Part 5
No sé cómo he podido mirar, Conde traidor, tu infame cara. ¡Qué libre, qué fingido, con la invención de Aurora se repara para que yo no entienda que puede ser posible que me ofenda! Lo que más me asegura es ver con el cuidado y diligencia, que a Casandra murmura que le ha tratado mal en esta ausencia, que piensan los delitos que callan cuando están hablando a gritos. De que la llame madre se corre, y dice bien, pues es su amiga la mujer de su padre, y no es justo que ya madre se diga. Pero yo, ¿cómo creo con tal facilidad caso tan feo? ¿No puede un enemigo del Conde haber tan gran traición forjado, porque con su castigo, sabiendo mi valor, quede vengado? Ya de haberlo creído, si no estoy castigado, estoy corrido.
(_Entren Casandra y Aurora_).
AURORA.
De vos espero, señora, mi vida en esta ocasión.
CASANDRA.
Ha sido digna elección de tu entendimiento, Aurora.
AURORA.
Aquí está el Duque.
CASANDRA.
Señor, ¿tanto desvelo?
DUQUE.
A mi estado debo, por lo que he faltado, estos indicios de amor. Si bien del Conde y de vos ha sido tan bien regido, como muestra agradecido este papel de los dos. Todos alaban aquí lo que los dos merecéis.
CASANDRA.
Al Conde, señor, debéis ese cuidado, no a mí, que, sin lisonja, os prometo que tiene heroico valor, en toda acción superior, gallardo como discreto: un retrato vuestro ha sido.
DUQUE.
Ya sé que me ha retratado tan igual en todo estado, que por mí le habéis tenido, de que os prometo, señora, debida satisfacción.
CASANDRA.
Una nueva petición os traigo, señor, de Aurora. Carlos la pide, ella quiere, y yo os lo suplico.
DUQUE.
Creo, que le ha ganado el deseo, quien en todo le prefiere. El Conde se va de aquí, y me la ha pedido ahora.
CASANDRA.
¿El Conde ha pedido a Aurora?
DUQUE.
Sí, Casandra.
CASANDRA.
¿El Conde?
DUQUE.
Sí.
CASANDRA.
Solo de vos lo creyera.
DUQUE.
Y así se la pienso dar. Mañana se han de casar.
CASANDRA.
Será como Aurora quiera.
AURORA.
Perdóneme Vuestra Alteza, que el Conde no será mío.
DUQUE.
¿Qué espero más? ¿Qué porfío? Pues, Aurora, en gentileza, entendimiento y valor, ¿no vence al Marqués?
AURORA.
No sé. Cuando quise y le rogué, él me despreció, señor, y ahora que él quiere, es justo que yo le desprecie a él.
DUQUE.
Hazlo por mí, no por él.
AURORA.
El casarse ha de ser gusto, yo no le tengo del Conde.
DUQUE.
Extraña resolución.
CASANDRA.
Aurora tiene razón, aunque atrevida responde.
DUQUE.
No tiene, y ha de casarse, aunque le pese.
CASANDRA.
Señor, no uséis del poder, que amor es gusto y no ha de forzarse.
(_Vanse Aurora y el Duque_).
Ay de mí, que se ha cansado el traidor Conde de mí.
(_Entre el Conde_).
FEDERICO.
¿No estaba mi padre aquí?
CASANDRA.
¿Con qué infame desenfado, traidor Federico, vienes, habiendo pedido a Aurora al Duque?
FEDERICO.
Paso, señora, mira el peligro que tienes.
CASANDRA.
¡Qué peligro, cuando estoy, villano, fuera de mí!
FEDERICO.
¿Pues tú das voces así?
(_Entre el Duque acechando_).
DUQUE.
Buscando testigos voy. Desde aquí quiero escuchar, que, aunque mal, tengo de oír, Lo que no puedo sufrir es lo que vengo a buscar.
FEDERICO.
Oye, señora, y repara en tu grandeza siquiera.
CASANDRA.
¿Cuál hombre en el mundo hubiera que cobarde me dejara, después de haber obligado con tantas ansias de amor a su gusto mi valor?
FEDERICO.
Señora, aún no estoy casado. Asegurar pretendí al Duque, y asegurar nuestra vida, que durar no puede, Casandra, así; que no es el Duque algún hombre de tan baja condición que a sus ojos, ni es razón, se infame su ilustre nombre. Basta el tiempo que tan ciegos el amor nos na tenido.
CASANDRA.
¡Oh, cobarde, mal nacido! Las lágrimas y los ruegos hasta hacernos volver locas robando las honras nuestras, que de las traiciones vuestras cuerdas se libraron pocas, ¿ahora son cobardías? ¡Pues, perro, sin alma estoy!
DUQUE.
Si aguardo, de mármol soy. ¿Qué esperáis desdichas mías? Sin tormento han confesado, pero sin tormento no, que claro está que soy yo a quien el tormento han dado. No es menester más testigo, confesaron de una vez; prevenid pues sois jüez, honra, sentencia y castigo. Pero de tal suerte sea, que no se infame mi nombre, que en público siempre a un hombre queda alguna cosa fea. Y no es bien que hombre nacido sepa que yo estoy sin honra, siendo enterrar la deshonra como no haberla tenido. Que aunque parece defensa de la honra el desagravio, no deja de ser agravio cuando se sabe la ofensa.
(_Vase_).
CASANDRA.
¡Ay, desdichadas mujeres! ¡Ay, hombres falsos sin fe!
FEDERICO.
Digo, señora, que haré todo lo que tú quisieres, y esta palabra te doy.
CASANDRA.
¿Será verdad?
FEDERICO.
Infalible.
CASANDRA.
Pues no hay a Amor imposible. Tuya he sido, y tuya soy; No ha de faltar invención para vernos cada día.
FEDERICO.
Pues vete, señora mía, y pues tienes discreción, finge gusto, pues es justo, con el Duque.
CASANDRA.
Así lo haré sin tu ofensa; que yo sé que el que es fingido no es gusto.
(_Vanse los dos_).
(_Entren Aurora y Batín_).
BATÍN.
Yo he sabido, hermosa Aurora, que ha de ser, o ya lo es, tu dueño el señor Marqués, y que a Mantua os vais, señora. Y así vengo a suplicar, que allá me llevéis.
AURORA.
Batín, mucho me admiro. ¿A que fin al Conde quieres dejar?
BATÍN.
Servir mucho y medrar poco es un linaje de agravio que al más cuerdo, que al más sabio, o le mata o vuelve loco. «Hoy te doy, mañana no; quizá te daré después». Yo no sé «quizá» quién es, mas sé que nunca «quizó». Fuera de esto, está endiablado el Conde; no sé qué tiene: ya triste, ya alegre viene, ya cuerdo, ya destemplado. La Duquesa, pues, también insufrible y desigual. Pues donde va a todos mal, ¿quieres que me vaya bien? El Duque, santo fingido, consigo a solas hablando, como hombre que anda buscando algo que se le ha perdido. Toda la casa lo está; contigo a Mantua me voy.
AURORA.
Si yo tan dichosa soy que el Duque a Carlos me da, yo te llevaré conmigo.
BATÍN.
¡Beso mil veces tus pies, y voy a hablar al Marqués!
(_Vase, y entra el Duque_).
DUQUE.
¡Ay, honor, fiero enemigo! ¿Quién fue el primero que dio tu ley al mundo? ¡Y que fuese mujer quien en sí tuviese tu valor, y el hombre no! Pues sin culpa el más honrado te puede perder, honor, bárbaro legislador fue tu inventor, no letrado. Mas dejarla entre nosotros muestra que fuiste ofendido, pues esta invención ha sido para que lo fuesen otros. ¡Aurora!
AURORA.
Señor.
DUQUE.
Ya creo que con el Marqués te casa la Duquesa, y yo a su ruego; que más quiero contentarla que dar este gusto al Conde.
AURORA.
Eternamente obligada quedo a servirte.
DUQUE.
Bien puedes decir a Carlos que a Mantua escriba al Duque, su tío.
AURORA.
Voy donde el Marqués aguarda tan dichosa nueva.
(_Vase Aurora_).
DUQUE.
Cielos, hoy se ha de ver en mi casa, no más de vuestro castigo: alzad la divina vara. No es venganza de mi agravio, que yo no quiero tomarla en vuestra ofensa, y de un hijo ya fuera bárbara hazaña. Este ha de ser un castigo vuestro no más, porque valga para que perdone el cielo el rigor por la templanza. Seré padre y no marido dando la justicia santa a un pecado sin vergüenza un castigo sin venganza. Esto disponen las leyes del honor, y que no haya publicidad en mi afrenta con que se doble mi infamia. Quien en público castiga dos veces su honor infama; pues, después que le ha perdido por el mundo le dilata. La infame Casandra dejo de pies y manos atada, con un tafetán cubierta, y, por no escuchar sus ansias, con una liga en la boca, porque, al decirle la causa, para cuanto quise hacer medio lugar, desmayada. Esto aun pudiera, ofendida, sufrir la piedad humana; pero dar la muerte a un hijo, ¿qué corazón no desmaya? Solo de pensarlo, ¡ay, triste!, tiembla el cuerpo, espira el alma, lloran los ojos, la sangre muere en las venas heladas, el pecho se desalienta, el entendimiento falta, la memoria está corrida y la voluntad turbada. Como arroyo que detiene el hielo de noche larga, del corazón a la boca prende el dolor las palabras. ¿Qué quieres, amor? ¿No ves que Dios a los hijos manda honrar los padres, y el Conde su mandamiento quebranta? Déjame, amor, que castigue a quien las leyes sagradas contra su padre desprecia, pues tengo por cosa clara que si hoy me quita la honra, la vida podrá mañana. Cincuenta mató Artajerjes con menos causa, y la espada de Darío, Torcuato y Bruto ejecutó sin venganza, las leyes de la justicia. Perdona, Amor, no deshagas el derecho del castigo, cuando el Honor, en la sala de la Razón presidiendo, quiere sentenciar la causa. El fiscal Verdad le ha puesto la acusación, y está clara la culpa, que Ojos y Oídos juraron en la probanza; Amor y Sangre, abogados, le defienden, mas no basta, que la Infamia y la Vergüenza son de la parte contraria. La Ley de Dios, cuando menos, es quien la culpa relata; su Conciencia quien la escribe. ¿Pues para qué me acobardas? Él viene. ¡Ay, cielos, favor!
(_Entre el Conde_).
FEDERICO.
Basta que en palacio anda pública fama, señor, que con el Marqués Gonzaga casas a Aurora, y que luego se parta con ella a Mantua. ¿Mándasme que yo lo crea?
DUQUE.
Conde, ni sé lo que tratan ni he dado al Marqués licencia, que traigo en cosas más altas puesta la imaginación.
FEDERICO.
Quien gobierna, mal descansa. ¿Qué es lo que te da cuidado?
DUQUE.
Hijo, un noble de Ferrara se conjura contra mí con otros que le acompañan. Fiose de una mujer que el secreto me declara: necio quien de ellas se fía, discreto quien las alaba. Llamé al traidor finalmente, que un negocio de importancia dije que con él tenía, y cerrado en esta cuadra le dije el caso, y apenas le oyó, cuando se desmaya, con que pude fácilmente, en la silla donde estaba, atarle y cubrir el cuerpo, porque no viese la cara quien a matarle viniese, por no alborotar a Italia. Tú has venido, y es más justo hacer de ti confianza para que nadie lo sepa. Saca animoso la espada, Conde, y la vida le quita, que a la puerta de la cuadra quiero mirar el valor con que mi enemigo matas.
FEDERICO.
¿Pruébasme acaso, o es cierto que conspirar intentaban contra ti los dos que dices?
DUQUE.
Cuando un padre a un hijo manda una cosa injusta o justa, ¿con él se pone a palabras? ¡Vete, cobarde, que yo...!
FEDERICO.
Ten la espada, y aquí aguarda, que no es temor, pues que dices que es una persona atada; pero no sé qué me ha dado que me está temblando el alma.
DUQUE.
¡Quédate, infame!
FEDERICO.
Ya voy, que, pues tú lo mandas, basta. Pero ¡vive Dios...!
DUQUE.
¡Oh, perro!
FEDERICO.
Ya voy, detente, y si hallara el mismo César, le diera por ti, ¡ay, Dios!, mil estocadas.
DUQUE.
Aquí lo veré. Ya llega, ya con la punta la pasa: ejecute mi justicia quien ejecutó mi infamia. ¡Capitanes! ¡Hola, gente! ¡Venid los que estáis de guarda! ¡Ah, caballeros, criados! ¡Presto!
(_Entren el Marqués, Aurora, Batín, Ricardo y todos los demás que se han introducido_).
MARQUÉS.
¿Para qué nos llamas, señor, con tan altas voces?
DUQUE.
¿Hay tal maldad? A Casandra ha muerto el Conde, no más de porque fue su madrastra y le dijo que tenía mejor hijo en sus entrañas para heredarme. ¡Matadle, matadle! ¡El Duque lo manda!
MARQUÉS.
¿A Casandra?
DUQUE.
Sí, Marqués.
MARQUÉS.
Pues no volveré yo a Mantua sin que la vida le quite.
DUQUE.
Ya con la sangrienta espada sale el traidor.
(_Salga el Conde_).
FEDERICO.
¿Qué es aquesto? Voy a descubrir la cara del traidor que me decías, y hallo...
DUQUE.
¡No prosigas! ¡Calla! ¡Matadle, matadle!
MARQUÉS.
¡Muera!
FEDERICO.
¡Oh, padre! ¿Por qué me matan?
DUQUE.
En el tribunal de Dios, traidor, te dirán la causa. Tú, Aurora, con este ejemplo parte con Carlos a Mantua, que él te merece, y yo gusto.
AURORA.
Estoy, señor, tan turbada que no sé lo que responda.
BATÍN.
Di que sí, que no es sin causa todo lo que ves, Aurora.
AURORA.
Señor, desde aquí a mañana te daré respuesta.
(_Salga el Marqués_).
MARQUÉS.
Ya queda muerto el Conde.
DUQUE.
En tanta desdicha, aun quieren los ojos verle muerto con Casandra.
(_Descúbralos_).
MARQUÉS.
Vuelve a mirar un castigo sin venganza.
DUQUE.
No es tomarla el castigar la justicia. Valor sobra y llanto falta: pagó la maldad que hizo por heredarme.
BATÍN.
Aquí acaba, senado, aquella tragedia del castigo sin venganza, que, siendo en Italia asombro, hoy es ejemplo en España.
_Laus Deo, & M. V._