Part 1
NOTA DE TRANSCRIPCIÓN
* Las cursivas se muestran entre _subrayados_ y las versalitas se han convertido a MAYÚSCULAS.
* Los errores de imprenta han sido corregidos tras consultar otras ediciones modernas y el manuscrito Ticknor conservado en Boston.
* La ortografía del texto original ha sido modernizada de acuerdo con las normas publicadas en 2010 por la Real Academia Española, siempre que no resultara afectada la métrica o la rima del verso.
* Las abreviaturas en los nombres de los personajes han sido expandidas para mayor facilidad de lectura.
* El comienzo de las estrofas se señala por un breve sangrado.
* Se destacan los versos relevantes de la _glosa_ «En fin, señora, me veo» del final del segundo acto, pág. 37, como hacen las ediciones modernas.
EL CASTIGO SIN VENGANZA, TRAGEDIA DE FREY LOPE FÉLIX DE VEGA CARPIO del hábito de San Juan, Procurador Fiscal de la Cámara Apostólica del Arzobispado de Toledo.
AL EXCELENTÍSIMO SEÑOR DON LUIS FERNÁNDEZ de Córdova, Cardona y Aragón; Duque de Sessa, de Baena, y de Soma; Conde de Cabra, Palamós, y Olivito; Vizconde de Hinajar; Señor de las Baronías de Belpuche, Liñola, y Calonge; Gran Almirante de Nápoles, y Capitán General del mar de aquel reino, y Comendador de Bedmar y Albanchez, de la Orden y Caballería de Santiago, etc.
[Ilustración]
Año 1634. Con licencia, En Barcelona, por PEDRO LACAVALLERÍA, junto la Librería.
APROBACIÓN DEL MUY REVERENDO PADRE MAESTRO fray Francisco Palau del Orden de Predicadores.
He leído con sumo gusto y debido aplauso la famosa tragedia del Castigo sin Venganza, la cual me ha mandado leer el muy ilustre señor don Ramón de Santmenat y de Lanuza, canónigo y arcediano y vicario general en la santa iglesia de Barcelona, para que, con mi aprobación y censura, se pueda comunicar por la impresión a todo el mundo, y satisfacer a tantos que con particulares y debidas ansias desean verla. Con decir que es de frey Lope Félix de Vega Carpio, y que la confiesa por hija de su ingenio, queda aprobada por muy conforme a la fe y buenas costumbres, y adornada y compuesta de suma erudición, doctrina, elegancia y agudeza acostumbrada; y de hecho es tal esta tragedia que solo podía ser de Lope, y solo la podía hacer su caudaloso ingenio. Pero ¿qué hay que admirarse de esta?, pues quien hubiere leído sus obras (que son muchísimas) y advertido aquel su natural corriente y propiedad de términos, que parece le obedecen todas las ciencias e historias y la frasis castellana, le ha de tener por la octava maravilla del mundo, pues dicen ellas mismas que todo lo sabe, y con eminencia; y que es la preciosa piedra Acates, la cual (como cuenta Plinio, y refiere Bartolomé Cassaneo) tenía esculpidas las nueve musas (que son las ciencias) con sus cetros y demás insignias e instrumentos, y al dios Apolo en medio tocando su cítara. Y así si se glorió y tuvo por muy dichoso Pirro, rey de los epirotas, de tener tan inestimable piedra, con mayores ventajas debe estar muy ufana la coronada villa de Madrid, y aun España toda, de tener a Lope, y por muy felices y dichosos los presentes siglos que gocen de su resplandor, y quedan enriquecidos con sus quilates, pues tienen en un sujeto todas las musas, que es tener todas las ciencias; y así merece le pongan como a aquellas los dorados cetros en las manos, y coronen sus sienes con vistosas y gallardas guirnaldas de plumas, como las que se pusieron las mismas musas, compuestas de las que tomaron de las alas de sus vencidas sirenas, porque atrevidamente quisieron competir con ellas, como lo refieren Alciato, Lilio Giraldo, Séneca, Pitágoras, san Clemente Alejandrino, san Teodoreto, Del Río y otros para que prosiga con su veloz vuelo la parlera fama de este nuestro ave Fénix, no de España, y por España sola (que para nuestro héroe es corto espacio), sino del mundo y por el mundo todo. Este es mi sentimiento, que para elogio es muy corto. De Santa Catalina Mártir de Barcelona, julio 23 de 1634.
_Fray Francisco Palau._
Santmenat Vic. Gen. & Offic.
_Don Franciscus de Erill, Cancell._
AL EXCELENTÍSIMO SEÑOR DUQUE DE SESSA, MI SEÑOR, etc.
Desigual atrevimiento parece dedicar a Vuestra Excelencia esta tragedia, cuando fuera más justo poemas heroicos, de quien fuera argumento las gloriosas hazañas de sus progenitores invictísimos, que dieron a la Corona de España tantos reinos, a las plumas tantas historias, a la fama tantos triunfos, y a las armas insignes de su apellido tantas banderas, de que son fieles testigos reyes infieles, y alguno que, preso, ocupa (con honra suya) un cuartel de ellas entre los Córdovas, Cardonas y Aragones, ilustrísimos por inmortal memoria en tantos siglos, y por sangre generosa en tantos reinos. Mas, como suele el que cultiva flores enviar al dueño del jardín algunas como en reconocimiento de que son suyas las que quedan, así yo me atrevo a enviar a Vuestra Excelencia las de este asunto, indicio de que reconocen las demás que de todas es señor, como del que las cultiva. En los amigos, los presentes son amor; en los amantes, cuidado; en los pretendientes, cohecho; en los obligados, agradecimiento; en los señores, favor, en los criados, servicio. Este no va a solicitar mercedes, sino a reconocer obligaciones, de tantas como he recibido de sus liberales manos en tantos años que ha que vivo escrito en el número de los criados de su casa. Guarde nuestro Señor a Vuestra Excelencia como deseo.
Frey Lope Félix de Vega Carpio.
EL PRÓLOGO.
Señor lector, esta tragedia se hizo en la corte solo un día, por causas que a vuestra merced le importan poco. Dejó entonces tantos deseosos de verla que los he querido satisfacer con imprimirla. Su historia estuvo escrita en lengua latina, francesa, alemana, toscana, y castellana: esto fue prosa, ahora sale en verso. Vuestra merced la lea por mía, porque no es impresa en Sevilla, cuyos libreros, atendiendo a la ganancia, barajan los nombres de los poetas, y a unos dan sietes y a otros sotas, que hay hombres que por dinero no reparan en el honor ajeno, que a vueltas de sus mal impresos libros venden y compran. Advirtiendo que está escrita al estilo español, no por la antigüedad griega y severidad latina, huyendo de las sombras, nuncios y coros; porque el gusto puede mudar los preceptos, como el uso los trajes, y el tiempo las costumbres.
PERSONAS DEL PRIMER ACTO.
El Duque de Ferrara. Autor. Casandra. Autora. El Conde Federico. Arias. Aurora. Bernarda. Albano. Lucrecia. Gerónima. Rutilio. Batín. Salinas. Floro. Cintia. María Zavallos. Lucindo. Febo y Ricardo. El Marqués Gonzaga. Salas.
ACTO PRIMERO.
(_El Duque de Ferrara, de noche; Febo y Ricardo, criados_).
RICARDO.
¡Linda burla!
FEBO.
Por extremo; pero ¿quién imaginara, que era el Duque de Ferrara?
DUQUE.
Que no me conozcan temo.
RICARDO.
Debajo de ser disfraz, hay licencia para todo, que aun el cielo en algún modo es de disfraces capaz. ¿Qué piensas tú que es el velo con que la noche le tapa? Una guarnecida capa con que se disfraza el cielo. Y para dar luz alguna las estrellas que dilata son pasamanos de plata y una encomienda la luna.
DUQUE.
¿Ya comienzas desatinos?
FEBO.
No, lo ha pensado poeta de estos de la nueva seta, que se imaginan divinos.
RICARDO.
Si a sus licencias apelo, no me darás culpa alguna, que yo sé quien a la luna llamó requesón del cielo.
DUQUE.
Pues no te parezca error, que la poesía ha llegado a tan miserable estado que es ya como jugador de aquellos transformadores, muchas manos, ciencia poca, que echan cintas por la boca de diferentes colores. Pero dejando a otro fin esta materia cansada, no es mala aquella casada.
RICARDO.
¿Cómo mala? ¡Un serafín! Pero tiene un bravo azar que es imposible sufrillo.
DUQUE.
¿Cómo?
RICARDO.
Un cierto maridillo, que toma, y no da lugar.
FEBO.
¡Guarda la cara!
DUQUE.
Ese ha sido siempre el más crüel linaje de gente de este paraje.
FEBO.
El que la gala, el vestido y el oro deja traer, tenga (pues él no lo ha dado) lástima al que lo ha comprado, pues si muere su mujer, ha de gozar la mitad, como bienes gananciales.
RICARDO.
Cierto que personas tales poca tienen caridad, hablando cultidiablesco, por no juntar las dicciones.
DUQUE.
Tienen esos socarrones con el diablo parentesco, que, obligando a consentir, después estorba el obrar.
RICARDO.
Aquí pudiera llamar; pero hay mucho que decir.
DUQUE.
¿Cómo?
RICARDO.
Una madre beata, que reza, y riñe a dos niñas entre majuelos y viñas, una perla, y otra plata.
DUQUE.
Nunca de exteriores fío.
RICARDO.
No lejos vive una dama como azúcar de retama, dulce y morena.
DUQUE.
¿Qué brío?
RICARDO.
El que pide la color; mas el que con ella habita, es de cualquiera visita cabizbajo rumiador.
FEBO.
Rumiar siempre fue de bueyes.
RICARDO.
Cerca he visto una mujer que diera buen parecer si hubiera estudiado leyes.
DUQUE.
Vamos allá.
RICARDO.
No querrá abrir a estas horas.
DUQUE.
¿No? ¿Y si digo quién soy yo?
RICARDO.
Si lo dices, claro está.
DUQUE.
Llama pues.
RICARDO.
Algo esperaba, que a dos patadas salió.
(_Cintia en lo alto_).
CINTIA.
¿Quién es?
RICARDO.
Yo soy.
CINTIA.
¿Quién es yo?
RICARDO.
Amigos, Cintia. ¡Abre, acaba, que viene el Duque conmigo! ¡Tanto mi alabanza pudo!
CINTIA.
¿El Duque?
RICARDO.
¿Eso dudas?
CINTIA.
Dudo, no digo el venir contigo, mas el visitarme a mí tan gran señor, y a tal hora.
RICARDO.
Por hacerte gran señora viene disfrazado así.
CINTIA.
Ricardo, si el mes pasado lo que ahora me dijeras del Duque, me persuadieras que a mis puertas ha llegado; pues toda su mocedad ha vivido indignamente, fábula siendo a la gente su viciosa libertad. Y como no se ha casado por vivir más a su gusto, sin mirar que fuera injusto ser de un bastardo heredado, —aunque es mozo de valor Federico—, yo creyera que el Duque a verme viniera; mas ya que como señor se ha venido a recoger, y de casar concertado su hijo a Mantua ha enviado por Casandra, su mujer, no es posible que ande haciendo locuras de noche ya, cuando esperándola está y su entrada previniendo; que si en Federico fuera libertad, ¿qué fuera en él? Y si tu fueras fiel, aunque él ocasión te diera, no anduvieras atrevido deslustrando su valor, que ya el Duque, tu señor, está acostado y dormido. Y así cierro la ventana, que ya sé que fue invención para hallar conversación. ¡Adiós, y vuelve mañana!
DUQUE.
¡A buena casa de gusto me has traído!
RICARDO.
Yo, señor, ¿qué culpa tengo?
DUQUE.
Fue error fiarle tanto disgusto para la noche que viene.
FEBO.
Si quieres, yo romperé la puerta.
DUQUE.
¡Que esto escuché!
FEBO.
Ricardo la culpa tiene. Pero, señor, quien gobierna, si quiere saber su estado, cómo es temido o amado, deja la lisonja tierna del crïado adulador y disfrazado, de noche, en traje humilde o en coche, salga a saber su valor; que algunos emperadores se valieron de este engaño.
DUQUE.
Quien escucha, oye su daño, y fueron, aunque doctores, filósofos majaderos, porque el vulgo no es censor de la verdad, y es error de entendimientos groseros fiar la buena opinión de quien, inconstante y vario, todo lo juzga al contrario de la ley de la razón. Un quejoso, un descontento echa, por vengar su ira, en el vulgo una mentira, a la novedad atento. Y como por su bajeza no la puede averiguar, ni en los palacios entrar, murmura de la grandeza. Yo confieso que he vivido libremente y sin casarme, por no querer sujetarme, y que también parte ha sido pensar que me heredaría Federico, aunque bastardo: mas ya que a Casandra aguardo, que Mantua con él me envía, todo lo pondré en olvido.
FEBO.
Será remedio casarte.
RICARDO.
Si quieres desenfadarte, pon a esta puerta el oído.
DUQUE.
¿Cantan?
RICARDO.
¿No lo ves?
DUQUE.
¿Pues quién vive aquí?
RICARDO.
Vive un autor de comedias.
FEBO.
Y el mejor de Italia.
DUQUE.
Ellos cantan bien. ¿Tiénelas buenas?
RICARDO.
Están entre amigos y enemigos: buenas las hacen amigos con los aplausos que dan, y los enemigos, malas.
FEBO.
No pueden ser buenas todas.
DUQUE.
Febo, para nuestras bodas prevén las mejores salas, y las comedias mejores, que no quiero que repares en las que fueren vulgares.
FEBO.
Las que ingenios y señores aprobaren llevaremos.
DUQUE.
¿Ensayan?
RICARDO.
Y habla una dama.
DUQUE.
Si es Andrelina, es de fama. ¡Qué acción! ¡Qué afectos! ¡Qué extremos!
(_Dentro_).
«Déjame pensamiento, no más, no más, memoria, que mi pasada gloria conviertes en tormento, y de este sentimiento ya no quiero memoria sino olvido, que son de un bien perdido, aunque presumes que mi mal mejoras, discursos tristes para alegres horas».
DUQUE.
¡Valiente acción!
FEBO.
¡Extremada!
DUQUE.
Más oyera: pero estoy sin gusto, a acostarme voy.
RICARDO.
¿A las diez?
DUQUE.
Todo me enfada.
RICARDO.
Mira que es esta mujer única.
DUQUE.
Temo que hable alguna cosa notable.
RICARDO.
De ti ¿cómo puede ser?
DUQUE.
¿Ahora sabes, Ricardo, que es la comedia un espejo en que el necio, el sabio, el viejo, el mozo, el fuerte, el gallardo, el rey, el gobernador, la doncella, la casada, siendo al ejemplo escuchada de la vida y del honor, retrata nuestras costumbres, o livianas o severas, mezclando burlas y veras, donaires y pesadumbres? Basta, que oí del papel de aquella primera dama el estado de mi fama; bien claro me hablaba en él. ¿Que escuche, me persüades, la segunda? Pues no ignores que no quieren los señores oír tan claras verdades.
(_Federico de camino muy galán, y Batín, criado_).
BATÍN.
Desconozco el estilo de tu gusto. ¿Ahora en cuatro sauces te detienes, cuando a negocio, Federico, vienes de tan grande importancia?
FEDERICO.
Mi disgusto no me permite, como fuera justo, más prisa y más cuidado, antes la gente dejo, fatigado de varios pensamientos, y al dosel de estos árboles que, atentos a las dormidas ondas de este río, en su puro cristal, sonoro y frío, mirando están sus copas, después que los vistió de verdes ropas. De mí mismo quisiera retirarme, que me cansa el hablarme del casamiento de mi padre, cuando pensé heredarle, que si voy mostrando a nuestra gente gusto, como es justo, el alma llena de mortal disgusto, camino a Mantua, de sentido ajeno, que voy por mi veneno, en ir por mi madrastra, aunque es forzoso.
BATÍN.
Ya de tu padre el proceder vicioso, de propios y de extraños reprendido, quedó a los pies de la virtud vencido; ya quiere sosegarse, que no hay freno, señor, como casarse. Presentole un vasallo al rey francés un bárbaro caballo de notable hermosura, Cisne en el nombre, y por la nieve pura de la piel que cubrían las rizas canas que a los pies caían de la cumbre del cuello, en levantando la pequeña cabeza. Finalmente le dio naturaleza, que alguna dama estaba imaginando hermosura y desdén, porque su furia tenía por injuria sufrir el picador más fuerte y diestro. Viendo tal hermosura y tal siniestro, mandole el rey echar en una cava, a un soberbio león, que en ella estaba; y en viéndole feroz, apenas viva el alma sensitiva, hizo que el cuerpo alrededor se entolde de las crines, que ya crespas sin molde, si el miedo no lo era, formaron como lanzas blanca esfera, y en espín erizado de orgulloso caballo transformado; sudó por cada pelo una gota de hielo, y quedó tan pacífico y humilde que fue un enano en sus arzones tilde, y el que a los picadores no sufría, los pícaros sufrió desde aquel día.
FEDERICO.
Batín, ya sé que a mi vicioso padre no pudo haber remedio que le cuadre como es el casamiento; pero ¿no ha de sentir mi pensamiento haber vivido con tan loco engaño? Ya sé que al más altivo, al más extraño, le doma una mujer, y que, delante de este león, el bravo, el arrogante se deja sujetar del primer niño que con dulce cariño y media lengua, o muda o balbuciente, teniéndole en los brazos le consiente que le tome la barba. Ni rudo labrador la roja parva, como un casado la familia mira, y de todos los vicios se retira. Mas ¿qué me importa a mí que se sosiegue mi padre, y que se niegue a los vicios pasados, si han de heredar sus hijos sus estados, y yo, escudero vil, traer en brazos algún león, que me ha de hacer pedazos?
BATÍN.
Señor, los hombres cuerdos y discretos, cuando se ven sujetos a males sin remedio, poniendo la paciencia de por medio fingen contento, gusto y confianza por no mostrar envidia y dar venganza.
FEDERICO.
¿Yo sufriré madrastra?
BATÍN.
¿No sufrías las muchas que tenías con los vicios del Duque? Pues ahora sufre una sola, que es tan gran señora.
FEDERICO.
¿Qué voces son aquellas?
BATÍN.
En el vado del río suena gente.
FEDERICO.
Mujeres son, a verlas voy.
BATÍN.
¡Detente!
FEDERICO.
¡Cobarde! ¿No es razón favorecellas?
(_Vase_).
BATÍN.
Excusar el peligro es ser valiente. ¡Lucindo, Albano, Floro!
(_Estos salen_).
LUCINDO.
El Conde llama.
ALBANO.
¿Dónde está Federico?
FLORO.
¿Pide acaso los caballos?
BATÍN.
Las voces de una dama con poco seso y con valiente paso le llevaron de aquí; mientras le sigo, llamad la gente.
(_Vase_).
LUCINDO.
¿Dónde vas? Espera.
ALBANO.
Pienso que es burla.
FLORO.
Y yo lo mismo digo; aunque suena rumor en la ribera de gente que camina.
LUCINDO.
Mal Federico a obedecer se inclina el nuevo dueño, aunque por ella viene.
ALBANO.
Sale a los ojos el pesar que tiene.
(_Federico sale con Casandra en los brazos_).
FEDERICO.
Hasta poneros aquí los brazos me dan licencia.
CASANDRA.
Agradezco, caballero, vuestra mucha gentileza.
FEDERICO.
Y yo a mi buena fortuna traerme por esta selva, casi fuera de camino.
CASANDRA.
¿Qué gente, señor, es esta?
FEDERICO.
Crïados que me acompañan. No tengáis, señora, pena, todos vienen a serviros.
(_Batín sale con Lucrecia, criada, en los brazos_).
BATÍN.
Mujer, dime, ¿cómo pesas, si dicen que sois livianas?
LUCRECIA.
Hidalgo, ¿dónde me llevas?
BATÍN.
A sacarte por lo menos de tanta enfadosa arena como la falta del río en estas orillas deja. Pienso que fue treta suya por tener ninfas tan bellas volverse el coche al salir, que si no fuera tan cerca, corriérades gran peligro.
FEDERICO.
Señora, porque yo pueda hablaros con el respeto que vuestra persona muestra, decidme quién sois.
CASANDRA.
Señor, no hay causa por que no deba decirlo. Yo soy Casandra, ya de Ferrara Duquesa, hija del Duque de Mantua.
FEDERICO.
¿Cómo puede ser que sea Vuestra Alteza, y venir sola?
CASANDRA.
No vengo sola, que fuera cosa imposible. No lejos el Marqués Gonzaga queda, a quien pedí me dejase, atravesando una senda, pasar sola en este río, parte de esta ardiente siesta, y por llegar a la orilla, que me pareció cubierta de más árboles y sombras, había más agua en ella, tanto, que pude correr, sin ser mar, fortuna adversa; mas no pudo ser Fortuna, pues se pararon las ruedas. Decidme, señor, quién sois, aunque ya vuestra presencia lo generoso asegura y lo valeroso muestra; que es razón que este favor no solo yo le agradezca, pero el Marqués y mi padre que tan obligados quedan.
FEDERICO.
Después que me dé la mano, sabrá quién soy Vuestra Alteza.
CASANDRA.
¿De rodillas? ¡Es exceso! No es justo que lo consienta la mayor obligación.
FEDERICO.
Señora, es justo, y es fuerza; mirad que soy vuestro hijo.
CASANDRA.
Confieso que he sido necia en no haberos conocido. ¿Quién sino quien sois pudiera valerme en tanto peligro? Dadme los brazos.
FEDERICO. Merezca vuestra mano.
CASANDRA. No es razón. Dejadles pagar la deuda, señor Conde Federico.
FEDERICO.
El alma os dé la respuesta.
(_Hablen quedo, y diga Batín_).
BATÍN.
Ya que ha sido nuestra dicha que esta gran señora sea por quien íbamos a Mantua, solo resta que yo sepa si eres tú Vuestra Merced, Señoría o Excelencia, para que pueda medir lo razonado a las prendas.
LUCRECIA.
Desde mis primeros años sirvo, amigo, a la Duquesa, soy domestica criada; visto y desnudo a Su Alteza.
BATÍN.
¿Eres camarera?
LUCRECIA.
No.
BATÍN. Serás haciacamarera, como que lo fuiste a ser y te quedaste a la puerta. Tal ves tienen los señores como lo que tú me cuentas unas criadas malillas, entre doncellas y dueñas, que son todo y no son nada. ¿Cómo te llamas?
LUCRECIA.
Lucrecia.
BATÍN.
¿La de Roma?
LUCRECIA.
Más acá.
BATÍN.
¡Gracias a Dios, que con ella topé! Que desde su historia, traigo llena la cabeza de castidades forzadas y de diligencias necias. ¿Tú viste a Tarquinio?
LUCRECIA.
¿Yo?
BATÍN.
¿Y qué hicieras si le vieras?
LUCRECIA.
¿Tienes mujer?
BATÍN.
¿Por qué causa lo preguntas?
LUCRECIA.
Porque pueda ir a tomar su consejo.
BATÍN.
Herísteme por la treta. ¿Tú sabes quien soy?
LUCRECIA.
¿De qué?
BATÍN.
¿Es posible que no llega aun hasta Mantua la fama de Batín?
LUCRECIA.
¿Por qué excelencias? Pero tú debes de ser como unos necios que piensan que en todo el mundo su nombre por único se celebra, y apenas le sabe nadie.
BATÍN.
No quiera Dios que tal sea, ni que murmure envidioso de las virtudes ajenas; esto dije por donaire, que no porque piense o tenga satisfacción y arrogancia. Verdad es que yo quisiera tener fama entre hombres sabios que ciencia y letras profesan, que en la ignorancia común no es fama sino cosecha, que sembrando disparates coge lo mismo que siembra.
CASANDRA.
Aún no acierto a encarecer el haberos conocido, poco es lo que había oído para lo que vengo a ver, el hablar, el proceder a la persona conforma, hijo y mi señor, de forma que muestra en lo que habéis hecho cuál es el alma del pecho que tan gran sujeto informa. Dicha ha sido haber errado el camino que seguí, pues más presto os conocí por yerro tan acertado; cual suele en el mar airado la tempestad, después de ella ver aquella lumbre bella, así fue mi error la noche, mar el río, nave el coche, yo el piloto, y vos mi estrella. Madre os seré desde hoy, señor Conde Federico, y de este nombre os suplico que me honréis, pues ya lo soy. De vos tan contenta estoy, y tanto el alma repara en prenda tan dulce y cara, que me da más regocijo teneros a vos por hijo que ser Duquesa en Ferrara.
FEDERICO.