El caballero encantado (cuento real... inverosí­mil)

Part 14

Chapter 144,058 wordsPublic domain

Silenciosos ambos, y atentos al escabroso atajo por donde iban, el cual más que camino era un arroyo sin agua, avanzaban hacia el término de su viaje, guiados por la risueña lucecita. Ya próximos al humilde lugar, Gil habló de la desaparición de Cíbico, que había tomado carrera con furia loca, cual si quisiera correr todo el mundo en busca de su ardilla. A más de condolerse de la ausencia del amigo, esta le afectaba personalmente, pues en la carga de la burra iba el hatillo de la ropa de él, y no podría vestirse de limpio si la disparada bestia no parecía. Bien haría la Madre excelsa en compadecerse del pobre caballero encantado, y con solo que aplicase unas miajas de su poder maravilloso a la solución de tan insignificante conflicto, este quedaría resuelto, recobrados Cíbico y su asna, y hasta la traviesa y maleante ardilla. A esto contestó la ilustre Señora parándose y soltando una grave risa con donosas palabras:

--Me río, porque tu pretensión de que yo emplee mi poder en buscar una pobre alimaña escapada de la esclavitud, trae a mi memoria los requerimientos de aquellos hijos míos que en mi nombre dirigen la sociedad. Esos cuitados no saben determinar nada por sí. A lo mejor vienen a mí y me dicen: «Madre, se me ha perdido el entendimiento; se me ha perdido la fórmula...» ¿Qué es la fórmula? Pues una receta para confeccionar las mixturas y pócimas con que embriagan o adormecen a la muchedumbre gregaria. Y quieren que yo les busque la formulilla perdida, como tú pides ahora que busque y atrape la alimaña de Bartolo. El caso es el mismo. Si parece la ardilla, parecerá Cíbico, y tras él la burra, y tu ropa para poder mudarte. Pues ellos, paralelamente a ti, me piden la fórmula para poder vestirse de limpio... Pero no hablemos de esto ahora; yo veré si me conviene buscarte la bestezuela, o si es más hacedero y práctico proveerte de nueva ropa, pues aquella que dejaste en la pollina ya está, como sabes, hecha trizas de los golpetazos que dan las lavanderas sobre las piedras del río. Déjalo a mi cuidado, y sigamos, que ya estamos casi a las puertas de Boñices, pueblo en verdad digno de ser visto, porque él es el emporio de la miseria. Yo, cuando entro en él, como en otros igualmente consumidos y muertos, me parece que entro en mi sepultura... sí... no te espantes... en la sepultura que entre todos me estáis cavando para el descanso de estos antiquísimos huesos.

Tembló el caballero al oír esto, y una vibración glacial le corría por el espinazo.

XVIII

Refiérese lo que el caballero vio y oyó en el mísero y olvidado lugar de Boñices.

A la entrada del pueblo, fue recibida la ilustre pareja por una lucida representación de chiquillos descalzos y andrajosos; por una corte de damas escuálidas, ataviadas con refajos corcusidos de mil remiendos, y por algunos caballeros en quienes se suponían, sobre el paño pardo, las invisibles veneras de un trabajo estéril y el gran cordón de la infinita paciencia. Hicieron todos cortesías y zalemas cariñosas, de arcaico son y sentido, y la soberana vieja, que en aquella ocasión, de vieja venerable tenía todas las trazas, avanzó despacio, asida al brazo de su escudero. A cada paso de ella salían de las humildes puertas más desdichadas personas, y cada cual pronunciaba su saludo de afable reverencia. Las calles o ronderas del pueblo eran como ramblas angostas, llenas de cantos rodados, traídos por las aguas que en días nefastos descendían furiosas de la cercana sierra de Cabrejas. En angulosa encrucijada vieron la torre de la iglesia, alta, fantástica y muda; revelaba su mole una melancolía perezosa; sus campanas, si las tenía, guardaban avaras el son grave y místico. Al ver la torre, preguntó la Señora a sus acompañantes:

--¿Y mi buen amigo don Venancio, por qué no ha salido a recibirme?

Dijéronle que el cura tenía enfermos en su familia. Siguió la Madre, y a los pocos pasos entró en una casa que no era la mejor del pueblo, ni tampoco la peor, aunque en calidad poco se llevaban unas a otras. En la puerta fue recibida por una mujer vestida de negro, de estas que más parecen envejecidas que viejas, flaca, rugosa y desguarnecida de los dientes incisivos, la cual con tanto alborozo como respeto la saludó:

--Dios la traiga, _señá María_, consuelo y alegría de estos probes.

Derecha entró la Madre hacia la cocina, que al extremo del pasillo se anunciaba, y atraía con su dulce calor. Hombres y mujeres dieron a la dama bienvenida cariñosa. En la cocina fue a ocupar un sillón de madera rústica con asiento formado de un tejido de cuerdas. La luz era de teas, a la que pronto se agregó un candil macilento, encendido en obsequio a la excelsa visitante. Los que tras ella entraron, dos hombres y una mujer, quedando los demás en la puerta contenidos por la veneración, sentáronse frente a ella en el poyo macizo o en derrengadas banquetas, y a los pies de la Madre se sentó Gil en el santo suelo, con familiar abandono de sirviente leal o deudo preferido.

--Mala está la noche para venir a pie desde Clavijo --dijo un anciano de largo pelambre, cegato, de corpachón abrupto y cansino, que ocupaba el asiento más cercano al hogar frente a la dama--. ¿Por qué no vino mi _doña María_ en el carro?

--Porque a una de las mulas la tengo cojita, y la otra la he tenido trabajando todo el día en la noria. Me acompaña este criado, este buen Gil, a quien no conocéis, y que os presento como el más fiel de mis servidores.

Volviéndose luego a la dueña de la casa, que de rodillas ante el hogar avivaba el rescoldo, y acaldaba los pucheros entre la ceniza salpicada de brasas, le dijo:

--Como no me esperabas, Fabiana, no habrás dispuesto cosa mayor para que cenemos en tu compañía. Pero no vengo desprevenida, y por vosotros más que por mí os traigo los sobrantes de mi miseria, no tan rasa y monda como la vuestra.

Diciéndolo, metió mano al pecho por debajo del manto que holgadamente la cubría, y sacó una soberbia hogaza de ocho libras, olorosa aún de la reciente cochura. Al recibir el pan, Fabiana lo besó como a cosa bendita. Y ante el estupor de los presentes, metió mano la Señora por el otro lado del pecho y sacó una ristra de cebollas y una sarta de chorizos... luego, no se supo de dónde, dos perdices muertas colgadas por los picos. Y si todos se maravillaron de lo que vieron, Gil no salía de su estupor, pues al venir con la Madre no había notado en el cuerpo de esta el embarazo que supone traer entre la ropa objetos de tanto peso y bulto. Sin duda funcionaba el arte de magia o encantamiento...

--Pon a un lado las perdices --dijo la Señora--, y con el pan que te traigo nos harás unas buenas migas, aderezadas como tú sabes... Con las migas me basta para cenar, y los demás no han de estimar corta la cena.

--¿Qué ha de ser corta --dijo el viejo melenudo y cegato--, si, como sabe Vuecencia, estamos todos en el caso de aquel pueblo donde se pregonaba: _Aquí es Villagorda, un garbanzo en cada olla_?

El que así hablaba era el maestro de párvulos de Boñices, agraciado por la España oficial con el generoso estipendio de quinientas pesetas al año; hombre que en largos días de magisterio había sutilizado su corta ciencia doctorándose a sí mismo en la gramática parda y en la filosofía parduzca, sabio en recetas de vida, eruditísimo en refranes. Su nombre, largo como un alfabeto, era de los que empiezan y no acaban: _don Alquiborontifosio de las Quintanas Rubias_; mas por abreviar le llamaban _don Quiboro_, que así las gentes acortaban kilómetros entre la primera y la última letra. El buen señor, rendido a su cansancio y a la miseria del pueblo, no enseñaba cosa alguna a los chicos, y les entretenía contándoles cuentos para que adormecieran el hambre, o salía con ellos al atrio de la iglesia para jugar al _chito_.

A don Alquiborontifosio siguió en el uso de la palabra la mujer que junto a él se sentaba, anciana de estatura tan lucida como la de la Madre, mas tan seca de rostro, que este se distinguía de las calaveras por el mover de la mandíbula sin dientes, emitiendo una voz de ultratumba, y por el brillo de sus ojuelos de lechuza, habituados a ver de noche más que de día. Era madre de Fabiana, cuatro veces viuda, y había dado al mundo veintidós hijos, de los cuales solo vivían tres. Su edad competía con la del siglo, pues nació en tiempo del intruso don José I. Ayudando a su hija en la preparación de las migas, le picaba el pan, mientras Fabiana disponía la sartén, el aceite y los ajos... A una pregunta de doña María, respondió con estas lúgubres razones:

--Mal tercio me ha hecho Dios teniéndome en este mundo tanto tiempo, para que vea disoluciones tales. La que aguantó cuatro maridos y parió hijos veintidós, parto doble tres veces, ¡ay! ya tiene derecho a estirar la pata y dormir la mona eterna... Si me manda relatar el mal de Boñices, direle que desde la última noche que vino acá Su Merced, tenemos más calamidades, más. Dos nietos míos, Luis y Macario, hombrachones recios como encinas, casados, y con tres criaturas el uno, con seis el otro, han salido ayer camino de un puerto de mar que llaman Santander para embarcarse en unas naves que van a las Américas... Se contrataron para trabajar en un campo de siete mil leguas, o qué sé yo... Llévanse a las mujeres y a los críos.

--A todos no --dijo interrumpiendo el hombre que junto a la viejísima mujer se sentaba, el cual era un vecino llamado Cernudas, albéitar _in illo tempore_, sacristán después, y hogaño enterrador del pueblo--; a todos no, que la semana pasada enterré yo a dos de los de Macario y a uno de Luis. Si la Señora quiere saber la _estadiquista_, como dicen en Soria, la cuenta de sepulturas, sepa que en los años de más muerte enterraba yo cuatro cuerpos cristianos cada año, y ahora salimos a ocho por mes, sin contar criaturas que van a la tierra como moscas.

Era Cernudas un tipo regordete, calvo, y a veces risueño, contraste violentísimo con sus fúnebres funciones en el lugar. Las chapas de sus mejillas indicaban el hábito de alegrarse con vino; mas como en Boñices escaseaba horriblemente el _morapio_, los dichos rosetones de la carátula del sepulturero degeneraban ya en manchas violáceas, como de cardenales recientes.

--Entenderalo mejor Vuecencia --dijo don Alquiborontifosio-- cuando sepa que éramos aquí ciento veinticinco vecinos, y ahora, por bien que hagamos la cuenta, no sale mayor suma que treinta y dos. Lo demás se lo han llevado las malas cosechas, la falta de dinero, pues no hay quien posea dos pesetas, y los bandidos del Fisco, embargando tierras por no poder estos infelices con el peso de la contribución. El arrastrado Fisco saca las tierras a remate, y no viene ningún forastero a comprarlas por miedo a la infección de tercianas, cuartanas y quintanas que aquí padecemos, motivado al agua estancada que rodea el pueblo. De esta putrefacción murieron el médico y el boticario que teníamos, y ello fue en días en que había menos enfermedad que se sonaba, por lo que vino bien aquel refrán: _El milagro del santo de Pajares, que ardió él y no las pajas_...

--Mejor salud tenemos acá desde que se llevó Dios al médico --dijo la vieja-vieja, por nombre y cognomen Celedonia Recajo--, y aquí, don Quiboro, no hay más maleficio que el no comer, y todo eso del _miquiborio_ es enredo y trabalenguas como el nombre de usted. Que nos traigan pan. Para espantar a la muerte nos bastaría con el pan, y con otra cosa que es el pan del alma, la santa alegría... Ya no hay mozas en el pueblo, que todas se han ido a Soria y al Burgo, a ser criadas o pior cosa. Ya no hay mozos, que unos por servir al Rey, otros porque les llama la golosina de las Indias, todos se han ido, y aquí no queda quien baile, ni se oye un rasgueo de guitarra. Yo, si hubiera un vejestorio que me sacara, bailaría; y aunque fuera danza de esqueletos, con la música de huesos contra huesos, se alegrarían los que quedan vivos en Boñices... ¡Ay, Boñices, quién te vido cuando yo me casé por primera vez, reinando don Fernando el Séptimo, y te ve ahora con tu gente ida, y la que queda descomida, y las almas... ateridas de tristeza!... Alegría, ¿dónde estás; sal de los cuerpos, a do te fuiste?... ¡Ay, ay! Cernudas, llévame pronto allá, y entiérrame, y apisona bien la tierra sobre mí, que si no, me arresucito, y saco a bailar a don Alquibori, bori... tifonsio... ¡Renegado nombre, que todavía en mil años que tengo no aprendí a decirlo de corrido!

Las bromas lúgubres de la secular Celedonia dieron cierta amenidad a la velada. Queriendo la Madre alejar la tristeza del ánimo entenebrecido de los boñicenses, incitó a don Alquiborontifosio a que hablase más de lo que le permitía su respeto. Desatose el maestro en estos peregrinos comentarios:

--Cuando yo enseñaba a los chicos a jugar con las letras y a pintarse los dedos con los palotes, ellos me socorrían... Uno me traía la ristra de cebollas, otro la media decena de huevos, aquel dos medidas de leche, quillotro una hogaza de seis libras. Pero vienen los tiempos malos, y Alquiborontifosio sale a pedir limosna a los caminos, y lo que saco doylo a los niños... Conforme Cernudas va enterrando a mis alumnos, mi escuela se va quedando vacía... _Donde no hay pan, vase hasta el can_... Viejo era yo cuando me salió una viuda joven, y pensé si me casaría. Pero yo dije: _¿Qué hace con la moza el viejo? hijos güérfanos_... Pasado un año, por mi guapeza y mi habla graciosa, otra moza se prendó de mí. Yo pensé, yo vacilé. _Demás está la grulla al sol, dando la teta al asno_, que es como decir que está uno perplejo, sin decidirse... La muchacha era fea. Venía bien aquello de _hambre larga, no repara en salsa_... Mas era también rica. _A la mona que te trae el plato, no le mires el rabo._ Yo dudé, yo medí mis años y mis redaños, y dije con filosofía: _Ni patos a la carreta, ni bueyes a volar, ni viejo con moza casar_. Ea, he vivido luengos días, y aún viviré más con hambres y estrecheces. ¿Qué es la vida? Una muerte que come. ¿Qué es la muerte? Una vida que ayuna. Vivamos muriendo. ¿Cementerio dijiste? Pues entre sepultura y sepultura, testigo Cernudas, nunca falta un pedazo de pan y un traguito de vino.

Celebraron todas las humoradas del viejo filósofo y vividor, y en esto llegaron otros que a doña María con festejo saludaron. Entre ellos venían dos mozos fornidos y guapetones, los únicos que quedaban en las proximidades del pueblo, inmunes ya contra el paludismo y resignados a la miseria, y uno que a la espalda traía su guitarrillo colgado de una cuerda, y era músico, juglar o coplero, de esos que a los pueblos divierten con sus ingenuas invenciones de poesía mal trovada y burda. Por su andar a tientas y por la fijeza inexpresiva de sus ojos, se vio que era ciego. Lleváronle junto a la Madre, cuya mano buscó para besársela; sentose en el suelo, y le espetó esta retahíla:

--Gran Señora, dígame si es verdad la _lienda_ que de Su Alteza corre por estos pueblos; dígamela, y pondrela yo en solfa con caída de sonsonete para recite o cante... Dicen que Su Magnificencia vive en el castillo de Clavijo, con su corte de ricas hembras, de caballeros y de trovadorcillos que le cantan y le bailan las cosas añejas. Dicen que en noches de tempestad se presenta ante el castillo un caballero; llama soplando en un cuerno que con su son atruena toda Castilla; levantan los de dentro el puente levadizo; entra el jinete en la plaza de armas, y vuestros escuderos le tienen del estribo para que baje de su caballo poderoso, blanco como la nieve. Es el Apóstol Santiago que va cuando le place a visitar a la gran doña María, y con ella cena en manteles de brocado, y de sobremesa platican de las cosas de estos reinos, y de las picardías de los hombres ruines que en ellos han puesto el mantel de sus negras meriendas. Yo voy a componer unas coplas y seguidillas con este asunto para cantármelas de lugar en lugar, y comer de ellas, que el comer es necesario, y ya que he tomado este oficio, tengo que sacar de él los garbanzos de cada día.

--Puedes componer y cantar lo que gustes, buen hombre --replicó la Madre risueña--. Pero cuanto supones de mi vida y mi castillo es invención, que no por mentirosa deja de tener su encanto y algún crédito en el mundo de las almas. Engaño es la poesía; mas con tal engaño se alimentan de substancia pura los entendimientos... Y diciendo y cantando cosas que no serán creídas, te aplaudirán las multitudes y ganarás honradamente tu pan... Direte ahora la verdad, que no es poética ni cantable. Yo vivo pobremente en Clavijo. Soy noble hidalga que ha venido muy a menos; no tengo más corte que dos o tres criados fieles como este que aquí ves, y mi castillo es una ruina desmantelada, donde verás gallinas, patos y otras aves, y algo de cuatropea para mi servicio y sustento, y nada más. Amiga he sido del Apóstol Santiago; pero hace siglos que el buen señor ni me visita ni de mí se deja ver en ninguna parte. En mi casa le tengo pintado en una lámina vetusta, y si hablo con él es tan solo para decirle: «Caballero mío, descansa en tu fuesa, si es que en ella yace tu santo cuerpo, y pon tu corcel blanco a tirar de un carro, que solo para eso sirve ya...» Esta es la verdad; pero si tú quieres _lienda_, como dices, y vives de ella, componla a tu gusto, y Dios te inspire y te ayude, hijo.

--Así lo haré, y algún día oiréis mis trovas en estos y otros caminos --dijo el ciego--, si os dignáis pararos en el corro de mis oyentes. Yo ando en el canticio y recitorio desde que la gota serena me quitó la presencia de las cosas. Mi nombre es Críspulo, y soy conocido en todo el mundo, _verbi gracia_, en toda esta tierra, por _Crispulín de Chaorna_, que tal es el nombre del pueblo donde vi la luz y donde la luz me fue quitada.

Muy del gusto de todos fue el relato de Crispulín, a quien la Madre invitó a participar de la cena que Fabiana y Celedonia con diligente afán disponían. Cuando nadie le esperaba, entró de rondón en la cocina el cura del pueblo, don Venancio Niño, varón docto y afable, bienquisto de sus feligreses, cuarentón, escueto y de traza pobre. En elogio suyo debe decirse que del lado de los mundanos intereses era el más cristiano de los hombres, pues cuanto poseía, y lo que le entraba por el pie de altar, repartíalo entre sus convecinos afligidos de atroces calamidades, reservándose tan solo lo preciso para la precaria subsistencia de su nada corta familia. Al verle llegar le hicieron sitio junto a doña María, cuya mano besó, diciéndole en el familiar tono de antiguos amigos:

--Dispénseme la Señora que no saliese a saludarla cuando entró en el pueblo. Tengo a la niña mayor muy malita; la pequeñuela, aunque corretea y brinca sin parar, se me está quedando en los huesos. Me ha entrado el temor de que las dos quieren írseme al Cielo. A la Santísima Virgen pido que me las deje... Me da el corazón que no seré oído. Vivo en ascuas, señora mía. Creo que estas amarguras darán conmigo en tierra.

--Ánimo, don Venancio --le dijo la Madre--, y no desconfíe de la protección divina. Procuraré yo mandarle un médico, y las niñas sanarán.

--Dios se lo pague, y dé a Vuestra Señoría días de gloria.

--Eso es más difícil. Los días de gloria están lejos, y si no que lo diga don Alquiborontifosio, que ya no tiene chicos, ni escuela, ni mendrugos de pan que roer.

--Sostengo yo --clamó el maestro con firme voz-- que los días de gloria se fueron para no volver. En mi pueblo aprendí este refrán: _Don Fután por la pelota, don Zitán por la Marquesota y don Roviñán por la rasqueta, pierden la goleta_. Y si este no les convence, aquí tienen otro, que es de Aliud y de Lubia, pueblos que fueron romanos: _Cárdenas y el Cardenal, don Chacón y Fray Mortero, traen la Corte al retortero_.

--Razón tiene el maestro --dijo el cura--; pero en este lugar de Boñices, los males de toda la tierra se agravan con el abandono en que nos tienen los mandarines.

--Yo he pedido a los pudientes --indicó la Madre-- que sean desecadas estas lagunas para que acabe el maleficio, y no me han hecho caso.

--Ni lo harán --declaró el maestro, sentencioso-- mientras en el agua corrompida no vean los Gaitines peces, quiero decir, negocio.

Y no una, sino seis o más voces gritaron:

--Pues duro a los pudientes ensalzaos, y a los Gaitines que nos roban la vida. ¡Si quieren guerra, guerra!

Alguien propuso que se reuniesen los supervivientes de Boñices con la gente de las aldeas cercanas, hombres y mujeres, viejos y chiquillería, y armados todos con garrotes, o con escopeta el que la tuviese, se lanzaran bramando por campos y caminos hasta llegar a Soria y a la casa del Gobernador, y allí, con escándalo, tiros y estacazo limpio, pidieran y recabaran el derecho a vivir. Don Venancio con autorizada voz les dijo:

--Yo os acaudillaría; pero ¿qué puedo hacer con mi niña mayor moribunda, la pequeña encanijadilla? De añadidura, tengo a Ramona sin poder valerse de dolores de reúma. No puedo faltar de mi casa, que es un hospital y un asilo de parientes de Ramona y míos, con quienes reparto mi pobre techo y las sopas de ajo... cuando la Divina Misericordia las envía.

Díjole doña María que para él eran las perdices que había traído, y al darle el cura las gracias, las repitió más efusivas por otro reciente obsequio de la Señora.

--Mucho le agradecí el zaque de vino blanco que me dejó esta noche al pasar por la puerta de mi casa. Ya dije a Ramona que retendremos tan solo la mitad del clarete, y la otra parte será para que participen de él los que cenen aquí con Vuecencia esta noche.

Quedó Gil pasmado de que la Madre dejara de soslayo la bota de vino en la casa rectoral sin que él lo advirtiese; y el trovador Crispulín de Chaorna, así como el fúnebre Cernudas, se holgaron del anuncio de vino, que en luengos días no habían catado. Don Alquiborontifosio comentó los obsequios al cura con su habitual socarronería refranesca: _No hay casa harta sino donde hay corona rapada_.

Cerrado este ameno paréntesis, los mozos gallardos, que habían venido de cercanos caseríos, y los vecinos de Boñices, que en la puerta de la cocina se asomaban disputándose un hueco para meter sus cabezas, y los ancianos abatidos y las viejas regañonas, proclamaron de nuevo el derecho a rebelarse contra los que se apropiaban los manantiales de la existencia, no dejando ni una gota para los desvalidos... Como la vehemencia de los manifestantes produjese en la cocina algún tumulto, Fabiana hizo saber que despejaría el local si no se expresaban con respeto y sin ruido. La Madre intervino en favor de ellos, diciendo que a los que tanto sufrían podía permitirse algo más que la simple queja. La vida hispana era un puro quejido, y los males continuaban inmóviles en su eternal dureza, como las rocas que no se ablandan al paso de las aguas sino cuando estas corren acariciando por siglos y siglos.

--No acariciéis --les dijo--; abandonad toda blandura; sed fuertes, clamad, pedid...