Part 4
Haced muchos votos por su salud, pero todos en público: contadle oportunamente sueños de buen agüero. Llevad a su casa alguna vieja que espíe el aposento y lecho, llevando a la vista azufre y huevos en su tembladora mano. Todo esto serale indicio lisonjero de interés en su salud. Por tales medios consiguieron muchos la postrimera voluntad de sus amigas. No os atraigáis la aversión de la enferma por su cuidado; guardad cierta medida en la complaciente oficiosidad. No la impidáis comer, ni la presentéis el vaso con amargos medicamentos: dejad este cargo a vuestro rival.
Pero pues os halláis en medio del golfo, no boguéis con el viento que henchía la vela cuando salisteis del puerto. En tanto que el amor titubea reciente, adquiere fuerzas con el uso; y se radica poderosamente, si le alimentan con tiempo. Aquel toro que te amedrenta, era novillo que solías manosear; y aquel árbol que ahora te recrea con sombra, fue delgada varita. Nace pobre aquel río; pero engruesa su caudal en el camino, recibiendo por donde pasa las aguas de muchos arroyuelos. Habituadla a vosotros, porque nada mejor que la habitud. Para llegar a ella, no rehuséis probar disgustos. Véaos continuamente: óigaos continuamente: séale presente día y noche la figura de vuestro semblante.
Cuando estéis seguros de que anhela por veros, id lejos entonces, y seréis cuidado de la ausente. Dad descanso: el campo holgado vuelve con usura la semilla, y la tierra árida bebe con ansia las celestes aguas. Filis ardía con más tibieza por Demofonte presente, y creció sobremanera su llama al verle darse a la vela. Ausente el sagaz Ulises atormentaba a Penélope: y Laodamía dirigía quejas amorosas a su ausente Protesilao.
Mas la breve demora es eficaz; porque con el tiempo enlentecen los cuidados, y se desvanece el amor ausente, y entra otro nuevo. En la ausencia de Menelao, Elena se consoló de su solitud en los brazos del troyano su huésped. ¡Qué estupidez ha sido esta, Menelao! Tú partiste solo, y quedaban debajo de un mismo techo el huésped y tu esposa. ¡Insensato! ¿Entregas al gavilán la guarda de las tímidas palomas? ¿Confías todo el redil al lobo montesino? Elena no, ni su adúltero delinque, pues hace lo que tú y lo que cualquiera haría. Les obligaste al adulterio, dándoles ocasión y tiempo. ¿Qué ha hecho Elena sino usar de tu consejo? ¿Qué había de hacer? Está ausente el marido y habita en su casa un huésped amable: temía ella dormir sola en el desocupado lecho. Júzguelo el mismo Menelao; yo absuelvo de crimen a Elena, pues abrazó la ocasión proporcionada por el imprudente marido.
No es tan sañudo el rojo jabalí cuando, en medio de su rabia, tira rodando con diente fulminador a los perros que le acosan: ni la leona, cuando ateta a los mamantes cachorros: ni la pequeña víbora pisada por el incauto pie, como se enfurece una mujer sorprendiendo a la rival del consorte lecho: su corazón se retrata en el semblante. Se arroja al hierro y al fuego, y no guardando mesura, se enajena como arrebatada del furor aonio. Bárbaramente vengó Medea, degollando a los hijos, la infidelidad de su esposo, y la violación de los maritales derechos. Madre no menos cruel fue Progne: miradla por esto transformada en golondrina, y su pecho con señal de sangre. Esto deshace lo firmes y muy estrechos amores: los hombres cautos han de temer estos extravíos.
No por eso os condena mi severidad a una sola mujer. ¡No lo permitan los dioses! Apenas las casadas pueden contenerse en tanta privación. Divertíos: pero celad los deslices con la precaución de un hurto. Ninguna gloria resulta de los defectos. No regaléis a una preseas que pueda saber la otra, ni tengáis a horas fijas vuestras disoluciones. Y para que no os sorprendan en escondrijos conocidos, no os juntéis siempre en unos mismos lugares. Repasad bien cuantas cartas escribiereis, pues muchas leen más de lo que hallan escrito.
Venus ofendida se arma legítimamente; e hiriendo con los mismos dardos, hace sufrir los propios males de que ella se quejó. Mientras Agamenón quedó constante, casta vivió su esposa; el ejemplo solo de sus vicios la hizo criminal. Ya sabía ella la repulsa hecha a Crises, quien vino a implorar por su hija cautiva, llevando en la mano el laurel de Apolo, y ceñidos los cabellos con las sagradas cintas[21]: sabía la triste suerte de esta joven sacada de Lirneso. El nombre de Briseida, y las vergonzosas contiendas que prolongaban la guerra habían llegado a sus oídos. Delante de sus mismos ojos había visto a la hija de Príamo, y su esposo vencedor hacerse esclavo de su misma esclava. Entonces fue cuando admitió a Egisto en su corazón y lecho; vengando con un crimen un amoroso delito.
[21] Insignia del sacerdocio de Apolo. Crises, aunque sacerdote, no pudo obtener de Agamenón la libertad de su hija.
Si a pesar de la cautela se descubren vuestros hechos, negadlos tenazmente, puesto que sean manifiestos. Pero no os mostréis sumiso ni más cariñoso que antes, porque esta señal indicaría mucho el ánimo culpado. Combatidla, sí, con amoroso vigor; en ello consiste vuestra reconciliación; este es el primer modo como se ha de negar a Venus una infidelidad.
Mandan algunos tomar ajedreas, yerbas estimulantes y nocivas: yo las tengo por ponzoña. Otros mezclan la pimienta con la grana de la picante ortiga; y el rubio pelitre triturado y disuelto en vino añejo. Mas la diosa que se adora en la falda sombría del elevado Érix reprueba el violentarse de este modo a sus deleites. Pueden tomarse el blanco bulbo[22], que se cría en Tesalia o en los Pelasgos, y otras yerbas hortenses provocativas a lujuria. Tómense también huevos frescos, miel del Himeto, y la fruta que entre sus agudas hojas produce el pino. Mas ¿para que te distraes, docta Erato, a remedios medicinales? Déjame empujar el carro hasta la raya final de la carrera.
[22] Especie de cebolla silvestre, que también tiene otros nombres.
Los que por mi consejo encubríais poco ha las infidelidades, torced ahora el camino, y por mi consejo descubrid vuestros hurtos. No se culpe mi vario opinar, pues no siempre el curvo bajel transporta los pasajeros con un mismo viento. Unas veces navega con el norte, otras con el levante; a veces hinche la vela el poniente, a veces el viento sur. Mirad como el cochero ya afloja desde el carro las riendas, ya las tira para sujetar sus caballos. Hay algunas a quienes hace mal el consecuente querer, y no teniendo ningún obstáculo entibia su amor. Con la prosperidad se inflan regularmente los ánimos; y no es fácil moderarlos en la libre fruición de los gustos. Como el ligero fuego, que habiendo perdido poco a poco su fuerza, se esconde debajo de blancas cenizas, y recobra empero sus extinguidas llamas, si se le aplica el azufre, echando el mismo resplandor que antes: así cuando el corazón entorpece perezoso en ocio y tranquilidad, se ha de avivar el amor con penetrantes estímulos. Haced que recele de vosotros, recalentad el frío espíritu de la querida: demude su semblante el indicio de vuestro delito. ¡Oh mil y mil veces dichoso aquel de quien lamenta agravios la amiga! Aquella a cuyos ignorantes oídos habiendo llegado una vez la deslealtad, se desmaya, y pierde cuitada color y habla. Sea yo aquel, por quien despedace furiosa los cabellos; por quien rasgue sus tiernas mejillas aquel a quien vea lagrimosa: aquel a quien mire con torvos ojos: aquel sin quien no pueda vivir, deseando poder.
Si preguntáis cuanto tiempo se ha de quejar la injuriada, sea breve, porque no crezca el enojo con la lenta tardanza. Ceñid luego con los brazos su cándido cuello; estrechad en vuestro pecho a la llorosa: besad a la llorosa: conceded los deleites de Venus a la llorosa. Hará la paz: de este único modo se desarma la ira. Cuando más se encrudeciere, cuando parezca irreconciliable enemiga, en su lecho se concluirá el tratado, allí se amansará. Allí, depuestos los dardos, habita la concordia: en aquel lugar, creedme, nació la benevolencia. Juntan sus picos las palomas que antes se pelearon, y sus arrullos figuran palabras y requiebros.
En el principio de las cosas era el mundo mole informe y desordenada: astros, mar y tierra tenían una faz. El cielo se sobrepuso luego a la tierra, fue rodeado del mar el globo terrestre, y se separaron las partes del informe caos. Los bosques sirvieron de albergue a las fieras, el aire a las aves, y los peces habitaron debajo de las líquidas aguas. Entonces el género humano erraba por los solitarios campos, grosero y robusto, sin vislumbre de genio. Su casa era la selva, su comida las yerbas, y su cama el follaje de los árboles: y en mucho tiempo no se conocieron los hombres entre sí. El dulce deleite domesticó sus ánimos feroces: formaron sociedad el hombre y la mujer. No aprendieron de maestro lo que habían de hacer, pero Venus consumó sin arte la agradable obra. La ave tiene a quien amar. El pez halla en el centro de las aguas la hembra con quien parte sus placeres. El ciervo busca a su igual; la serpiente se une con la serpiente. Adultera el perro trabado con la perra. La oveja engendra contenta; la becerra corre en pos del toro: y le gusta a la cabrilla el olor del hediondo macho. Agitadas furiosamente las yeguas siguen a los caballos, apartados por ríos y lugares distantes.
Dad pues a la airada el remedio señalado, el solo que pueda aliviar su acerbo dolor; este remedio más eficaz que los jugos de Macaón[23], cura el dolor, con aquello mismo que lo ha causado.
[23] Célebre médico en la guerra de Troya.
Mientras yo cantaba, se me apareció repentinamente Apolo, pulsando con sus dedos las cuerdas de la lira de oro. Traía laurel en las manos, y laurel ornaba su sagrada cabellera. Dejose ver, y me habló con voz fatídica. Preceptor de lascivos amores, dijo, conduce tus discípulos a mi templo. En él se lee una inscripción celebrada por la fama en el extenso orbe, la cual ordena que cada uno se conozca a sí mismo. Quien se conociere a sí será el único que ame con acierto, pues medirá sus fuerzas con la dificultad de la obra. Aquel a quien naturaleza dio hermosura, sea considerado por ella: el que es blanco, recuéstese siempre con los hombros desnudos. El de gracioso hablar rompa el taciturno silencio. El que canta sonoramente, cante; y el buen bebedor, beba. Pero ni los elocuentes declamen en la conversación, ni los extravagantes poetas reciten sus versos. Esto me amonestó Apolo: obedeced a las amonestaciones de Apolo, cuya sacra boca dicta oráculos.
Lo vuelvo a repetir otra vez: quien ame con cordura, vencerá, y sacará de mi arte lo que se propone. Mas no siempre los surcos pagan la siembra con usura, ni siempre impele a la dudosa nao el viento favorable. Son pocos los bienes y muchos los pesares de los amantes. Propónganse el sufrirlos con constancia. Hay en amor tantos dolores como liebres en el monte Atos, como abejas liban las flores en el Hibla, como bayas tiene el verdoso árbol de Palas, y como conchas la ribera del mar. Los tiros de Cupido están empapados en mucha hiel.
Os dirán que la querida está fuera, y acaso la habréis visto en casa; pensad sin embargo que está fuera, y que los ojos os engañaron. Os cerrarán la puerta para la noche concertada: toleradlo, y tended el cuerpo en el duro suelo. Acaso la embustera sierva dirá con faz insolente: ¿a qué ronda este nuestra puerta? Adulad humildes a los cerrojos y a la descarada moza, y poned en la puerta las rosas que engalanen vuestra cabeza. Entrad cuando será su gusto: retiraos cuando no quiera recibiros. Desdice de un hombre decente incomodar a nadie. No es esto de despreciar, para que no os lo advierta la amiga: no tenemos a toda hora la razón en la mano. Mas no juzguéis indecoroso sufrir dicterios y golpes de la querida, ni bajarse a besar sus tiernos pies.
¿Por qué me detengo en pequeñeces, cuando me urgen cosas mayores? Grandes cosas he de decir: parad todos las mientes. Ardua empresa arrostramos, trabajo difícil pide aquí mi arte; pero nada es la virtud sin las dificultades. Sufrid con paciente ánimo la presencia de un rival, y estará con vosotros la victoria; vencedores, iréis con Júpiter al Capitolio. Sí, las encinas proféticas de Dodona son las que os hablan ahora, y no un mortal: nada más insuperable que esto contiene mi arte. Si le hace señas, sufrid: si le escribe, no abráis las cartas: venga ella de donde quiera, y vaya adonde le acomode. Sufren muy bien esto los maridos de sus legítimas mujeres, cerrando los ojos en fingido sueño. No estoy yo, lo confieso, hábil en este arte: yo mismo soy inferior a mis preceptos. ¿Por ventura hará otro delante de mí señas a mi muchacha? ¿Y lo sufriré? ¿Y no me he de enfurecer? Acuérdome que el marido la besó en mi presencia, y me quejé de tales besos; de esta barbaridad abunda nuestro amor. Esta imprudencia me perjudicó más de una vez. Más hábil es sin duda el marido que se compone fácilmente con los galanes de su mujer. Lo mejor es ignorarlo todo. Dejad que queden escondidos los hurtos amorosos, a lo menos para que un fingido pudor asome al rendido rostro. Guardaos, oh jóvenes, de sorprender a vuestras amigas; y haced como si os contentaseis con sus razones. Crece el afecto en los amantes sorprendidos: siendo igual la suerte de los dos, uno y otro persisten con más firmeza en la causa de su error.
Refiérese una fabula notoria a todo el cielo[24]: la de Marte y Venus, atrapados en la red por astucia de Vulcano. El padre Marte, perdidamente enamorado de Venus, de guerrero terrible se convirtió en amador. Ni Venus (porque no hay diosa alguna más tierna) se mostró áspera y cruel con el suplicante Marte. ¡Ah! ¡Cuántas veces esta lasciva se burló de los pies de su marido, y de sus manos, hechas callosas con el fuego y el martillo! Para divertir a Marte remedaba a Vulcano, acompañando a la belleza con mucha gracia. Al principio solían celar mucho su amoroso comercio, y el delito los tenía llenos de verecundo pudor. En fin por delación del sol (porque ¿quién será capaz de engañar al sol?) vinieron a noticia de Vulcano los hechos de su esposa. ¿Por qué, oh sol, manifiestas ejemplo tan peligroso? Pide dádivas a la diosa, pues tiene con que contentarte, si contienes la lengua. Tendió Vulcano por encima y al rededor del lecho redes sutiles, que no percibía la vista. Fingió irse a Lemnos; vienen a su lecho los amantes, y uno y otro se acuestan desnudos y envueltos en los lazos. Convoca aquel a los dioses; y los cogidos les sirvieron de espectáculo. Dicen que Venus contuvo apenas las lágrimas. No pudieron cubrir su cara, ni aun oponer las manos a las partes obscenas. Alguno de los dioses riendo de ellos, dijo: si te son ponderosas, fortísimo Marte, traslada a mí tus cadenas. Apenas las súplicas de Neptuno soltaron a los prisioneros cuerpos. Marte se retiró a Tracia, y ella a Pafos. Esto has aprovechado, Vulcano, que hagan sin recato lo que antes encubrían: pues todo pudor se ha perdido. Confiesas muchas veces, loco, que lo hiciste neciamente, y que has tenido que arrepentirte de tu cólera.
[24] A todos los dioses, que la mitología coloca en el cielo.
Esto os vedo: veda la sorprendida Dione usar de las asechanzas en que ella misma cayó. No arméis lazos a vuestro rival, ni interceptéis sus cartas para saber sus secretos. Intercéptenlas, si juzgaren que deben interceptarse, los varones que legitima maridos[25] el agua y el fuego. Otra vez lo afirmo: nada hay en mis versos de contrario a la leyes, y la decencia ha de ser respetada en nuestros juegos. ¿Qué atrevido divulgó a profanos los misterios de Ceres, y los venerables sacrificios hallados en Samotracia? Pequeña virtud es la de guardar silencio en las cosas, y al contrario es grave la culpa de revelar lo digno de callarse. ¡Oh cuán justamente es castigado el locuaz Tántalo entre aguas y frutas, esforzándose en vano a gustarlas!
[25] El agua y el fuego eran materia del rito matrimonial por sus significaciones emblemáticas.
Citerea manda principalmente callar sus obras: yo aconsejo que ningún hablador asista a ellas. Si no se ocultan en cestas[26] los misterios de Venus, ni sonando el desconcierto ruidoso de broncíneas trompas; si, para celebrarlos, se abren a todos sus templos, sean a lo menos entre nosotros escondidos. La misma Venus, cuantas veces se despoja de sus vestiduras, resguarda retirada hacia atrás su desnudez con la izquierda mano. A cada paso se parean los animales delante de todos, y las mujeres apartan regularmente los ojos. A los amorosos latrocinios convienen aposentos y puerta; quedando la pudorosa parte velada con las ropas caídas. Y si no buscamos tinieblas, busquemos alguna opacidad como de nube, o menos claridad que la luz patente. En el tiempo en que los techos no guarecían a los hombres del sol y de la lluvia, sino que las encinas les suministraban albergue y alimento, tomaban el deleite no a cielo descubierto, sino en los bosques y grutas. ¡Tanto curaba del pudor aquella tosca gente!
[26] En cestas se ocultaban los misterios de Ceres y Baco, y con estrépito de trompetas y otros instrumentos musicales.
Mas hoy se divulgan todos los nocturnos amoríos, y nada se aprecia tanto como el pasatiempo de hablarlos. De cualquiera mujer que encontréis, aquella fue mía también, diréis: no faltarán otras que podáis señalar con el dedo, diciendo sobre cada una cuentos vergonzosos. Pero de poco me quejo: algunos mienten lo que siendo verdad negarían, y ninguno hay que no se jacte de haber logrado los últimos favores. Ya que no pueden manosear los cuerpos, manosean los nombres, y sin haberlas tocado, denigran a las mujeres. Anda ahora, enfadoso portero, y ciérralas con cien fuertes llaves. ¿Qué hay seguro contra el maldiciente, que con su lengua fabrica adulterios, pretendiendo crédito en lo que no sucedió? Nosotros empero seamos discretos en nuestros amores verdaderos, y ocultemos con inviolable secreto los misteriosos robos. Sobre todo no echéis en cara a las mujeres defectos que a muchas es útil disimular. Perseo no habló a Andrómeda de su moreno cutis, Perseo que en ambos pies calzaba nobles alas. Andrómaca parecía a todos desmesuradamente larga, y solo Héctor decía que era mediana. Acostumbraos a lo que sufrís mal, y se os hará sufrible. El amor naciente repara en todo, pero el tiempo dulcifica las cosas. Una rama tierna que brota del verde tronco cae al menor viento que la sacuda; más robustecida con el tiempo resiste el soplo de aquilón, y enriquece al árbol con flores y frutas. El tiempo mismo atenúa las faltas corporales, y lo que fue tacha no parece tal con la continuada vista. Las narices al principio repugnan el olor de los bueyes; habituadas con el tiempo lo aguantan sin molestia.
Paliad sus faltas con el modo de expresarlas. Llamad fusca a la que es más negra que pez de Iliria. Si es bizca, comparadla a Venus: si es roja, a Minerva. Sean de talle delgado las que por su magrez carecen de frescura. Llamad ágil a la pequeña, y a la obesa alabadla de buenas carnes. En fin desfigúrense las imperfecciones con nombre de cualidades buenas que se les acercan. Ni preguntéis cuántos años cumplen, ni bajo qué consulado nacieron; oficio propio del rígido censor.
Tened especialmente estas consideraciones con las que no están en la flor de su edad, con las que pasaron sus mejores años, en cuya cabellera empiezan a blanquear las canas. Útil es, oh jóvenes, esta más provecta edad. Este campo se ha de sembrar; este fructificará mieses. Endurad fatigas mientras os asisten juventud y vigor; porque ya vendrá con silenciosos pasos la encorvada vejez. Surcad el mar con los remos, o la tierra con la esteva; o aumentad belígeras manos a las matadoras armas; o dad vuestras fuerzas al obsequio y acompañamiento de las mujeres; porque esto es también una milicia; esto os enriquecerá también.
Añádese que las provectas son más peritas en las labores de amor: tienen experiencia, la sola que hace maestros. Reparan con sus atavíos el detrimento de la juventud, y ponen su esmero en borrar las huellas de los años. Se presentan a Venus en mil actitudes, y en más que el pincel no inventaría. Con ellas se gusta deleites más suaves, y el varón y la hembra llevan por igual el premio. Aborrezco el trato en que el interés no es recíproco; aquel en que uno solo disfruta el placer. Aborrezco a la que se presta solo porque es necesario prestarse, e insensible piensa entonces a su rueca. No me es de satisfacción lo que se da por oficio, y sin inclinación de la contribuyente. Me place oír en sus voces indicios de su contento, cuando ruega me pare en el juego sin dejarlo; y enajenada y con caídos ojos desfallece, y queda en la desgana de la saciedad.
No concede naturaleza estos placeres al primer fervor de la juventud, ni vienen cuando más pronto hasta después de los siete lustros. Los que se dan prisa, beban vino mosto; a mí me sabe bien el vino de mis abuelos en vasija reservada desde los prístinos cónsules. Ni el plátano, si no es viejo, puede impedir los rayos del sol, y los pies se hieren en las praderías cuando empiezan a retoñar. ¿Preferiríais acaso Hermione a Elena? ¿Y será mejor Gorge que su madre Altea? En resolución los que queráis gozar de la Venus tardía, sacaréis dignas recompensas, siendo perseverantes.
He aquí el lecho que recibe confidente a dos amantes. Defiende, musa, las cerradas puertas del tálamo: sin ti hablaran espontáneamente afectuosísimas cosas. Ni la siniestra mano estará inerte, pues los dedos hallarán industria en aquellas partes en que calladamente clavó sus flechas el amor. Holgose así con Andrómaca el corajoso Héctor, tan útil en las troyanas guerras. Holgose así con la cautiva Briseida el grande Aquiles, cuando cansado de la pelea tornaba al reposo del mullido lecho. Permitías, Briseida, ser tocada de aquellas manos siempre repletas de muertes frigias. ¿O era lo que te deleitaba, lasciva, el que llegasen a tus carnes las vencedoras manos?
Creedme, no se ha de apresurar el placer de Venus, sino saborearlo pausadamente con moroso vagar. Cuando halléis partes en cuyo contacto goza la mujer, no obste el pudor para que las toquéis. Brillarán sus ojos con trémulo resplandor, como regularmente reluce el sol en las cristalinas aguas. Vendrán las quejas, vendrá el dulce murmullo, y los gratos suspiros, y las expresiones convenientes a la amorosa lucha. Pero no apuréis en esto su ardorosa fuerza, ni la dejéis antecederos en la carrera. Corred juntos al término: entonces es lleno el deleite cuando yacen rendidos a la par los dos agentes. Observad este precepto cuando estéis en libre ocio, y el temor no apremie la furtiva diversión. Mas cuando urge el tiempo, es fuerza bogar con todos los remos, y apretar las espuelas al caballo desbocado.
Finalizó mi obra. Dame la palma, alegre juventud, y enlaza en mis perfumados cabellos guirnaldas de mirto. Tan buen amador soy yo, como Podalirio fue perito en el arte médica, como valiente Aquiles, prudente Néstor, como Calcas fue hábil presagiador de las víctimas, como guerrero Áyax, como Automedonte director de la cuadriga. Celebrad, hombres, a vuestro poeta; cantad mis alabanzas, y suene mi nombre por todo el orbe. Os he dado armas, como Vulcano dio a Aquiles: venced como él venció con los preceptos dados. Pero cualquiera que con mi espada domeñare a las soberbias amazonas, escriba en sus trofeos, Ovidio fue mi maestro.
He aquí a las graciosas muchachas que me piden también reglas de amar. Vosotros seréis el objeto de mis cuidados en siguiente libro.
LIBRO TERCERO.
Armas di a los griegos contra las amazonas; armas me sobran para darte a ti, Pentesilea[27], y a tus tropas. Id al combate iguales: venzan los que protegiere alma Dione y el muchacho alado. No era justo guerrear sin armas con armados; y hubiera sido para vosotros, varones, sin gloria el triunfo.
[27] Pentesilea, reina de las amazonas.