El árbol de la ciencia: novela
Part 10
El hombrecito negro sacó una especie de túnica amarillenta, se envolvió en ella, se puso un pañuelo en la cabeza y se tendió a dormir. El monótono golpeteo del tren acompañaba el soliloquio interior de Andrés; se vieron a lo lejos varias veces las luces de Madrid en medio del campo, pasaron tres o cuatro estaciones desiertas, y entró el revisor. Andrés sacó su billete, el joven alto hizo lo mismo, y el hombrecito, después de quitarse su balandrán, se registró los bolsillos y mostró un billete y un papel.
El revisor advirtió al viajero que llevaba un billete de segunda.
El hombrecito de negro, sin más ni más, se encolerizó, y dijo que aquello era una grosería; había avisado en la estación su deseo de cambiar de clase; él era un extranjero, una persona acomodada, con mucha plata, sí, señor, que había viajado por toda Europa, y toda América, y sólo en España, en un país sin civilización, sin cultura, en donde no se tenía la menor atención al extranjero, podían suceder cosas semejantes.
El hombrecito insistió y acabó insultando a los españoles. Ya estaba deseando dejar este país, miserable y atrasado; afortunadamente, al día siguiente estaría en Gibraltar, camino de América.
El revisor no contestaba. Andrés miraba al hombrecito que gritaba descompuesto, con aquel acento meloso y repulsivo, cuando el joven rubio, irguiéndose, le dijo con voz violenta:
--No le permito hablar así de España. Si usted es extranjero y no quiere vivir aquí, váyase usted a su país pronto, y sin hablar, porque si no, se expone usted a que le echen por la ventanilla, y voy a ser yo; ahora mismo.
--¡Pero, señor!--exclamó el extranjero--. Es que quieren atropellarme...
--No es verdad. El que atropella es usted. Para viajar se necesita educación, y viajando con españoles no se habla mal de España.
--Si yo amo a España y el carácter español--exclamó el hombrecito--. Mi familia es toda española. ¿Para qué he venido a España sino para conocer a la madre patria?
--No quiero explicaciones--. No necesito oirlas--contestó el otro con voz seca, y se tendió en el diván como para manifestar el poco aprecio que sentía por su compañero de viaje.
Andrés quedó asombrado; realmente aquel joven había estado bien.
El, con su intelectualismo, pensó qué clase de tipo sería el hombre bajito, vestido de negro; el otro había hecho una afirmación rotunda de su país y de su raza. El hombrecito comenzó a explicarse, hablando solo. Hurtado se hizo el dormido.
Un poco después de media noche llegaron a una estación plagada de gente; una compañía de cómicos transbordaba, dejando la línea de Valencia, de donde venían, para tomar la de Andalucía. Las actrices, con un guardapolvo gris; los actores, con sombreros de paja y gorritas, se acercaban todos como gente que no se apresura, que sabe viajar, que consideran el mundo como suyo. Se acomodaron los cómicos en el tren y se oyó gritar de vagón a vagón:
--Eh, Fernández, ¿dónde está la botella?--¡Molina, que la característica te llama!--¡A ver ese traspunte que se ha perdido!
Se tranquilizaron los cómicos, y el tren siguió su marcha.
Ya al amanecer, a la pálida claridad de la mañana, se iban viendo tierras de viña y olivos en hilera.
Estaba cerca la estación donde tenía que bajar Andrés. Se preparó, y al detenerse el tren saltó al andén, desierto. Avanzó hacia la salida y dió la vuelta a la estación. En frente, hacia el pueblo, se veía una calle ancha, con unas casas grandes, blancas y dos filas de luces eléctricas mortecinas. La luna, en menguante, iluminaba el cielo. Se sentía en el aire un olor como dulce a paja seca.
A un hombre que pasó hacia la estación le dijo:
--¿A qué hora sale el coche para Alcolea?
--A las cinco. Del extremo de esta misma calle suele salir.
Andrés avanzó por la calle, pasó por delante de la garita de consumos, iluminada, dejó la maleta en el suelo y se sentó encima a esperar.
II
LLEGADA AL PUEBLO
YA era entrada la mañana cuando la diligencia partió para Alcolea. El día se preparaba a ser ardoroso. El cielo estaba azul, sin una nube; el sol brillante; la carretera marchaba recta, cortando entre viñedos y alguno que otro olivar, de olivos viejos y encorvados. El paso de la diligencia levantaba nubes de polvo.
En el coche no iba más que una vieja vestida de negro, con un cesto al brazo.
Andrés intentó conversar con ella, pero la vieja era de pocas palabras o no tenía ganas de hablar en aquel momento.
En todo el camino el paísaje no variaba; la carretera subía y bajaba por suaves lomas entre idénticos viñedos. A las tres horas de marcha apareció el pueblo en una hondonada. A Hurtado le pareció grandísimo.
El coche tomó por una calle ancha de casas bajas, luego cruzó varias encrucijadas y se detuvo en una plaza delante de un caserón blanco, en uno de cuyos balcones se leía: Fonda de la Palma.
--¿Usted parará aquí?--le preguntó el mozo.
--Sí, aquí.
Andrés bajó y entró en el portal. Por la cancela se veía un patio, a estilo andaluz, con arcos y columnas de piedra. Se abrió la reja y el dueño salió a recibir al viajero. Andrés le dijo que probablemente estaría bastante tiempo, y que le diera un cuarto espacioso.
--Aquí abajo le pondremos a usted--y le llevó a una habitación bastante grande, con una ventana a la calle.
Andrés se lavó y salió de nuevo al patio. A la una se comía. Se sentó en una de las mecedoras. Un canario en su jaula, colgada del techo, comenzó a gorjear de una manera estrepitosa.
La soledad, la frescura, el canto del canario hicieron a Andrés cerrar los ojos y dormir un rato.
Le despertó la voz del criado, que decía:
--Puede usted pasar a almorzar.
Entró en el comedor. Había en la mesa tres viajantes de comercio. Uno de ellos era un catalán que representaba fábricas de Sabadell; el otro, un riojano que vendía tartratos para los vinos, y el último, un andaluz que vivía en Madrid y corría aparatos eléctricos.
El catalán no era tan petulante como la generalidad de sus paísanos del mismo oficio; el riojano no se las echaba de franco ni de bruto, y el andaluz no pretendía ser gracioso.
Estos tres mirlos blancos del comisionismo eran muy anticlericales.
La comida le sorprendió a Andrés, porque no había más que caza y carne. Esto, unido al vino muy alcohólico, tenía que producir una verdadera incandescencia interior.
Después de comer, Andrés y los tres viajantes fueron a tomar café al casino. Hacía en la calle un calor espantoso: el aire venía en ráfagas secas, como salidas de un horno. No se podía mirar a derecha y a izquierda; las casas, blancas como la nieve, rebozadas de cal, reverberaban esta luz vívida y cruel hasta dejarle a uno ciego.
Entraron en el casino. Los viajantes pidieron café y jugaron al dominó. Un enjambre de moscas revoloteaba en el aire. Terminada la partida volvieron a la fonda a dormir la siesta.
Al salir a la calle, la misma bofetada de calor le sorprendió a Andrés; en la fonda los viajantes se fueron a sus cuartos. Andrés hizo lo propio, y se tendió en la cama aletargado. Por el resquicio de las maderas entraba una claridad brillante como una lámina de oro; de las vigas negras, con los espacios entre una y otra pintados de azul, colgaban telas de araña plateadas. En el patio seguía cantando el canario con su gorjeo chillón, y a cada paso se oían campanadas lentas y tristes...
El mozo de la fonda le había advertido a Hurtado, que si tenía que hablar con alguno del pueblo no podrá verlo, por lo menos, hasta las seis. Al dar esta hora, Andrés salió de casa y se fué a visitar al secretario del Ayuntamiento y al otro médico.
El secretario era un tipo un poco petulante, con el pelo negro rizado y los ojos vivos. Se creía un hombre superior, colocado en un medio bajo.
El secretario brindó en seguida su protección a Andrés.
--Si quiere usted--le dijo--iremos ahora mismo a ver a su compañero, el doctor Sánchez.
--Muy bien, vamos.
El doctor Sánchez vivía cerca, en una casa de aspecto pobre. Era un hombre grueso, rubio, de ojos azules, inexpresivos, con una cara de carnero, de aire poco inteligente.
El doctor Sánchez llevó la conversación a la cuestión de la ganancia, y le dijo a Andrés que no creyera que allí, en Alcolea, se sacaba mucho.
Don Tomás, el médico aristócrata del pueblo, se llevaba toda la clientela rica. Don Tomás Solana era de allí; tenía una casa hermosa, aparatos modernos, relaciones...
--Aquí el titular no puede más que mal vivir--dijo Sánchez.
--¡Qué le vamos a hacer!--murmuró Andrés. Probaremos.
El secretario, el médico y Andrés salieron de la casa para dar una vuelta.
Seguía aquel calor exasperante, aquel aire inflamado y seco. Pasaron por la plaza, con su iglesia llena de añadidos y composturas, y sus puestos de cosas de hierro y esparto. Siguieron por una calle ancha, de caserones blancos, con su balcón central lleno de geranios, y su reja afiligranada, con una cruz de Calatrava en lo alto.
De los portales se veía el zaguán con un zócalo azul y el suelo empedrado de piedrecitas, formando dibujos. Algunas calles extraviadas, con grandes paredones de color de tierra, puertas enormes y ventanas pequeñas, parecían de un pueblo moro. En uno de aquellos patios vió Andrés muchos hombres y mujeres, de luto, rezando.
--¿Qué es esto?--preguntó.
--Aquí le llaman un rezo--dijo el secretario; y explicó que era una costumbre que se tenía de ir a las casas donde había muerto alguno a rezar el rosario.
Salieron del pueblo por una carretera llena de polvo; las galeras de cuatro ruedas volvían del campo cargadas con montones de gavillas.
--Me gustaría ver el pueblo entero; no me formo idea de su tamaño--dijo Andrés.
--Pues subiremos aquí, a este cerrillo--indicó el secretario.
--Yo les dejo a ustedes, porque tengo que hacer una visita--dijo el médico.
Se despidieron de él, y el secretario y Andrés comenzaron a subir un cerro rojo, que tenía en la cumbre una torre antigua, medio derruída.
Hacía un calor horrible; todo el campo parecía quemado, calcinado; el cielo plomizo, con reflejos de cobre, iluminaba los polvorientos viñedos, y el sol se ponía tras de un velo espeso de calina, a través del cual quedaba convertido en un disco blanquecino y sin brillo.
Desde lo alto del cerro se veía la llanura cerrada por lomas grises, tostada por el sol; en el fondo, el pueblo inmenso se extendía con sus paredes blancas, sus tejados de color de ceniza, y su torre dorada en medio. Ni un boscaje, ni un árbol, sólo viñedos y viñedos se divisaban en toda la extensión abarcada por la vista; únicamente dentro de las tapias de algunos corrales una higuera extendía sus anchas y obscuras hojas.
Con aquella luz del anochecer, el pueblo parecía no tener realidad; se hubiera creído que un soplo de viento lo iba a arrastrar y a deshacer como nube de polvo sobre la tierra enardecida y seca.
En el aire había un olor empireumático, dulce, agradable.
--Están quemando orujo en alguna alquitara--dijo el secretario.
Bajaron el secretario y Andrés del cerrillo. El viento levantaba ráfagas de polvo en la carretera; las campanas comenzaban a tocar de nuevo.
Andrés entró en la fonda a cenar, y salió por la noche. Había refrescado; aquella impresión de irrealidad del pueblo se acentuaba. A un lado y a otro de las calles, languidecían las cansadas lámparas de luz eléctrica.
Salió la luna; la enorme ciudad, con sus fachadas blancas, dormía en el silencio; en los balcones centrales encima del portón, pintado de azul, brillaban los geranios; las rejas, con sus cruces, daban una impresión de romanticismo y de misterio, de tapadas y escapatorias de convento; por encima de alguna tapia, brillante de blancura como un témpano de nieve, caía una guirnalda de hiedra negra, y todo este pueblo, grande, desierto, silencioso, bañado por la suave claridad de la luna, parecía un inmenso sepulcro.
III
PRIMERAS DIFICULTADES
ANDRÉS Hurtado habló largamente con el doctor Sánchez, de las obligaciones del cargo. Quedaron de acuerdo en dividir Alcolea en dos secciones, separadas por la calle Ancha.
Un mes, Hurtado visitaría la parte derecha, y al siguiente la izquierda. Así conseguirían no tener que recorrer los dos todo el pueblo.
El doctor Sánchez recabó como condición indispensable, el que si alguna familia de la sección visitada por Andrés quería que la visitara él o al contrario, se haría según los deseos del enfermo.
Hurtado aceptó; ya sabía que no había de tener nadie predilección por llamarle a él: pero no le importaba.
Comenzó a hacer la visita. Generalmente el número de enfermos que le correspondían no pasaba de seis o siete.
Andrés hacía las visitas por la mañana; después, en general, por la tarde no tenía necesidad de salir de casa.
El primer verano lo pasó en la fonda; llevaba una vida soñolienta; oía a los viajantes de comercio que en la mesa discurseaban y alguna que otra vez iba al teatro, una barraca construída en un patio.
La visita, por lo general, le daba pocos quebraderos de cabeza; sin saber por qué, había supuesto los primeros días que tendría continuos disgustos; creía que aquella gente manchega sería agresiva, violenta, orgullosa; pero no, la mayoría eran sencillos, afables, sin petulancia.
En la fonda, al principio se encontraba bien; pero se cansó pronto de estar allí. Las conversaciones de los viajantes le iban fastidiando; la comida, siempre de carne y sazonada con especias picantes, le producía digestiones pesadas.
--¿Pero no hay legumbres aquí?--le preguntó al mozo un día.
--Sí.
--Pues yo quisiera comer legumbres: judías, lentejas.
El mozo se quedó estupefacto, y a los pocos días le dijo que no podía ser; había que hacer una comida especial; los demás huéspedes no querían comer legumbres; el amo de la fonda suponía que era una verdadera deshonra para su establecimiento poner un plato de habichuelas o de lentejas.
El pescado no se podía llevar en el rigor del verano, porque no venía en buenas condiciones. El único pescado fresco eran las ranas, cosa un poco cómica como alimento.
Otra de las dificultades era bañarse: no había modo. El agua en Alcolea era un lujo y un lujo caro. La traían en carros desde una distancia de cuatro leguas, y cada cántaro valía diez céntimos. Los pozos estaban muy profundos; sacar el agua suficiente de ellos para tomar un baño, constituía un gran trabajo; se necesitaba emplear una hora lo menos. Con aquel régimen de carne y con el calor, Andrés estaba constantemente excitado.
Por las noches iba a pasear solo por las calles desiertas. A primera hora, en las puertas de las casas, algunos grupos de mujeres y chicos salían a respirar. Muchas veces, Andrés se sentaba en la calle Ancha en el escalón de una puerta y miraba las dos filas de luces eléctricas que brillaban en la atmósfera turbia. ¡Qué tristeza! ¡Qué malestar físico le producía aquel ambiente!
A principios de septiembre, Andrés decidió dejar la fonda. Sánchez le buscó una casa. A Sánchez no le convenía que el médico rival suyo se hospedara en la mejor fonda del pueblo; allí estaba en relación con los viajeros, en sitio muy céntrico; podía quitarle visitas. Sánchez le llevó a Andrés a una casa de las afueras, a un barrio que llamaban del Marrubial.
Era una casa de labor, grande, antigua, blanca, con el frontón pintado de azul y una galería tapiada en el primer piso.
Tenía sobre el portal un ancho balcón y una reja labrada a una callejuela.
El amo de la casa era del mismo pueblo que Sánchez, y se llamaba José; pero le decían en burla en todo el pueblo, Pepinito. Fueron Andrés y Sánchez a ver la casa, y el ama les enseñó un cuarto pequeño, estrecho, muy adornado, con una alcoba en el fondo oculta por una cortina roja.
--Yo quisiera--dijo Andrés--un cuarto en el piso bajo y a poder ser, grande.
--En el piso bajo no tengo--dijo ella--más que un cuarto grande, pero sin arreglar.
--Si pudiera usted enseñarlo.
--Bueno.
La mujer abrió una sala antigua y sin muebles con una reja afiligranada a la callejuela que se llamaba de los Carretones.
--¿Y este cuarto está libre?
--Sí.
--Ah, pues aquí me quedo--dijo Andrés.
--Bueno, como usted quiera; se blanqueará, se barrerá y se traerá la cama.
Sánchez se fué y Andrés habló con su nueva patrona.
--¿Usted no tendrá una tinaja inservible?--le preguntó.
--¿Para qué?
--Para bañarme.
--En el corralillo hay una.
--Vamos a verla.
La casa tenía en la parte de atrás una tapia de adobes cubierta con bardales de ramas que limitaba varios patios y corrales además del establo, la tejavana para el carro, la sarmentera, el lagar, la bodega y la almazara.
En un cuartucho que había servido de tahona y que daba a un corralillo, había una tinaja grande cortada por la mitad y hundida en el suelo.
--¿Esta tinaja me la podrá usted ceder a mí?--preguntó Andrés.
--Sí, señor; ¿por qué no?
--Ahora quisiera que me indicara usted algún mozo que se encargara de llenar todos los días la tinaja; yo le pagaré lo que me diga.
--Bueno. El mozo de casa lo hará. ¿Y de comer? ¿Qué quiere usted de comer? ¿Lo que comemos en casa?
--Sí, lo mismo.
--¿No quiere usted alguna cosa más? ¿Aves? ¿Fiambres?
--No, no. En tal caso, si a usted no le molesta, quisiera que en las dos comidas pusiera un plato de legumbres.
Con estas advertencias, la nueva patrona creyó que su huésped, si no estaba loco, no le faltaba mucho.
La vida en la casa le pareció a Andrés más simpática que en la fonda.
Por las tardes, después de las horas de bochorno, se sentaba en el patio a hablar con la gente de casa. La patrona era una mujer morena, de tez blanca, de cara casi perfecta; tenía un tipo de Dolorosa; ojos negrísimos y pelo brillante como el azabache.
El marido, Pepinito, era un hombre estúpido, con facha de degenerado, cara juanetuda, las orejas muy separadas de la cabeza y el labio colgante. Consuelo, la hija de doce o trece años, no era tan desagradable como su padre ni tan bonita como su madre.
Con un primer detalle adjudicó Andrés sus simpatías y antipatías en la casa.
Una tarde de domingo, la criada cogió una cría de gorrión en el tejado y la bajó al patio.
--Mira, llévalo al pobrecito al corral--dijo el ama--, que se vaya.
--No puede volar--contestó la criada, y lo dejó en el suelo.
En esto entró Pepinito, y al ver al gorrión se acercó a una puerta y llamó al gato. El gato, un gato negro con los ojos dorados, se asomó al patio. Pepinito entonces, asustó al pájaro con el pie, y al verlo revolotear, el gato se abalanzó sobre él y le hizo arrancar un quejido. Luego se escapó con los ojos brillantes y el gorrión en la boca.
--No me gusta ver esto--dijo el ama.
Pepinito, el patrón, se echó a reir con un gesto de pedantería y de superioridad del hombre que se encuentra por encima de todo sentimentalismo.
IV
LA HOSTILIDAD MÉDICA
DON Juan Sánchez había llegado a Alcolea hacía más de treinta años de maestro cirujano; después, pasando unos exámenes, se llegó a licenciar. Durante bastantes años estuvo, con relación al médico antiguo, en una situación de inferioridad, y cuando el otro murió, el hombre comenzó a crecerse y a pensar que ya que él tuvo que sufrir las chinchorrerías del médico anterior, era lógico que el que viniera sufriera las suyas.
Don Juan era un manchego apático y triste, muy serio, muy grave, muy aficionado a los toros. No perdía ninguna de las corridas importantes de la provincia, y llegaba a ir hasta las fiestas de los pueblos de la Mancha baja y de Andalucía.
Esta afición bastó a Andrés para considerarle como un bruto.
El primer rozamiento que tuvieron Hurtado y él fué por haber ido Sánchez a una corrida de Baeza.
Una noche llamaron a Andrés del molino de la Estrella, un molino de harina que se hallaba a un cuarto de hora del pueblo. Fueron a buscarle en un cochecito. La hija del molinero estaba enferma; tenía el vientre hinchado, y esta hinchazón del vientre se había complicado con una retención de orina.
A la enferma la visitaba Sánchez; pero aquel día, al llamarle por la mañana temprano, dijeron en casa del médico que no estaba; se había ido a los toros de Baeza. Don Tomás tampoco se encontraba en el pueblo.
El cochero fué explicando a Andrés lo ocurrido, mientras animaba al caballo con la fusta. Hacía una noche admirable; miles de estrellas resplandecían soberbias, y de cuando en cuando pasaba algún meteoro por el cielo. En pocos momentos, y dando algunos barquinazos en los hoyos de la carretera, llegaron al molino.
Al detenerse el coche, el molinero se asomó a ver quién venía, y exclamó:
--¿Cómo? ¿No estaba don Tomás?
--No.
--¿Y a quién traes aquí?
--Al médico nuevo.
El molinero, iracundo, comenzó a insultar a los médicos. Era hombre rico y orgulloso, que se creía digno de todo.
--Me han llamado aquí para ver a una enferma--dijo Andrés fríamente--. ¿Tengo que verla o no? Porque si no, me vuelvo.
--Ya, ¡qué se va a hacer! Suba usted.
Andrés subió una escalera hasta el piso principal, y entró detrás del molinero en un cuarto en donde estaba una muchacha en la cama y su madre cuidándola.
Andrés se acercó a la cama. El molinero siguió renegando.
--Bueno. Cállese usted--le dijo Andrés--, si quiere usted que reconozca a la enferma.
El hombre se calló. La muchacha era hidrópica, tenía vómitos, disnea y ligeras convulsiones. Andrés examinó a la enferma; su vientre hinchado parecía el de una rana; a la palpación se notaba claramente la fluctuación del líquido que llenaba el peritoneo.
--¿Qué? ¿Qué tiene?--preguntó la madre.
--Esto es una enfermedad del hígado, crónica, grave--contestó Andrés, retirándose de la cama para que la muchacha no le oyera--; ahora la hidropesía se ha complicado con la retención de orina.
--¿Y qué hay que hacer, Dios mío? ¿O no tiene cura?
--Si se pudiera esperar, sería mejor que viniera Sánchez. Él debe conocer la marcha de la enfermedad.
--¿Pero se puede esperar?--preguntó el padre con voz colérica.
Andrés volvió a reconocer a la enferma; el pulso estaba muy débil; la insuficiencia respiratoria, probablemente resultado de la absorción de la urea en la sangre, iba aumentando; las convulsiones se sucedían con más fuerza. Andrés tomó la temperatura. No llegaba a la normal.
--No se puede esperar--dijo Hurtado dirigiéndose a la madre.
--¿Qué hay que hacer?--exclamó el molinero--. Obre usted...
--Habría que hacer la punción abdominal--repuso Andrés, siempre hablando a la madre--. Si no quieren ustedes que la haga yo...
--Sí, sí, usted.
--Bueno; entonces iré a casa, cogeré mi estuche, y volveré.
El mismo molinero se puso al pescante del coche. Se veía que la frialdad desdeñosa de Andrés le irritaba. Fueron los dos durante el camino sin hablarse. Al llegar a su casa, Andrés bajó, cogió su estuche, un poco de algodón y una pastilla de sublimado. Volvieron al molino.
Andrés animó un poco a la enferma, jabonó y friccionó la piel en el sitio de elección, y hundió el trócar en el vientre abultado de la muchacha. Al retirar el trócar y dejar la cánula, manaba el agua, verdosa, llena de serosidades, como de una fuente a un barreño.
Después de vaciarse el líquido, Andrés pudo sondar la vejiga, y la enferma comenzó a respirar fácilmente. La temperatura subió en seguida por encima de la normal. Los síntomas de la uremia iban desapareciendo. Andrés hizo que le dieran leche a la muchacha, que quedó tranquila.
En la casa había un gran regocijo.
--No creo que esto haya acabado--dijo Andrés a la madre--; se reproducirá, probablemente.
--¿Qué cree usted que debíamos hacer?--preguntó ella humildemente.
--Yo, como ustedes, iría a Madrid a consultar con un especialista.
Hurtado se despidió de la madre y de la hija. El molinero montó en el pescante del coche para llevar a Andrés a Alcolea. La mañana comenzaba a sonreir en el cielo; el sol brillaba en los viñedos y en los olivares; las parejas de mulas iban a la labranza, y los campesinos, de negro, montados en las ancas de los borricos, les seguían. Grandes bandadas de cuervos pasaban por el aire.