad de entre la perezosa y cálida atmósfera. Cuando se esparció la nueva de que dentro de veinticuatro horas llegaba D. Victoriano Andrés de la Comba y su familia, para salir inmediatamente á las Vides, estaba la charanga sumamente afinada y acorde ya, dispuesta á atronar con tandas de valses, _dancitas_ y pasos dobles los oídos del insigne varón.
Notóse en la villa movimiento desacostumbrado. La casa de Agonde se abrió, ventiló y barrió, saliendo por sus ventanas nubes de polvo: la hermana de Agonde se asomó poco después, peinada en flequillo y con un collar de caracoles nacarados. El ama del cura de Cebre, guisandera famosa, daba vueltas en la cocina, y se oía el sonsonete del almirez y el chirriar del aceite. Dos horas antes de la de las cinco, á que llega el coche de Orense, miden ya la plaza las notabilidades calificadas del partido combista-radical, y Agonde espera en el umbral de su botica, habiendo sacrificado á la solemnidad de la ocasión su clásico gorro y chinelas de terciopelo, y luciendo botas de charol y levita inglesa, que le hace parecer más corto de cuello y más barrigudo.
Entraba el coche de Orense por la parte del soto, y al resonar sus cascabeles y campanillas, el trote de sus ocho mulas y jacos y el carranqueo de su pesada mole, los vecinos de Vilamorta se colgaron de los balcones, se asomaron á los portales; sólo la botica reaccionaria permaneció cerrada y hostil. Al desembocar el gran armatoste en la plaza, agitáronse los grupos; varios chiquillos, descalzos, treparon al estribo pidiendo un ochavo en plañidera voz; las fruteras de los soportales se incorporaron para mejor ver, y únicamente Cansín, el tendero de paños, con las manos metidas en los bolsillos y en babuchas, prosiguió recorriendo su almacén de arriba abajo, afectando olímpica indiferencia. Refrenó el mayoral el tiro, diciendo en tono conciliador á una mula resabiada:
—Eeeeeeh... Bueno ya, bueno ya, Canóniga...
Estalló la charanga, formada ante el ayuntamiento, en ensordecedor preludio y el primer cohete salió pitando, despidiendo chispas... Lanzóse el grupo en masa hacia la portezuela para ofrecer la mano, el brazo, cualquier cosa... Y bajaron trabajosamente una señora gruesa, un cura con las sienes abrigadas por un pañuelo de algodón á cuadros... Agonde, con más risa que enojo, hizo señas á la charanga y á los coheteros de que cesasen en su faena.
—¡No viene aún! ¡No viene aún! gritaba. En efecto, no traía más gente el ómnibus. El mayoral se deshizo en explicaciones.
—Vienen ahí, á dos pasos, como quien dice... En el coche del conde de Vilar... En la carretela... Por causa de la señora... Yo aquí traigo el equipaje... Y pagaron los asientos como si los ocupasen...
No tardó en escucharse el trote acompasado y gemelo del tronco del conde de Vilar, y la carretela descubierta, de arcaica forma, penetró majestuosamente en la plaza. Recostábase en el fondo un hombre envuelto, á pesar del calor, en un abrigo de paño; á su lado una mujer con impermeable de dril gris destacaba sobre el puro azul del cielo el ala caprichosa de su sombrero de viaje. En el asiento delantero, una niña como de diez años, y una _mademoiselle_, especie de aya-niñera ultrapirenáica. Segundo, que al llegar la diligencia se había quedado atrás, no aproximándose al estribo, esta vez anduvo menos reacio, y la mano que, cubierta con largo guante de Suecia se tendía pidiendo apoyo, encontró otra mano de presión enérgica y nerviosa. La señora del ministro miró con sorpresa al galán, le hizo un saludo reservado, y tomando el brazo que la brindaba Agonde, entró á buen paso en la botica.
Tardó más en bajarse el hombre político. Sorprendidos le miraban sus partidarios. Había variado mucho desde su última estancia en Vilamorta—ocho ó diez años antes, en plena revolución.—Su pelo gris pizarra, más blanco en las sienes, realzaba la amarillez de la piel; amarillo también y con estrías de sangre tenía lo blanco del ojo; y su semblante, arado y marchito, mostraba impresas en signos visibles las zozobras de la lucha social, las vicisitudes de la banca política y los sedentarios trabajos del foro. Su cuerpo estaba como desgonzado, faltándole el aplomo, la actitud que revela el vigor físico. No obstante, cuando menudearon los apretones de manos, cuando los _tanto bueno_... _por fin_... _al cabo de los años mil_... resonaron en torno con halagüeño murmullo, el gladiador exánime recobró fuerzas, se irguió, y una amable sonrisa dilató sus secos labios, prestando grata expresión á la ya severa boca. Hasta abrió los brazos á Genday, que se agitó en ellos con coleteos de anguila, y dió palmadicas en los hombros al alcalde. García el abogado trataba de hacerse visible y destacarse del grupo, murmurando con el tono grave de quien emite parecer sobre cosas muy peliagudas:
—Vaya, ahora arriba, arriba, á descansar, á tomar algo...
Por fin el remolino se aquietó subiendo á la botica el personaje, y tras él García, Genday, el alcalde y Segundo.
En la salita de Agonde tomaron asiento, dejando respetuosamente á D. Victoriano el sofá de reps grosella, y formando en torno suyo un semicírculo de sillas y butacas. Á poco rato aparecieron las señoras, ya sin sombrero, y entonces pudo verse que la de Comba era linda y fresca, pareciendo, más que madre, hermana mayor de la niña. Esta, con su copiosa mata de pelo tendida por la espalda, su seriedad de mujercita precoz, tenía aspecto triste, de arbolillo ético; mientras su mamá, rubia risueña, ostentaba gran lozanía. Hablóse del viaje, de las feraces orillas del Avieiro, del tiempo, del camino; la conversación enfriaba, cuando entró oportunamente la hermana de Agonde, precediendo al ama del cura, cargada con dos enormes bandejas donde humeaban jícaras de chocolate, pues de cena no entendían los huéspedes. Con depositarlo sobre el velador, servirlo, repartirlo, se animó la reunión. Los vilamortanos, encontrando asunto adecuado á sus facultades oratorias, empezaron á instar á los forasteros, á encomiar las excelencias de los manjares, y, llamando por su nombre de pila á la señora de Comba y agregando un cariñoso diminutivo al de la niña, se deshicieron en exclamaciones y preguntas.
—Nieves, ¿está el chocolate á su gusto?
—¿Acostumbra tomarlo claro ó espeso?
—Nieves, este pellizco de bizcocho maimón por mí: es una cosa superior, que sólo acá sabemos hacer.
—Victoriniña, vamos, á perder la vergüenza: esta manteca fresca sabe mucho con el pan caliente.
—¿Un pedacito de esponjado tostado? ¡Ajajá! De esto no hay por Madrid, ¿eh?
—No, contestaba la voz clarita y remilgada de la niña... En Madrid tomábamos con el chocolate buñuelos y churros.
—Aquí no se estilan buñuelos, sino bizcochitos... De esto de encima, de lo dorado... Eso no es nada: un pajarito lo pica...
Terció en el debate D. Victoriano, encareciendo el pan: él no podía comerlo; se lo habían prohibido en absoluto, pues su enfermedad le vedaba las féculas y los glútenes, hasta el extremo de que solían enviarle de Francia unas hogazas preparadas _ad hoc_, sin ningún elemento glucogénico; y al decir esto, volvióse hacia Agonde, que aprobó, mostrando entender el terminillo. Y sentía doblemente don Victoriano la veda, porque nada encontraba comparable al pan de Vilamorta: mejor en su género que el bizcocho, sí señor. Reíanse los vilamortanos, muy lisonjeados en su amor propio; mas García, meneando sentenciosamente la cabeza, explicó que ya el pan decaía; que no era como en otros tiempos, y que sólo el _Pellejo_, el panadero de la plaza, lo amasaba á conciencia, teniendo la santa cachaza de escoger el trigo grano por grano, y no admitir ninguno picado del gorgojo; así resultaba tan sabroso el mollete y con tanta liga. Se discutió si debía ó no tener ojos el pan, y si caliente era indigesto.
Don Victoriano, reanimado por estas mínimas vulgaridades, hablaba de su niñez, de los zoquetes de pan untados con manteca ó miel que le daban de merienda; y al añadir que también solía su tío el cura administrarle buenos azotes, volvió la sonrisa á suavizar las hundidas líneas de su rostro. Dulcificábase su fisonomía con aquella efusión, borrándose los años de combate y las cicatrices de las heridas, y luciendo un reflejo de la juventud pasada. ¡Qué ganas tenía de volver á ver en las Vides un emparrado del cual mil veces robara uvas allá de chiquillo!
—Aún las ha de robar usted ahora, exclamó festivamente Clodio Genday. Ya le diremos al señor de las Vides que ponga un guarda en la parra del Jaén.
Celebróse el chiste con hilaridad suprema, y la niña soltó su risilla aguda ante la idea de que robase uvas su papá. Segundo no hizo más que sonreírse. Tenía los ojos fijos en D. Victoriano y pensaba en su destino. Repasaba toda la historia del personaje: á la edad de Segundo era también D. Victoriano un oscuro abogaduelo, enterrado en Vilamorta, ansioso de romper el cascarón. Se había ido á Madrid, donde un jurisconsulto de fama le tomó de pasante. El jurisconsulto picaba en político y D. Victoriano siguió sus huellas. ¿Cómo empezó á medrar? Espesas tinieblas en torno de la génesis. Unos decían _erres_ y otros _haches_. Vilamorta se le encontró, cuando menos se percataba, candidato y diputado: ya frisaría por entonces en los treinta y cinco, y se exageraba su talento y porvenir. Una vez de patitas en el Congreso, creció la importancia de D. Victoriano, y cuando vino la Revolución de Setiembre, le halló empinado asaz para improvisarle ministro. El breve ministerio no le dió tiempo á gastarse ni á demostrar especiales dotes, y, casi intacto su prestigio, le admitió la Restauración en un gabinete fusionista. Acababa de soltar la cartera y venía á reponer su quebrantada salud al país natal, donde su influencia era incontestable y robusta, gracias al enlace con la ilustre casa de Méndez de las Vides... Segundo se preguntaba si colmaría sus aspiraciones la suerte de D. Victoriano. Don Victoriano tenía dinero: acciones del Banco y de vías férreas, en cuyo consejo de administración figuraba el hábil jurisconsulto... Enarcó desdeñosamente las cejas nuestro versificador, y miró á la esposa del ministro: aquella gentil beldad no amaba, de seguro, á su dueño. Era hija del segundón de las Vides, un magistrado: se casaría alucinada por la posición. ¡Vive Dios! El poeta no envidiaba al político. ¿Por qué se habría encumbrado aquel hombre? ¿Qué extraordinarias dotes eran las suyas? Difuso orador parlamentario, ministro pasivo, algo de capacidad forense... Total, una medianía...
Mientras elaboraba estas ideas el cerebro de Segundo, la señora de Comba se entretenía en desmenuzar los trajes y fachas de los presentes. Analizó, con los ojos entornados, todo el atavío de Carmen Agonde, embutida en un corpiño azul fuerte, muy justo, que arrebataba la sangre á sus mejillas pletóricas. Bajó después la burlona ojeada á las botas de charol del farmacéutico, y volvió á subir hasta los dedos de Clodio Genday, culotados por el cigarro, y el chaleco de terciopelo á cuadritos morados y blancos del abogado García. Por último se posó en Segundo, investigando algún pormenor de indumentaria. Pero la rechazó como un escudo otra mirada fija y ardiente.
[Ilustración]
V
Agonde madrugó y bajó temprano á la botica, dejando á sus huéspedes entregados al sueño, y á Carmen encargada de meterles, apenas se bullesen, el chocolate en la boca. Quería el boticario gozar del efecto producido en el pueblo por la estancia de don Victoriano. Recostábase en el diván de gutapercha, cuando vió cruzar á _Tropiezo_, caballero en su parda mulita, y le holeó:
—Hola, hola... ¿Á dónde se va tan de mañana?
—Á Doas, hombre... Me hace falta todo el tiempo. Y al afirmarlo, el médico se apeaba, atando su montura á una argolla incrustada en la pared.
—¿Es tan apurada la cosa?
—¡Tssss! La vieja, la abuela de Ramón el dulcero... Si dice que ya está sacramentadiña.
—¿Y le mandan el recado ahora?
—No; si ya fuí anteayer... y le puse dos docenas de sanguijuelas que sangraron á tutiplén... Parecía un cabrito... Quedó muy débil, hecha una oblea... Puede que si en vez de sanguijuelas le doy otra cosa que pensaba...
—Vamos, un _tropiezo_, interrumpió Agonde maliciosamente.
—En la vida todos son tropiezos... repuso el médico encogiéndose de hombros. ¿Y por arriba? añadió mirando al techo.
—Como príncipes... roncando.
—¿Y... él... qué tal? silabeó D. Fermín bajando la voz.
—¿Él? pronunció Agonde imitándole... Así... así... ¡algo viejo! Con mucho pelo blanco...
—Pero, ¿luego qué tiene, vamos á ver? Porque estar, está enfermo.
—Tiene... una enfermedad nueva, muy rara, de las de última moda... Y Agonde sonreía picarescamente.
—¿Nueva?
Agonde entornó los ojos, pegó la boca al oído de _Tropiezo_ y articuló dos palabras, un verbo y un sustantivo.
—... azúcar.
Soltó Tropiezo fuerte risotada; de pronto se quedó muy serio y se frotó repetidas veces la nariz con el dedo índice.
—Ya sé, ya sé, declaró enfáticamente... Hace poco que leí de eso... Se llama... aguarde, hom... _di_... _diabetes sacarina_, que viene de _sácaro_, azúcar... y de... ¡Justamente las aguas de aquí y otras de Francia son las únicas para curar ese mal! Si bebe unos vasitos de la fuente, tenemos hombre.
Emitía _Tropiezo_ su dictamen apoyándose en el mostrador, sin acordarse ya de la mulita, que pateaba á la puerta. Guiñando un ojo, preguntó de repente:
—Y la señora ¿qué dice del mal del marido?
—¡Qué ha de decir, hombre! No sabrá que es de cuidado.
Una mueca de indescriptible y grosera burla metamorfoseó la cara inexpresiva del médico; miró á Agonde, y ahogando otra explosión de risa, dijo:
—La señora... ¡Si que la señora no lo sabrá! ¿Usted leyó los síntomas del mal? Pues justamente...
—¡Chsst! atajó furioso el boticario. Toda la familia Comba hacía irrupción en la botica por el postigo del portal. Madre é hija formaban lindo grupo, ambas de enormes pamelas de paja tosca, adornadas con un lazo colosal de lanilla color fuego; sus trajes de tela cruda, bordados con trencilla roja, completaban lo campestre del atavío, semejante á un ramillete de amapolas y heno. Colgábale á la niña su rica mata de pelo oscuro, y á la madre se le embrollaban las crenchas rubias bajo la sombra del ala del sombrerón. No llevaba Nieves guantes, ni en su tez se veían rastros de polvos de arroz, ni de otros artificios de tocador, imputados injustamente por las provincianas á las madrileñas: al contrario, se notaban en las rosadas orejas y cuello señales de enérgico lavatorio y fricciones de tohalla. En cuanto á D. Victoriano, la luz matinal revelaba mejor la devastación de su semblante. No estaba, conforme al dicho de Agonde, viejo: lo que allí se advertía era la virilidad; pero atormentada, exhausta, herida de muerte.
—¡Jesús, María! ¿Ustedes han tomado chocolate? preguntaba Agonde confuso.
—No, amigo Saturnino... ni lo tomamos, con permiso de V., hasta volver... No pase V. cuidado por nosotros... Victorina le ha saqueado á V. la alacena... el aparador...
Entreabrió la niña un pañuelo que llevaba atado por las cuatro puntas, descubriendo una hacina de pan, bizcocho y queso del país.
—Al menos les bajaré un queso entero... Iré á ver si hay pan fresco, de ahora mismito...
No quería D. Victoriano; por Dios, que no le quitasen el gusto de irse á desayunar á la alameda de las aguas, igual que de muchacho. Agonde observó que no eran sanos para él tales alimentos; y al oírlo _Tropiezo_, se rascó una oreja y murmuró con excéptico tono:
—Bah, bah, bah... Le son cosas de ahora, novedades... Lo sano para el cuerpo ¿se hacen de cargo? es lo que el cuerpo pide y reclama... Si al señor le apetece el pan... Y para su enfermedad, señor D. Victoriano, ya no hay como estas aguas. No sé á qué va la gente á dar cuartos á los franchutes cuando aquí tenemos cosas mejores.
El ministro miró á _Tropiezo_ con vivo interés. Acordábase de su última consulta á Sánchez del Abrojo y del fruncimiento de labios con que el docto facultativo le había dicho: «Yo le mandaría á V. á Carlsbad ó á Vichy... pero no siempre están indicadas las aguas... Á veces precipitan el curso natural de las afecciones... Descansar algún tiempo y observar régimen: veremos cómo vuelve V. en otoño...» ¡Qué diablo de cara tenía Sánchez del Abrojo al hablar así! Una fisonomía reservada, de esfinge. La afirmación explícita de _Tropiezo_ despertó en D. Victoriano tumultuosas esperanzas. Aquel practicón de aldea debía saber mucho por experiencia: más acaso que los orondos doctores cortesanos.
—Vamos, papá, suplicaba la niña tirándole de la manga.
Emprendieron el camino. Vilamorta, madrugadora de suyo, vivía más activamente entonces que por la tarde. Abiertas se hallaban las tiendas; colmados los cestos de las fruteras; Cansín medía su almacén con las manos en los bolsillos, haciéndose el desentendido por no saludar á Agonde ni reconocer su triunfo; el Pellejo, muy enharinado, regateaba con tres panaderos de Cebre, que le pedían trigo del bueno; Ramón el de la dulcería tableteaba sobre el mostrador con un gran tablero lleno de libras de chocolate, y antes que se enfriasen del todo las marcaba con un hierro rápidamente.
Era despejada la mañanita, y ya picaba más de lo justo el sol. La comitiva, engrosada con García y Genday, se internó por huertecillas y maizales hasta el ingreso de la alameda. Exhaló D. Victoriano una exclamación de júbilo. Era la misma hilera doble de olmos, alineada sobre el río, el espumante y retozón Avieiro, que se escurría á borbotones, en cascaduelas mansas, con rumor gratísimo, besando las peñas gastadas y lisas por el roce de la corriente. Reconoció los espesos mimbrerales; recordó todo el _saudoso_ ayer, y, conmovido, se apoyó en el parapeto de la alameda. Encontrábase el lugar casi desierto; media docena, á lo sumo, de mustios y biliosos agüistas, daban vueltas por él con lento paso, hablando en voz queda de sus padecimientos, eructando el bicarbonato de las aguas. Nieves, reclinada en un banco de piedra, contemplaba el río. La niña la tocó en el hombro.
—Mamá, el chico de ayer.
Á la otra orilla, sobre un peñasco, estaba de pie Segundo García, distraído, con su sombrero de paja echado hacia atrás y la mano puesta en la cadera, sin duda para guardar el equilibrio en tan peligrosa posición. Nieves riñó á la chiquilla.
—No seas tontita, hija... Me has dado un susto... Saluda á ese señor.
—Es que no mira... ¡Ah! ya miró... Salúdale tú, mamita... Se quita el sombrero... va á resbalar... ¡Quiá! Ya está en sitio seguro...