El Canto Errante Obras Completas Vol. XVI

Part 3

Chapter 33,858 wordsPublic domain

Yo soy en Dios lo que soy y mi ser es voluntad que, perseverando hoy, existe en la eternidad.

Cuatro horizontes de abismo tiene mi razonamiento, y el abismo que más siento es el que siento en mí mismo.

Hay un punto alucinante en mi villa de ilusión: La torre del elefante junto al kiosco del pavón.

Aún lo humilde me subyuga si lo dora mi deseo. La concha de la tortuga me dice el dolor de Orfeo.

Rosas buenas, lirios pulcros, loco de tanto ignorar, voy a ponerme a gritar al borde de los sepulcros:

¡Señor que la fe se muere! Señor mira mi dolor. _¡Miserere! ¡Miserere!..._ Dame la mano, Señor...

LA BAILARINA DE LOS PIES DESNUDOS

Iba en un paso rítmico y felino a avances dulces, ágiles o rudos, con algo de animal y de felino la bailarina de los pies desnudos.

Su falda era la falda de las rosas, en sus pechos había dos escudos... Constelada de casos y de cosas... La bailarina de los pies desnudos.

Bajaban mil deleites de los senos Hacia la perla hundida del ombligo, e iniciaban propósitos obscenos azúcares de fresa y miel de higo.

A un lado de la silla gestatoria estaban mis bufones y mis mudos... ¡Y era toda Setene y Anactoria la bailarina de los pies desnudos!

[imagen:

Oh pinos, oh hermanos en tierra y ambiente, yo os amo. Sois dulces, sois buenos, sois graves. ]

LA CANCIÓN DE LOS PINOS

Oh pinos, oh hermanos en tierra y ambiente, yo os amo. Sois dulces, sois buenos, sois graves. Diríase un árbol que piensa y que siente, mimado de auroras, poetas y aves.

Tocó vuestra frente la alada sandalia; habéis sido mástil, proscenio, curul, oh pinos solares, oh pinos de Italia, bañados de gracia, de gloria, de azul.

Sombríos, sin oro del sol, taciturnos, en medio de brumas glaciales y en montañas de ensueños, oh pinos nocturnos, ¡oh pinos del Norte, sois bellos también!

Con gestos de estatuas, de mimos, de actores, tendiendo a la dulce caricia del mar, ¡oh pinos de Nápoles, rodeados de flores, oh pinos divinos, no os puedo olvidar!

Cuando en mis errantes pasos peregrinos, la Isla Dorada me ha dado un rincón do soñar mis sueños, encontré los pinos, los pinos amados de mi corazón.

Amados por tristes, por blandos, por bellos. Por su aroma, aroma de una inmensa flor, por su aire de monjes, sus largos cabellos, sus savias, ruidos y nidos de amor.

¡Oh pinos antiguos que agitara el viento de las epopeyas, amados del sol! ¡Oh líricos pinos del Renacimiento, y de los jardines del suelo español!

Los brazos eolios se mueven al paso del aire violento que forma al pasar ruidos de pluma, ruidos de raso, ruidos de agua y espumas de mar.

¡Oh noche en que trajo tu mano, Destino, aquella amargura que aún hoy es dolor! La luna argentaba lo negro de un pino, y fuí consolado por un ruiseñor.

Románticos somos... ¿Quién que Es, no es romántico? Aquel que no sienta ni amor ni dolor, aquel que no sepa de beso y de cántico, que se ahorque de un pino: será lo mejor...

Yo, no. Yo persisto. Pretéritas normas confirman mi anhelo, mi ser, mi existir. ¡Yo soy el amante de ensueños y formas que viene de lejos y va al porvenir!

[imagen:

Quietud, quietud... Ya la ciudad de oro ha entrado en el misterio de la tarde. ]

VESPER

Quietud, quietud... Ya la ciudad de oro ha entrado en el misterio de la tarde. La catedral es un gran relicario. La bahía unifica sus cristales en un azul de arcaicas mayúsculas de los antifonarios y misales. Las barcas pescadoras estilizan el blancor de sus velas triangulares y como un eco que dijera: «Ulises», junta alientos de flores y de sales.

EN UNA PRIMERA PÁGINA

Cálamo, deja aquí correr tu negra fuente. Es el pórtico en donde la Idea alza la frente luminosa y al templo de sus ritos penetra. Cálamo, pon el símbolo divino de la letra en gloria del vidente cuya alma está en su lira. Bendición al que entiende, bendición al que admira. De ensueño, plata o nieve, esta es la blanca puerta. Entrad los que pensáis o soñáis. Ya está abierta.

[imagen:

Aquí, junto al mar latino, Digo la verdad: ]

¡EHEU!

Aquí, junto al mar latino, digo la verdad: Siento en roca, aceite y vino yo mi antigüedad.

Oh, qué anciano soy, Dios santo, Oh, qué anciano soy... ¿De dónde viene mi canto? Y yo, ¿adónde voy?

El conocerme a mí mismo ya me va costando muchos momentos de abismo y el cómo y el cuándo...

Y esta claridad latina, ¿de qué me sirvió a la entrada de la mina del yo y el no yo...?

Nefelibata contento creo interpretar las confidencias del viento, la tierra y el mar...

Unas vagas confidencias del ser y el no ser, y fragmentos de conciencias de ahora y ayer.

Como en medio de un desierto me puse a clamar; y miré el sol como muerto y me eché a llorar.

[imagen:

La hembra del pavo real estaba en el jardín desnuda. ]

LA HEMBRA DEL PAVO REAL

En Ecbatana fué una vez... O más bien creo que en Bagdad... Era en una rara ciudad, bien Samarcanda o quizás Fez.

La hembra del pavo real estaba en el jardín desnuda; mi alma amorosa estaba muda y habló la fuente de cristal.

Habló con su trino y su alegro y su stacatto y son sonoro, y venían del bosque negro voz de plata y llanto de oro.

La desnuda estaba divina, salomónica y oriental: era una joya diamantina la hembra del pavo real.

Los brazos eran dos poemas ilustrados de ricas gemas. Y no hay un verso que concentre el trigo y albor de palomas, y lirios y perlas y aromas que había en los senos y el vientre.

Era una voluptuosidad que sabía a almendra y a nuez y a vinos que gustó Simbad... En Ecbatana fué una vez, o más bien creo que en Bagdad.

En las gemas resplandecientes de las colas de los pavones caían gotas de las fuentes de los Orientes de ilusiones.

La divina estaba desnuda. Rosa y nardo dieron su olor... Mi alma estaba extasiada y muda y en el sexo ardía una flor.

En las terrazas decoradas con un gesto extraño y fatal fué desnuda ante mis miradas la hembra del pavo real.

HONDAS

_A Pichardo._

Yo soñé que era un hondero mallorquín. Con las piedras que en la costa recogí, cazaba águilas al vuelo, lobos, y en la guerra iba a la guerra contra mil.

Un guijarro de oro puro fué al cenit, una tarde en que en la altura azul vi un enorme gerifalte perseguir a una extraña ave radiante, un rubí que rayara el firmamento de zafir.

No tornó mi piedra al mundo, Pero sin vacilar vino a mí el ave querubín. «Partió herida--dijo--el alma de Goliat, y vengo a ti. Soy el alma luminosa de David!»

LIRA ALERTA

[imagen]

[imagen:

Lúgubres atardeceres y amor y dolor. ]

A UN PINTOR

Vamos a cazar, oh Ramos, vamos por allí; suenan cuernos y reclamos y ecos de jaurías; y

vamos a cazar colores, vamos a cazar entre troncos y entre flores, arte singular.

Pintor de melancolías, amigo pintor, la perla que tú deslías tendrá mi dolor.

Teorías de dolores has pintado tú; y priapeas y ardores que da Belcebú.

Amas la luz y la furia que es un don de Pan la poderosa lujuria que los dioses dan.

Lúgubres atardeceres y amor y dolor, crepúsculos de mujeres, masculino horror...

Vagos éxodos funestos, gestos de pesar, gestos terribles y gestos de llorar y aullar.

El sol poniente que quema la última ilusión, o la bruma de un poema que es fin de pasión.

Hondas negruras de abismo y espanto fatal, lividez de cataclismo o anuncio mortal.

Ráfagas de sombra y frío y un errante ir... (Vamos a morir Dios mío, vamos a morir!)

Pintor de melancolías, deja esa visión. Hay soles de eternos días, Olimpo y Sión.

Vamos a cazar colores, ilusión los bosques dan, las dríadas brindan flores y alegría el egipán.

El trigal sueña en la misa; hay de besos un rumor; y en la seda de la brisa va la gracia del amor.

[imagen:

...sobre la pampa inmensa... ]

PRELUDIO

_En «Alma América», de J. S. Chocano._

Hay un tropel de potros sobre la pampa inmensa. ¿Es Pan que se incorpora? No: es un hombre que piensa, es un hombre que tiene una lira en la mano: él viene del azul, del sol, del Océano. Trae encendida en vida su palabra potente y concreta el decir de todo un continente... Tal vez es desigual... (¡El Pegaso da saltos!) Tal vez es tempestuoso... (¡Los Andes son tan altos!...) Pero hay en ese verso tan vigoroso y terso una sangre que apenas veréis en otro verso; una sangre que cuando en la estrofa circula como la luz penetra y como la onda ondula... Pegaso está contento, Pegaso piafa y brinca, porque Pegaso pace en los prados del inca. Y este fuerte poeta de alma tan ardorosa sabe bien lo que cuentan los labios de la rosa, comprende las dulzuras del panal y comprende lo que dice la abeja del secreto del duende... Pero su brazo es para levantar la trompeta hacia donde se anuncia la aurora del Profeta; es hecho para dar a la virtud del viento la expresión del terrible clarín del pensamiento. Él sabe de Amazonas, Chimborazos y Andes. Siempre blande su verso para las cosas grandes. Va como Don Quijote en ideal campaña, vive de amor de América y de pasión de España; y envuelto en armonía y en melodía y canto tiene rasgos de héroe y actitudes de santo. «¿Me permites, Chocano, que, como amigo fiel, te ponga en el ojal esta hoja de laurel?» Tal dije cuando don J. Santos Chocano, último de los incas, se tornó castellano.

[imagen:

¡Si será Ella!... ]

NOCTURNO

Silencio de la noche, doloroso silencio nocturno... ¿Por qué el alma tiembla de tal manera? Oigo el zumbido de mi sangre, dentro mi cráneo pasa una suave tormenta. ¡Insomnio! No poder dormir, y, sin embargo, soñar. Ser la auto-pieza de disección espiritual, ¡el auto-Hamlet! Diluir mi tristeza en un vino de noche en el maravilloso cristal de las tinieblas... Y me digo: ¿a qué hora vendrá el alba? Se ha cerrado una puerta... Ha pasado un traseunte... Ha dado el reloj tres horas... ¡Si será Ella!...

CASO

A un cruzado caballero, garrido y noble garzón, en el palenque guerrero le clavaron un acero tan cerca del corazón,

que el físico al contemplarle, tras verle y examinarle, dijo: «Quedará sin vida si se pretende sacarle el venablo de la herida.»

Por el dolor congojado, triste, débil, desangrado, después que tanto sufrió, con el acero clavado el caballera murió.

Pues el físico decía que, en dicho caso, quien una herida tal tenía, con el venablo moría, sin el venablo, también.

¿No comprendes, Asunción la historia que te he contado, la del garrido garzón con el acero clavado muy cerca del corazón?

Pues el caso es verdadero; yo soy el herido, ingrata, y tu amor es el acero: ¡si me lo quitas, me muero si me lo dejas, me mata!

[imagen:

En panorama igual al de los cuadros y hasta igual al que pudiera imaginarse... ]

EPÍSTOLA

_A la señora de Leopoldo Lugones._

I

Madame Lugones, j’ai commencé ces vers en écourtant la voix d’un carillon d’Anvers.... ¡Así empecé, en francés, pensando en Rodenbach cuando hice hacia el Brasil, una fuga... de Bach!

En Río de Janeiro iba yo a proseguir poniendo en cada verso el oro y el zafir y la esmeralda de esos pájaros-moscas que melifican entre las áureas siestas foscas que temen los que temen el cruel vómito negro. Ya no existe allá fiebre amarilla. ¡Me alegro! _Et pour cause._ Yo pan-americanicé con un vago temor y con muy poca fe en la tierra de los diamantes y la dicha tropical. Me encantó ver la vera machita, mas encontré también un gran núcleo cordial de almas llenas de amor, de ensueños, de ideal. Y si había un calor atroz, también había todas las consecuencias y ventajas del día, en panorama igual al de los cuadros y hasta igual al que pudiera imaginarse... Basta. Mi ditirambo brasileño es ditirambo que aprobaría tu marido. _Arcades ambo._

II

Mas al calor de ese Brasil maravilloso, tan fecundo, tan grande, tan rico, tan hermoso, a pesar de Tijuca y del cielo opulento, a pesar de ese foco vivaz de pensamiento, a pesar de Nabuco, embajador, y de los delegados panamericanos que hicieron lo posible por hacer cosas buenas, saboreé lo ácido del saco de mis penas, quiero decir que me enfermé. La neurastenia es un don que me vino con mi obra primigenia. ¡Y he vivido tan mal, y tan bien, cómo y tanto! ¡Y tan buen comedor guardo bajo mi manto! ¡Y tan buen bebedor tengo bajo mi capa! ¡Y he gustado bocados de cardenal y papa...! Y he exprimido la urbe cerebral tantas veces, que estoy grave. Esto es mucho ruido y pocas nueces, según dicen doctores de una sapiencia suma. Mis dolencias se van en ilusión y espuma. Me recetan que no haga nada ni piense nada, que me retire al campo a ver la madrugada con las alondras y con Garcilaso, y con el _sport_. ¡Bravo! Sí. Bien. Muy bien. ¿Y _La Nación_? ¿Y mi trabajo diario y preciso y fatal? ¿No se sabe que soy cónsul como Stendhal? Es preciso que el médico que eso recete dé, también libro de cheques para el Crédit Lyonnais y envíe un automóvil devorador del viento en el cual se pasee mi egregio aburrimiento harto de profilaxis, de ciencia y de verdad.

III

En fin, convaleciente, llegué a nuestra ciudad de Buenos Aires, no sin haber escuchado a míster Root a bordo del _Charleston_ sagrado, mas mi convalecencia duró poco. ¿Qué digo? mi emoción, mi entusiasmo y mi recuerdo amigo, y el banquete de _La Nación_, que fué estupendo, y mis viejas siringas con su pánico estruendo, y ese fervor porteño, ese perpetuo arder, y el milagro de gracia que brota en la mujer argentina, y mis ansias de gozar de esa tierra, me pusieron de nuevo con mis nervios en guerra. Y me volví a París. Me volví al enemigo terrible, centro de las neurosis, ombligo de la locura, foco de todo _surmenage_ donde hago buenamente mi papel de _sauvage_ encerrado en mi celda de la rue Marivaux, confiando sólo en mí y resguardando el yo. ¡Y si lo resguardara, señora, si no fuera lo que llaman los parisienses una _pera_! A mi rincón me llegan a buscar las intrigas, las pequeñas miserias, las traiciones amigas, y las ingratitudes. Mi maldita visión sentimental del mundo me aprieta el corazón, y así cualquier tunante me explotará a su gusto. Soy así. Se me puede burlar con calma. Es justo. Por eso los astutos, los listos, dicen que no conozco el valor del dinero. ¡Lo sé! Que ando, nefelibata, por las nubes... Entiendo. Que no soy hombre práctico en la vida... ¡Estupendo! Sí, lo confieso, soy inútil. No trabajo por arrancar a otro su pitanza; no bajo a hacer la vida sórdida de ciertos previsores. Yo no ahorro ni en seda, ni en champaña, ni en flores. No combino sutiles pequeñeces, ni quiero quitarle de la boca su pan al compañero. Me complace en los cuellos blancos ver los diamantes. Gusto de gentes de maneras elegantes y de finas palabras y de nobles ideas. Las gentes sin higiene ni urbanidad, de feas trazas, avaros, torpes, o malignos y rudos, mantienen, lo confieso, mis entusiasmos mudos. No conozco el valor del oro... ¿Saben esos que tal dicen lo amargo del jugo de mis sesos, del sudor de mi alma, de mi sangre y mi tinta, del pensamiento en obra y de la idea en cinta? ¿He nacido yo acaso hijo de millonario? ¿He tenido yo Cirineo en mi Calvario?

IV

Tal continué en París lo empezado en Anvers. Hoy, heme aquí en Mallorca, _la terra dels foners_, como dice Mossen Cinto, el gran Catalán. Y desde aquí, señora, mis versos a ti van, olorosos a sal marina y a azahares, al suave aliento de las Islas Baleares. Hay un mar tan azul como el Partenopeo. Y al azul celestial, vasto como un deseo, su techo cristalino bruñe con el sol de oro. Aquí todo es alegre, fino, sano y sonoro. Barcas de pescadores sobre la mar tranquila descubro desde la terraza de mi _villa_, que se alza entre las flores de su jardín fragante con un monte detrás y con la mar delante.

V

A veces me dirijo al mercado, que está en la Plaza Mayor. (¿Qué Coppée, no es verdá?) Me rozo con un núcleo crespo de muchedumbre que viene por la carne, la fruta y la legumbre. Las mallorquinas usan una modesta falda, pañuelo en la cabeza y la trenza a la espalda. Esto, las que yo he visto, al pasar, por supuesto. Y las que no la lleven no se enojen por esto. He visto unas payesas con sus negros corpiños, con cuerpos de odaliscas y con ojos de niños; y un velo que les cae por la espalda y el cuello dejando al aire libre lo obscuro del cabello. Sobre la falda clara un delantal vistoso. Y saludan con un _bon di tengui_ gracioso, entre los cestos llenos de patatas y coles, pimientos de corales, tomates de arreboles, sonrosadas cebollas, melones y sandías, que hablan de las Arabias y las Andalucías. Calabazas y nabos para ofrecer asuntos a Madame Noailles y Francis Jammes juntos.

A veces me detengo en la plaza de abastos como si respirase soplos de vientos vastos, como si se me entrase con el respiro el mundo. Estoy ante la casa en que nació Raimundo Lulio. Y en ese instante mi recuerdo me cuenta las cosas que le dijo la Rosa a la Pimienta... ¡Oh, cómo yo diría el sublime destierro y la lucha y la gloria del mallorquín de hierro! ¡Oh, cómo cantaría en un carmen sonoro la vida, el alma, el numen, del mallorquín de oro! De los hondos espíritus es de mis preferidos. Sus robles filosóficos están llenos de nidos de ruiseñor. Es otro y es hermano del Dante. ¡Cuántas veces pensara su verbo de diamante delante la Sorbona vieja del París sabio! Cuántas veces he visto su infolio y su astrolabio en una bruma vaga de ensueño, y ¡cuántas veces le oí hablar a los árabes cual Antonio a los peces, en un imaginar de pretéritas cosas que por ser tan antiguas se sienten tan hermosas!

VI

Hice una pausa. El tiempo se ha puesto malo. El mar a la furia del aire no cesa de bramar. El temporal no deja que entren los vapores. Y un _yacht_ de lujo busca refugio en Porto-Pí. Porto-Pí es una rada cercana y pintoresca. Vista linda: aguas bellas: luz dulce; tierra fresca.

¡Ah, señora, si fuese posible a algunos el dejar su Babilonia, su Tiro, su Babel, para poder venir a hacer su vida entera en esta luminosa y espléndida ribera!

Hay no lejos de aquí un archiduque austriaco que las pomas de Ceres y las uvas de Baco cultiva, en un retiro archiducal y egregio. Hospeda como un monje--y el hospedaje es regio--. Sobre las rocas se alza la mansión señorial y la isla le brinda ambiente imperial.

Es un pariente de Jean Orth. Es un atrida que aquí ha encontrado el cierto secreto de su vida. Es un cuerdo. Aplaudamos al príncipe discreto que aprovecha a la orilla del mar ese secreto. La isla es florida y llena de encanto en todas partes. Hay un aire propicio para todas las artes. En Pollensa ha pintado Santiago Rusiñol cosas de flor, de luz y de seda de sol. Y hay villa de retiro espiritual famosa: La literata Sand escribió en Valldemosa un libro. Ignoro si vino aquí con Musset, y si la vampiresa sufrió o gozó, no sé[1].

[1]

He leído ya el libro que hizo Aurora Dupín. Fué Chopín el amante aquí. ¡Pobre Chopín!...

¿Por qué mi vida errante no me trajo a estas sanas costas antes de que las prematuras canas de alma y cabeza hicieran de mí la mezcolanza formada de tristeza, de vida y esperanza? ¡Oh, qué buen mallorquín me sentiría ahora! ¡Oh, cómo gustaría sal de mar, miel de aurora, al sentir como en un caracol en mi cráneo el divino y eterno rumor mediterráneo! Hay en mí un griego antiguo que aquí descansó un día después que le dejaron loco de melodía las sirenas rosadas que atrajeron su barca. Cuanto mi ser respira, cuanto mi vista abarca, es recordado por mis íntimos sentidos, los aromas, las luces, los ecos, los ruidos, como en ondas atávicas me traen añoranzas que forman mis ensueños, mis vidas y esperanzas.

Mas, ¿dónde está aquel templo de mármol, y la gruta donde mordí aquel seno dulce como una fruta? ¿Dónde los hombres ágiles que las piedras redondas recogían para los cueros de sus hondas?...

Calma, calma. Esto es mucha poesía, señora. Ahora hay comerciantes muy modernos. Ahora mandan barcos prosaicos la dorada Valencia, Marsella, Barcelona y Génova. La ciencia comercial es hoy fuerte y lo acapara todo.

Entretanto, respiro mi salitre y mi iodo brindados por las brisas de aqueste golfo inmenso, y a un tiempo, como Kant y como el asno, pienso. Es lo mejor.

VII

Y aquí mi epístola concluye. Hay una ansia de tiempo que de mi pluma influye a veces, como hay veces de enorme economía. «Si hay, he dicho, señora, alma clara, es la mía.» Mírame transparentemente, con tu marido, y guárdame lo que tú puedas del olvido.

A REMY DE GOURMONT

Desde Palma de Mallorca, en donde Lulio nació, te dirijo este romance, ¡oh, Remigio de Gourmont! Va lleno de sal marina y va caliente de sol, del sol que gozó Cartago y que a Aníbal dió calor. Llevan las gymnesias brisas algo de azahar. Y son para ti gratas, ilustre nieto de conquistador. Por tu sangre de Cortés puedes ornar tu blasón con signos que aquí en España mejorara sólo Dios. Y pues de Cortés blasonas, vaya esta salutación llena de frases corteses a tu hogar de sabidor. Yo te recordé por Lulio, a quien amas con razón, pues no hay para seres tales más que razonado amor. De las plantas de Raimundo tu herbario bien sabe el don, si él tuvo antes don de lenguas, don de lenguas tienes hoy. Raimundo fué combativo; tú lo eres en lo interior, y si lapidado fué, tú mereces el honor de ser quemado en la hoguera de la Santa Inquisición. Aquí hay luz, vida. Hay un mar de cobalto aquí, y un sol que estimula entre las venas sangre de pagano amor. Aquí estaría Simón bajo un toronjero en flor, viendo las velas latinas en la azulada visión. Y tú tendrías la mente en un eco, en una voz, en un cangrejo, en la arena, o en una constelación.

[imagen:

Eco, divina y desnuda. ]

ECO Y YO

_A la Señora Susana Torres de Castex._