Part 13
¡Trabajar! Esta palabra le recordó algunos planes, ya madurados en esas noches de desesperación é insomnio en que pasamos revista á nuestra vida entera y trazamos nuevas combinaciones y recorremos mentalmente todos los caminos posibles... Claro está que Minguitos no servía para el trabajo material de la tierra, ni para hacer zapatos, ni para moler chocolate como aquel buen mozo de Ramón; pero sabía leer y escribir, y en cuentas, con poco que Leocadia le repasase, sería un prodigio... Estar detrás de un mostrador no mata á nadie: atender al que llega, contestarle, cobrar, apuntar lo vendido, más son ocupaciones divertidas y que espacían el ánimo, que labores molestas... ¡Así se distraería el jorobadito, y perdería un poco el horror á la gente, el miedo á que se riesen de él!
Dos años antes, Leocadia habría insultado á quien le propusiese apartarse de su niño, robarle el calor de sus brazos amantes. ¡Ahora, la solución de hacer de él un dependientito de comercio le parecía tan sencilla y natural! Algo, sin embargo, latía aún en el fondo de su corazón de madre; unas fibrillas muy pegadas todavía al alma, que sangraban, que dolían... Á arrancarlas pronto. Todo era por bien del chico, por hacerle hombre, para que hoy ó mañana...
Celebró Leocadia dos ó tres conferencias con Cansín, que tenía en Orense un primo, dueño de un establecimiento de paños; y Cansín, encareciendo mucho su alta influencia y la importancia del favor, dió á la maestra una carta de recomendación eficaz. Fué Leocadia á la capital, vió al patrón, y estipularon las condiciones de la admisión de Minguitos. Le mantendrían, le lavarían la ropa, y le harían algún traje de los retales de paño que quedasen por el almacén... Pagar no le pagarían nada, hasta que supiese bien el oficio, allá á la vuelta de un par de años... ¿Y era muy jorobado? porque eso le gusta poco á la clientela... ¿Y era honradito? Nunca le había cogido á su madre dinero de los cajones, ¿verdad?
Leocadia volvió con el alma empapada en acíbar. ¿Cómo se lo decía á Minguitos y á Flores? ¡Sobre todo á Flores! Imposible, imposible: armaría un escándalo que alborotase á la vecindad... Y había prometido llevar á Minguitos sin falta á su puesto el lunes próximo... Ideó una estratagema. Afirmó que estaba en Orense una parienta suya, y que le llevaba el niño para que le conociese: pintó la expedición con risueños colores, á fin de que Minguitos creyese que iba á divertirse... ¿No tenía ganas de ver otra vez á Orense? Pues es un pueblo magnífico: ella le enseñaría las Burgas, la Catedral... El niño, con su horror instintivo á los sitios públicos, al trato con hombres, meneaba tristemente la cabeza; y en cuanto á la vieja criada, como si algo rastrease, estuvo furiosa toda la semana. Cuando llegó el domingo y se metieron madre é hijo en el coche, al subir al estribo, Flores se arrojó al cuello de Minguitos y le dió un abrazo trémulo y senil de abuela chocha, babándole el rostro con el besuqueo de sus arrugados labios... Después se pasó el día sentada en el umbral de la casa, murmurando en alta voz palabras de sorda cólera ó de cariñosa lástima, apretándose la frente con ambas manos, en desesperado ademán.
Leocadia, ya en el coche, trató de convencer á su hijo y le describió la buena vida que le esperaba en aquel precioso establecimiento, situado en lo más céntrico de Orense, tan entretenido, donde tendría poco trabajo y la esperanza de ganar, hoy ó mañana, algún dinerito suyo... Á las primeras palabras, el niño fijó en su madre los ojos atónitos, en los cuales, poco á poco, la inteligencia se abrió paso... Minguitos solía comprender á media palabra. Bajó la cabeza y, arrimándose á su madre, se recostó en su regazo. Como callaba, Leocadia le preguntó:
—¿Qué tienes? ¿Te duele la cabeza?
—No... déjame dormir así... un poquito... hasta Orense.
Permaneció, en efecto, quieto y callado y al parecer, dormido, acunado por el traqueteo del coche y el ruido ensordecedor de los cristales. Al llegar á la ciudad, Leocadia le tocó en el hombro:
—Ya estamos...
Saltaron del coche y sólo entonces notó Leocadia que tenía el regazo húmedo y que allí donde se había apoyado la frente del niño, resbalaban sobre el merino negro dos ó tres irisadas gotas de agua... Pero al verse entre gente desconocida, en el lóbrego almacén, abarrotado de piezas de paño oscuro, la actitud del jorobado dejó de ser resignada: cogióse á su madre con desesperado impulso, exhalando un solo grito, resumen de todas sus quejas y afectos:
—¡Maaamá... maaamá!...
Aquel grito aún lo oía dentro de su corazón Leocadia cuando, de regreso á Vilamorta, vió á Flores que la acechaba en la puerta. Acechar es la palabra exacta, pues Flores se lanzó sobre ella como un perro de presa, como una fiera que reclama y exige su cría. Y lo mismo que el hombre furioso arroja contra su adversario cuanto á mano encuentra, así Flores derramó sobre Leocadia toda clase de denuestos, de bárbaras y desatinadas injurias, gritándole con su voz balbuciente de vejez y odio:
—¡Ladrona, ladrona, infame! ¿Dónde tienes á tu hijo, ladrona? ¡Anda, borracha, mala mujer, anda á beber licores... y tu hijo puede ser que se esté muriendo de hambre! Perdida, loba, falsa, ¿y el chiquillo? ¿Dónde está, ángel de Dios? ¿Dónde lo tienes, bribona, que rabiabas por librarte de él para quedarte con el otro señorito de morondanga? ¡Loba, loba, que aun las lobas quieren á los hijos! ¡Loba, lobona... si tuviese un fusil, tan cierto como estoy aquí que te cazaba con perdigones!
Pálida, con los ojos enrojecidos, Leocadia extendió las manos para tapar la boca á la frenética vieja: pero ésta, con sus desdentadas encías, apretó aquellas manos, dejando en ellas la baba de su cólera; y mientras la maestra subía la escalera, la vieja iba detrás, fatídica, murmurando en voz sorda:
—Nunca bien te ha de querer Dios, loba... Dios te castigará y la Virgen Santísima... Anda, anda, regodéate porque hiciste tu voluntad... Maldita seas, maldita seas... maldita, maldita...
La maldición estremeció á Leocadia... La casa, con la ausencia de Minguitos, parecía un cementerio: Flores no había preparado comida, ni encendido luz... Leocadia, sin ánimos para hacerlo, se echó en la cama vestida, y más tarde se desnudó y acostó sin probar bocado.
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XXV
¡Con qué interés leía Segundo las cartas de Roberto Blánquez, durante aquella temporada en que le daba noticias de su libro! Roberto tenía algunos años más que el _Cisne_: no tantos que les impidiesen haber sido muy amigotes allá cuando estudiantes; pero suficientes para que Blánquez conociese algo más el mundo y pudiese servir al poeta de guía y mentor. También Blánquez había tenido su época de _cisne_, rimando versos gallegos; ahora se dedicaba á la prosa de un humilde empleíllo y hacía artículos de carácter administrativo; Madrid le ilustraba; y con la penetración natural é ingénita en quien tiene en sus venas sangre gallega de las rías, iba conociendo la vida práctica... Profesaba á Segundo fanática admiración y cariño verdadero, de esos que se forman en las aulas y duran siempre. Segundo le escribía con absoluta confianza: unas primas de Blánquez eran amigas de la madre de Nieves Méndez, y por tal conducto sabía el poeta algo de su dama. No ignoraba Blánquez los episodios del verano. Y solía dar en los primeros tiempos, noticias muy satisfactorias. «Nieves vive retiradísima... Me enteraron mis primas... Apenas sale sino á misa... La niña no está buena... Dicen los médicos que es el desarrollo... La van á llevar á un convento del Sagrado Corazón, para educarla. ¡La madre dicen que está guapa, chico! Parece que quedaron muy bien de intereses... El libro no tardará ya mucho... Ayer escogí el papel para la tirada, y el de los cien ejemplares de lujo en papel de hilo... Los caracteres serán elzevirianos, que es lo más de moda... La portada... ahora se hacen preciosas á seis tintas... ¿Quieres que represente una cosa bonita, algo alegórico?»... Así por este estilo eran las cartas de Roberto, manantial de ensueños, alimento único de la fantasía de Segundo en aquel largo invierno, tétrico y oscuro, en aquel ignorado rincón, en la prosa de su casa, en los recuerdos de su malograda empresa amorosa.
Corría Marzo, mes ambiguo, de agua y sol, en que ya la primavera se anuncia con abundancia de violetas y prímulas, y el frío empieza á disminuir, y por el cielo, de un azul de acuarela, flotan como girones de lino blancas nubes, cuando Segundo recibió esa cosa inefable, que hace palpitar de júbilo y de ansiedad y de inexplicable temor el corazón del hombre; esa cosa sólo comparable, por las sensaciones que produce, al hijo primogénito recién nacido; ¡el primer libro impreso! ¡Parecíale un sueño que estuviese allí el libro, allí, delante de sus ojos, en sus manos, con la cubierta blanca satinada donde el dibujante había entrelazado graciosamente, alrededor de un grupo de pinos, unos cuantos tallos floridos de _no me olvides_; con su papel color garbanzo, que hacía parecer antigua y rancia la edición, y encabezadas las composiciones con tres misteriosos asteriscos! Al ver allí sus versos, limpios de borrones, nítidos, correctos, con el pensamiento destacado por la enérgica negrura de la tinta sobre la página clara, daban ganas de creer que habían nacido así, tan fáciles y con tan adecuados consonantes y sin enmiendas ni ripios.
Á Leocadia la conmovió el libro, más todavía que al autor. Rompió la maestra en copioso llanto de gozo. ¡Era la gloria de su poeta, obra suya en cierto modo! Por dos ó tres días anduvo contentísima, olvidando las malas nuevas que le traía Flores de Orense todos los domingos; de Orense, adonde Leocadia no se atrevía á ir por temor de ceder á los ruegos, y ablandarse ante las súplicas del niño, pero donde latían aquellas fibrillas de su corazón que aún destilaban sangre, y que Flores torturaba con el relato de los sufrimientos de Minguitos, cada vez más desmejorado, siempre quejándose de que en el almacén se mofaban de él y le echaban en cara su joroba.
¡Enigmas del corazón humano! Segundo, que desdeñaba el lugar de su nacimiento; que creía y no se equivocaba, que en Vilamorta no existía persona alguna capaz de aquilatar el mérito de una poesía, no pudo, sin embargo, dejar de ir una noche á casa de Saturnino Agonde, y sacando negligentemente del bolsillo el tomo, echarlo sobre el mostrador diciendo con fingida indiferencia:
—¿Qué te parece esta impresión, chico?
Al punto se arrepintió de semejante debilidad, tantas fueron las tonterías y patochadas que el elegante tomo inspiró á la irreverente tertulia, ¡Nunca lo hubiera enseñado! En fin, él se tenía la culpa. ¡Si el público no le trataba mejor que sus conciudadanos!... Nunca es dueño el hombre de prescindir por completo de la atmósfera que respira: siempre ha de interesarle aquel horizonte que ve. Por poca importancia que concediese Segundo al dictamen de los vilamortanos, y aunque ciertamente su aprobación no lograría enorgullecerle, su inepta befa le ulceró y enconó el alma... Retiróse á su casa lastimado y dolorido. Pasó una noche febril, de esas noches en que se conciben magnos proyectos y se adoptan resoluciones decisivas.
Las condensaba en su carta á Blánquez... Este no contestó á vuelta de correo: pasaron días y días, y Segundo fué todas las mañanas á la estafeta, recibiendo siempre la misma respuesta lacónica... Por fin le entregaron una carta voluminosa, certificada.
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XXVI
Al abrirla cayeron varios números de periódicos, donde señalados con una cruz de tinta estaban los párrafos en que se hablaba del libro recién impreso, del tomo de poesías titulado _Cantos nostálgicos_, que tal nombre dió en la pila Segundo á sus renglones desiguales.
Venía también una carta de Roberto, de cuatro carillas... Era su contenido tan importante para Segundo, de tal manera había de pesar y ejercer influencia en su porvenir lo que aquellas letras contuviesen, que las dejó á un lado, temeroso, sin saber por qué, de leerlas, queriendo dilatar lo que tanto deseaba... Veía la carta abierta, y le saltaban á los ojos ciertos nombres, ciertas palabras repetidas... Allí se nombraba muchas veces á la viuda de Comba... Para dominar su turbación, puramente nerviosa, recogió los periódicos, y se determinó á leer antes lo que traía la señal de la cruz... Recorrió el via-crucis, en toda la extensión de la palabra.
_El Imparcial_ daba un estrepitoso bombo al país gallego, y para probar que en él nacen poetas con la misma facilidad que exquisitas pavías y bellísimas flores, citaba, sin nombrarle, al autor de _Cantos nostálgicos_, lindo tomito acabado de poner á la venta. Y ni una línea más, ni una apreciación crítica, ni un leve indicio de que nadie, en la redacción del popular diario, se hubiese tomado el trabajo de cortar las páginas del tomo. _El Liberal_, mejor informado, aseguraba en tres renglones que los _Cantos_ revelaban en su autor gran facilidad para versificar. _La Época_, en lo más rezagado de su sección de _Libros nuevos_, alababa la elegancia tipográfica del libro; no aprobaba el sabor romántico del título y la portada; y, de refilón, lamentaba, que la musa del poeta fuese la _infecunda nostalgia_, habiendo por ahí tantas cosas sanas, alegres y fecundas que cantar. _El Día_...
¡Ah! Lo que es en _El Día_ le pegaban á Segundo un varapalo en regla; pero no de esos varapalos sañudos, intencionados, enérgicos, en que se toma la vara á dos manos para deslomar á un adversario fuerte y temible, sino un latigazo de desprecio, un capirotazo con la uña, como el que se da á un insecto cuando molesta; una de esas críticas sumarias, que el crítico no se toma el trabajo de fundar y razonar por ser tan evidente lo que dice, que no requiere demostración: una ejecución capital por medio de dos ó tres chistes, pero de las que acaban con un autor novel, le hunden, le relegan para siempre á los limbos de la oscuridad... Venía el crítico á decir que hoy, cuando los versos magistrales carecen de lectores, es lástima grande hacer gemir las prensas con rimas de inferior calidad; que hoy, cuando Becquer pertenece ya al número de los semidioses de la poesía, habiendo ingresado en el panteón de los inmortales, es pecado que se le falte al respeto imitándole torpemente, y estropeando y contrahaciendo sus pensamientos mejores; y por último, que es de sentir que jóvenes muy estimables, dotados quizás de felicísimas disposiciones para el comercio ó para las carreras del notariado y farmacia, gasten el dinero de sus papás en ediciones lujosas de versos que nadie comprará ni leerá...
Debajo de tal filípica había escrito de su puño y letra Roberto Blánquez: «No hagas caso de este animal. Lee mi artículo».
Con efecto, en un periódico oscuro y subterráneo, de esos innumerables que ven la luz en Madrid sin que Madrid los vea, Blánquez vertía y desahogaba toda la bilis de su amistad y patriotismo herido, poniéndole al crítico las peras á cuarto, encareciendo el libro de Segundo y declarándolo digna pareja del de Becquer, sólo que un poco más dulce, un poco más soñador y melancólico todavía, á fuer de hijo de un país hermoso cuanto desventurado, un país más bello que Andalucía, que Suiza y que todos los países bellos del orbe: acabando por decir que, si Becquer hubiese nacido en Galicia sentiría, pensaría y escribiría como EL CISNE DE VILAMORTA.
Segundo cogió el manojo de periódicos y, mirándolo un rato con los ojos fijos y el gesto torvo, hízolo al fin pedazos, primero grandes, luego chicos, luego más chiquitos aún, que lanzó por la ventana y fueron á caer revoloteando, á manera de simbólicas mariposas, ó plateados pétalos de la flor de la ilusión, al charco de lodo más inmediato... Segundo sonreía con amargura. Allá va la gloria... pensó. Ahora... creo que ya estoy más sereno... ¡Vamos á leer la carta!...
Lo importante de ésta son ciertos trozos... adicionados con los comentarios que no en voz alta, sino mentalmente, hace el lector.
«Estuve, según tu encargo, en casa de la viuda de Comba, á entregarle el ejemplar que me remitiste tan cerradito y tan selladito...—¡Claro! Llevaba dentro una dedicatoria que no me gustaba que viese _ella_ que podías haberla leído _tú_...—Tiene una casa preciosa, con mucha cortina de seda y flores naturales.—Todo, todo lo suyo es así, delicado y bonito...—Pero tuve que ir dos veces ó tres antes de que me recibiese, porque siempre era mala hora...—No recibirá ella á dos por tres al primero que se presente...—Por último, me recibió con un sin fin de etiquetas y cumplidos... Está muy guapa de cerca, aún más que de lejos; y parece mentira, chico, que tenga una niña de doce años: ella representa, lo más, veinticuatro ó veinticinco...—¡Qué cosas me cuenta á mí Roberto!—Pues nada, en cuanto le dije que iba de parte tuya...—¡Á ver!—se puso... ¿cómo te diré yo?—¡Ruborizada!—disgustada y sobresaltadísima, chico; y además, tan seria, que yo me quedé volado y sin saber qué hacer...—¡Infame! ¡Infame! Temía que yo... Á ver, concluyamos, concluyamos...—No quiso recibir el libro por más instancias que le dirigí...—¡Pero esto no se concibe! ¡Ah, qué mujer!...—porque asegura que le recordaría mucho este país, y el fallecimiento de su esposo, que Dios haya; y por consiguiente, te ruega que la dispenses...—¡Miserable!—de abrir el paquete... y de leer tus versos... y te da las gracias...—¡Ja, ja, ja!—¡Bravo! ¡Gran actriz!
»Yo, á pesar de todo, como tú me encargabas expresamente que se lo entregase, me propuse no volver á casa con él, y saludándola y tomando el sombrero dejé tu paquetito sobre un mueble; pero al día siguiente por la mañana ya lo tenía en casa, cerrado, lacrado, intacto...—Y yo no la arrojé al Avieiro aquel día en que nuestras bocas... ¡Estúpido de mí! En fin, acabemos...
»Ante esta conducta de la viudita, conjeturo que tú debes haber inventado todo aquello del precipicio y del balcón... me lo contarías para guasearte conmigo... ó como eres así, tan loco, soñaste que te sucedió, y confundiste el sueño con la realidad...—Hace bien en mofarse.—De todos modos, chico, si la viuda te interesaba, no pienses más en ella... Sé de fijo, por mis primas, que lo saben con certeza por su padre, que al acabarse el luto se casa con un marqués de Cameros, que tuvo distrito en Lugo...—Sí, sí... comprendido.—La cosa no va de broma: ya le están bordando, según dicen mis primas, sábanas con corona de marquesa...»
La carta fué desgarrada con más lentitud que los periódicos, en trozos más menudos, casi en polvillo de papel... Con los restos hizo Segundo una bolita, y la despidió briosamente para que se hundiese muy adentro en el charco de lodo... ¡Es el amor!... pensó, riéndose á carcajadas.
Comenzó á pasearse por la habitación, primero con cierta monótona regularidad, después con desasosiego y furia. Clara, la hermana mayor, entreabrió la puerta del cuarto.
—Dice la tía Gaspara que vengas.
—¿Á qué?
—Á comer.
Segundo tomó su sombrero, y se lanzó á la calle, dirigiéndose á las orillas del río, presa del furor que las necesidades diarias de la vida causan á los que sufren algún violento choque moral, un desengaño.
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XXVII
¡Qué paseo el suyo por las húmedas y encharcadas márgenes del Avieiro! Iba unas veces de prisa, sin causa alguna que le obligase á acelerar su marcha, y otras, también sin motivo, se paraba, quedándose con los ojos clavados en algún objeto; pero, en realidad, no viéndolo poco ni mucho... Un remordimiento, un pesar roedor, le mordía el corazón cuando recordaba el pasado: así como al naufragar un buque cada náufrago lamenta especialmente la pérdida de un objeto que á todos prefería, así Segundo, del ayer desvanecido ya, sólo echaba de menos un instante; un instante que quisiera á toda costa revivir; el del precipicio; el momento en que pudo conseguir digna y gloriosa muerte, arrastrando consigo al abismo la noble carga de sus ilusiones, y el cuerpo de una mujer que sólo en aquel minuto inolvidable pudo amarle de veras...
¡Cobarde entonces y cobarde hoy! pensaba el poeta, llamando en su ayuda desesperadas resoluciones, y no encontrando el valor indispensable para abrazarse de una vez al agua fría y fangosa... ¡Qué horas! Borracho de dolor, se sentó en las piedras, á la orilla del río, mirando con idiota fijeza cómo las gotas de agua de lluvia, al ir cayendo en diagonal del cielo gris, hacían en el río unos círculos que trataban de prolongarse, y no lo conseguían, porque otros infinitos círculos iguales se tropezaban con ellos, y se mezclaban, y se deshacían, y se renovaban incesantemente, y volvían á nacer, y á confundirse, marcando en la sobrehaz del río unos dibujos ondulantes, muy parecidos á esa labor de la plata que llaman _guilloché_... No notaba siquiera el poeta que aquellas mismas gotas que sobre el Avieiro rebotaban espesas y frecuentes, descargaban también sobre su sombrero y hombros, escurrían á la frente, se introducían por el cuello, se colaban entre la ropa y la carne. Lo observó así que la demasiada frialdad le hizo estremecerse, levantarse y tomar á tardo paso el camino de su casa, donde ya todo el mundo había comido y nadie le ofreció una taza de caldo.
Á los dos ó tres días se le declaró una fiebrecilla, ligera al pronto, luego más grave. _Tropiezo_ la calificó de _gástrica_ y _catarral_; la sinceridad obliga á decir que le administró remedios no enteramente desacertados: esto de las fiebres gástricas y catarrales es para los médicos practicones una bendición de Dios, un campo glorioso donde suelen contar por victorias las jornadas; un camino trillado en que no corren riesgo de extraviarse. Por allí no se irá al desconocido polo de la ciencia, pero al menos no se va tampoco á despeñadero alguno...
Salía _Tropiezo_ una noche de visitar á Segundo, é iba muy arrebujado en su bufanda. Á la puerta misma del abogado, de entre la sombra que proyectaba el paredón contiguo, se destacó una mujer, en pelo, vestida con una bata vieja. Lo claro de la noche permitió á don Fermín ver sus facciones, y no sin trabajo reconoció á Leocadia, tal estaba la pobre maestra de desfigurada, mudada y envejecida. Se leía en su semblante la más viva ansiedad cuando preguntó al médico:
—¿Y qué tal, don Fermín? ¿Cómo le va á Segundo?
—¡Ah! Buenas noches, Leocadia... Sabe que al pronto no me hacía yo cargo... Bien, mujer, bien; no se apure. Hoy mandé que le diesen ya un pucherito y una sopa... No valió nada la cosa: una mojadura... Pero el rapaz es algo caviloso, y le entró tal tristeza y tal abatimiento, que pensé que nunca iba á volverle el apetito... En este tiempo hay que abrigarse: tenemos un día bueno y luego, cuando menos se piensa, carga el agua y el frío otra vez... ¿Y V. cómo lo pasa? Me dijeron que tampoco andaba buena... Hay que cuidarse, mujer.
—Yo no tengo duda, don Fermín.
—Pues más vale así... ¿Noticias del rapaz?
—Allá por Orense... el pobre... No se acostumbra.
—Ya se irá acostumbrando. Ya se ve... estaba hecho á los mimos... Vaya, Leocadia, abur. Váyase á su casa, mujer, váyase á su casa.
Don Fermín se alejó, subiéndose la bufanda hasta la nariz. Aquella mujer estaba loca: ¡pues no le había dado poco fuerte el cariño! ¡Y qué deshecha, qué acabada en meses! Las viejas aún se enamoran más que las rapazas. Él había estado prudente, muy prudente, en no contarle los planes nuevos de Segundo... ¡Era capaz de allanar la casa si tal supiese! No, silencio, silencio. En boca cerrada no entran moscas. Que lo averiguase por otro lado, por él no. Y con tan sanas ideas y honrados propósitos, _Tropiezo_ llegó á la tertulia de Agonde, y al cabo de un cuarto de hora de sesión desembuchó la nueva. Segundo García se marchaba á América á probar fortuna. Así que sanase del todo, por supuesto... Iría á la Coruña á tomar el vapor.