El casamiento de Laucha

Part 2

Chapter 24,182 wordsPublic domain

--¡Mire!... usté, lo que debe hacer, mocito, es endilgarselé derecho no más, y ronciarla de lo lindo, pero sin faltarle, eso sí... Usté no me parece lerdo, más que para lo que sea cosa'e sudar, y ella, la pobre, necesita compañía... Oigalé á este viejo que no ha visto al ñudo tanta madrugada, y siga su mal consejo, que le ha d'ir bien... Y aura, vamos á tender el asador y á echarle la salmuera p'a qui acabe de asarse al rescoldito... ¡Ya verá qué charrusco! También ya no sirvo p'a otra cosa.

Saqué el cuchillo y busqué donde afilarlo, pensando en lo que me había dicho el viejo ño Cipriano, que no dejó de interesarme mucho. La verdad que allí podían acabar mis penurias, sin hacer mal á nadie, y principiar una vida tranquila y honrada, con una buena mujer, unos pesos siempre listos en el bolsillo, trabajo descansado y divertido, una copita cuando se me antojara, comida abundante, cama blanda...

--Á naides ha querido conchabar de todos los que han venido á ofrecerse,--dijo ño Cipriano.--Y si lo ha tomau á usté, es porque ya tiene más de la mitá del camino andau. ¡Arriejesé sin miedo, mozo!

Le iba á contestar, cuando oí que doña Carolina me llamaba desde la ramada:

--¡Eh! ¡joven, eh! Venga aquí, haga el favor.

Todavía no le había dicho mi nombre.

Salí y fuí á la ramada.

--¡No!,--gritó doña Carolina.--Entre nomás por el patio, que los dos vamos á comer aquí adentro, en esta mesa.

Había puesto un mantel limpito, dos cubiertos, una pila de platos, pan con grasa, queso fresco, una caja de sardinas abierta, y un gran platazo de nueces y pasas.

--Aquí se come á lo pobre, y usté dispensará porque no hay cómo hacer muchas cosas.

--¡No diga, señora!--le contesté.--Si viera los gofios que he comido todo este tiempo, y el maíz cocido de las provincias del norte, no pensaría eso. Muchos días me lo he pasado con una galleta y un traguito de aguardiente, y otros, sin galleta...

--¡Pobre mozo!--dijo doña Carolina, que se había puesto tristona, y medio lagrimeaba, como yo en el galpón con el humo--Pero ahora, siempre tendrá lo más preciso, porque aquí, gracias á Dios, nunca falta que comer...

Y aquella noche, al menos, era verdad, porque comimos sopa de fideos, las sardinas, una ensalada de carne, asado, el queso, las pasas y nueces, y qué sé yo, hasta que tuve que decir que no quería más, al servirme la segunda botella del vino que habíamos probado con el repartidor...

¿Á qué contarles la conversación, mientras cenamos, ni lo alegre que me acosté, ni lo bien que dormí esa noche en un montón de bajeras y cueros de carnero bien lavados y blandísimos?... ¡¡y hasta con sábanas!!

VI

Me levanté al alba, agarré una escoba y me puse á barrer la ramada y el corredor de la casa, porque misia Carolina todavía estaba durmiendo encerrada adentro.

De repente se me apareció, me quitó la escoba de las manos, como si estuviese muy enojada, y me dijo:

--¡No quiero que haga eso! Más bien entre al negocio; arrégleme las bebidas y después... ¿Sabe escribir?

--¡Cómo no, señora! y tengo bastante linda letra.

--Bueno, me alegro. Entonces, me va á poner en limpio la libreta de cuentas.

--¡Perfectamente, señora: yo haré todo lo que me mande! Pero tampoco me incomoda lo de barrer, así es que si usted quiere, puedo hacer las tres cosas, porque las mañanas son muy largas todavía.

--¡No, no! Vaya al negocio nomás; yo le iré á ayudar en seguida.

¿Eh? ¿qué tal? ¿qué me dicen? Me parece que los primeros golpes estaban bien dados, ¿eh?

Entré al almacén, tomé mi mañana, más abundante y mejor que de costumbre, y me puse á arreglar las botellas, que en su mayor parte eran falsificadas en la licorería de Pago Chico y unas misturas asquerosas. Al ver esto, se me ocurrió una invención que debía dar muy buenos resultados. Cuando acabé con las botellas busqué una libreta nueva, y principié á copiar la vieja toda ajada y mugrienta de tanto manoseo, llena de garabatos y rayas y borrones. Escribí que era un primor, y ya estaba acabando cuando entró misia Carolina, que se quedó embobada al ver mi trabajo y me miró con admiración, casi con susto de que me le fuera á ir. Para admirarla todavía más, le dije sobre el pucho:

--¿Sabe, señora, lo que se me ha ocurrido? Que, como yo sé fabricar coñac, hacer dos cuarterolas de vino de una sola, falsificar el biter, el ajenjo, el anís, y todo lo demás, lo mismo que misturar la yerba buena con la mala sin que se conozca--podemos hacer aquí todas esas cosas. Usté ganaría muchísimo más que ahora, que está regalando la platita al licorero falsificador de Pago Chico.

Misia Carolina abrió tamaños ojos, se rió un poquito, pero no consintió en seguida.

--¡Eso es tan difícil! ¡se necesitan tantas cosas!

--No crea, señora, con poco se hace.

--No importa, por ahora no; después veremos. ¡Hay tiempo!

Pero yo ya le había ganado la voluntad y medio se me recostó en el hombro, para volver á ver la primorosa libreta.

Tan bien iban las cosas, que esa mañana el almuerzo fué mejor todavía que la cena de la noche antes, porque, además de puchero, hubo gallina con arroz, tortilla, mazamorra con leche y dulce de membrillo. La patrona echaba el resto ó poco menos.

Entonces principié la vida gorda, las grandes charlas y beberaje con los marchantes, las jugadas al mus, al truco y á la taba, las payadas y guitarreos, los viajes de todo un día, hasta el Pago, en el overo maceta.

--Diviertasé, divirtasé nomás,--decía misia Carolina,--que para eso es joven; y mientras no me falte al trabajo...

La verdad es que la gringa no hablaba del todo así, como he dicho yo. Se conocía que era italiana, y decía _coven_, _trabaco_... Pero eso no le hace. Al fin yo me divertía y gozaba sin tener que pensar en nada. ¿Qué importa la habla entonces? Yo también suelo ser fino cuando quiero--¡oh! ¿y de no?--pero me gusta que todos me entiendan...

[Ilustración: Pero yo ya le había ganado la voluntad y medio se me recostó en el hombro.]

Bueno, pues: como las cosas iban tan bien, me le animé á la gringa. Ya hacía tiempo que la andaba pastoreando para eso, pero no hallaba cómo principiar la declaración y me daba miedo de pegar una rodada... En fin, aquella tardecita me dije: "Amigo Laucha," (Yo también me he acostumbrado á lo de Laucha). "Amigo Laucha, lo que es de esta hecha, que no se te escape". Y así fué nomás...

Cuando ya estábamos acabando de comer, le busqué la vuelta y le dije:

--¿Conque desde que enviudó, misia Carolina, ha estado solita... solita y su alma?

Le hablé con la voz tembleque y mirándola medio al soslayo.

--¡Hace más de un año!--y suspiró la gringa.

Yo aproveché la bolada:

--¡Qué lástima, tan joven!--y en seguida le soplé, más despacito:--¡Y tan hermosa!

Á la verdad, doña Carolina no tenía entonces nada de fea, y era grande y gorda, como á mí me gustan, puede ser por lo que soy así flacón y bajito.

--¡Qué quiere! ¡así son las cosas de la vida!--dijo suspirando otra vez, y como si no hubiese oído el piropo.--Y sola y mi alma me he de morir, porque ¿quién me va á querer á mí, vieja y fea como soy?...

La gringa había esperado para retrucarme el cumplimiento, pero con toda baquía me dejaba un juego lindazo para mis intenciones... y las de ella.

--¡Señora!--le contesté, sobre el pucho y muy estirado,--usted está en una posición mejor que la mía, que si no, y perdone el atrevimiento,--yo me comprometería á hacerla feliz,--y que se olvidara del finadito. Y ¿sabe por qué?... porque á gatas la vi, me fué muy simpática, y hoy ya la quiero de alma...

Doña Carolina se agachó al plato, como para seguir comiendo--pero no comió,--y al rato me dijo despacio, como con miedo de que le hiciera caso á lo que me decía:

--No hablemos más de esas cosas.

Yo me quedé callado, porque no había para qué estirar mucho la prima, y era mejor pasar por corto de genio... Ella fué la que habló primero, mientras estaba sirviendo el postre:

--Cuentemé algo de lo suyo,... de su vida--me dijo.--Ya sabe que me gusta mucho oirlo hablar.

--¡Mi vida ha sido tan triste hasta ahora, misia Carolina!... Puras penas no más... He sufrido mucho y no quisiera molestarla con mis recuerdos...

--Bueno,--contestó, medio afligida.--No quiero que se vuelva á entristecer.--Y entusiasmándose, siguió:--Ya no ha de pasar más penurias, porque no va á estar toda la vida conmigo como un dependiente... Usté es trabajador, aunque le gusta divertirse á veces... Lo voy á hacer entrar como socio: ya sabe que en este boliche se gana platita. ¡Ya ve que todas las noches saco treinta ó treinta y cinco pesos del cajón, y hay, también, que contar los fiados y las libretas!... Pero, si usté mismo hace las bebidas, que son lo más caro, tenemos que ganar mucho más.

--¡Así es, señora!--le dije con los ojos como patacón.

--Digamé entonces lo que necesita,--siguió ella,--y yo le daré la plata, para que se vaya á Chivilcoy, ó al mismo Buenos Aires, si es mejor, y se traiga todo...

--¡Mire, doña Carolina, me hace llorar de buena que es! ¡y créame, que no favorece á un desagradecido!

É hice la farsa de limpiarme los ojos con un pañuelo de seda celeste,--¡ah criollo!--que ella me había regalado en los primeros días y que tenía limpito y muy planchado. Después seguí:

--¡Bueno, señora! me iré mañana mismo, si le parece, y con doscientos pesos haré el viaje y compraré las cosas y las misturas que me hacen falta. Y en un año, no habrá que comprarle al indino del licorero más que la soda y la cerveza...

--¡Está bueno! mañana mismo irá.

Pensé acercármele al ver que le brillaban los ojos, pero en seguida me pareció que quién sabe si no corcoveaba...

Yo al fin, soy un poco corto de genio... ¡aunque no tanto!...

VII

Esa noche quedó arreglado y convenido todo lo de la fabricación, y en buen camino las otras cosas, que por lo visto no le habían disgustado mucho á la gringa. ¡Ah! ¡me olvidaba! también me dijo:

--Usté no tiene capital, y aquí en el boliche hay un capitalito de unos pocos miles de pesos. Pero haremos cuenta que la mitá es de usté, para no andar con embrollos.

Yo me largué contentísimo al galpón, donde tenía mi cama, pero aunque era blandita, casi me pasé toda la noche revolviéndome, sin poder pegar los ojos.

Pues en cuantito principió á clarear, ya estaba con los huesos de punta y con todo aprontado para el viaje...

Tomé unos cimarrones con ño Cipriano, que dormía en la otra punta del galpón sobre unas pilchas viejas, y con quien nos habíamos hecho amigazos. Cuando le conté lo de la sociedad y el viaje, bailando de gusto, me dijo muy serio:

--Tenga mucho cuidau, paisano, con lo qui hac'en la ciudá; no vay'á dejar qu'el asau si arda antes de qu'esté en su punto. Usté va lejos, pero más lejos van las mujeres... De puro desconfiadas y ladinas, cuand'uno va, ya están de güelta. ¡No se me descuide, y se me quede di á pie cuando ya está estribando!

Me hice el desentendido y me reí, brindándole el mate que cebábamos una vez cada uno, á lo resero. Después me levanté para irme.

--Bueno, hasta la vuelta, amigo don Cipriano.

--Que le vaya bien y hasta la güelta mozo: no se tarde, que el güay lerdo... ya sabe...

Me fuí á despedir de la gringa que me dió tres ó cuatro sacudones de manos, con los ojos aguachentos, monté el sotreta overo que ya había ensillado, y con su galope de ratón seguí hasta un almacén de al lado de la estación de Pago Chico. Ahí dejé el mancarrón, muy recomendado, y me entretuve tomando unas cañitas, porque todavía faltaba rato para el tren...

En Buenos Aires compré etiquetas con todos los nombres y todas las marcas de las bebidas, corchos, lacre, cápsulas de lata, esencias de todo, y unas damajuanas de aguardiente muy fuerte, que es lo principal para los licores. No me olvidé tampoco de los polvitos de anilina para dar color, ni de una punta de yerbas y palos de droguería que necesitaba. Compré también por si acaso un «Manual del Licorista» y sin perder tiempo, acordándome del buen consejo de ño Cipriano, me volví á Pago Chico, y enderecé en seguida para la esquina «La Polvadera», como le sabían decir á la casa de negocio.

No se me da la gana decirles, cómo me recibió doña Carolina, pero les aseguro que no fué mal... ¡No! ¡lo que es eso no! hasta ahí no llegaba la broma todavía...

Bueno, pues, al otro día mismo, ya me puse á hacer mis menjunjes, y de ahí salió anís, coñac, ginebra, guindado, hasta vermouth; rebajé todo el vino que había (dejando unas damajuanas aparte para nuestro uso) le eché mucho aguardiente, un poco de anilina, y de cada cuarterola alcancé á hacer más de dos, como se lo había prometido á mi gringa. Y todavía me acuerdo que, entusiasmado con el trabajo, hasta inventé licores, ó más bien dicho, el color, y así hice caña de duraznos azul, ginebra amarilla como de oro, biter de naranjas, verde y colorado, y un licorcito muy dulce de vainilla, color violeta claro, que los reseros sabían llevarle á la novia de regalo, por lo rico, y sobre todo por lo lindo que era.

La cosa resultó magnífica, y á los marchantes les gustaban más algunas bebidas hechas por mí, que las legítimas--puede ser que porque eran más fuertes.--Y decían al pedirlas:

--¡Eh, mozo! una caña... de la que toma el patrón, ¡eh!

Carolina estaba muerta de contenta y un día me dijo:

--Usté tiene unas manos de ángel (decía _anquel_) y estamos ganando mucha plata. Y... ¿quiere que le diga? Lo que yo necesitaba era un joven (_coven_) como usté... Y ahora que lo conozco bien... ya le puedo prometer que... que vamos á ser felices en todo sentido...

Yo no había vuelto á hablarle del asunto serio, pero en todo aquel tiempo, la miraba con ojos de carnero degollado, ronciándola y pensando: «¡Ya has de caer! ¡ya has de caer, mi vida!» seguro de que no se me iba á escapar. Y todavía haciéndome el sonso, le salí con esta agachada:

--¿Qué quiere decirme, señora, con _felices en todo sentido_?

La gringa se desentendió, contestándome colorada:

--Conversaremos esta noche, después de cerrar el negocio... Entonces le diré la contestación...

Yo hubiera bailado en una pata, de puro contento.

Y efectivamente... Cuando acabamos de comer, cerré la puerta de la ramada--que se cerraba por afuera,--entré al negocio por la del patio, y me encontré á Carolina que me estaba esperando.

--Ahora puede decirme--principié despacito, para quitarle los últimos recelos.

Pero ya no había necesidad de tantas historias.

--Bueno, conversemos,--dijo muy seria.--Pero antes digamé la verdad... ¿Usted se casaría conmigo?...

Le iba á contestar, pero no me dejó.

--Soy un poco vieja y fea--siguió con una especie de coqueteo que hoy me da risa--pero lo quiero mucho, y como le dije hoy, podemos ser felices en todo sentido... La cosa es, que hay que casarse, si no, _¡niente!_

Yo nunca había pensado en semejante cosa, pero comprendí que la gringa no iba á aflojar ni por un queso, y conseguí ponerle buena cara.

--¡Oh, misia Carolina! Nunca creí otra cosa, y casarme con usted será mi felicidá--le dije.

Se rió muy contenta, y me dió la mano que me apretó mucho, con los ojos medio llorosos.

--¡Bueno, bueno!--siguió.--Entonces yo le daré lo que quiera, y si no tiene inconveniente, mañana mismo se va á Pago Chico, á comprar todo lo que haga falta para casarnos en cuanto pasen las amonestaciones...

Y como para ensartarme más de lo que estaba, me dijo que el negocio no era más que una parte de su fortunita, porque tenía un campito ahí cerca, arrendado á unos vascos, unos pesitos puestos en Buenos Aires, en el Banco de Italia, y algunas cositas más que yo vería después.

--¡Aunque no tuviera en qué caerse muerta, misia Carolina!--le dije contentísimo.--¡Sería lo mismo para mí, y me casaría con usté inmediatamente!... ¡Sí! Mañana mismo me voy al Pago, á hacer las compras, á ver al cura, á buscar los padrinos y mandarme hacer una ropita decente, porque no me he de casar como un zaparrastroso.

[Ilustración: Se rió muy contenta y me dió la mano.]

Y agarrándola por la cintura, como para bailar, le grité:

--¡Ya verás, m'hijita, qué felices vamos á ser!...

Pero aunque el negocio me conviniera mucho, yo no dejaba de tener un poco de vergüenza, por las relaciones y la familia, que no iban á dejar de saber mi casamiento, porque al fin y al cabo yo no soy un cualquiera, aunque anduviese más pobre que las ratas... ¡Y se me ocurrió una idea macanuda!

--Mirá, hijita--le dije sobre el pucho:--como vos sos viuda y yo soy un poquito más joven, como no tengo un real ni para remedio, afuera de lo que vos me das,--será mejor que tratemos de no dar que hablar á las lenguas largas: ya sabés lo mala y enredadora que es la gente, sobre todo en Pago Chico. Casémonos, pero sin fiesta, que para fiesta bastante somos los dos...

--¿Y de ahí?--me preguntó medio alarmada.

--¡Mirá! Arreglamos con el cura Papagna la dispensa de las amonestaciones; viene aquí mismo, nos casa, con algún vecino, ó el mismo ño Cipriano, y una amiga de confianza, de padrinos, y después, cuando todo el mundo sepa y se haya acostumbrado, si se nos antoja, podemos dar cuanta farra se nos dé la gana, sin que nadie se ría de nosotros, ni ande con habladurías, ni levantadas...

--¡Hacé lo que querás!--me dijo por fin la gringa, que estaba más contenta que cuzco recién desatado.--Con tal de que nos case el cura, y nos eche la bendición adelante de los padrinos, á mí no me importa nada. ¡Hacé lo que querás!...

VIII

¡Pues, señor! Echo en saco roto una punta de menudencias para contarles lo del cura, que es realmente divertido, como que á mí mismo me dejó pasmado, y medio sonso, aunque haya visto tantas cosas raras en la vida.

Este cura, que era un napolitano cerrado de lo que no hay, hacía poco que estaba en el Pago, pero por las mentas ya se había puesto riquísimo y pensaba irse pronto á su tierra. ¡Rico! Díganme, háganme el favor, cómo puede ponerse rico un cura, en un pueblo de campo, aunque le lluevan las limosnas y le goteen las velas para los santos, y haga como el sacristán de Nuestra Señora de la Estrella: «la mitá p'a mí, la mitá p'a ella». Yo no creía, ni muchos creían tampoco, que el cura Papagna estuviese regularón siquiera; pero es que era un verdadero pillo, un gran canalla, un fraile como no he visto otro en todas mis recorridas por esta tierra, en que he hallado unos muy buenos, otros regular no más, y otros muy malos... ¡No, lo que es como aquél!...

El cura Papagna era bajito, gordinflón, muy narigueta, bastante canoso, con unas manos peludas y como patas de carancho, ¡pero más gruesas, natural! Andaba siempre con la sotana perdida de lamparones, y la barba sin afeitar de muchos días, así es que parecía--y era--¡un sucio! Yo no sé si han notado que hay gente que se diría que no se afeita nunca; pero entonces ¿cómo es que siempre tienen cortos los pelitos de la barba?...

Bueno, pues, cuando salía al campo, á casar y á bautizar, iba en un bayo tan peludo y tan sucio como él. Por el pueblo poco se le veía, sino en la misma iglesia y á la hora de la misa, ó cuando había rosario, novenas, ó qué sé yo. Según decían los comerciantes del Pago, nunca gastaba un cobre, y hasta vendía las gallinitas y pollitos que le llevaban de regalo las beatas. Siempre andaba llorando miseria aunque el cuerpo le destilara grasa por todos lados. ¡Corrían unos cuentos de él!... Muchos vecinos se habían quejado varias veces al arzobispo, no me acuerdo bien por qué, pero el arzobispo se hizo la chancha renga, y el cura Papagna siguió tan suelto de cuerpo en la parroquia, casando, bautizando, diciendo misa y predicando... ¡Vieran los sermones!... Era cosa de perecer de risa. No se oían más que las mentas de las barbaridades y bolazos que largaba medio en napolitano, porque ni el italiano sabía bien. Cuando fuí á hablar con él, estaba en la sacristía, sentado cerca de una mesa mugrienta, con las manos cruzadas sobre la barriga, redonda como un tremendo queso de bola.

--¿Qué vulite?--me preguntó.

--Yo, señor cura... venía... venía porque me voy á casar...

--¡Va bene! ¡va bene! Songo diechi nachonale... ¿É un qui se ne casa?... Bisoña pagá andichipate pei publicazione... amonestazione... ¿Á mushash é de cá?... ¡Eh!... ¡vedite!... ¡diechi nachonale é poca roba!

--¡Espere un poco, señor cura!... Es que yo quisiera la ¿cómo se dice? ¡ah! ¡sí! la despensa de las amonestaciones...

--¡Allora so tranta!

--Y que nos casara en casa de la novia...

--Allora so sesanta... Un pozo fá de meno.

--¡Oh! por eso no importa, señor cura: se le pagarán los sesenta pesos... Pero, ¿y cuándo nos podrá casar?

--Cuanne vulite... ¿E qui é á compromesa?

--¿La qué, dice?

--La mushás...

--¡Ah! ¡Sí! Doña Carolina, la viuda, ¿sabe? la de la pulpería de la Polvadera...

--Va bene, va bene.

Y el cura se quedó un rato callado, como pensando. Después, medio riéndose, se levantó de la silla, se me acercó, y agarrándome la solapa de la chapona, me dijo despacito, como para que nadie lo pudiese oir...

¡Ah! Como me parece que alguno de ustedes no entiende el nápoli, lo voy á hacer hablar en castilla.

--¿Pero usté quiere casarse de veras?... ¿en el libro de la parroquia?--me dijo.

Al principio no le entendí lo que quería decirme y lo miré azorado.

--¿Por qué me dice eso?--le pregunté por fin.

--¿Eh?--me contestó el muy sinvergüenza.--Porque hay algunos que quieren casarse, sí, pero que no les pongan el casamiento en el libro... Entonces, yo les hago un certificado en un papel suelto, y se lo doy para que lo guarden. Entonces... ¿pero no va á decir nada, eh?

--¡Qué esperanzas, padre!

--¿De veras?

--¡Mire: por éstas!

--Entonces, si la mujer es buena, ellos lo guardan; pero si no es buena, lo rompen y se mandan mudar si quieren, y la mujer no puede hacer nada, ¡eh!... Yo tengo permiso para casar así, pero nadie tiene que saberlo, porque es un secreto de la iglesia... y también es mucho más caro que el otro casamiento...

¡Qué iba á tener permiso el cura picarón! Era una historia que había inventado para _far l'América_, y llenar pronto el bolsillo aunque se fuera al infierno derechito,--tantas ganas tenía de volverse á su tierra á comer pulenta y macarrones.

Pero, después de un rato... la verdá... pensé que no sería malo casarse así, como él decía, aunque nunca, ni menos entonces, se me había pasado por la cabeza engañar á la gringa, tan buena y tan cariñosa... El diablo del cura me tentó, yo no tenía la culpa, al fin y al cabo, y como lo que era por plata no había que echarse atrás, porque Carolina tenía bastante, pisé el palito, me pareció que ésa era una gran seguridad para mí, y le dije al cura:

--¿Y cuánto sería el gasto de ese modo, padre Papagna?

--Trechento pesi.

--¿No puede algo menos?--le pregunté, porque para rebajar siempre hay tiempo.

--¡Ni un chentavo!... Y además, usté me va jurar, por el santo Dios y la santísima Virgen, ¡que no le va á decir nada á nadie, de mientras yo esté en _cuest'América_!...

--¡Qué quiere, padre! No puedo darle tanto... Y ni le pago, ni juro,--añadí, para obligarlo á rebajar.

Él medio se me asustó, y palmeándome el hombro, comenzó á ver si me amansaba. Pero no aflojé, ni él tampoco, y así estuvimos un rato largo regateando. ¡Miren qué negocio para regatear! ¡Hoy mismo me estoy haciendo cruces!... En fin, cuando me dejó la cosa en ciento cincuenta pesos, le dije:

--Bueno, le pagaré y juraré,--pegándole una palmadita en la panza, porque ya le había perdido el respeto. ¡Y de no!

Saqué el rollo que me había dado Carolina y me puse á contar. ¡Le vieran los ojos al fraile! ¡Parecía que se quería tragar la plata!

Cuando le di los ciento cincuenta, los agarró con sus uñas de carancho, de medio luto por la mugre, los contó él también, y los volvió á contar. Se alzó la sotana y se los metió bien al fondo del bolsillo del pantalón que tenía abajo, como para que no se le escapasen.

¡Y qué agarrado! Mientras estaba guardándolos, temblaba todo, como si fuera perlático. ¡Nunca he visto cosa igual!... Después se sosegó un poco y me dijo:

--Bueno, ahora vamos á jurar.