El árbol de la ciencia: novela

Part 7

Chapter 74,130 wordsPublic domain

--La Naturaleza es lo que tiene; cuando trata de reventar a uno, lo revienta a conciencia. La justicia es una ilusión humana; en el fondo todo es destruir, todo es crear. Cazar, guerrear, digerir, respirar, son formas de creación y de destrucción al mismo tiempo.

--Y entonces, ¿qué hacer?--murmuró Andrés--. ¿Ir a la inconsciencia? ¿Digerir, guerrear, cazar, con la serenidad de un salvaje?

--¿Crees tú en la serenidad del salvaje?--preguntó Iturrioz--. ¡Qué ilusión! Eso también es una invención nuestra. El salvaje nunca ha ido sereno.

--¿Es que no habrá plan ninguno para vivir con cierto decoro?--preguntó Andrés.

--El que lo tiene es porque ha inventado uno para su uso. Yo hoy creo que todo lo natural, que todo lo espontáneo es malo; que sólo lo artificial, lo creado por el hombre, es bueno. Si pudiera viviría en un club de Londres, no iría nunca al campo, sino a un parque; bebería agua filtrada y respiraría aire esterilizado...

Andrés ya no quiso atender a Iturrioz, que comenzaba a fantasear por entretenimiento. Se levantó y se apoyó en el barandado de la azotea.

Sobre los tejados de la vecindad revoloteaban unas palomas; en un canalón grande corrían y jugueteaban unos gatos.

Separados por una tapia alta había enfrente dos jardines: uno era de un colegio de niñas, el otro de un convento de frailes.

El jardín del convento se hallaba rodeado por árboles frondosos; el del colegio no tenía más que algunos macizos con hierbas y flores, y era una cosa extraña que daba cierta impresión de algo alegórico, ver al mismo tiempo jugar a las niñas corriendo y gritando, y a los frailes que pasaban silenciosos en filas de cinco o seis dando la vuelta al patio.

--Vida es lo uno y vida es lo otro--dijo Iturrioz filosóficamente comenzando a regar sus plantas.

Andrés se fué a la calle.

--¿Qué hacer? ¿Qué dirección dar a la vida?--se preguntaba con angustia. Y, la gente, las cosas, el sol, le parecían sin realidad ante el problema planteado en su cerebro.

TERCERA PARTE

Tristezas y dolores.

I

DÍA DE NAVIDAD

UN día, ya en el último año de la carrera, antes de las Navidades, al volver Andrés del hospital, le dijo Margarita que Luisito escupía sangre. Al oirlo Andrés quedó frío como muerto. Fué a ver al niño, apenas tenía fiebre, no le dolía el costado, respiraba con facilidad; sólo un ligero tinte de rosa coloreaba una mejilla, mientras la otra estaba pálida.

No se trataba de una enfermedad aguda. La idea de que el niño estuviera tuberculoso le hizo temblar a Andrés. Luisito, con la inconsciencia de la infancia, se dejaba reconocer y sonreía.

Andrés recogió un pañuelo manchado con sangre y lo llevó a que lo analizasen al laboratorio. Pidió al médico de su sala que recomendara el análisis.

Durante aquellos días vivió en una zozobra constante; el dictamen del laboratorio fué tranquilizador: no se había podido encontrar el bacilo de Koch en la sangre del pañuelo; sin embargo, esto no le dejó a Hurtado completamente satisfecho.

El médico de la sala, a instancias de Andrés, fué a casa a reconocer al enfermito. Encontró a la percusión cierta opacidad en el vértice del pulmón derecho. Aquello podía no ser nada; pero unido a la ligera hemoptisis, indicaba con muchas probabilidades una tuberculosis incipiente.

El profesor y Andrés discutieron el tratamiento. Como el niño era linfático, algo propenso a catarros, consideraron conveniente llevarlo a un país templado, a orillas del Mediterráneo a ser posible; allí le podrían someter a una alimentación intensa, darle baños de sol, hacerle vivir al aire libre y dentro de la casa en una atmósfera creosotada, rodearle de toda clase de condiciones para que pudiera fortificarse y salir de la infancia.

La familia no comprendía la gravedad, y Andrés tuvo que insistir para convencerles de que el estado del niño era peligroso.

El padre, don Pedro, tenía unos primos en Valencia, y estos primos, solterones, poseían varias casas en pueblos próximos a la capital.

Se les escribió y contestaron rápidamente; todas las casas suyas estaban alquiladas menos una de un pueblecito inmediato a Valencia.

Andrés decidió ir a verla.

Margarita le advirtió que no había dinero en casa; no se había cobrado aún la paga de Navidad.

--Pediré dinero en el hospital e iré en tercera--dijo Andrés.

--¡Con este frío! ¡Y el día de Nochebuena!

--No importa.

--Bueno, vete a casa de los tíos--le advirtió Margarita.

--No, ¿para qué?--contestó él--. Yo veo la casa del pueblo, y, si me parece bien, os mando un telegrama diciendo: Contestadles que sí.

--Pero eso es una grosería. Si se enteran...

--¡Qué se van a enterar! Además, yo no quiero andar con ceremonias y con tonterías; bajo en Valencia, voy al pueblo, os mando el telegrama y me vuelvo en seguida.

No hubo manera de convencerle. Después de cenar tomó un coche y se fué a la estación. Entró en un vagón de tercera.

La noche de diciembre estaba fría, cruel. El vaho se congelaba en los cristales de las ventanillas y el viento helado se metía por entre las rendijas de la portezuela.

Andrés se embozó en la capa hasta los ojos, se subió el cuello y se metió las manos en los bolsillos del pantalón. Aquella idea de la enfermedad de Luisito le turbaba.

La tuberculosis era una de esas enfermedades que le producía un terror espantoso; constituía una obsesión para él. Meses antes se había dicho que Roberto Koch había inventado un remedio eficaz para la tuberculosis: la tuberculina.

Un profesor de San Carlos fué a Alemania y trajo la tuberculina.

Se hizo el ensayo con dos enfermos a quienes se les inyectó el nuevo remedio. La reacción febril que les produjo hizo concebir al principio algunas esperanzas; pero luego se vió que no sólo no mejoraban, sino que su muerte se aceleraba.

Si el chico estaba realmente tuberculoso, no había salvación.

Con aquellos pensamientos desagradables, marchaba Andrés en el vagón de tercera, medio adormecido.

Al amanecer se despertó, con las manos y los pies helados.

El tren marchaba por la llanura castellana y el alba apuntaba en el horizonte.

En el vagón no iba más que un aldeano fuerte, de aspecto enérgico y duro de manchego.

Este aldeano le dijo:

--Qué, ¿tiene usted frío, buen amigo?

--Sí, un poco.

--Tome usted mi manta.

--¿Y usted?

--Yo no la necesito. Ustedes, los señoritos, son muy delicados.

A pesar de las palabras rudas, Andrés le agradeció el obsequio en el fondo del corazón.

Aclaraba el cielo, una franja roja bordeaba el campo.

Empezaba a cambiar el paísaje, y el suelo, antes llano, mostraba colinas y árboles que iban pasando por delante de la ventanilla del tren.

Pasada la Mancha, fría y yerma, comenzó a templar el aire. Cerca de Játiba salió el sol, un sol amarillo, que se derramaba por el campo entibiando el ambiente.

La tierra presentaba ya un aspecto distinto.

Apareció Alcira con los naranjos llenos de fruta, con el río Júcar profundo, de lenta corriente. El sol iba elevándose en el cielo; comenzaba a hacer calor; al pasar de la meseta castellana a la zona mediterránea la naturaleza y la gente eran otras.

En las estaciones los hombres y las mujeres, vestidos con trajes claros, hablaban a gritos, gesticulaban, corrían.

--Eh, tú, _ché_--se oía decir.

Ya se veían llanuras con arrozales y naranjos, barracas blancas con el techado negro, alguna palmera que pasaba en la rapidez de la marcha como tocando el cielo. Se vió espejear la Albufera, unas estaciones antes de llegar a Valencia, y poco después Andrés apareció en el raso de la plaza de San Francisco, delante de un solar grande.

Andrés se acercó a un tartanero, le preguntó cuánto le cobraría por llevarle al pueblecito, y, después de discusiones y de regateos, quedaron de acuerdo en un duro por ir, esperar media hora y volver a la estación.

Subió Andrés y la tartana cruzó varias calles de Valencia y tomó por una carretera.

El carrito tenía por detrás una lona blanca y, al agitarse ésta por el viento, se veía el camino lleno de claridad y de polvo; la luz cegaba.

En una media hora la tartana embocaba la primera calle del pueblo, que aparecía con su torre y su cúpula brillante. A Andrés le pareció la disposición de la aldea buena para lo que él deseaba; el campo de los alrededores, no era de huerta, sino de tierras de secano medio montañosas.

A la entrada del pueblo, a mano izquierda, se veía un castillejo y varios grupos de enormes girasoles.

Tomó la tartana por la calle larga y ancha, continuación de la carretera, hasta detenerse cerca de una explanada levantada sobre el nivel de la calle.

El carrito se detuvo frente a una casa baja encalada, con su puerta azul muy grande y tres ventanas muy chicas. Bajó Andrés; un cartel pegado en la puerta indicaba que la llave la tenían en la casa de al lado.

Se asomó al portal próximo y una vieja, con la tez curtida y negra por el sol, le dió la llave, un pedazo de hierro que parecía un arma de combate prehistórica.

Abrió Andrés el postigo, que chirrió agriamente sobre sus goznes, y entró en un espacioso vestíbulo con una puerta en arco que daba hacia el jardín.

La casa apenas tenía fondo; por el arco del vestíbulo se salía a una galería ancha y hermosa con un emparrado y una verja de madera pintada de verde. De la galería, extendida paralelamente a la carretera, se bajaba por cuatro escalones al huerto, rodeado por un camino que bordeaba sus tapias.

Este huerto, con varios árboles frutales desnudos de hojas, se hallaba cruzado por dos avenidas que formaban una plazoleta central y lo dividían en cuatro parcelas iguales. Los hierbajos y jaramagos espesos cubrían la tierra y borraban los caminos.

Enfrente del arco del vestíbulo había un cenador formado por palos, sobre el cual se sostenían las ramas de un rosal silvestre, cuyo follaje, adornado por florecitas blancas, era tan tupido que no dejaba pasar la luz del sol.

A la entrada de aquella pequeña glorieta, sobre pedestales de ladrillo, había dos estatuas de yeso, Flora y Pomona. Andrés penetró en el cenador. En la pared del fondo se veía un cuadro de azulejos blancos y azules con figuras que representaban a Santo Tomás de Villanueva vestido de obispo, con su báculo en la mano y un negro y una negra arrodillados junto a él.

Luego Hurtado recorrió la casa; era lo que él deseaba; hizo un plano de las habitaciones y del jardín y estuvo un momento descansando, sentado en la escalera. Hacía tanto tiempo que no había visto árboles, vegetación, que aquel huertecito abandonado, lleno de hierbajos, le pareció un paraíso. Este día de Navidad tan espléndido, tan luminoso, le llenó de paz y de melancolía.

Del pueblo, del campo, de la atmósfera transparente llegaba el silencio, sólo interrumpido por el cacareo lejano de los gallos; los moscones y las avispas brillaban al sol.

¡Con qué gusto se hubiera tendido en la tierra a mirar horas y horas aquel cielo tan azul, tan puro!

Unos momentos después, una campana de son agudo comenzó a tocar. Andrés entregó la llave en la casa próxima, despertó al tartanero medio dormido en su tartana, y emprendió la vuelta.

En la estación de Valencia mandó un telegrama a su familia, compró algo de comer y unas horas más tarde volvía para Madrid, embozado en su capa, rendido, en otro coche de tercera.

II

VIDA INFANTIL

AL llegar a Madrid, Andrés le dió a su hermana Margarita instrucciones de cómo debían instalarse en la casa. Unas semanas después tomaron el tren, don Pedro, Margarita y Luisito.

Andrés y sus otros dos hermanos se quedaron en Madrid.

Andrés tenía que repasar las asignaturas de la licenciatura.

Para librarse de la obsesión de la enfermedad del niño, se puso a estudiar como nunca lo había hecho.

Algunas veces iba a visitar a Lulú y le comunicaba sus temores.

--Si ese chico se pusiera bien--murmuraba.

--¿Le quiere usted mucho?--preguntaba Lulú.

--Sí, como si fuera mi hijo. Era yo ya grande cuando nació él, figúrese usted.

Por Junio, Andrés se examinó del curso y de la licenciatura y salió bien.

--¿Qué va usted a hacer?--le dijo Lulú.

--No sé; por ahora veré si se pone bien esa criatura; después ya pensaré.

El viaje fué para Andrés distinto, y más agradable que en diciembre; tenía dinero, y tomó un billete de primera. En la estación de Valencia le esperaba el padre.

--¿Qué tal el chico?--le preguntó Andrés.

--Está mejor.

Dieron al mozo el talón del equipaje, y tomaron una tartana, que les llevó rápidamente al pueblo.

Al ruido de la tartana salieron a la puerta Margarita, Luisito y una criada vieja. El chico estaba bien; alguna que otra vez tenía una ligera fiebre, pero se veía que mejoraba. La que había cambiado casi por completo era Margarita; el aire y el sol le habían dado un aspecto de salud que la embellecía.

Andrés vió el huerto, los perales, los albaricoqueros y los granados llenos de hojas y de flores.

La primera noche Andrés no pudo dormir bien en la casa por el olor a raíz desprendido de la tierra.

Al día siguiente Andrés, ayudado por Luisito, comenzó a arrancar y a quemar todos los hierbajos del patio. Luego plantaron entre los dos melones, calabazas, ajos, fuera o no fuera tiempo. De todas sus plantaciones lo único que nació fueron los ajos. Estos, unidos a los geranios y a los dompedros, daban un poco de verdura; lo demás moría por el calor del sol y la falta de agua.

Andrés se pasaba horas y horas sacando cubos del pozo. Era imposible tener un trozo de jardín verde. En seguida de regar, la tierra se secaba, y las plantas se doblaban tristemente sobre su tallo.

En cambio todo lo que estaba plantado anteriormente, las pasionarias, las hiedras y las enredaderas, a pesar de la sequedad del suelo, se extendían y daban hermosas flores; los racimos de la parra se coloreaban, los granados se llenaban de flor roja y las naranjas iban engordando en el arbusto.

Luisito llevaba una vida higiénica, dormía con la ventana abierta, en un cuarto que Andrés, por las noches, regaba con creosota. Por la mañana, al levantarse de la cama, tomaba una ducha fría en el cenador de Flora y Pomona.

Al principio no le gustaba, pero luego se acostumbró.

Andrés había colgado del techo del cenador una regadera enorme, y en el asa ató una cuerda que pasaba por una polea y terminaba en una piedra sostenida en un banco. Dejando caer la piedra, la regadera se inclinaba y echaba una lluvia de agua fría.

Por la mañana, Andrés y Luis iban a un pinar próximo al pueblo, y estaban allí muchas veces hasta el mediodía; después del paseo comían y se echaban a dormir.

Por la tarde tenían también sus entretenimientos: perseguir a las lagartijas y salamandras, subir al peral, regar las plantas. El tejado estaba casi levantado por los panales de las avispas; decidieron declarar la guerra a estos temibles enemigos y quitarles los panales.

Fué una serie de escaramuzas que emocionaron a Luisito y le dieron motivo para muchas charlas y comparaciones.

Por la tarde, cuando ya se ponía el sol, Andrés proseguía su lucha contra la sequedad, sacando agua del pozo, que era muy profundo. En medio de este calor sofocante, las abejas rezongaban, las avispas iban a beber el agua del riego y las mariposas revoloteaban de flor en flor. A veces aparecían manchas de hormigas con alas en la tierra o costras de pulgones en las plantas.

Luisito tenía más tendencia a leer y a hablar que a jugar violentamente. Esta inteligencia precoz le daba que pensar a Andrés. No le dejaba que hojeara ningún libro, y le enviaba a que se reuniera con los chicos de la calle.

Andrés, mientras tanto, sentado en el umbral de la puerta, con un libro en la mano, veía pasar los carros por la calle cubierta de una espesa capa de polvo. Los carreteros, tostados por el sol, con las caras brillantes por el sudor, cantaban tendidos sobre pellejos de aceite o de vino, y las mulas marchaban en fila medio dormidas.

Al anochecer pasaban unas muchachas, que trabajaban en una fábrica, y saludaban a Andrés con un adiós un poco seco, sin mirarle a la cara. Entre estas chicas había una que llamaban la Clavariesa, muy guapa, muy perfilada; solía ir con un pañuelo de seda en la mano agitándolo en el aire, y vestía con colores un poco chillones, pero que hacían muy bien en aquel ambiente claro y luminoso.

Luisito, negro por el sol, hablando ya con el mismo acento valenciano que los demás chicos, jugaba en la carretera.

No se hacía completamente montaraz y salvaje como hubiera deseado Andrés, pero estaba sano y fuerte. Hablaba mucho. Siempre andaba contando cuentos, que demostraban su imaginación excitada.

--¿De dónde saca este chico esas cosas que cuenta?--preguntaba Andrés a Margarita.

--No sé; las inventa él.

Luisito tenía un gato viejo que le seguía, y que decía que era un brujo.

El chico caricaturizaba a la gente que iba a la casa.

Una vieja de Borbotó, un pueblo de al lado, era de las que mejor imitaba. Esta vieja vendía huevos y verduras, y decía: _¡Ous, figues!_ Otro hombre reluciente y gordo, con un pañuelo en la cabeza, que a cada momento decía: _¿Sap?_, era también de los modelos de Luisito.

Entre los chicos de la calle había algunos que le preocupaban mucho. Uno de ellos era el Roch, el hijo del saludador, que vivía en un barrio de cuevas próximo.

El Roch era un chiquillo audaz, pequeño, rubio, desmedrado, sin dientes, con los ojos legañosos. Contaba cómo su padre hacía sus misteriosas curas, lo mismo en las personas que en los caballos, y hablaba de cómo había averiguado su poder curativo.

El Roch sabía muchos procedimientos y brujerías para curar las insolaciones y conjurar los males de ojo que había oído en su casa.

El Roch ayudaba a vivir a la familia, andaba siempre correteando con una cesta al brazo.

--Ves estos caracoles--le decía a Luisito--, pues con estos caracoles y un poco de arroz comeremos todos en casa.

--¿Dónde los has cogido?--le preguntaba Luisito.

--En un sitio que yo sé--contestaba el Roch, que no quería comunicar sus secretos.

También en las cuevas vivían otros dos merodeadores, de unos catorce a quince años, amigos de Luisito: el Choriset y el Chitano.

El Choriset era un troglodita, con el espíritu de un hombre primitivo. Su cabeza, su tipo, su expresión eran de un bereber.

Andrés solía hacerle preguntas acerca de su vida y de sus ideas.

--Yo, por un real, mataría a un hombre--solía decir el Choriset, mostrando sus dientes blancos y brillantes.

--Pero te cogerían y te llevarían a presidio.

--¡Ca! Me metería en una cueva que hay cerca de la mía, y me estaría allá.

--¿Y comer? ¿Cómo ibas a comer?

--Saldría de noche a comprar pan.

--Pero con un real, no te bastaría para muchos días.

--Mataría a otro hombre--replicaba el Choriset, riendo.

El Chitano no tenía más tendencia que el robo; siempre andaba merodeando por ver si podía llevarse algo.

Andrés, por más que no tenía interés en hacer allí amistades, iba conociendo a la gente.

La vida del pueblo era en muchas cosas absurda; las mujeres paseaban separadas de los hombres, y esta separación de sexos existía en casi todo.

A Margarita le molestaba que su hermano estuviese constantemente en casa, y le incitaba a que saliera. Algunas tardes, Andrés solía ir al café de la plaza, se enteraba de los conflictos que había en el pueblo entre la música del Casino republicano y la del Casino carlista, y el Mercaer, un obrero republicano, le explicaba de una manera pintoresca lo que había sido la Revolución francesa y los tormentos de la Inquisición.

III

LA CASA ANTIGUA

VARIAS veces don Pedro fué y volvió de Madrid al pueblo. Luisito parecía que estaba bien, no tenía tos ni fiebre; pero conservaba aquella tendencia fantaseadora que le hacía divagar y discurrir de una manera impropia de su edad.

--Yo creo que no es cosa de que sigáis aquí--dijo el padre.

--¿Por qué no?--preguntó Andrés.

--Margarita no puede vivir siempre metida en un rincón. A ti no te importará; pero a ella sí.

--Que se vaya a Madrid por una temporada.

--¿Pero tú crees que Luis no está curado todavía?

--No sé; pero me parece mejor que siga aquí.

--Bueno; veremos a ver qué se hace.

Margarita explicó a su hermano que su padre decía que no tenían medios para sostener así dos casas.

--No tiene medios para esto; pero sí para gastar en el Casino--contestó Andrés.

--Eso a ti no te importa--contestó Margarita enfadada.

--Bueno; lo que voy a hacer yo es ver si me dan una plaza de médico de pueblo y llevar al chico. Lo tendré unos años en el campo, y luego que haga lo que quiera.

En esta incertidumbre, y sin saber si iban a quedarse o marcharse, se presentó en la casa una señora de Valencia, prima también de don Pedro. Esta señora era una de esas mujeres decididas y mandonas que les gusta disponerlo todo. Doña Julia decidió que Margarita, Andrés y Luisito fueran a pasar una temporada a casa de los tíos. Ellos los recibirían muy a gusto. Don Pedro encontró la solución muy práctica.

--¿Qué os parece?--preguntó a Margarita y a Andrés.

--A mí, lo que decidáis--contestó Margarita.

--A mí no me parece una buena solución--dijo Andrés.

--¿Por qué?

--Porque el chico no estará bien.

--Hombre, el clima es igual--repuso el padre.

--Sí; pero no es lo mismo vivir en el interior de una ciudad, entre calles estrechas, a estar en el campo. Además, que esos señores parientes nuestros, como solterones, tendrán una porción de chinchorrerías y no les gustarán los chicos.

--No; eso no. Es gente amable, y tienen una casa bastante grande para que haya libertad.

--Bueno. Entonces probaremos.

Un día fueron todos a ver a los parientes. A Andrés, sólo tener que ponerse la camisa planchada, le dejó de un humor endiablado.

Los parientes vivían en un caserón viejo de la parte antigua de la ciudad. Era una casa grande, pintada de azul, con cuatro balcones, muy separados unos de otros, y ventanas cuadradas encima.

El portal era espacioso y comunicaba con un patio enlosado como una plazoleta que tenía en medio un farol.

De este patio partía la escalera exterior, ancha, de piedra blanca, que entraba en el edificio al llegar al primer piso, pasando por un arco rebajado.

Llamó don Pedro, y una criada vestida de negro, les pasó a una sala grande, triste y obscura.

Había en ella un reloj de pared alto, con la caja llena de incrustaciones, muebles antiguos de estilo Imperio, varias cornucopias y un plano de Valencia de a principios del siglo XVIII.

Poco después salió don Juan, el primo del padre de Hurtado, un señor de cuarenta a cincuenta años, que les saludó a todos muy amablemente y les hizo pasar a otra sala, en donde un viejo, reclinado en ancha butaca, leía un periódico.

La familia la componían tres hermanos y una hermana, los tres solteros. El mayor, don Vicente, estaba enfermo de gota y no salía apenas; el segundo, don Juan, era hombre que quería pasar por joven, de aspecto muy elegante y pulcro; la hermana, doña Isabel, tenía el color muy blanco, el pelo muy negro y la voz lacrimosa.

Los tres parecían conservados en una urna; debían estar siempre a la sombra en aquellas salas de aspecto conventual.

Se trató del asunto de que Margarita y sus hermanos pasaran allí una temporada, y los solterones aceptaron la idea con placer.

Don Juan, el menor, enseñó la casa a Andrés, que era extensa. Alrededor del patio, una ancha galería encristalada le daba vuelta. Los cuartos estaban pavimentados con azulejos relucientes y resbaladizos y tenían escalones para subir y bajar, salvando las diferencias de nivel. Había un sinnúmero de puertas de diferente tamaño. En la parte de atrás de la casa, a la altura del primer piso de la calle brotaba, en medio de un huertecillo sombrío, un altísimo naranjo.

Todas las habitaciones presentaban el mismo aspecto silencioso, algo moruno, de luz velada.

El cuarto destinado para Andrés y para Luisito era muy grande y daba enfrente de los tejados azules de la torrecilla de una iglesia.

Unos días después de la visita, se instalaron Margarita, Andrés y Luis en la casa.