Part 3
Aunque bien conocida, no se ha de omitir la historia de la hija del rey de Esciros, de quien triunfó Aquiles. La diosa ciprida había dado ya a Paris su recompensa por haber preferido su belleza a la de dos diosas, en el monte Ida. Ya la nuera de Príamo, venida de otras tierras era en los troyanos muros esposa de Paris. Los griegos aliados juraban vengar al ofendido marido, y la afrenta de uno solo era la afrenta de todos. Aquiles estaba disfrazado con ropas largas de mujer: traje vergonzoso, si no lo vistiera por acceder a los ruegos de su madre. ¿Qué haces, nieto de Eaco? No es tu oficio el de hilar lana. Busca timbres en la ocupación de Palas. ¿Qué, a ti los canastillos? Más bien estará en tu mano el escudo. ¿Por qué tienes el huso en la diestra que derribará a Héctor? Arroja las mazorcas del torcido estambre; blandirás tu lanza con esa fuerte mano. Casualmente había en la misma mansión una doncella de estirpe regia, que con deshonor suyo, conoció que aquel era varón. Fue vencida por violencia, y así debemos creerlo; pero también que ella se dejó vencer. Cuando Aquiles se apresuraba a marchar y había tomado ya las bélicas armas: Detente, le decía reiteradamente. ¿Dónde está ahora la fuerza? ¿Por qué detienes, Deidamía, con cariñosas palabras al autor de tu deshonra?
Hay cosas de las que una mujer no puede sin rubor hablar la primera, pero que admite gustosa cuando se las proponen. ¡Ah! ¡demasiado presume un joven de su hermosura, si aguarda que la mujer pida favores! A los hombres toca empezar: a los hombres toca recuestar con palabras suplicantes; y a ellas aceptar benignamente los dulces ruegos. Si queréis gozar, rogad, pues ellas desean solamente ser rogadas. Manifestadles pues lo que apetecéis. No desdeñaba el mismo Júpiter de dirigir súplicas a las antiguas heroínas, y ninguna repelió al gran Júpiter. No obstante si veis que a las súplicas opone orgullosa dureza, dejad lo comenzado, y volved atrás. Muchas se apasionan de quien las huye, y desaman a quien las busca. Solicitando con más tibieza, apartaréis el fastidio. No siempre se alcanzan goces de Venus por el declaradamente enamorado; a veces entra el amor cubierto con velo de amistad. Por este medio he visto enamorarse a mujeres insociables, y al que había ido amigo trasformado en amante.
Sienta mal al marinero la tez blanca, pues los vientos marítimos y los rayos del sol deben ennegrecerle. También sienta mal al labrador, porque siempre a la inclemencia, revuelve la tierra con la azada y corva reja. Y los que aspiran a arrebatar la palma en los juegos olímpicos serían vituperables en tener blancos los cuerpos. Todo amante esté descolorido, pues la palidez es color propio de acongojados amantes: este les viene bien, aunque imaginen que no importa el semblante. Pálido erraba Orión por los bosques en pos de la esquiva Side: pálido estaba Dafnis por la insensible náyade. La palidez sea índice del corazón, y no parezca despropósito tapar con gorro la atusada cabellera[15]. Enflaquecerán a los juveniles cuerpos las largas vigilias, la cavilación, y las ansias que siguen a un amor intenso. Para condoler a la querida andad miserables, de modo que cuantos os vean puedan llamaros amantes.
[15] Entre los romanos llevar gorro era señal de enfermedad. Habla pues aquí Ovidio de las dolencias amorosas.
Sin lamentarme de ver confundidos el vicio y la virtud, de ver que amistad y fe no son sino palabras vacías de sentido; no puedo menos de decíroslo: no hay seguridad en alabar al compañero la persona que amáis. Creyendo las alabanzas, pensará en desbancaros. Es cierto que Patroclo no corrompió la amante de su caro Aquiles, y Fedra fue casta con Pirítoo. Pílades amaba a Hermione como Apolo a Palas, y como a Elena su hermano gemelo Cástor. Pero si alguno espera otro tanto, espere coger manzanas del tamariz, y pida miel a los ríos.
Es natural la inclinación al mal: cada uno procura sus gustos, y estos son más aceptables, si vienen a costa de los demás. ¡Oh corrupción! No es temible para un amante el enemigo, y para estar seguro debe desconfiar de sus fieles amigos. Guardaos del pariente, y del hermano, y del caro compañero: todos estos os darán verdaderos motivos de recelar.
Para concluir digo que, habiendo mil genios entre las mujeres, con mil medios se ha de propiciar su corazón. No produce todos los frutos una misma tierra: esta es buena para viñas, aquella para olivas y la otra para trigo. Hay tantas inclinaciones diversas como personas en el mundo. El prudente se acomodará a todos los caracteres. Imitará a Proteo, que ora se mudaba en la corriente de un río, ora en león, ora en árbol, ora en cerdoso jabalí. Entre los peces unos se cogen con fisga, otros en redes, otros en hueca nasa.
Ni son buenos unos mismos medios para todas las edades. Una cierva vieja ve los lazos a mayor distancia. Si parecéis astuto a la inexperta, y descarado a la modesta, al punto apocadas desconfiarán de vosotros. De aquí es que las que no se atreven a entregarse a un hombre distinguido, se abandonan a los viles abrazos de un tuno.
He desempeñado la primera parte de la empezada obra. Echemos aquí las anclas para detener la nave.
LIBRO SEGUNDO.
Loor a Apolo: dos veces loor a Apolo. La presa apetecida cayó en mis lazos. El regocijado amante orne mis versos con verde palma, y ensálceme sobre Hesíodo y el anciano Homero. Tal era el hijo de Príamo, cuando con la robada consorte regresaba viento en popa de la guerrera Amiclas. Tal era Pélope, cuando iba en carro victorioso transportando a Hipodamía en ruedas extranjeras. ¿Para que te aceleras, joven? Tu bajel navega aún en alta mar, y está lejos el anhelado puerto. No es bastante haber adquirido, siendo yo el consejero, el objeto de tu amor. Con mis lecciones fue captado: con mis lecciones se ha de conservar. Porque no se necesita menos sabiduría para defender lo ganado, que para adquirirlo. En esto puede influir la ventura, pero aquello es obra del arte.
[Ilustración]
Inspiradme propicios ahora, Cupido y Citerea, si alguna vez me favorecisteis: inspírame ahora, Erato, tú que tienes nombre de amor. Grandes cosas emprendo: enseñar por que artes se ha de hacer estable al amor, muchacho vagabundo por el vasto universo. Él es liviano, tiene géminas alas para volar, y es difícil imponerles reglas.
Minos había cerrado a Dédalo todos los pasos por donde podía escapar; mas él halló la vía arriesgada de salvarse volando. Luego que Dédalo hubo encerrado en el laberinto al varón semibuey, o al buey semivarón[16], concebido por la abominación de su madre: rectísimo Minos, dijo, pon término a mi destierro, y vayan mis cenizas a reposar en la paterna tierra. Y ya que, agitado de los hados rigurosos, no pude vivir en la patria, a lo menos séame dado el morir. Concede que se restituya a ella mi hijo, si en mis años no me consideras a mí digno de esta gracia: y si no quieres concedérselo al muchacho, concédeselo al viejo. Estas y otras razones había dicho; mas vanamente, el inflexible Minos le negaba el regreso. Al punto que lo entendió, ahora, dijo, ahora tienes campo, oh Dédalo, para ejercitar tu ingenio. Minos es señor de la tierra y del mar, y ni la tierra ni el agua están francas para mi fuga. Resta el camino del aire; por el aire tentaré ir. Ayuda mi designio, alto Júpiter. No presumo sublimarme hasta los estrellados asientos; pero no tengo sino este camino para librarme del rey. Si hubiera salida por el estigio, vadearía las estigias aguas: permítaseme crear leyes para mi naturaleza. Los males aguzan a veces el ingenio: ¿quién jamás hubiera creído que un hombre había de caminar por las aéreas regiones? Puso en orden unas alas con plumas volátiles, atando esta ligera obra con hilo, y sujetando su parte inferior con cera derretida al fuego: acabose el trabajo del nuevo artefacto. Manejaba el muchacho sonriéndose la cera y las plumas, ignorante de que esta invención se preparaba para sus hombros. En este bajel, le dijo su padre, hemos de aportar a nuestra patria; con este auxilio hemos de salvarnos del cautiverio de Minos. Este no pudo cerrarnos el aire; todo lo demás lo ha cerrado. Ya que podemos, rompe con mi invento los aires. Pero no has de mirar a la Osa, al Boyero que la acompaña, y al Orión armado con espada. Regla tu vuelo al mío; yo iré siempre delante. Sea tu cuidado seguirme; guiando yo irás seguro. Porque si nos elevamos a las etéreas esferas, acercándonos al sol, la cera se liquidará con el calor de sus rayos; y si con humildes alas atravesamos muy inmediatos el mar, las movibles plumas se humedecerán con sus azuladas aguas. Toma pues un vuelo medio, y teme, hijo mío, los vientos: hacia donde sople el aire agita las favorables velas. Entretanto que le daba estos avisos, acomodaba las alas al muchacho, y le enseñaba a servirse de ellas: bien como la ave dirige a los endebles hijuelos. Atole después las alas, proporcionadas a sus hombros, y le entregó no sin temor al nuevo viaje. Al echar a volar besó tiernamente al pequeñuelo, y las paternales mejillas no contuvieron sus lágrimas. Había una colina menor que el monte, y más alta que la llanura: de allí se dieron los dos a la desgraciada huida. Movía Dédalo sus alas, y miraba las del hijo, sosteniendo siempre su rumbo. Pero ufano Ícaro de transitar por no descubierto camino, deponiendo el temor, voló con más osadía de la que prestaba el arte. Violos uno que con trémula caña pescaba peces, y su mano paró en la ocupación. Ya habían dejado a la izquierda las islas de Samos, y Naxos, las de Paros y Delos, amada de Apolo; y a la derecha quedaban las de Lebintos, Kálimnos de sombríos bosques, y Astipalea ceñida de pezcosos vados; cuando el imprudente muchacho con harta temeridad se remontó más arriba, abandonando a su guía. Rómpense las ligaduras, derrítese la cera con la inmediación del sol, y ya el sutil viento no sostenía el movimiento de sus brazos. Atónito echó la vista al mar desde tanta elevación, y el horrible miedo ofreció a sus ojos los crepúsculos de la noche. Acabó de liquidarse la cera, y él batía los desnudos brazos. Estremécese, y no tiene con que sostenerse. Cayó, y cayendo: Padre, oh padre, me llevan, dijo, y las cerúleas aguas sofocaron sus voces. El infeliz padre, no padre ya: Ícaro, clamó, ¿donde estás, Ícaro, o a que parte del cielo vuelas? Ícaro, clamaba; pero vio sus alas en el mar. La tierra hospedó sus huesos, y las aguas retuvieron su nombre.
[16] El Minotauro, engendro de un toro y de Pasífae, mujer de Minos.
No pudo Minos refrenar las alas de Dédalo; y yo me aparejo a detener al dios que inconstantemente vuela. Aquel se engaña que recurre a la magia de Tesalia, y al hipomanes confeccionado con la carúncula que se arranca de la frente del potro recién nacido. No son poderosas de fijar al amor las yerbas de Medea, ni los encantos de los marsos[17] mezclados con mágicos conjuros. Si con hechizos se pudiese conservar el amor, Medea hubiera poseído a Jasón; y Circe a Ulises.
[17] _Marsos_, antiguos pueblos del Abruzo. Tomaron el nombre de Marso, hijo de Circe, y aprendieron de él a ser famosos encantadores y hechiceros.
En vano se dan a las mujeres brebajes amatorios, que causan palidez. Estas confecciones trastornan el espíritu, y tienen la virtud de enloquecerle. Lejos todo artificio: para que os amen, sed amables. No bastarán para serlo el semblante ni la hermosura; aunque seáis un Nireo, tan alabado por el antiguo Homero, o un Hilas robado por superchería de las náyades; para retener a vuestra amada, y no veros abandonados, a las gracias del cuerpo añadid las dotes del ingenio. La hermosura es deleznable bien: se aja con los años, y fenece limitada en su período. No siempre florecen las violetas y los anchos lirios[18]; y los rosales que ya no llevan rosas, se erizan de agudas espinas. Vosotros, preciados de hermosos, pronto veréis canos vuestros cabellos; pronto vendrán las arrugas a surcar vuestro cuerpo. Perfeccionad pues el espíritu, que no se marchita, y sostendrá vuestra belleza. Él solo permanece hasta el lóbrego sepulcro. Sea no leve estudio vuestro cultivarle con las buenas letras, y aprender a ser elocuentes. No era hermoso, pero era facundo Ulises: y con su elocuencia se atraía el amor de las mismas diosas.
[18] En el original elegantemente _hiantia lilia_. He traducido anchos, porque siendo los _lirios_ las flores que más se abren, el adjetivo _abiertos_, común a todas, no expresaría la demasiada abertura de ellos.
¡Oh, cuántas veces se dolió Calipso de la celeridad de su partida! ¡Y cuántas le detuvo diciéndole que no estaba propicio el mar para hacerse a la vela! De tiempo en tiempo le rogaba contase el asedio de Troya; y él solía referir muchas veces el mismo suceso de modo diferente. Un día, estando los dos en la playa, exigió la hermosa Calipso le contase las cruentas hazañas del capitán de los Tracios. Él, con una varita que por acaso tenía en la mano, dibujó la pedida historia en la arenosa orilla. He aquí, dijo, a Troya; y figuró sus muros en la espesa arena: este es el Simois, y aquí, a sus márgenes mi campamento. Aquí estaban las trincheras (y las pintaba) que deshicimos con muerte de Dolón, cuando vigilante intentó robar los caballos de Aquiles. Allá estaban las tiendas de Reso, rey de Tracia, a quien a oscuras cogí los caballos. Trazaba otras muchas figuras, cuando las improvisas olas borraron a Troya, y los reales de Reso con su general. Entonces la diosa le dijo: mira esas olas a las que te confías para irte, mira de cuales nombres hacen mofa en este momento.
Así pues, confiad poco en la figura mudable. Seáis quién fuereis, ennobleceos con más sólido mérito. Gana principalmente las voluntades la fácil condescendencia: la aspereza y los duros modales producen odio. Aborrecemos al gavilán, porque vive siempre de la rapacidad; y a los lobos, porque acostumbran ir contra el tímido rebaño. La golondrina, por mansa, está libre de las asechanzas del hombre; y las aves caonias tienen palomares donde anidar.
Vayan pues fuera las rencillas y la maledicencia entre amantes, aliméntese el tierno amor con palabras de dulzura. Por las disensiones huyen las casadas a sus maridos, y los maridos a sus mujeres, persuadiéndose a que se deben siempre recíprocos tratamientos. Esto es bueno para los casados: las contiendas son dote del casamiento. Pero la amiga oiga siempre requiebros. No habéis unido lecho por disposición de las leyes, amor solo ejerce entre vosotros el oficio de la ley. Gastad pues tiernas caricias, y expresiones que halaguen sus oídos; y así recibiros ha siempre con alegría.
No me constituyo yo preceptor de amores para los ricos. El que diere no necesita de arte. Consigo lleva la ciencia quien, cuando le peta, dice: toma. Cedo: con su dinero será más estimado que con mis advertencias. Compongo estos versos para pobres, porque yo amé como pobre. Cuando no podía regalar dádivas, regalaba palabras. Ame el pobre con circunspección: el pobre tema hablar mal; sufra muchas cosas que no sufrirían los ricos. Acuérdome que irritado un día descompuse al dueño mío los cabellos. ¡Ay de mí, cuán malos días me costó aquel enojo! Ni sentí, ni creo haber desgarrado su túnica; mas ella lo dijo, y la rescaté a mi costa. Vosotros los que sois prudentes, evitad defectos de vuestro maestro; temed los males de mi culpa.
Guerra con los partos, y paz siempre con la dulce amiga: los juegos y alegría son los compañeros del amor.
Si no fuere con vosotros bastante cariñosa y afable, sufrid y tolerad: con el tiempo se tornará blanda. Doblegándolas con suavidad, se enderezan las encorvadas ramas del árbol; y se quiebran violentándolas con fuerza. Con suavidad se cortan las rápidas aguas de los ríos; y no pudieran vadearse, nadando contra la corriente. Con suavidad se doman los tigres y leones de Numidia: y los toros se acostumbran poco a poco a tirar de la rústica esteva. ¿Quién fue más intratable que la árcade Atalanta? Pues esta soberbia se rindió por fin a los obsequios del amante. Dicen que Milanión lloraba mil veces, debajo de los árboles, rigores y altiveces de esta muchacha. Mil veces cargaba en sus obedientes hombros sus redes para cazar: y mil veces clavó para ella con fiera lanza los montaraces jabalíes. Hiriole Hileo con arco despreciado por él, pero lo estaba ya por otro arco más nocivo. No os mando yo trepar armados por las selvas de Ménalo, ni llevar a cuestas las redes; ni os mando exponer vuestros pechos a saetas disparadas: los mandatos de mi arte serán llevaderos para los prudentes.
Ceded a la porfiada; cediendo saldréis vencedores. Obrad del mismo modo que si ella os lo mandara. Reprended lo que reprenda; aprobad lo que apruebe; decid lo que diga, y negad lo que niegue. Reíd, si ríe; acordaos de llorar, si llora. Imponga leyes con su semblante. Si jugare a los dados, echad mal, y dadle los mejores puntos. Si jugáis al carnícoles, para que no la aflija la pena de perder, haced que esté siempre a vuestro lado la perjudicial canícula. Si jugareis al ajedrez, imagen del latrocinio, haced que vuestro soldado perezca por el peón enemigo. Llevad tendido para ella el quitasol, y haced calle entre la gente por donde pase. No dudéis servir de estribo para el mullido lecho, ni de calzar a sus galanos pies y descalzar las sandalias. Calentad en vuestro pecho sus frías manos, aunque vosotros mismos tiritéis transidos. Ni graduéis de impropio (aunque impropio para vosotros, la complacerá) tenerla el espejo con voluntaria mano. Hércules, merecedor del cielo que antes había sostenido, exterminados los monstruos de la melancólica madrastra, tenía los canastillos entre las hijas de Lidia, e hilaba groseras lanas. El héroe de los Tirintios obedecía al arbitrio de su señora. Ved ahora si dudaréis de sufrir lo que él sufrió.
Encargados de ir al foro, anticipad siempre la hora señalada, y volved tarde. Si os mandare demandar a alguno, posponedlo todo; corred para que no os detenga en el camino tropel de gente. Si retornare por la noche a casa después de haber asistido a los convites presentaos en lugar del siervo, cuando llamare. Si estando en el campo os mandare venir, faltando carruaje, tomad el camino a pie, porque el amor aborrece a los perezosos. No os arredre el tiempo crudo, ni la sedienta canícula, ni el camino alfombrado con blancas nieves.
Especie de milicia es el amor; apartaos, indolentes, pues estos estandartes no se han de defender por hombres cobardes. La noche y el invierno, las largas carreras, los duros pesares, y todo dolor está presente a los que combaten en estos voluptuosos reales. Muchas veces os cogerá la lluvia desatada de las nubes, y muchas veces dormiréis fríos en la desnuda tierra. Se cuenta que Apolo apacentaba las vacas de Admeto, y se guarecía en pajiza cabaña. ¿A quién no honrará lo que honró a Apolo? Desnudaos de vanidad los que aspiráis al amor duradero.
Si no podéis ver a vuestra amada por camino llano y seguro, o si estuviere con opuesto cerrojo cerrada la puerta, escurríos por el fragoso techo, o subid a hurtadillas por las altas ventanas. Se complacerá sabiendo que fue para vosotros causa de peligro: y esto será para ella prenda de amor sincero. Muchas veces podías tú, Leandro, carecer de la vista de tu señora, sin embargo pasabas a nado el mar, para que conociese tu pasión.
No tengáis a menos haceros lugar con las siervas y siervos, particularmente con los primeros en el orden. Saludad a cada uno por su nombre, pues nada se pierde. Humillaos, vanidosos, a darles la mano. Pero sobre todo regalad alguna propinilla al siervo que os pida, pues no es grande esta impensa. Y regalad a las siervas, para consolarlas del castigo que las espera un día, si escondido el marido bajo un traje distinto, llega a sorprenderlas. Creedme, haced de vuestro bando a esta gentecilla, incluyendo siempre en tal clase al portero y al que duerme en la antecámara.
No os ordeno que gratifiquéis con dádivas costosas a vuestra amiga: dad poco, pero lo poco con oportunidad y finura. Cuando los jardines estuvieren tan ricos en frutas, que agobie a las ramas su peso, por el mozo enviadle en un canastillo regalos campestres. Podréis decir que es fruta de vuestra granja, aunque la hayáis comprado en la calle Sacra. Enviadla o uvas o castañas, que eran delicia de Amarilis, o también nueces, si las apetece. Conviene testificarla que está en vuestra memoria, regalándola un tordo atado a una guirnalda de flores. Infamemente se adquiere así la esperanza del testamento, y la herencia de la senectud sin familia. ¡Ah! ¡Perezcan los que regalan para comprar tal delito!
¿Os aconsejaré por ventura que la escribáis afectuosos versos? ¡Ay de mí! los versos no son muy estimados. Alábanse los versos, pero más se aprecian las dádivas. Como sea rico, un bárbaro mismo será bien admitido. Ahora estamos en los verdaderos siglos de oro: con el oro se adquieren altísimos honores; con el oro se concilia el amor. Aunque Homero mismo volviese acompañado de las musas, las mujeres le echarían fuera, si nada daba. Hay a la verdad unas pocas mujeres sabias, y algunas ignorantes que quieren pasar por sabias. Alabad en versos a unas y a otras, pero en versos que con su armoniosa fluidez las recomienden al lector. Estas y aquellas acaso graduarán como don cortísimo los versos limados para ellas a costa de vigilias.
Haced que vuestra amante os pida siempre lo que habíais de hacer, y creíais seros útil. Si habéis prometido libertad a algún siervo, obligadle a obtenerla por la mediación de ella. Si remitís al esclavo el azote y el penoso calabozo, débaos ella a vosotros la gracia que habíais de hacer. Vuestro sea el provecho, y dese a la amiga el honor. Nada perdáis; pero tenga ella la opinión de que vale con vosotros.
Los que aspiran a mantener la privanza de su amante, háganla creer que están embelesados con su hermosura. Si está vestida de púrpura, alabaréis los colores de Tiro. Si la veis vestida de finísima seda, diréis que le cae bien la tela de Cos[19]. Si se adornare con vestido chapado de oro, diréis que está más preciosa que el oro mismo. Si se pone la gausapa, aprobad esta ropa[20]. Si se presenta en túnica, todo lo abrasas, clamad; pero rogadla tímidamente que se abrigue del frío. Si trajere los cabellos partidos sobre la frente, alabad la dividida crencha; y si los encrespare con hierro caliente, agradaos de la ensortijada cabellera. Admirad sus brazos cuando baile, y su voz cuando cante; y fingid que os disgustáis de que lo deje presto. Conveniente será alabarla en el mismo lecho, notando con sensual voz sus placeres y los vuestros.
[19] De esta isla eran las telas de seda que se gastaban en Roma; eran tan delgadas que se transparentaba el cuerpo.
[20] Gausapa era una especie de paño grueso y felpudo, de que se hacían los vestidos de invierno.
Así, aunque sea más violenta que la atroz Medusa, se hará igual y mansa para su amador. Solo debéis no manifestar simulación en tales lances, ni desmentir con el semblante las palabras. El arte de disimular encubierto es ventajoso, conocido sirve de confusión; y con razón os quitará crédito para en adelante.
A veces en el otoño (cuando los colmados racimos empiezan a colorear con el rubicundo mosto, y prometen un año abundantísimo, y cuando alterna el frío con los últimos calores) reinan enfermedades por la desigualdad del tiempo. Conserve vuestra amiga perfecta salud por cierto; pero, si indispuesta se acostare, dañada por la destemplanza del aire, mostradla con expresivas señales vuestro amor y sentimiento. Sembrad entonces para coger a manos llenas después. No os fastidie la impertinente enfermedad, y haced por vuestra mano cuanto ella os permita. Véaos llorar; no tengáis hastío de sufrir sus besos: y agote vuestras lágrimas con su árida boca.