Part 3
Me llevó á la iglesia por la puerta de la sacristía, me hizo hincar enfrente del altar mayor, y con mucha seriedad, principió:
--¿Jura por Dios y por el Santísimo Sacramento y por la Santa Virgen, no decir nunca á nadie cómo lo he casado, mientras yo esté en Pago Chico y en América?
--¡Sí, juro!--contesté fuerte.
--¡Ponga la mano sobre este libro, que es el Evangelio, y de esta cruz, y jure otra vez!... ¡Y si falta al juramento, los diablos lo perseguirán en esta vida, y lo harán arder en la otra!...
Puse la mano como él decía, y volví á jurar.
--¡Bueno! ahora levántese, dígame cuándo quiere casarse, y se puede ir no más.
--Hoy es jueves. El lunes á la noche, ¿no le parece?
--¡Benissimo! á la nove, ¿no?
--Muy bien;... y ¿no tenemos que confesarnos?
--¡Eh! ¡qué confesarnos, ni confesarnos!... ¡para esta clase de casamiento no se prechisa!...
IX
Figúrense lo contento que me iría á comprar los muebles, aunque hubiesen mermado tanto los pesitos que me dió la gringa Carolina. Los gasté todos y todavía quedé debiendo á nombre de la gringa, para pagar á los dos ó tres meses; el mueblero no tuvo inconveniente en fiarme, porque ya se sabía en el Pago que yo era socio de la pulpería y algunos me la achacaban de querida á la gringa. ¡La gente es tan mala!...
¡Bueno, pues! nos casamos el lunes que habíamos dicho con el cura, y salieron de padrinos el viejo ño Cipriano, y una parda medio adivina que vivía en un ranchito cerca del negocio, y siempre andaba descalza y de pañuelo colorado en la cabeza.
Carolina se había encajado un gran traje de seda negra, con pollera de volados y bata de cadera, y se había puesto una manteleta en la cabeza, que le pasaba por detrás de las orejas y se ataba debajo de la barba, unas caravanas larguísimas de oro que le zangoloteaban á los lados de la cara redonda y colorada, y un tremendo medallón con el retrato del finadito, de medio cuerpo. Después se puso el mío...
El cura, que fué en su bayo peludo, sin sacristán ni nada, nos echó sus jerigonzas, en dos minutos, hizo firmar la partida de casamiento, la firmó él también, salió al patio conmigo, me dió el papel sin que nadie lo viera, montó el sotreta, y se largó al trotecito para el pueblo, gritando:
--¡Eh! ¡Que siano feliche!...
[Ilustración: --¡Eh! ¡Que siano feliche!]
No se quedó á comer como lo había invitado Carolina--y eso que era un gran tragaldabas,--seguramente porque en el Pago no se fuera á maliciar la cosa del casorio falluto.
Pero se llevó un pollo asado, una botella de Chianti y otras cositas más...
Carolina, que se pintaba sola para esas cosas, había hecho una cenita de regular arriba,--y los cuatro,--yo, ella, ño Cipriano y la parda,--nos sentamos á comer y á chupar en grande. ¡No, si era chacota!... El viejo se le prendió al vino como guacho hambriento á leche recién ordeñada. La parda, de consiguiente. Carolina se puso medio alegrona, y yo... ¡no les digo nada!... Á los postres ño Cipriano, para rematar la fiesta se le prendió á la caña de durazno y soltando refranes y dando consejos, se mamó tan fiero, ¡que tuvimos que llevarlo al galpón entre los tres!...
--¡Cosas de la vida! ¡Cosas de la vida!--decía la parda, trastabillando, lagrimeando y babosa con la tranca.
Al rato se enloqueció del todo, y como ni podía estarse parada, se tuvo que quedar aquella noche. Al otro día le dijo á Carolina que había soñado que un ángel bajaba del cielo para venir á bendecirla á ella y á mí, y que ésa era seña segura de que íbamos á ser lo más felices. Que también soñó que le regalaban unas gallinitas, y un corte de vestido... ¡Miren la parda ladina!...
La gringa de puro contenta, porque yo no le había mezquinado aquella noche,--y si no ¡jueguenlé risa no más! ¡después de andar galgueando tanto tiempo!--le regaló efectivamente las gallinas y el generito y hasta me parece que un par de pesos de yapa, con lo que la parda se fué contentísima, blanqueándole los dientes y relampagueándole los ojos.
Yo la atajé cerca del palenque, para pedirle que no fuera á decir nada del casamiento, que tenía que ser cosa muy secreta.
--¿Y á quién l'he d'ecir?--me contestó,--si pronto vo á dirme del pago!...
Y era verdad, porque á los dos meses se fué.
Pero ¡miren lo que son las cosas! Habíamos empezado tan bien cuando ¡zás-trás! ¡no faltó quien viniera á descomponer el baile! En esta vida no hay fiesta completa.
Ño Cipriano, que dejamos tumbado en el galpón, no aparecía aunque el sol ya estuviese alto. Al principio no nos fijamos, pero Carolina me preguntó de repente:
--¿Che, lo has visto al viejo?
--No, ¿y vos?--le contesté.
--Yo tampoco.
--Se habrá ido p'al arroyo con los chanchos.
--¿Que no ves los chanchos encerrados en el chiquero? ¡quién sabe si no le ha pasado algo!...
--Estará durmiendo la mona; pero, no le hace, vamos á ver.
Fuimos al galpón ¡y qué les cuento! nos encontramos al viejo ño Cipriano tendido panza arriba, todo como acalambrado, con la cara color violeta, y frío, helado. Carolina, asustada, comenzó á darle _fletaciones_, pero ¡qué caray! al divino botón: el pobre viejo con la mamúa, había cantado para el carnero. La gringa se me puso á llorar como una Magdalena.
--Pero ¿qué te da, hijita, para llorar de ese modo?--le pregunté.
--Es que... ¡es que ño Cipriano era tan bueno! Y además...
--¿Además, qué?
--¡Que me parece que tenemos que ser muy desgraciados! ¡Miren qué casamiento, con un difunto en la casa, desde el primer día!...
--¡Bah! ¡no seas pava!--le dije, enojado.--¡Ño Cipriano estaba muy viejo, y cualquier día tenía que estirar la pata!... ¡Eso no quiere decir nada; ya sabés... muertos no hablan!... ¡Y, fuera de eso, acordate de lo del ángel y no llorés, sonsa!
Medio se calmó con lo que le dije, pero ya quedó sentida para siempre, y asustadiza y tristona. ¡Así son las mujeres, compañeros: llenas de agüerías!
Yo tuve que costearme al pueblo, á avisar á la autoridad. Á la tarde se presentaron el comisario Barraba, el doctor Carbonero, que era médico de policía, y dos milicos. Después de mucho registrar y molernos á preguntas, de cómo había sido, y cómo no, se llevaron á ño Cipriano en un carrito, para abrirlo y ver de qué espichó, y me quedé solo con Carolina, todavía más triste y asustada.
--¡Lo van á achurar al pobre!... ¡Qué desgracia!... ¡_Maledetta sorte!_
Y volvió á llorar á sollozos.
--¡Miren, la mujer tan grande y tan pazguata!... Déjese de llanto misia Carolina, que eso es de criaturas,--le dije en broma.--¡Para lo que va á sufrir ño Cipriano con que le anden adentro á estas horas! ¡Vaya! vamos á tratar de divertirnos un poco. Los muertos no quieren andar estorbando á los vivos, sino que los dejen quietos. Récele si gusta, pero ahora vamos á ver si comemos, ¡y bien!
¿No les parece natural? ¡Natural!
Carolina se sosegó un poco, fué á cocinar, comimos después de cerrar la pulpería, yo traté de alegrarla con una punta de dichos y hasta milongas, y tempranito no más nos acostamos... Desde el otro día, principió la vidorria y la farra, después de enterrar á ño Cipriano que resultó bien muerto y sin culpa de nadie.
Los amigos--y ya tenía una punta--caían como moscas á La Polvadera y yo los obsequiaba lo mejor que podía.
Carolina se pasaba la vida con las ollas y acomodando la casa. Nosotros, para matar el tiempo, y menudeándole á las copas, armábamos jugarretas de truco y taba; después hicimos riñas de gallos, y hasta dimos bailongos en el patio, entre el palenque y la ramada.
En la taba y las riñas, el comisario--que me había dado permiso, aunque el juego estuviera prohibido en toda la provincia,--no se llevaba más que la mitad de la coima, así es que todo me hubiera salido perfectamente, si no me da la loca por jugar fuerte á mí también.
Como siempre perdía, Carolina principió á rezongar.
--¡Ya decía yo, cuando encontramos al pobre ño Cipriano, que eso había de traer desgracia! ¡Ya todo empieza á andar mal! ¡Oh, Madona, Madona mía!
Y estos lloriqueos y rezongos fueron empeorando, empeorando. La gringa echó un genio de la gran perra. Se me quería imponer y teníamos un sin fin de peloteras, pero ¡qué había de poder conmigo, ni qué se iba á poner mis pantalones, que tengo tan bien puestos!... ¡Á cada zafarrancho, yo, de gusto, lo hacía peor, cataba una mona, y el vino de reserva era el que pagaba el pato!
Por consejo de un amigote, y aunque rabiara la gringa, hice arreglar bien el camino real, en el retazo que estaba frente á La Polvadera, que quedó parejito como un billar. Y ahí no más armé carreras los domingos, también con permiso del comisario Barraba, que sabía á veces presentarse á cobrar la coima en persona, para que no hubiese barullo, ni peleas--decía.
¡Vieran qué lindas farras! Los paisanos caían que era un gusto, y el beberaje y el fandango duraban desde la mañana hasta ya anochecido, el cajón se nos llenaba de cobres, y yo tenía negocio y diversión á un tiempo.
Pero compré un potrillo zaino, parejero, y ésa fué mi perdición...
Una suerte perra me perseguía sin darme alce. Agarraba una taba y ¡zas! culo sin fallar una vez. Al mus siempre había quien se desemporotara primero y ¡á pagar! Al truco ¡parecía cosa del diablo! los compañeros me embromaban con que era capaz de perder el envido con treinta y tres de mano. Si cantaba flor, me echaban el contraflor el resto, y si caía el bicho de parra, ya podía estar seguro de que el contrario empacaba el de amansar locos para darme en el mate. Mis gallos, cuando no me resultaban juidos, tenían que clavar el pico á las primeras de cambio. «¡Pucha que había sido mulita, amigo!»--me sabían decir los camaradas. Era una maldición, y yo, como es natural, me calentaba más cada vez y buscaba el desquite como un toro furioso.
Y como de uvita á uvita se acaba un parral, los pesos volaban que era un contento. Pero tenía una gran esperanza, que era el potrillo zaino, lindo animal, fino de patas, de pescuezo largo y cabeza chica, delgado, sin ni esto de barriga, voluntario como él solo, y más manso que el overo rosado de Laguna. Yo mismo le daba de comer, lo bañaba, lo rasqueteaba, y todas las mañanitas salía á varearlo donde no me vieran. Y en unas cuantas largadas que hicimos de balde y en secreto con unos amigos, el pingo resultó de mi flor. ¡Qué parejero! ¡Con él no me habían de ganar ni por chiripa!
Carolina á todo esto, viendo que la platita se le iba como el agua de una tina sin arcos, comenzó á armarme camorra peor que nunca.
--¡Así no podemos seguir! ¡Estás tirando todo lo que he ganado con mi _trabaco_, canalla!--me decía medio rabiando, medio llorando.
Cuando me hacía enojar mucho, yo gritaba también y más fuerte que ella.
--¡Dejáme en paz! ¡sos una gringa de porra! ¡No me incomodés que te puede costar muy caro! ¡Calláte la boca, y más que ligero! ¿eh? ¿me has entendido?... ¡Si no te callás, te va á pesar!
¡Era que entonces me acordaba de lo del casamiento y del papel que me había dado el cura, pero sin intención de largarla, pobrecita!...
Quiso esconder la plata, pero, ¡por donde no la iba á encontrar yo, cuando me entraban ganas de echar una talladita al monte ó hacer un truco de cuatro! Y Carolina, al ver que se la había pispado, gritaba y maldecía primero, y después se metía á llorar en un rincón.
--¡No es por la plata! ¡no es por la plata! ¡Es que veo que no me querés y que no pensás en mañana!
--Dejá, hijita--le contestaba yo entonces, amansado por sus lloriqueos.--¡Ya verás cómo nos desquitamos! ¡No te aflijás, sonsa! ¡si hemos de ser muy felices!
--¡Ah, Madona, Madona mía!--suspiraba la gringa.
...En cuanto creí que el zaino estaba en punto de caramelo, me apronté á dar el gran golpe. Lo había tenido tapado, como ya les dije, y no lo conocían más que dos ó tres amigos, que pensaban jugar fuerte á sus patas, y que no me iban á descubrir ni por un queso.
Un domingo por la madrugada agarré y lo tusé desparejo, lo entrepelé, le llené la cola de barro y abrojos, y lo puse, en fin, que parecía el último matungo de una chacra de gallegos. Después le puse un apero viejo, y encargué á un peón de lo de Torres, que tenía comprado, que á la hora de las carreras cayese montándolo, á la pulpería. El peón se llevó el parejero.
--Hoy voy á correr con el zaino,--le dije á Carolina.
--Dejáte de esas cosas--me contestó.--¡Qué carreras, ni carreras! El juego es la perdición del cristiano.
--¡Esta vez estoy seguro de ganar! Al zaino lo he puesto desconocido, lo van á tomar por un sotreta, ¡y ya verás la ponchada de pesos que nos ganamos!
--Prometéme, al menos,--dijo la gringa, aprovechándose al verme blandito;--prometéme, al menos, que si de esta hecha perdés, no vas á volver á jugar.
--¡Mirá, por éstas!--le contesté besando la cruz de los dedos...
X
¡Qué quieren que les diga! Principió á caer gente y La Polvadera se llenó como la misma plaza de Pago Chico, para un veinticinco de mayo. Se largaron varias carreras. Corrió el coperío, que no dábamos abasto para despachar. El paisanaje se calentaba ya de lo lindo, cuando llegó el peón con mi zaino.
Había un tal Contreras, que le tenía mucha fe á su crédito, un tordillo, ligerón, es cierto, pero no gran cosa. Mi parejero no tenía ni para empezar.
Contreras era diablón, mal intencionado, peleador de alma atravesada, y jugaba platales que se agenciaba no sé cómo: dicen que se los daba el pillo del escribano Ferreiro, para que le guardara las espaldas, y para que asustara á sus contrarios políticos... ¡con nada! palizas y hasta puñaladas y tajos si á mal no venía.
--¡Lindo su tordillo!--le dije, eligiéndolo de ahijado, porque era hombre de meterle un cien y es lo que me convenía.--¡Lástima que se haya puesto tan gordo!
--¿Gordo? ¡No embrome! Está en carnes, compadre, y es capaz de tragarse al más pintau. Y eso, que venimos de lejos...
¡Mentira! Hacía una semana que lo tenía descansadito en el Pago, preparándolo.
--¡Bah!--le volví á decir para calentarlo más.--En cuanto principian á echar panza...
Me miró riéndose para que no le conocieran la rabia.
--¡No cargue, que no hay quien lave, paisano! Si quiere verle la panza, tiene que ponerse antiojos. Y, barrigón ó no,--siguió gritando:--¿á ver quién es el mozo guapo que quiere perder cien pesos?
Muchos se acercaron y nos rodearon.
--En ese estau del caballo,--le contesté sobre el pucho, medio riéndome,--yo le corro con cualquier maceta.
--¡Oiganlé! ¿Y con cuál?
--Con este zaino abrojudo, sin ir más lejos. ¿Me lo empriesta, paisano?
--¡Cómo no!--contestó el peón que lo había llevado.--¡Corra no más!
Contreras miró con atención el caballo, lo palmeó, lo hizo andar un poquito.
--Este mancarrón no es lo que parece,--me dijo.--¡Á mí con l'uña! Pero... porque no se diga... le corro, ¡bah!
--¿Por los cien pesos?
--¡Y entonces!
--¡Depositemos!
--¿Depositemos? ¡Avise, compadre!--rezongó, revolviéndome los ojos.
Yo, sabiendo que aquello quería decir pelea, me callé la boca, desensillé el zaino, le puse bocado y una jerguita, me saqué el saco y el chaleco, me hice una vincha con un pañuelo colorado, y ¡ya estuvo!
El paisanaje, caliente, jugaba á raja cincha. Muchos ofrecían doble á sencillo contra mi zaino. Yo agarré una punta de paradas, los amigos que sabían la cosa, de consiguiente.
El tiro era de dos cuadras. Después de unas cuantas partidas, largamos, y mi potrillo principió á sacar su ventajita, primero la cabeza, después un pescuezo, después medio cuerpo, ¡sin castigar!... ¡Contreras venía á dos rebenques, lonja y lonja!... Claro que el tordillo se le iba á aplastar, pero estaba ciego de rabia con la fumada... Yo vi mía la carrera, y por no dar á conocer todo el juego del animalito, lo llevaba sobre la rienda... Asimismo saqué un cuerpo de ventaja, cuando ¡malhaya! medio matando su tordillo, Contreras me alcanza, le mete pierna al zaino, que rueda largándome por las orejas y pasa como un refusilo sin parar hasta la raya. ¡Hijuna!...
Por suerte yo caí parado, pero, ¡vieran el avispero que se armó! El paisanaje gritaba, se insultaba, hasta zangoloteaba al juez de la carrera... Salieron á relucir cuchillos, y si no se mete el comisario Barraba, la cosa hubiera acabado mal.
Contreras volvía al tranquito, golpeándose la boca, muy contento... ¡Me dió una rabia!...
En cuanto me alcanzó--yo iba á juntarme con los otros frente á la pulpería, cabrestiando al zaino rengo,--no pude más y le grité:
--¡Canalla! ¡Tramposo, sinvergüenza! Me has metido pierna, ¡hijuna gran!...
Ahí no más se tiró del caballo pelando el fiyingo. Yo me eché atrás para desenvainar también.
Á mí no me gustan mucho esas cosas, ¿á que decir? Soy bajito, bastante delgadón, no tengo gran fuerza, y á más, no entiendo mucho de cuchillo. Pero el hombre me apuraba, los paisanos habían corrido á ver, y había que hacer la pata ancha...
Me tiró dos puñaladas que conseguí atajarme, mal que mal. ¡Pero las papas quemaban, compañeros!...
--Á la larga no hay cotejo,--me gritaba Contreras, bailándome alrededor y con unas risitas calentadoras, como chungueándome.
Yo ya me encomendaba á la Virgen viendo la cosa mal parada, y el bárbaro aquél de seguro me achura, si no llega Carolina, corriendo y chillando, hecha una loca, y no sé cómo, con la desesperación, ¡seguro! le arranca el cuchillo de la mano.
--¡Y ustedes lo _decan_, y ustedes lo _decan_!--les gritaba á los mirones.
[Ilustración: Me tiró dos puñaladas que conseguí atajarme.]
Los gauchos nos rodearon, desapartándonos y recién entonces se acercó el comisario Barraba. Yo había hecho la chambonada de no decirle la cosa del zaino, y él le jugó al tordillo... ¡Se necesita andar en la mala!...
Contreras, y la mayor parte de los paisanos alegaban que el tordillo había ganado en buena ley, y que la rodada fué porque el zaino mancarrón, flojo de patas, no era para correr... El juez de la carrera se desgañitaba al cuete; no le llevaban el apunte, ni á mí, ni á mis amigos tampoco.
--¡Qué resuelva el señor Comisario!--gritaron algunos, de repente.
--¡Sí, eso es!... ¡eso es!--rebuznaron todos los que habían jugado al tordillo.
El gran pillo de Barraba dió la sentencia:
--La carrera es legal. ¡Ha ganau Contreras!
Contra la fuerza no hay resistencia.
--Pero, señor comisario...--principié.
--¡Calláte y pelá! Tenés que pagar á todo el mundo.
Y tuve que pagar no más, calladito la boca, y ahí se me fueron los últimos pesos guardaditos... ¡y hasta los del cajón del mostrador!...
Carolina me miraba con los ojos saltones y de veras que la cosa no era para menos.
--¡Mi alma! ¡te debo la vida!--le dije.
--¡Sí, sí!--contestó medio llorando.--¡Pero no _cugués_, _no cugués_ más, por Dios!
--¡Sí, perdé cuidau!
Y me puse á despachar copas y á chupar yo también, para olvidarme de tanta pena, y ¡qué quieren! el ginebrón me hizo voracear y empecé á las convidadas. ¡Miren qué momento para darme corte!
--¡Eh, paisanos, tomen lo que gusten!
Y al ratito, no más, dale, otra vuelta y otra...
--¿Qué gustan servirse, caballeros?
Carolina se había puesto furiosa.
--¡Ma!... ¡Ma!...--me decía atorada de rabia.
--La patrona está llamando á la mama, decía un paisano.
--¡Ó á la ma... múa del patrón!--retrucó otro.
¡Después, nunca me pude acordar!--Creo que hubo payada y baile, y que repartí cuanto había de comer y de chupar en la casa.
Lo cierto es que la pulpería quedó tecleando. Pero también, ¡qué farra!...
Á la otra mañana, me encontré tirado en un zanjón que había junto al palenque. Se me está haciendo que allí dormí, pero no sé cómo fuí á parar á semejante cama. ¡Cuando uno agarra uno de esos de P. P. y W.!...
La gringa estaba encerrada en su cuarto, no me quería abrir ni á cañón, y según me dijo después, se había pasado la noche llorando desesperada. Cuando conseguí que me abriera, tanto lloró y suplicó que me ablandé, y le prometí que aquélla era la _última vez_, y le dije que me iba á poner á trabajar de veras, como un burro si era necesario, para desquitarnos de todo lo que habíamos perdido, sin volver á pensar en jugar, ni en gallos, ni en carreras.
--¿Te crés que m'he olvidar que te debo la vida?--le dije--porque si no sos vos, ¡Contreras me achuraba!...
Pero el hombre propone y Dios dispone...
¡Bueno! ¿y qué hay con eso? Me parece que no hay que asustarse por tan poco... Yo no soy el primero que haya olvidado sus juramentos por seguir sus gustos. Ni el último, tampoco... Así es el hombre, caballeros, y hasta el más pintado, si no es un hipócrita, confesará que ha sabido olvidarse muchas veces de sus buenas intenciones,--de las que no había desembuchado por lo menos--para dar satisfacción á lo que le tiraba más.
Esto es sin vuelta. Lo que hay, es que algunos saben pararse á tiempo, ó tienen maña ó baquía para hacer lo que les da la gana á lo mosca muerta, sin que nadie diga nada. ¡No, y de no!
Unos juegan y se maman en los clubs, sin dar que hablar, y pelean en los duelos, á vista y paciencia de los policianos, y hacen lo mismo que hice yo, y peor, que, como ellos lo hacen, no parece tan malo y nadie les saca el cuero...
En fin, ¡qué tanto servir á usted p'a decir cómo le va!--El caso es, que el droguis y la jugarreta, me volvieron á agarrar de lo lindo, y como, de sonso, sabía jugar bastante en trinquis, ¡todo el mundo me aprovechaba como á una criatura! Así se fué, detrás de la platita guardada, el campito de Carolina. ¡Pero qué agarrada la de ese día, santo Dios! La gringa,--¿querrán creer?--hasta me arañó la cara, que anduve una punta de días medio cebruno...
--¡Mirá, gringa!--le grité--¡No sabés lo que hacés! ¡El día menos pensado, ya verás!...
Le iba á soltar lo de que no estábamos casados, pero caí en cuenta de que con la rabia era capaz de no firmar la escritura y hasta de echarme de la pulpería... y ¡como un poste!
--¡Si yo hubiera sabido!--gritaba la gringa.--¡Si yo hubiera sabido! _¡porca la...!_
Y se agarraba los pelos. Pero firmó...
¿Á qué decirles que los pesos del Banco de Italia ya se habían ido por un camino? Quedaba la pulpería... pero casi tan pelada como la misma palma de la mano... ni un frasco, ni una pilcha. Yo me preguntaba muchas veces cómo se lo había llevado todo pateta, sin atinar con tanto bochinche, hasta que caí en la cuenta de que la Carolina, con sus lloriqueos y rabietas al botón, descuidaba el negocio y lo dejaba ir barranca abajo...
Entonces quise remediar yo solo las cosas, compré mucho al fiado, y principié á medio querer arreglar el boliche... Pero, la verdad: el ginebrón y las barajas, con la yapa de la taba y los gallos, hicieron que de repente comenzaran á llover demandas y más demandas, toda una papelería. El aguacil no hacía más que viajar del Pago á la Polvadera, como conchabado... Y no teníamos adónde buscar madre que nos envolviera ¡ni el zaino, que de la rodada quedó manco del encuentro!... Entonces me acordé de lo que sabía decir el viejo ño Cipriano:
--¿Ande irá el güay?, ¡que nu are!
La desgracia me había perseguido siempre, ¿por qué me había de dejar entonces?
Carolina comprendió que estábamos más fregados que unos atorrantes, que nos iban á vender la pulpería para cobrarse, que no nos quedaba ni un cobre, y un día me armó una zafacoca. ¡Cristo santo! ¡ni me quiero acordar!... Cebada con lo de los arañones, hasta agarró un palo, y principió á darme de garrotazos... ¡Como que éstas son cruces! ¡Una paliza!... ¡Á mí!...
¡Yo, qué quieren! pelé el cuchillo, naturalmente sin intención de lastimarla; y sólo cuando me vió con él en la mano, se me separó, pero saltándosele los ojos, y echando espuma por la boca. ¡Nunca la había visto tan rabiosa!... ¡Parecía una tigra!...
--¡Canalla! ¡Bandido! ¡Ladrón!... ¿De ese modo te acordás que me debés la vida? Devolvéme mi plata, ¡_birbante_, _canaglia_!
Y yo, ¿cómo iba á dejar que siguiera diciéndome esas cosas, y hasta zurrándome como á una criatura?
--¡Mirá, Carolina!--le dije sin soltar el cuchillo.--Yo ahora mismo me mando mudar y para siempre, ¿entendés? ¡Ya no te puedo aguantar más!
Se le cambió la cara, pero todavía siguió gritando é insultándome.