Part 5
Dirame alguno, ¿para qué añades ponzoña a la serpiente, y entregas el aprisco a la hambrienta loba? No confundáis a todas en la malicia de algunas, y mirad a cada una por sus buenas cualidades. Si el menor atrida tuvo por que culpar a Elena, y el mayor atrida a su hermana Clitemnestra: si, por traición de Erifile, descendió en caballos vivos Anfiarao vivo al Averno; Penélope ha sido fiel al marido dos lustros que hizo la guerra, y otros tantos que peregrinó países. Ved a Laodamía acompañar a su marido, y fallecer tempranamente. Alceste redimió el hado de Admeto, sufriendo por su esposo la funeral ventura. Recíbeme, Capaneo, mezclaremos nuestras cenizas, dijo Evadne, y se arrojó en la hoguera. La virtud misma toma el vestido y nombre de mujer, y no es de extrañar que favorezca a su sexo. Mas no necesitan de mi arte las virtuosas: solo las menos buenas se embarcan en mi esquife. Allí nada se aprende sino lascivos amores: enseñaré pues a las mujeres el arte de amar.
La mujer ni enciende la llama, ni dispara los crueles arcos. Raramente veo dañar sus tiros a los hombres. Los hombres regularmente engañan; no las tiernas mujeres regularmente: y si se averigua, las amancillan pocos crímenes de perfidia. El falaz Jasón repudió a Medea, hecha ya madre; y en otras nupcias estrechó en su seno a Creúsa. ¡Cuánto no amedrentaron las aves marinas a Ariadna, abandonada por ti, Teseo, en la inhóspita ribera! Inquirid por qué Filis hizo nueve veces un viaje; y oíd que lloraron a Filis las selvas despojadas de sus galas. Renombre tiene de piadoso, tu huésped Eneas, pero te dio la causa y la espada, Dido, para tu muerte. ¿Diré, mujeres, lo que os pierde? El no saber amar. Os falta el arte, y con el arte se encadena el amor.
Aun ahora lo ignoraríais, pero Citerea me ordenó enseñároslo. Apareciéndoseme puesta en pie: ¿En qué pecaron, me dijo, las infelices mujeres? Has entregado la grey inerme a los varones armados. Dos libros tuyos adiestraron a estos; instruye pues la otra parte con tu doctrina. Estesícoro, que antes con versos contumeliosos difamara a Elena, cantó después sus alabanzas con más próspera lira. Si mal no te conozco, no desairarás a todas las mujeres. Este beneficio imploran de tu agudeza. Dijo: y del mirto que ceñía sus cabellos me dio una hoja y algunas bayas.
Sentí en mi cuerpo un fuego divino, el aire resplandeció más puro, y en mi mente cesaron las dificultades.
Mientras alumbra mi ingenio, escuchad mis preceptos, jóvenes, vosotras a quienes no coartan las leyes, el pudor ni las prerrogativas. Acordaos desde ahora de la venidera senectud, y así ningún momento pasaréis en balde. Mientras es dado, ya que ahora devoráis los juveniles años, holgaos; pues los años corren como el agua deleznable. Ni las corrientes que pasan retroceden; ni las horas que pasan pueden volver. Gozad de la edad, pues se desliza la edad con veloces pies: ni es tan buena la que sigue como fue buena la primera. Yo vi en su verdor a estos arbolillos, que ya se secan: tejí coronas con rosas de estos rosales, ya solo erizados de espinas. Tiempo será en que vosotras, que ahora despreciáis los amantes, dormiréis viejas frías en solitaria noche. No golpearán a vuestra puerta con nocturna bulla, ni por la mañana hallaréis colgados en los umbrales ramilletes de rosas. ¡Cuán presto, ay de mí, se afea la cara con arrugas, y perece la tez en las tersas mejillas! Esas canas que juráis tener desde la infancia, blanquearán bien presto toda vuestra cabeza. Con la tenue piel desnudan su vejez las serpientes, y descargando sus cuernos no se hacen viejos los ciervos. Nuestros días huyen sin remedio: coged las flores, que a no ser cogidas, tristemente se caerán. Añadid que los partos abrevian el espacio de la juventud: envejece el campo con las continuas cosechas.
No fue ruboroso para ti, Luna, adormecer a Endimión; ni la rosada aurora se corrió de amar a Céfalo. Aunque Venus se apasionase de Adonis, al que llora todavía, ¿de quién proceden su Eneas y Hermione? Bellezas mortales, pisad las huellas de las diosas; no neguéis placeres a los apasionados hombres. Puesto que os engañen, ¿qué perdéis? Todo os queda. Aunque tomen mil favores, de allí nada se menoscaba. Consúmese el hierro, y los pedernales se desgastan con el uso: pero subsiste, y no hay miedo de que se aniquile aquella parte. ¿Quién se opondría a dejar tomar luz de otra luz, o quién economizaría las vastas aguas del abismoso mar? Decís no convenir que la mujer tenga tratos con hombres; mas respondedme ¿qué es sino echar agua de abundante fuente? No os prostituye mi voz, pero os prohíbe temer vanos daños, en que no os inducen vuestros favores.
Navegaré con recio viento, pues mientras estoy en el puerto, blando céfiro sopla. Empiezo por la compostura: abunda el vino en las viñas bien cultivadas, y solo el cultivo produce fecundas mieses. La hermosura es don del cielo; pero ¿quiénes y cuántas descuellan en hermosura? La mayor parte de vosotras carece de esta joya. La tez se hermosea con el cuidado: la tez descuidada se deteriora, aunque sea semejante a la de Idalia. Si las mujeres antiguas no se aderezaron así, ni los antiguos tuvieron hombres así adornados. Si Andrómaca vestía ropas burdas, ¿de qué nos maravillamos? Era mujer de un soldado feroz. ¿Acaso la mujer de Áyax se engalanaría para parecer bien a aquel, cuyo escudo era reforzado con siete cueros de buey?
Antiguamente reinaba entre nosotros una grosera simplicidad; mas ya la dorada Roma posee las exorbitantes riquezas del orbe conquistado. Mirad lo que fue, y lo que es ahora el Capitolio; diríais que parece consagrado a otro Júpiter. La curia, que ahora es digna del augusto congreso, se atechaba con paja, reinando Tacio. El refulgente Palatino, asiento ahora de Apolo y de los Césares, ¿qué era sino pastos para los bueyes de labranza? Alaben otros la antigüedad: yo finalmente me congratulo de haber nacido ahora, pues esta edad es conforme a mi genio: no porque ahora se saca de las entrañas de la tierra el codiciado oro, ni porque vienen las perlas cogidas en diversas costas: no porque se allanan los montes extrayendo mármol, ni porque se enfrena con diques el salobre mar; sino porque reina la cultura, ni permaneciendo en nuestro siglo, la rudeza de nuestros antepasados.
No carguéis las orejas con las costosas pedrerías que el macilento indio envía de sus remotas costas: no os presentéis orgullosas con vestiduras recamadas de oro, con cuyo brillo pensáis atraernos, y más bien nos ahuyentáis. El aseo nos cautiva: no traigáis en desorden el cabello, porque la buena figura la dan y la quitan las manos que lo componen. No es uno solo el género de tocado: escoged el que os convenga, consultando antes el espejo. A las de cara larga les prueba la crencha partida sin ornato: así se peinaba Laodamía. Las de cara redonda quieren el pelo atado en un rizo pequeño encima de la frente, enseñando las orejas. Algunas dejan flotar sus cabellos por los hombros, al modo del dios de las artes, cuando tañe la lira. Otras los añudan detrás de la cerviz, dejándolos tendidos, imitando a la ágil Diana, cuando a su costumbre persigue las espantadas fieras. Cuadra a muchas llevar el pelo inflado flojamente: y a otras les agracia apretadamente atado. A algunas les sienta bien el peinado en figura de tortuga; y a otras llevar un rizado undulante a semejanza de las olas. Pero así como son innumerables las bellotas de las copudas encinas, las abejas del Hibla y las fieras de los Alpes, así no podré yo reducir a número los diferentes peinados, porque cada día aumentan las modas.
Agracia a muchas el cabello descompuesto: al verlas pensaremos que se peinaron ayer, y acaban de tocarse. Parezca el arte efecto del acaso: así, en Ecalia conquistada, se mostró Íole a Hércules, quien dijo al verla: ¡Oh amada mujer! Así pareciste, Ariadna, a los ojos de Baco, cuando te llevó en su carro en medio de los gritantes sátiros.
¡O cuán indulgente es para vosotras la naturaleza! ¡Cuántos medios os deja para disimular los daños que padece vuestra hermosura! El hombre no puede encubrirlos: sus cabellos arrebatados por los años caen como las hojas sacudidas por el aquilón. La mujer tiñe los suyos con hierbas de Germania, que les dan un más bello color; o no repara en adornar su cabeza con otros, comprados públicamente: la vemos ajustarlos en presencia de Hércules y del coro de las musas[28].
[28] Eran plazas con estos nombres.
¿Y qué diré del vestido? No hablo de las ropas franjeadas, ni de las dos veces teñidas con tiria púrpura. Pues que hay tantos colores de menor coste, ¿qué furor es el de echarse a cuestas toda la hacienda? He allí el color del cielo cuando está exento de nubes, y el templado austro no concita las aguas llovedizas. He allí el leonado color del carnero que libró a Frixo e Íole del cuchillo de Ino. El que imita al mar, y tiene nombre de verdemar, es el color que yo diría amado de las nereidas. Otro hay parecido al de la húmeda aurora, cuando unce los lucientes caballos. Otros figuran el mirto de Pafos, la violada amatista, las albas rosas, la grulla traciana. Ni falta para ti, Amarilis, el color de castaña, ni el de almendra; y hasta la cera da su color a los vellones. No matizan a los campos tantas flores, cuando en la apacible primavera la vid se cubre de vástagos y muere el perezoso invierno, cuantos colores recibe la tejida lana. Escoged el que os cuadre, porque no todos son propios para todas las mujeres. El negro conviene a las de nevado cutis; a Hipodamía le estaba bien el negro, y negro vestía cuando fue robada; el blanco cae bien a las morenas: el blanco era tu adorno, hija de Cefeo, y de blanco andabas vestida cuando morabas en Serifos.
No exhalen los sobacos olor chotuno, ni las piernas estén ásperas con el duro vello. Pero no dirijo preceptos a mujeres del peñascoso Cáucaso, ni a las que beben las aguas del Caico[29]. ¿Os advertiré que no ennegrezcan por desidia los dientes, y que de mañana lavéis la cara con agua? Sabéis buscar la blancura en el barniz de la cera, y arrebolar con afeites lo que naturaleza no arrebola. Alcoholáis los desnudos confines de las cejas, y emplastáis con delicadas membranas las descarnadas mejillas. No tenéis rubor de marcar los ojos con ceniza sutil, o con azafrán traído de Cilicia. Tengo escrito un libro, pequeño volumen, pero grande en sustancia, el cual contiene medicamentos para vuestra hermosura. En él hallarán refugio las de figura desfavorecida; porque no es indolente en vuestras cosas mi ingenio.
[29] Esto es, a mujeres sin civilización ni limpieza, como las de países salvajes.
Con todo eso, no hallen los amantes encima de la mesa expuestos los botes de ungüento: ayude a la hermosura el arte simulado. ¿A quién no repugnará un rostro embadurnado de adobos, que fluyen disueltos hasta el caliente seno? Aunque venido de Atenas, ¿a quién no ofenderá el olor del jugo oleoso de la grasienta lana? Delante de gente no os sirváis de las médulas de cierva ni delante de gente frotéis los dientes. Todo esto os hermoseará, pero sería desagradable el verlo. Muchas cosas hay feas cuando se hacen, y gratas después de hechas. Las estatuas ahora célebres del laborioso Mirón fueron en algún tiempo informe y pesada masa. Para hacer una sortija, primero se bate el oro: y los vestidos que lleváis, fueron sucia lana. Cuando se esculpía era bruta piedra, y ahora es excelente figura Venus en desnudez exprimiendo el agua de los mojados cabellos.
Hacednos creer que estáis durmiendo el tiempo que tardéis en adobaros; con más ventaja os mirarán enteramente tocadas. ¿Para qué he de saber yo de donde proviene la blancura de vuestra tez? Cerrad la puerta del tocador, ¿a qué manifestar todo el mal vistoso material? Importa que los hombres ignoren muchas cosas; y la mayor parte de ellas les chocará, si no las guardáis con cuidado. Las figuras sobredoradas que adornan el teatro, veréis que son madera cubierta de una tenue lata de oro; pero no se exponen a la vista del pueblo, sino cuando están compuestas: tampoco la hermosura se ha de afeitar sino a escondidas de los hombres.
No prohíbo que delante de gente dejéis peinar vuestros cabellos, ni que ondeen esparcidos por las espaldas. No seáis entonces descontentadizas, ni manoseéis muchas veces la desatada madeja. No maltratéis a la camarera: me enoja ver arañar con las uñas su cara, y picar con la aguja su brazo. Ella peina maldiciendo la cabeza de su señora, y juntamente llora sangrienta sobre su detestable cabellera.
La que sea mal crinada, ponga centinela a la puerta, o aderécese siempre en el templo de la buena diosa. Dijeron a cierta señora que entraba yo repentinamente, y perturbada se puso al revés la cabellera. Acontezca a nuestros enemigos la causa de tan fea vergüenza, y recaiga tal corrimiento en las nueras de los partos. Una res descornada parece deforme: deforme el campo sin verdura, y el árbol sin frondosidad, y la cabeza sin cabello. No vinisteis vosotras, Sémele y Leda, a ser por mí enseñadas; ni tú, Europa, que vadeaste el mar en el lomo del fingido toro: ni tú, Elena, a quien con razón reclamaba Menelao, y a quien con razón retenía el robador troyano. Venga a ser enseñada la turba de mujeres hermosas y feas, aunque las feas son en más número que las hermosas. Tampoco el auxilio de mi arte y preceptos cumple tanto a las hermosas, pues la hermosura sin arte es poderosa para suplir la dote. Cuando el mar es bonancible, el piloto descansa en seguridad, cuando está embravecido, recurre a su ciencia.
Es raro el semblante en que no se advierten tachas. Encubrid las tachas y los defectos del cuerpo, según podáis. Si sois de breve estatura, sentaos, para que no parezcáis sentadas estando en pie: y para que echadas no parezcáis poquita cosa, ocultad los pies con la ropa: y así no podrán tomaros medida. Las demasiadamente flacas usen vestimentas de telas gruesas, y caiga ancho el vestido desde los hombros. Las pálidas retoquen su cara con colorete; las más morenas acudan por remedio al estiércol de cocodrilo. Los mal formados pies disimúlense siempre con calzado blanco, y las piernas enjutas no se ciñan con ligaduras: la giba se disimula con almohadillas, y el pecho hundido con la corbata.
Gesticulad poco cuando habléis las que tenéis gordos los dedos y las uñas desiguales. Las que exhalan mal olor en el aliento, nunca hablen en ayunas, y siempre distantes de la cara de los hombres. Si tenéis los dientes negros o grandes, o mal colocados, riendo a carcajadas grandísimos perjuicios cogeréis.
¿Quién lo creería? También aprenden a reírse las mujeres. Hasta en esta gracia buscan su embellecimiento. Abrid pues módicamente la boca, haced pequeños hoyos en las dos mejillas, y el labio inferior cubra los dientes de arriba. No oprimáis los ijares con destempladas risas, y suene en ellas un suave y femenil no sé qué. Las hay que tuercen la boca con un descompasado reír: otras riendo alegres parece que lloran. Algunas hacen un bronco sonido y un estridor desapacible, como rebuzna la lerda pollina atada a la escabrosa tahona.
¿Hasta dónde no alcanza el arte? Aprenden también a llorar graciosamente. Lloran cuando quieren y como quieren. ¿Y qué diré de las que no pronuncian ciertas letras necesarias, y constriñen la lengua a tartamudear algunas palabras? Cifran la gracia en el vicio de articular mal, y hablan menos bien para hablar con mayor garbo. Aplicaos pues a estas arterías, que os son provechosas.
Aprended a llevar el cuerpo con paso femenil: en el andar hay una parte de agrado no despreciable, y que atrae o ahuyenta a los hombres desconocidos. Unas mueven blandamente los costados, dejando flotar sus ropas a discreción del viento, y tendiendo los pies con aire brioso. Otras andan como las bermejas mujeres de Umbría, dando desmedidos pasos con las piernas abiertas. Pero en esto guardad medio, como en otras cosas: porque la una manera de andar es tosca, y la otra demasiado muelle.
Llevad desnuda la parte inferior de los hombros, y superior del morcillo del brazo, que se ha de ver por el lado izquierdo. Esto conviene especialmente a las de nevada blancura. Cuando yo veo esto, me siento incitado a besar el hermoso hombro que se descubre.
Monstruos del mar eran las sirenas, las cuales con canora voz detenían irresistiblemente las naves veleras. Oídas por Ulises, pudo apenas permanecer ligado al mástil, y a sus compañeros les tapó con cera las orejas. Dulcísima cosa es la melodía: aprended pues a cantar, porque la sonora voz excusa para muchas el incentivo de la hermosura. Repetid ya las composiciones oídas en los marmóreos teatros, ya las cantilenas acompañadas con tonos egipcios[30]. Ni por mi Consejo ignore la mujer culta tañer la lira con la diestra, y la cítara con la siniestra mano. Orfeo con el son de su lira movió en el Ródope las fieras y peñascos, el tartáreo lago, y el trifauce cerbero. Y tú Anfión, justísimo vengador de tu madre, edificaste los tebanos muros con las consonancias de tu canto. Suspendieron a los mudos peces los acordados acentos de la lira de Arión. Aprended también a revolver con ambas manos la festiva nabla[31], pues conviene a los placenteros juegos.
[30] Eran canciones desenvueltas y provocativas.
[31] Instrumento músico de cuerdas a manera de salterio.
Leed las poesías de Calímaco y de Filetas, y del vinoso viejo de Teos[32]. Leed a Safo; ¿qué mujer más lasciva que ella? No olvidéis al lépido Terencio; ni los versos del tierno Propercio, ni los de Galo y Tibulo. Ande en vuestras manos el poema sobre la conquista del famoso vellón, en el que deplora Varrón la suerte de Frixo y su hermana. Leed al prófugo Eneas, origen de la soberbia Roma: la más excelsa obra de las musas latinas. Acaso algún día se mezclará entre estos mi nombre, y mis escritos no serán abismados en las aguas del Leteo. Y dirá alguno, leed los numerosos versos de nuestro maestro, con los cuales instruyó en artes eróticas a hombres y a mujeres. De sus tres libros elegid el que mejor explique los amores, y los más fluidos y dulces versos. O cantad con modulado acento sus Heroidas, género que él inventó y los demás desconocieron. ¡Quiéraslo así, Apolo: queraislo así, númenes tutelares de los poetas, Baco de insignes cuernos, y las nueve musas!
[32] Porque Anacreonte era natural de Teos, ciudad de la Jonia.
¿Dudárase de que han de saber bailar las mujeres, para lucir su agilidad en los vinolentos convites? Se aman las escénicas pantomimas del histrión; y solo aquella movilidad se tiene por decoro.
No omitamos cosas menos importantes. Sepa la mujer echar los dados, y conocer la fuerza de las jugadas. Y ya lleve tres suertes, ya piense cautelosa el peligro que la amenaza, y cuántos puntos le faltan para ganar. Juegue con destreza las guerras del ajedrez, particularmente cuando una pieza es acometida por dos enemigas. El rey pelea separado de la reina; y el contrario repite muchas veces el camino. Aprenda el juego de damas, que es un tablero cubierto de ligeros peones, y del cual ninguno se quita sino el que se come al adversario. Hay otro juego reducido a otras tantas bolas, como meses tiene el fugitivo año. Cada uno pone en el tablero tres piedrecitas, y para ganar se han de colocar todas en fila. En fin hay mil juegos: que el ignorarlos sería demérito en la mujer, porque muchas veces jugando nace el amor.
Pero es menor cualidad el saber jugar expeditamente que la de conducirse en el juego con juicio correspondiente a las buenas costumbres. Cuando el espíritu no está sobre sí, sino preocupado con un mismo estudio, como sucede jugando, los interiores se descubren manifiestamente. Aparece la ira, pasión terrible, y la codicia de la ganancia; las disputas, las querellas, y el solícito sentimiento. Se dicen improperios: el aire retumba con los gritos; y cada uno invoca para sí a los dioses airados. Nada se espera en el juego si no se implora con votos: he visto yo muchas veces correr de rabia lágrimas por las mejillas de los jugadores. Preserve Júpiter de tan abominable vicio a las que viven con el cuidado de propiciar los hombres.
Débil naturaleza asigna estos juegos a las mujeres, mientras los hombres se recrean con más nobles ejercicios. Tienen el de la ligera pelota, el del dardo, y el del disco, el de la esgrima, y el de obligar a los caballos a correr en giros: las faenas del Campo Marcio, las de la frigidísima fuente virgen, y las del nadar en el Tíber de sosegadas corrientes.
Conviene y aprovecha a las mujeres solazarse a la sombra del pórtico de Pompeyo, cuando el signo de la virgen lanza sobre nosotros el fuego del estío. Visitad el Palatino, consagrado al laureado Apolo: el que sumergió en el hondo mar las naves egipcias[33]. Paseaos en los pórticos construidos por Octavia y Livia, hermana y mujer de César; y en el de Agripa, su yerno, cuya cabeza ciñó la honorífica corona naval en testimonio de valor. Visitad las aras donde se queman inciensos en loor de Isis, vaca de Menfis. Visitad los tres teatros de aquel lugar insigne en monumentos. Presenciad las luchas de los gladiadores, cuya sangre mancha la arena, y los juegos circenses, donde la hervorosa rueda volteará en derredor de la meta.
[33] Otra alusión a la batalla de Accio.
Lo oculto no se conoce, ni se desea lo desconocido. Es sin fruto la hermosura que carece de testigos. Vosotras, aunque aventajéis en el canto a Tamiris y Amebeo, no granjearéis aplauso teniendo en retiro la lira. Si Apeles no hubiera pintado a Venus, aún la esconderían sumergida las aguas del mar. ¿Qué ambicionan los divinos poetas sino la celebridad? Este deseo lleva a la cima sus trabajos. En otro tiempo eran los poetas delicia de los dioses y de los reyes; y los antiguos cantos premiados con grandes galardones. Santo respeto y nombre venerable tenían entonces los vates, y muchas veces se les prodigaban riquezas. Ennio, nacido en los montes de Calabria, mereció ser sepultado en tu sepulcro, grande Escipión. Mas hoy la yedra que corona a los poetas vegeta sin honor: y las arduas y afanosas vigilias de las doctas musas tienen nombre de ociosidad. Pero a la fama se sube por vigilias: ¿quién conociera a Homero, si estuviese oculta la Ilíada, inmortal poema? ¿Quién conocería a Dánae, si hubiera estado siempre en prisión, y se hubiese escondido vieja en la torre?
Os convienen, mujeres hermosas, las concurrencias. Vagad a menudo con suelto pie fuera de vuestros umbrales. El lobo acecha muchas ovejas para depredar una; y el águila se precipita en la banda de aves. Así salga al mundo a ser vista la mujer hermosa, pues entre muchos por ventura habrá alguno a quien atraiga.
Hállese en parajes de concurso con el conato de agradar, y ostente con todo esmero su belleza. La casualidad rueda en todas partes, llevad siempre echado el anzuelo; caerá el pez en el agua en que menos se piense. Muchas veces los perros buscan inútilmente caza en los montañosos bosques, y el ciervo da en las redes sin ser perseguido. ¿Cómo podría esperar Andrómeda enamorada ser sus lágrimas eficaces para insinuarse en Perseo? Tal vez en los funerales del marido se encuentra otro marido: todo consiste en la gracia de ir desmelenadas y anegadas en llanto.