Part 3
Espero su desgracia, porque quiero ser en todo desdichado; que mi desesperación ha llegado a ser de suerte que solo para la muerte me permite apelación. Y si muriera, quisiera poder volver a vivir mil veces, para morir cuantas a vivir volviera. Tal estoy que no me atrevo ni a vivir ni a morir ya, por ver que el vivir será volver a morir de nuevo. Y si no soy mi homicida, es por ser mi mal tan fuerte, que, porque es menos la muerte, me dejo estar con la vida.
BATÍN.
Según esto, ni tu quieres vivir, Conde, ni morir, que entre morir y vivir como hermafrodita eres, que como aquel se compone de hombre y mujer, tú de muerte y vida, que de tal suerte la tristeza te dispone, que ni eres muerte ni vida. Pero, ¡por Dios!, que, mirado tu desesperado estado, me obligas a que te pida o la razón de tu mal, o la licencia de irme adonde que fui confirme desdichado por leal. Dame tu mano.
FEDERICO.
Batín, si yo decirte pudiera mi mal, mal posible fuera, y mal que tuviera fin; pero la desdicha ha sido, que es mi mal de condición que no cabe en mi razón, sino solo en mi sentido; que cuando por mi consuelo voy a hablar, me pone en calma ver que de la lengua al alma hay más que del suelo al cielo. Vete si quieres también, y déjame solo aquí, porque no haya cosa en mí que aun tenga sombra de bien.
(_Entren Casandra y Aurora_).
CASANDRA.
¿De eso lloras?
AURORA.
¿Le parece a Vuestra Alteza, señora, sin razón, si el Conde ahora me desprecia y aborrece? Dice que quiero al Marqués Gonzaga. ¿Yo a Carlos? ¿Yo? ¿Cuándo? ¿Cómo? Pero no, que ya sé lo que esto es. Él tiene en su pensamiento irse a España, despechado de ver su padre casado; que antes de su casamiento la misma luz de sus ojos era yo, pero ya soy quien en los ojos le doy, y mis ojos sus enojos. ¿Qué aurora nuevas del día trujo al mundo, sin hallar al Conde, donde a buscar la de sus ojos venía? ¿En qué jardín, en qué fuente no me dijo el Conde amores? ¿Qué jazmines o qué flores no fueron mi boca y frente? ¿Cuándo de mí se apartó? ¿Qué instante vivió sin mí? ¿O cómo viviera en sí, si no le animara yo? Que tanto el trato acrisola la fe de amor, que de dos almas que nos puso Dios hicimos un alma sola. Esto desde tiernos años, porque con los dos nació este amor que hoy acabó a manos de sus engaños. ¡Tanto pudo la ambición del estado que ha perdido!
CASANDRA.
Pésame de que haya sido, Aurora, por mi ocasión. Pero templa tus desvelos mientras voy a hablar con él, si bien es cosa crüel poner en razón los celos.
AURORA.
¿Yo, celos?
CASANDRA.
Con el Marqués, dice el Duque.
AURORA.
Vuestra Alteza crea que aquella tristeza ni es amor, ni celos es.
(_Vase Aurora_).
CASANDRA.
Federico.
FEDERICO.
Mi señora, dé Vuestra Alteza la mano a su esclavo.
CASANDRA.
¿Tú en el suelo? Conde, no te humilles tanto, que te llamaré Excelencia.
FEDERICO.
Será de mi amor agravio; ni me pienso levantar sin ella.
CASANDRA.
Aquí están mis brazos. ¿Qué tienes? ¿Qué has visto en mí? Parece que estás temblando. ¿Sabes ya lo que te quiero?
FEDERICO.
El haberlo adivinado el alma lo dijo al pecho, el pecho al rostro, causando el sentimiento que miras.
CASANDRA.
Déjanos solos un rato, Batín, que tengo que hablar al Conde.
BATÍN.
¡El Conde turbado, y hablarle Casandra a solas! No lo entiendo.
(_Vase_).
FEDERICO.
¡Ay, cielo! En tanto que muero fénix, poned a tanta llama descanso, pues otra vida me espera.
CASANDRA.
Federico, aunque reparo en lo que me ha dicho Aurora de tus celosos cuidados, después que vino conmigo a Ferrara el Marqués Carlos, por quien de casarte dejas, apenas me persuado que tus méritos desprecies siendo, como dicen sabios, desconfianza y envidia; que más tiene de soldado, aunque es gallardo el Marqués, que de galán cortesano. De suerte que lo que pienso de tu tristeza y recato es porque el Duque tu padre se casó conmigo, dando por ya perdida tu acción, a la luz del primer parto, que a sus estados tenías; y siendo así que yo causo tu desasosiego y pena, desde aquí te desengaño; que puedes estar seguro de que no tendrás hermanos, porque el Duque solamente por cumplir con sus vasallos este casamiento ha hecho; que sus viciosos regalos, por no les dar otro nombre, apenas el breve espacio de una noche, que a su cuenta fue cifra de muchos años, mis brazos le permitieron; que a los deleites pasados ha vuelto con mayor furia, roto el freno de mis brazos. Como se suelta al estruendo un arrogante caballo del atambor (porque quiero usar de término casto), que del bordado jaez va sembrando los pedazos: allí las piezas del freno vertiendo espumosos rayos, allí la barba y la rienda, allí las cintas y lazos; así el Duque, la obediencia rota al matrimonio santo, va por mujercillas viles pedazos de honor sembrando: allí se deja la fama, allí los laureles y arcos, los títulos y los nombres de sus ascendientes claros; allí el valor, la salud, y el tiempo tan mal gastado, haciendo las noches días en estos indignos pasos, con que sabrás cuán seguro estás de heredar su estado; o escribiendo yo a mi padre que es más que esposo, tirano, para que me saque libre del Argel de su palacio, si no anticipa la muerte breve fin a tantos daños.
FEDERICO.
Comenzando Vuestra Alteza riñéndome, acaba en llanto su discurso, que pudiera en el más duro peñasco imprimir dolor. ¿Qué es esto? Sin duda que me ha mirado por hijo de quien la ofende; pero yo la desengaño que no parezca hijo suyo para tan injustos casos. Esto persuadido así, de mi tristeza me espanto que la atribuyas, señora, a pensamientos tan bajos. ¿Ha menester Federico para ser quien es, estados? ¿No lo son los de mi prima si yo con ella me caso, o si la espada, por dicha, contra algún príncipe saco de estos confinantes nuestros, los que le quitan restauro? No procede mi tristeza de interés, y aunque me alargo a más de lo que es razón, sabe, señora, que paso una vida la más triste que se cuenta de hombre humano, desde que Amor en el mundo puso las flechas al arco. Yo me muero sin remedio, mi vida se va acabando como vela, poco a poco, y ruego a la muerte en vano que no aguarde a que la cera llegue al último desmayo, sino que con breve soplo cubra de noche mis años.
CASANDRA.
Detén, Federico ilustre, las lágrimas, que no ha dado el cielo el llanto a los hombres sino el ánimo gallardo. Naturaleza el llorar vinculó por mayorazgo en las mujeres, a quien, aunque hay valor faltan manos. No en los hombres, que una vez sola pueden, y es en caso de haber perdido el honor mientras vengan el agravio. ¡Mal haya Aurora y sus celos, que un caballero bizarro, discreto, dulce, y tan digno de ser querido, a un estado ha reducido tan triste!
FEDERICO.
No es Aurora, que es engaño.
CASANDRA.
¿Pues quién es?
FEDERICO.
El mismo Sol, que de esas auroras hallo muchas siempre que amanece.
CASANDRA.
¿Que no es Aurora?
FEDERICO.
Más alto vuela el pensamiento mío.
CASANDRA.
¿Mujer te ha visto y hablado, y tú le has dicho tu amor, que puede con pecho ingrato corresponderte? ¿No miras que son efectos contrarios, y proceder de una causa parece imposible?
FEDERICO.
Cuando supieras tú el imposible, dijeras que soy de mármol, pues no me matan mis penas, o que vivo de milagro. ¿Qué Faetonte se atrevió del sol al dorado carro, o aquel que juntó con cera débiles plumas, infausto, que, sembradas por los vientos, pájaros que van volando, las creyó el mar, hasta verlas en sus cristales salados? ¿Qué Belerofonte vio en el caballo Pegaso parecer el mundo un punto del círculo de los astros? ¿Qué griego Sinón metió aquel caballo preñado de armados hombres en Troya, fatal de su incendio parto? ¿Qué Jasón tentó primero pasar el mar temerario poniendo yugo a su cuello los pinos y lienzos de Argos, que se iguale a mi locura?
CASANDRA.
¿Estás, Conde, enamorado de alguna imagen de bronce, ninfa o diosa de alabastro? Las almas de las mujeres no las viste jaspe helado, ligera cortina cubre todo pensamiento humano. Jamás Amor llamó al pecho siendo con méritos tantos, que no respondiese el alma: «Aquí estoy, pero entrad paso». Dile tu amor, sea quien fuere, que no sin causa pintaron a Venus tal vez los griegos rendida a un sátiro o fauno. Más alta se ve la luna, y de su cerco argentado bajó por Endimión mil veces al monte Latmo. Toma mi consejo, Conde, que el edificio más casto tiene la puerta de cera. Habla, y no mueras callando.
FEDERICO.
El cazador con industria pone al pelícano indiano fuego alrededor del nido, y él, descendiendo de un árbol para librar a sus hijos, bate las alas turbado, con que más enciende el fuego que piensa que está matando; finalmente se le queman, y sin alas en el campo se deja coger, no viendo que era imposible volando. Mis pensamientos, que son hijos de mi amor que guardo en el nido del silencio, se están, señora, abrasando; bate las alas amor, y enciéndelos por librarlos. Crece el fuego, y él se quema; tú me engañas, yo me abraso; tú me incitas, yo me pierdo; tú me animas, yo me espanto; tú me esfuerzas, yo me turbo; tú me libras, yo me enlazo; tú me llevas, yo me quedo; tú me enseñas, yo me atajo; porque es tanto mi peligro que juzgo por menos daño, pues todo ha de ser morir, morir sufriendo y callando.
(_Vase Federico_).
CASANDRA.
No ha hecho en la tierra el cielo cosa de más confusión, que fue la imaginación para el humano desvelo; ella vuelve el fuego en hielo, y en el color se transforma del deseo, donde forma guerra, paz, tormenta y calma; y es una manera de alma que más engaña que informa. Estos oscuros intentos, estas claras confusiones más que me han dicho razones me han dejado pensamientos. ¿Qué tempestades los vientos mueven de más variedades que estas confusas verdades en una imaginación?, porque las del alma son las mayores tempestades. Cuando a imaginar me inclino que soy lo que quiere el Conde, el mismo engaño responde que lo imposible imagino; luego mi fatal destino me ofrece mi casamiento, y en lo que siento consiento; que no hay tan grande imposible que no le juzguen visible los ojos del pensamiento. Tantas cosas se me ofrecen juntas, como esto ha caído sobre un bárbaro marido, que pienso que me enloquecen. Los imposibles parecen fáciles, y yo, engañada, ya pienso que estoy vengada; mas siendo error tan injusto, a la sombra de mi gusto estoy mirando su espada. Las partes del Conde son grandes, pero mayor fuera mi desatino si diera puerta a tan loca pasión. No más, necia confusión, salid, cielo, a la defensa, aunque no yerra quien piensa, porque en el mundo no hubiera hombre con honra si fuera ofensa pensar la ofensa. Hasta ahora no han errado ni mi honor, ni mi sentido, porque lo que he consentido ha sido un error pintado consentir lo imaginado para con Dios error, mas no para el deshonor, que diferencian intentos el ver Dios los pensamientos y no los ver el honor.
(_Aurora entra_).
AURORA.
Larga plática ha tenido Vuestra Alteza con el Conde. ¿Qué responde?
CASANDRA.
Que responde a tu amor agradecido. Sosiega, Aurora, sus celos, que esto pretende no más.
(_Vase Casandra_).
AURORA.
¡Qué tibio consuelo das a mis ardientes desvelos! ¡Que pueda tanto en un hombre que adoró mis pensamientos ver burlados los intentos de aquel ambicioso nombre con que heredaba a Ferrara! Tú eres poderoso, Amor, por ti ni en vida, ni honor, ni aun en alma se repara. Y Federico se muere, que me solía querer, con la tristeza de ver lo que de Casandra infiere. Pero, pues él ha fingido celos por disimular la ocasión, y despertar suelen el amor dormido, quiero dárselos de veras favoreciendo al Marqués.
(_Rutilio y el Marqués_).
RUTILIO.
Con el contrario que ves, en vano remedio esperas de tus locas esperanzas.
MARQUÉS.
Calla, Rutilio, que aquí está Aurora.
RUTILIO.
Y tú sin ti, firme entre tantas mudanzas.
MARQUÉS.
Aurora del claro día en que te dieron mis ojos con toda el alma en despojos la libertad que tenía; Aurora que el sol envía cuando en mi pena anochece, por quien ya cuanto florece viste colores hermosas, pues entre perlas y rosas de tus labios amanece. Desde que de Mantua vine hice con poca ventura elección de tu hermosura, que no hay alma que no incline. ¡Qué mal mi engaño previne, puesto que el alma te adora, pues solo sirve, señora, de que te canses de mí, hallando mi noche en ti cuando te suspiro, Aurora! No el verte desdicha ha sido, que ver luz nunca lo fue, sino que mi amor te dé causa para tanto olvido. Mi partida he prevenido, que es el remedio mejor; fugitivo a tu rigor, voy a buscar resistencia en los milagros de ausencia y en las venganzas de amor. Dame licencia, y la mano.
AURORA.
No se morirá de triste el que tan poco resiste ni galán ni cortesano, Marqués, el primer desdén; que no están hechos favores para primeros amores antes que se quiera bien. Poco amáis, poco sufrís; pero en tal desigualdad, con la misma libertad que licencia me pedís, os mando que no os partáis.
MARQUÉS.
Señora, a tan gran favor, aunque parece rigor con que esperar me mandáis, no los diez años que a Troya cercó el griego, ni los siete del pastor a quien promete Labán su divina joya, pero siglos inmortales como Tántalo estaré, entre la duda y la fe de vuestros bienes y males. Albricias quiero pedir a mi amor de mi esperanza.
AURORA.
Mientras el bien no se alcanza, méritos tiene el sufrir.
(_El Duque, Federico y Batín_).
DUQUE.
Escríbeme el Pontífice por esta, que luego a Roma parta.
FEDERICO.
¿Y no dice la causa en esa carta?
DUQUE.
Que sea la respuesta, Conde, partirme al punto.
FEDERICO.
Si lo encubres, señor, no lo pregunto.
DUQUE.
¿Cuándo te encubro yo, Conde, mi pecho? Solo puedo decirte que sospecho que, con las guerras que en Italia tiene, si numeroso ejército previene, podemos presumir que hacer me intenta general de la Iglesia; que a mi cuenta también querrá que con dinero ayude, si no es que en la elección de intento mude.
FEDERICO.
No en vano lo que piensas me encubrías si solo te partías, que ya será conmigo, que a tu lado no pienso que tendrás mejor soldado.
DUQUE.
Eso no podrá ser, porque no es justo, Conde, que sin los dos mi casa quede. Ninguno como tú regirla puede: esto es razón, y basta ser mi gusto.
FEDERICO.
No quiero darte, gran señor, disgusto, pero en Italia ¿qué dirán si quedo?
DUQUE.
Que esto es gobierno, y que sufrir no puedo, aun de mi propio hijo, compañía.
FEDERICO.
Notable prueba en la obediencia mía.
(_Váyase el Duque_).
BATÍN.
Mientras con el Duque hablaste, he reparado en que Aurora, sin hacer caso de ti, con el Marqués habla a solas.
FEDERICO.
¿Con el Marqués?
BATÍN.
Sí, señor.
FEDERICO.
¿Y qué piensas tú que importa?
AURORA.
Esta banda prenda sea del primer favor.
MARQUÉS.
Señora, Será cadena en mi cuello, será de mi mano esposa, para no darla en mi vida; si queréis que me la ponga, será doblado el favor.
AURORA.
Aunque es venganza amorosa, parece a mi amor agravio. Porque de dueño mejora, os ruego que os la pongáis.
BATÍN.
Ser las mujeres traidoras fue de la naturaleza invención maravillosa, porque si no fueran falsas, (algunas, digo, no todas), idolatraran en ellas los hombres que las adoran. ¿No ves la banda?
FEDERICO.
¿Qué banda?
BATÍN.
¿Qué banda? ¡Graciosa cosa! Una que lo fue del sol, cuando lo fue de una sola en la gracia y la hermosura, planetas con que la adorna; y ahora, como en eclipse, del dragón lo extremo toca. Yo me acuerdo cuando fuera la banda de la discordia, como la manzana de oro de Paris y las tres diosas.
FEDERICO.
Eso fue entonces, Batín, pero es otro tiempo ahora.
AURORA.
Venid al jardín conmigo.
(_Vanse los dos_).
BATÍN.
¡Con qué libertad la toma de la mano, y se van juntos!
FEDERICO.
¿Qué quieres, si se conforman las almas?
BATÍN.
¿Eso respondes?
FEDERICO.
¿Qué quieres que te responda?
BATÍN.
Si un cisne no sufre al lado otro cisne, y se remonta con su prenda muchas veces a las extranjeras ondas, y un gallo, si al de otra casa con sus gallinas le topa, con el suyo le deshace los picos de la corona, y encrespando su turbante, turco por la barba roja, celoso vencerle intenta hasta en la nocturna solfa, ¿cómo sufres que el Marqués a quitarte se disponga prenda que tanto quisiste?
FEDERICO.
Porque la venganza propia, para castigar las damas que a los hombres ocasionan, es dejarlas con su gusto, porque aventura la honra quien la pone en sus mudanzas.
BATÍN.
Dame, por Dios, una copia de ese arancel de galanes, tomarele de memoria. No, Conde; misterio tiene tu sufrimiento. Perdona, que pensamientos de amor son arcaduces de noria: ya deja el agua primera el que la segunda toma. Por nuevo cuidado dejas el de Aurora, que si sobra el agua, ¿cómo es posible que pueda ocuparse de otra?
FEDERICO.
Bachiller estás, Batín, pues con fuerza cautelosa lo que no entiendo de mí a presumir te provocas. Entra y mira qué hace el Duque, y de partida te informa porque vaya a acompañarle.
BATÍN.
Sin causa necio me nombras, porque abonar tus tristezas fuera más necia lisonja.
(_Vase_).
FEDERICO.
¿Qué buscas, imposible pensamiento? Bárbaro, ¿qué me quieres, qué me incitas? ¿Por qué la vida sin razón me quitas, donde volando aun no te quiere el viento? Detén el vagaroso movimiento, que la muerte de entrambos solicitas; déjame descansar, y no permitas tan triste fin a tan glorioso intento. No hay pensamiento, si rindió despojos, que sin determinado fin se aumente, pues dándole esperanzas sufre enojos. Todo es posible a quien amando intente, y solo tú naciste de mis ojos para ser imposible eternamente.
(_Casandra entre_).
CASANDRA.
Entre agravios y venganzas, anda solícito Amor, después de tantas mudanzas, sembrando contra mi honor mal nacidas esperanzas. En cosas inaccesibles quiere poner fundamento como si fuesen visibles, que no puede haber contentos fundados en imposibles. En el ánimo que inclino al mal, por tantos disgustos del Duque, loca imagino hallar venganzas y gustos en el mayor desatino. Al galán Conde y discreto, y su hijo, ya permito para mi venganza efeto, pues para tanto delito conviene tanto secreto. Vile turbado, llegando a decir su pensamiento, y desmayarse temblando, aunque ¿es más atrevimiento hablar un hombre callando? Pues de aquella turbación, tanto el alma satisfice, dándome el Duque ocasión, que hay dentro de mí quien dice que, si es amor, no es traición, y que cuando ser pudiera rendirme desesperada a tanto valor, no fuera la postrera enamorada, ni la traidora primera. A sus padres han querido sus hijas, y sus hermanos algunas; luego no han sido mis sucesos inhumanos, ni mi propia sangre olvido. Pero no es disculpa igual que haya otros males de quien me valga en peligro tal, que para pecar no es bien tomar ejemplo del mal. Este es el Conde, ¡ay de mí! Pero ya determinada, ¿qué temo?
FEDERICO.
Ya viene aquí desnuda la dulce espada por quien la vida perdí. ¡Oh hermosura celestial!
CASANDRA.
¿Cómo te va de tristeza, Federico?
FEDERICO.
En tanto mal responderé a Vuestra Alteza que es mi tristeza inmortal.
CASANDRA.
Destemplan melancolías la salud; enfermo estás.
FEDERICO.
Traigo unas necias porfías, sin que pueda decir más, señora, de que son mías.
CASANDRA.
Si es cosa que yo la puedo remediar, fía de mí, que en amor tu amor excedo.
FEDERICO.
Mucho fiara de ti, pero no me deja el miedo.
CASANDRA.
Dijísteme que era amor tu mal.
FEDERICO.
Mi pena y mi gloria nacieron de su rigor.
CASANDRA.
Pues oye una antigua historia, que el amor quiere valor. Antíoco, enamorado de su madrastra, enfermó de tristeza y de cuidado.
FEDERICO.
Bien hizo si se murió, que yo soy más desdichado.
CASANDRA.
El Rey, su padre, afligido, cuantos médicos tenía juntó, y fue tiempo perdido, que la causa no sufría que fuese amor conocido. Mas Eróstrato, más sabio en su ciencia que Galeno, conoció luego su agravio; pero que estaba el veneno entre el corazón y el labio. Tomole el pulso, y mandó que cuantas damas había en palacio entrasen.
FEDERICO.
Yo presumo, señora mía, que algún espíritu habló.
CASANDRA.
Cuando su madrastra entraba, conoció, en la alteración del pulso, que ella causaba su mal.
FEDERICO.
¡Extraña invención!
CASANDRA.
Tal en el mundo se alaba.
FEDERICO.
¿Y tuvo remedio así?
CASANDRA.
No niegues, Conde, que yo he visto lo mismo en ti.
FEDERICO.
¿Pues enojáraste?
CASANDRA.
No.
FEDERICO.
¿Y tendrás lástima?
CASANDRA.
Sí.
FEDERICO.