El castigo sin venganza

Part 2

Chapter 23,673 wordsPublic domain

Basta que me dé temor, hermosa señora, el veros; no me impida el responderos, turbarme tanto favor: hoy el Duque, mi señor, en dos divide mi ser, que del cuerpo pudo hacer que mi ser primero fuese, para que el alma debiese a mi segundo nacer. De estos nacimientos dos lleváis, señora, la palma, que para nacer con alma hoy quiero nacer de vos, que, aunque quien la infunde es Dios, hasta que os vi, no sentía en qué parte la tenía, pues si conocerla os debo vos me habéis hecho de nuevo, que yo sin alma vivía. Y de esto se considera, pues que de vos nacer quiero, que soy el hijo primero, que el Duque de vos espera. Y de que tan hombre quiera nacer, no son fantasías, que, para disculpas mías, aquel divino crisol ha seis mil años que es sol, y nace todos los días.

(_El Marqués Gonzaga, Rutilio y criados_).

RUTILIO.

Aquí, señor, los dejé.

MARQUÉS.

Extraña desdicha fuera, si el caballero que dices no llegara a socorrerla.

RUTILIO.

Mandome alejar, pensando dar nieve al agua risueña, bañando en ella los pies para que corriese perlas, Y así no pudo llegar tan presto mi diligencia, y en brazos de aquel hidalgo salió, señor, la Duquesa, pero como vi que estaban seguras en la ribera, corrí a llamarte.

MARQUÉS.

Allí está, entre el agua y el arena el coche solo.

RUTILIO.

Estos sauces nos estorbaron el verla. Allí está con los criados del caballero.

CASANDRA.

Ya llega mi gente.

MARQUÉS.

¡Señora mía!

CASANDRA.

¡Marqués!

MARQUÉS.

Con notable pena a todos nos ha tenido hasta ahora Vuestra Alteza; gracias a Dios que os hallamos sin peligro.

CASANDRA.

Después de ellas Las dad a este caballero. Su piadosa gentileza me sacó libre en los brazos.

MARQUÉS.

Señor Conde, ¿quién pudiera sino vos favorecer a quien ya es justo que tenga el nombre de vuestra madre?

FEDERICO.

Señor Marqués, yo quisiera ser un Júpiter entonces, que transformándome cerca en aquel ave imperial, aunque las plumas pusiera a la luz de tanto sol, ya de Faetonte soberbia, entre las doradas uñas, tusón del pecho la hiciera, y por el aire en los brazos por mi cuidado la vieran los del Duque, mi señor.

MARQUÉS.

El cielo, señor, ordena estos sucesos que veis, para que Casandra os deba un beneficio tan grande que desde este punto pueda confirmar las voluntades, y en toda Italia se vea amarse tales contrarios, y que en un sujeto quepan.

(_Hablen los dos, y aparte Casandra y Lucrecia_).

CASANDRA.

Mientras los dos hablan, dime qué te parece, Lucrecia, de Federico.

LUCRECIA.

Señora, si tu me dieses licencia, mi parecer te diría.

CASANDRA.

Aunque ya no sin sospecha, yo te la doy.

LUCRECIA.

Pues yo digo...

CASANDRA.

Di.

LUCRECIA.

... que más dichosa fueras si se trocara la suerte.

CASANDRA.

Aciertas, Lucrecia, y yerra mi fortuna; mas ya es hecho, porque cuando yo quisiera, fingiendo alguna invención, volver a Mantua, estoy cierta que me matara mi padre, y por toda Italia fuera fábula mi desatino; fuera de que no pudiera casarme con Federico, y así no es justo que vuelva a Mantua, sino que vaya a Ferrara, en que me espera el Duque, de cuya libre vida y condición me llevan las nuevas con gran cuidado.

MARQUÉS.

¡Ea! ¡Nuestra gente venga, y alegremente salgamos del peligro de esta selva! Parte delante a Ferrara, Rutilio, y lleva las nuevas al Duque del buen suceso, si por ventura no llega anticipada la fama, que se detiene en las buenas cuanto corre en siendo malas. Vamos, señora, y prevengan caballo al Conde.

FLORO.

¡El caballo del Conde!

CASANDRA.

Vuestra Excelencia irá mejor en mi coche.

FEDERICO.

Como mande Vuestra Alteza que vaya, la iré sirviendo.

(_El Marqués lleve de la mano a Casandra, y quédense Federico y Batín_).

BATÍN.

¡Que bizarra es la Duquesa!

FEDERICO.

¿Parécete bien, Batín?

BATÍN.

Paréceme una azucena que está pidiendo a la aurora, en cuatro cándidas lenguas, que le trueque en cortesía los granos de oro a sus perlas. No he visto mujer tan linda, por Dios, señor, que si hubiera lugar —porque suben ya, y no es bien que la detengas— que te dijera...

FEDERICO.

No digas nada, que con tu agudeza me has visto el alma en los ojos, y el gusto me lisonjeas.

BATÍN.

¿No era mejor para ti esta clavellina fresca, esta naranja en azahar, toda de pimpollos hecha, esta alcorza de ámbar y oro, esta Venus, esta Elena? ¡Pesia las leyes del mundo!

FEDERICO.

Ven, no les demos sospecha, y seré el primer alnado a quien hermosa parezca su madrastra.

BATÍN.

Pues, señor, no hay más de tener paciencia, que a fe que a dos pesadumbres ella te parezca fea.

(_Salgan el Duque de Ferrara, y Aurora su sobrina_).

DUQUE.

Hallarala en el camino Federico, si partió cuando dicen.

AURORA.

Mucho erró, pues cuando el aviso vino era forzoso el partir a acompañar a Su Alteza.

DUQUE.

Pienso que alguna tristeza pudo el partir diferir; que, en fin, Federico estaba seguro en su pensamiento de heredarme, cuyo intento, que con mi amor consultaba, fundaba bien su intención, porque es Federico, Aurora, lo que más mi alma adora, y fue casarme, traición que hago a mi propio gusto; que mis vasallos han sido quien me ha forzado y vencido a darle tanto disgusto, si bien dicen que esperaban tenerle por su señor, o por conocer mi amor, o porque también le amaban; mas que los deudos que tienen derecho a mi sucesión, pondrán pleito con razón; o que, si a las armas vienen, no pudiendo concertallos, abrasarán estas tierras, porque siempre son las guerras a costa de los vasallos. Con esto determiné casarme, no pude más.

AURORA.

Señor, disculpado estás, yerro de fortuna fue: pero la grave prudencia del Conde, hallará templanza, para que su confianza tenga consuelo y paciencia; aunque, en esta confusión un consejo quiero darte, que será remedio, en parte, de su engaño y tu afición. Perdona el atrevimiento que, fiado en el amor que me muestras, con valor te diré mi pensamiento. Yo soy, invicto Duque, tu sobrina; hija soy de tu hermano, que en su primera edad, como temprano almendro que la flor al cierzo inclina, cinco lustros (¡ay, suerte crüel!) rindió la inexorable muerte. Criásteme en tu casa, porque luego quedé también sin madre; tú solo fuiste mi querido padre, y en el confuso laberinto ciego de mis fortunas tristes, el hilo de oro que de luz me vistes. Dísteme por hermano a Federico, mi primo en la crianza, a cuya siempre honesta confianza, con dulce trato honesto amor aplico, no menos de él querida, viviendo entrambos una misma vida, una ley, un amor, un albedrío, una fe nos gobierna, que con el matrimonio será eterna, siendo yo suya, y Federico mío, que aun apenas la muerte osará dividir lazo tan fuerte. Desde la muerte de mi padre amado tiene mi hacienda aumento; no hay en Italia ahora casamiento más igual a sus prendas y a su estado; que yo entre muchos grandes, ni miro a España, ni me aplico a Flandes. Si le casas conmigo estás seguro de que no se entristezca de que Casandra sucesión te ofrezca, sirviendo yo de su defensa y muro. Mira si en este medio promete mi consejo tu remedio.

DUQUE.

Dame tus brazos, Aurora, que en mi sospecha y recelo eres la misma del cielo que mi noche ilustra y dora. Hoy mi remedio amaneces, y en el sol de tu consejo miro, como en claro espejo, el que a mi sospecha ofreces. Mi vida y honra aseguras, y así te prometo al Conde, si a tu honesto amor responde la fe con que le procuras, que bien creo que estarás cierta de su justo amor, como yo, que tu valor, Aurora, merece más. Y así, pues vuestros intentos conformes vienen a ser, palabra te doy de hacer juntos los dos casamientos. Venga el Conde, y tú verás, qué día a Ferrara doy.

AURORA.

Tu hija y tu esclava soy, no puedo decirte más.

(_Entre Batín_).

BATÍN.

Vuestra Alteza, gran señor, reparta entre mí y el viento las albricias, porque a entrambos se las debe de derecho; que no sé cuál de los dos vino en el otro corriendo, yo en el viento, o él en mí, él en mis pies, yo en su vuelo. La Duquesa mi señora viene buena, y si primero dijo la fama que el río, con atrevimiento necio, volvió el coche, no fue nada, porque el Conde al mismo tiempo llegó, y la sacó en sus brazos, con que las paces se han hecho de aquella opinión vulgar que nunca bien se quisieron los alnados y madrastras; porque con tanto contento vienen juntos, que parecen hijo y madre verdaderos.

DUQUE.

Esa paz, Batín amigo, es la nueva que agradezco, y que traiga gusto el Conde, fuera de ser nueva, es nuevo. ¿Querrá Dios que Federico, con su buen encendimiento, se lleve bien con Casandra? En fin ya los dos se vieron, y en tiempo que pudo hacerle ese servicio.

BATÍN.

Prometo a Vuestra Alteza que fue dicha de los dos.

AURORA.

Yo quiero que me des nuevas también.

BATÍN.

¡Oh Aurora, que a la del cielo das ocasión con el nombre para decirte conceptos! ¿Qué me quieres preguntar?

AURORA.

Deseo de saber tengo si es muy hermosa Casandra.

BATÍN.

Esa pregunta y deseo no era de Vuestra Excelencia, sino del Duque, mas pienso, que entrambos sabéis por fama lo que repetir no puedo, porque ya llegan.

DUQUE.

Batín, ponte esta cadena al cuello.

(_Entren con grande acompañamiento y bizarría Rutilio, Floro, Albano, Lucindo, el Marqués Gonzaga, Federico, Casandra y Lucrecia_).

FEDERICO.

En esta huerta, señora, os tienen hecho aposento para que el Duque os reciba, en tanto que disponiendo queda Ferrara la entrada, que a vuestros merecimientos será corta, aunque será la mayor que en estos tiempos en Italia se haya visto.

CASANDRA.

Ya, Federico, el silencio me provocaba a tristeza.

FEDERICO.

Fue de aquesta causa efecto.

FLORO.

Ya salen a recibiros el Duque y Aurora.

DUQUE.

El cielo, hermosa Casandra, a quien con toda el alma os ofrezco estos estados, os guarde para su señora y dueño, para su aumento y su honor, los años de mi deseo.

CASANDRA.

Para ser de Vuestra Alteza esclava, gran señor, vengo, que de este título solo recibe mi casa aumento, mi padre honor y mi patria gloria, en cuya fe poseo los méritos de llegar a ser digna de los vuestros.

DUQUE.

Dadme vos, señor Marqués, los brazos, a quien hoy debo prenda de tanto valor.

MARQUÉS.

En su nombre los merezco, y por la parte que tuve en este alegre himeneo, pues hasta la ejecución me sois deudor del concierto.

AURORA.

Conoced, Casandra, a Aurora.

CASANDRA.

Entre los bienes que espero de tanta ventura mía, es ver, Aurora, que os tengo por amiga y por señora.

AURORA.

Con serviros, con quereros por dueño de cuanto soy, solo responder os puedo. ¡Dichosa Ferrara ha sido, oh Casandra, en mereceros para gloria de su nombre!

CASANDRA.

Con tales favores entro, que ya en todas mis acciones próspero fin me prometo.

DUQUE.

Sentaos porque os reconozcan con debido amor mis deudos y mi casa.

CASANDRA.

No replico; cuanto mandáis obedezco.

(_Siéntense debajo de dosel el Duque y Casandra, y el Marqués y Aurora_).

CASANDRA. ¿No se sienta el Conde?

DUQUE.

No, porque ha de ser el primero, que os ha de besar la mano.

CASANDRA.

Perdonad, que no consiento esa humildad.

FEDERICO.

Es agravio de mi amor; fuera de serlo, es ir contra mi obediencia.

CASANDRA.

Eso no.

FEDERICO. ¡Temblando llego!

CASANDRA.

Teneos.

FEDERICO.

No lo mandéis. Tres veces, señora, beso vuestra mano: una por vos, con que humilde me sujeto a ser vuestro mientras viva, de estos vasallos ejemplo; la segunda por el Duque mi señor, a quien respeto obediente; y la tercera por mí, porque no teniendo más por vuestra obligación, ni menos por su precepto, sea de mi voluntad, señora, reconoceros, que la que sale del alma sin fuerza de gusto ajeno es verdadera obediencia.

CASANDRA.

De tan obediente cuello sean cadena mis brazos.

DUQUE.

Es Federico discreto.

MARQUÉS.

Días ha, gallarda Aurora, que los deseos de veros nacieron de vuestra fama, y a mi fortuna le debo que tan cerca me pusiese de vos, aunque no sin miedo, para que sepáis de mí que, puesto que se cumplieron, son mayores de serviros cuando tan hermosa os veo.

AURORA.

Yo, señor Marqués, estimo ese favor como vuestro, porque ya de vuestro nombre, que por las armas eterno será en Italia, tenía noticia por tantos hechos. Lo de galán ignoraba, y fue ignorancia, os confieso, porque soldado y galán es fuerza, y más en sujeto de tal sangre y tal valor.

MARQUÉS.

Pues haciendo fundamento de ese favor, desde hoy me nombro vuestro, y prometo mantener en estas fiestas a todos los caballeros de Ferrara, que ninguno tiene tan hermoso dueño.

DUQUE.

Que descanséis es razón, que pienso que entreteneros es hacer la necedad que otros casados dijeron. No diga el largo camino que he sido dos veces necio, y amor que no estimo el bien, pues no le agradezco el tiempo.

(_Todos se entran con grandes cumplimientos, y quédanse Federico y Batín_).

FEDERICO.

¡Qué necia imaginación!

BATÍN.

¿Cómo necia? ¿Qué tenemos?

FEDERICO.

Bien dicen que nuestra vida es sueño, y que toda es sueño, pues que no solo dormidos, pero aun estando despiertos, cosas imagina un hombre que al más abrasado enfermo con frenesí no pudieran llegar a su entendimiento.

BATÍN.

Dices bien, que alguna vez entre muchos caballeros suelo estar, y sin querer se me viene al pensamiento dar un bofetón a uno y morderle del pescuezo. Si estoy en algún balcón, estoy pensando y temiendo echarme de él y matarme. Si estoy en la iglesia oyendo algún sermón, imagino que le digo que está impreso. Dame gana de reír si voy en algún entierro, y si dos están jugando, que les tiro el candelero. Si cantan, quiero cantar; y si alguna dama veo, en mi necia fantasía asirla del moño intento, y me salen mil colores como si lo hubiera hecho.

FEDERICO.

¡Jesús! ¡Dios me valga! ¡Afuera, desatinados conceptos de sueños despiertos! Yo ¿tal imagino, tal pienso, tal me prometo, tal digo, tal fabrico, tal emprendo? ¡No más, extraña locura!

BATÍN.

¿Pues tú para mí secreto?

FEDERICO.

Batín, no es cosa que hice, y así nada te reservo, que las imaginaciones son espíritus sin cuerpo. Lo que no es, ni ha de ser, no es esconderte mi pecho.

BATÍN.

Y si te lo digo yo, ¿negarásmelo?

FEDERICO. Primero que puedas adivinarlo, habrá flores en el cielo, y en este jardín estrellas.

BATÍN.

Pues mira cómo lo acierto: que te agrada tu madrastra, y estás entre ti diciendo...

FEDERICO.

¡No lo digas! Es verdad. Pero yo ¿qué culpa tengo, pues el pensamiento es libre?

BATÍN.

Y tanto, que por su vuelo la inmortalidad del alma se mira como en espejo.

FEDERICO.

Dichoso es el Duque.

BATÍN.

Y mucho.

FEDERICO.

Con ser imposible, llego a estar envidioso de él.

BATÍN.

Bien puedes, con presupuesto, de que era mejor Casandra para ti.

FEDERICO.

Con eso puedo morir de imposible amor, y tener posibles celos.

ACTO SEGUNDO.

(_Salen Casandra y Lucrecia_).

LUCRECIA.

Con notable admiración me ha dejado Vuestra Alteza.

CASANDRA.

No hay altezas con tristeza, y más si bajezas son; más quisiera, y con razón, ser una ruda villana, que me hallara la mañana al lado de un labrador, que desprecio de un señor en oro, púrpura y grana. Pluguiera a Dios que naciera bajamente, pues hallara quien lo que soy estimara, y a mi amor correspondiera. En aquella humilde esfera, como en las camas reales, se gozan contentos tales que no los crece el valor, si los efectos de amor son en las noches iguales. No los halla a dos casados el sol, por las vidrieras de cristal a las primeras luces del alba, abrazados con más gusto, ni en dorados techos más descanso halló; que tal vez su rayo entró del aurora a los principios por mal ajustados ripios, y un alma en dos cuerpos vio. Dichosa la que no siente un desprecio autorizado, y se levanta del lado de su esposo alegremente; la que en la primera fuente mira o lava, ¡oh cosa rara!, con las dos manos la cara, y no en llanto, cuando fue mujer de un hombre sin fe, con ser Duque de Ferrara. Sola una noche le vi en mis brazos en un mes, y muchas le vi después que no quiso verme a mí. Pero de que viva así ¿cómo me puedo quejar, pues que me pudo enseñar la fama que quien vivía tan mal no se enmendaría, aunque mudase lugar? Que venga un hombre a su casa, cuando viene al mundo el día, que viva a su fantasía, por libertad de hombre pasa. ¿Quién puede ponerle tasa? Pero que con tal desprecio trate una mujer de precio de que es casado olvidado, o quiere ser desdichado o tiene mucho de necio. El Duque debe de ser de aquellos cuya opinión, en tomando posesión, quieren en casa tener como alhaja la mujer para adorno, lustre y gala, silla o escritorio en sala. Y es término que condeno, porque con marido bueno ¿cuándo se vio mujer mala? La mujer de honesto trato viene para ser mujer a su casa, que no a ser silla, escritorio o retrato. Basta ser un hombre ingrato, sin que sea descortés, y es mejor, si causa es de algún pensamiento extraño, no dar ocasión al daño, que remediarle después.

LUCRECIA.

Tu discurso me ha causado lástima y admiración, que tan grande sinrazón puede ponerte en cuidado. ¿Quién pensara que, casado, fuera el Duque tan vicioso, o que no siendo amoroso, cortés, como dices, fuera, con que tu pecho estuviera para el agravio animoso? En materia de galán puédese picar con celos y dar algunos desvelos cuando dormidos están: el desdén, el ademán, la risa con quien pasó, alabar al que la habló, con que despierta el dormido. Pero celos a marido ¿quién en el mundo los dio? ¿Hale escrito Vuestra Alteza a su padre estos enojos?

CASANDRA.

No, Lucrecia, que mis ojos solo saben mi tristeza.

LUCRECIA.

Conforme a naturaleza, y a la razón, mejor fuera que el Conde te mereciera, y que, contigo casado, asegurando su estado su nieto le sucediera. Que aquestas melancolías que trae el Conde no son, señora, sin ocasión.

CASANDRA.

No serán sus fantasías, Lucrecia, de envidias mías, ni yo hermanos le daré; con que Federico esté seguro que no soy yo la que la causa le dio; desdicha de entrambos fue.

(_Salen el Duque, Federico, y Batín_).

DUQUE.

Si yo pensara, Conde, que te diera tanta tristeza el casamiento mío, antes de imaginarlo me muriera.

FEDERICO.

Señor, fuera notable desvarío entristecerme a mí tu casamiento, ni de tu amor por eso desconfío. Advierta, pues, tu claro entendimiento, que si del casamiento me pesara, disimular supiera el descontento. La falta de salud se ve en mi cara, pero no la ocasión.

DUQUE.

Mucho presumen los médicos de Mantua y de Ferrara, y todos finalmente se resumen en que casarte es el mejor remedio en que tales tristezas se consumen.

FEDERICO.

Para doncellas era mejor medio, señor, que para un hombre de mi estado, que no por esos medios me remedio.

CASANDRA.

Aun apenas el Duque me ha mirado. ¡Desprecio extraño y vil descortesía!

LUCRECIA.

Si no te ha visto, no será culpado.

CASANDRA.

Fingir descuido es brava tiranía. Vamos, Lucrecia, que si no me engaño, de este desdén le pesará algún día.

(_Vanse las dos_).

DUQUE.

Si bien de la verdad me desengaño, yo quiero proponerte un casamiento no lejos de tu amor, ni en reino extraño.

FEDERICO.

¿Es por ventura Aurora?

DUQUE.

El pensamiento me hurtaste, al producirle por los labios como quien tuvo el mismo sentimiento. Yo consulté los más ancianos sabios del magistrado nuestro, y todos vienen en que esto sobredora tus agravios.

FEDERICO.

Poca experiencia de mi pecho tienen; neciamente me juzgan agraviado, pues sin causa ofendido me previenen. Ellos saben que nunca reprobado tu casamiento de mi voto ha sido, antes por tu sosiego deseado.

DUQUE.

Así lo creo y siempre lo he creído, y esa obediencia, Federico, pago con estar de casarme arrepentido.

FEDERICO.

Señor, porque no entiendas que yo hago sentimiento de cosa que es tan justa, y el amor que me muestras satisfago, sabré primero si mi prima gusta, y luego, disponiendo mi obediencia, pues lo contrario fuera cosa injusta, haré lo que me mandas.

DUQUE.

Su licencia tengo firmada de su misma boca.

FEDERICO.

Yo sé que hay novedad de cierta ciencia, y que, porque a servirla le provoca, el Marqués en Ferrara se ha quedado.

DUQUE.

Pues eso, Federico, ¿qué te toca?

FEDERICO.

Al que se ha de casar le da cuidado el galán que ha servido, y aun enojos, que es escribir sobre papel borrado.

DUQUE.

Si andan los hombres a mirar antojos, encierren en castillos las mujeres desde que nacen, contra tantos ojos; que el más puro cristal, si verte quieres, se mancha del aliento; mas ¿qué importa si del mirar escrupuloso eres?, pues luego que se limpia y se reporta, tan claro queda como estaba de antes.

FEDERICO.

¡Muy bien tu ingenio y tu valor me exorta! Señor, cuando centellas rutilantes escupe alguna fragua, y el que fragua quiere apagar las llamas resonantes, moja las brasas de la ardiente fragua, pero, rebeldes ellas, crecen luego, y arde el fuego voraz lamiendo el agua. Así un marido, del amante ciego, templa el deseo y la primera llama, pero puede volver más vivo el fuego; y así debo temerme de quien ama, que no quiero ser agua que le aumente dando fuego a mi honor y humo a mi fama.

DUQUE.

Muy necio, Conde, estás, e impertinente: hablas de Aurora cual si noche fuera, con bárbaro lenguaje, e indecente.

FEDERICO.

Espera.

DUQUE.

¿Para qué?

FEDERICO.

Señor, espera.

(_Vase_).

BATÍN.

¡Oh, qué bien has negociado la gracia del Duque!

FEDERICO.