El caballero encantado (cuento real... inverosímil)
Part 13
--Aquí me quedo yo --dijo Cíbico atando a un árbol la pollina--. Y ahora, pues tenemos luna nueva de cinco días, medio creciente, podrás enterarte bien del terreno... Aquí hay un puentecillo: pasémoslo... Desde esta cabecera parten las veredas que suben hasta el caminejo llano que arranca del portillo. La subida es agria: estúdiala, cuesta arriba, para que la bajada te sea fácil. Te sitúas en el portillo por la parte de dentro, que estará en sombra. Si Pascuala no puede salir, nuestro gozo en un pozo. Al amanecer te retiras... Si la moza halla medio de escabullirse callandito, te la traes acá... Con un silbo puedes anunciarte, y yo te contestaré imitando un ladrido de perro quejumbrón. Ya me lo has oído, y no confundirás mi ladrido artificial con el de los perros naturales... Y ya no más, que el tiempo apremia. Súbete corriendo, y la Virgen nos ayude y Dios haga la vista gorda... Si bajas con tu novia, montará ella en la burra, y ¡hala, hala! antes que sea de día llegaremos a Torreblascos; de allí, en buenas caballerías partiréis a la estación de El Burgo, y bien disfrazados y con nombre supuesto tomaréis billete para Valladolid... Dinero tengo para todo... Y basta ya de matemáticas... Yo, general en jefe, te mando que subas _como un solo hombre_ a ocupar tu puesto.
En menos de media hora, subiendo aquí, gateando allá, pudo llegar el encantado Gil-Tarsis a la vera del portillo. Reconoció el sitio por fuera y por dentro, y viéndolo en discreta soledad, se ocultó en la parte de sombra, como un centinela se mete en su garita. Hallábase el hombre en un desconcierto nervioso tan agudo, que sus sentidos no apreciaban fielmente las cosas reales. Si sus ojos le daban la sensación de soledad, sus oídos no transmitían al cerebro impresión de silencio; oía rumores que no se avenían con la total ausencia de personas, animales y bultos movibles. Por un momento creyó el caballero que se le habían metido en las orejas moscardones infernales, que le fingían estruendos y voceríos atronadores. Primero sintió ruido de cataratas; después... del interior del pueblo venía un rumor completamente absurdo en hora tan avanzada de la noche. De la breve visita que en pleno día hizo a Pascuala, sacó pegado al tímpano el cantorrio de las criaturas deletreando en la escuela: _be, a, ene: ban_... Y en aquella hora crítica de la noche, el encantado cerebro repetía con estruendo de mil voces de chiquillo el _be, a, ene: ban_... Variaba de pronto así: _che, i, ene: chin_.
«¿Será posible --pensó Gil-- que a estas horas esté Cintia dando lección a los chicos? No, no puede ser... Es engaño de mis oídos... pero ¡qué terrible engaño!»
En esta confusión, un nuevo extravío, quizás realidad anormal, le impresionó por el sentido de la vista. De la parte afuera del portillo venía un resplandor de luz verdosa que a cada segundo se hacía más lívida. Salió Gil a cerciorarse de tan extraño fenómeno, y vio que por encima de un alto monte, no situado al Naciente, salía la inverosímil aurora verde... La luna derivaba hacia Poniente, blanca y pensativa. La claridad lívida iluminaba todo el camino curvo y las pendientes que bajaban hacia el río. Diríase que celestes bengalas encendidas por ángeles, ya que no por demonios, imitaban o fingían un día que burlaba las exactitudes cosmográficas.
«No es el día --pensó Gil--; es una noche en que se insubordinan con loco humorismo los elementos... Esto es un carnaval de la Naturaleza, una burla que hacen de mí y de Cintia los encantadores perversos, enemigos de mi Madre... Madre, devuélveme mis tinieblas, apaga esas luces que adulteran mi noche.»
Fuera de sí, trató de volver al pueblo... La luz iba cambiando hacia un rosa tenue... Intenso rosa era ya, cuando Gil vio aparecer a Cintia franqueando el portillo con paso inseguro y actitud medrosa. Hacia ella corrió, vacilante entre la alegría y un dudar angustioso. ¿Era Cintia en cuerpo y alma, o falaz apariencia, obra de los genios malignos que habían trocado la noche oscura en día rosado? Tocó los brazos, el hombro y la cabeza de la hermosa mujer, diciéndole:
--Cintia de mi vida, creí que no eras tú, sino tu imagen... ¿Estás segura de ser tú?
--Yo soy --dijo Pascuala temblando--. No sé cómo he podido salir... Mi tía Sabina no quería dormirse, como si sospechara mi fuga... He podido sacar parte de mi ropa, que traigo en este envoltorio... Y aquí me tienes, Gil... quiero y no puedo. Cada paso que doy hacia ti me cuesta un esfuerzo enorme... Estoy paralizada... Estoy alucinada. Dime: ¿qué claridad es esta, y de dónde viene? Veo los montes, el sendero; véote a ti en una espléndida iluminación rosada...
--No sé quién ha encendido esta luz --dijo el caballero, poseído de estupor y ansiedad--. Explícame otro fenómeno que me confunde y anonada. ¿De noche das lección a tus chiquillos? He oído las voces tiernas deletreando.
--No doy lección de noche. Es absurdo... --repitió Cintia, cuya voz y actitudes eran como las de una sonámbula--. Y también yo... no sé lo que me pasa... yo también oigo el sonsonete de mis amadas criaturas... ¿Qué es esto? Parece que salen en tropel de la escuela... Vienen tras de mí.
--Ven... huyamos... salvémonos de esta fascinación horrible... hechicería que no entiendo.
Tiró del brazo de Cintia, y esta clamó acongojada:
--Me haces daño. No puedo andar.
Oíase la cantinela infantil más cercana, como traída por un ventarrón que venía del pueblo. Y de súbito aparecieron, corriendo y brincando, niñas y niños... La primera tanda era de diez o doce... siguieron como unos veinte... luego fueron cientos, que a los ojos aterrados de Gil eran miles. Unos traspasaban el portillo, otros saltaban entre los huecos del muro despedazado. El enjambre no tenía fin; el griterío era como un inmenso piar de pájaros o zumbar de insectos. La turba rodeó a Cintia; innumerables manecitas se agarraron a la falda de la maestra, y mientras unos repetían el _che, i, ene: chin_, otros chillaban: «_Pascua_, nuestra _Miga_, no te vas... _Pascua_, no dejar tus nenes... _Miga_, ven con niños tuyos.»
Centuplicó Gil su voluntad, y echando los brazos al talle de Cintia, trató de vencer las ligaduras, que, por ser tantas, vigorosamente la sujetaban. Algunas criaturas, encaramándose sobre otras, subían hasta el cuello de la maestra, y la oprimían con sus brazos y apretaban sus caritas contra el rostro de ella. El colosal esfuerzo de Gil fue tan vano, como si arrancar quisiera un sillar empotrado en fuerte muro... Ahogada por los abrazos, inmovilizada por los tirones, Cintia solo pudo decir:
--No me dejan... Vete, Gil... Ya ves, no puedo... Esclava soy de esta menudencia...
Sintiose el caballero paralizado... Quiso hablar: no pudo. Vio a Cintia desaparecer bajo el arco del portillo conducida por la infantil turba, cuyos chillidos triunfales se apagaban en el interior del pueblo.
XVII
De las extraordinarias visiones, y del feliz encuentro que tuvo el caballero en su retirada de Calatañazor.
Cegado por la luz, que aumentaba en viveza, y sacudido por intensa vibración de toda su máquina muscular, cayó al suelo el pobre Gil, y sin conocimiento estuvo largo rato. Al recobrarse, advirtió mermada la luz absurda que hizo de la noche día. Levantose con lento mover de sus remos, como una bestia enferma; quiso dirigirse al pueblo; pero sus pasos torpes recaían sin ruido en el mismo sitio. Llegó a creer que el suelo se movía en dirección contraria... Fuerza irresistible le llevó hacia el humilladero, y a precipitarse desde allí veredas abajo... Huyó descendiendo, perseguido a su parecer por un gigante de estatura más que desaforada, que se despeñaba voceando, como inmenso témpano desgajado del monte y convertido en grotesca figura humana... A mitad de la cuesta, cuando ya se creía Gil a punto de ser aplastado, el gigante se rompió en pedazos mil, con chasquido de roca volada por el barreno. Respiró el infeliz hombre; sus pobres huesos requirieron el descanso, y por largo espacio indeterminable permaneció sin movimiento, al amparo de un enmarañado matorral. Cuando intentó seguir descendiendo hacia el soto, se había extinguido la luz rosada, y por Oriente, con dulce claridad, despegaba sus pestañas el nuevo día.
Recordando las órdenes de Cíbico, anunció Gil con un silbo su regreso, y fue contestado por ladridos de perros que de una parte y otra lanzaban clamores estridentes. Entre tal algarabía perruna, no distinguió el ladrido artificial de su amigo. Llegado al punto en que había quedado Bartolo con su burra, no vio al animal ni al hombre. Recorrió el contorno. Todo era soledad, un cristal opaco rasgado por lúgubres ladridos. ¿Qué había sido del servicial _paniquesero_, cuyas raras prendas coronaba la preciosa virtud de la puntualidad? Caminó a la ventura, indagando con ojos y oídos, y en el lindero del soto con la tierra calva halló un cabrero viejo, peludo y de bizco mirar, que le dijo:
--¿Buscas a Bartolo? Échale un galgo. Se le escapó la ardilla, y como alma que lleva el demonio ha corrido en busca de ella. Yo vi al animal brincando por entre estos chaparros... Un perro iba tras ella... y ella, pim, ganó aquel alcornoque... Subió Cíbico al árbol... yo atajé al perro... La saltimbanquesa no se dejaba coger de su amo, y despareció junto a las casas del _Crudo_... Allí... en aquel ribazo... Creímos que los chicos del _Crudo_ habían atrapado la ardilla... Corrió Cíbico rabioso y llorón, como si fuera tras de su alma camino del infierno... Los chiquillos volaron... No sé más. Por ahí va el hombre loco, ahora clamando a la Virgen, ahora al demonio... En aquel cerro bajo, entre el molino y la vuelta del Robledal, está la comedia... ¡Vaya una comedia! El alma que se escabulle... el cuerpo que la sigue... ¡María Santísima, las cosas que uno ve!... ¡Pobre Bartolo!... ¿Para qué hiciste de una ardilla un alma?... Abur, paisano; yo me voy a lo mío.
Siguió Gil la dirección que el pastor viejo le marcaba. A la hora de un incierto vagar, vio en la cresta chata de un extenso cerro la silueta de la desbocada burra, caballero en ella el gran Cíbico blandiendo una espada, sable o garrote. Como iban a contra-luz, no se distinguía bien el arma. El grupo ecuestre y disparado era todo negro. Tras él corrían innúmeros perros ladrando... De un término lejano venían risotadas de chiquillos. La burra no corría, volaba... En el jinete advirtió Gil todo el aire y bizarría de las figuras épicas... No pudiendo seguirle, buscó su descanso en un grupo de encinas que a mano derecha veía, y al amparo del ramaje oscuro tumbó sus pobres huesos molidos, y trató de restablecer en su espíritu la serenidad locamente alterada por los anómalos sucesos de la noche anterior. A poco de estar en aquel recuesto, viose rodeado de cabras, y tras ellas apareció el pastor anciano, peludo y bizco, el cual, hallándole tan quebrantado, le invitó a un frugal desayuno de pan y queso, que el caballero hubo de aceptar con ansioso instinto de reparación orgánica.
Bebieron agua fresca de una fuente próxima; platicaron de nuevo, y Gil quiso completar su descanso requiriendo el sueño; el viejo cabrero, que dijo llamarse Dimas Alonso, le incitó a que durmiera, asegurándole que velaría su reposo, pues en aquellos contornos apacentaría su rebaño hasta la tarde. Durmió el pobre caballero, despertando a la hora de la siesta, y otra vez pegaron la hebra de la conversación, contándose algo de sus vidas. Dimas había servido al Rey; estuvo en la guerra de África; conservaba con devoción juvenil el recuerdo de los Castillejos, de Montenegrón y Tetuán... Enfermó del cólera; sanó por especial amparo de Nuestra Señora de los Ángeles, a quien desde su niñez tenía por abogada y protectora. A su vez, Gil se declaró devoto de la _Madre del Amor Hermoso_, que para él era lo más alto y divino que en el campo religioso y en el cielo mismo existía, y en estas inocentes expansiones se les fue la tarde. Al anochecer, Dimas encaminose con sus cabras a Calatañazor, donde con ellas residía; Gil le acompañó hasta el soto, y mientras pastor y rebaño remontaban la fragosa cuesta en dirección al portillo, el encantado quedó con las miras y las intenciones nuevamente fijas en el fatídico pueblo.
¿Subiría protegido de la noche a violentar solo la casa de Cintia y arrebatar a esta de grado o por fuerza? ¿Esperaría nuevos avisos de la dama? ¿Pero qué avisos ni qué carneros si faltaba el mediador Cíbico, perdido en la captura de la vagarosa ardilla, ávida de libertad? En estas mortales dudas estaba el hombre, cuando advirtió que en el picacho más alto de los que dominaban la villa se iniciaba una rosada aurora. Por momentos crecía en intensidad la fantástica luz; por momentos se sentía el caballero invadido del estupor terrorífico de la noche de marras... El rosado fulgor se manifestó en algo que parecía nube confundiéndose con la cima del monte, y la nube refulgente tomaba forma, y en esta se marcaron las facciones, el rostro de la Madre. Era ella, sin duda; Gil pudo apreciar la expresión dulce y grave, la mirada profunda, la sonrisa bondadosa...
El gozo del caballero rayaba en delirio cuando vio la figura completa, de estatura no inferior a la del monte mismo, cual si este, conservando su talla ingente, se personificara por arte mitológico en la más gallarda y majestuosa mujer que vieron los siglos. La Madre descendía, y sus pasos eran de tal magnitud, que los llamados de gigantes serían junto a ellos pasos de liliputienses. Retrocedió Gil aterrado, pensando que si la Señora ponía sobre él uno de sus pies, aplastado había de quedar como una hormiga... Pero huyendo hacia atrás advirtió el caballero que la grande y terrible imagen iba perdiendo su colosal tamaño a medida que avanzaba. El traje luengo y flotante ondulaba movido del viento; la figura venía un tanto encorvada, apoyándose en un palo que aventajaba en tamaño a los más robustos pinos... Menguaba poco a poco... y no solo menguaba, sino que acercándose al caballero le decía con afable acento:
--No te asustes, hijo; voy hacia ti. No huyas. Como sé crecer, sé achicarme cuando quiero ponerme al habla con los pequeños y humildes...
Parose Gil en firme, y atento a la inmensa persona la vio decrecer más hasta llegar, ¡cosa inaudita, jamás consignada en las humanas efemérides! hasta llegar, digo, a una talla y proporción iguales a la del espantado caballero.
--Madre querida --le dijo este, de hinojos ante ella y besándole la mano--, al fin das a tu pobre hijo el consuelo de tu presencia. Déjame que te adore; déjame que me humille ante ti...
La Madre, con gesto majestuoso, ordenole que se levantara, y luego le cogió el brazo, requiriendo apoyo con dulces palabras:
--Ayúdame a vencer los altibajos de este camino pedregoso. Con el sostén de tu brazo firme y la luz rosada que nos alumbra, llegaré a donde quiero ir.
Al servicio de la Madre puso Gil todo su filial cariño. Dando juntos los primeros pasos, notó el caballero que la Señora mil veces augusta presentaba en su faz hermosa y en su actitud señales de envejecimiento. Palidez y algo de demacración eran bien claras en su rostro, y andaba un poquito encorvada, asegurando el paso con la cautela que exigía el peso de su cuerpo. Una pregunta del caballero, sugerida por la ternura y un amor inocente, fue la primera cláusula de este coloquio interesante, que el narrador copia de un códice guardado en la biblioteca de la catedral de Osma.
LA MADRE.--El abatimiento que has advertido en mí no es vejez. Yo no envejezco. No es tampoco enfermedad. Yo no padezco más enfermedades que los enojos y pesadumbres que me dan mis hijos. Me verás rozagante y alegre cuando la muchedumbre de mis criaturas se muestra enmendada de sus delirios y con inclinaciones al bien y a la paz. Me verás triste y caduca cuando la grey que lleva mi nombre se desmanda y quiere precipitarme por senderos abruptos.
TARSIS.--No te pregunto la causa de tus penas. Presumo que los encantados no tenemos derecho a conocer lo que pasa del lado allá del muro que marca nuestro confinamiento.
LA MADRE.--Algo sabrás por ti mismo, sin necesidad de que traiga yo a tu conocimiento la realidad del mundo que dejaste por tus culpas, viniendo a esta ejemplaridad. Nada debo decirte de lo de allá; algo, sí, de lo tuyo, pues en tu destierro miro por ti, deseosa de tu regeneración. Anoche te vi en el grave empeño del rapto de Cintia. Invisible salí a tu encuentro; mas superiores leyes, que enfrenan mi voluntad, impidiéronme prestarte el socorro que por impulso de mi corazón te hubiera dado. Yo puedo mucho contra mis hombres; contra los niños de mis hombres, o sea de mis hijos, no puedo nada. Así, cuando observé que tras de Cintia salían a detenerla y a disputártela los inocentes párvulos de la escuela de Calatañazor, me vi paralizada como tú, y nada pude hacer. En los tiempos que corremos, Gil, los niños mandan. Son la generación que ha de venir; son mi salud futura; son mi fuerza de mañana. Les he visto agarrados a su maestra y he tenido que decirles: «Andad con ella, chiquillos... defendedla del ladrón.» No sé si comprendes esto; no sé si tu inteligencia encantada penetrará la oculta razón de mi proceder en el lance de anoche. Piensa en ello, _Asur, Hijo del Victorioso_.
TARSIS.--Ya entiendo que he de ser vencedor de mí mismo, y ahora me doy cuenta de que para poseer la persona de Cintia, como poseo su alma, mi conducta debe ser otra. En vez de arrebatarla, separándola de la crianza mental de los niños, procederé más cuerdamente haciéndome yo también maestro y asociándome a su labor, para que, en perfecto himeneo de voluntades, de corazón y de oficio, vivamos juntos consagrados a la misma obra santa.
LA MADRE.--No vas descaminado. Dentro de tu esclavitud tienes libertad de pensamiento y de inclinaciones. Tú verás lo que haces. Yo he de favorecerte siempre que te vea en vías tortuosas o rectas, que conduzcan a mis grandes fines. Esta noche, sabiendo que te encontraría en mi camino, he querido que mi presencia dé algún alivio a tus afanes. Enteramente humana me tienes a tu lado. No soy esta noche la matrona excelsa que te llevaba en veloz andadura de cerro en monte hasta las cumbres de Urbión; soy una pobre vieja que va pausadamente, asistida de este bastoncillo, a visitar apartados rincones de sus reinos. Te llevo conmigo, y verás que no pisaré fortalezas de magnates, ni palacios de príncipes de la Milicia o de la Iglesia; que no me inclinaré ante duques o marqueses, ni ante damas linajudas en quienes brillan por igual ingenio y belleza. Voy a consolar con mi persona las almas de los más humildes, de los vencidos y desesperanzados; a llevar a sus tristes veladas una palabra refrigerante y una esperanza dulce.
TARSIS.--Si te admiré divina, viéndote humana es más puro mi cariño, más honda mi reverencia. ¿Podré saber qué comarca es esta y a dónde vamos?
LA MADRE. ~(Parándose, señala en redondo con su palo la extensa cavidad del valle, de una parte los altos riscos, de otra los escalonados alcores de suaves curvas.)~--Estamos, hijo mío, en el escenario de la batalla formidable que los Reyes de León y de Navarra y el Conde de Castilla dieron y ganaron al pobre Almanzor; al grande Almanzor debo decir, pues le tengo por uno de los más ilustres guerreros y políticos que han nacido en mis tierras. En esta parte de suelo que ahora pisamos le vi caído en tierra, invocando con acento tristísimo a su Alá y quejándose de que le desamparase en la ruda pelea... Era hombre de elevados sentimientos y de altas miras... En la huida le llevaron a cuestas los suyos con todo el cuidado y miramientos que por su grandeza merecía. Con los restos de su ejército tomó el caudillo la vuelta de Almazán; de allí fue a Barahona, y de Barahona a Medinaceli, donde acabó sus días gloriosos... Yo le lloré, como lloraba en igual caso a los mejores entre los míos... Y pasados años novecientos desde aquella fecha... calcula tú, hijo mío, lo que ha llovido desde 1002 acá... veo en mi raza confundidas las grandezas árabes con las ibéricas, así en la guerra como en la política y en las artes, y aspiro a mantener fraternidad con los que fueron mis conquistadores y luego mis conquistados... Tú no comprenderás esto. Tienes tu cerebro revestido de telarañas, obra lenta de los altercados religiosos en siglos y siglos... Pues yo te digo ahora, para que te pasmes y pasmándote vayas aprendiendo, que toda guerra que mis hijos traben con gente mora, me parece guerra civil.
TARSIS.--Esa idea introduzco en mi cabeza, y aquí quedará para siempre. Como idea tuya, no habrá mejor plumero para limpiarme de telarañas... ~(Advirtiendo que cae una lluvia fina y glacial... como puntas de nieve.)~--Si te parece, Madre, apresuremos el paso. La noche se presenta fría, y si hemos de ir lejos, no estará de más que busquemos abrigo y hagamos alto en el primer lugar que encontremos.
LA MADRE.--No temas, hijo. El lugar a donde vamos está muy próximo. Tiremos ahora de esta parte. ¿Ves aquella lucecita que parpadea cariñosa en un repliegue hondo entre dos cerros? Pues esa es la estrella que nos guía al portal o Belén de nuestro descanso, el cual es una aldeíta pobre y olvidada de los geógrafos, que se llama _Boñices_, que a poco que se resbale la lengua la llamaríamos _Boñigas_: tal es su insignificancia y humildad. En un cuarto de hora espero que llegaremos, y en el tiempo que yo permanezca entre los misérrimos hijos que allí tengo, Boñices será la capital de mis estados.
TARSIS.--Adelante, Señora. Gracias a la luz rosada, franquearemos sin tropezones este ingrato sendero.
LA MADRE.--La llovizna nos coge ahora de cara... Yo no la temo. Tengo mi rostro bien curtido para estas inclemencias que hacen a mis hijos duros, y tan insensibles al frío como al calor. Tú también te has endurecido, según veo, y te has dejado en los aires sutiles y en los ardores del sol tu antigua carita de galancete afeminado.
TARSIS.--En los días ásperos de la Aldehuela empecé a soltar mi máscara de cera, y cambié los goznes quebradizos de mi máquina corporal por otros de acero.
LA MADRE.--Al nombrar la Aldehuela traes a mi memoria algo que tenía que decirte, y es cosa en verdad lamentable. ¿Sabes que ha muerto el pobre José Caminero?
TARSIS. ~(Consternado.)~--¡Ay, qué desgracia!... Dios le perdone a él y nos perdone a todos.
LA MADRE.--Herido de muerte cayó sobre el arado, como el atleta que espira al dar de sí el postrer esfuerzo, agotada la reserva vital. Luchó con la tierra; murió en la batalla, como un héroe que no quiere sobrevivir a su vencimiento. Si estuviéramos en la edad mitológica, Ceres y Triptolemo le llevarían a su lado en un lugar del Olimpo. Ahora, ni rastro de su nombre quedará entre los vivos.
TARSIS.--¡Pobre Caminero! Siento su muerte tanto como me apena el mal que le hice.
LA MADRE.--A buenas horas mangas verdes... Tu conciencia es de las que arguyen tarde, cuando el mal causado no tiene remedio. A la pobre _Usebia_ encontré anteayer de vuelta de Nafría, desolada. Aunque nada me dijo, entiendo que había ido en tu busca para proponerte que entraras de nuevo a su servicio. Como no te encontró, llevaba en su alma doble luto. Ayer montó en su burra, llevando al chiquillo a la grupa. Iba camino de Tagarabuena, a pedir amparo a don Gaytán de Sepúlveda.
TARSIS. ~(Distraído.)~--Séale don Gaytán benigno. _Usebia_ es mujer trabajadora y de buen entendimiento. Saldrá adelante con sus tierras, si don Gaytán o Dios le deparan un criado fiel, que tenga conocimiento y práctica de las labores, y además... sea joven y bien plantado.