El cisne de Vilamorta

Part 12

Chapter 123,823 wordsPublic domain

Tampoco Nieves gozó mucho los blandos favores del sueño. Las palabras de su marido la dejaron meditabunda. ¿Sería mortal la enfermedad de don Victoriano? ¡Tal vez sí! Estaba muy desmejorado el pobre... Y Nieves experimentaba un comienzo de pena y reconcomio: señor, ¿quién duda que ella quería á su esposo y temía su muerte? No sentiría por él un amor grande, de los que las novelas pintan... ¡bah!... pero cariño, sí... ¡Ojalá que el mal fuese leve! ¿Y si no lo era?... ¿Y si se quedase vi...? Ni aun mentalmente se atrevía á concluir la palabreja... Pensar en eso, parece ya alimentar malos deseos... No, pero el caso es que las mujeres, en efecto, al morírseles sus maridos, suelen quedarse vi... ¡María Santísima! Debía ser una gran desgracia... Bien; ¿y _si sucedía_? Segundo... ¡Jesús, qué desatino! De fijo que á él no se le había pasado por la cabeza semejante absurdo... Los Garcías, unos nadies... Y aquí volvía Nieves á repasar la parentela, el modo de vivir de Segundo...

De buena gana haría novillos á la cita del día siguiente, porque su marido andaba receloso, y era comprometido el lance, aunque en el lugar designado para la entrevista siempre se podría achacar á casualidad el encuentro... Y por otra parte, si faltaba, aquel Segundo tan apasionado sería muy capaz de dar un escándalo, de ir á buscarla á su cuarto, de entrar por la ventana.

Bien pensado, juzgó más prudente asistir, y rogar á Segundo... que... que la olvidase... que por lo menos, no la comprometiese... Era lo mejor.

Pasó Nieves la mañana en un estado de quebrantamiento tan grande, que apenas comió; y, durante la comida, no miró ni una sola vez á Segundo, temerosa de que su marido observase y sorprendiese entre ellos alguna furtiva señal de inteligencia. Para mayor desgracia, Segundo, deseoso de recordarla con los ojos su promesa, la miró aquel día más que de costumbre: afortunadamente D. Victoriano parecía distraído por su apetito desordenado de comer y beber. Acabada la comida, se retiraron todos, como siempre, á descabezar la siesta. Nieves tomó el camino de su cuarto. Encontró en él á Victorina, tendida sobre la cama. Por precaución, la hizo preguntas.

—¿Vas á dormir la siesta, monina?

—Á dormir, no... Pero estoy á gusto así...

Miróse Nieves al espejo, y se vió descolorida. Se lavó los dientes, y después de cerciorarse con una rápida ojeada de que también reposaba su marido en el cuarto inmediato, se deslizó hasta el salón á paso ligerísimo... Temblaba. Aquella atmósfera de tempestades y peligros, grata para el ave marina, era mortal para el lindo pájaro doméstico. No era vivir estar siempre así, escalofriada de terror y con la sangre cuajada por el susto. ¡No era vivir, ni respirar!... Acabaría por volverse loca: ¿pues no creía sentir pasos, como si alguien la siguiese? Dos ó tres veces se paró, reclinándose desfallecida en las paredes del corredor, prometiéndose á sí misma que no la cogerían en otra.

Al entrar en el salón, se detuvo sobrecogida. ¡Estaba tan silencioso y soñoliento, medio á oscuras, con las maderas casi cerradas,—que sólo permitían el paso á un rayo de sol en que danzaban áureas partículas de polvo,—con sus espejos narcotizados que tenían pereza de reflejar algo en sus turbias lunas, con la modorra del asmático reloj, cuya esfera parecía un rostro humano que la espiaba y tosía desaprobándola!... De pronto sintió pisadas veloces, juveniles; y Segundo, audaz, enloquecido, vino á caer á sus plantas, con los brazos enlazados en torno de su cuerpo... Ella quería contenerle, avisarle, explicarle... No se lo consintió el poeta, que pronunciaba tiernas exclamaciones de gratitud y de pasión, y, ya en pie, la levantaba del suelo, con el irresistible impulso amoroso que no calcula los actos.

Don Victoriano, al ver entrar en su aposento á la niña, blanca como la cera, casi lívida, despidiendo fuego por los ojos, en una de esas actitudes de horror que ni se fingen ni se imitan, saltó de la cama donde, despierto, fumaba un puro... La niña le decía con voz ahogada:

—¡Ven, papá!... ¡Ven, papá!

¿Qué pasaría por la mente del padre? Jamás se supo el porqué siguió á la niña, sin dirigirla ni una leve pregunta. En el umbral del salón, detúvose el grupo... Nieves exhaló un chillido altisonante, y Segundo, con hermoso arranque varonil y apasionado, la escudó con su cuerpo... Defensa innecesaria ya. La figura de hombre detenida en la puerta no amenazaba: lo que de ella infundía miedo, era cabalmente su actitud de estupor y anonadamiento: parecía un cadáver, un espectro abrumado de desesperación impotente. El rostro, más que amarillo, verde; los ojos abiertos, nublosos y fijos; las manos y rodillas trémulas... Aquel hombre hacía vanos esfuerzos para hablar; la parálisis empezaba por la lengua: inútilmente intentaba revolverla en la boca, formando sonidos... ¡Lucha horrible! Pugnaba la frase por salir de los labios, y no salía: la faz, de lívida, pasaba á roja, congestionándose, y la niña, abrazando la cintura de su padre, viendo aquel combate de la inteligencia con los órganos, gritaba:

—¡Socorro! ¡Socorro! ¡Se muere papá!

Nieves, sin osar acercarse á su marido, pero comprendiendo que en efecto algo grave le sucedía, chilló también pidiendo socorro. Y fueron apareciendo por las puertas Primo Genday en mangas de camisa, Méndez con un pañuelo de algodón atado sujetando las orejas, _Tropiezo_ con los pantalones á medio abrochar...

Segundo, silencioso, quieto en mitad de la sala, no sabía qué hacer de su persona: el irse, era desairado; el quedarse... _Tropiezo_ le sacudió:

—Anda, chico, volando á Vilamorta... Dile á Doroteo el del coche que salga á Orense y traiga un médico de allá, el de más nombre... ¡Yo no quiero este _tropieciño_! indicó guiñando un ojo.—Corre, disponte.

El _Cisne_ se acercó á Nieves, que derrumbada en el sofá, lloraba, con su fino pañuelo apoyado sobre la boca.

—Me mandan á buscar un médico, Nieves. ¿Qué hago?

—¡Vaya usted!

—¿Vuelvo?

—No... déjeme usted por Dios... ¡Que venga, que venga el médico!—Y sollozó más fuerte.

* * * * *

Por pronto que anduvo, hasta la madrugada del día siguiente no llegó el facultativo á las Vides. Opinó que el caso no era extraordinario: la diabetes suele terminar así, con parálisis seguida de derrame seroso: una de las complicaciones más frecuentes en tan temible enfermedad... Añadió que era conveniente trasladar á Orense al enfermo, con precauciones. La traslación se hizo sin grandes dificultades, y don Victoriano aún vivió unos días. Á las veinticuatro horas de su entierro, Nieves y Victorina, rigurosamente enlutadas, salieron para la corte.

[Ilustración]

XXIII

Sobre Vilamorta ha caído el negro cortinaje del invierno. Llueve, y por la calle principal y la plaza, empapadas y cubiertas de sucio barro, sólo cruza, de tiempo en tiempo, algún campesino invisible bajo su capa de juncos, jinete en un rocín cuyas herraduras baten el suelo y alzan un chapoteo de fango. Ya no hay fruteras, por la plausible razón de que tampoco hay fruta: todo está solitario, húmedo, enlodado y mohoso. Cansín, con zapatillas, de orillo y bufanda, se pasea sin cesar ante su puerta por evitar los sabañones; el Alcalde aprovecha un reducidísimo soportal que hay frente á su casa para entretener la tarde, dando diez pasos hacia arriba y diez hacia abajo, patear muy fuerte y calentarse los pies; ejercicio sin el cual afirma que no digiere.

¡Ahora sí, ahora sí que la pobre villita está muerta! Ni agüistas, ni forasteros, ni ferias, ni vendimias... Una paz, un abandono de cementerio y una humedad tan terca, que deja rastros verdes en los sillares de las casas en construcción. Las villitas así, en invierno, son capaces de producir murria al más alegre: son la raíz cuadrada del fastidio, la quintesencia del esplín, la desidia de peinarse, la pereza de vestirse, la interminable noche, el aguacero terco, el frío lúgubre, el aire color de ceniza y el cielo color de panza de burro...

En medio de aquella especie de sueño letárgico que duerme Vilamorta, hay, sin embargo, unos seres felices, unos seres en la plenitud de su ventura, aunque próximos á concluir su existencia del más trágico modo: seres que, con sólo el instinto natural, han adivinado la moral de Epicuro y la practican, y comen y hozan y se regodean, y no temen á la muerte ni piensan en la inexplorada región cuyas puertas se abren al morir; seres que gozan en recibir el agua llovediza en su estirado pellejo; seres para quienes el lodo es baño deleitosísimo donde muy gustosos se chapuzan y revuelcan, abandonando la incomodidad y estrecho de sus cubiles y pocilgas. Ellos son, en esta época del año, dueños y señores indiscutibles de Vilamorta: ellos, los que con sus fastos y hazañas dan pábulo á la conversación de las boticas y entretienen las veladas familiares, en que se discute su respectiva corpulencia y se les estudia desde el punto de vista de sus cualidades propias, trabándose acaloradas discusiones acerca de si la oreja corta ó larga, el rabo bien enroscado, la pezuña más ó menos recogida y el hocico más ó menos agudo, prometen carne más suculenta y grasa más copiosa. Hácense comparaciones: el marrano del _Pellejo_ es soberbio como tamaño, pero sus carnes de un rosa erisipelatoso y su bandullo inmenso y fofo, delatan al cerdo de fibra muelle, mantenido con despojos de tahona: cochino soberbio, el del Alcalde, cebado con castaña: algo más chico, pero ¡qué jamones ha de tener! ¡qué jamones! ¡qué tocinos! ¡qué lomos, que dan ganas de sentarse en ellos! Ese será el cerdo de la temporada. Sin embargo, hay quien afirma que el superior, el soberano marranil de Vilamorta, es la cerda de la tía Gaspara, la de García. Las ancas de tan magnífico bestión parecen una carretera: ya ha estado á punto de ahogarse con su propia gordura: sus glándulas mamarias tocan con las pezuñas y besan el barro de la calle. ¿Quién puede calcular las libras de grasa que rendirá, ni las morcillas que se llenarán con su sangre y la longaniza que saldrá de sus asaduras?

Cesa de llover una semana; arrecia el frío; cae helada y la escarcha se deposita en tersos cristales sobre las yerbas de los linderos y endurece la tierra... Es la señal de la hecatombe, á la cual todos los auspicios son favorables, pues además del frío, es cuarto creciente de luna; que si fuese menguante, menguaría la carne muerta... Ha llegado la hora de empuñar el cuchillo. Y en las largas noches de Vilamorta se oyen á la hora menos pensada desaforados gruñidos: primero de furor, que indican la impotente rabia de verse sujeto al banco, y revelan en el enervado cerdo doméstico la prole del jabalí montés; luego de dolor, cuando la cuchilla penetra al través de los tejidos; un grito casi humano, de suprema agonía, cuando la hoja se hunde en el corazón; y, por último, una serie de quejidos desesperados, que van debilitándose al paso que la fuerza y la vida se escapan envueltas en el caliente chorro sanguíneo...

Ocurría este drama espeluznante en casa del abogado García á las once de una glacial y serena noche de Diciembre. Las niñas, locas de gozo, muertas de curiosidad, se atropellaban alrededor del agonizante cerdo, en cuyo corazón y garganta sepultaba el cuchillo el matachín, de arremangados brazos. Segundo, encerrado en su dormitorio, tenía delante pliegos de papel más ó menos emborronados... ¡Hacía versos! Mas como llegase hasta él el ruido de la tragedia, soltó la pluma con desaliento. Había heredado de su madre un profundo horror al espectáculo de la matanza: á su madre solía costarle diez ó doce días de padecimientos, en que no probaba bocado, asqueada por la vista de la sangre, de los intestinos y vísceras, tan semejantes á intestinos y vísceras humanas, por el olor groseramente aperitivo y excitante del mondongo y de las especias, por las pingüedinosas moles de tocino pendientes del techo... Aborrecía Segundo hasta el nombre del cerdo, y en el estado enfermizo de su ánimo, en la excitación nerviosa que le consumía, era para él no imaginado suplicio el no conseguir poner el pie fuera de casa sin tropezarse, sin enredarse en los malditos y repugnantes animales, ó ver, á través de las puertas entreabiertas, trozos de sus cadáveres suspendidos en garfios. Todo Vilamorta trascendía á muerte de cerdo, á vaho de mondongada. Segundo no sabía ya dónde meterse, y se acuartelaba en su aposento con las puertas y las ventanas bien cerradas, aislándose del mundo exterior, para vivir con sus sueños y fantasías en un país donde no había marranos y sólo existían pinares, flores azules, precipicios... ¡Insuficiente precaución para librarse del tormento de aquella época brutal del año, puesto que el drama de la glotonería y de la materia le asediaba allí, en su misma casa!... El poeta cogió el sombrero y salió de estampía. Necesitaba huir donde no oyese aquellos gruñidos, ni le envolviesen aquellos olores. Pasó de largo por el zaguán, cerrando los ojos para no ver, á la luz del candil que sustentaba una de las chiquillas, á la tía Gaspara con su brazo de esqueleto desnudo hasta el codo, agitando en un barreñón un líquido rojo y espumante. Al ver salir á Segundo, las hermanas soltaron el trapo riéndose á carcajadas, y le llamaron ofreciéndole regalos grotescos, innobles despojos del moribundo...

Leocadia no se había acostado: sentíase indispuesta, y dormitaba envuelta en un gran mantón, transida de frío; prestamente abrió la puerta á Segundo, preguntándole alarmada si le sucedía algo. Nada, á la verdad... En casa de Segundo estaban matando el cerdo: noche toledana; no le dejarían dormir... Hacía además tanto frío aquella noche... que se encontraba no muy bien, así como pasmado... Que le hiciese una tacita de café, ó mejor un ponche de ron...

—Las dos cosas, corazón. Enseguidita.

Recobró Leocadia su actividad y brío como por ensalmo. Pronto ascendió de la ponchera la llama color de zafiro del ponche; á su reflejo traidor, la cara de la maestra parecía muy demacrada. Faltábale aquel aspecto saludable, aquel tono suyo, moreno caliente, como de corteza de pan. La madurez femenina, la crisis fatal de los últimos años de amor, se leía en el semblante empalidecido, en el brillo febril de la mirada, en el cárdeno tinte de los labios. Sobre la prosa de sus facciones vulgarísimas imprimía el dolor sello casi poético; como había enflaquecido, resultaban mayores sus ojos; ya no era la mujerona de buenas carnes, limpia y fresca de boca, que picada de viruela y todo aún arrancaba al tabernero un requiebro bestial; abrasábala el fuego interior de una pasión imperiosa, exigente, incoercible; la pasión postrera, la más poderosa, la que ni vence la razón, ni borran los años, ni puede cambiar de objeto; la que hinca sus garras en las entrañas y no suelta la presa sino cuando ya la ha matado.

Y tenía esta pasión tan extraño carácter, que siendo insaciable, volcánica, desesperada, lejos de dictar á Leocadia actos de violencia y arrancarle rugidos de leona, le inspiraba una abnegación y generosidad sin límites, suprimiéndole por completo el egoísmo. Horribles habían sido para ella los días del verano, las vendimias, todo el tiempo en que apenas veía á Segundo, en que le constaba que no se acordaba de ella, que se consagraba á otra mujer; ¡y sin embargo, ni salió de su boca una palabra de celos, ni un reproche, ni le pesó de haber dado á Segundo el dinero; y al ver al poeta era su alegría tan franca, tan grande, que borraba como por magia todos los sufrimientos y los compensaba con creces!

Ahora existía un motivo más para que ella se desviviese por el poeta. Tampoco él andaba bueno. ¿Qué le dolía? Ignorábalo él mismo. Mal del espíritu, nostalgia, murria, ahogo producido en sus pulmones de soñador por el mezquino ambiente que respiraba... Constante inapetencia, negra melancolía, el estómago fatigado, los nervios como cuerdas de guitarra... Y no era su pasión por Nieves como la de Leocadia, de esas que absorben el ser todo, interesan el corazón, atenacean la carne y subyugan el alma; Nieves sólo vivía en su cabeza, en su amor propio, en sus facultades líricas, en sus desvaríos románticos, generadores eternos de la ilusión. Nieves encarnaba en forma visible, gentil y halagüeña, sus ansias de gloria, su ambición artística.

Leocadia sirvió el ponche y el café, y como le temblaba la mano de placer y emoción, dejó caer el líquido hirviente, quemándose un poco; mas no hizo caso de la quemadura y siguió tan solícita, cuidando, como siempre, de que todo estuviese á la perfección. Para hablar con el poeta de algo que le agradase y divirtiese, le preguntó por el tomo de poesías que traía entre manos y debía extender su fama lejos de Vilamorta así que se imprimiese en Orense... Segundo no se mostró entusiasmado con tal perspectiva.

—En Orense, mujer... en Orense... ¿Sabes que he mudado de idea? Ó lo imprimo en Madrid... ó no lo imprimo: poco perderán con eso las musas españolas.

—¿Y por qué no te gusta ya imprimirlo en Orense?

—Verás... Le sobra razón á Roberto Blánquez, que me lo aconseja desde Madrid... Ya sabes que ahora Roberto está allá, empleado... Dice que las obras impresas en provincias no las lee nadie; que él ha visto el desprecio con que se miran allí las que traen pie de imprenta de fuera de la corte... Que además aquí tardan un siglo en imprimir un tomo, y salen plagados de erratas, y con una forma tan fea... En fin, que no gustan... Y para eso...

—Pues á Madrid con el libro; ¿qué importa?

—Chica... Roberto me asusta con los precios de las ediciones... Parece que la broma cuesta un ojo de la cara... No hay editor que compre versos, ni siquiera que vaya á medias con el autor...

No contestó Leocadia, limitándose á sonreír. Tenía la salita aspecto de íntimo bienestar: aunque el invierno había despojado de sus encantos al balcón, poniendo amarillas las albahacas y mustios los claveles, allí dentro el gorgoteo de la cafetera, el vaho alcohólico del ponche, la quietud, el solícito cariño de la maestra, todo parecía templar y suavizar el ambiente. Segundo sentía apoderarse de su cuerpo un sopor grato.

—¿Me das una manta de tu cama? dijo á la maestra. Hoy en mi casa no hay medio de descansar, mujer... Yo reposaría un poco aquí en este sofá.

—Tendrás frío.

—Estaré en la gloria. Anda.

Leocadia salió y volvió arrastrando con gran esfuerzo un objeto pesado, enorme: un colchón. Después trajo la manta; luego, fundas. Total, una cama de veras. Para lo que faltaba, las sábanas no más... ¡Bah! También las trajo.

[Ilustración]

XXIV

No vaciló Leocadia al día siguiente. Sabía ya el camino y fué derecha á casa del abogado. Éste la recibió con el entrecejo fruncido. ¿Pensaban que fabricaba moneda? Leocadia ya no tenía bienes que empeñar; los que llevaba valían tan poca cosa... Si se resolvía á hipotecar la casa, él hablaría con su cuñado Clodio que tenía ahorros y ganas de una finca así... Leocadia exhaló un suspiro de pena. Sucedíale lo contrario que á los campesinos: ningún apego á los terrones; ¡pero la casita! ¡Tan limpia, tan mona, tan cómoda, hecha á su gusto!

—Psh... con abonar el importe de la hipoteca... la recobra usted en seguida.

Dicho y hecho. Clodio aflojó la mosca, lisonjeado con la esperanza de adquirir por la mitad de su valor un nido tan cuco, donde acabar su vida solterona. De noche, Leocadia pidió á Segundo que le enseñase el cuaderno de sus poesías y le leyese algunas. Hablábase mucho allí, con reticencias y alusiones trasparentes, de ciertas flores azules, de las voces de un pinar, de un precipicio y de otras varias cosas que bien entendía Leocadia no eran inventadas, sino que tenían su clave en pasados y para ella misteriosos acontecimientos. La maestra adivinó una historia de amor, cuya heroína sólo podía ser Nieves Méndez. Pero lo que no podía entender ni explicarse, era cómo estando ya la señora de Comba viuda y libre parar premiar el amor de Segundo, no lo hacía inmediatamente... Los versos revelaban profundo desaliento, ardiente delirio amoroso y amargura muy honda... ¡Ahora comprendía Leocadia las tristezas de Segundo, su decaimiento, su pasión de ánimo! ¡Cuánto padecería allá por dentro! Los poetas, á fuer de tales, deben sufrir más y con más crueles torturas que el resto de los humanos... No cabía duda: aquella ausencia, aquellos recuerdos estaban matando á Segundo lentamente... Leocadia no sabía por dónde empezar la conversación.

—Mira, oye... Esos versos son preciosos y merecen que los impriman con letritas doradas... Casualmente, chico, estos días he recogido unos cuartos de Orense... ¿Sabes qué he pensado la otra noche, mientras tú dormías en la camita que te armé? Que era mejor irlos tú á imprimir en persona... Allá... á Madrid...

Con gran sorpresa vió nublarse el rostro de Segundo. ¡Ir él á Madrid ahora! Imposible: era preciso antes saber algo de Nieves... La trágica escena final de sus amoríos, el desenlace de la repentina viudez, todo alzaba entre los dos una valla difícil de salvar... Nieves era rica... y hoy Segundo, al presentarse en su casa, al caer á sus pies, no sería el enamorado que pide pasión, sino el aspirante á marido... que alega derechos anteriores, y fundado en ellos aspira á reemplazar al difunto... Y Segundo, que había aceptado dinero de Leocadia, sentía que su orgullo se sublevaba á la idea de que Nieves pudiese tomarle por un especulador, ó desdeñarle por oscuro y pobre... ¿Pero no le amaba Nieves? ¿No se lo había dicho? Entonces ¿cómo no trataba de saber de él? Es verdad que tampoco él intentaba comunicarse con la bella viuda, ni refrescar sus recuerdos... Es que temía hacerlo sin arte, sin oportunidad, y abrir la herida causada por el fallecimiento del esposo...

El tomo de versos... ¡Excelente idea! El tomo de versos era el único medio de volver á la memoria de Nieves en bella forma, llevado en alas del aplauso público... Si aquel tomo se leía, se elogiaba, gustaba, conquistaba á su autor una reputación, desaparecería entre él y Nieves toda diferencia social que pudiese hacer absurdas sus pretensiones... ¡Casarse!... pensaba Segundo... Lo del casamiento le parecía secundario... Que Nieves le amase... No bodas, amor pedía él. En la misma mesita de Leocadia escribió á Roberto Blánquez dándole instrucciones, y preparó el manuscrito para certificarlo y le puso el índice y la portada, con el impaciente júbilo del que, olfateando la suerte, compra un billete de lotería...

Así que él se retiró, quedóse Leocadia profundamente preocupada. ¡Segundo no quería ir _allá_! Entonces... El relámpago de ventura que cruzó ante sus ojos con la idea de que Segundo echase raíces en Vilamorta, lo apagaron dos pensamientos: uno, que Segundo allí se secaría de tedio; otro, que ella no podría facilitarle mucho tiempo ya lo que necesitara... Hipotecar la casa, era quemar el último cartucho... ¿Qué hipotecaría después? ¿Su propia persona? Y sonrió con tristeza.

En el corredor resonaban los gruesos zapatos del olvidado jorobadito, que iba en busca del lecho, donde Flores tardaría poco en arrullarle con sus solecismos y letanías bárbaras. La madre suspiró. ¿Y aquel ser, aquel ser que no tenía más sostén que ella? ¿De qué viviría? Cuando su madre, arruinada del todo, no le pudiese dar ni cama, ni alimento ¿qué mudo y continuo reproche sería para ella la presencia del infeliz? Y ¿cómo le hacía trabajar?...