El árbol de la ciencia: novela
Part 9
--¿Alguna vez? Las hemos aprovechado ya.
--¿En qué?
--En el concepto del mundo.
--Está bien; pero yo hablaba de un aprovechamiento práctico, inmediato. Yo, en el fondo, estoy convencido de que, la verdad en bloque, es mala para la vida. Esa anomalía de la naturaleza que se llama la vida necesita estar basada en el capricho, quizá en la mentira.
--En eso estoy conforme--dijo Andrés--. La voluntad, el deseo de vivir es tan fuerte en el animal como en el hombre. En el hombre es mayor la comprensión. A más comprender, corresponde menos desear. Esto es lógico, y además se comprueba en la realidad. La apetencia por conocer se despierta en los individuos que aparecen al final de una evolución, cuando el instinto de vivir languidece. El hombre, cuya necesidad es conocer, es como la mariposa que rompe la crisálida para morir. El individuo sano, vivo, fuerte, no ve las cosas como son; porque no le conviene. Está dentro de una alucinación. Don Quijote, a quien Cervantes quiso dar un sentido negativo, es un símbolo de la afirmación de la vida. Don Quijote vive más que todas las personas cuerdas que le rodean, vive más y con más intensidad que los otros. El individuo o el pueblo que quiere vivir se envuelve en nubes como los antiguos dioses cuando se aparecían a los mortales. El instinto vital necesita de la ficción para afirmarse. La ciencia entonces, el instinto de crítica, el instinto de averiguación, debe encontrar una verdad: la cantidad de mentira que es necesaria para la vida. ¿Se ríe usted?
--Sí, me río, porque eso que tú expones con palabras del día, está dicho nada menos que en la Biblia.
--¡Bah!
--Sí, en el Génesis. Tú habrás leído que en el centro del paraíso había dos árboles, el árbol de la vida y el árbol de la ciencia del bien y del mal. El árbol de la vida era inmenso, frondoso, y, según algunos santos padres, daba la inmortalidad. El árbol de la ciencia no se dice cómo era; probablemente sería mezquino y triste. ¿Y tú sabes lo que le dijo Dios a Adán?
--No recuerdo; la verdad.
--Pues al tenerle a Adán delante, le dijo: Puedes comer todos los frutos del jardín; pero cuidado con el fruto del árbol de la ciencia del bien y del mal, porque el día que tú comas su fruto morirás de muerte. Y Dios, seguramente, añadió: Comed del árbol de la vida, sed bestias, sed cerdos, sed egoístas, revolcaos por el suelo alegremente; pero no comáis del árbol de la ciencia, porque ese fruto agrio os dará una tendencia a mejorar que os destruirá. ¿No es un consejo admirable?
--Sí, es un consejo digno de un accionista del Banco--repuso Andrés.
--¡Cómo se ve el sentido práctico de esa granujería semítica!--dijo Iturrioz--. ¡Cómo olfatearon esos buenos judíos, con sus narices corvas, que el estado de conciencia podía comprometer la vida!
--¡Claro, eran optimistas; griegos y semitas tenían el instinto fuerte de vivir, inventaban dioses para ellos, un paraíso exclusivamente suyo. Yo creo que en el fondo no comprendían nada de la naturaleza.
--No les convenía.
--Seguramente no les convenía. En cambio, los turanios y los arios del Norte, intentaron ver la naturaleza tal como es.
--Y, ¿a pesar de eso, nadie les hizo caso y se dejaron domesticar por los semitas del Sur?
--¡Ah, claro! El semitismo, con sus tres impostores, ha dominado al mundo, ha tenido la oportunidad y la fuerza; en una época de guerras dió a los hombres un dios de las batallas, a las mujeres y a los débiles un motivo de lamentos, de quejas y de sensiblería. Hoy, después de siglos de dominación semítica, el mundo vuelve a la cordura, y la verdad aparece como una aurora pálida tras de los terrores de la noche.
--Yo no creo en esa cordura--dijo Iturrioz--ni creo en la ruina del semitismo. El semitismo judío, cristiano o musulmán, seguirá siendo el amo del mundo, tomará avatares extraordinarios. ¿Hay nada más interesante que la Inquisición, de índole tan semítica, dedicada a limpiar de judíos y moros al mundo? ¿Hay caso más curioso que el de Torquemada, de origen judío?
--Sí, eso define el carácter semítico, la confianza, el optimismo, el oportunismo... Todo eso tiene que desaparecer. La mentalidad científica de los hombres del Norte de Europa lo barrerá.
--Pero, ¿dónde están esos hombres? ¿Dónde están esos precursores?
--En la ciencia, en la filosofía, en Kant sobre todo. Kant ha sido el gran destructor de la mentira greco-semítica. El se encontró con esos dos árboles bíblicos de que usted hablaba antes y fué apartando las ramas del árbol de la vida que ahogaban al árbol de la ciencia. Tras él no queda, en el mundo de las ideas, más que un camino estrecho y penoso: la ciencia. Detrás de él, sin tener quizá su fuerza y su grandeza, viene otro destructor, otro oso del Norte, Schopenhauer, que no quiso dejar en pie los subterfugios que el maestro sostuvo amorosamente por falta de valor. Kant pide por misericordia que esa gruesa rama del árbol de la vida, que se llama libertad, responsabilidad, derecho, descanse junto a las ramas del árbol de la ciencia para dar perspectivas a la mirada del hombre. Schopenhauer, más austero, más probo en su pensamiento, aparta esa rama, y la vida aparece como una cosa obscura y ciega, potente y jugosa sin justicia, sin bondad, sin fin; una corriente llevada por una fuerza X, que él llama voluntad y que, de cuando en cuando, en medio de la materia organizada, produce un fenómeno secundario, una fosforescencia cerebral, un reflejo, que es la inteligencia. Ya se ve claro en estos dos principios: vida y verdad, voluntad e inteligencia.
--Ya debe haber filósofos y biófilos--dijo Iturrioz.
--¿Por qué no? Filósofos y biófilos. En estas circunstancias el instinto vital, todo actividad y confianza, se siente herido y tiene que reaccionar y reacciona. Los unos, la mayoría literatos, ponen su optimismo en la vida, en la brutalidad de los instintos y cantan la vida cruel, canalla, infame, la vida sin finalidad, sin objeto, sin principios y sin moral, como una pantera en medio de una selva. Los otros ponen el optimismo en la misma ciencia. Contra la tendencia agnóstica de un Du Boie-Reymond que afirmó que jamás el entendimiento del hombre llegaría a conocer la mecánica del universo, están las tendencias de Berthelot, de Metchnikoff, de Ramón y Cajal en España, que supone que se puede llegar a averiguar el fin del hombre en la Tierra. Hay, por último, los que quieren volver a las ideas viejas y a los viejos mitos, porque son útiles para la vida. Estos son profesores de retórica, de esos que tienen la sublime misión de contarnos cómo se estornudaba en el siglo XVIII después de tomar rapé, los que nos dicen que la ciencia fracasa, y que el materialismo, el determinismo, el encadenamiento de causa a efecto es una cosa grosera, y que el espiritualismo es algo sublime y refinado. ¡Qué risa! ¡Qué admirable lugar común para que los obispos y los generales cobren su sueldo y los comerciantes puedan vender impunemente bacalao podrido! ¡Creer en el ídolo o en el fetiche es símbolo de superioridad; creer en los átomos como Demócrito o Epicuro, señal de estupidez! Un _aissaua_ de Marruecos que se rompe la cabeza con un hacha y traga cristales en honor de la divinidad, o un buen mandingo con su taparabos, son seres refinados y cultos; en cambio el hombre de ciencia que estudia la naturaleza es un ser vulgar y grosero. ¡Qué admirable paradoja para vestirse de galas retóricas y de sonidos nasales en la boca de un académico francés! Hay que reirse cuando dicen que la ciencia fracasa. Tontería: lo que fracasa es la mentira; la ciencia marcha adelante, arrollándolo todo.
--Sí, estamos conformes, lo hemos dicho antes arrollándolo todo. Desde un punto de vista puramente científico, yo no puedo aceptar esa teoría de la duplicidad de la función vital: inteligencia a un lado, voluntad a otro, no.
--Yo no digo inteligencia a un lado y voluntad a otro--replicó Andrés--, sino predominio de la inteligencia o predominio de la voluntad. Una lombriz tiene voluntad e inteligencia, voluntad de vivir tanta como el hombre, resiste a la muerte como puede; el hombre tiene también voluntad e inteligencia, pero en otras proporciones.
--Lo que quiero decir es que no creo que la voluntad sea sólo una máquina de desear y la inteligencia una máquina de reflejar.
--Lo que sea en sí, no lo sé; pero a nosotros nos parece esto racionalmente. Si todo reflejo tuviera para nosotros un fin, podríamos sospechar que la inteligencia no es sólo un aparato reflector, una luna indiferente para cuanto se coloca en su horizonte sensible; pero la conciencia refleja lo que puede aprehender sin interés, automáticamente y produce imágenes. Estas imágenes, desprovistas de lo contingente, dejan un símbolo, un esquema, que debe ser la idea.
--No creo en esa indiferencia automática que tú atribuyes a la inteligencia. No somos un intelecto puro, ni una máquina de desear, somos hombres que al mismo tiempo piensan, trabajan, desean, ejecutan... Yo creo que hay ideas que son fuerzas.
--Yo, no. La fuerza está en otra cosa. La misma idea que impulsa a un anarquista romántico a escribir unos versos ridículos y humanitarios, es la que hace a un dinamitero poner una bomba. La misma ilusión imperialista tiene Bonaparte, que Lebaudy, el emperador del Sahara. Lo que les diferencia es algo orgánico.
--¡Qué confusión! En qué laberinto nos vamos metiendo--murmuró Iturrioz.
--Sintetice usted nuestra discusión y nuestros distintos puntos de vista.
--En parte, estamos conformes. Tú quieres, partiendo de la relatividad de todo, darle un valor absoluto a las relaciones entre las cosas.
--Claro, lo que decía antes; el metro en sí, medida arbitraria; los 360 grados de un círculo, medida también arbitraria; las relaciones obtenidas con el metro o con el arco, exactas.
--No, ¡si estamos conformes! Sería imposible que no lo estuviéramos en todo lo que se refiere a la matemática y a la lógica; pero cuando nos vamos alejando de estos conocimientos simples y entramos en el dominio de la vida, nos encontramos dentro de un laberinto, en medio de la mayor confusión y desorden. En este baile de máscaras, en donde bailan millones de figuras abigarradas, tú me dices: Acerquémonos a la verdad. ¿Dónde está la verdad? ¿Quién es ese enmascarado que pasa por delante de nosotros? ¿Qué esconde debajo de su capa gris? ¿Es un rey o un mendigo? ¿Es un joven admirablemente formado o un viejo enclenque y lleno de úlceras? La verdad es una brújula loca que no funciona en este caos de cosas desconocidas.
--Cierto, fuera de la verdad matemática y de la verdad empírica que se va adquiriendo lentamente, la ciencia no dice mucho. Hay que tener la probidad de reconocerlo..., y esperar.
--¿Y, mientras tanto, abstenerse de vivir, de afirmar? Mientras tanto no vamos a saber si la República es mejor que la Monarquía, si el Protestantismo es mejor o peor que el Catolicismo, si la propiedad individual es buena o mala; mientras la Ciencia no llegue hasta ahí, silencio.
--¿Y qué remedio queda para el hombre inteligente?
--Hombre, sí. Tú reconoces que fuera del dominio de las matemáticas y de las ciencias empíricas existe, hoy por hoy, un campo enorme adonde todavía no llegan las indicaciones de la ciencia. ¿No es eso?
--Sí.
--¿Y por qué en ese campo no tomar como norma la utilidad?
--Lo encuentro peligroso--dijo Andrés--. Esta idea de la utilidad, que al principio parece sencilla, inofensiva, puede llegar a legitimar las mayores enormidades, a entronizar todos los prejuicios.
--Cierto, también, tomando como norma la verdad, se puede ir al fanatismo más bárbaro. La verdad puede ser un arma de combate.
--Sí, falseándola, haciendo que no lo sea. No hay fanatismo en matemáticas, ni en ciencias naturales. ¿Quién puede vanagloriarse de defender la verdad en política o en moral? El que así se vanagloria, es tan fanático como el que defiende cualquier otro sistema político o religioso. La ciencia no tiene nada que ver con eso; ni es cristiana, ni es atea, ni revolucionaria, ni reaccionaria.
--Pero ese agnosticismo, para todas las cosas que no se conocen científicamente, es absurdo porque es antibiológico. Hay que vivir. Tú sabes que los fisiólogos han demostrado que, en el uso de nuestros sentidos, tendemos a percibir, no de la manera más exacta, sino de la manera más económica, más ventajosa, más útil. ¿Qué mejor norma de la vida que su utilidad, su engrandecimiento?
--No, no; eso llevaría a los mayores absurdos en la teoría y en la práctica. Tendríamos que ir aceptando ficciones lógicas: el libre albedrío, la responsabilidad, el mérito; acabaríamos aceptándolo todo, las mayores extravagancias de las religiones.
--No, no aceptaríamos más que lo útil.
--Pero para lo útil no hay comprobación como para lo verdadero--replicó Andrés--. La fe religiosa para un católico, además de ser verdad, es útil; para un irreligioso puede ser falsa y útil, y para otro irreligioso puede ser falsa e inútil.
--Bien, pero habrá un punto en que estemos todos de acuerdo, por ejemplo, en la utilidad de la fe para una acción dada. La fe, dentro de lo natural, es indudable que tiene una gran fuerza. Si yo me creo capaz de dar un salto de un metro, lo daré; si me creo capaz de dar un salto de dos o tres metros, quizá lo dé también.
--Pero si se cree usted capaz de dar un salto de cincuenta metros, no lo dará usted por mucha fe que tenga.
--Claro que no; pero eso no importa para que la fe sirva en el radio de acción de lo posible. Luego la fe es útil, biológica; luego hay que conservarla.
--No, no. Eso que usted llama fe no es más que la conciencia de nuestra fuerza. Esa existe siempre, se quiera o no se quiera. La otra fe conviene destruirla, dejarla es un peligro; tras de esa puerta que abre hacia lo arbitrario una filosofía basada en la utilidad, en la comodidad o en la eficacia, entran todas las locuras humanas.
--En cambio, cerrando esa puerta y no dejando más norma que la verdad, la vida languidece, se hace pálida, anémica, triste. Yo no sé quién decía la legalidad nos mata; como él podemos decir: La razón y la ciencia nos apabullan. La sabiduría del judío se comprende cada vez más que se insiste en este punto: a un lado el árbol de la ciencia, al otro el árbol de la vida.
--Habrá que creer que el árbol de la ciencia es como el clásico manzanillo, que mata a quien se acoge a su sombra--dijo Andrés burlonamente.
--Sí, ríete.
--No, no me río.
IV
DISOCIACIÓN
NO sé, no sé--murmuró Iturrioz--. Creo que vuestro intelectualismo no os llevará a nada. ¿Comprender? ¿Explicarse las cosas? ¿Para qué? Se puede ser un gran artista; un gran poeta, se puede ser hasta un matemático y un científico y no comprender en el fondo nada. El intelectualismo es estéril. La misma Alemania, que ha tenido el cetro del intelectualismo, hoy parece que lo repudia. En la Alemania actual casi no hay filósofos, todo el mundo está ávido de vida práctica. El intelectualismo, el criticismo, el anarquismo, van en baja.
--¿Y qué? ¡Tantas veces han ido de baja y han vuelto a renacer!--contestó Andrés.
--¿Pero se puede esperar algo de esa destrucción sistemática y vengativa?
--No es sistemática ni vengativa. Es destruir lo que no se afirme de por sí; es llevar el análisis a todo; es ir disociando las ideas tradicionales para ver qué nuevos aspectos toman; qué componentes tienen. Por la desintegración electrolítica de los átomos van apareciendo estos iones y electrones mal conocidos. Usted sabe también que algunos histólogos han creído encontrar en el protoplasma de las células, granos que consideran como unidades orgánicas elementales, y que han llamado bioblastos. ¿Por qué lo que están haciendo en física en este momento los Roentgen y los Becquerel, y en biología los Haeckel y los Hertwig, no se ha de hacer en filosofía y en moral? Claro que en las afirmaciones de la química y de la histología no está basada una política, ni una moral, y si mañana se encontrara el medio de descomponer y de transmutar los cuerpos simples, no habría ningún papa de la ciencia clásica que excomulgara a los investigadores.
--Contra tu disociación en el terreno moral, no sería un papa el que protestara, sería el instinto conservador de la sociedad.
--Ese instinto ha protestado siempre contra todo lo nuevo y seguirá protestando; ¿eso qué importa? La disociación analítica será una obra de saneamiento, una desinfección de la vida.
--Una desinfección que puede matar al enfermo.
--No, no hay cuidado. El instinto de conservación del cuerpo social es bastante fuerte para rechazar todo lo que no puede digerir. Por muchos gérmenes que se siembren, la descomposición de la sociedad será biológica.
--¿Y para qué descomponer la sociedad? ¿Es que se va a construir un mundo nuevo mejor que el actual?
--Sí, yo creo que sí.
--Yo lo dudo. Lo que hace a la sociedad malvada es el egoísmo del hombre, y el egoísmo es un hecho natural, es una necesidad de la vida. ¿Es que supones que el hombre de hoy es menos egoísta y cruel que el de ayer? Pues te engañas. ¡Si nos dejaran!; el cazador que persigue zorras y conejos cazaría hombres si pudiera. Así como se sujeta a los patos y se les alimenta para que se les hipertrofie el hígado, tendríamos a las mujeres en adobo para que estuvieran más suaves. Nosotros civilizados hacemos jockeys como los antiguos monstruos, y si fuera posible les quitaríamos el cerebro a los cargadores para que tuvieran más fuerza, como antes la Santa Madre Iglesia quitaba los testículos a los cantores de la Capilla Sixtina para que cantasen mejor. ¿Es que tú crees que el egoísmo va a desaparecer? Desaparecería la Humanidad. ¿Es que supones, como algunos sociólogos ingleses y los anarquistas, que se identificará el amor de uno mismo con el amor de los demás?
--No; yo supongo que hay formas de agrupación social unas mejores que otras, y que se deben ir dejando las malas y tomando las buenas.
--Esto me parece muy vago. A una colectividad no se le moverá jamás diciéndole: Puede haber una forma social mejor. Es como si a una mujer se le dijera: Si nos unimos, quizás vivamos de una manera soportable. No, a la mujer y a la colectividad hay que prometerles el paraíso; esto demuestra la ineficacia de tu idea analítica y disociadora. Los semitas inventaron un paraíso materialista (en el mal sentido) en el principio del hombre; el cristianismo, otra forma de semitismo, colocó el paraíso al final y fuera de la vida del hombre y los anarquistas, que no son más que unos neo-cristianos, es decir, neo-semitas, ponen su paraíso en la vida y en la tierra. En todas partes y en todas épocas los conductores de hombres son prometedores de paraísos.
--Sí, quizá; pero alguna vez tenemos que dejar de ser niños, alguna vez tenemos que mirar a nuestro alrededor con serenidad. ¡Cuántos terrores no nos han quitado de encima el análisis! Ya no hay monstruos en el seno de la noche, ya nadie nos acecha. Con nuestras fuerzas vamos siendo dueños del mundo.
V
LA COMPAÑÍA DEL HOMBRE
SÍ, nos ha quitado terrores--exclamó Iturrioz--; pero nos ha quitado también vida. ¡Sí, es la claridad la que hace la vida actual completamente vulgar! Suprimir los problemas es muy cómodo; pero luego no queda nada. Hoy, un chico lee una novela del año 30, y las desesperaciones de Larra y de Espronceda y se ríe; tiene la evidencia de que no hay misterios. La vida se ha hecho clara; el valor del dinero aumenta; el burguesismo crece con la democracia. Ya es imposible encontrar rincones poéticos al final de un pasadizo tortuoso; ya no hay sorpresas.
--Usted es un romántico.
--Y tú también. Pero yo soy un romántico práctico. Yo creo que hay que afirmar el conjunto de mentiras y verdades que son de uno hasta convertirlo en una cosa viva. Creo que hay que vivir con las locuras que uno tenga, cuidándolas y hasta aprovechándose de ellas.
--Eso me parece lo mismo que si un diabético aprovechara el azúcar de su cuerpo para endulzar su taza de café.
--Caricaturizas mi idea, pero no importa.
--El otro día leí en un libro--añadió Andrés burlonamente--que un viajero cuenta que en un remoto país los naturales le aseguraron que ellos no eran hombres, sino loros de cola roja. ¿Usted cree que hay que afirmar las ideas hasta que uno se vea las plumas y la cola?
--Sí; creyendo en algo más útil y grande que ser un loro, creo que hay que afirmar con fuerza. Para llegar a dar a los hombres una regla común, una disciplina, una organización, se necesita una fe, una ilusión, algo que aunque sea una mentira salida de nosotros mismos parezca una verdad llegada de fuera. Si yo me sintiera con energía, ¿sabes lo que haría?
--¿Qué?
--Una milicia como la que inventó Loyola, con un carácter puramente humano. La Compañía del Hombre.
--Aparece el vasco en usted.
--Quizá.
--¿Y con qué fin iba usted a fundar esa compañía?
--Esta compañía tendría la misión de enseñar el valor, la serenidad, el reposo; de arrancar toda tendencia a la humildad, a la renunciación a la tristeza, al engaño, a la rapacidad, al sentimentalismo...
--La escuela de los hidalgos.
--Eso es, la escuela de los hidalgos.
--De los hidalgos ibéricos, naturalmente. Nada de semitismo.
--Nada; un hidalgo limpio de semitismo; es decir, de espíritu cristiano, me parecería un tipo completo.
--Cuando funde usted esa compañía, acuérdese usted de mí. Escríbame usted al pueblo.
--¿Pero de veras te piensas marchar?
--Sí; si no encuentro nada aquí, me voy a marchar.
--¿Pronto?
--Sí, muy pronto.
--Ya me tendrás al corriente de tu experiencia. Te encuentro mal armado para esa prueba.
--Usted no ha fundado todavía su compañía...
--Ah, sería utilísima. Ya lo creo.
Cansados de hablar, se callaron. Comenzaba a hacerse de noche.
Las golondrinas trazaban círculos en el aire, chillando. Venus había salido en el Poniente, de color anaranjado, y poco después brillaba Júpiter con su luz azulada. En las casas comenzaban a iluminarse las ventanas. Filas de faroles iban encendiéndose, formando dos líneas paralelas en la carretera de Extremadura. De las plantas de la azotea, de los tiestos de sándalo y de menta llegaban ráfagas perfumadas...
QUINTA PARTE
La experiencia en el pueblo.
I
DE VIAJE
UNOS días después nombraban a Hurtado médico titular de Alcolea del Campo.
Era éste un pueblo del centro de España, colocado en esa zona intermedia donde acaba Castilla y comienza Andalucía. Era villa de importancia, de ocho a diez mil habitantes; para llegar a ella había que tomar la línea de Córdoba, detenerse en una estación de la Mancha y seguir a Alcolea en coche.
En seguida de recibir el nombramiento, Andrés hizo su equipaje y se dirigió a la estación del Mediodía. La tarde era de verano, pesada, sofocante, de aire seco y lleno de polvo.
A pesar de que el viaje lo hacía de noche, Andrés supuso que seria demasiado molesto ir en tercera, y tomó un billete de primera clase.
Entró en el andén, se acercó a los vagones, y en uno que tenía el cartel de no fumadores, se dispuso a subir.
Un hombrecito vestido de negro, afeitado, con anteojos, le dijo con voz melosa y acento americano:
--Oiga, señor; este vagón es para los no fumadores.
Andrés no hizo el menor caso de la advertencia, y se acomodó en un rincón.
Al poco rato se presentó otro viajero, un joven alto, rubio, membrudo, con las guías de los bigotes levantadas hasta los ojos.
El hombre bajito, vestido de negro, le hizo la misma advertencia de que allí no se fumaba.
--Lo veo aquí--contestó el viajero algo molesto, y subió al vagón.
--Quedaron los tres en el interior del coche sin hablarse; Andrés, mirando vagamente por la ventanilla, y pensando en las sorpresas que le reservaría el pueblo.
El tren echó a andar.