Part 4
D. Victoriano bajaba los escalones de piedra que conducían á la fuente mineral. En pobre gruta moraba la náyade: un cobertizo sustentado en toscos postes, una estrecha pila de donde rebosaba el manantial, unas pocilgas inmundas para los baños, y un fuerte y nauseabundo olor á huevos podridos, causado por el estancamiento del agua sulfurosa, era cuanto allí encontraba el _turista_ exigente. Sin embargo, á D. Victoriano se le inundó el alma de purísimo gozo. Cifraba aquella náyade la mocedad, la mocedad perdida: los años de ilusiones, de esperanzas frescas como las orillitas del río Avieiro. ¡Cuántas mañanas había venido á beber de la fuente por broma, á lavarse la cara con el agua que en el país gozaba renombre de poseer estupendas virtudes medicinales para los ojos! Don Victoriano alargó ambas manos, las sumió en la corriente tibia, sintiéndola con fruición resbalar por entre sus dedos, y jugueteando con ella y palpándola como se palpan las carnes de un ser querido. Pero el cuerpo ondeante de la náyade se le escapaba lo mismo que se escapa la juventud: sin ser posible detenerla. Entonces se despertó la sed del ex-ministro. Allí al lado, sobre el borde de la pila, había un vaso; y el bañero, pobre viejo chocho, se lo brindó con sonrisa idiota. Bebió D. Victoriano cerrando los ojos, con inexplicable placer, saboreando el agua misteriosa, encantada por las artes mágicas del recuerdo. Apurado el vaso, enderezóse y subió con paso firme y elástico la escalera. En la alameda, Victorina, que se desayunaba con pan y queso, quedó asombrada cuando su padre, jovialmente, la cogió del regazo un zoquete de pan diciéndola:
—Todos somos de Dios.
[Ilustración]
VI
Casi tanto como la llegada de D. Victoriano, alborotó á Vilamorta la del señor de las Vides, en persona, acompañado de su mayordomo Primo Genday. Ocurrió este suceso memorable la tarde del día en que don Victoriano infringió las prescripciones de la ciencia, comiéndose media libra de pan tierno. Á las tres, con un sol de justicia, entraron por la plaza Genday el mayor y Méndez, caballero éste en una poderosa mula, y aquél en un mediano jaco.
Era el señor de las Vides viejecito, seco lo mismo que un sarmiento. Sus mejillas primorosamente rasuradas, sus labios delgados y barba y nariz aristocráticamente puntiagudas, sus ojos benévolos, maliciosos, con las mil arrugas de la pata de gallo, su perfil inteligente, su cara lampiña, pedían á gritos la peluca de bucles, la bordada chupa y la tabaquera de oro de los Campomanes y Arandas. Con su fisonomía afilada y sutil, contrastaba la de Primo Genday. Tenía el mayordomo el color blanco y sonrosado, la piel fina y transparente de los hemiplégicos, bajo la cual se ramifican inyectadas venas. De sus verdosos ojos, el uno estaba como sujeto al párpado lacio y colgante, y el otro giraba, humedecido, con truhanesca vivacidad. El pelo, blanco de plata, muy rizoso, le daba un parecido remoto con el rey Luis Felipe, tal cual conserva su efigie el cuño de los napoleones.
Mediante una combinación frecuente en los pueblos chicos, Primo Genday y su hermano Clodio militaban en opuestos bandos políticos, poseyendo en el fondo una sola voluntad y caminando á idénticos fines. Clodio se significaba entre los radicales: Primo era el sostén del partido carlista, y en los casos de apuro, en las electorales lides, se daban la mano por encima de la tapia. Al resonar sobre la acera el trote del jaco de Primo Genday, abriéronse los balcones de la botica reaccionaria y dos ó tres manos se agitaron en señal de bienvenida cariñosa. Primo se detuvo y Méndez continuó su ruta hasta llegar al portal de Agonde, echando allí pie á tierra.
Le recibieron los brazos de D. Victoriano y se perdió en las honduras de la escalera. La mula se quedó atada á la argolla, pateando á más y mejor, mientras los curiosos de la plaza consideraban con respeto los arcáicos jaeces del hidalgo, claveteados de plata sobre el labrado cuero, ya reluciente por el uso. Poco á poco fueron reuniéndose con la mula individuos de la raza asinina y caballar, conducidos del diestro, y la gente los distribuyó con mucho tino. El jaco castaño del alguacil, de buena estampa, con su galápago y su cabezada de seda, sería para el ministro: de seguro. La borrica negra, con jamúa-sillón de terciopelo rojo, quién duda que para la señora. Á la niña le darían la otra pollina blanca y mansita. El burro del alcalde, para la doncella. Agonde iría en su yegua de costumbre, la _Morena_, con más esparavanes en los corvejones que cerdas en la cola. Á todo esto, los radicales, García, Clodio, Genday, Ramón, examinaban las cabalgaduras y el estado de los aparejos, calculando cuántas probabilidades de éxito ofrecía la tentativa de llegar á las Vides antes del anochecer. El abogado meneaba la cabeza, diciendo enfática y sentenciosamente:
—Mucha, mucha calma se están dando para eso...
—¡Y le traen á D. Victoriano el caballo del alguacil! exclamó el estanquero. ¡_Rinchón_ como un demonio! Va á armarse aquí un Cristo... Tú, Segundo, ¿cuando lo montaste... te hizo algo?
—Á mí, nada... Pero es alegre.
—Verás, verás.
Los viajeros salían ya y comenzó á disponerse la cabalgata. Las señoras se afianzaron en sus jamúas y los hombres se asentaron en los estribos. Entonces se representó el drama anunciado por el estanquero, con grave escándalo y mayor retraso de la comitiva. No bien hubo olfateado el jaco del alguacil una hembra de su raza, empezó á sorber el aire todo descompuesto, exhalando apasionados relinchos. Don Victoriano recogía las bridas, pero el rijoso animal ni aun sentía el hierro en la boca, y encabritándose primero y disparando después valientes coces y revolviendo por último la cabeza para morder el muslo del jinete, hizo tanto, que D. Victoriano, algo descolorido, tuvo por prudente apearse. Agonde, furioso, se bajó también.
—¿Pero qué condenado de caballo es ese? gritó. Á ver, pedazos de brutos... ¿Quién os manda traer el caballo del alguacil? ¡Parece que no sabéis que es una fiera! Usted... Alcalde... ó usted, García... pronto... la mula de Requinto, que está á dos pasos... Señor D. Victoriano, lleve usted mi yegua... Y ese tigre, á la cuadra con él.
—No, le objetó Segundo... Yo lo montaré, ya que está ensillado. Iré hasta el crucero.
Dicho y hecho: Segundo, provisto de una vara fuerte, cogió al jaco por las crines de la cerviz y de un salto estuvo en la silla. En vez de apoyarse en el estribo, apretó los muslos, mientras sacudía una lluvia de tremendos varazos en la cabeza del animal. Este, que ya se iba á la empinada, soltó un relincho de dolor y bajó los humos, quedándose quieto, trémulo y domado. La cabalgata se puso en movimiento así que llegó la mula de Requinto, no sin previos apretones de mano, sombreradas y hasta un _¡viva!_ vergonzante, salido no sé de dónde. Tomó el cortejo carretera adelante, abriendo la marcha la yegua y mulas y quedándose atrás las borricas, á cuyo lado iba, honesto á puras vareadas, el jaco. Ya declinaba el sol dorando el polvo de la carretera, prolongaban su sombra los castaños, y subía de la encañada un airecillo regalado, portador de la humedad del río.
Segundo callaba. Victorina, contentísima de ir á lomos de borrico, sonreía, pugnando en balde por tapar con el vestido las rótulas puntiagudas, que la tablilla del aparejo le obligaba á subir y descubrir. Nieves, reclinada en la jamúa, sostenía su sombrilla de encaje crudo con transparente rosa, y al comenzar á andar sacó del pecho un reloj sumamente chiquito y miró la hora que era. Momentos embarazosos. Por fin Segundo comprendió la necesidad de decir algo.
—¿Qué tal, Victorina? ¿Vamos bien?
Ruborizóse la niña extraordinariamente, como si le preguntasen cosas muy reservadas é íntimas, y dijo en ahogada voz:
—Sí, muy bien.
—¿Á que prefería usted ir en mi caballo? Si no tiene usted miedo la llevo delante.
La niña, que ya no podía estar más sofocada, bajó los ojos sin contestar, pero la madre, con graciosa sonrisa, terció en el diálogo.
—Y diga usted, García, ¿por qué no tutea usted á la chiquilla? La trata usted con un respeto... Va á figurarse que está ya de largo.
—Sin su permiso no me atreveré yo á tutearla.
—Anda, Victorina, dale permiso á este caballero...
Encerróse la niña en el invencible mutismo de las adolescentes, en quienes la sensibilidad exquisita y temprana produce una timidez extremadamente penosa. Sus labios sonreían, y sus ojos, al mismo tiempo, se arrasaron en lágrimas. _Mademoiselle_ le dijo no sé qué en francés, con gran suavidad, y entretanto Nieves y Segundo, riéndose confidencialmente del episodio, tuvieron expeditos los caminos de la conversación.
—¿Á qué hora le parece á V. que llegaremos á las Vides?... ¿Es bonito aquello?... ¿Estaremos bien allí?... ¿Cómo le sentará á Victoriano?... ¿Qué vida haremos?... ¿Vendrá gente á vernos?... ¿Hay jardín?...
—Las Vides es un sitio precioso, declaró Segundo... Un sitio que tiene aspecto de antigüedad, un aire así... señorial. Me gusta la piedra de armas, y una parra magnífica, que cubre el patio de entrada, y las camelias y limoneros de la huerta, que tienen porte de medianos castaños y la vista del río, y sobre todo un pinar que habla y hasta canta..., no se ría V.... canta, sí señora, mejor que la mayor parte de los cantantes de oficio. ¿No lo cree V.? Pues ya lo verá.
Nieves miró con gran curiosidad al mancebo, y después fingió mirar á otra parte, acordándose de la rápida y nerviosa presión de mano advertida la víspera, al bajarse del carruaje. Por segunda vez en el espacio de breves horas, aquel muchacho la sorprendía. Nieves llevaba en Madrid una vida sumamente correcta, mesocrática, sin ningún incidente que no fuese vulgar. Á misa y á tiendas por la mañana; por la tarde al Retiro ó á visitas; de noche, á casa de sus padres, ó al teatro con su marido: por extraordinario, algún baile ó cena en casa de los duques de Puenteancha, clientes de D. Victoriano. Cuando éste obtuvo la cartera, exhibió poco á su mujer. Nieves recogió unos cuantos saludos más en el Retiro, en las tiendas los dependientes se manifestaron más obsequiosos; la duquesa de Puenteancha la hizo recomendaciones llamándola _monísima_, y á esto se redujeron para Nieves los placeres del ministerio. La venida á Vilamorta, al país pintoresco del cual tanto le había hablado su padre, fué un incidente nuevo en su existencia acompasada. Segundo le parecía un detalle original del viaje. La miraba y hablaba de un modo tan desusado... Bah, aprensiones. Entre aquel chico y ella, nada había de común. Una relación superficial, como doscientas que se encuentra uno á cada paso por ahí... ¿Conque los pinos cantaban, eh? ¡Mal año para Gayarre! Y Nieves se rió afablemente, disimulando sus raros pensamientos, y continuó haciendo preguntas, á que respondía Segundo con expresivas frases. Acercábase la noche. De pronto la cabalgata, dejando el camino real, torció por una senda abierta entre pinares y montes. Al revolver de la vereda, apareció el crucero de piedra oscura, romántico, con sus gradas que convidaban á rezar ó á soñar sentimentales desvaríos. Agonde se paró allí, despidiéndose de la comitiva, y Segundo le imitó.
Conforme iba perdiéndose el repiqueteo de los cascabeles de las borriquillas, notó Segundo una inexplicable impresión de soledad y abandono, cual si de él se alejasen para siempre personas muy queridas ó que desempeñaban en su vida importantísimo papel. ¡Valiente necio! se dijo á sí mismo el poeta. ¿Qué tengo yo que ver con esta gente, ni ella conmigo? Nieves me ha convidado á ir á las Vides á pasar unos días _en familia_... ¡En familia! Cuando Nieves vuelva á Madrid este invierno, dirá de mí:—Aquel chico del abogado, que conocimos en Vilamorta...—¿Quién soy yo, qué puesto ocuparía en la casa? Enteramente secundario. ¡El de un muchacho á quien halagan porque su padre dispone de votos...!
Mientras cavilaba Segundo, el boticario se le acercaba, emparejando al fin caballo y mula. La claridad del crepúsculo mostró al poeta la plácida sonrisa de Agonde, sus bermejos carrillos repujados por el bigote lustroso y negro, su expresión de sensual bondad y epicúrea beatitud. ¡Envidiable condición la del boticario! Aquel hombre era feliz en su cómoda y limpia farmacia, con su amistosa tertulia, su gorro y sus zapatillas bordadas, tomando la vida como se toma una copa de estomacal licor, paladeada y digerida en paz y en gracia de Dios y en buena armonía con los demás convidados al banquete de la existencia. ¿Por qué no había de bastarle á Segundo lo que satisfacía á Agonde plenamente? ¿De dónde procedía aquella sed de algo que no era precisamente ni dinero, ni placer, ni triunfos, ni amoríos, y de todo tenía y todo lo abarcaba y con nada había de aplacarse quizás?
—Segundo.
—¿Eh? contestó volviendo la cabeza hacia Agonde.
—Chico ¡vas bien callado! ¿Qué te parece del ministro?
—¿Qué quieres que me parezca?
—¿Y la señora...? Vamos, que á esa la habrás reparado... ¡Lleva medias negras de seda, como los curas! Al tiempo de subirse á la borrica...
—Voy á pegar un escape hasta Vilamorta. ¿Te animas, Saturno?
—¿Escapes en esta mula? ¡Llegaría con las tripas en la boca! Corre tú, si te lo pide el cuerpo.
Cosa de media legua galoparía el jaco, instigado por la vara del jinete. Al aproximarse á la encañada del río, Segundo lo puso otra vez al paso; un paso muy lento. Ya apenas se veía, y el frescor del Avieiro subía más húmedo y pegajoso. Segundo recordó que llevaba dos ó tres días sin poner los pies en casa de Leocadia. De seguro que la maestra se consumía, lloraba y le aguardaba á todas horas. Esta idea fué al pronto bálsamo para el espíritu ulcerado de Segundo. ¡Le quería tanto Leocadia! ¡Era tan extraordinaria su alegría, tan vivas sus demostraciones al verle entrar! ¡La conmovían tanto las palabras y los versos del poeta! ¿Y á él, por qué no se le pegaba el entusiasmo? De un amor tan ilimitado y absoluto, Segundo no se había dignado nunca recoger ni la mitad; y de las bellas caricias cantadas por la musa, elegía él para Leocadia las menos líricas, las menos soñadoras; así como del dinero que llevamos en el bolsillo apartamos el oro y la plata, dejando para los pobres importunos la calderilla, el ochavo más roñoso. Segundo regateaba los tesoros de la pasión. Mil veces le sucedía, paseando por el campo, recoger en el sombrero cosecha de violetas, jacintos silvestres, ramas floridas de zarzamora; y al llegar al pueblo, arrojaba al río las flores, por no llevárselas á Leocadia.
[Ilustración]
VII
Al paso que distribuía la tarea á las niñas, diciendo á una: «Ese dobladillito bien derecho;» y á otra: «El pespunte más igual, la puntada más menuda;» y á ésta: «No hay que sonarse al vestido, sino al pañuelo;» y á la de más allá: «No patees, mujer, estate quietecita;» Leocadia volvía de tiempo en tiempo los ojos hacia la plazuela, por si á Segundo le daban ganas de pasar. Ni rastro de Segundo. Las moscas, zumbando, se posaron en el techo para dormir; el calor se aplacó; vino la tarde, y se marcharon las chiquillas. Sintió Leocadia profunda tristeza, y sin cuidarse de arreglar la habitación se fué á su alcoba, y se tendió sobre la cama.
Empujaron suavemente la vidriera, y entró una persona que pisaba muy blandito.
—Mamá, dijo en voz baja.
La maestra no contestó.
—Mamá, mamá, repitió con más fuerza el jorobado. ¡¡Mamá!! gritó por último.
—¿Eres tú? ¿Qué te se ofrece?
—¿Estás enferma?
—No, hombre.
—Como te acostaste...
—Tengo así un poco de jaqueca... Déjame en paz.
Dió media vuelta Minguitos, y se dirigió hacia la puerta silenciosamente. Al ver la prominencia de su espinazo arqueado, sintió la maestra una punzada en el corazón. ¡Aquel arco le había costado á ella tantas lágrimas en otro tiempo! Se incorporó sobre un codo.
—¡Minguitos!
—¿Mamá?
—No te marches... ¿Qué tal estás hoy? ¿Te duele algo?
—Estoy regular, mamá... Sólo me duele el pecho.
—¿Á ver... acércate aquí?
Leocadia se sentó en la cama y cogió con ambas manos la cabeza del niño, mirándole á la cara con el mirar hambriento de las madres. Tenía Minguitos la fisonomía prolongada, melancólica; la mandíbula inferior, muy saliente, armonizaba con el carácter de desviación y tortura que se notaba en el resto del cuerpo, semejante á un edificio cuarteado, deshecho por el terremoto; á un árbol torcido por el huracán. No era congénita la joroba de Minguitos: nació delicado, eso sí, y siempre se notó que le pesaba el cráneo y le sostenían mal sus endebles piernecillas... Leocadia iba recordando uno por uno los detalles de la niñez... Á los cinco años el chico dió una caída, rodando las escaleras; desde aquel día perdió la viveza toda; andaba poco y no corría nunca; se aficionó á sentarse á lo moro, jugando á las chinas horas enteras. Si se levantaba, las piernas le decían al punto: párate. Cuando estaba en pie sus ademanes eran vacilantes y torpes. Quieto, no notaba dolores, pero los movimientos de torsión le ocasionaban ligeras raquialgias. Andando el tiempo creció la molestia: el niño se quejaba de que tenía como un cinturón ó aro de hierro que le apretaba el pecho; entonces la madre, asustada ya, le consultó con un médico de fama, el mejor de Orense. Le recetaron fricciones de yodo, mucho fosfato de cal y baños de mar. Leocadia corrió con él á un puertecillo... Á los dos ó tres baños, el mal se agravó: el niño no podía doblarse, la columna estaba rígida, y sólo en posición horizontal resistía el enfermo los ya agudos dolores. De estar acostado se llagó su epidermis; y una mañana en que Leocadia, llorosa, le suplicaba que se enderezase y trataba de incorporarle suspendiéndole por los sobacos, exhaló un horrible grito.
—¡Me he partido, mamá! ¡Me he partido! repetía angustiosamente, mientras las manos trémulas de la madre recorrían su cuerpo, buscando la _pupa_.
¡Era cierto! ¡Habíase levantado el espinazo, formando un ángulo á la altura de los omoplatos; las vértebras reblandecidas se deprimían, y la _cifósis_, la joroba, la marca indeleble de eterna desventura, afeaba ya aquel pedazo de las entrañas de Leocadia! La maestra había tenido un momento de dolor animal y sublime, el dolor de la fiera que ve mutilado á su cachorro. Había llorado con alaridos, maldiciendo al médico, maldiciéndose á sí propia, mesándose el cabello y arañándose el rostro. Después corrieron las lágrimas, vinieron los besos delirantes, pero calmantes y dulces, y el cariño tomó forma resignada. En nueve años no hizo Leocadia más que cuidar á su _jorobadito_ noche y día, abrigándole con su ternura, distrayendo con ingeniosas invenciones los ocios de su niñez sedentaria. Acudían á la memoria de Leocadia mil detalles. El niño padecía pertinaces disneas, debidas á la presión de las hundidas vértebras sobre los órganos respiratorios, y la madre se levantaba descalza á las altas horas de la noche, para oír si respiraba bien y alzarle las almohadas... Al evocar estos recuerdos sintió Leocadia reblandecérsele el alma y agitarse en el fondo de ella algo como los restos de un gran amor, cenizas tibias de un fuego inmenso, y experimentó la reacción instintiva de la maternidad, el impulso irresistible que hace á las madres ver únicamente en el hijo ya adulto, el niño que lactaron y protegieron, al cual darían su sangre si les faltase leche. Y exhalando un chillido de pasión, pegando su boca febril de enamorada á las pálidas sienes del jorobadito, exclamó lo mismo que en otros días, acudiendo al dialecto como á un arrullo:
—_¡Malpocadiño!_ ¿Quién te quiere?... dí, ¿quién te quiere mucho? ¿Quién?
—Tú no me quieres, mamá. Tú no me quieres, articulaba él, semi-risueño, reclinando la cabeza con deleite en aquel seno y hombros que cobijaron su triste infancia. La madre, entretanto, le besaba locamente el pelo, el cuello, los ojos—como recuperando el tiempo perdido,—prodigándole las palabras de azúcar con que se emboban los niños de pecho, palabras profanadas en horas de pasión, que ahora volvían al puro cauce maternal.
—Rico... tesoro... rey... mi gloria...
Por fin sintió el jorobado caer una lágrima sobre su cutis. ¡Delicioso refresco! Al principio la gota de llanto, redonda y gruesa, quemaba casi; pero fué esparciéndose, evaporándose, y quedó sólo en el lugar que bañaba una grata frescura. Frases vehementes se atropellaban en los labios de la madre y del hijo.
—¿Me quieres mucho, mucho, mucho? ¿Lo mismo que toda la vida?
—Lo mismo, vidiña, tesoro.
—¿Me has de querer siempre?
—Siempre, siempre, rico.
—¿Me has de dar un gusto, mamá? Yo te quería pedir...
—¿Qué?
—Un favor... ¡No me apartes la cara!
El jorobado notó que el cuerpo de su madre se ponía de repente inflexible y rígido, como si le hubiesen introducido un ástil de hierro. Dejó de advertir el dulce calor de los párpados humedecidos y el cosquilleo de las mojadas pestañas. Con voz algo metálica preguntó Leocadia á su hijo:
—¿Y qué quieres, vamos á ver?
Minguitos murmuró sin encono, resignado ya:
—Nada, mamá, nada... Si fué de risa.
—Pero entonces, ¿por qué lo decías?
—Por nada. Por nada, á fe.
—No, tú por algo lo decías, insistió la maestra, agarrándose al pretexto para enojarse. Sino que eres muy disimulado y muy zorro. Todo te lo guardas en el bolsillito, muy guardado. Esas son lecciones de Flores: ¿piensas tú que no me hago de cargo?
Hablando así, rechazó al niño y saltó de la cama. Oyóse en el corredor, casi al mismo tiempo, un taconeo firme de persona joven. Leocadia se estremeció, y tartamudeando:
—Anda, anda junto á Flores... ordenó á Minguitos. Á mí déjame, que no estoy buena, y me aturdes más.
Venía Segundo un tanto encapotado, y después del júbilo de verle, se apoderó de Leocadia el afán de despejar las nubes de su cara. Primero se revistió de paciencia y aguardó. Después, echándole los brazos al cuello, formuló una queja: ¿dónde había estado metido? ¿cómo había tardado tanto en venir? El poeta desahogó su mal humor: vamos, era cosa insufrible andar en el séquito de un personaje. Y dejándose llevar del gusto de hablar de lo que ocupaba su imaginación, describió á D. Victoriano, á los radicales, satirizó la recepción y el hospedaje de Agonde, explicó las esperanzas que fundaba en la protección del ex-ministro, y motivó con ellas la necesidad de hacer á D. Victoriano la corte. Leocadia clavó en el rostro de Segundo su mirada canina.
—¿Y qué tal... la señora... y la niña? ¿Dice que son muy guapas?
Segundo entornó los ojos para ver mejor dentro de sí una imagen atractiva, encantadora, y reflexionar que en la existencia de Nieves él no desempeñaba papel alguno, siendo necedad manifiesta pensar en la señora de Comba, que no se acordaba de él. Esta idea, harto natural y sencilla, le sacó de tino. Sintió la punzante nostalgia de lo inaccesible, ese deseo insensato y desenfrenado que infunde á un soñador, en los museos, un retrato de mujer hermosa, muerta hace siglos.
—Pero dí... ¿son tan bonitas esas señoras? continuaba preguntando la maestra.
—La madre, sí... contestó Segundo, hablando con la sinceridad indiferente del que domina á su auditorio.—Tiene un pelo rubio ceniza, y unos ojos azules, de un azul claro, que recuerdan los versos de Becquer... Y empezó á recitar:
* * * * *
Tu pupila es azul, y cuando ríes su claridad suave me recuerda...
Leocadia le escuchaba, al principio, con los ojos bajos; después, con el rostro vuelto hacia otra parte. Así que terminó la poesía, dijo en alterada voz, fingiendo serenidad:
—Te convidarían á ir allá.
—¿Á dónde?
—Á las Vides, hombre. Dice que quieren tener gente para divertirse.
—Sí, me han convidado, instándome mucho... No iré. Se empeña el tío Clodio en que debo intimar con D. Victoriano, para que me dé luego la mano en Madrid y me abra camino... Pero hija, ir á hacer un triste papel, no me gusta. Este traje es el mejor que tengo, y es del año pasado. Si se juega al tresillo, ó hay que dar propinas al servicio... Y á mi padre no se le convence de eso... ni lo intentaré, líbreme Dios. De modo que no me verán el pelo en las Vides.