El árbol de la ciencia: novela
Part 8
Andrés estaba dispuesto a ir a un partido. Leía en _El Siglo Médico_ las vacantes de médicos rurales, se enteraba de qué clase de pueblos eran y escribía a los secretarios de los Ayuntamientos pidiendo informes.
Margarita y Luisito se encontraban bien con sus tíos; Andrés, no; no sentía ninguna simpatía por estos solterones, defendidos por su dinero y por su casa contra las inclemencias de la suerte; les hubiera estropeado la vida con gusto. Era un instinto un poco canalla, pero lo sentía así.
Luisito, que se vió mimado por sus tíos, dejó pronto de hacer la vida que recomendaba Andrés; no quería ir a tomar el sol ni a jugar a la calle; se iba poniendo más exigente y melindroso.
La dictadura científica que Andrés pretendía ejercer, no se reconocía en la casa.
Muchas veces le dijo a la criada vieja que barría el cuarto que dejara abiertas las ventanas para que entrara el sol; pero la criada no le obedecía.
--¿Por qué cierra usted el cuarto?--le preguntó una vez.--Yo quiero que esté abierto. ¿Oye usted?
La criada apenas sabía castellano, y después de una charla confusa, le contestó que cerraba el cuarto para que no entrara el sol.
--Si es que yo quiero precisamente eso--la dijo Andrés--. ¿Usted ha oído hablar de los microbios?
--Yo, no, señor.
--¿No ha oído usted decir que hay unos gérmenes... una especie de cosas vivas que andan por el aire y que producen las enfermedades?
--¿Unas cosas vivas en el aire? Serán las moscas.
--Sí; son como las moscas, pero no son las moscas.
--No; pues no las he visto.
--No, si no se ven; pero existen. Esas cosas vivas están en el aire, en el polvo, sobre los muebles... y esas cosas vivas, que son malas, mueren con la luz... ¿Ha comprendido usted?
--Sí, sí, señor.
--Por eso hay que dejar las ventanas abiertas... para que entre el sol.
Efectivamente; al día siguiente las ventanas estaban cerradas, y la criada vieja contaba a las otras que el señorito estaba loco, porque decía que había unas moscas en el aire que no se veían y que las mataba el sol.
IV
ABURRIMIENTO
Las gestiones para encontrar un pueblo adonde ir no dieron resultado tan rápidamente como Andrés deseaba, y en vista de esto, para matar el tiempo, se decidió a estudiar las asignaturas del doctorado. Después se marcharía a Madrid y luego a cualquier parte.
Luisito pasaba el invierno bien; al parecer estaba curado.
Andrés no quería salir a la calle; sentía una insociabilidad intensa. Le parecía una fatiga tener que conocer a nueva gente.
--Pero, hombre, ¿no vas a salir?--le preguntaba Margarita.
--Yo no. ¿Para qué? No me interesa nada de cuanto pasa fuera.
Andar por las calles le fastidiaba, y el campo de los alrededores de Valencia, a pesar de su fertilidad, no le gustaba.
Esta huerta, siempre verde, cortada por acequias de agua turbia, con aquella vegetación jugosa y obscura, no le daba ganas de recorrerla.
Prefería estar en casa. Allí estudiaba e iba tomando datos acerca de un punto de psicofísica que pensaba utilizar para la tesis del doctorado.
Debajo de su cuarto había una terraza sombría, musgosa, con algunos jarrones con chumberas y piteras donde no daba nunca el sol. Allí solía pasear Andrés en las horas de calor. Enfrente había otra terraza donde andaba de un lado a otro un cura viejo, de la iglesia próxima, rezando. Andrés y el cura se saludaban al verse muy amablemente.
Al anochecer, de esta terraza Andrés iba a una azotea pequeña, muy alta, construída sobre la linterna de la escalera.
Allá se sentaba hasta que se hacía de noche. Luisito y Margarita iban a pasear en tartana con sus tíos.
Andrés contemplaba el pueblo, dormido bajo la luz del sol y los crepúsculos esplendorosos.
A lo lejos se veía el mar, una mancha alargada de un verde pálido, separada en línea recta y clara del cielo, de color algo lechoso en el horizonte.
En aquel barrio antiguo las casas próximas eran de gran tamaño; sus paredes se hallaban desconchadas, los tejados cubiertos de musgos verdes y rojos, con matas en los aleros, de jaramagos amarillentos.
Se veían casas blancas, azules, rosadas, con sus terrados y azoteas; en las cercas de los terrados se sostenían barreños con tierra, en donde las chumberas y las pitas extendían sus rígidas y anchas paletas; en alguna de aquellas azoteas se veían montones de calabazas surcadas y ventrudas, y de otras redondas y lisas.
Los palomares se levantaban como grandes jaulones ennegrecidos. En el terrado próximo de una casa, sin duda, abandonada, se veían rollos de esteras, montones de cuerdas de estropajo, cacharros rotos esparcidos por el suelo; en otra azotea aparecía un pavo real que andaba suelto por el tejado, y daba unos gritos agudos y desagradables.
Por encima de las terrazas y tejados aparecían las torres del pueblo: el Miguelete, rechoncho y fuerte; el cimborrio de la catedral, aéreo y delicado, y luego aquí y allá una serie de torrecillas, casi todas cubiertas con tejas azules y blancas que brillaban con centelleantes reflejos.
Andrés contemplaba aquel pueblo, casi para él desconocido, y hacía mil cábalas caprichosas acerca de la vida de sus habitantes. Veía abajo esta calle, esta rendija sinuosa, estrecha, entre dos filas de caserones. El sol, que al mediodía la cortaba en una zona de sombra y otra de luz, iba, a medida que avanzaba la tarde, escalando las casas de una acera hasta brillar en los cristales de las guardillas y en los luceros, y desaparecer.
En la primavera, las golondrinas y los vencejos trazaban círculos caprichosos en el aire, lanzando gritos agudos. Andrés las seguía con la vista. Al anochecer se retiraban. Entonces pasaban algunos mochuelos y gavilanes. Venus comenzaba a brillar con más fuerza y aparecía Júpiter. En la calle, un farol de gas parpadeaba triste y soñoliento...
Andrés bajaba a cenar, y muchas veces por la noche volvía de nuevo a la azotea a contemplar las estrellas.
Esta contemplación nocturna le producía como un flujo de pensamientos perturbadores. La imaginación se lanzaba a la carrera a galopar por los campos de fantasía. Muchas veces el pensar en las fuerzas de la naturaleza, en todos los gérmenes de la tierra, del aire y del agua, desarrollándose en medio de la noche, le producía el vértigo.
V
DESDE LEJOS
AL acercarse mayo, Andrés le dijo a su hermana que iba a Madrid a examinarse del doctorado.
--¿Vas a volver?--le preguntó Margarita.
--No sé; creo que no.
--Qué antipatía le has tomado a esta casa y al pueblo. No me lo explico.
--No me encuentro bien aquí.
--Claro. ¡Haces lo posible por estar mal!
Andrés no quiso discutir y se fué a Madrid; se examinó de las asignaturas del doctorado, y leyó la tesis que había escrito en Valencia.
En Madrid se encontraba mal; su padre y él seguían tan hostiles como antes. Alejandro se había casado y llevaba a su mujer, una pobre infeliz, a comer a su casa. Pedro hacía vida de mundano.
Andrés, si hubiese tenido dinero, se hubiera marchado a viajar por el mundo; pero no tenía un cuarto. Un día leyó en un periódico que el médico de un pueblo de la provincia de Burgos necesitaba un sustituto por dos meses. Escribió; le aceptaron. Dijo en su casa que le había invitado un compañero a pasar unas semanas en un pueblo. Tomó un billete de ida y vuelta y se fué. El médico, a quien tenía que sustituir, era un hombre rico, viudo, dedicado a la numismática. Sabía poco de Medicina, y no tenía afición más que por la historia y las cuestiones de monedas.
--Aquí no podrá usted lucirse con su ciencia médica--le dijo a Andrés, burlonamente--. Aquí, sobre todo en verano, no hay apenas enfermos, algunos cólicos, algunas enteritis, algún caso, poco frecuente, de fiebre tifoidea, nada.
El médico pasó rápidamente de esta cuestión profesional, que no le interesaba, a sus monedas, y enseñó a Andrés la colección; la segunda de la provincia. Al decir la segunda suspiraba, dando a entender lo triste que era para él hacer esta declaración.
Andrés y el médico se hicieron muy amigos. El numismático le dijo que si quería vivir en su casa se la ofrecía con mucho gusto, y Andrés se quedó allí en compañía de una criada vieja.
El verano fué para él delicioso; el día entero lo tenía libre para pasear y para leer; había cerca del pueblo un monte sin árboles, que llamaban el Teso, formado por pedrizas, en cuyas junturas nacían jaras, romeros y cantuesos. Al anochecer era aquello una delicia de olor y de frescura.
Andrés pudo comprobar que el pesimismo y el optimismo son resultados orgánicos como las buenas o las malas digestiones. En aquella aldea se encontraba admirablemente, con una serenidad y una alegría desconocidas para él; sentía que el tiempo pasara demasiado pronto.
Llevaba mes y medio en este oasis, cuando un día el cartero le entregó un sobre manoseado, con letra de su padre. Sin duda, había andado la carta de pueblo en pueblo hasta llegar a aquél. ¿Qué vendría allí dentro?
Andrés abrió la carta, la leyó y quedó atónito. Luisito acababa de morir en Valencia. Margarita había escrito dos cartas a su hermano, diciéndole que fuera, porque el niño preguntaba mucho por él; pero como don Pedro no sabía el paradero de Andrés, no pudo remitírselas.
Andrés pensó en marcharse inmediatamente; pero al leer de nuevo la carta, echó de ver que hacía ya ocho días que el niño había muerto y estaba enterrado.
La noticia le produjo un gran estupor. El alejamiento, el haber dejado a su marcha a Luisito sano y fuerte, le impedía experimentar la pena que hubiese sentido cerca del enfermo.
Aquella indiferencia suya, aquella falta de dolor, le parecía algo malo. El niño había muerto; él no experimentaba ninguna desesperación. ¿Para qué provocar en sí mismo un sufrimiento inútil? Este punto le debatió largas horas en la soledad.
Andrés escribió a su padre y a Margarita. Cuando recibió la carta de su hermana, pudo seguir la marcha de la enfermedad de Luisito. Había tenido una meningitis tuberculosa, con dos o tres días de un período prodrómico, y luego una fiebre alta que hizo perder al niño el conocimiento; así había estado una semana gritando, delirando, hasta morir en un sueño.
En la carta de Margarita se traslucía que estaba destrozada por las emociones.
Andrés recordaba haber visto en el hospital a un niño, de seis a siete años, con meningitis; recordaba que en unos días quedó tan delgado que parecía translúcido, con la cabeza enorme, la frente abultada, los lóbulos frontales como si la fiebre los desuniera, un ojo bizco, los labios blancos, las sienes hundidas y la sonrisa de alucinado. Este chiquillo gritaba como un pájaro, y su sudor tenía un olor especial, como a ratón, del sudor del tuberculoso.
A pesar de que Andrés pretendía representarse el aspecto de Luisito enfermo, no se lo figuraba nunca atacado con la terrible enfermedad, sino alegre y sonriente como le había visto la última vez el día de la marcha.
CUARTA PARTE
Inquisiciones.
I
PLAN FILOSÓFICO
AL pasar sus dos meses de sustituto, Andrés volvió a Madrid; tenía guardados sesenta duros, y como no sabía qué hacer con ellos, se los envió a su hermana Margarita.
Andrés hacía gestiones para conseguir un empleo, y mientras tanto iba a la Biblioteca Nacional.
Estaba dispuesto a marcharse a cualquier pueblo si no encontraba nada en Madrid.
Un día se topó en la sala de lectura con Fermín Ibarra, el condiscípulo enfermo, que ya estaba bien, aunque andaba cojeando y apoyándose en un grueso bastón.
Fermín se acercó a saludar efusivamente a Hurtado.
Le dijo que estudiaba para ingeniero en Lieja, y solía volver a Madrid en las vacaciones.
Andrés siempre había tenido a Ibarra como a un chico. Fermín le llevó a su casa y le enseñó sus inventos, porque era inventor; estaba haciendo un tranvía eléctrico de juguete y otra porción de artificios mecánicos.
Fermín le explicó su funcionamiento y le dijo que pensaba pedir patentes por unas cuantas cosas, entre ellas una llanta con trozos de acero para los neumáticos de los automóviles.
A Andrés le pareció que su amigo desvariaba; pero no quiso quitarles las ilusiones. Sin embargo, tiempo después, al ver a los automóviles con llantas de trozos de acero como las que había ideado Fermín, pensó que éste debía tener verdadera inteligencia de inventor.
* * * * *
Andrés, por las tardes, visitaba a su tío Iturrioz. Se lo encontraba casi siempre en su azotea leyendo o mirando las maniobras de una abeja solitaria o de una araña.
--Esta es la azotea de Epicuro--decía Andrés riendo.
Muchas veces tío y sobrino discutieron largamente. Sobre todo, los planes ulteriores de Andrés fueron los más debatidos.
Un día la discusión fué más larga y más completa:
--¿Qué piensas hacer?--le preguntó Iturrioz.
--¡Yo! Probablemente tendré que ir a un pueblo de médico.
--Veo que no te hace gracia la perspectiva.
--No; la verdad. A mí hay cosas de la carrera que me gustan; pero la práctica no. Si pudiese entrar en un laboratorio de fisiología, creo que trabajaría con entusiasmo.
--¡En un laboratorio de fisiología! ¡Si los hubiera en España!
--Ah, claro, si los hubiera. Además no tengo preparación científica. Se estudia de mala manera.
--En mi tiempo pasaba lo mismo--dijo Iturrioz--. Los profesores no sirven más que para el embrutecimiento metódico de la juventud estudiosa. Es natural. El español todavía no sabe enseñar; es demasiado fanático, demasiado vago y casi siempre demasiado farsante. Los profesores no tienen más finalidad que cobrar su sueldo y luego pescar pensiones para pasar el verano.
--Además falta disciplina.
--Y otras muchas cosas. Pero, bueno, tú ¿qué vas a hacer? ¿No te entusiasma visitar?
--No.
--¿Y entonces qué plan tienes?
--¿Plan personal? Ninguno
--Demonio. ¿Tan pobre estás de proyectos?
--Sí, tengo uno; vivir con el máximum de independencia. En España, en general, no se paga el trabajo, sino la sumisión. Yo quisiera vivir del trabajo, no del favor.
--Es difícil. ¿Y como plan filosófico? ¿Sigues en tus buceamientos?
--Sí. Yo busco una filosofía que sea primeramente una cosmogonía, una hipótesis racional de la formación del mundo; después una explicación biológica del origen de la vida y del hombre.
--Dudo mucho que la encuentres. Tú quieres una síntesis que complete la cosmología y la biología; una explicación del Universo físico y moral. ¿No es eso?
--Sí.
--¿Y en dónde has ido a buscar esa síntesis?
--Pues en Kant, y en Schopenhauer sobre todo.
--Mal camino--repuso Iturrioz--; lee a los ingleses; la ciencia en ellos va envuelta en sentido práctico. No leas esos metafísicos alemanes; su filosofía es como un alcohol que emborracha y no alimenta. ¿Conoces el Leviatán de Hobbes? Yo te lo prestaré si quieres.
--No; ¿para qué? Después de leer a Kant y a Schopenhauer, esos filósofos franceses e ingleses dan la impresión de carros pesados que marchan chirriando y levantando polvo.
--Sí, quizás sean menos ágiles de pensamiento que los alemanes; pero, en cambio, no te alejan de la vida.
--¿Y qué?--replicó Andrés--. Uno tiene la angustia, la desesperación de no saber qué hacer con la vida, de no tener un plan, de encontrarse perdido, sin brújula, sin luz adonde dirigirse. ¿Qué se hace con la vida? ¿Qué dirección se le da? Si la vida fuera tan fuerte que le arrastrara a uno, el pensar sería una maravilla, algo como para el caminante detenerse y sentarse a la sombra de un árbol, algo como penetrar en un oasis de paz; pero la vida es estúpida, sin emociones, sin accidentes, al menos aquí, y creo que en todas partes y el pensamiento se llena de terrores como compensación a la esterilidad emocional de la existencia.
--Estás perdido--murmuró Iturrioz--. Ese intelectualismo no te puede llevar a nada bueno.
--Me llevará a saber, a conocer. ¿Hay placer más glande que éste? La antigua filosofía nos daba la magnífica fachada de un palacio; detrás de aquella magnificencia no había salas espléndidas, ni lugares de delicias, sino mazmorras obscuras. Ese es el mérito sobresaliente de Kant; él vió que todas las maravillas descritas por los filósofos eran fantasías, espejismos; vió que las galerías magníficas no llevaban a ninguna parte.
--¡Vaya un mérito!--murmuró Iturrioz.
--Enorme. Kant prueba que son indemostrables los dos postulados más transcendentales de las religiones y de los sistemas filosóficos: Dios y la libertad. Y lo terrible es que prueba que son indemostrables a pesar suyo.
--¿Y qué?
--¡Y qué! Las consecuencias son terribles; ya el universo no tiene comienzo en el tiempo ni límite en el espacio; todo está sometido al encadenamiento de causas y efectos; ya no hay causa primera; la idea de causa primera, como ha dicho Schopenhauer, es la idea de un trozo de madera hecho de hierro.
--A mí esto no me asombra.
--A mí sí. Me parece lo mismo que si viéramos un gigante que marchara al parecer con un fin y alguien descubriera que no tenía ojos. Después de Kant, el mundo es ciego; ya no puede haber ni libertad, ni justicia, sino fuerzas que obran por un principio de causalidad en los dominios del espacio y del tiempo. Y esto tan grave, no es todo; hay además otra cosa que se desprende por primera vez claramente de la filosofía de Kant, y es que el mundo no tiene realidad; es que ese espacio y ese tiempo y ese principio de causalidad no existen fuera de nosotros tal como nosotros los vemos, que pueden ser distintos, que pueden no existir.
--Bah. Eso es absurdo--murmuró Iturrioz--. Ingenioso si se quiere, pero nada más.
--No; no sólo es absurdo, sino que es práctico. Antes para mí era una gran pena considerar el infinito del espacio; creer el mundo inacabable me producía una gran impresión; pensar que al día siguiente de mi muerte el espacio y el tiempo seguirían existiendo me entristecía, y eso que consideraba que mi vida no es una cosa envidiable; pero cuando llegué a comprender que la idea del espacio y del tiempo son necesidades de nuestro espíritu, pero que no tienen realidad; cuando me convencí por Kant que el espacio y el tiempo no significan nada; por lo menos que la idea que tenemos de ellos puede no existir fuera de nosotros, me tranquilicé. Para mí es un consuelo pensar que así como nuestra retina produce los colores, nuestro cerebro produce las ideas de tiempo, de espacio y de causalidad. Acabado nuestro cerebro, se acabó el mundo. Ya no sigue el tiempo, ya no sigue el espacio, ya no hay encadenamiento de causas. Se acabó la comedia, pero definitivamente. Podemos suponer que un tiempo y un espacio sigan para los demás. ¿Pero eso qué importa si no es el nuestro que es el único real?
--Bah. ¡Fantasías! ¡Fantasías!--dijo Iturrioz.
II
REALIDAD DE LAS COSAS
No, no, realidades--replicó Andrés--. ¿Qué duda cabe que el mundo que conocemos es el resultado del reflejo de la parte de cosmos del horizonte sensible en nuestro cerebro? Este reflejo unido, contrastado, con las imágenes reflejadas en los cerebros de los demás hombres que han vivido y que viven, es nuestro conocimiento del mundo, es nuestro mundo. ¿Es así, en realidad, fuera de nosotros? No lo sabemos, no lo podemos saber jamás.
--No veo claro. Todo eso me parece poesía.
--No; poesía no. Usted juzga por las sensaciones que le dan los sentidos. ¿No es verdad?
--Cierto.
--Y esas sensaciones e imágenes las ha ido usted valorizando desde niño con las sensaciones e imágenes de los demás. Pero ¿tiene usted la seguridad de que ese mundo exterior es tal como usted lo ve? ¿Tiene usted la seguridad ni siquiera de que existe?
--Sí.
--La seguridad práctica, claro; pero nada más.
--Esa basta.
--No, no basta. Basta para un hombre sin deseo de saber; si no ¿para qué se inventarían teorías acerca del calor o acerca de la luz? Se diría: hay objetos calientes y fríos, hay color verde o azul; no necesitamos saber lo que son.
--No estaría mal que procediéramos así. Si no, la duda lo arrasa, lo destruye todo.
--Claro que lo destruye todo.
--Las matemáticas mismas quedan sin base.
--Claro. Las proposiciones matemáticas y lógicas son únicamente las leyes de la inteligencia humana; pueden ser también las leyes de la Naturaleza exterior a nosotros, pero no lo podemos afirmar. La inteligencia lleva como necesidades inherentes a ella, las nociones de causa, de espacio y de tiempo, como un cuerpo lleva tres dimensiones. Estas nociones de causa, de espacio y de tiempo son inseparables de la inteligencia, y cuando ésta afirma sus verdades y sus axiomas _a priori_, no hace más que señalar su propio mecanismo.
--¿De manera que no hay verdad?
--Sí; el acuerdo de todas las inteligencias en una misma cosa, es lo que llamamos verdad. Fuera de los axiomas lógicos y matemáticos, en los cuales no se puede suponer que no haya unanimidad, en lo demás todas las verdades tienen como condición el ser unánimes.
--¿Entonces son verdades porque son unánimes?--preguntó Iturrioz.
--No, son unánimes, porque son verdades.
--Me es igual.
--No, no. Si usted me dice: la gravedad es verdad porque es una idea unánime, yo le diré no; la gravedad es unánime porque es verdad. Hay alguna diferencia. Para mí, dentro de lo relativo de todo, la gravedad es una verdad absoluta.
--Para mí no; puede ser una verdad relativa.
--No estoy conforme--dijo Andrés--. Sabemos que nuestro conocimiento es una relación imperfecta entre las cosas exteriores y nuestro yo; pero como esa relación es constante, en su tanto de imperfección, no le quita ningún valor a la relación entre una cosa y otra. Por ejemplo, respecto al termómetro centígrado: usted me podrá decir que dividir en cien grados la diferencia de temperatura que hay entre el agua helada y el agua en ebullición es una arbitrariedad, cierto; pero si en esta azotea hay veinte grados y en la cueva quince, esa relación es una cosa exacta.
--Bueno. Está bien. Quiere decir que tú aceptas la posibilidad de la mentira inicial. Déjame suponer la mentira en toda la escala de conocimientos. Quiero suponer que la gravedad es una costumbre, que mañana un hecho cualquiera la desmentirá. ¿Quién me lo va impedir?
--Nadie; pero usted, de buena fe, no puede aceptar esa posibilidad. El encadenamiento de causas y efectos es la ciencia. Si ese encadenamiento no existiera, ya no habría asidero ninguno; todo podría ser verdad.
--Entonces vuestra ciencia se basa en la utilidad.
--No; se basa en la razón y en la experiencia.
--No, porque no podéis llevar la razón hasta las últimas consecuencias.
--Ya se sabe que no, que hay claros. La ciencia nos da la descripción de una falange de este mamuth, que se llama universo; la filosofía nos quiere dar la hipótesis racional de cómo puede ser este mamuth. ¿Que ni los datos empíricos, ni los datos racionales son todos absolutos? ¡Quién lo duda! La ciencia valora los datos de la observación; relaciona las diversas ciencias particulares, que son como islas exploradas en el océano de lo desconocido, levanta puentes de paso entre unas y otras, de manera que en su conjunto tengan cierta unidad. Claro que estos puentes no pueden ser más que hipótesis, teorías, aproximaciones a la verdad.
--Los puentes son hipótesis y las islas lo son también.
--No, no estoy conforme. La ciencia es la única construcción fuerte de la Humanidad. Contra ese bloque científico del determinismo, afirmado ya por los griegos, ¿cuántas olas no han roto? Religiones, morales, utopías; hoy todas esas pequeñas supercherías del pragmatismo y de las ideas-fuerzas..., y, sin embargo, el bloque continúa inconmovible, y la ciencia, no sólo arrolla estos obstáculos, sino que los aprovecha para perfeccionarse.
--Sí--contestó Iturrioz--; la ciencia arrolla esos obstáculos y arrolla también al hombre.
--Eso, en parte, es verdad--murmuró Andrés paseando por la azotea.
III
EL ÁRBOL DE LA CIENCIA Y EL ÁRBOL DE LA VIDA
YA la ciencia para vosotros--dijo Iturrioz--no es una institución con un fin humano, ya es algo más; la habéis convertido en ídolo.
--Hay la esperanza de que la verdad, aun la que hoy es inútil, pueda ser útil mañana--replicó Andrés.
--¡Bah! ¡Utopía! ¿Tú crees que vamos a aprovechar las verdades astronómicas alguna vez?