Part 9
Ensañábase el boticario, multiplicando pormenores y recargándolos, con rabia de plebeyo que coge al vuelo una ocasión de ridiculizar á la aristocracia pobre, y refiriendo historias de todos los señoritos y señoritas, miserias más ó menos hábilmente recatadas. Reíase don Victoriano recordando algunos de aquellos cuentos, ya proverbiales en el país, mientras Nieves, tranquilizada por la risa de su marido, empezaba á pensar sin terror, antes con cierta complacencia recóndita, en los episodios de los fuegos. Había temido ver á Segundo entre la multitud, pero á medida que venía la noche y se borraban los vivos colores de los tinglados y se encendían lucecillas y eran más roncos los cantos de los beodos, se sosegaba su ánimo y el peligro le parecía muy remoto, casi nulo. En su inexperiencia se había figurado al pronto que el brazo de Segundo le dejaría señal en el talle, y que el poeta aprovecharía el primer momento para aparecer exigente y loco de amor, delatándose y comprometiéndola. Mas el día se deslizaba sereno y sin lances, y Nieves probaba la impaciencia inevitable en la mujer que no ve llegar al hombre que ocupa su imaginación. Al fin pensó en el baile. Allí estaría Segundo, de hecho.
[Ilustración]
XV
Y se compuso para el baile del poblachón con secreta ilusioncilla, esmerándose lo mismo que si se tratase de un sarao en el palacio de Puenteancha. Claro está que el tocado y vestido eran muy diferentes, pero no menor el estudio y arte en la elección. Un traje de crespón de China blanco, subido y corto, guarnecido con encajes de _valenciennes_: traje plegado, adherente y dúctil lo mismo que una camisa de batista, y cuya original sencillez completaban los largos guantes de Suecia, oscuros, arrugados en la muñeca, que subían hasta el codo. Un terciopelo negro rodeaba la garganta y lo cerraba una herradura de brillantes y zafiros. El hermoso pelo rubio, recogido á la inglesa, se insubordinaba un tanto en la frente.
Casi le dió vergüenza de haber calculado este atavío cuando atravesó del brazo de Agonde la fangosa plaza, y oyó la ratonera música, y vió que, como la víspera, estaba el zaguán del Consistorio lleno de gente acurrucada, á la cual era necesario pisar para llegar hasta la escalera. Por los descansos corrían las heces de la feria, un reguero oscuro, color de vino... Agonde la desvió.
—No pise ahí, Nieves... cuidadito...
Ella se sintió repelida por tan feo ingreso, y recordó el vestíbulo y la escalera de los duques de Puenteancha, de mármol, alfombrada por el centro, con macetas á los lados... Á la puerta del salón donde ahora penetraba, había una cantina provista de azucarillos, rosquillas y dulces, y la mujer de Ramón el confitero, con su inseparable mamón, despachaba el género mirando torvamente á las señoritas que entraban á divertirse.
Sentaron á Nieves en el lugar más conspícuo del salón, frente á la puerta. No estaban muy limpias las calcadas paredes, ni muy flamantes las banquetas cubiertas de paño grana; y ni las luces mal despabiladas, ni la araña de hojalata con bujías formaban un espléndido alumbrado. La mucha gente era causa de que el calor rayase en insufrible. Hacia el centro del salón se arracimaban los hombres, confundiéndose en negra masa la juventud de Vilamorta con agüistas, forasteros, tahures y señoritos monteses. Cada vez que la música atronaba el recinto con la indiscreta sonoridad de sus metales, del grupo central se destacaban los animosos bailarines, lanzándose en busca de pareja.
Nieves miraba, sorprendida, el aspecto del baile. Producíanle un efecto raro y cómico las señoritas con sus peinados abultados y pingües en rizos, sus teces rafagueadas de polvos de arroz ordinarios, sus escotes por poco más abajo del pescuezo, sus largas colas de telas peseteras, pisoteadas y destrozadas por las recias botas de los galanes, sus flores de tarta mal prendidas, y sus guantes cortos de muñeca, de grueso cabrito, que amorcillaban las manos... Acordábase Nieves de las descripciones de Agonde, del tocador establecido en el pinar, y se daba aire con su gran pericón negro, tratando de alejar la atmósfera pestilente en que el bureo del baile la envolvía. Allí se bailaba á destajo, como si disputasen un premio ofrecido á quien echase más pronto los bofes; iban las parejas arrastradas por su propio impulso á la vez que por los ajenos empujones, pisotones y rodillazos; y Nieves, habituada á presenciar el baile acompasado y fino de los saraos, se admiraba de la fe y resolución con que brincaban en Vilamorta. Algunas muchachas á quienes los taconazos habían desgarrado los volantes del traje, se paraban, remangaban la cola, arrancaban el adorno todo alrededor rápidamente, lo enrollaban, y después de arrojarlo á una esquina, volvían risueñas y felices á los brazos de su pareja. Los caballeros se enjugaban el sudor con el pañuelo, pero era inútil; cuellos y pecheras se reblandecían, el pelo se pegaba á las frentes, por los sobacos de los corpiños de seda se extendía una mancha, y los cinco dedos de los galanes se señalaban y quedaban impresos en la espalda de las señoras... Y la gimnasia proseguía, y el polvo y las moléculas de sudor viciaban el aire, y el piso del salón se cimbreaba... Había parejas hermosas, jóvenes frescas y mancebos gallardos, que danzaban con la alegría sana de la mocedad, con los ojos brillantes, rebosando expansión física; y otras muy risibles, de hombres chiquitos con mujeres altas, de mujeronas con niños barbiponientes, de un anciano calvo con una inmensa jamona. Algunos hermanos bailaban con sus hermanas, por cortedad, por no atreverse á sacar á otras señoritas, y el secretario del ayuntamiento, casado hacía años ya con una orensana rica, vieja y muy celosa, saltaba toda la noche con su mujer, y por no morir asfixiado imprimía á polkas y valses el compás de las habaneras.
Cuando Nieves entró la miraron las demás mujeres con curiosidad primero y sorpresa después. ¡Cosa más rara! ¡Venir tan sencillita! ¡No traer una cola de vara y media, ni una flor en el peinado, ni brazaletes, ni zapatos de seda! Dos ó tres forasteras de Orense, que abrigaban la pretensión de poner raya en el baile de Vilamorta, cuchicheaban entre sí, comentando aquella negligencia artística y el pudor de aquel corpiño blanco, subido y la gracia de aquella cabeza chiquita, casi sin moño, vaporosa como las de los grabados de _La Ilustración_. Se proponían las de Orense copiar el figurín; en cambio las de Vilamorta y el Borde censuraban acerbamente á la _ministra_.
—Viene así como vestida de casa...
—Lo hace porque aquí no se quiere poner nada bueno... Ya se ve, para un baile de aquí... Pensará que no entendemos... Pero mujer, siquiera pudo peinarse algo mejor... Y bien se le conoce que se aburre; mira, ¡si parece que se está durmiendo!
—Antes parecía que no se podía estar quieta sentada... daba con el pie en el suelo, de ganas que tenía de irse...
¡Ah! ¡Efectivamente, Nieves se aburría! ¡Y si las señoritas censoras pudiesen adivinar la causa!
No veía á Segundo en parte alguna, por más que le buscaba con los ojos, al principio disimuladamente y sin rebozo después. Por fin vino el abogado García á saludarla, y entonces no se pudo contener, y esforzándose por hablar en tono natural y corriente, le preguntó:
—¿Y el pollo? ¡Milagro que no anda por aquí!
—¿Quién? ¿Segundo? Segundo es allá... tan raro... ¡vaya V. á saber lo que estará haciendo él á estas horas! Leyendo versos, ó componiéndolos... Hay que dejarlo con sus manías.
Y el abogado agitó las manos, como indicando que era preciso respetar las extravagancias del genio, mientras pensaba para sus botones:
—Estará con la condenada de la vieja.
La verdad era que el poeta, dadas las circunstancias, por nada del mundo iría á un baile como aquel, donde sus conocidas, las chicas del pueblo, le comprometerían á bailar, á recibir empellones y sudar el quilo como los demás muchachos. Y su retraimiento, hijo del instinto estético, surtió efecto maravilloso en Nieves, borrando del todo los resíduos del temor, estimulando la coquetería y picando la curiosidad.
Hablábase en el mismo baile, en el círculo radical que se formó alrededor de D. Victoriano y su esposa, de la salida inmediata para las Vides, á presenciar la vendimia: proyecto que regocijaba al ex-ministro, como regocija á un niño cualquier diversión extraordinaria. Se nombraba á las personas á quienes el hidalgo tenía convidadas ó pensaba convidar para tan alegre época, y al pronunciar Agonde el nombre de Segundo, Nieves alzó los ojos, su rostro se animó, mientras se decía interiormente:
—Es capaz de no ir.
[Ilustración]
XVI
¡Gran día en las Vides aquél que el ayuntamiento señala para la vendimia! El año entero transcurre en preparativos y expectación del hermoso tiempo de la cosecha. La parra se ha vestido de púrpura y oro, pero ya va soltando lentamente parte de su rico ornato, como la desposada sus velos al pie del tálamo nupcial: las avispas se encarnizan en los racimos, avisando al hombre de que están maduros; Setiembre ostenta la serena placidez de sus últimos días: á vendimiar sin tardanza.
Ni Primo Genday, ni Méndez se dan punto de reposo. Hay que atender á las cuadrillas de vendimiadoras y vendimiadores que vienen de distantes parroquias á alquilarse, distribuirles la labor, organizar el movimiento de la recolección para que resulte armónico y fructuoso. Y es que el trabajo de la vendimia se asemeja algo á una gran batalla, donde se exije al soldado extraordinario desarrollo de energía, despilfarro de músculos y sangre, pero en desquite es preciso tenerle siempre prevenido lo necesario para reparar sus fuerzas en los momentos de descanso. Para que la gente vendimiadora estuviese dispuesta y animada á la penosa faena, importaba que encontrasen á punto, en la bodega, la ancha vasija llena de mosto donde bebiesen á discreción los _carretones_, al llegar exhaustos de subir el pesado _coleiro_ ó cestón henchido de uva por las cuestas agrias; importaba que el espeso caldo de calabazo, condimentado con sebo de carnero, las sardinas arenques y el pan de centeno abundasen cuando los reclamaba el apetito devorador de las cuadrillas; á cuyo fin, ni se apagaba el hogar de las Vides, ni nunca se veían desocupados los calderos enormes donde hervía el rancho.
Si á esto se añade la presencia de huéspedes numerosos y distinguidos, se comprenderá el bullicio del caserón solariego en tan incomparables días. Encerraban sus paredes, aparte de la familia Comba, á Saturnino y Carmen Agonde, al joven y afable cura de Naya, al monumental arcipreste de Loiro, á _Tropiezo_, á Clodio Genday, al señorito de Limioso y á las dos señoritas de Molende. Hallábanse allí representadas todas las clases y era como _microcosmos_ ó breve compendio del mundo de aquella provincia; atraídos los curas por Primo Genday, los radicales por el diputado, y la aristocracia por el mayorazgo Méndez. Y toda esta gente de tan diversa condición, al encontrarse reunida, se dió á divertirse y gozar en la mejor armonía y concordia.
Al júbilo de los vendimiadores respondía como un eco el de los huéspedes. Era imposible resistir á la expansión báquica, á la embriaguez que se respiraba en el aire. Entre los espectáculos deleitosos que la naturaleza ofrece, no cabe otro más grato que el de su fecundidad en la vendimia: aquellos cestos colmados de racimos rubios ó del color de la cuajada sangre, que hombres fornidos, casi desnudos, semejantes á faunos, suben y vacían en la cuba ó en el lagar; aquella risa de las vendimiadoras escondidas entre el follaje, disputando, desafiándose á cantar desde una viña á otra, desafíos que concluían al anochecer como concluyen todas las expansiones violentas en que se gasta mucho vigor muscular; por desahogos melancólicos, por algún prolongado gemido céltico, algún quejumbroso _a-laá-laá_... La pagana sensación de bienestar, el rústico regocijo, el contentamiento de vivir, se comunicaban á los espectadores de tan lindos cuadros; y por la noche, mientras los coros de faunos y bacantes bailaban al son de la flauta y la pandereta, el señorío se divertía tumultuosamente, con pueriles retozos, en el caserón.
Dormían las señoritas juntas en una gran pieza destartalada, la sala del Rosario, y á los huéspedes varones les había alojado Méndez en otra sala muy espaciosa, llamada del _Biombo_, por encerrar uno tan feo como antiguo; sin que de este sistema de acuartelamiento quedase exento más que el arcipreste, cuya obesidad y ronquidos eran tales, que ninguna persona medianamente sensible le podría sufrir por compañero de dormitorio; y con estar así repartida en dos secciones la gente traviesa y maleante, sucedió que vino á armarse una especie de guerra, y que las inquilinas de la sala del Rosario sólo pensaban en hacer travesuras á los inquilinos de la del Biombo, resultando de aquí mil chistosas invenciones y divertidas escaramuzas. Entre los dos campos estaba uno neutral: la familia de Comba, respetada en su sueño, invulnerable en materia de bromas pesadas, si bien el bando femenino solía tomar á Nieves por confidente é inspiradora.
—Nieves, venga acá... Nieves, mire qué tonta es Carmen Agonde... Mire... dice que le gusta más el arcipreste, ese barril, que D. Eugeniño, el de Naya... Porque dice que le da mucha risa ver cómo suda, y aquellas rollas de carne que tiene en el cogote... Y diga, Nieves, ¿qué le haremos esta noche á D. Eugeniño? ¿Y á Ramón Limioso, que todo el día nos está desafiando?
La que así hablaba era por lo regular Teresa Molende, morena y hombruna, de negros ojos, buen ejemplar de raza montañesa.
—La de ayer nos la han de pagar—añadía su hermana Elvira, la sentimental poetisa.
—¿Pues qué ha sido?
—Ha de saber V. que encerraron á Carmen ¡son el demonio! La encerraron en el cuarto de Méndez... ¡Lo que no discurren! Le ataron las manos atrás con un pañuelo de seda, le taparon la boca con otro para que no chillase, y me la dejaron allí como el ratón en la ratonera... Nosotros busca que te busca á Carmen, y Carmen sin aparecer... Nosotros echando malos pensamientos... Hasta que va Méndez á acostarse y me la ve allí... Por supuesto que tropezaron con esta boba, que si dan conmigo...
—Lo mismo la encerraban á V.—alegó Carmen.
—¡Á mí!—exclamó la amazona enderezando su robusto cuerpo. ¡Como no fuesen ellos los encerrados!
—Pero si me cogieron la acción...—aseguraba la de Agonde poniendo el rostro compungido de un bebé.—Mire, Nieves, me dijeron así: «Eche las manos atrás, Carmiña, que le vamos á meter en ellas una monedita de cinco duros». Y yo las eché... ¡y fueron tan traidores que me las ataron!
Aquí Nieves hacía coro á las carcajadas de las dos hermanas. Aquella sencillez no se ha de negar que tenía mucho gracejo. Nieves creía vivir en un mundo nuevo donde no existía la rutina, las gastadas fórmulas de la sociedad madrileña. Es verdad que tan candorosos y bulliciosos deportes podían rayar en inconvenientes ó groseros, pero á veces eran verdaderamente entretenidos. Desde que se levantaban los huéspedes, á la mesa, por las tardes, todo era solaz y jarana. Teresa se había propuesto no dejar comer en paz á _Tropiezo_, y con suma destreza cogía al vuelo las moscas y se las echaba disimuladamente en el caldo, ó le escanciaba vinagre en vez de vino, ó le untaba de pez la servilleta á fin de que se le pegase á la boca. Para el arcipreste tenía otra chanza: la de hacerle hablar de ceremonias, conversación á que era muy afecto, y al verle entretenido retirarle de delante el plato, que equivalía á arrancarle la mitad del corazón.
De noche, en el salón de los espejos turbios, donde el piano y las mecedoras campeaban, formábase una brillante tertulia: se cantaban trozos de anticuadas zarzuelas, como _El Juramento_ y _El Grumete_; se jugaban partidas de burro escondido y sin esconder, de brisca con señas y de malilla; cansados de los naipes, acudían á las prendas, al florón, á apurar una letra y á adivinar el pensamiento... Y despierta ya la retozona sangre campesina, se pasaba á juegos físicos, á las cuatro esquinas, á la gallina ciega, que tienen la sal y pimienta del ejercicio, del grito, del encontrón y la palmada...
Recogíanse después excitados aún por el juego, y era la hora más tremenda, la de las grandes diabluras: la hora en que se ataban cerillas encendidas al cuerpo de los grillos, para meterlos por debajo de la puerta del dormitorio; la hora en que se quitaban tablas á la tarima de _Tropiezo_, para que, al acostarse, se hundiese y diese formidable costalada... Oíanse por los corredores risas, pasos tácitos, y se veían bultos blancos que se escurrían precipitadamente, y puertas que se cerraban con llave y ante las cuales se amontonaban muebles, mientras salía de dentro una voz gruesa y pastosa diciendo:
—¡Que vienen!
—¡Cerrar bien, chicas!... ¡No se abre ni al Espíritu Santo!...
[Ilustración]
XVII
Segundo fué el último en gozar la hospitalidad de las Vides. Como era poco aficionado á juegos y Nieves tampoco tomaba en ellos parte muy activa, encontraríanse aislados á no ser por Victorina, que no se despegaba de su madre apenas veía próximo á Segundo, y también por Elvira Molende, que desde el primer instante se adhirió al poeta como la enredadera al muro, dedicándole un repertorio de miradas, suspiros, confidencias y vaguedades capaces de empalagar á un mozo de confitería. Al punto y hora en que Segundo pisó las Vides, perdió Elvira todo el vapor de su animación, y adoptó la acostumbrada postura lánguida y sentimental, que hacía parecer más hundidas sus mejillas y más ojerosos y marchitos sus párpados. Recobró su andar la melancólica inclinación del sauce, y dejando á un lado bromas y retozos, se consagró por completo al _Cisne_.
Como hacía luna y eran las noches apetecibles para gozadas, así que se ponía el sol y se acababa el bureo de la labor y las parejas de vendimiadores se reunían á danzar, algunos de los huéspedes se juntaban á su vez en el huerto, especialmente al pie de un paredón que tenía por límite camelios frondosos, ó bien se detenían, al regresar de paseo, en algún lugar de esos que convidan á sentarse y á un rato de plática. Sabía Elvira de memoria muchos versos buenos y malos, por lo regular pertenecientes al género tristón, erótico y elegiaco; no ignoraba ninguna de las flores y ternezas que constituyen el dulce tesoro de la poesía regional; y al pasar por sus delgados labios, por su voz suave, timbrada con timbre cristalino, al entonarlos con su mimoso acento del país, los versos gallegos adquirían algo de lo que la saeta andaluza en la boca sensual de la gitana: una belleza íntima y penetrante, la concreción del alma de una raza en una perla poética, en una lágrima de amor. De tan plañideras estrofas se alzaba á veces irónica risa, lo mismo que el repique alegre de las castañuelas suele destacarse entre los sones gemidores de la gaita. Ganaban las poesías en dialecto y parecía aumentarse su frescura y agreste aroma al decirlas una mujer, con blanda pronunciación, en la linde de un pinar ó bajo la sombra de un emparrado, en serenas noches de luna: y el ritmo pasaba á ser melopea vaga y soñadora como la de algunas baladas alemanas; música labial, salpicada de muelles diptongos, de _eñes_ cariñosas, de _x_ moduladas con otro tono más meloso que el de la silbadora _ch_ castellana. Generalmente después de haber recitado buen rato, se cantaban canciones: D. Eugenio, que era rayano, sabía _fados_ portugueses; y Elvira se pintaba sola para entonar aquella popularísima y _saudosa_ cántiga de Curros, que parece hecha para las noches druídicas, de lunar.
Segundo tembló de vanidad cuando, en turno con los de los poetas conocidos y amados en el país, recitó Elvira de corrido la mayor parte de los cantos del _Cisne_, impresos en periódicos de Vigo ó de Orense. Segundo no había escrito nunca en dialecto, y sin embargo, Elvira tenía un libro donde recortaba y pegaba con engrudo todas las producciones del desconocido _Cisne_. Y Teresa, terciando en la animada conversación, delató, con el mejor propósito, á su hermana.
—Esta también compone. Anda, mujer, dí algo tuyo. Tiene un cuaderno así de cosas suyas, discurridas, escritas por ella.
Recitó la poetisa, después de los indispensables remilgos, dos ó tres cosillas casi sin forma poética, flojas, sinceras en medio de su falsedad sentimental: de esos versos que no revelan facultades artísticas, pero son indicio cierto, infalible, de que el autor ó autora siente un anhelo no satisfecho, aspira á la fama ó á la pasión, como el inarticulado lloro del párvulo declara su hambre. Segundo daba tormento al bigote; Nieves bajaba los ojos y jugaba con las borlas de su abanico, impaciente y aun algo aburrida y nerviosa. Sucedía esto á los dos ó tres días de la llegada de Segundo, el cual todavía no había podido realizar la menor tentativa de decirle á Nieves dos palabras.
—¡Qué señoritas estas tan cursis!—pensaba la de Comba, mientras en voz alta repetía:—¡Qué bonito, qué tierno! Se parece á unas composiciones de Grilo...
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XVIII
No hablaban de versos el mayorazgo de las Vides, ni los Gendays, ni el arcipreste, instalados en el balcón so pretexto de tomar la luna; en realidad para debatir la palpitante cuestión de vendimia.
¡Buena cosecha, buena! La uva no tenía ni señales de oidium: era limpia, gruesa, y tan sazonada, que se pegaba á los dedos lo mismo que si estuviese regada con miel. De seguro valía más el vino nuevo de aquel año que el viejo del anterior. ¡El anterior fué mucho cuento! ¡Que granizo por acá, que agua por acullá!... Estaba la uva abierta ya con tanto llover y sin pizca de sustancia; resultó un vino que apenas manchaba la manga de la camisa de los arrieros...
Al recordar semejante calamidad, Méndez fruncía su arrugada boca, y el arcipreste resoplaba... Y la conversación seguía, sostenida por Primo Genday, que muy verboso, salivando y riendo, recordaba pormenores de cosechas de veinte años atrás, afirmando:
—La de este año es igualita á la del sesenta y uno.
—Lo mismo, hombre, confirmaba Méndez. Lo que es el Rebeco no da esta vez menos cargas; y la Grilloa, no sé, no sé si aun nos meterá en casa seis ó siete más... ¡Es mucha viña la Grilloa!
Después de tan alegres augurios de pingüe recolección, complacíase Méndez en detallar á su atento auditorio algunas mejoras que introducía en el cultivo: tenía ajustada la mayor parte de sus pipas con arcos de hierro, más costosos que los de madera, pero más duraderos y que ahorraban la pesada faena de preparar y domar arcos á cada vendimia: además pensaba instalar, por vía de ensayo, un lagar con no sé qué hidráulicos artificios, que evitasen el feo espectáculo de la uva pisada por humanos pies; y no queriendo tampoco desperdiciar el bagazo de la uva, destilaría un alcohol refinado, que le había de comprar Agonde á peso de oro para remedios...
Al arrullo de las voces graves que discutían importantes puntos agrícolas en el balcón, don Victoriano, un tanto rendido de su expedición á las viñas, fumaba en la mecedora, sepultado en penosas meditaciones. Desde su regreso de las aguas, sentíase cada vez más débil: la efímera mejoría se evaporaba, creciendo la postración, la bulimia, la sed y la desecación del pobre cuerpo. Recordaba que Sánchez del Abrojo le había indicado cuánto alivio le proporcionaría un ligero sudor, y al observar los primeros días, después de beber el agua sulfurosa, el restablecimiento de esta función de la piel, su alegría no tuvo límites. ¡Mas cuál fué su terror al advertir que la camisa, tiesa y dura, se le pegaba al cutis, como si estuviese empapada en almíbar! Apoyó los labios en un pliegue de la manga y percibió un sabor dulzón. ¡Evidente! ¡Sudaba azúcar! ¡La secreción glicosa era, pues, incoercible, y por tremenda ironía de la suerte, todas las amarguras de su existencia venían á resolverse en aquella extraña elaboración de materias dulces!