El castigo sin venganza

Part 4

Chapter 43,708 wordsPublic domain

Pues, señora, yo he llegado, perdido a Dios el temor, y al Duque, a tan triste estado, que este mi imposible amor me tiene desesperado. _En fin, señora, me veo_ _sin mí, sin vos y sin Dios;_ _sin Dios, por lo que os deseo;_ _sin mí, porque estoy sin vos;_ _sin vos, porque no os poseo._ Y por si no lo entendéis, haré sobre estas razones un discurso en que podréis conocer de mis pasiones la culpa que vos tenéis: «Aunque dicen, que el no ser es, señora, el mayor mal, tal por vos me vengo a ver que, para no verme tal, quisiera dejar de ser. En tantos males me empleo después que mi ser perdí, que, aunque no verme deseo, para ver si soy quien fui, _en fin, señora, me veo._ A decir que soy quien soy, tal estoy que no me atrevo, y por tales pasos voy que aun no me acuerdo que debo a Dios la vida que os doy. Culpa tenemos los dos del no ser que soy ahora, pues, olvidado por vos, de mí mismo estoy, señora, _sin mí, sin vos y sin Dios._ Sin mí no es mucho, pues ya no hay vida sin vos, que pida al mismo que me la da; pero sin Dios, con ser vida, ¿quién, sino mi amor, está? Si en desearos me empleo, y él manda no desear la hermosura que en vos veo, claro está que vengo a estar _sin Dios, por lo que os deseo._ ¡Oh, qué loco barbarismo es presumir conservar la vida en tan ciego abismo, hombre que no puede estar ni en vos, ni en Dios, ni en sí mismo! ¿Qué habemos de hacer los dos, pues a Dios por vos perdí, después que os tengo por dios, sin Dios, porque estáis en mí, _sin mí, porque estoy sin vos?_ Por haceros solo bien mil males vengo a sufrir; yo tengo amor, vos desdén, tanto, que puedo decir: ¡mirad con quién, y sin quién! Sin vos y sin mí peleo con tanta desconfianza: sin mí, porque en vos ya veo imposible mi esperanza; _sin vos, porque no os poseo»._

CASANDRA.

Conde, cuando yo imagino a Dios y al Duque, confieso que tiemblo, porque adivino juntos para tanto exceso poder humano y divino. Pero viendo que el amor halló en el mundo disculpa, hallo mi culpa menor, porque hace menor la culpa ser la disculpa mayor. Muchas ejemplos me dieron, que a errar se determinaron, porque los que errar quisieron siempre miran los que erraron, no los que se arrepintieron. Si remedio puede haber, es huir de ver y hablar; porque con no hablar ni ver, o el vivir se ha de acabar o el amor se ha de vencer. Huye de mí, que de ti yo no sé si huir podré, o me daré muerte a mí.

FEDERICO.

Yo, señora, moriré, que es lo más que haré por mí. No quiero vida; ya soy cuerpo sin alma, y de suerte a buscar mi muerte voy, que aun no pienso hallar mi muerte por el placer que me doy. Sola una mano suplico que me des; dame el veneno que me ha muerto.

CASANDRA.

Federico todo principio condeno si pólvora al fuego aplico. Vete con Dios.

FEDERICO.

¡Que traición!

CASANDRA.

Ya determinada estuve; pero advertir es razón que por una mano sube el veneno al corazón.

FEDERICO.

Sirena, Casandra, fuiste; cantaste para meterme en el mar, donde me diste la muerte.

CASANDRA.

Yo he de perderme; tente, honor; fama, resiste.

FEDERICO.

Apenas a andar acierto.

CASANDRA.

Alma y sentidos perdí.

FEDERICO.

¡Oh, qué extraño desconcierto!

CASANDRA.

Yo voy muriendo por ti.

FEDERICO.

Yo no, porque ya voy muerto.

ACTO TERCERO.

(_Aurora y el Marqués_).

AURORA.

Yo te he dicho la verdad.

MARQUÉS.

No es posible persuadirme. Mira si nos oye alguno, y mira bien lo que dices.

AURORA.

Para pedirte consejo quise, Marqués, descubrirte esta maldad.

MARQUÉS.

¿De qué suerte ver a Casandra pudiste con Federico?

AURORA.

Está atento. Yo te confieso que quise al Conde, de quien lo fui, más traidor que el griego Ulises. Creció nuestro amor el tiempo, mi casamiento previne cuando fueron por Casandra, en fe de palabras firmes, si lo son las de los hombres cuando sus iguales sirven. Fue Federico por ella, de donde vino tan triste que, en proponiéndole el Duque lo que de los dos le dije, se disculpó con tus celos. Y como el amor permite que cuando camina poco fingidos celos le piquen, díselos contigo, Carlos, pero el mismo efecto hice que en un diamante, que celos, donde no hay amor, no imprimen. Pues viéndome despreciada y a Federico tan libre, di en inquirir la ocasión; y como celos son linces que las paredes penetran, a saber la causa vine. En correspondencia tiene, sirviéndole de tapices, retratos, vidrios y espejos, dos iguales camarines el tocador de Casandra; y como sospechas pisen tan quedo, dos cuadras antes miré y vi, ¡caso terrible!, en el cristal de un espejo, que el Conde las rosas mide de Casandra con los labios. Con esto, y sin alma, fuime donde lloré mi desdicha y la de los dos que viven, ausente el Duque, tan ciegos que parece que compiten en el amor y el desprecio, y gustan que se publique el mayor atrevimiento que pasara entre gentiles o entre los desnudos cafres que lobos marinos visten. Pareciome que el espejo que los abrazos repite, por no ver tan gran fealdad, oscureció los alindes; pero, más curioso, amor la infame empresa prosigue, donde no ha quedado agravio de que no me certifique. El Duque dicen que viene victorioso, y que le ciñen sacros laureles la frente por las hazañas felices con que del pastor de Roma los enemigos reprime. Dime, ¿qué tengo de hacer en tanto mal? Que me afligen sospechas de mayor daño, si es verdad que me dijiste tantos amores con alma; aunque soy tan infelice que parecerás al Conde en engañarme o en irte.

MARQUÉS.

Aurora la muerte sola es sin remedio invencible, y aun a muchos hace el tiempo en el túmulo fenices, porque dicen que no mueren los que por su fama viven. Dile que te case al Duque; que, como el sí me confirmes, con irnos los dos a Mantua no hayas miedo que peligres; que si se arroja en el mar con el dolor insufrible, de los hijos que le quitan los cazadores, el tigre, cuando no puede alcanzarlos, ¿qué hará el ferrarés Aquiles por el honor y la fama? ¿Cómo quieres que se limpie tan fea mancha sin sangre para que jamás se olvide, si no es que primero el cielo sus libertades castigue, y por gigantes de infamia con vivos rayos fulmine? Este consejo te doy.

AURORA.

Y de tu mano le admite mi turbado pensamiento.

MARQUÉS.

Será de la nueva Circe el espejo de Medusa, el cristal en que la viste.

(_Federico y Batín_).

FEDERICO.

¿Que no ha querido esperar que salgan a recibirle?

BATÍN.

Apenas el Duque vio los deseados confines, cuando, dejando la gente y aun sin querer que te avisen, tomó caballos y parte; tan mal el amor resiste y los deseos de verte, que, aunque es justo que le obligue la Duquesa, no hay amor a quien el tuyo no prive. Eres el sol de sus ojos, y cuatro meses de eclipse le han tenido sin paciencia. Tú, Conde, el triunfo apercibe para cuando todos vengan, que las escuadras que rige han de entrar con mil trofeos llenos de dorados timbres.

FEDERICO.

Aurora, ¿siempre a mis ojos con el Marqués?

AURORA.

¡Qué donaire!

FEDERICO.

¿Con este tibio desaire respondes a mis enojos?

AURORA.

Pues ¿qué maravilla ha sido el darte el Marqués cuidado? Parece que has despertado de cuatro meses dormido.

MARQUÉS.

Yo, señor Conde, no sé, ni he sabido que sentís lo que ahora me decís, que a Aurora he servido en fe de no haber competidor, y más como vos lo fuera a quien humilde rindiera cuanto no fuera mi amor. Bien sabéis que nunca os vi servirla, mas siendo gusto vuestro, que la deje es justo, que mucho mejor que en mí se emplea en vos su valor.

(_Vase el Marqués_).

AURORA.

¿Qué es esto que has intentado? O ¿qué frenesí te ha dado sin pensamiento de amor? ¿Cuántas veces al Marqués hablando conmigo viste, desde que diste en ser triste y mucho tiempo después? Y aun no volviste a mirarme, cuanto más a divertirme. ¿Ahora celoso y firme, cuando pretendo casarme? Conde, ya estás entendido. Déjame casar, y advierte que antes me daré la muerte que ayudar lo que has fingido. Vuélvete, Conde, a estar triste, vuelve a tu suspensa calma, que tengo muy en el alma los desprecios que me hiciste. Ya no me acuerdo de ti. ¿Invenciones? ¡Dios me guarde! Por tu vida, que es muy tarde para valerte de mí.

(_Vase Aurora_).

BATÍN.

¿Qué has hecho?

FEDERICO.

No sé, por Dios.

BATÍN.

Al emperador Tiberio pareces, si no hay misterio en dividir a los dos. Hizo matar su mujer, y habiéndose ejecutado, mandó, a la mesa sentado, llamarla para comer. Y Mesala fue un romano que se le olvidó su nombre.

FEDERICO.

Yo me olvido de ser hombre.

BATÍN.

O eres como aquel villano que dijo a su labradora, después que de estar casados eran dos años pasados: «Ojinegra es la señora».

FEDERICO.

¡Ay, Batín, que estoy turbado y, olvidado, desatino!

BATÍN.

Eres como el vizcaíno que dejó el macho enfrenado, y, viendo que no comía, regalándole las crines, un galeno de rocines trujo a ver lo que tenía; el cual, viéndole con freno, fuera al vizcaíno echó; quitole, y cuando volvió, de todo el pesebre lleno apenas un grano había, porque con gentil despacho, después de la paja, el macho hasta el pesebre comía. «Albéitar, juras a Dios», dijo, «es mejor que doctora, y yo y macho desde ahora queremos curar con vos». ¿Qué freno es este que tienes que no te deja comer, si médico puedo ser? ¿Qué aguardas? ¿Qué te detienes?

FEDERICO.

¡Ay, Batín, no sé de mí!

BATÍN.

Pues estese la cebada queda, y no me digas nada.

(_Entren Casandra y Lucrecia_).

CASANDRA.

¿Ya viene?

LUCRECIA.

Señora, sí.

CASANDRA.

¿Tan brevemente?

LUCRECIA.

Por verte toda la gente dejó.

CASANDRA.

No lo creas; pero yo más quisiera ver mi muerte. En fin, señor Conde, ¿viene el Duque, mi señor?

FEDERICO.

Ya dicen que muy cerca está; bien muestra el amor que os tiene.

(_Aparte_).

CASANDRA.

Muriendo estoy de pesar de que ya no podré verte como solía.

FEDERICO.

¿Qué muerte pudo mi amor esperar, como su cierta venida?

CASANDRA.

Yo pierdo, Conde, el sentido.

FEDERICO.

Yo no, porque le he perdido.

CASANDRA.

Sin alma estoy.

FEDERICO.

Yo, sin vida.

CASANDRA.

¿Qué habemos de hacer?

FEDERICO.

Morir.

CASANDRA.

¿No hay otro remedio?

FEDERICO.

No, porque en perdiéndote yo, ¿para qué quiero vivir?

CASANDRA.

¿Por eso me has de perder?

FEDERICO.

Quiero fingir desde ahora que sirvo y que quiero a Aurora, y aun pedirla por mujer al Duque, para desvelos de él y de palacio, en quien yo sé que no se habla bien.

CASANDRA.

¿Agravios? ¿No bastan celos? ¿Casarte? ¿Estás, Conde, en ti?

FEDERICO.

El peligro de los dos me obliga.

CASANDRA.

¿Qué? ¡Vive Dios!, que si te burlas de mí, después que has sido ocasión de esta desdicha, que a voces diga —¡oh, qué mal me conoces!— tu maldad y mi traición.

FEDERICO.

¡Señora!

CASANDRA.

No hay que tratar.

FEDERICO.

Que te oirán.

CASANDRA.

Que no me impidas. Quíteme el Duque mil vidas, pero no te has de casar.

(_Floro, Febo, Ricardo, Albano, Lucindo, el Duque detrás, galán, de soldado_).

RICARDO.

Ya estaban disponiendo recibirte.

DUQUE.

Mejor sabe mi amor adelantarse.

CASANDRA.

¿Es posible, señor, que persuadirte pudiste a tal agravio?

FEDERICO.

Y de agraviarse, quejosa mi señora la Duquesa, parece que mi amor puede culparse.

DUQUE.

Hijo, el paterno amor, que nunca cesa de amar su propia sangre y semejanza, para venir facilitó la empresa, que ni cansancio ni trabajo alcanza a quien de ver a sus queridas prendas más hiciera en sufrir larga esperanza. Y tú, señora, así es razón que entiendas el mismo amor, y en igualarte al Conde por encarecimiento no te ofendas.

CASANDRA.

Tu sangre y su virtud, señor, responde que merece el favor; yo le agradezco, pues tu valor al suyo corresponde.

DUQUE.

Bien sé que a entrambos ese amor merezco, y que estoy de los dos tan obligado cuanto mostrar en la ocasión me ofrezco, que Federico gobernó mi estado en mi ausencia, he sabido, tan discreto que vasallo ninguno se ha quejado. En medio de las armas, os prometo que imaginaba yo con la prudencia que se mostraba senador perfeto. ¡Gracias a Dios que con infame ausencia los enemigos del Pastor romano respetan en mi espada su presencia! Ceñido de laurel besé su mano, después que me miró Roma triunfante como si fuera el español Trajano. Y así pienso trocar de aquí adelante la inquietud en virtud, porque mi nombre, como le aplaude aquí, después le cante; que cuando llega a tal estado un hombre, no es bien que, ya que de valor mejora, el vicio más que la virtud le nombre.

RICARDO.

Aquí vienen, señor, Carlos y Aurora.

(_Carlos y Aurora_).

AURORA.

Tan bien venido Vuestra Alteza sea, como le está esperando quien le adora.

MARQUÉS.

Dad las manos a Carlos, que desea que conozcáis su amor.

DUQUE.

Paguen los brazos deudas del alma en que tan bien se emplea. Aunque siente el amor los largos plazos, todo lo goza el venturoso día que llega a merecer tan dulces lazos. Con esto, amadas prendas, yo querría descansar del camino, y porque es tarde después celebraréis tanta alegría.

FEDERICO.

Un siglo el cielo, gran señor, te guarde.

(_Todos se van con el Duque, y quedan Batín y Ricardo_).

BATÍN.

¡Ricardo amigo!

RICARDO.

¡Batín!

BATÍN.

¿Cómo fue por esas guerras?

RICARDO.

Como quiso la justicia, siendo el cielo su defensa. Llana queda Lombardía, y los enemigos quedan puestos en fuga afrentosa, porque el león de la Iglesia pudo, con solo un bramido, dar con sus armas en tierra. El Duque ha ganado un nombre que por toda Italia suena; que si mil mató Saúl cantan por él las doncellas que David mató cien mil; conque ha sido tal la enmienda que traemos otro Duque. Ya no hay damas, ya no hay cenas, ya no hay broqueles ni espadas, ya solamente se acuerda de Casandra, ni hay amor más que el Conde y la Duquesa. El Duque es un santo ya.

BATÍN.

¡Qué me dices! ¡Qué me cuentas!

RICARDO.

Que como otros con las dichas dan en vicios y en soberbias, tienen a todos en poco, tan inmortales se sueñan, el Duque se ha vuelto humilde y parece que desprecia los laureles de su triunfo; que el aire de las banderas no le ha dado vanagloria.

BATÍN.

Plegue al cielo que no sea, después de estas humildades, como aquel hombre de Atenas que pidió a Venus le hiciese mujer, con ruegos y ofrendas, una gata dominica, quiero decir, blanca y negra. Y estando en su estrado un día, con moño y enaguas de tela, vio pasar un animal de aquestos, como poetas, que andan royendo papeles, y dando un salto ligera de la tarima al ratón, mostró que, en naturaleza, la que es gata será gata, la que es perra será perra, _in secula seculorum_.

RICARDO.

No hayas miedo tú que vuelva el Duque a sus mocedades, y más si a los hijos llega, que con las manillas blandas las barbas más graves peinan de los más fieros leones.

BATÍN.

Yo me holgaré de que sea verdad.

RICARDO.

Pues, Batín, adiós.

BATÍN.

¿Dónde vas?

RICARDO.

Fabia me espera.

(_Vase_).

(_Entre el Duque con algunos memoriales_).

DUQUE.

¿Está algún crïado aquí?

BATÍN.

Aquí tiene Vuestra Alteza el más humilde.

DUQUE.

Batín.

BATÍN.

Dios te guarde, bueno llegas. Dame la mano.

DUQUE.

¿Qué hacías?

BATÍN.

Estaba escuchando nuevas de tu valor a Ricardo, que es gran coronista de ellas. Héctor de Italia te hacía.

DUQUE.

¿Cómo ha pasado en mi ausencia el gobierno con el Conde?

BATÍN.

Cierto, señor, que pudiera decir que igualó en la paz tus hazañas en la guerra.

DUQUE.

¿Llevose bien con Casandra?

BATÍN.

No se ha visto, que yo sepa, tan pacífica madrastra con su alnado; es muy discreta, y muy virtuosa y santa.

DUQUE.

No hay cosa que le agradezca como estar bien con el Conde, que como el Conde es la prenda que más quiero y más estimo, y conocí su tristeza cuando a la guerra partí, notablemente me alegra que Casandra se portase con él con tanta prudencia; que estén en paz y amistad, que es la cosa que desea mi alma con más afecto de cuantas pedir pudiera al cielo; y así, en mi casa hoy, dos victorias se cuentan: la que de la guerra traigo, y la de Casandra bella conquistando a Federico. Yo pienso de hoy más quererla sola en el mundo, obligado de esta discreta fineza y cansado juntamente de mis mocedades necias.

BATÍN.

Milagro ha sido del Papa llevar, señor, a la guerra al Duque Luis de Ferrara, y que un ermitaño vuelva. ¡Por Dios, que puedes fundar otra Camáldula!

DUQUE.

Sepan mis vasallos que otro soy.

BATÍN.

Mas dígame Vuestra Alteza, ¿cómo descansó tan poco?

DUQUE.

Porque al subir la escalera de palacio, algunos hombres que aguardaban mi presencia me dieron estos papeles, y temiendo que son quejas quise descansar en verlos, y no descansar con ellas. Vete, y déjame aquí solo, que deben los que gobiernan esta atención a su oficio.

BATÍN.

El cielo que remunera el cuidado de quien mira el bien público, prevenga laureles a tus victorias, siglos a tu fama eterna.

(_Vase_).

DUQUE.

Este dice:

(_lea_).

«Señor, yo soy Estacio, que estoy en los jardines de palacio, y, enseñado a plantar hierbas y flores, planté seis hijos, a los dos mayores suplico que les deis...».

Basta, ya entiendo, con más cuidado ya premiar pretendo.

«Lucinda dice que quedó viuda del capitán Arnaldo...».

También pide.

«Albano, que ha seis años que reside».

Este pide también.

«Julio Camilo, preso, porque sacó...».

Del mismo estilo.

«Paula de san Germán, doncella honrada...».

Pues si es honrada, no le falta nada, si no quiere que yo le dé marido. Este viene cerrado, y mal vestido un hombre me le dio, todo turbado, que quise detenerle con cuidado.

«Señor, mirad por vuestra casa atento, que el Conde y la Duquesa en vuestra ausencia...».

No me ha sido traidor el pensamiento. Habrán regido mal, tendré paciencia.

«... ofenden con infame atrevimiento vuestra cama y honor».

¿Qué resistencia harán a tal desdicha mis enojos?

«Si sois discreto, os lo dirán los ojos».

¿Qué es esto que estoy mirando? Letras, ¿decís esto, o no? ¿Sabéis que soy padre yo de quien me estáis informando que el honor me está quitando? ¡Mentís, que no puede ser! ¿Casandra me ha de ofender? ¿No veis que es mi hijo el Conde? Pero ya el papel responde que es hombre, y ella mujer. ¡Oh, fieras letras, villanas! Pero direisme que sepa que no hay maldad que no quepa en las flaquezas humanas. De las iras soberanas debe de ser permisión. Esta fue la maldición que a David le dio Natán; la misma pena me dan, y es Federico Absalón. Pero mayor viene a ser, cielo, si así me castigas, que aquellas eran amigas y Casandra es mi mujer. El vicioso proceder de las mocedades mías trujo el castigo, y los días de mi tormento, aunque fue sin gozar a Bersabé, ni quitar la vida a Urías. ¡Oh, traidor hijo!, si ha sido verdad, porque yo no creo que emprenda caso tan feo hombre de otro hombre nacido. Pero si me has ofendido..., ¡oh, si el cielo me otorgara que después que te matara, de nuevo a hacer te volviera, pues tantas muertes te diera cuantas veces te engendrara! ¡Qué deslealtad! ¡Qué violencia! ¡Oh, ausencia! ¡Qué bien se dijo que aun un padre de su hijo no tiene segura ausencia! ¿Cómo sabré con prudencia verdad que no me disfame con los testigos que llame? Ni así la podré saber, porque ¿quién ha de querer decir verdad tan infame? Mas ¿de qué sirve informarme, pues esto no se dijera de un hijo, cuando no fuera verdad que pudo infamarme? Castigarle no es vengarme, ni se venga el que castiga, ni esto a información me obliga; que mal que el honor estraga no es menester que se haga, porque basta que se diga.

(_Entre Federico_).

FEDERICO.

Sabiendo que no descansas, vengo a verte.

DUQUE.

Dios te guarde.

FEDERICO.

Y a pedirte una merced.

DUQUE.

Antes que la pidas, sabes que mi amor te la concede.

FEDERICO.

Señor, cuando me mandaste que con Aurora mi prima por tu gusto me casase, lo fuera notable mío; pero fueron más notables los celos de Carlos, y ellos entonces causa bastante para no darte obediencia. Mas después que te ausentaste supe que mi grande amor hizo que ilusiones tales me trujesen divertido. En efecto, hicimos paces, y le prometí, señor, en satisfacción casarme, como me dieses licencia luego que el bastón dejases. Esta te pido y suplico.

DUQUE.

No pudieras, Conde, darme mayor gusto. Vete ahora porque trate con tu madre, pues es justo darle cuenta; que no es razón que te cases sin que lo sepa y le pidas licencia, como a tu padre.

FEDERICO.

No siendo su sangre yo, ¿para qué quiere dar parte Vuestra Alteza a mi señora?

DUQUE.

¿Qué importa no ser su sangre siendo tu madre Casandra?

FEDERICO.

Mi madre Laurencia yace muchos años ha difunta.

DUQUE.

¿Sientes que madre la llame? Pues dícenme que en mi ausencia, de que tengo gusto grande, estuvisteis muy conformes.

FEDERICO.

Eso, señor, Dios lo sabe; que prometo a Vuestra Alteza, aunque no acierto en quejarme, pues la adora, y es razón que, aunque es para todos ángel, que no lo ha sido conmigo.

DUQUE.

Pésame de que me engañen, que me dicen que no hay cosa que más Casandra regale.

FEDERICO.

A veces me favorece, y a veces quiere mostrarme que no es posible ser hijos los que otras mujeres paren.

DUQUE.

Dices bien y yo lo creo, y ella pudiera obligarme más que en quererme en quererte, pues con estas amistades aseguraba la paz. Vete con Dios.

FEDERICO.

Él te guarde.

(_Vase_).

DUQUE.