Part 1
NOTAS DEL TRANSCRIPTOR
Las palabras en itálicas están indicadas con _guiones bajos_.
Ciertas reglas de acentuación ortográfica del castellano cuando la presente edición de esta obra fue publicada, en 1906, eran diferentes a las existentes cuando se realizó la transcripción. Palabras como vió, fué, dió, lo mismo que la preposición "á", y las conjunciones "é", "ó", "ú", por ejemplo, en esa época llevaban acento ortográfico. Eso ha sido respetado.
El lenguaje utilizado es peculiar al modo de hablar de los argentinos. Es oportuno agregar que el autor, además, hace hablar a algunos de los personajes en un lenguaje con expresiones y manerismos que son típicos del interior de la Argentina.
Por lo demás, el criterio utilizado para llevar a cabo esta transcripción ha sido el de respetar las reglas de la Real Academia Española vigentes en ese entonces. El lector interesado puede consultar el Mapa de Diccionarios Académicos de la Real Academia Española.
Errores evidentes de impresión y de puntuación han sido corregidos.
La cubierta del libro en la versión HTML fue modificada por el Transcriptor y ha sido puesta en el dominio público.
El Índice de capítulos presentado al principio de la obra ha sido construido por el Transcriptor.
* * * * *
ROBERTO PAYRÓ
EL CASAMIENTO DE LAUCHA
[Ilustración]
BUENOS AIRES
COMPAÑÍA SUD-AMERICANA DE BILLETES DE BANCO
Calle Chile, 263 y Cangallo, 557-59
1906
ÍNDICE Pág.
Introducción 5
I 7
II 11
III 17
IV 25
V 35
VI 43
VII 55
VIII 67
IX 77
X 95
INTRODUCCIÓN
El nombre de Laucha,--apodo y no apellido--le sentaba á las mil maravillas.
Era pequeñito, delgado, receloso, móvil; la boca parecía un hociquillo orlado de poco y rígido bigote; los ojos negros, como cuentas de azabache, algo saltones, sin blanco casi, añadían á la semejanza, completada por la cara angostita, la frente fugitiva y estrecha, el cabello descolorido, arratonado...
Laucha era, por otra parte, su único nombre posible. Laucha le llamaron cuando niño en la provincia del interior donde naciera; Laucha comenzaron á apodarle después, allí donde lo llevó la suerte de su vida, desde temprano aventurera; por Laucha se le conoció en Buenos Aires, llegado apenas, sin que á nadie se pudiese atribuir la invención del sobrenombre, y Laucha le han dicho grandes y pequeños durante un período de treinta y un años, desde que cumplió los cinco, hasta que murió á los treinta y seis...
De sus mismos labios oí la narración de la aventura culminante de su vida, y, en estas páginas me he esforzado por reproducirla tal como se la escuché. Desgraciadamente Laucha ya no está aquí para corregirme, si incurro en error; pero puedo afirmar que no me aparto de la verdad muchos centímetros.
* * * * *
I
Pues, señor, después de andar unos años por Tucumán, Salta, Jujuy y Santiago, ganándome la vida perra como Dios me daba á entender, unas veces de bolichero, otras de mercachifle, de repente de peón, de repente de maestro de escuela, aquí en un pueblo, allí en una ciudad, allá en una estancia, más allá en un ingenio, siempre pobre, siempre rotoso, algunos días con hambre, todos los días sin plata,--comencé por fin á temar con que puede ser que me fuera mejor en Buenos Aires, en donde nunca me podría ir peor, porque esas provincias nunca son buenas para hombres así, como yo, sin un peso, ni mucha letra menuda, ni mucha fuerza... ni muchas ganas de trabajar tampoco... Y tanto temí, que al fin resolví largarme y principié á hacer economías de á centavo--¡yo que nunca había juntado plata!--hasta que reuní todo lo que necesitaba para el viaje... lo preciso y nada más.
No he de contar los milagros y otras vivezas que tuve que hacer para juntar la platita: ya se lo imaginarán, y de no, poco importa. El caso es que un día me acomodé en el tren,--claro que en segunda, ¡porque no había boleto de perro!--llegué hasta Córdoba, subí al Central Argentino, y en el Rosario me embarqué para Campana en el vapor de la carrera, porque la cosa salía más barata... Campana era entonces el puerto de salida y de llegada de los vapores del Paraná, y ahí mismo se tomaba el tren para Buenos Aires.
Desembarqué con mi equipaje, que era un poncho grueso de lana, criollo, de los tejidos á lleno de colorines, y que le había ganado á la taba á un peón catamarqueño en Tucumán: se lo había hecho la mujer qué sé yo en qué punta de años...
¡Ah! ya había volado hasta el último cobre en las comidas y copetines del viaje, así es que me encontré en Campana con que para seguir á Buenos Aires tenía que empeñar ó vender alguna prenda... y á no ser el poncho... Creerán que esto no tiene nada que ver con mi casamiento; pero esperen un poco... La miseria, como buena vieja brava, hace con el hombre lo que se le antoja... Á mí me hizo llegar hasta el casorio, ya verán...
II
Bueno, pues, anduve de tienda en tienda queriendo vender el poncho y sacar boleto con la platita, pero sin suerte porque no encontraba ningún aficionado.
--Esos ponchos no se usan por acá,--me decía uno.
--Ya tengo demasiados ponchos--me decía otro.
--No compro ropa usada,--me gritó furioso un tendero gallego que no tenía más que clavos del tiempo de ñaupa.
Por fin un bolichero me dió por él cuatro nacionales,--y digo nacionales porque ya habían cambiado la moneda corriente, tan linda y tan rendidora.
El boleto de segunda de Campana á Buenos Aires valía entonces alrededor de peso y medio ó dos pesos, y no como ahora que cobran cerca de cinco. Así es que yo estaba bien, al fin y al cabo, gracias al ponchito catamarqueño... Pero mi maldita suerte, que no me va á dejar en la pucha vida, quiso que mientras andaba entretenido en el cambalache del poncho, el tren se mandara mudar sin esperarme... ya ven, no tenía reloj, y aunque tuviera no me iba á ir sin boleto y sin plata.
Lo peor es que para ese tiempo no había más que un tren al día, y me tuve que quedar en Campana, y comer y dormir en un bodegón y posada en que sabían parar los reseros que llevaban hacienda para el saladero, que después se hizo frigorífico. La historia me costó peso y medio, así es que me quedé tecleando. ¡Miren qué polaina!
Á la noche anduve ronciando la mesa de los reseros, que despuntaban el vicio al mus. Los ojos se me iban, pero jugaban muy fuerte--cinco pesos la caja... ¡Figúrense! yo no iba á pedir media caja, está claro... Me quedé con las ganas y me fuí á dormir.
Al otro día me clavé en la estación media hora antes que el tren... y no lo perdí esa vez. Pero ¡vean si no me sobra razón para hablar de mi suerte perra! Bajé en una estación para tomar una copa, y cuando acordé el tren iba pita que te pita, ¡á cinco cuadras!
No, no se me rían: no estaba ni alegrón siquiera, aunque otro pasajero llevaba un frasco de ginebra marca Llave (que no es como la de ahora) y de vez en cuando me convidara á pegarle un beso... ¡Bueno, bueno! sea como sea, el caso es que me quedé en la estación Benavídez, que no tenía, ¡qué iba á tener! ni sombra de los pobladores que tiene hoy. Volví bastante tristón á la pulpería de frente al tren, donde había estado antes, y que era un boliche con cuatro botellas locas, un queso viejo del país, un pedazo de dulce de membrillo amohosado, y media docena de salchichones entre una pila de cajas de sardinas...
Me puse á conversar con el pulpero, y al rato éramos amigotes. Lo convidé con una copa--porque todavía me quedaban unos centavos,--y cuando le hablé de lo pobre y apurado que estaba, me dijo que por las chacras de ahí cerca andaban necesitando peones para el maíz y que era fácil que me conchabaran si no era muy mulita y no me rendía de estarme al sol el día en peso. Yo, la verdad, no he nacido sino para trabajos de escritorio, de ésos de no hacer nada, sentadito á la sombra,--pero la necesidad tiene cara de hereje, y ese mismo día me conchabé con un chacarero que, del partido de las Conchas, donde está la estación Benavídez, me llevó para el Pilar, á recoger maíz.
¡Qué quieren! Á los dos días ya no podía más, charqueado por el sol, y trasijado por el trabajo bruto. Le cobré los dos jornales al chacarero, que me raboneó unos cuantos centavos como buen gringo, me largué á Belén, que estaba cerquita, á buscar otro acomodo más conveniente, y ahí fué donde empezó el baile... ó donde siguió, porque ya hacía rato que había principiado...
No hice huesos viejos en Belén. Antes de la semana ya me había ido sin rumbo, y seguí de pueblo en pueblo y de chacra en estancia, alejándome cada vez más de Buenos Aires, como si en mi perra vida hubiera pensado ver á los porteños. Válgale á la suerte que juega con el hombre como el viento con la paja voladora.
III
Una mañanita que estaba en una esquina, muy lejos para el suroeste, matando el bicho con una copa de caña paraguaya, me puse á conversarle al patrón, porque yo era el único marchante y él se aburría como yo, del otro lado de la reja, medio echado de barriga sobre el mostrador y con la cara muerta de sueño entre las manos. Yo andaba otra vez sin trabajo y con poquitos cobres en el bolsillo... Es que no me puedo conformar con que me manden, ni con echar los bofes como una mula...
--¿Para dónde va ese camino?--le pregunté entre otras cosas al pulpero, mostrándole con la zurda--en la otra tenía el vaso,--una huella que agarraba para el sur.
--Á Pago Chico. Esa huella sigue derechito como unas seis leguas, y va á dar á la misma estación del ferrocarril del Pago...
Yo había oído las mentas de ese partido, y me entraron ganas de ir, por puro gusto: al fin y al cabo, lo mismo era trabajar allí que en cualquier otra parte, y el mismo gusto tiene una copa de ginebra legítima. Pero como no tenía caballo ni de dónde sacarlo, y seis leguas á pie son mucha música, le pregunté al pulpero si no caería alguna carreta ó algún carro que me llevara.
--No, amigo, me contestó:--esas huellas son de las tropas que pasaban antes con lana para Buenos Aires, pero desde hace un año ya no andan, porque todo se lo lleva el tren.
--¡Caramba, amigo, qué lástima!
[Ilustración: --¿Para dónde va ese camino?--le pregunté.]
--¡Mire qué casualidad!--siguió el pulpero al ratito.--¡No me acordaba, hombre! Tiene suerte, porque hoy mismo, y cuando más mañana, va á venir la jardinera del almacén del pueblo que trae surtido para todas las esquinas del camino al Pago, y para mi casa también.
--¿Y de ahí?
--El repartidor lo llevará, si se le hace amigo.
--¡Oh!, ¿y cómo no? Lo voy á esperar no más, porque de veras que tengo muchas ganas de conocer Pago Chico. Es un pueblo grande, ¿no?
--Bastante.
--¿Y tiene escritorios y tiendas?
--¡Ya lo creo!
--¡Magnífico!
Y me quedé tomando una que otra copita con el pulpero que era un buen gallego acriollado, hasta que á eso de la diez de la mañana, apareció sobre un albardón una manchita negra que iba agrandándose despacio entre el verde del campo.
--¿Ve eso?--me preguntó el pulpero.--¿Y sabe lo que es?
--¡Sí, la jardinera! La cuestión será que me quiera llevar el almacenero...
--Por eso pierda cuidado, porque es un muchacho bueno y servicial, y á más, si usted sabe ganarle el lado de las casas, hará lo que quiera con él...
Con esta seguridad, y aunque me quedara tecleando la platita, le compré provisiones para el viaje, salchichón, queso, galleta, cigarros, fósforos, y... nada más... Aunque también me parece que le pedí dos cuartas de vino carlón...
Llegó el repartidor del almacén, y después de unas cuantas copas y un poco de jarana, no tuvo inconveniente en llevarme, como me había dicho el pulpero.
El hombre era conversador, yo nunca he sido manco, así es que la charla empezó en cuanto salimos de la pulpería... eso sin contar el aperital de adentro.
Volvía de vacío, los caballos eran buenos, obscurecía tarde, y de consiguiente podíamos llegar ese mismo día á Pago Chico.
Le conté mi vida; él me contó la suya desde que vino de España: siempre detrás del mostrador, sin salir ni los días de su santo, hasta que lo hicieron repartidor, y andaba como bola sin manija, trotando en la jardinera y tardándose dos y tres días para volver al Pago. Cuando le hablé que buscaba conchabo, me dijo:
--Si usted quiere trabajar sin deslomarse, ya sé lo que le conviene. Lo dejaré á una legua de Pago Chico, en la pulpería de doña Carolina, que allí encontrará en qué pichulear algo.
--¡Magnífico, amigo! Yo para todo estoy pronto, en tratándose de trabajar, y más cuando ya casi no me queda ni un centavo, como ahora...
--Entonces, doña Carolina anda buscando un dependiente que le convenga... Pero es muy delicada, y una punta han tenido que volverse sin que los tomase... Por eso ahora ya nadie va. En fin: de todos modos, usted encontrará trabajo, porque ahí cerquita está el campo de los Torres, y siempre necesitan peones.
Almorzamos, sin dejar el trote y galope; yo pesqué un rato despertándome con los barquinazos; volvimos á charlar, á fumar, á tomar unos traguitos; por fin, á la tardecita llegamos al destino de que hablaba el hombre, y nos apeamos.
IV
La casa era bastante grandecita, con negocio de almacén, tienda, y un poco de ferretería. Tenía también un despacho de bebidas, con gran reja de fierro adelante del mostradorcito, y sin mesas, ni bancos, ni menos sillas, para que el paisanaje y el gringaje, no teniendo en qué sentarse, se largara en cuantito tomaba la tarde ó la mañana.
Entramos á la ramada, y del otro lado de la reja se nos apareció una mujer de más de treinta años,--después supe que tenía treinta y cuatro,--bastante buena moza todavía, alta, muy blanca, de pelo negro y ojos obscuros. Cuando nos contestó las buenas tardes, conocí que era italiana.
--Doña Carolina,--le dijo el repartidor--aquí le traigo un forastero que anda medio en desgracia, y como el hombre busca trabajo, yo le he dicho que aquí puede ser que encuentre. ¿Qué le parece?
--Sí,--contestó la mujer, mirándome con atención;--si se queda por acá, luego ó mañana no más, han de venir del establecimiento de Torres... Lo pueden conchabar...
--Y usted, doña Carolina, ¿por qué no lo toma de dependiente? Es mozo vivo y capaz de ayudarla.
--¡Oh, yo!--dijo la gringa suspirando,--ya no pienso en eso. Se me ha ido la idea.
--No importa,--le dije,--me quedaré á esperar á los de Torres. Y, de mientras, sírvanos dos vasos de vino que sea bueno, que estoy galgueando de sed, y este compañero no le digo nada.
Tomamos el vino, que era bastante rico, y el repartidor se despidió porque tenía apuro de llegar al pueblo. Yo me quedé á la espera, mirando la casa, para matar el tiempo. El almacén estaba regularcito de surtido, con muchas bebidas, latas de conservas en un estante, salchichones y tocino colgados del techo, queso y dulce de membrillo en una vidriera, junto con masas de facturería, caramelos largos, pan viejo y galleta.
Había también cosas de ferretería, frenos, facones, cuchillos, tijeras de esquilar, hachas, lebrillos y cacerolas y una punta de chirimbolos más, pero del otro lado de la reja, lo mismo que las cosas de tienda, bramante, zaraza, coleta, ponchos, camisetas, pañoletas, calzoncillos, chiripás, hilo, canutillo, pañuelos de seda celestes y colorados, y qué sé yo qué cosas más.
La casa era un galpón grande con techo de fierro, y al fondo tenía un cuartito que me pareció el dormitorio de doña Carolina. Afuera, á unas diez varas y como cuadrando la especie de patio de tierra pisoteada, que quedaba entre la ramada y el palenque, había otro galpón más chico, pelado, sin otra cosa que un fogón en el medio, hecho con una llanta de carro, y lleno de ceniza: no había cama, ni en qué sentarse, pero era la _comodidad_ de los forasteros que se quedaban á dormir en el negocio. Eso no es nada para cualquier hombre de campo, que arma cama con el recado; pero yo, sin más que lo puesto, ni una pilcha para abrigo, lo iba á pasar muy mal si no llegaban á tiempo los de Torres...
Me llamó muchísimo la atención no ver á nadie más que á doña Carolina, ni en las casas, ni en el galpón, ni por ahí cerca. Los animales que andaban en un pastizal medio alambrado, eran cinco ó seis guachitos y un overo rosado que, por la pinta, debía ser viejón y manso y de la silla de doña Carolina.
Afuera de la ramada había colgado un cuarto de carne, y una nube de moscas revoloteaban al rededor, mientras que otras, paradas, estaban acresándolo. Pero de balde miré á todos lados á ver si había gente: no vi á nadie.
--¿Cómo puede vivir esta pobre mujer, en tanta soledad?--pensé.--Los perros no bastan para cuidarla, porque cualquier malevo los achura, y después á ella, y le roba hasta la última hilacha... ¡Se necesita ser guapa!... Sólo que la gente haya ido al pueblo...
Ya me empezaba á interesar la gringa, así es que me volví á las casas y le pregunté:
--Perdone, misia Carolina; pero ¿usted está sola aquí, en esta casa?
--Sí,--me contestó--no somos más que yo, y un viejito que está ahí, en el bajo del arroyo, cuidando los chanchos. Es el que me ayuda un poco.
--¡Caramba, señora! ¿Y no tiene miedo de vivir tan retirada del pueblo, en esta soledad? Porque el viejo poco ha de servir para compañía...
--¡Así es, el pobre ya está muy viejo!... Y aunque yo tengo una escopeta, y soy capaz de usarla, á veces me da miedo... Por eso pensaba tomar alguno para que me acompañara y me ayudara á despachar... ¡pero, qué quiere!...
Al decir esto, me miró muy seria, muy atenta, y después se quedó callada.
--¿Y por qué no lo ha hecho?--le pregunté por fin.
--¡Eh! ¡por qué! por qué... Porque los que querían conchabarse no me convenían... y como no puedo pagar más que quince pesos al mes... Por ese sueldo hoy no se acomodan nada más que los que no sirven, aunque se les dé la casa y la comida...
Yo, entonces, medio serio, medio riéndome, le dije:
--¿Y yo también soy de los que no sirven?
--¡Oh!, ¡usted no!--me contestó mirándome á los ojos.
--¿Y entonces? ¿no le dijo mi amigo el repartidor?...
--Sí, son cosas que se dicen, y después...
--Pues mire, señora, lo que es yo, trabajaría con usted, no digo por esa plata... hasta por mucho menos... Estoy cansado de andar rodando... Lo que tiene, que no traigo recomendaciones... ni tengo en el Pago más conocido que el repartidor...
Doña Carolina me volvió á mirar un rato, sin abrir la boca, como para verme las intenciones en la cara. Yo no soy un buen mozo, ya lo sé, pero tengo algo, algo que me hace simpático, sobre todo á las mujeres. ¿Se ríen? ¡Oh!... pues si yo les contara... El caso es que á doña Carolina le debí parecer buen muchacho, porque en seguida me dijo:
--¡Si fuera sólo por eso de las recomendaciones, no importaría, porque usted no tiene laya de ser mala persona, al contrario!... Pero, ¡qué ha de querer una colocación así, cuando hasta de peón puede ganar dos ó tres pesos diarios, cuando menos!
Le conté entonces que yo era más pueblero que hombre de campo, y que no me gustaba trabajar al viento y al sol, como tenía que hacerlo para no morirme de hambre desde que principié á andar en la mala y perdí lo poco mío que tenía. Le dije que me quitaron un empleíto en Buenos Aires, por intrigas de un compañero traidor que me quería sustituir; que después anduve por las provincias del interior, corriendo tierras y buscando la suerte, pero que todo me salió mal hasta que tuve que volverme con una mano atrás y otra adelante. En fin, le hice un cuento de los que no se empardan; y ella me escuchaba con mucho interés y atención: hasta me parece que lagrimeó un poco...
En esto, entraron unos carreros á tomar la copa y yo me salí para el patio.
Los carreros andaban apurados y se fueron en seguida. Doña Carolina me chistó:
--Bueno--me dijo,--si quiere, quédese aquí unos días para probar...
--¡Qué probar ni qué probar! ¡Si me quedo aquí, será para toda la vida!--dije entusiasmado.
--¡Quién sabe!... En fin, le pagaré por ahora los quince pesos, y después... si los negocios andan bien, veremos... Le daré un poco de ropa, tiene la comida asegurada, y puede dormir en el galpón, que yo le prestaré unas jergas para blandura y un ponchito para que se tape.
Ahí no más cepillé un gato de puro contento.
V
Cuando volví á salir al patio ya era casi noche, y me encontré al viejo de los chanchos que había vuelto al entrarse el sol. Estaba pitando un cigarro negro, sentado en una cabeza de vaca, á la puerta del galpón, por la que se veían las llamaradas de una fogata de leña y un humazo terrible que no dejaba divisar las paredes.
--¿Tomando el fresco, paisano?--le pregunté, para entrar en conversación.
--Ansina mesmo es, don--me contestó;--demientras se calienta l'agua y medio si asa el churrasco. ¿Quiere dentrar y prenderle á un verde?
--Con mucho gusto, amigo don...
--Cipriano, p'a servirlo,--añadió el viejo, que se sacó el pucho negro de la boca, mirándolo y remirándolo, como con pena de que se acabara tan pronto.
Entramos en el galpón. Al lado del fuego, que ardía con grandes llamas y chisporroteo de leña verde, echando un humo espeso y agrio que hacía lagrimear, hervía una inmensa pava, negra de ollín; al lado estaba la enorme yerbera cuadrada, de palo, mediada de yerba parnanguá, entre la que se asentaba el mate, una galleta muy bien retobada con vejiga. Al calor de la llama, se iba asando un pedazo de carne de la que vi colgada, y ahí no más, cerquita, el porrón de la salmuera. El viejo era amigo de su comodidad. Entró la cabeza de vaca, yo me senté en otra, y comenzamos á matear y á menearle taba.
--¿Y p'ande va, amigo?--me preguntó don Cipriano, brindándome un amargo.--Porque usted no es del Pago, ¿no?
--No; no soy del Pago, pero voy á ser--le dije.
--¡Ajá, está bueno! ¿Y ande piensa trabajar?... si me permite la pregunta.
--Aquí mismo. Me quedo á ayudar á la patrona.
--¡Bien haiga! Falta le hacía á la pobrecita, dende que murió el finao, aura hará un año p'a la yerra... La mujer no ha di andar sola, dispués de haber tirao en yunta... Solita, se hace mañera, y no sirve ni p'a noria.
Al principio no entendí bien lo que me quería decir el viejo, pero la agachada era demasiado clara, para que al fin no cayese en cuenta. Refregándome los ojos que me ardían con el humo, le dije con retintín:
--¡Sola!... tan sola no vivía, desde que estaba con usted.
--Se mi hace que l'incomoda la humadera, amigo, y que no ve lo maceta que mi han puesto los años... ¡Y cómo será cuando tuavía no gastábamos más leña que la de oveja, ni pitábamos más que naco ó cuerda, y yo era viejón y duro de coyunturas!... No friegue pues, mocito.
Yo me eché á reir. El viejo, después de estarse callado un rato, siguió con los cuentos de la patrona.
--Dende que murió el finau, que Dios tenga en gloria, doña Carolina anda como pan que no se vende. ¡Á esa moza--porqu'es moza tuavía,--le falta algo, está claro! Y la verdá que anqu'es trabajadora y se levanta al alba, la esquina suele ser de mucho trajín p'a ella sola, pobrecita...
Chupó tranquilamente el mate, y después siguió:
--Y es buenaza la patroncita... Cuando vivía el finau, todo era mimos y comiditas...
Aura, rejunta cuanto guacho encuentra y los trata como á hijos... Á mí, á su lau no me falta nada, y eso que soy un viejo deslomao que no vale ni una sé di agua... Y hace mucha caridá, y no hay rancho de pobre por ahí cerca, en que no la quieran como al pan bendito...
-—Me alegro de tener una patrona así,--le dije—-de ese modo me voy á quedar aquí toda la vida.
Me miró con una risita fregona, y después de un rato agregó, mientras encendía un candil de sebo de carnero: