El árbol de la ciencia: novela
Part 6
--De las palabras que ha dicho aquí (y volvió a señalar a Lulú) contra mi señora y contra este servidor.
--Vamos, hombre, no sea usted imbécil.
--Yo no soy imbécil.
--¿Qué quiere usted que diga esta señorita? ¿Que su mujer no es una zorra, ni una borracha, ni un perro, y que usted no es un cabronazo? Bueno; Lulú, diga usted eso para que este buen hombre se vaya tranquilo.
--A mí ningún pollo neque me toma el pelo--dijo el Chafandín, levantándose.
--Yo lo que voy a hacer--dijo Andrés irritado--es darle un silletazo en la cabeza y echarle a puntapiés por las escaleras.
--¿Usted?
--Sí; yo.
Y Andrés se acercó al chulo con la silla en el aire. Doña Leonarda y sus hijas empezaron a gritar; el Chafandín se acercó rápidamente a la puerta y la abrió. Andrés se fué a él; pero el Chafandín cerró la puerta y se escapó por la galería, soltando bravatas e insultos.
Andrés quería salir a calentarle las costillas para enseñarle a tratar a las personas; pero entre las mujeres y Julio le convencieron de que se quedara.
Durante toda la riña Lulú estaba vibrando, dispuesta a intervenir. Cuando Andrés se despidió, le estrechó la mano entre las suyas con más fuerza que de ordinario.
VII
HISTORIA DE LA VENANCIA
LA escena bufa con Manolo el Chafandín hizo que en la casa de doña Leonarda se le considerara a Andrés como a un héroe. Lulú le llevó un día al taller de la Venancia. La Venancia era una de estas viejas secas, limpias, trabajadoras; se pasaba el día sin descansar un momento.
Tenía una vida curiosa. De joven había estado de doncella en varias casas, hasta que murió su última señora y dejó de servir.
La idea del mundo de la Venancia era un poco caprichosa. Para ella el rico, sobre todo el aristócrata, pertenecía a una clase superior a la humana.
Un aristócrata tenía derecho a todo, al vicio, a la inmoralidad, al egoísmo; estaba como por encima de la moral corriente. Una pobre como ella, voluble, egoísta o adúltera le parecía una cosa monstruosa; pero esto mismo en una señorona lo encontraba disculpable.
A Andrés le asombraba una filosofía tan extraña, por la cual el que posee salud, fuerza, belleza y privilegios tiene más derecho a otras ventajas que el que no conoce más que la enfermedad, la debilidad, lo feo y lo sucio.
Aunque no se sabe la garantía científica que tenga, hay en el cielo católico, según la gente, un santo, San Pascual Bailón, que baila delante del Altísimo, y que dice siempre: Más, más, más. Si uno tiene suerte, le da más, más, más; si tiene desgracias le da también más, más, más. Esta filosofía bailonesca era la de la señora Venancia.
La señora Venancia, mientras planchaba, contaba historias de sus amos. Andrés fué a oirla con gusto.
La primera ama donde sirvió la Venancia era una mujer caprichosa y loca, de un humor endiablado; pegaba a los hijos, al marido, a los criados y le gustaba enemistar a sus amigos.
Una de las maniobras que empleaba era hacer que uno se escondiera detrás de una cortina al llegar otra persona, y a ésta le incitaba para que hablase mal del que estaba escondido y le oyese.
La dama obligaba a su hija mayor a vestirse de una manera pobre y ridícula, con el objeto de que nadie se fijara en ella. Llegó en su maldad hasta esconder unos cubiertos en el jardín y acusar a un criado de ladrón y hacer que lo llevaran a la cárcel.
Una vez en esta casa, la Venancia velaba a uno de los hijos de la señora que se encontraba muy grave. El niño estaba en la agonía, y a eso de las diez de la noche murió. La Venancia fué llorando a avisar a su señora lo que ocurría, y se la encontró vestida para un baile. Le dió la triste noticia, y ella le dijo: Bueno, no digas nada ahora. La señora se fué al baile, y cuando volvió comenzó a llorar, haciéndose la desesperada.
--¡Qué loba!--dijo Lulú al oir la narración.
De esta casa la señora Venancia había pasado a otra de una duquesa muy guapa, muy generosa, pero de un desenfreno terrible.
Aquella tenía los amantes a pares--dijo la Venancia--. Muchas veces iba a la iglesia de Jesús con un hábito de estameña parda, y pasaba allí horas y horas rezando, y a la salida la esperaba su amante en coche y se iba con él.
--Un día--contó la planchadora--estaba la duquesa con su querido en la alcoba; yo dormía en un cuarto próximo que tenía una puerta de comunicación. De pronto oigo un estrépito de campanillazos y de golpes. Aquí está el marido--pensé. Salté de la cama y entré por la puerta excusada en la habitación de mi señora. El duque, a quien había abierto algún criado, golpeaba furioso la puerta de la alcoba; la puerta no tenía más que un pestillo ligero, que hubiera cedido a la menor fuerza; yo la atranqué con el palo de una cortina. El amante, azorado, no sabía qué hacer; estaba en una facha muy ridícula. Yo le llevé por la puerta excusada, le dí las ropas de mi marido y le eché a la escalera. Después me vestí de prisa y fuí a ver al duque, que bramaba furioso, con una pistola en la mano, dando golpes en la puerta de la alcoba. La señora, al oir mi voz, comprendió que la situación estaba salvada y abrió la puerta. El duque miró por todos los rincones, mientras ella le contemplaba tan tranquila. Al día siguiente, la señora me abrazó y me besó, y me dijo que se arrepentía de todo corazón, que en adelante iba a hacer una vida recatada; pero a los quince días ya tenía otro amante.
La Venancia conocía toda la vida íntima del mundo aristocrático de su época; los sarpullidos de los brazos y el furor erótico de Isabel II; la impotencia de su marido; los vicios, las enfermedades, las costumbres de los aristócratas las sabía por detalles vistos por sus ojos.
A Lulú le interesaban estas historias.
Andrés afirmaba que toda aquella gente era una sucia morralla, indigna de simpatía y de piedad; pero la señora Venancia, con su extraña filosofía, no aceptaba esta opinión; por el contrario, decía que todos eran muy buenos, muy caritativos, que hacían grandes limosnas y remediaban muchas miserias.
Algunas veces Andrés trató de convencer a la planchadora de que el dinero de la gente rica procedía del trabajo y del sudor de pobres miserables que labraban el campo, en las dehesas y en los cortijos. Andrés afirmaba que tal estado de injusticia podía cambiar; pero esto para la señora Venancia era una fantasía.
--Así hemos encontrado el mundo y así lo dejaremos--decía la vieja, convencida de que su argumento no tenía réplica.
VIII
OTROS TIPOS DE LA CASA
UNA de las cosas características de Lulú era que tenía reconcentrada su atención en la vecindad y en el barrio de tal modo, que lo ocurrido en otros puntos de Madrid para ella no ofrecía el menor interés. Mientras trabajaba en su bastidor llevaba el alza y la baja de lo que pasaba entre los vecinos.
La casa donde vivían, aunque a primera vista no parecía muy grande, tenía mucho fondo y habitaban en ella gran número de familias. Sobre todo, la población de las guardillas era numerosa y pintoresca.
Pasaban por ella una porción de tipos extraños del hampa y la pobretería madrileña. Una inquilina de las guardillas, que daba siempre que hacer, era la tía Negra, una verdulera ya vieja. La pobre mujer se emborrachaba y padecía un delirio alcohólico político, que consistía en vitorear a la República y en insultar a las autoridades, a los ministros y a los ricos.
Los agentes de seguridad la tenían por blasfema, y la llevaban de cuando a la sombra a pasar una quincena; pero al salir volvía a las andadas.
La tía Negra, cuando estaba cuerda y sin alcohol, quería que la dijeran la señora Nieves, pues así se llamaba.
Otra vieja rara de la vecindad era la señora Benjamina, a quien daban el mote de Doña Pitusa. Doña Pitusa era una viejezuela pequeña, de nariz corva, ojos muy vivos y boca de sumidero.
Solía ir a pedir limosna a la iglesia de Jesús y a la de Montserrat; decía a todas horas que había tenido muchas desgracias de familia y pérdidas de fortuna; quizá pensaba que esto justificaba su afición al aguardiente.
La señora Benjamina recorría medio Madrid pidiendo con distintos pretextos, enviando cartas lacrimosas. Muchas veces, al anochecer, se ponía en una bocacalle con el velo negro echado sobre la cara, y sorprendía al transeunte con una narración trágica, expresada en tonos teatrales; decía que era viuda de un general; que acababa de morírsele un hijo de veinte años, el único sostén de su vida; que no tenía para amortajarle ni encender un cirio con que alumbrar su cadáver.
El transeunte a veces se estremecía, a veces replicaba que debía tener muchos hijos de veinte años, cuanto con tanta frecuencia se le moría uno.
El hijo verdadero de la Benjamina tenía más de veinte años; se llamaba el Chuleta, y estaba empleado en una funeraria. Era chato, muy delgado, algo giboso, de aspecto enfermizo, con unos pelos azafranados en la barba y ojos de besugo. Decían en la vecindad que él inspiraba las historias melodramáticas de su madre. El Chuleta era un tipo fúnebre; debía ser verdaderamente desagradable verle en la tienda en medio de sus ataúdes.
El Chuleta era muy vengativo y rencoroso, no se olvidaba de nada; a Manolo el Chafandín le guardaba un odio insaciable.
El Chuleta tenía muchos hijos, todos con el mismo aspecto de abatimiento y de estupidez trágica del padre y todos tan mal intencionados y tan rencorosos como él.
Había también en las guardillas una casa de huéspedes de una gallega bizca, tan ancha de arriba como de abajo. Esta gallega, la Paca, tenía de pupilos, entre otros, un mozo de la clase de disección de San Carlos, tuerto, a quien conocían Aracil y Hurtado; un enfermero del Hospital General y un cesante, a quien llamaban don Cleto.
Don Cleto Meana era el filósofo de la casa, era un hombre bien educado y culto, que había caído en la miseria. Vivía de algunas caridades que le hacían los amigos. Era un viejecito bajito y flaco, muy limpio, muy arreglado, de barba gris recortada; llevaba el traje raído, pero sin manchas, y el cuello de la camisa impecable. Él mismo se cortaba el pelo, se lavaba la ropa, se pintaba las botas con tinta cuando tenían alguna hendidura blanca, y se cortaba los flecos de los pantalones. La Venancia solía plancharle los cuellos de balde. Don Cleto era un estoico.
--Yo, con un panecillo al día y unos cuantos cigarros vivo bien como un príncipe--decía el pobre.
Don Cleto paseaba por el Retiro y Recoletos; se sentaba en los bancos, entablaba conversación con la gente; si no le veía nadie, cogía algunas colillas y las guardaba, porque, como era un caballero, no le gustaba que le sorprendieran en ciertos trabajos menesteres.
Don Cleto disfrutaba de los espectáculos de la calle; la llegada de un príncipe extranjero, el entierro de un político constituían para él grandes acontecimientos.
Lulú, cuando le encontraba en la escalera, le decía:
--¿Ya se va usted, don Cleto?
--Sí; voy a dar una vueltecita.
--De pira ¿eh? Es usted un pirantón, don Cleto.
--Ja, ja, ja--reía él--. ¡Qué chicas éstas! ¡Qué cosas dicen!
Otro tipo de la casa muy conocido era el Maestrín, un manchego muy pedante y sabihondo, droguero, curandero y sanguijuelero. El Maestrín tenía un tenducho en la calle del Fúcar, y allí solía estar con frecuencia con la Silveria, su hija, una buena moza, muy guapa, a quien Victorio, el sobrino del prestamista, iba poniendo los puntos. El Maestrín, muy celoso en cuestiones de honor, estaba dispuesto, al menos así lo decía él, a pegarle una puñalada al que intentara deshonrarle.
Toda esta gente de la casa pagaba su contribución en dinero o en especie al tío de Victorio, el prestamista de la calle de Atocha, llamado don Martín, y a quien por mal nombre se le conocía por el tío Miserias.
El tío Miserias, el personaje más importante del barrio, vivía en una casa suya de la calle de la Verónica, una casa pequeña, de un piso solo, como de pueblo, con dos balcones llenos de tiestos y una reja en el piso bajo.
El tío Miserias era un viejo encorvado, afeitado y ceñudo. Llevaba un trapo cuadrado, negro, en un ojo, lo que hacía su cara más sombría. Vestía siempre de luto; en invierno usaba zapatillas de orillo y una capa larga, que le colgaba de los hombros como de un perchero.
Don Martín, el humano, como le llamaba Andrés, salía muy temprano de su casa y estaba en la trastienda de su establecimiento, siempre de vigilancia. En los días fríos se pasaba la vida delante de un brasero, respirando continuamente un aire cargado de óxido de carbono.
Al anochecer se retiraba a su casa, echaba una mirada a sus tiestos y cerraba los balcones. Don Martín tenía, además de la tienda de la calle de Atocha, otra de menos categoría en la del Tribulete. En esta última su negocio principal era tomar en empeño sábanas y colchones a la gente pobre.
Don Martín no quería ver a nadie. Consideraba que la sociedad le debía atenciones que le negaba. Un dependiente, un buen muchacho al parecer, en quien tenía colocada su confianza, le jugó una mala pasada. Un día el dependiente cogió un hacha que tenían en la casa de préstamos para hacer astillas con que encender el brasero, y abalanzándose sobre don Martín, empezó a golpes con él, y por poco no le abre la cabeza.
Después el muchacho, dando por muerto a don Martín, cogió los cuartos del mostrador y se fué a una casa de trato de la calle de San José, y allí le prendieron.
Don Martín quedó indignado cuando vió que el Tribunal, aceptando una serie de circunstancias atenuantes, no condenó al muchacho más que a unos meses de cárcel.
--Es un escándalo--decía el usurero pensativo--. Aquí no se protege a las personas honradas. No hay benevolencia más que para los criminales.
Don Martín era tremendo; no perdonaba a nadie; a un burrero de la vecindad, porque no le pagaba unos réditos, le embargó las burras de leche, y por más que el burrero decía que si no le dejaba las burras sería más difícil que le pagara, don Martín no accedió. Hubiera sido capaz de comerse las burras por aprovecharlas.
Victorio, el sobrino del prestamista, prometía ser un gerifalte como el tío, aunque de otra escuela. El tal Victorio era un Don Juan de casa de préstamos. Muy elegante, muy chulo, con los bigotes retorcidos, los dedos llenos de alhajas y la sonrisa de hombre satisfecho, hacía estragos en los corazones femeninos. Este joven explotaba al prestamista. El dinero que el tío Miserias había arrancado a los desdichados vecinos pasaba a Victorio, que se lo gastaba con rumbo.
A pesar de esto, no se perdía, al revés, llevaba camino de enriquecerse y de acrecentar su fortuna.
Victorio era dueño de una chirlata de la calle del Olivar, donde se jugaba a juegos prohibidos, y de una taberna de la calle del León.
La taberna le daba a Victorio grandes ganancias, porque tenía una tertulia muy productiva. Varios puntos entendidos con la casa iniciaban una partida de juego, y cuando había dinero en la mesa, alguno gritaba:
--¡Señores, la Policía!
Y unas cuantas manos solícitas cogían las monedas, mientras que los agentes de Policía conchabados entraban en el cuarto.
A pesar de su condición de explotador y de conquistador de muchachas, la gente del barrio no le odiaba a Victorio. A todos les parecía muy natural y lógico lo que hacía.
IX
LA CRUELDAD UNIVERSAL
TENÍA Andrés un gran deseo de comentar filosóficamente las vidas de los vecinos de la casa de Lulú. A sus amigos no le interesaban estos comentarios y filosofías, y decidió, una mañana de un día de fiesta, ir a ver a su tío Iturrioz.
Al principio de conocerle, Andrés no le trató a su tío hasta los catorce o quince años. Iturrioz le pareció un hombre seco y egoísta, que lo tomaba todo con indiferencia; luego, sin saber a punto fijo hasta dónde llegaba su egoísmo y su sequedad, encontró que era una de las pocas personas con quien se podía conversar acerca de puntos transcendentales.
Iturrioz vivía en un quinto piso del barrio de Argüelles, en una casa con una hermosa azotea.
Le asistía un criado, antiguo soldado de la época en que Iturrioz fué médico militar.
Entre amo y criado habían arreglado la azotea, pintado las tejas con alquitrán, sin duda para hacerlas impermeables y puesto unas graderías donde estaban escalonados las cajas de madera y los cubos llenos de tierra donde tenían sus plantas.
Aquella mañana en que se presentó Andrés en casa de Iturrioz, su tío se estaba bañando y el criado le llevó a la azotea.
Se veía desde allí el Guadarrama entre dos casas altas; hacia el Oeste, el tejado del cuartel de la Montaña ocultaba los cerros de la Casa de Campo, y a un lado del cuartel se destacaba la torre de Móstoles y la carretera de Extremadura, con unos molinos de viento en sus inmediaciones. Más al Sur brillaban, al sol de una mañana de abril, las manchas verdes de los cementerios de San Isidro y San Justo, las dos torres de Getafe y la ermita del Cerrillo de los Ángeles.
Poco después salía Iturrioz a la azotea.
--¿Qué, te pasa algo?--le dijo a su sobrino al verle.
--Nada; venía a charlar un rato con usted.
--Muy bien, siéntate; yo voy a regar mis tiestos.
Iturrioz abrió la fuente que tenía en un ángulo de la terraza, llenó una cuba y comenzó con un cacharro a echar agua en las plantas.
Andrés habló de la gente de la vecindad de Lulú, de las escenas del hospital, como casos extraños, dignos de un comentario; de Manolo el Chafandín, del tío Miserias, de don Cleto, de doña Virginia...
--¿Qué consecuencias puede sacarse de todas estas vidas?--preguntó Andrés al final.
--Para mí la consecuencia es fácil--contestó Iturrioz con el bote de agua en la mano--. Que la vida es una lucha constante, una cacería cruel en que nos vamos devorando los unos a los otros. Plantas, microbios, animales.
--Si yo también he pensado en eso--repuso Andrés--; pero voy abandonando la idea. Primeramente el concepto de la lucha por la vida llevada así a los animales, a las plantas y hasta los minerales, como se hace muchas veces, no es más que un concepto antropomórfico, después, ¿qué lucha por la vida es la de ese hombre don Cleto, que se abstiene de combatir, o la de ese hermano Juan, que da su dinero a los enfermos?
--Te contestaré por partes--repuso Iturrioz dejando el bote para regar, porque estas discusiones le apasionaban--. Tú me dices, este concepto de lucha es un concepto antropomórfico. Claro, llamamos a todos los conflictos lucha, porque es la idea humana que más se aproxima a esa relación que para nosotros produce un vencedor y un vencido. Si no tuviéramos este concepto en el fondo, no hablaríamos de lucha. La hiena que monda los huesos de un cadáver, la araña que sorbe una mosca, no hace más ni menos que el árbol bondadoso llevándose de la tierra el agua y las sales necesarias para su vida. El espectador indiferente, como yo, ve a la hiena, a la araña y al árbol, y se los explica. El hombre justiciero le pega un tiro a la hiena, aplasta con la bota a la araña y se sienta a la sombra del árbol, y cree que hace bien.
--Entonces ¿para usted no hay lucha, ni hay justicia?
--En un sentido absoluto, no; en un sentido relativo, sí. Todo lo que vive tiene un proceso para apoderarse primero del espacio, ocupar un lugar, luego para crecer y multiplicarse; este proceso de la energía de un vivo contra los obstáculos del medio, es lo que llamamos lucha. Respecto de la justicia, yo creo que lo justo en el fondo es lo que nos conviene. Supón, en el ejemplo de antes, que la hiena, en vez de ser muerta por el hombre, mata al hombre, que el árbol cae sobre él y le aplasta, que la araña le hace una picadura venenosa; pues nada de eso nos parece justo, porque no nos conviene. A pesar de que en el fondo no haya más que esto, un interés utilitario ¿quién duda que la idea de justicia y de equidad es una tendencia que existe en nosotros? ¿Pero cómo la vamos a realizar?
--Eso es lo que yo me pregunto ¿cómo realizarla?
--¿Hay que indignarse porque una araña mate a una mosca?--siguió diciendo Iturrioz--. Bueno. Indignémonos. ¿Qué vamos a hacer? ¿Matarla? Matémosla. Eso no impedirá que sigan las arañas comiéndose a las moscas. ¿Vamos a quitarle al hombre esos instintos fieros que te repugnan? ¿Vamos a borrar esa sentencia del poeta latino: _Homo hominis lupus_, el hombre es un lobo para el hombre? Está bien. En cuatro o cinco mil años lo podremos conseguir. El hombre ha hecho de un carnívoro como el chacal, un omnívoro como el perro; pero se necesitan muchos siglos para eso. No sé si habrás leído que Spallanzani había acostumbrado a una paloma a comer carne y a un águila a comer y digerir el pan. Ahí tienes el caso de esos grandes apóstoles religiosos y laicos; son águilas que se alimentan de pan en vez de alimentarse de carnes palpitantes, son lobos vegetarianos. Ahí tienes el caso del hermano Juan...
--Ese no creo que sea un águila, ni un lobo.
--Será un mochuelo o una garduña; pero de instintos perturbados.
--Sí, es muy posible--repuso Andrés--; pero creo que nos hemos desviado de la cuestión; no veo la consecuencia.
--La consecuencia, a la que yo iba era ésta, que ante la vida no hay más que dos soluciones prácticas para el hombre sereno, o la abstención y la contemplación indiferente de todo, o la acción limitándose a un círculo pequeño. Es decir, que se puede tener el quijotismo contra una anomalía; pero tenerlo contra una regla general, es absurdo.
--De manera que, según usted, el que quiera hacer algo tiene que restringir su acción justiciera a un medio pequeño.
--Claro, a un medio pequeño; tú puedes abarcar en tu contemplación la casa, el pueblo, el país, la sociedad, el mundo, todo lo vivo y todo lo muerto; pero si intentas realizar una acción, y una acción justiciera, tendrás que restringirte hasta el punto de que todo te vendrá ancho, quizá hasta la misma conciencia.
--Es lo que tiene de bueno la filosofía--dijo Andrés con amargura; le convence a uno de que lo mejor es no hacer nada.
Iturrioz dió unas cuantas vueltas por la azotea y luego dijo:
--Es la única objeción que me puedes hacer; pero no es mía la culpa.
--Ya lo sé.
--Ir a un sentido de justicia universal--prosiguió Iturrioz--es perderse; adaptando el principio de Fritz Müller de que la embriología de un animal reproduce su genealogía, o como dice Haeckel, que la ontogenia es una recapitulación de la filogenia, se puede decir que la psicología humana no es más que una síntesis de la psicología animal. Así se encuentran en el hombre todas las formas de la explotación y de la lucha: la del microbio, la del insecto, la de la fiera... Ese usurero que tú me has descrito, el tío Miserias, ¡qué de avatares no tiene en la zoología! Ahí están los acinétidos chupadores que absorben la substancia protoplasmática de otros infusorios; ahí están todas las especies de aspergilos que viven sobre las substancias en descomposición. Estas antipatías de gente maleante ¿no están admirablemente representadas en ese antagonismo irreductible del bacilo de pus azul con la bacteridia carbuncosa?
--Sí es posible--murmuró Andrés.
--Y entre los insectos ¡qué de tíos Miserias!, ¡qué de Victorios!, ¡qué de Manolos los Chafandines, no hay! Ahí tienes el _ichneumon_, que mete sus huevos en una lombriz y la inyecta una substancia que obra como el cloroformo; el _sphex_, que coge las arañas pequeñas, las agarrota, las sujeta y envuelve en la tela y las echa vivas en las celdas de sus larvas para que las vayan devorando; ahí están las avispas, que hacen lo mismo, arrojando al _spoliarium_ que sirve de despensa para sus crías, los pequeños insectos, paralizados por un lancetazo que les dan con el aguijón en los anglios motores; ahí está el _estafilino_ que se lanza a traición sobre otro individuo de su especie, le sujeta, le hiere y le absorbe los jugos; ahí está el _meloe_, que penetra subrepticiamente en los panales de las abejas, se introduce en el alvéolo en donde la reina pone su larva, se atraca de miel y luego se come a la larva; ahí está...
--Sí, sí, no siga usted más; la vida es una cacería horrible.