Part 10
Notaba de pocos días á esta parte otro alarmante síntoma. Su vista se alteraba. Al desecarse el humor acuoso del ojo, se le iba empañando el cristalino, y presentábase la catarata de los diabéticos. Don Victoriano sentía escalofríos. Ya le pesaba haberse puesto en las homicidas manos de _Tropiezo_, y haber tomado las aguas. Indudablemente le erraban la cura. Desde aquel día, régimen severo, dieta de frutas, de féculas, de leche. ¡Vivir, vivir siquiera un año, y ocultar el mal!... Si los electores veían á su diputado ciego y moribundo, iríanse todos con Romero... ¡El bofetón de perder las elecciones próximas le parecía tan humillante!...
Carcajadas argentinas y exclamaciones juveniles que subían del huerto cambiaron el curso de sus ideas. ¿Por qué Nieves no se hacía cargo del grave estado de su marido? Él quería disimular ante el mundo entero, pero ante su mujer... ¡Ah! ¡Su mujer le pertenecía, su mujer debía estar allí sosteniéndole la frente, acariciándole, en vez de gozar y loquear entre las camelias como una chiquilla! Si era linda y fresca y su marido achacoso, peor para ella... Que se aguantase, como era su deber... ¡Bah, qué disparate! ¡Nieves no le quería; no le había querido nunca!
Las risas y el alboroto aumentaban abajo. Era que, agotados los versos, Victorina y Teresa habían propuesto jugar al escondite. Victorina chillaba á cada momento:—¡Tulé... panda Teresa! ¡Tulé... panda Segundo!—Era el huerto muy adecuado para semejante ejercicio, á causa de su complicación casi laberíntica, debida á estar dispuesto en inclinadas mesetas, sostenidas por paredillas, divididas por tupidísimo arbolado, y comunicadas por escalinatas desiguales, como sucede á las fincas todas en tan accidentado país. Así es que el juego producía gran alborozo, pues difícilmente conseguía el que pandaba acertar con los escondidos.
Procuraba Nieves ocultarse bien, por pereza, por no pandar y tener luego que correr mucho detrás de los demás jugadores. Deparóle la fortuna un refugio soberbio, el limonero grande, situado al extremo de una meseta, cerca de varias escalerillas que favorecían la retirada. Se emboscó, pues, en lo más denso de la gruta de follaje, haciendo por disimular su vestido claro. Breves momentos llevaba allí, cuando la oscuridad aumentó y una voz murmuró muy quedo:
—¿Nieves?
—¡Eh!... chilló asustada.—¿Quién me busca por aquí?
—No, no la buscan á V.... Sólo yo la busco, exclamó enérgicamente Segundo, penetrando en el albergue de Nieves con tanta impetuosidad, que los tardíos azahares que aún blanqueaban en las ramas del corpulento árbol soltaron sus pétalos sobre la cabeza de los dos, y gimió armoniosamente el ramaje.
—Por Dios, García, por Dios... No sea usted imprudente... márchese V.... ó déjeme salir... Si vienen y nos encuentran aquí, qué dirán... por Dios...
—¿Qué me vaya?... pronunció el poeta. Pero señora, aunque me encuentren aquí... no tendrá nada de particular; hace un rato estuve con Teresa Molende allá detrás de un camelio... ó se juega ó no se juega... En fin, si V. lo manda, por darle gusto... Pero antes, dígame V. una cosa que necesito saber...
—En otra parte... en el salón... balbució Nieves, prestando ansioso oído á los lejanos rumores y gritos del juego.
—¡En el salón!... ¡Rodeados de unos y de otros!... No, no puede ser... Ahora, ahora... ¿usted me oye?
—Sí, ya oigo, pronunció ella con voz apagada por el temor.
—Pues la adoro, Nieves. La adoro y V. me quiere á mí.
—¡Chisst! ¡silencio, silencio! Están cerca... Suenan así como pasos...
—No, son las hojas... Dígame que me quiere, y me voy.
—¡Qué vienen! Por Dios, ¡yo me voy á morir del susto! Basta de broma. García; yo le suplico...
—Sabe V. demasiado que no es broma... ¿Ya no se acuerda V. del día de los fuegos? Si V. no me quisiese, aquel día hubiera apartado el cuerpo... ó gritado... V. me mira á veces... me devuelve las miradas... ¡No me lo puede V. negar!
Segundo estaba al lado de Nieves, hablando con arranque fogoso, pero sin tocarla, por más que la embalsamada y rumorosa celda que ocupaban ambos oprimiese blandamente sus cuerpos, como aconsejándoles aproximarse. Pero Segundo se acordaba de las frías y duras ballenas, y Nieves, trémula, se echaba atrás. Trémula, sí, de miedo. Podía llamar á la gente; pero si Segundo no se desviaba, qué disgusto, qué explicaciones, qué vergüenza. Después de todo, el poeta llevaba razón: la noche de los fuegos ella había sido débil, y estaba cogida. ¿Y qué haría Segundo después de oír el _sí_? Él reiteraba su orgullosa y vehemente afirmación.
—Usted me quiere, Nieves... V. me quiere... Dígalo una vez, una sola, y me marcho...
Dejóse oír á corta distancia la voz acontraltada de Teresa Molende, haciendo una especie de convocatoria...
—Nieves, ¿dónde está? Victoriniña, Carmen... adentro, que cae rocío...
Y otro órgano atiplado, el de Elvira, lanzó á los ecos:
—¡Segundo! ¡Segundo! ¡Nos retiramos!
Caía, en efecto, esa mollizna imperceptible que refresca las noches calurosas de Galicia; las hojas charoladas del limonero, en el cual se embutía Nieves para desviarse de Segundo, estaban húmedas de relente; el poeta se inclinó y sus manos encontraron otras heladas de frío y pavor... Apretólas hasta estrujarlas.
—Ó me dice V. si me quiere...
—¡Pero Dios mío, están llamándonos... me echan de menos... tengo frío!
—Pues dígame la verdad. Si no, no hay fuerzas humanas que de aquí me arranquen... suceda lo que suceda. ¿Tan difícil es decir una palabra sola?
—¿Y qué he de decir, vamos?
—¿Me quiere V.? Sí ó no.
—¿Y me deja V. salir... ir á casa?
—Todo... todo... ¿pero me quiere V.?
El _sí_ no se oyó casi. Fué una aspiración, una _s_ prolongada. Segundo le deshacía las muñecas.
—¿Me quiere V.... como yo la quiero? Dígalo usted claro.
Esta vez Nieves, con esfuerzo, articuló un _sí_ redondo. Segundo le soltó las manos, se llevó las suyas á la boca en apasionado ademán de gratitud, y saltando por las escalerillas, desapareció entre los frutales.
[Ilustración]
XIX
Respiró Nieves. Estaba... así... como aturdida. Sacudió las muñecas, doloridas por la presión de los dedos de Segundo, y se compuso el pelo, mojado de rocío y revuelto con el roce del ramaje. ¿Qué había dicho, señor?... Cualquier cosa, para salir de tan grave aprieto... Ella se tenía la culpa, por apartarse de la gente y esconderse en un punto retirado... Y, con ese deseo de dar publicidad á los actos indiferentes, que acomete á las personas cuando tienen que ocultar algo, gritó llamando á todo el mundo:
—¡Teresa! ¡Elvira! ¡Carmen! ¡Carmen!
—¿Dónde está? ¡Nieves! ¡Nieves! respondieron desde varios sitios.
—Aquí... junto al limonero grande... ¡Ya voy!
Cuando entraron en la casa, Nieves, más serena, recapacitaba y se asombraba de sí misma. ¡Decirle á Segundo _que sí_! Ello había salido medio á la fuerza; pero al cabo, había salido de su boca. ¡Qué atrevimiento el del poeta! Imposible parecía que fuese tan resuelto el chico del abogado de Vilamorta. Ella era una dama de distinción, muy respetada: su marido acababa de ser ministro. Y aquella familia de García... ¡Bah!... unos nadies; el padre usaba cada cuello deshilachado, que daba pena; no tenían criada, las hermanas corrían descalzas á veces... El mismo Segundo, á la verdad... se le notaba muchísimo el aire de provincia, y el acento gallego. No, feo no podía llamársele: tenía algo de particular en la cara y en el tipo... ¡Hablaba con tanta pasión! Como si en vez de rogar mandase... ¡Qué aire de dominio el suyo! Y era lisonjero un perseguidor así, tan entusiasta é intrépido... ¿Quién se había enamorado de Nieves hasta la fecha? Cuatro galanterías, uno que la miraba con los gemelos... Todo el mundo en Madrid la trataba con esa tibieza y consideración que inspiran las señoras respetables...
Por lo demás, no dejaba de comprometerla aquel empeño de Segundo. ¿Se enterarían las gentes? ¿Lo notaría su marido? ¡Bah!... su marido sólo pensaba en sus achaques, en las elecciones... Con ella apenas hablaba de otra cosa. ¿Y si se hacía cargo? ¡Qué horror, Dios mío! Y las del escondite, ¿no maliciarían?... Elvira se mostraba más lánguida y suspirona que de costumbre... ¡Á Elvira le gustaba Segundo! Á él... no; él no le hacía pizca de caso... Y los versos de Segundo sonaban bien, eran lindos; podían figurar en _La Ilustración_... En fin... Como antes de las elecciones tendrían que marcharse á Madrid, apenas existía peligro grave... Siempre le quedaría un grato recuerdo del veraneo... El caso era evitar, evitar...
No se atrevió Nieves á decirse á sí misma lo que convenía evitar, ni había dilucidado este punto cuando penetró en el salón, donde la partida de tresillo funcionaba ya. Sentóse la señora de Comba al piano, y tecleó varias cosillas ligeras, polkas y rigodones, para que bailasen las muchachas. Estas le pidieron á voces otra música.
—Nieves, ¡la muiñeira!
—¡La _riveirana_, por Dios!
—¿La sabe toda, Nieves?
—Todita. ¿Pues no la he oído en las fiestas?
—Á echarla. Venga de ahí.
—¿Quién la echa?
—¿Quién la _repinica_? ¡Á ver, á ver!
Alzáronse varias voces delatoras.
—Teresa Molende... ¡juy! Da gusto vérsela bailar.
—¿Y la pareja?
—Aquí... Ramonciño Limioso, que puntea que es un pasmo.
Reíase Teresa, con viriles y sonoras carcajadas, jurando y perjurando que había olvidado la _muiñeira_, que nunca la supo á derechas. De la mesa de tresillo se elevó una protesta: la del dueño de la casa, Méndez. ¡Vaya si Teresiña bailaba bien! Que no se disculpase, que no le valía la disculpa: no había en todo el Borde moza que echase la _riveirana_ con más salero: es verdad que cada día se iba perdiendo la costumbre y el chiste para estas cosas tradicionales, antiguas...
Cedió Teresa, no sin afirmar por última vez su incompetencia. Y después de recogerse con alfileres la falda del vestido para que no le hiciese estorbo, cesó de reír, y adoptó un continente modesto y candoroso, dejando caer el velo de los párpados encima de sus gruesos y ardientes ojos, inclinando la cabeza sobre el pecho, descolgando los brazos á lo largo del cuerpo, é imprimiéndoles leve oscilación, mientras frotaba una contra otra las yemas del pulgar é índice; y así, andando á menudos pasitos, con los pies muy juntos, siguiendo el ritmo de la música, fué dando la vuelta al salón con singular decoro y la mirada puesta en el piso, deteniéndose al fin en el testero. Mientras esto sucedía, el señorito de Limioso se quitaba su chaquet rabicorto, quedándose en mangas de camisa, se calaba el sombrero, y pedía un objeto indispensable.
—Victoriña, las postizas.
Corrió la niña y trajo hasta dos pares de castañuelas. El señorito afianzó el cordón entre los dedos, y previo un arrogante repique, entró en escena. Era la propia estampa de don Quijote en lo seco y avellanado, y como al hidalgo manchego, no se le podía negar distinción y señorío, por más que imitase escrupulosamente los torpes movimientos de los mozos aldeanos. Colocóse delante de Teresa, y la requirió con un punteo apresurado, cortés, pero apremiante, análogo á una declaración de amor. Unas veces hería el suelo con toda la planta del pie, otras con el talón ó la punta sola, dislocando el tobillo y haciendo mil zapatetas, al par que tocaba briosamente las postizas, que en manos de Teresa respondían con débil y pudoroso repiqueteo. Echando el sombrero atrás, el galán miraba osadamente á su pareja, acercaba el rostro al de ella, la perseguía, la acosaba tiernamente de mil modos, sin que Teresa modificase nunca su actitud humilde y sumisa, ni él su aspecto conquistador, sus gimnásticos y resueltos movimientos de ataque.
Era el amor primitivo, el galanteo de los tiempos heróicos, revelado en aquella expresiva danza cántabra, guerrera y dura; la mujer dominada por la fuerza del varón y, mejor que enamorada, medrosa; todo lo cual resultaba más picante atendido el tipo de amazona de Teresa y el habitual encogimiento y circunspección del señorito. Llegó, sin embargo, un instante en que el galán asomó bajo el vencedor bárbaro, y en medio de los más complicados y rendidos zapateos, dobló la rodilla ante la hermosa, haciendo la figura conocida por _punto del Sacramento_. Fué instantáneo: púsose en pie de un brinco, y dando á su pareja un halagüeño empellón, quedaron de espaldas el uno al otro, pegaditos, acariciándose y frotando amorosamente hombro contra hombro y espinazo contra espinazo. Á los dos minutos se separaron de golpe, y con algunos complicados ejercicios de tobillo y algunas vueltas rápidas que arremolinaron las enaguas de Teresa, acabó la _riveirana_ y estalló en la sala un motín de aplausos.
Mientras el señorito se enjugaba el sudor de la frente, y Teresa se desprendía la falda, Nieves, alzándose del piano, reparó que en el salón no se encontraba Segundo. La misma observación, pero en voz alta, hizo Elvira. Agonde les dió la clave del misterio.
—De seguro que á tal hora está en el pinar, ó por la orilla del río... Rara es la noche que no va á dar paseos así, muy extravagantes: en Vilamorta hace lo mismo.
—¿Y cómo se cierra la puerta sin venir él? Ese rapaz es loco, declaró Primo Genday. No vamos á quedarnos todos sin dormir, teniendo que madrugar para las labores, por causa de un casquivano. ¿Eh, me comprenden? Yo cierro y que se arregle como pueda. ¡Ave María de gracia!
Protestaron Méndez y D. Victoriano en nombre de la cortesía y de los deberes de la hospitalidad, y hasta media noche estuvo franco el portal de las Vides, aguardando el regreso de Segundo. Mas como éste no volvía, á las doce fué Genday en persona á poner las trancas á las puertas, diciendo entre dientes:
—Ave Mar... Que duerma al sereno si se lo pide el cuerpo.
Segundo, en efecto, subía hacia el pinar. Encontrábase muy excitado, y juzgaba imposible presentarse delante de gente ni atender á conversación alguna. ¡Nieves, aquella mujer tan respetada, tan bella, le había dicho _que sí_! No era, pues, vano sueño, ni aspiración propia de un insensato la tendencia á ideales venturas que atormentaba su espíritu, ni la gloria sería inaccesible cuando el amor estaba ya al alcance de su diestra ansiosa y febril, y con extenderla podía tocarlo. Pensando en esto trepaba por la pendiente senda, y recorría delirante el pinar, recostándose á veces en alguno de los negros troncos, embelesado, sin sombrero, bebiendo el aire nocturno, escuchando como en sueños la misteriosa voz de los árboles y la doliente del río que corría á sus pies. ¡Ah! ¡qué momentos de dicha, cuánta suprema satisfacción le prometía aquel amor que halagaba el orgullo, excitaba la fantasía y satisfacía su delicado egoísmo de poeta, ávido de pasión, de goces que la imaginación soñadora abrillanta y la musa puede cantar sin mengua! ¡Todo lo soñado hasta entonces en los versos iba á ser real en la vida; y el canto se alzaría más penetrante, y la inspiración alentaría más poderosa, y las estrofas irían trazadas con sangre, haciendo palpitar el corazón de los lectores!
Á despecho del deber y la razón, Nieves le amaba... ¡Lo había dicho! El poeta sonrió desdeñosamente pensando en D. Victoriano y sintió el gran desprecio del ideólogo hacia el hombre práctico pero inepto en cosas del alma... Luego miró alrededor. Triste estaba el pinar á aquellas horas. Y hacía frío... Además debía ser tarde. En las Vides extrañarían su ausencia. ¿Se acostaría Nieves ya? Con estos pensamientos fué bajando por el difícil sendero, y llegó al portal diez minutos después de que la mano solícita de Genday había afianzado la tranca. El contratiempo no alarmó á Segundo: tendría que escalar alguna pared, y casi le agradaba lo novelesco del lance... ¿Por dónde entraría?
Indudablemente el ingreso más fácil era el del huerto, al cual podía descolgarse por un talud muy rápido que formaba el monte: cuestión de arañarse los muslos, de rozarse las palmas, pero de estar en la posesión antes de diez minutos sin encontrarse con los perros que guardaban el patio, ni con gente, por hallarse deshabitada aquella parte, que correspondía al comedor. Dicho y hecho. Volvió atrás y ascendió, no sin trabajo, al montecillo: ya en él, dominaba la solana y buena parte del huerto. Estudió la bajada para no caer sobre la paredilla y fracturarse acaso una pierna. Como el montecillo era escueto y sin vegetación, la figura del _Cisne_ se recortaba sobre el fondo del cielo.
Al fijar los ojos en la solana para orientarse, Segundo vió á su vez algo que le turbó los sentidos con suavísimo mareo: algo que le causó uno de esos sobresaltos deleitosos que agolpan toda la sangre al corazón para repartirla después gozosa y ardiente por las venas. En la penumbra de la solana, entre los tiestos, su vista penetrante distinguía, sin que le cupiese la menor duda acerca de la realidad de su visión, una figura blanca, una silueta de mujer cuya actitud parecía indicar que ella también le había visto, que le observaba, que le aguardaba allí.
Velozmente le dibujó la fantasía los trazos y perfiles de la escena: un coloquio, un divino coloquio de amor con Nieves, entre los claveles y las enredaderas, á solas, sin más testigos que la ya poniente luna y las flores envidiosas de tanta felicidad. Y con un movimiento prontísimo se echó á rodar por la escarpada pendiente, cayendo sobre la dura paredilla. No hizo caso del golpe, de las descalabraduras ni del molimiento de sus huesos: saltó de la paredilla al huerto y buscó el rumbo de la solana. Los árboles frutales le ocultaban el camino, y dos ó tres veces erró la ruta: por fin logró salir al pie de la solana misma, y entonces alzó la vista para cerciorarse de la verdad de la deseada aparición. En efecto, una mujer esperaba allí, ansiosa, vestida de blanco, apoyada sobre el balaustre de madera de la solana; mas ya la distancia no consentía ilusiones ópticas; era Elvira Molende, con su peinador de percal y el pelo tendido, á guisa de actriz que representa la _Sonámbula_, ¡Con qué afán se inclinaba la pobrecilla! Casi tenía el cuerpo fuera del balcón. Jurara el poeta que hasta le llamaba por su nombre, muy bajo, con ceceo cariñoso...
Y él pasó de largo. Dió la vuelta á todo el huerto, entró en el patio por la puerta interior, que no se cerraba de noche, y llamó estrepitosamente á la de la cocina... El criado acudió, renegando de los señoritos que se recogen tarde porque no tienen que madrugar para abrir la bodega á los pisadores.
[Ilustración]
XX
Como se prolongaban tanto las vendimias y las faenas de elaboración en la magna bodega de Méndez, y por aquel país el que más y el que menos tiene su poquillo de _Borde_ que vendimiar y recoger, emigraron parte de los huéspedes, deseosos de atender á sus propias viñas. El señorito de Limioso necesitaba ver en persona cómo entre oidium, mirlos, vecinos y avispas no le habían dejado un racimo para un remedio; las señoritas de Molende tenían que colgar por sus mismas manos la uva de su famoso _Tostado_, célebre en el país; y por razones análogas fueron despidiéndose Saturnino Agonde, el arcipreste y el cura de Naya, quedándose la corte de las Vides reducida á Carmen Agonde, dama de honor, Clodio Genday, consejero áulico, _Tropiezo_, médico de cámara, y Segundo, que bien podía ser el paje ó trovador encargado de distraer á la castellana con sus endechas.
Ardía Segundo en impaciencia febril, nunca sentida hasta entonces. Desde el día del coloquio en el limonero, Nieves rehuía toda ocasión de hallarse á solas con él; y el sueño calenturiento de sus noches, la angustia intolerable que le consumía era no pasar del fugitivo _sí_, que á veces hasta dudaba haber oído. No podía, no podía resistir el _Cisne_ esta lenta tortura, este martirio incesante: menos desdichado si, en lugar de alentarle, Nieves le pagase con claros desdenes. No era el ansia brutal de victorias positivas lo que así le atormentaba: sólo quería persuadirse de que le amaban realmente, y que bajo el acerado corsé latía y sentía un corazón. Y era tal su locura, que cuando todo el mundo se interponía entre Nieves y él, le acometían violentos impulsos de gritar:—«¡Nieves, dígame V. otra vez que me quiere!»—¡Siempre, siempre obstáculos entre los dos; siempre la niña al lado de su madre! ¿De qué servía estar libres de Elvira Molende, que desde la famosa centinela en la solana miraba al poeta con ojos entre satíricos y elegiacos? La marcha de la poetisa quitaba un estorbo, pero no resolvía la situación.
Y Segundo sufría en su amor propio, herido por la reserva sistemática de Nieves, y también en su ambición amorosa, en su ardiente sed de lo imposible. Corría ya la primer decena de Octubre; el ex-ministro, abatido y lleno de aprensión, hablaba de marcharse cuanto antes; y aunque Segundo contaba con colocarse luego en Madrid mediante su influjo, y volver á encontrar á Nieves, decíale el infalible instinto que entre la persona de Nieves y la suya no existía otro lazo de unión sino la pasajera estancia en las Vides, la poesía del otoño, la casualidad de vivir bajo el mismo techo, y que si no consolidaba aquel devaneo antes de la separación, sería tan efímero como las hojas de la parra, que caían arrugadas y sin jugo.
Despedíase de sus galas el otoño: se veía la rugosa y nudosa deformidad de las desnudas cepas, la seca delgadez de los sarmientos, y el viento gemía ya tristemente despojando las ramas de los frutales. Un día le preguntó Victorina á Segundo:
—¿Cuándo hemos de ir al pinar, á oír cómo canta?
—Cuando gustes, hija... Si tu mamá quiere que sea esta tarde...
La niña sometió la proposición á Nieves. Es el caso que Victorina estaba, de algún tiempo acá, más pegajosa y sobona que nunca con su madre: apoyaba continuamente la cabeza en su pecho, escondía la mejilla en el cuello de Nieves, paseábale las manos por el peinado, por los hombros y, sin causa ni motivo, murmuraba con voz que pedía caricias:
—¡Mamá... mamá!
Pero los ojos de la mujercita en miniatura, entornados, de mirada ansiosa y amante al través de las espesas pestañas, no estaban fijos en su madre, sino en el poeta, cuyas palabras bebía la chiquilla, poniéndose muy colorada cuando él le dirigía cualquier chanza, ó daba cualquier indicio de notar su presencia.
Nieves, al principio, se resistió algo, alardeando de persona formal.
—Pero quién te mete á tí en la cabeza...
—Mamá, cuando Segundo dice que los pinos cantan... Cantan, mujer: no te quepa duda.
—¿Pero tú no sabes... murmuró Nieves regalando al poeta una sonrisa con más azúcar que sal—que Segundo hace versos, y que los que hacen versos tienen permiso para... para mentir... un poco?
—No señora, exclamó Segundo: no enseñe usted á su hija errores; no la engañe V. Mentiras son, generalmente, las cosas que en sociedad hablamos, lo que tenemos que pronunciar con la lengua, aunque nos quede dentro lo contrario; pero en verso... En verso revelamos y descubrimos las grandes verdades del alma, lo que entre gentes hay que callar por respeto... ó por prudencia... Créalo V.
—Y dí, mamá: ¿vamos hoy á eso?
—¿Á qué, hija?
—Al pinar.
—Si te empeñas... ¡Qué manía de chica! Y es que también me pica á mí la curiosidad de oír esa orquesta...
Sólo tomaron parte en la expedición Nieves, Victorina, Carmen, Segundo y _Tropiezo_. Quedóse la gente mayor fumando y presenciando la importante operación de tapar y barrar algunas de las primeras cubas para que se aposentase el mosto, ya fermentado. Al ver salir la comitiva, les dijo Méndez con tono de paternal advertencia:
—Cuidado con la bajada... La hoja del pino, con estos calores, resbala, que parece que está untada de jabón... Darles el brazo á las señoras... Tú, Victorina, no seas loquita, no corras por allí...