El cisne de Vilamorta

Part 11

Chapter 113,953 wordsPublic domain

Cosa de un cuarto de legua distaría el famoso pinar, pero se tardaban tres cuartos de hora lo menos en la subida, que era como al cielo, por lo pendiente, estrecha y agria, y á cierta distancia empezaba á alfombrarse de hoja de pino, bruñida, lisa y seca, que si facilitaría probablemente más de lo preciso el descenso, en cambio dificultaba el ascenso, rechazando el pie y cansando las articulaciones del tobillo y rodillas. Nieves, molestada, se detenía de vez en cuando, hasta que se cogió del rollizo brazo de Carmen Agonde.

—¡Caramba... es de prueba este camino! ¡Á la vuelta, el que no se mate no dejará de tener maña!

—Cárguese bien, cárguese bien, decía la robusta mocetona... Aquí ya se rompieron algunas piernas, de seguro... Esta subida pone miedo...

Arribaron por fin á la cima. La perspectiva era hermosa, con ese género de hermosura que raya en sublimidad. Hallábase el pinar, al parecer, colgado encima de un abismo; entre los troncos se divisaban las montañas de enfrente, de un azul ceniciento que tiraba á violeta por lo más alto y remoto; mientras á la otra parte del pinar, la que caía sobre el río, el terreno, muy accidentado, formaba un rapidísimo escarpe, una vertiente casi tajada, si no á pico, al menos en declive espantoso; y allá abajo, muy abajo, pasaba el Avieiro, no sosegado ni sesgo, sino alborotado y espumante, impaciente con la valla que le oponían unos peñascos agudos y negros, empeñados en detenerle y que sólo conseguían hacerle saltar con epiléptico furor, partiéndose en varios irritados raudales, que se enroscaban alrededor de las piedras á modo de coléricas y verdosas sierpes imbricadas de plata. Á los mugidos y sollozos del río hacía coro el pinar con su perenne queja, entonada por las copas de los pinos que vibraban, se cimbreaban y gemían trasmitiéndose la onda del viento, beso doloroso que les arrancaba aquel ¡ay! incesante.

Los expedicionarios se quedaron mudos, impresionados por el trágico aspecto del paisaje, que les echó á los labios un candado. Sólo la niña habló; pero tan bajito como si estuviese en la iglesia.

—¡Pues es verdad, mamá! Los pinos cantan. ¿Oyes? Parece el coro de obispos de _La Africana_... Si hasta dicen palabras... atiende... así con voces de bajo... como aquello de _Los Hugonotes_...

Convino Nieves en que efectivamente era musical y muy solemne el murmurio de los pinos. Segundo, apoyado en un tronco, miraba hacia abajo, al lecho del río; y como la niña se aproximase, la detuvo y la obligó á retroceder.

—No, hija... No te acerques... Es algo expuesto: si resbalas y ruedas por esa cuestecita... Anda, apártate.

No ocurriéndoseles ya más que decir sobre el tema de los pinos, se pensó en la vuelta. Inquietaba á Nieves la bajada, y quería emprenderla antes de que el sol acabase de ponerse.

—Ahora sí que nos rompemos algo, don Fermín...—decíale al médico.—Ahora sí que tiene usted que preparar vendajes y tablillas...

—Hay otro camino—afirmó Segundo saliendo de su abstracción.—Por cierto que bastante menos molesto, y con menos cuestas.

—¡Sí, vénganos con el otro camino!—exclamó _Tropiezo_, fiel á sus hábitos de votar en contra.—Aún es peor que el que trajimos.

—Hombre, qué ha de ser. Es un poco más largo, pero como tiene menos declive, resulta más fácil. Va rodeando el pinar.

—¿Me lo querrá V. enseñar á mí, á mí que me sé todo este país como mi propia casa? No se anda ese camino: se lo digo yo.

—Y yo le digo á V. que sí; y á la prueba me remito. No ha de ser V. terco en su vida. ¡Si lo pasé no hará muchos días! ¿Se acuerda usted, Nieves, la noche que jugamos al escondite en la huerta; la noche que me cerraron el portal y entré muy tarde ya por la paredilla?

Á no estar el lugar tan sombrío por lo espeso de los pinos y lo desmayado y escaso de la luz solar, se vería el rubor de Nieves.

—Vamos—dijo eludiendo la respuesta—por donde sea más fácil y haya mejor piso... Yo soy muy torpe para andar por vericuetos...

Segundo la ofreció el brazo, murmurando en tono de broma:

—Este bendito de _Tropiezo_ está tan fuerte en caminos como en el arte de curar... Venga usted y se convencerá de que ganamos mucho.

_Tropiezo_, por su parte, decía á Carmen Agonde, meneando con obstinación la cabeza:

—Pues también hemos de tener el gusto de ir por el atajo y llegar antes que ellos, y sanos y buenos gracias á Dios.

Victorina, según costumbre, iba á colocarse al lado de su madre; pero el médico la llamó.

—Cójete aquí, al puño de mi bastón, anda, que si no, resbalarás... Á mamá le basta con no resbalar ella... ¡Y Dios nos aparte de un _tropiezo_! añadió riendo á carcajadas de su propio retruécano.

Las voces y los pasos se alejaron, y Segundo y Nieves prosiguieron su ruta, sin pronunciar una sola frase. Nieves empezaba á sentir cierto temor, por lo muy endiablado de la vereda que pisaban. Era un senderillo escavado en el desplome del pinar, al borde mismo del despeñadero, casi perpendicular con el río. Aunque Segundo dejaba á Nieves el lado menos expuesto, el del pinar, quedándose él sin tierra en que sentar la planta, y teniendo que poner un pie horizontalmente delante del otro, no por eso cedía el pavor en el ánimo de Nieves, ni le parecía menos arriesgada la aventura: se centuplicó su recelo al ver que iban solos.

—¡No vienen! murmuró con angustia.

—Les alcanzaremos antes de diez minutos... Van por el otro camino, respondió Segundo, sin añadir más palabra amorosa, ni estrechar siquiera el brazo que se crispaba sobre el suyo con toda la energía del terror.

—Pues vamos... suplicó Nieves con apremiante ruego.—Deseo llegar...

—¿Por qué? preguntó el poeta, que se detuvo de repente.

—Estoy cansada... sofocada...

—Pues va V. á descansar y á beber si gusta...

Y con loco ardimiento, sin aguardar respuesta, Segundo arrastró á Nieves, torció á la izquierda, bajó una cuestecilla, y dando vuelta á la roca, detúvose en una meseta estrecha que avanzaba atrevidamente sobre el río. Á los últimos rayos del sol se veía rezumar hilo á hilo, por la negra faz del peñasco, un límpido manantial.

—Beba V., si gusta... en el hueco de la mano, porque vaso no lo tenemos, indicó Segundo.

Nieves obedeció maquinalmente, sin saber lo que hacía, y soltando el brazo de Segundo, quiso acercarse al manantial; pero la base de la roca, continuamente bañada por el agua, había criado esa vegetación húmeda, que resbala como las algas marinas, y Nieves, al apoyar el tacón en el suelo, sintió que se deslizaba, que perdía el pie... Allá, en el fondo de su vértigo, vió el río terrible y mugidor, los cortantes peñascos que habían de recibirla y destrozarla, y sintió el frío ambiente del abismo... Un brazo la cogió por donde pudo, por la ropa, acaso por las carnes, y la sostuvo y la levantó en peso... Dobló ella la cabeza sobre el hombro de Segundo, y éste sintió por vez primera latir el corazón de Nieves bajo su mano... ¡Y bien aprisa! Latía de miedo. El poeta se inclinó, y derramó en la boca misma de Nieves esta pregunta:

—¿Me amas, dí? ¿me amas?

La respuesta no se oyó, porque, caso de haberse formado en la laringe, no pudieron los sellados labios articularla. Durante aquel brevísimo espacio de tiempo, que compendiaba, sin embargo, una eternidad, cruzó por el cerebro de Segundo cierta idea poderosa, destructora, como la chispa eléctrica... El poeta estaba de frente al precipicio, y Nieves á su orilla, de espaldas, sostenida únicamente por el brazo de su salvador. Con apretar un poco más los labios, con avanzar dos pulgadas é inclinarse, el grupo caería en el vacío... Era un final muy bello, digno de un alma ambiciosa, de un poeta... Pensándolo, Segundo lo encontraba tentador y apetecible... y no obstante, el instinto de conservación, un impulso animal, pero muy superior en fuerza á la idea romántica, le ponía entre el pensamiento y la acción muralla inexpugnable. Recreábase, en su imaginación, con el cuadro de los dos cadáveres enlazados, que las aguas del río arrastrarían... Hasta presentía la escena de recogerlos, las exclamaciones, la impresión profunda que haría en la comarca un suceso semejante... y _algo_, algo lírico que se agitaba y latía en su alma juvenil, le aconsejaba el salto... pero á la vez, un frío temor le congelaba la sangre, obligándole á caminar poco á poco, y no hacia el abismo, sino en sentido contrario, hacia la senda...

Todo esto, breve en la narración, fué momentáneo en el cerebro. Segundo advertía en sí un hielo, que le paralizaba para el amor como para la muerte... Era la yerta boca de Nieves, desmayada en sus brazos...

Mojó el pañuelo en la fuente, y se lo aplicó á sienes y pulsos. Ella entreabría los ojos. Se oía hablar á _Tropiezo_, reír á Carmen: venían sin duda á buscarles y á cantar victoria. Nieves, al recobrar los espíritus y verse con vida, no hizo el menor movimiento para apartarse del poeta.

[Ilustración]

XXI

Como por tácito acuerdo, los dos héroes de la aventura disminuyeron la importancia del peligro corrido, primero ante sus compañeros de excursión, después ante el senado consulto de las Vides. Segundo guardaba cierta reserva sobre los detalles del caso; Nieves, en cambio, hablaba más que de costumbre, con nerviosa locuacidad, repitiendo cien veces los mismos insignificantes pormenores: había resbalado; García le tendió la mano; ella se cogió, y como era así, medrosa, se asustó un poquillo, por más que la cosa no lo merecía... Pero el terco de _Tropiezo_, con mansa sorna, le llevó la contraria. ¡Jesús, qué disparate! ¡No haber peligro! ¡Pues si era un milagro que Nieves no estuviese á estas horas nadando en el Avieiro! El terreno resbala allí como jabón puro, y las piedras de abajo cortan como cuchillos, y el río lleva una fuerza, que no sé... Nieves negaba, haciendo por reírse; mas el terror de la catástrofe duraba escrito en su rostro con tan indelebles rasgos, que su fresca fisonomía, de sana y caliente palidez, se había convertido en un rostro ojeroso, deshecho, un cuerpo agitado por escalofríos y espasmos, de esos que llaman _muerte chiquita_...

Ansiaba Segundo decirle dos palabras, para pedirle una entrevista: comprendía que era preciso aprovechar el primer instante en que la gratitud y la pavura ablandaban el alma de Nieves, haciendo palpitar su insensible corazón bajo las ballenas de su corsé. En la breve escena del precipicio apenas dió lugar la llegada de _Tropiezo_ para que Nieves correspondiese explícitamente al arrebato del poeta, y Segundo quería concertar algo, arbitrar un medio para verse, para hablarse, para establecer de una vez que aquellos afanes, desvelos é intrigas eran amor, y amor correspondido: mútua pasión, en fin... ¿Dónde y cuándo lograría la apetecida ocasión de ponerse de acuerdo con Nieves?

Diríase que existe en toda historia amorosa un primer período en que los obstáculos se amontonan y las dificultades renacen pujantes é invencibles, desesperando al galán propuesto á vencerlas; y también que llega siempre otro segundo período en que la fuerza misteriosa del deseo y el dinamismo de la voluntad derrocan esos estorbos, y las circunstancias, momentáneamente sometidas, se ponen al servicio de los amantes. Así aconteció la noche de aquel memorable día. Como la niña se había asustado algo al saber el peligro de su madre, hiciéronla acostarse temprano; y para que cogiese fácilmente el sueño, la acompañó Carmen Agonde dispuesta á contarla cuentos y simplezas. Suprimidos así los principales testigos, y engolfados los señores mayores en una de sus interminables discusiones vitícolas, agrícolas y sociológicas, Nieves, que había salido al balcón á respirar porque sentía como un nudo en la garganta, pudo charlar diez minutos con Segundo, situado á la parte de afuera, entre las vidrieras y no lejos de las mecedoras.

Á veces, ambos interlocutores levantaban la voz, tratando de cosas indiferentes: del riesgo de por la tarde, de lo curioso que era el ruido del pinar... Y bajito, muy bajito, la negociación diplomática del poeta seguía su curso... Una entrevista, una conversación con cierta libertad... ¡Pues no había de poder ser!... ¿Y por qué no en la solana, aquella misma noche?... ¡Bah! nadie tendría el capricho de ir por allí á curiosear lo que pasaba... Él se descolgaría fácilmente al huerto... ¿Que no? Era muy medrosa... ¿Hacer mal? ¿Por qué?... Cansada y así como enferma... Sí, se comprende. Prefería que fuese de día... Bien; mejor sería del otro modo, pero... ¿Sin falta? ¿Á la hora de la siesta? ¿En el salón?... No, no venía gente nunca; todo el mundo dormía... ¿Palabra formal? ¡Gracias! Sí, convenía disimular para que no se hiciesen cargo.

Entretanto, los señores de la mesa de tresillo, hablaban de las vendimias y de sus consecuencias... Las pobres muchachas del país ganaban bastante en aquella labor: pero ¡bah! murmuró _Tropiezo_ riéndose: no ganaban sólo dinero... Ganaban á veces otras cosas... Con esto de andar las cuadrillas mezcladas, y de retirarse de noche, por los caminos oscuros, resultaba que... Ya era axiomático en el país que los hijos del carnaval y de la vendimia no tienen padres conocidos. Á propósito de lo cual, don Victoriano emitió algunas ideas de su repertorio favorito, citando la legislación inglesa, alabando la sabiduría de aquella gran nación, que al reglamentar el trabajo material, estudia detenidamente los problemas que entraña, y se preocupa de la suerte del niño y de la mujer... Con estas serias disquisiciones se acabó la velada, retirándose cada mochuelo á su olivo.

Sentada Nieves ante la mesita donde tenía abierto su _neceser_ y colocado un espejillo de pie con marco de plata, iba desprendiendo una á una las horquillas de concha que sujetaban las roscas de su moño, y _Mademoiselle_ recogía y alineaba las horquillas primorosamente en un estuche... Entrenzó después el pelo á Nieves, y ésta se echó atrás, respirando con esfuerzo; de pronto, alzó la cabeza.

—¿Si me pudiese V. hacer una taza de tila?... ¿Allá en su cuarto... sin molestar?

Salió la francesa, y Nieves, muy cavilosa, apoyó el codo en la mesa y la mejilla en la palma de la mano, sin dejar de mirarse al espejo... Estaba con una cara de desenterrada, que imponía. No, aquella vida no podía continuar, ó de lo contrario la llevarían al cementerio... Encontrábase nerviosísima: ¡qué escalofríos, qué desazón, qué momentos tan amargos! Había visto la muerte cara á cara, y pasado más sustos, más recelos, más congojas en un día que en todos los años anteriores de su existencia. Si eso era el amor, á la verdad tenía poco de divertido: no servía ella para tales agitaciones... Una cosa es que agrade parecer bonita y oírlo y aun poseer un rendido apasionado, y otra estas angustias incesantes, estas aventuras que le ponen á uno el alma en un hilo y le colocan á dos dedos de la vergüenza, y le quebrantan el cuerpo... Y aseguran los poetas que esto es la felicidad... Será para ellos: lo que es para las pobres mujeres... Y vamos á ver, por qué carecía ella de valor para decirle á Segundo—¡acabemos, no puedo con estas zozobras, tengo miedo, lo paso muy mal! ¡Ah! También le tenía miedo á él... Era capaz de matarla: sus hermosos ojos negros despedían á veces chispas de electricidad y vislumbres fosfóricas. Y luego él siempre le cogía la acción, se imponía, la dominaba... Por él estuvo á punto de caer en el río, de despedazarse en las rocas... ¡María Santísima! ¿Pues hacía media hora, no faltó poco para otorgarle la cita en la solana? Lo cual era una grandísima locura, siendo imposible dirigirse á aquel rincón de la casa sin que _Mademoiselle_, ó cualquiera, la echase de menos y se descubriese el pastel. ¡Ay, Dios mío! ¡Todo aquello era terrible, terrible! ¡Y mañana tenía que acudir al salón, á la hora de la siesta!... Ea, una resolución enérgica: acudiría, corriente; pero acudiría á desatar aquel enredo, á decir á Segundo cuatro verdades para que se contuviese: amarla, concedido; no se oponía, muy bueno y muy santo; comprometerla de aquel modo, eso era inaudito; le rogaría que se volviese á Vilamorta; ellos ya se irían pronto á Madrid... ¡Ah! ¡cuánto tardaba aquella bendita _Mademoiselle_ con la tila!

La puerta se abrió... No entró _Mademoiselle_, sino D. Victoriano. Nada tenía de sorprendente su aparición, pues dormía en una especie de despachito, al lado del cuarto de su mujer y dividido de éste por un corredor, y todas las noches, antes de recogerse, daba un beso á la niña, cuyo lecho estaba pegado al de su madre; sin embargo, á Nieves se le puso carne de gallina, y por instinto se volvió de espaldas á la luz, tosiendo á fin de disimular su turbación.

La verdad es que D. Victoriano venía grave, y aun algo fosco y severo... No andaba muy alegre ni expansivo desde el recrudecimiento de su enfermedad; pero sobre su aire abatido resaltaba entonces no sé qué cosa, un velo más negro aún, un nubarrón preñado de tempestades... Nieves, observando que no se acercaba á la cama de la niña, bajó los ojos y fingió alisarse el pelo con el batidor de marfil.

—¿Cómo te encuentras, hija? ¿Te dura el susto?—preguntó el marido.

—Sí; aún estoy un poquillo... He pedido tila.

—Bien hecho... Mira, Nieves...

—¡Qué... qué!...

—Mira, Nieves, nos vamos á Madrid cuanto antes.

—Cuando tú digas... Ya sabes que yo...

—No; si es que es necesario, indispensable; es que yo tengo que ponerme formalmente en cura, hija, porque me acabo si así continúo... He incurrido en la debilidad de confiarme á este bestia de D. Fermín, Dios me perdone... y creo...—añadió con amarga sonrisa—que me ha embromado... Veremos si Sánchez del Abrojo me saca del paso... ¡que lo dudo bastante!

—¡Jesús, qué aprensión!—exclamó Nieves, respirando y aprovechando el recurso de la enfermedad.—¡No parece sino que tienes males incurables! En poniendo el pie allá y tomándote Sánchez de su cuenta... dentro de dos meses ni te acuerdas de ese achaquillo.

—¡Bravo, hija, bravo! Yo no quisiera lastimarte ni parecerte regañón... pero eso que dices... eso que dices prueba que ni me miras, ni te importa un bledo mi salud, ni me haces caso alguno... lo cual, francamente... dispensa... pero ¡no te honra! Mi mal es grave, muy grave... es la diabetes sacarina, que se lleva las gentes al otro mundo bonitamente... Estoy convertido en azúcar... se me debilita la vista... me duele la cabeza... no tengo sangre... y tú ahí, tan serena, tan alegre, retozando como una niña... Eso no lo hace la mujer que quiere á su esposo... Á tí no te ha preocupado mi estado físico, ni mi estado moral... Estás gozando, pasando una temporada divertidísima... y lo demás... ¡buen cuidado te da á tí!

Nieves se levantó trémula, casi llorando...

—¿Qué me dices?... Yo... yo...

—No te alteres, hija; no llores... Tú eres joven y sana, yo estoy muy gastado y achacoso... Peor para mí... Pero oye... Aunque te parezca seco y grave... yo te quise mucho, Nieves... te quiero aún... tanto como á esa niña que está ahí durmiendo... lo juro delante de Dios... Y tú podías... podías quererme algo... como una hija... é interesarte por mí... Será poco tiempo ya de molestia: me siento tan enfermo...

Nieves se acercó en actitud cariñosa, y su marido le rozó la frente con los denegridos labios, apretándola al mismo tiempo contra sí... Y añadió:

—¡Aún tengo que hacerte otra advertencia... echarte otro sermón, hija!

—¿Cuál?—murmuró la esposa sonriendo, pero azorada.

—Ese chico de García... No te sobresaltes, hija, que no es para tanto... Ese chico... te mira algunas veces de un modo muy raro... como si te hiciese el amor... ¡No, si yo no dudo de tí! Has sido y eres una señora intachable... no te acuso... ni le doy importancia á semejante necedad... Es que... te parecerá mentira... estos chicos de aquí son muy atrevidos; tienen menos soltura para presentarse, pero en el fondo más osadía que los de la corte... Yo pasé aquí mis años verdes, y les conozco... Sólo te aviso para que pongas á raya á ese mequetrefe... En los días que nos quedan, suprime los paseos largos y todas esas cursilerías que aquí se hacen... Una dama como tú es, en este sitio, la reina; y no está bien que contigo se tomen las bromas que con las señoritas de Molende ú otras así... ¡Si ya te he dicho que no me cruza ni por el pensamiento la idea! Una cosa es que ese _Cisne_ de lugar se haya enamorado de tí y te dé la mano en los despeñaderos; otra que yo te injurie... ¡Hija!

Poco después se presentó _Mademoiselle_ con la tila humeante. ¡Buena falta que le hacía la tila á Nieves! Tenía los nervios más tirantes... Estaba convulsa. Hasta náuseas la atacaron al beber las primeras cucharadas. _Mademoiselle_ le ofreció un poco de poción anti-histérica. Tragóla Nieves, y con algunos bostezos y dos ó tres lagrimillas se alivió su crisis. Pensó en acostarse, y entró en la alcoba. Allí vió algo que renovó su desasosiego. Victorina, en vez de dormir, tenía los ojos abiertos. Probablemente habría oído la conversación.

[Ilustración]

XXII

Y en efecto, la había oído toda, todita, desde la primer palabra hasta la última. Y las frases del diálogo conyugal daban vueltas en su magín, rodando, entrelazándose, destacándose en letras rojas, impresas en su memoria virgen. Las repasaba, las comentaba interiormente, las pesaba, hacía deducciones...

Nadie acertará á decir cuál es el momento crítico que divide la noche del día, el sueño de la vigilia, la juventud de la madurez y la inocencia del conocimiento. ¿Quién es capaz de fijar el instante en que el niño, convirtiéndose en adolescente, nota en sí ese algo inexplicable que acaso pueda llamarse conciencia sexual; en que el vago presentimiento se trueca en rápida intuición; en que, sin tener noción precisa de las realidades concretas del vivir, adivina todo lo que más tarde le ha de confirmar y puntualizar la experiencia; en que entiende la importancia de una indicación, la trascendencia de un acto, el carácter de una relación, el valor de una mirada ó el sentido de una reticencia? ¿El minuto en que sus ojos, abiertos solamente á la vida exterior, adquieren facultades para escudriñar también la interior, y perdiendo su brillo superficial, el claro reflejo de su pureza candorosa, toman la concentrada é indefinible expresión que constituye una _mirada de persona grande_?

Llegó para Victorina ese minuto á los once años, aquella noche, sorprendiendo un diálogo entre su padre y su madre. Inmóvil, sujetando la respiración, con los piececillos fríos y la cabeza ardorosa y congestionada, la niña escuchó, y después, en la dudosa penumbra de la alcoba, ató algunos cabos sueltos, recordó pormenores, y comprendió al fin, sin darse mucha cuenta de lo que comprendía, pero discurriendo con precocidad singular, debida acaso á la dolorosa viveza con que la fantasía trabajaba en el silencio nocturno y en la quietud del lecho...

Es lo cierto que la niña pasó mala noche, dando vueltas en su monástica y breve camita. Dos ideas, sobre todo, se le iban introduciendo y le barrenaban la cabeza á manera de clavos. Su papá estaba muy enfermo, muy enfermo, y además muy disgustado y quejoso porque Segundo se había enamorado de su mamá... De su mamá. ¡De ella no! ¡Ella, que guardaba todas las flores de Segundo como reliquias!

Las penas de la infancia no conocen límite ni consuelo. Cuando se tienen más años y se han corrido más tormentas y se ha visto con asombro que el hombre puede sobrevivir á ciertos pesares y que la bóveda del firmamento no se hunde cuando perdemos lo que amábamos, entonces casi no existe la desesperación absoluta, patrimonio de la primera edad. Para Victorina era evidente que su papá se moría y que su mamá era muy mala... y Segundo un bribón... y que se acababa el mundo... y que ella también, también se quería morir. Si á los once años de edad fuese posible volverse el pelo blanco, Victorina se cubriría de canas durante la noche en que el sufrimiento la hizo, de niña, mujer, y de criatura indecisa, tímida, ruborosa, persona moral, resuelta al mayor heroismo.