Part 2
Al tropezar Leocadia con Segundo, la casualidad aplicó encendida mecha al formidable polvorín de sentimientos y ensueños, encerrado en el alma de la maestra. Encontrado había, por fin, empleo condigno á sus facultades amorosas, desahogo para sus afectos. Segundo era la poesía hecha carne; en él se cifraban y compendiaban todas las interesantes y divinas menudencias de los versos: las flores, el aura, el ruiseñor, la luz moribunda del sol, la luna, la umbría selva.
La combustión se produjo con asombrosa rapidez. Ardió y se consumió en incendio súbito, primero la honrada resolución de borrar con intachable conducta el estigma del pasado, después el vigoroso y entrañable cariño maternal. Ni un punto pasó por las mientes á Leocadia la idea de que Segundo pudiese ser su marido: aunque libres ambos, la diferencia de edades, y la superioridad intelectual del joven poeta, pusieron límite infranqueable á las aspiraciones de la maestra. Cayó en el amor como en un abismo, y ni miró atrás ni adelante.
Segundo había tenido en Santiago, durante los años escolares, trapicheos estudiantiles, cosa baladí, y extravíos de esos que no evita ningún hombre entre los quince y los veinticinco, probando también las que en la época romántica se llamaban _orgías_ y hoy se conocen por _juergas_. Sin embargo, no era vicioso. Hijo de una madre histérica, á quien las repetidas lactancias agotaron, hasta matarla de extenuación, Segundo tenía el espíritu mucho más exigente é insaciable que el cuerpo. Había heredado de su madre la complexión melancólica, y mil preocupaciones, mil repulsiones instintivas, mil supersticiosas prácticas. La había querido y guardaba su recuerdo como un culto. Y, más viva aún que la cariñosa memoria de su madre, conservaba una antipatía invencible hacia su padre. No cabía decir que el abogado hubiese sido verdugo de su mujer, y con todo, bien adivinaba Segundo el lento martirio de aquella fina organización nerviosa, y veía siempre, en horas negras, el ataúd mísero en que habían encerrado á la difunta, no sin elegir antes, para amortajarla, la sábana más usada de cuantas encontraron.
Componíase la familia de Segundo del padre, una tía vieja, dos hermanos varones y tres hembras aún impúberes. Gozaba el abogado García fama de rico: nada entre dos platos: fortuna de aldea, reunida ochavo tras ochavo, con préstamos usurarios y sórdidas privaciones. El bufete daba de sí, pero diez bocas, y la carrera de tres hijos, algo tragan. El mayor de los chicos, oficial de infantería, estaba en Filipinas y no remitía un cuarto; gracias que no lo pidiera. Segundo, que lo era en el orden cronológico, acababa de graduarse: un jurisconsulto más en la nación española, donde tanto abunda esta fruta. El _pequeño_ estudiaba en el Instituto de Orense, con propósito de seguir la farmacia. Las niñas se pasaban el día correteando por huertos y maizales, medio descalzas, sin ir siquiera á la escuela de Leocadia por no adecentarse un poquillo. En cuanto á la tía..., _misia_ Gaspara..., era el alma de aquella casa, alma estrecha y sin jugo, senectud acartonada, silenciosa y espectral, ágil á despecho de sus sesenta, y que sin cesar de hacer media con unos dedos rancios como teclas de clavicordio, vendía en la granera el centeno, en la bodega el vino de renta, prestaba un duro al cincuenta por cien á las fruteras y regateras de la plaza, se cobraba en especie, tasaba la comida, la luz y la ropa á sus sobrinos, engordaba con amorosa solicitud un cerdo, y era respetada en Vilamorta por sus aptitudes formicarias.
Aspiraba el abogado á trasmitir su clientela y asuntos á Segundo. Sólo que el muchacho no daba indicios de servir para embrollar pleitos y causas. ¿Cómo había realizado el milagro de salir bien en los exámenes, sin abrir en todo el curso los libros de derecho, y faltando á clase siempre que hacía sol ó diluviaba? ¡Bah! Con un memorión de primera y un regular despejo: aprendiéndose, cuando era menester, páginas y páginas del texto, y recordándolas y diciéndolas con la propia facilidad que las Doloras de Campoamor, si no con tanto gusto.
Sobre la mesa de Segundo se besaban tomos de Zorrilla y Espronceda, malas traducciones de Heine, obras de poetas regionales, el Lamas Varela, álias _Remedia-vagos_, y otros volúmenes no menos heterogéneos. No era Segundo un lector incansable; elegía sus lecturas según el capricho del momento, y sólo leía lo que conformaba con sus aficiones, adquiriendo así un barniz de cultura deficiente y varia. Más intuitivo que reflexivo y estudioso, aprendió solo y á tientas el francés, para leer en el original á Musset, á Lamartine, á Proudhon, á Víctor Hugo. Fué su cerebro como erial inculto donde á trechos se alzaba una flor rara y peregrina, un arbusto de climas remotos; ignoró las ciencias graves y positivas, las lecturas sólidas y serias, nodrizas del vigor mental, la era clásica, la literatura castiza, las severas enseñanzas de la historia; y en cambio, por raro fenómeno de parentesco intelectual, se identificó con el movimiento romántico del segundo tercio del siglo, y en un rincón de Galicia revivió la vida psicológica de generaciones ya difuntas. No de otro modo algún venerable académico, saltando de un brinco los diez y nueve siglos de nuestra era, se alegra ahora con lo que regocijaba á Horacio y vive platónicamente prendado de Lidia.
Rimó Segundo sus primeros versos, desengañados y excépticos en la intención, ingenuos en realidad, cuando apenas contaba diez y siete años. Sus compañeros de cátedra le aplaudieron á rabiar. Adquirió entre ellos cierto prestigio, y cuando estampó en un periódico las primicias de su musa, tuvo, sin salir del estrecho círculo del aula, admiradores y envidiosos. Desde entonces adquirió el derecho de pasear solito, de reír poco, de ocultar sus aventurillas y de no jugar ni achisparse por compañerismo, sino únicamente cuando le daba la gana.
Y le daba pocas veces. La excitación puramente física y brutal carecía para él de atractivo; si bebía por bravata, repugnábale el espectáculo de la embriaguez, los finales de francachela estudiantil, el mantel manchado, las disputas necias, los amigos que yacían debajo de la mesa ó tendidos en el sofá, el descoco é insensibilidad de las hembras venales; salía de allí desdeñoso y empalagadísimo, y á veces una reacción muy propia de su complicado carácter le impulsaba á él, lector sincero de Proudhon, Quinet y Renan, al recinto de alguna iglesia solitaria, donde sus pulmones respiraban con delicia aire húmedo saturado de incienso.
No protestó el abogado García contra las aficiones literarias de su hijo, porque las juzgó pasajera diversión de la mocedad, una muchachada, lo mismo que bailar en las fiestas. Empezó á inquietarse así que Segundo, ya graduado, se opuso á auxiliarle en el despacho de sus tortuosos pleitecillos. ¿Si resultaría el chico inútil para todo y bueno solamente para zurcir versos? No era delito zurcirlos, pero así... cuando no hubiese muchos procesos que hojear y artimañas que idear para envolver á los litigantes. Desde que cayó en la cuenta, el abogado trató á su hijo con mayor desconfianza, con más terca impertinencia y desvío. Cada día le predicaba, en la mesa ó donde podía, sermoncillos incisivos acerca de lo necesario que es ganarse el pan, con asiduidad y trabajo, no dependiendo de nadie. Estas continuas amonestaciones, en que empleaba la misma capciosa machaquería que en el enredijo de los protocolos, ahuyentaron á Segundo de su casa. La de Leocadia le sirvió de refugio, y él vino en dejarse querer pasivamente, lisonjeado al pronto por el triunfo que habían obtenido sus versos, alcanzándole homenaje tan desinteresado y ardiente, y atraído después por el bienestar moral que engendra la aprobación sin condiciones y la complacencia sin tasa. Su perezosa mente de soñador reposaba en los algodones que sabe mullir el cariño para la amada cabeza. Leocadia admitía, perfilaba, ensanchaba todos sus planes de porvenir; le animaba á que escribiese, á que publicase; le elogiaba sin restricciones y sin fingimiento, porque para ella, que tenía la facultad crítica aposentada en las cavidades cardiacas, Segundo era el más melodioso cisne del universo todo.
Poco á poco la amante previsión de la maestra fué extendiéndose á otras esferas de la vida de Segundo. Ni el abogado García ni la tía Gaspara concebían que un chico, terminada ya su carrera, necesitase un céntimo para gasto alguno extraordinario. La tía Gaspara, en especial, ponía el grito en el cielo á cada desembolso: después de llenar de camisas la maleta de su sobrino un año, por diez lo menos debía quedar surtido: la ropa no estaba autorizada para romperse ó acabarse sin más ni más. Leocadia notó las escaseces de su ídolo; hoy se hizo cargo de que no andaba bien de pañuelos, y le dobladilló y marcó una docena; mañana reparó que sólo de higos á brevas le daban medio duro para el ramo de cigarros, y se impuso la tarea de hacérselos en persona, suministrando gratis la materia primera; oyó murmurar á las fruteras de la avaricia de la tía Gaspara, entendió que Segundo comía mal, y se dedicó á aderezar para él platos apetitosos y nutritivos, amén de encargarle á Orense libros, de repasarle la ropa y de pegarle los botones.
Todo esto lo realizaba con inexplicable regocijo, recorriendo la casa á paso ligero y casi juvenil, remozada por la dulce maternidad del amor, y tan dichosa, que ni se acordaba de reñir á las chiquillas de la escuela, pensando sólo en acortarles la tarea para quedarse más pronto en compañía de Segundo. Había en su cariño mucha parte generosa y espiritual, y los mejores instantes de su pasión satisfecha eran aquellas horas nocturnas en que, próximos al balcón, sentados muy cerca el uno del otro, convirtiendo con la imaginación las matas de claveles y albahaca en selva virgen, ella oía, recostada en el hombro de Segundo, los versos que éste recitaba con bien timbrada voz, versos cuya armonía se le figuraba á Leocadia un cántico celeste.
La medalla tenía su reverso. Eran amargas las horas matutinas en que Flores, con la cara larga y difícil, contraída ó iracunda, con el pañuelo de algodón torcido, arrugado y caído sobre los ojos, venía á notificarle, en breves y truncadas palabras, que:
—Se han acabado los huevos... ¿vienen más? No hay azúcar: ¿de cuál traigo? ¿De ese tan caro de pilón que vino la semana pasada? Hoy traje café, café, dos libritas, como quien lava... Yo no compro más licor: allá tú: yo no.
—¿Qué dices, mujer? ¿Qué te sucede?
—Que si te gusta darle al Ramón, el de la dulcería, veinticuatro reales por una botella de anisete, habiéndolo á ocho en la botica, bien; pero yo no voy á meterle los cuartos en la mano á ese ladrón: á ver cómo no te pide cinco duros por cada frasquito.
Leocadia, suspirando, salía de su letargo; iba á la cómoda, sacaba dinero, no sin pensar que le sobraba la razón á Flores: sus ahorritos, su par de miles de reales para un apuro, ya debían encontrarse temblando; valía más no enterarse del estado del peto: los disgustos, retrasarlos. _¡Dios delante!_ Y reñía á la vieja con fingida cólera.
—Ve por la botella, anda, no me enfades... Á las ocho entran las chiquillas, y aún tengo la enagua por planchar... Hazle el chocolate á Minguitos; más te valiera no tenerlo muerto de hambre... Y dale bizcocho.
—Daré, daré... ¡Pues si yo no le diese al infeliz!... refunfuñaba la criada, que al nombre de Minguitos, sentía crecer su enojo. Se oía en la cocina el furioso porrazo administrado á la chocolatera para sentarla sobre el fuego y el airado voltear del molinillo en el remolino espumoso del chocolate. Flores entraba en el cuarto del contrahecho, que aún no había abandonado las sábanas, y le tomaba las manos.
—Tienes calor, rapaz... Aquí viene el chocolatito, ¿eh?
—¿Me lo da mamá?
—Te lo daré yo.
—Y mamá, ¿qué hace?
—Almidonando unas enaguas.
Clavaba el jorobadito los ojos en Flores, alzando trabajosamente la cabeza de entre el arco doble del pecho y la espalda. Eran aquellos ojos profundos, con mucha niña: la boca, de mandíbulas salientes, tenía una crispación sardónica y una pálida sonrisa. Echaba los brazos al cuello de Flores, y pegando los labios á su oído:
—¿Vino _el otro_ ayer? preguntábale.
—Sí, hombre, sí.
—¿Vendrá hoy?
—Vendrá. ¡Pues no! Calla, _filliño_, calla... toma el chocolate. Está como te gusta: claro y con espumita.
—No tengo casi gana... Ponlo aquí, al lado.
[Ilustración]
III
En Vilamorta había un Casino, un Casino de verdad, chiquito, eso sí, y por añadidura destartalado, pero con su mesa de billar comprada de lance, y su _mozo_, un setentón que de año en año sacudía y vareaba la verde bayeta. Porque en el Casino de Vilamorta apenas solían juntarse á diario más que las ratas y las polillas, entretenidas en atarazar el maderamen. Los centros de reunión más frecuentados eran dos boticas, la de doña Eufrasia, situada en la plaza, y la de Agonde, en la mejor calle. Agachada en el ángulo tenebroso de un soportal, la botica de doña Eufrasia era lóbrega; la alumbraba á las horas de conciliábulo un quinqué de petróleo, con tufo, y hacían su mobiliario cuatro sillas mugrientas y un banco. Quien desde fuera mirase, vería dentro un negro grupo, capotes, balandranes, sombreros anchos, dos ó tres tonsuras sacerdotales, que de lejos blanqueaban como chapas de boinas sobre el fondo sombrío de la botica. La de Agonde, en cambio, lucía orgullosamente una clara iluminación, seis grandes redomas de cristal de colores vivos y fantástico efecto, una triple estantería cargada de tarros de porcelana blanca con rótulos latinos en letras negras, imponentes y científicos, un diván y dos butacas de gutapercha. Estas dos boticas antitéticas eran también antagónicas; se habían declarado guerra á muerte. La botica de Agonde, liberal é ilustrada, decía de la botica reaccionaria que era un foco de perpetuas conspiraciones, donde durante la guerra civil se había leído _El Cuartel Real_ y todas las proclamas facciosas, y donde desde hacía cinco años se preparaban con suma diligencia fornituras para una partida carlista que jamás llegó á echarse al campo; y según la botica reaccionaria, era la de Agonde punto de cita para los masones, se imprimían libelos en una imprentilla de mano, y se tiraba descaradamente de la oreja á Jorge. Cerrábase religiosamente á las diez en invierno y en verano á las once la tertulia de la botica reaccionaria, mientras la botica liberal solía hasta media noche proyectar sobre el piso de la calle la raya de luz de sus dos claras lámparas y los reflejos azules, rojos y verde-esmeralda de sus redomas; por donde los tertulianos liberales calificaban á los otros de _lechuzas_, mientras los reaccionarios daban á sus contrincantes el nombre de _socios del Casino de la Timba_.
Segundo no ponía los pies en la botica reaccionaria, y desde sus relaciones con Leocadia Otero huía de la de Agonde, porque herían su amor propio las bromas y pullas del boticario, maleante y zumbón como él solo. Cierta noche que Saturnino Agonde cruzaba á deshora la plazoleta del Álamo, para ir á donde él y el diablo sabían, pudo ver á Leocadia y Segundo en el balcón, y entreoyó la salmodia de los versos que el poeta declamaba. Desde entonces, en el rostro de Agonde, mocetón sanguíneo y bien equilibrado, leyó Segundo tal desdén hacia las nimiedades sentimentales y la poesía, que por instinto se apartó de él cuanto pudo. Sin embargo, cuando se le ofrecía leer _El Imparcial_ y saber alguna noticia, entraba en casa de Agonde breve rato. Hízolo al otro día de su conversación con el eco.
Estaba muy animada la asamblea. El padre de Segundo, recostado en el diván, tenía un periódico sobre las rodillas; su cuñado el escribano Genday, Ramón el confitero, y Agonde, discutían con él acaloradamente. En el fondo, próximos á la trastienda, en una mesita chica, jugaban al tresillo Carmelo el estanquero, el médico D. Fermín, álias _Tropiezo_, el secretario del Municipio y el alcalde. Al entrar notó Segundo algo de inusitado en la actitud de su padre y del grupo que le rodeaba, y persuadido de que ya le darían la noticia, dejóse caer en una de las butacas, encendió un cigarro y tomó _El Imparcial_, que andaba rodando sobre el mostrador.
—Pues aquí los papeles no traen nada; lo que se dice nada, exclamaba el confitero.
Desde la mesa de tresillo levantaba la voz el médico, confirmando las dudas de Ramón; tampoco el médico creía que pudiese suceder sin traerlo los papeles.
—Usted se muere por decir á todo que no, replicaba Agonde. Yo estoy seguro, vamos; y me parece que estando yo seguro...
—Y yo lo mismo, afirmaba Genday. Si es preciso citar testigos, allá van: lo sé por mi propio hermano, ¿me entienden ustedes? por mi propio hermano, que se lo ha dicho Méndez de las Vides; vayan ustedes viendo si es autorizada la noticia. ¿Quieren ustedes más? Pues han encargado á Orense, para las Vides, dos butacas, una buena cama dorada, mucha vajilla y un piano. ¿Quedan ustedes convencidos?
—De todas maneras, no vendrán tan pronto, objetó _Tropiezo_.
—Vendrán tal. D. Victoriano quiere pasar aquí las fiestas y las vendimias; dice que le tira muchísimo el cariño del país, y que en todo el invierno no se le oyó hablar sino del viaje.
—Viene á espichar aquí, murmuró _Tropiezo_; oí decir que está malísimo. Se van ustedes á quedar sin jefe.
—Váyase V. á... Demonio de hombre, de mochuelo, que sólo anuncia cosas fúnebres. Cállese V. ó no suelte barbaridades. Atienda, atienda al juego como Dios manda.
Segundo miraba con indiferencia á las redomas de la botica, distraído por el vivo foco azul, verde ó carmesí que en cada una de ellas centelleaba. Ya comprendía el asunto de la conversación: la venida de D. Victoriano Andrés de la Comba, el ministro, el gran político del país, el diputado orgánico del distrito. ¿Qué le importaba á Segundo la llegada de semejante fantasmón? Y aspirando suavemente su cigarro, se abstrajo del ruido de la disputa. Después se embebió en la lectura de la _Hoja_ de _El Imparcial_, donde elogiaban mucho á un poeta principiante.
Entretanto se enredaba la partida de tresillo. El boticario, situado á espaldas del alcalde, le daba consejos. Comprometido y arduo caso: un solo de estuche menor; la contra reunida toda en el estanquero y en D. Fermín: cogían en medio al hombre: posición endiablada. Era el alcalde de esos viejos sequitos, gastaditos como un ochavo, muy tímidos, que antes de hacer una jugada la piensan cien años, calculando todas las contingencias y todas las combinaciones posibles de naipes. Ya no quería él echar aquel solo ¡qué disparate! Pero el impetuoso Agonde le había impulsado, diciendo:—Vaya, lo compro.—Puesto en el disparadero, el alcalde se decidió, no sin protestar.
—Bueno, lo jugaremos... Una calaverada, señores. Para que no digan que me amarro.
Y sucedía todo lo previsto; hallábase entre dos fuegos: de un lado le fallan el rey de copas; de otro le pisan la sota de triunfo aprovechando el caballo; D. Fermín se mete en bazas sin saber cómo, mientras el estanquero, con sonrisa maliciosa, guarda su contra casi enterita. El alcalde levanta hacia Agonde los ojos suplicantes.
—¿No se lo decía yo á V.? ¡En buena nos hemos metido! Va á ser codillo, codillo cantado.
—No, hombre, no... es V. un mandria, que se apura por todo... Está V. ahí jugando con más miedo que si le apuntasen con una escopeta... ¡Arrastrar, arrastrar! Los chambones siempre se mueren de indigestión de triunfos.
Los adversarios se guiñaban el ojo malignamente.
—_De posita non tibit_, exclamó el estanquero.
—_Si codillum non resultabit_, corroboró D. Fermín.
Sintió el alcalde un escalofrío en el mismo bulbo capilar, y, por consejo de Agonde, resolvióse á mirar lo que iba jugado, enterándose de las bazas de los compañeros y contando los triunfos. _Tropiezo_ y el estanquero refunfuñaron.
—¡Qué manía de levantarles las faldas á los naipes!
El alcalde, algo más sereno, determinó por fin salir de dudas, suspiró y en algunos arrastres briosos y decisivos se resolvió la jugada, quedando todos iguales, á tres bazas cada uno.
—La de los sabios, dijeron casi á un tiempo estanquero y médico.
—¿Lo ve V.? Poniéndose lo peor del mundo, no le han dado codillo; observó Agonde. Para hacer la puesta, se necesitaron requisitos...
Tenía á todos suspensos el interés palpitante de la jugada, menos á Segundo, absorto en una de las perezosas meditaciones en que el bienestar del cuerpo acrecienta la actividad de la fantasía. Llegaban á sus oídos las voces de los jugadores como lejano murmullo; él estaba á cien leguas de allí: pensaba en el artículo del periódico, del cual se le habían quedado grabadas en la memoria ciertas frases especialmente encomiásticas, hisopazos de miel con que el crítico disimulaba los defectos del poeta elogiado. ¿Cuándo le llegaría su turno de ser juzgado por la prensa madrileña? Sábelo Dios... Prestó atención á lo que se hablaba.
—Hay que darle siquiera una serenata, declaraba Genday.
—¡Hombre... una serenata! respondió Agonde: ¡gran cosa! Algo más que serenata: hay que armar cualquier estrépito por la calle; una especie de manifestación, que pruebe que aquí el pueblo es suyo... Habrá que nombrar una comisión, y recibirle con mucho cohete, y la música á todas horas... Que rabien esos cazurros de doña Eufrasia.
El nombre de la otra botica produjo una explosión de bromas, chistes y pateaduras. Hubo comentarios.
—¿No saben ustedes? interrogó el socarrón de _Tropiezo_. Parece que á doña Eufrasia le ha escrito Nocedal una carta muy fina, diciéndole que él representa á D. Carlos en Madrid y que ella por sus méritos debe representarle en Vilamorta.
Carcajadas homéricas, algazara general. Habla Genday el escribano.
—Bueno, eso será mentira; pero es verdad, una verdad como un templo, que doña Eufrasia le remitió á D. Carlos su retrato con dedicatoria.
—¿Y la partida? ¿Señalaron el día en que ha de levantarse?
—¡Vaya! Dice que la mandará el abad de Lubrego.
Se duplicó el regocijo de la tertulia, porque el abad de Lubrego frisaba en los setenta y se hallaba tan acabadito, que á duras penas podía tenerse sobre la mula. Entró en la botica un chiquillo, columpiando un frasco de cristal.
—¡D. Saturnino! chilló con voz atiplada.
—Á ver, hombre; contestó el boticario remedándole.
—Déme á lo que esto huele.
—Quedamos enterados... murmuró Agonde arrimando el frasco á la nariz. ¿Á qué huele, don Fermín?
—Hombre... es así como... láudano, ¿eh? ó árnica.
—Vaya el árnica, que es menos peligrosa. Dios te la depare buena.
—Son horas de recogerse, señores, avisó el abogado García consultando su cebolla de plata. Genday se levantó también, y le imitó Segundo.
Los tresillistas se enfrascaron en hacer cuentas y liquidar las ganancias céntimo por céntimo, escogiendo fichas blancas y fichas amarillas. Al pisar la calle recibíase grata impresión de frescura; estaba la noche entre clara y serena; los astros despedían luz cariñosa, y Segundo, en quien era inmediata la percepción de la poesía exterior, sintió impulsos de plantar á su padre y tío, y marcharse carretera adelante, solo como de costumbre, á gozar tan apacible noche. Pero su tío Genday se le colgó del brazo.
—Rapaz, estás de enhorabuena.
—¿De enhorabuena, tío?
—¿Tú no rabias por salir de aquí? ¿Tú no quieres volar á otra parte? ¿Tú no le tienes tirria al bufete?
—Hombre, intervino el abogado; él que ya es loco y tú que le revuelves la cabeza más...
—¡Calla, tonto! D. Victoriano viene, le presentamos al chico y le pedimos la colocación... Y la ha de dar buena, que aunque él se figure otra cosa, si no nos complace, le costará la torta un pan... No está el distrito como él piensa, y si los que le sostenemos nos acostamos, se la juegan de puño los curas.
—¿Y Primo? ¿Y Méndez de las Vides?
—No pueden con ellos... El día menos pensado les dan un desaire, me los dejan en una vergüenza... Pero tú, muchacho... Míralo bien: ¿no te lleva afición por la abogacía?
Segundo se encogió de hombros, sonriendo.