El árbol de la ciencia: novela

Part 5

Chapter 54,113 wordsPublic domain

--¿Que no? ¡Ya lo creo! ¿Usted se figura que no va a abandonar a Niní? En seguida que acabe la carrera. Yo le conozco mucho a Julio. Es un egoísta y un canallita. Está engañando a mi madre y a mi hermana... y total, ¿para qué?

--No sé lo que hará Julio... yo sé que no lo haría.

--Usted no, porque usted es de otra manera... Además, en usted no hay caso, porque no se va a enamorar usted de mí, ni aun para divertirse.

--¿Por qué no?

--Porque no.

Ella comprendía que no gustara a los hombres.

A ella misma le gustaban más las chicas, y no es que tuviera instintos viciosos; pero la verdad era que no le hacían impresión los hombres.

Sin duda, el velo que la naturaleza y el pudor han puesto sobre todos los motivos de la vida sexual, se había desgarrado demasiado pronto para ella; sin duda supo lo que eran la mujer y el hombre en una época en que su instinto nada le decía, y esto le había producido una mezcla de indiferencia y de repulsión por todas las cosas del amor.

Andrés pensó que esta repulsión provenía más que nada de la miseria orgánica, de la falta de alimentación y de aire.

Lulú le confesó que estaba deseando morirse, de verdad, sin romanticismo alguno; creía que nunca llegaría a vivir bien.

La conversación les hizo muy amigos a Andrés y a Lulú.

A las doce y media hubo que terminar el baile. Era condición indispensable, fijada por doña Leonarda; las muchachas tenían que trabajar al día siguiente, y por más que todo el mundo pidió que se continuara, doña Leonarda fué inflexible, y para la una estaba ya despejada la casa.

III

LAS MOSCAS

ANDRÉS salió a la calle con un grupo de hombres.

Hacía un frío intenso.

--¿Adónde iríamos?--preguntó Julio.

--Vamos a casa de doña Virginia--propuso Casares--. ¿Ustedes la conocerán?

--Yo sí la conozco--contestó Aracil.

Se acercaron a una casa próxima, de la misma calle, que hacía esquina a la de la Verónica. En un balcón del piso principal se leía este letrero a la luz de un farol:

VIRGINIA GARCÍA

COMADRONA CON TÍTULO DEL COLEGIO DE SAN CARLOS

(_Sage femme._)

--No se ha debido acostar, porque hay luz--dijo Casares.

Julio llamó al sereno, que les abrió la puerta, y subieron todos al piso principal. Salió a recibirles una criada vieja que les pasó a un comedor en donde estaba la comadrona sentada a una mesa con dos hombres. Tenían delante una botella de vino y tres vasos.

Doña Virginia era una mujer alta, rubia, gorda, con una cara de angelito de Rubens que llevara cuarenta y cinco años revoloteando por el mundo. Tenía la tez iluminada y rojiza, como la piel de un cochinillo asado y unos lunares en el mentón que le hacían parecer una mujer barbuda.

Andrés la conocía de vista por haberla encontrado en San Carlos en la clínica de partos, ataviada con unos trajes claros y unos sombreros de niña bastante ridículos.

De los dos hombres, uno era el amante de la comadrona. Doña Virginia le presentó como un italiano profesor de idiomas de un colegio. Este señor, por lo que habló, daba la impresión de esos personajes que han viajado por el extranjero viviendo en hoteles de dos francos y que luego ya no se pueden acostumbrar a la falta de _confort_ de España.

El otro, un tipo de aire siniestro, barba negra y anteojos, era nada menos que el director de la revista _El Masón Ilustrado_.

Doña Virginia dijo a sus visitantes que aquel día estaba de guardia, cuidando a una parturiente. La comadrona tenía una casa bastante grande con unos gabinetes misteriosos que daban a la calle de la Verónica; allí instalaba a las muchachas, hijas de familia, a las cuales, un mal paso dejaba en situación comprometida.

Doña Virginia pretendía demostrar que era de una exquisita sensibilidad.

--¡Pobrecitas!--decía de sus huéspedas--. ¡Qué malos son ustedes los hombres!

A Andrés esta mujer le pareció repulsiva.

En vista de que no podían quedarse allí, salió todo el grupo de hombres a la calle. A los pocos pasos se encontraron con un muchacho, sobrino de un prestamista de la calle de Atocha, acompañando a una chulapa con la que pensaba ir al baile de la Zarzuela.

--¡Hola, Victorio!--le saludó Aracil.

--¡Hola, Julio!--contestó el otro--. ¿Qué tal? ¿De dónde salen ustedes?

--De aquí; de casa de doña Virginia.

--¡Valiente tía! Es una explotadora de esas pobres muchachas que lleva a su casa engañadas.

¡Un prestamista llamando explotadora a una comadrona! Indudablemente, el caso no era del todo vulgar.

El director de _El Masón Ilustrado_, que se reunió con Andrés, le dijo con aire grave que doña Virginia era una mujer de cuidado; había echado al otro mundo dos maridos, con dos jicarazos; no le asustaba nada. Hacía abortar, suprimía chicos, secuestraba muchachas y las vendía. Acostumbrada a hacer gimnasia, y a dar masaje, tenía más fuerzas que un hombre, y para ella no era nada sujetar a una mujer como si fuera un niño.

En estos negocios de abortos y de tercerías manifestaba una audacia enorme. Como esas moscas sarcófagas que van a los animales despedazados y a las carnes muertas, así aparecía doña Virginia con sus palabras amables, allí donde olfateaba la familia arruinada a quien arrastraban al _spoliarium_.

El italiano, aseguró el director de _El Masón Ilustrado_, no era profesor de idiomas ni mucho menos, sino un cómplice en los negocios nefandos de doña Virginia, y si sabía francés e inglés, era porque había andado durante mucho tiempo de carterista, desvalijando a la gente en los hoteles.

Fueron todos con Victorio hasta la Carrera de San Jerónimo; allí, el sobrino del prestamista, les invitó a acompañarle al baile de la Zarzuela; pero Aracil y Casares supusieron que Victorio no les querría pagar la entrada, y dijeron que no.

--Vamos a hacer una cosa--propuso el sainetero amigo de Casares.

--¿Qué?--preguntó Julio.

--Vamos a casa de Villasús. Pura habrá salido del teatro ahora.

Villasús, según le dijeron a Andrés, era un autor dramático que tenía dos hijas coristas. Este Villasús vivía en la Cuesta de Santo Domingo.

Se dirigieron a la Puerta del Sol; compraron pasteles en la calle del Carmen esquina a la del Olivo; fueron después a la Cuesta de Santo Domingo, y se detuvieron delante de una casa grande.

--Aquí no alborotemos--advirtió el sainetero, porque el sereno no nos abriría.

Abrió el sereno, entraron en un espacioso portal, y Casares y su amigo, Julio, Andrés y el director de _El Masón Ilustrado_, comenzaron a subir una ancha escalera hasta llegar a las guardillas, alumbrándose con fósforos.

Llamaron en una puerta, apareció una muchacha que les hizo pasar a un estudio de pintor y poco después se presentó un señor de barba y pelo entrecano, envuelto en un gabán.

Este señor Rafael Villasús era un pobre diablo autor de comedias y de dramas detestables en verso.

El poeta, como se llamaba él, vivía su vida en artista, en bohemio; era en el fondo un completo majadero, que había echado a perder a sus hijas por un estúpido romanticismo.

Pura y Ernestina llevaban un camino desastroso; ninguna de las dos tenía condición para la escena; pero el padre no creía más que en el arte, y las había llevado al Conservatorio, luego metido en un teatro de partiquinas y relacionado con periodistas y cómicos.

Pura, la mayor, tenía un hijo con un sainetero amigo de Casares, y Ernestina estaba enredada con un revendedor.

El amante de Pura, además de un acreditado imbécil, fabricante de chistes estúpidos, como la mayoría de los del gremio, era un granuja, dispuesto a llevarse todo lo que veía. Aquella noche estaba allí. Era un hombre alto, flaco, moreno, con el labio inferior colgante.

Los dos saineteros hicieron gala de su ingenio, sacando a relucir una colección de chistes viejos y manidos. Ellos dos y los otros, Casares, Aracil y el director de _El Masón Ilustrado_, tomaron la casa de Villasús como terreno conquistado e hicieron una porción de horrores con una mala intención canallesca.

Se reían de la chifladura del padre, que creía que todo aquello era la vida artística. El pobre imbécil no notaba la mala voluntad que ponían todos en sus bromas.

Las hijas, dos mujeres estúpidas y feas, comieron con avidez los pasteles que habían llevado los visitantes, sin hacer caso de nada.

Uno de los saineteros hizo el león, tirándose por el suelo y rugiendo, y el padre leyó unas quintillas que se aplaudieron a rabiar.

Hurtado, cansado del ruido y de las gracias de los saineteros, fué a la cocina a beber un vaso de agua y se encontró con Casares y el director de _El Masón Ilustrado_. Este estaba empeñado en ensuciarse en uno de los pucheros de la cocina y echarlo luego en la tinaja del agua.

Le parecía la suya una ocurrencia graciosísima.

--Pero usted es un imbécil--le dijo Andrés bruscamente.

--¿Cómo?

--Que es usted un imbécil, una mala bestia.

--¡Usted no me dice a mí eso!--gritó el masón.

--¿No está usted oyendo que se lo digo?

--En la calle no me repite usted eso.

--En la calle y en todas partes.

Casares tuvo que intervenir, y como sin duda quería marcharse, aprovechó la ocasión de acompañar a Hurtado diciendo que iba para evitar cualquier conflicto. Pura bajó a abrirles la puerta, y el periodista y Andrés fueron juntos hasta la Puerta del Sol. Casares le brindó su protección a Andrés; sin duda, prometía protección y ayuda a todo el mundo.

Hurtado se marchó a casa mal impresionado. Doña Virginia, explotando y vendiendo mujeres; aquellos jóvenes, escarneciendo a una pobre gente desdichada. La piedad no aparecía por el mundo.

IV

LULÚ

LA conversación que tuvo en el baile con Lulú, dió a Hurtado el deseo de intimar algo más con la muchacha.

Realmente la chica era simpática y graciosa. Tenía los ojos desnivelados, uno más alto que otro, y al reir los entornaba hasta convertirlos en dos rayitas, lo que le daba una gran expresión de malicia; su sonrisa levantaba las comisuras de los labios para arriba, y su cara tomaba un aire satírico y agudo.

No se mordía la lengua para hablar. Decía habitualmente horrores. No había en ella dique para su desenfreno espiritual, y cuando llegaba a lo más escabroso, una expresión de cinismo brillaba en sus ojos.

El primer día que fué Andrés a ver a Lulú después del baile, contó su visita a casa de doña Virginia.

--¿Estuvieron ustedes a ver a la comadrona?--preguntó Lulú.

--Sí

--Valiente tía cerda.

--Niña--exclamó doña Leonarda-, ¿qué expresiones son esas?

--¿Pues qué es, sino una alcahueta o algo peor?

--¡Jesús! ¡Qué palabras!

--A mí me vino un día--siguió diciendo Lulú--preguntándome si quería ir con ella a casa de un viejo. ¡Qué tía guarra!

A Hurtado le asombraba la mordacidad de Lulú. No tenía ese repertorio vulgar de chistes oídos en el teatro; en ella todo era callejero, popular.

Andrés comenzó a ir con frecuencia a la casa, sólo para oir a Lulú. Era, sin duda, una mujer inteligente, cerebral, como la mayoría de las muchachas que viven trabajando en las grandes ciudades, con una aspiración mayor por ver, por enterarse, por distinguirse, que por sentir placeres sensuales.

A Hurtado le sorprendía; pero no le producía la más ligera idea de hacerle el amor. Hubiera sido imposible para él pensar que pudiera llegar a tener con Lulú más que una cordial amistad.

Lulú bordaba para un taller de la calle de Segovia, y solía ganar hasta tres pesetas al día. Con esto, unido a la pequeña pensión de doña Leonarda, vivía la familia; Niní ganaba poco, porque, aunque trabajaba, era torpe.

Cuando Andrés iba por las tardes, se encontraba a Lulú con el bastidor en las rodillas, unas veces cantando a voz en grito, otras muy silenciosa.

Lulú cogía rápidamente las canciones de la calle y las cantaba con una picardía admirable. Sobre todo, esas tonadillas encanalladas, de letra grotesca, eran las que más le gustaban.

El tango aquel que empieza diciendo:

Un cocinero de Cádiz, muy afamado, a las mujeres las compara con el guisado,

y esos otros en que las mujeres entran en quinta, o tienen que ser marineras, el de la ¿Niña qué?, o el de las mujeres que montan en bicicleta, en el que hay esa preocupación graciosa, expresada así:

Por eso hay ahora mil discusiones, por si han de llevar faldas o pantalones.

Todas estas canciones populares las cantaba con muchísima gracia.

A veces le faltaba el humor y tenía esos silencios llenos de pensamientos de las chicas inquietas y neuróticas. En aquellos instantes sus ideas parecían converger hacia adentro, y la fuerza de la ideación le impulsaba a callar. Si la llamaban de pronto, mientras estaba ensimismada, se ruborizaba y se confundía.

--No sé lo que anda maquinando cuando está así--decía su madre--; pero no debe ser nada bueno.

Lulú le contó a Andrés que de chica había pasado una larga temporada sin querer hablar. En aquella época el hablar le producía una gran tristeza, y desde entonces le quedaban estos arrechuchos.

Muchas veces Lulú dejaba el bastidor y se largaba a la calle a comprar algo en la mercería próxima, y contestaba a las frases de los horteras de la manera más procaz y descarada.

Este poco apego a defender los intereses de la clase les parecía a doña Leonarda y a Niní una verdadera vergüenza.

--Ten en cuenta que tu padre fué un personaje--decía doña Leonarda con énfasis.

--Y nosotras nos morimos de hambre--replicaba Lulú.

Cuando obscurecía y las tres mujeres dejaban la labor, Lulú se metía en algún rincón, apoyándose en varios sitios al mismo tiempo. Así como encajonada, en un espacio estrecho, formado por dos sillas y la mesa o por las sillas y el armario del comedor, se ponía a hablar con su habitual cinismo, escandalizando a su madre y a su hermana. Todo lo que fuera deforme en un sentido humano la regocijaba. Estaba acostumbrada a no guardar respeto a nada ni a nadie. No podía tener amigas de su edad, porque le gustaba espantar a las mojigatas con barbaridades; en cambio, era buena para los viejos y para los enfermos, comprendía sus manías, sus egoísmos, y se reía de ellos. Era también servicial; no le molestaba andar con un chico sucio en brazos o cuidar de una vieja enferma de la guardilla.

A veces, Andrés la encontraba más deprimida que de ordinario; entre aquellos parapetos de sillas viejas solía estar con la cabeza apoyada en la mano, riéndose de la miseria del cuarto, mirando fijamente el techo o alguno de los agujeros de la estera.

Otras veces se ponía a cantar la misma canción sin parar.

--Pero, muchacha, ¡cállate!--decía su madre--. Me tienes loca con ese estribillo.

Y Lulú callaba; pero al poco tiempo volvía con la canción.

A veces iba por la casa un amigo del marido de doña Leonarda, don Prudencio González.

Don Prudencio era un chulo grueso, de abdomen abultado. Gastaba levita negra, chaleco blanco, del que colgaba la cadena del reloj llena de dijes. Tenía los ojos desdeñosos, pequeños, el bigote corto y pintado y la cara roja. Hablaba con acento andaluz y tomaba posturas académicas en la conversación.

El día que iba don Prudencio, doña Leonarda se multiplicaba.

--Usted, que ha conocido a mi marido--decía con voz lacrimosa--. Usted, que nos ha visto en otra posición.

Y doña Leonarda hablaba con lágrimas en los ojos de los esplendores pasados.

V

MÁS DE LULÚ

ALGUNOS días de fiesta, por la tarde, Andrés acompañó a Lulú y a su madre a dar un paseo por el Retiro o por el Jardín Botánico.

El Botánico le gustaba más a Lulú por ser más popular y estar cerca de su casa, y por aquel olor acre que daban los viejos mirtos de las avenidas.

--Porque es usted, le dejo que acompañe a Lulú--decía doña Leonarda, con cierto retintín.

--Bueno, bueno, mamá--replicaba Lulú--. Todo eso está de más.

En el Botánico se sentaban en algún banco, y charlaban. Lulú contaba su vida y sus impresiones, sobre todo de la niñez. Los recuerdos de la infancia estaban muy grabados en su imaginación.

--¡Me da una pena pensar en cuando era chica!--decía.

--¿Por qué? ¿Vivía usted bien?--le preguntaba Hurtado.

--No, no; pero me da mucha pena.

Contaba Lulú que de niña la pegaban para que no comiera el yeso de las paredes y los periódicos. En aquella época había tenido jaquecas, ataques de nervios; pero ya hacía mucho tiempo que no padecía ningún trastorno. Eso sí, era un poco desigual; tan pronto se sentía capaz de estar derecha una barbaridad de tiempo, como se encontraba tan cansada, que el menor esfuerzo la rendía.

Esta desigualdad orgánica se reflejaba en su manera de ser espiritual y material. Lulú era muy arbitraria; ponía sus antipatías y sus simpatías sin razón alguna.

No le gustaba comer con orden, ni quería alimentos calientes; sólo le apetecían cosas frías, picantes, con vinagre, escabeche, naranjas...

--¡Ah!, si yo fuera de su familia, eso no se lo consentiría a usted--le decía Andrés.

--¿No?

--No.

--Pues diga usted que es mi primo.

--Usted ríase--contestaba Andrés--; pero yo la metería en cintura.

--¡Ay, ay, ay, que me estoy mareando!--contestaba ella, cantando descaradamente.

Andrés Hurtado trataba a pocas mujeres; si hubiese conocido más y podido comparar, hubiera llegado a sentir estimación por Lulú.

En el fondo de su falta de ilusión y de moral, al menos de moral corriente, tenía esta muchacha una idea muy humana y muy noble de las cosas. A ella no le parecían mal el adulterio, ni los vicios, ni las mayores enormidades; lo que le molestaba era la doblez, la hipocresía, la mala fe. Sentía un gran deseo de lealtad.

Decía que si un hombre la pretendía, y ella viera que la quería de verdad, se iría con él, fuera rico o pobre, soltero o casado.

Tal afirmación parecía una monstruosidad, una indecencia a Niní y a doña Leonarda. Lulú no aceptaba derechos ni prácticas sociales.

--Cada cual debe hacer lo que quiera--decía.

El desenfado inicial de su vida le daba un valor para opinar muy grande.

--¿De veras se iría usted con un hombre?--le preguntaba Andrés.

--Si me quería de verdad, ¡ya lo creo! Aunque me pegara después.

--¿Sin casarse?

--Sin casarme, ¿por qué no? Si vivía dos o tres años con ilusión y con entusiasmo, pues eso no me lo quitaba nadie.

--¿Y luego?...

--Luego seguiría trabajando como ahora, o me envenenaría.

Esta tendencia al final trágico era muy frecuente en Lulú; sin duda le atraía la idea de acabar, y de acabar de una manera melodramática. Decía que no le gustaría llegar a vieja.

En su franqueza extraordinaria, hablaba con cinismo. Un día le dijo a Andrés:

--Ya ve usted: hace unos años estuve a punto de perder la honra, como decimos las mujeres.

--¿Por qué?--preguntó Andrés, asombrado, al oir esta revelación.

--Porque un bestia de la vecindad quiso forzarme. Yo tenía doce años. Y gracias que llevaba pantalones y empecé a chillar; si no... estaría deshonrada--añadió con voz campanuda.

--Parece que la idea no le espanta a usted mucho.

--Para una mujer que no es guapa, como yo, y que tiene que estar siempre trabajando, como yo, la cosa no tiene gran importancia.

¿Qué había de verdad en esta manía de sinceridad y de análisis de Lulú?--se preguntaba Andrés--. ¿Era espontánea, era sentida, o había algo de ostentación para parecer original? Difícil era averiguarlo.

Algunos sábados por la noche, Julio y Andrés convidaban a Lulú, a Niní y a su madre a ir a algún teatro, y después entraban en un café.

VI

MANOLO EL CHAFANDÍN

UNA amiga, con la cual solía prestarse mutuos servicios Lulú, era una vieja, planchadora de la vecindad, que se llamaba Venancia.

La señora Venancia tendría unos sesenta años, y trabajaba constantemente; invierno y verano estaba en su cuartucho, sin cesar de planchar un momento. La señora Venancia vivía con su hija y su yerno, un chulapo a quien llamaban Manolo el Chafandín.

El tal Manolo, hombre de muchos oficios y de ninguno, no trabajaba más que rara vez, y vivía a costa de la suegra.

Manolo tenía tres o cuatro hijos, y el último era una niña de pecho que solía estar con frecuencia metida en un cesto en el cuarto de la señora Venancia, y a quien Lulú solía pasear en brazos por la galería.

--¿Qué va a ser esta niña?--preguntaban algunos.

Y Lulú contestaba:

--Golfa, golfa--u otra palabra más dura, y añadía: Así la llevarán en coche, como a la Estrella.

La hija de la señora Venancia era una vaca sin cencerro, holgazana, borracha, que se pasaba la vida disputando con las comadres de la vecindad. Como a Manolo, su hombre, no le gustaba trabajar, toda la familia vivía a costa de la señora Venancia, y el dinero del taller de planchado no bastaba, naturalmente, para subvenir a las necesidades de la casa.

Cuando la Venancia y el yerno disputaban, la mujer de Manolo siempre salía a la defensa del marido, como si este holgazán tuviera derecho a vivir del trabajo de los demás.

Lulú, que era justiciera, un día, al ver que la hija atropellaba a la madre, salió en defensa de la Venancia, y se insultó con la mujer de Manolo; la llamó tía zorra, borracha, perro y añadió que su marido era un cabronazo; la otra le dijo que ella y toda su familia eran unas cursis muertas de hambre, y gracias a que se interpusieron otras vecinas, no se tiraron de los pelos.

Aquellas palabras ocasionaron un conflicto, porque Manolo el Chafandín, que era un chulo aburrido, de estos cobardes, decidió pedir explicaciones a Lulú de sus palabras.

Doña Leonarda y Niní, al saber lo ocurrido, se escandalizaron. Doña Leonarda echó una chillería a Lulú por mezclarse con aquella gente.

Doña Leonarda no tenía sensibilidad más que para las cosas que se referían a su respetabilidad social.

--Estás empeñada en ultrajarnos--dijo a Lulú medio llorando--. ¿Qué vamos a hacer, Dios mío, cuando venga ese hombre?

--Que venga--replicó Lulú--; yo le diré que es un gandul y que más le valía trabajar y no vivir de su suegra.

--¿Pero a ti qué te importa lo que hacen los demás? ¿Por qué te mezclas con esa gente?

Llegaron por la tarde Julio Aracil y Andrés y doña Leonarda les puso al corriente de lo ocurrido.

--Qué demonio; no les pasará a ustedes nada--dijo Andrés--; aquí estaremos nosotros.

Aracil, al saber lo que sucedía y la visita anunciada del Chafandín, se hubiera marchado con gusto, porque no era amigo de trifulcas; pero por no pasar por un cobarde, se quedó.

A media tarde llamaron a la puerta, y se oyó decir:

--¿Se puede?

--Adelante--dijo Andrés.

Se presentó Manolo el Chafandín, vestido de día de fiesta, muy elegante, muy empaquetado, con un sombrero ancho torero y una gran cadena de reloj de plata. En su mejilla, un lunar negro y rizado trazaba tantas vueltas como el muelle de un reloj de bolsillo. Doña Leonarda y Niní temblaron al ver a Manolo. Andrés y Julio le invitaron a explicarse.

El Chafandín puso su garrota en el antebrazo izquierdo, y comenzó una retahila larga de reflexiones y consideraciones acerca de la honra y de las palabras que se dicen imprudentemente.

Se veía que estaba sondeando a ver si se podía atrever a echárselas de valiente, porque aquellos señoritos lo mismo podían ser dos panolis que dos puntos bragados que le hartasen de mojicones.

Lulú escuchaba nerviosa, moviendo los brazos y las piernas, dispuesta a saltar.

El Chafandín comenzó a envalentonarse al ver que no le contestaban, y subió el tono de la voz.

--Porque aquí (y señaló a Lulú con el garrote) le ha llamado a mi señora zorra, y mi señora no es una zorra; habrá otras más zorras que ella, y aquí (y volvió a señalar a Lulú) ha dicho que yo soy un cabronazo, y ¡maldita sea la!... que yo le como los hígados al que diga eso.

Al terminar su frase, el Chafandín dió un golpe con el garrote en el suelo.

Viendo que el Chafandín se desmandaba, Andrés, un poco pálido, se levantó y le dijo:

--Bueno; siéntese usted.

--Estoy bien así--dijo el chulo.

--No, hombre. Siéntese usted. Está usted hablando desde hace mucho tiempo, de pie, y se va usted a cansar.

Manolo el Chafandín se sentó, algo escamado.

--Ahora, diga usted--siguió diciendo Andrés--qué es lo que usted quiere, en resumen.

--¿En resumen?

--Sí.

--Pues yo quiero una explicación.

--Una explicación, ¿de qué?