El árbol de la ciencia: novela
Part 13
En el tren su estado nervioso empeoró. Se sentía desfallecido, mareado. Al llegar a Aranjuez se decidió a bajar del tren. Los tres días que pasó aquí tranquilizaron y calmaron sus nervios.
SEXTA PARTE
La experiencia en Madrid
I
COMENTARIO A LO PASADO
A los pocos días de llegar a Madrid, Andrés se encontró con la sorpresa desagradable de que se iba a declarar la guerra a los Estados Unidos. Había alborotos, manifestaciones en las calles, música patriótica a todo pasto.
Andrés no había seguido en los periódicos aquella cuestión de las guerras coloniales; no sabía a punto fijo de qué se trataba. Su único criterio era el de la criada vieja de la Dorotea que solía cantar a voz en grito mientras lavaba, esta canción:
Parece mentira que por unos mulatos estemos pasando tan malitos ratos; a Cuba se llevan la flor de la España y aquí no se queda más que la morralla.
Todas las opiniones de Andrés acerca de la guerra estaban condensadas en este cantar de la vieja criada.
Al ver el cariz que tomaba el asunto y la intervención de los Estados Unidos, Andrés quedó asombrado.
En todas partes no se hablaba más que de la posibilidad del éxito o del fracaso. El padre de Hurtado creía en la victoria española; pero en una victoria sin esfuerzo; los yanquis, que eran todos vendedores de tocino, al ver a los primeros soldados españoles, dejarían las armas y echarían a correr. El hermano de Andrés, Pedro, hacía vida de _sportman_ y no le preocupaba la guerra; a Alejandro le pasaba lo mismo; Margarita seguía en Valencia.
Andrés encontró un empleo en una consulta de enfermedades del estómago, sustituyendo a un médico que había ido al extranjero por tres meses.
Por la tarde Andrés iba a la consulta, estaba allí hasta el anochecer, luego marchaba a cenar a casa y por la noche salía en busca de noticias.
Los periódicos no decían más que necedades y bravuconadas; los yanquis no estaban preparados para la guerra; no tenían ni uniformes para sus soldados. En el país de las máquinas de coser el hacer unos cuantos uniformes era un conflicto enorme, según se decía en Madrid.
Para colmo de ridiculez, hubo un mensaje de Castelar a los yanquis. Cierto que no tenía las proporciones bufo-grandilocuentes del manifiesto de Víctor Hugo a los alemanes para que respetaran París; pero era bastante para que los españoles de buen sentido pudieran sentir toda la vacuidad de sus grandes hombres.
Andrés siguió los preparativos de la guerra con una emoción intensa.
Los periódicos traían cálculos completamente falsos. Andrés llegó a creer que había alguna razón para los optimismos.
Días antes de la derrota encontró a Iturrioz en la calle.
--¿Qué le parece a usted esto?--le preguntó.
--Estamos perdidos.
--¿Pero si dicen que estamos preparados?
--Sí, preparados para la derrota. Sólo a ese chino, que los españoles consideramos como el colmo de la candidez, se le pueden decir las cosas que nos están diciendo los periódicos.
--Hombre, yo no veo eso.
--Pues no hay más que tener ojos en la cara y comparar la fuerza de las escuadras. Tú, fíjate; nosotros tenemos en Santiago de Cuba seis barcos viejos, malos y de poca velocidad; ellos tienen veintiuno, casi todos nuevos, bien acorazados y de mayor velocidad. Los seis nuestros en conjunto desplazan aproximadamente veintiocho mil toneladas; los seis primeros suyos sesenta mil. Con dos de sus barcos pueden echar a pique toda nuestra escuadra; con veintiuno no van a tener sitio dónde apuntar.
--¿De manera, que usted cree que vamos a la derrota?
--No a la derrota, a una cacería. Si alguno de nuestros barcos puede salvarse, será una gran cosa.
Andrés pensó que Iturrioz podía engañarse, pero pronto los acontecimientos le dieron la razón. El desastre había sido como decía él: una cacería, una cosa ridícula.
A Andrés le indignó la indiferencia de la gente al saber la noticia. Al menos él había creído que el español, inepto para la ciencia y para la civilización, era un patriota exaltado y se encontraba que no; después del desastre de las dos pequeñas escuadras españolas en Cuba y en Filipinas, todo el mundo iba al teatro y a los toros tan tranquilo; aquellas manifestaciones y gritos habían sido espuma, humo de paja, nada.
Cuando la impresión del desastre se le pasó, Andrés fué a casa de Iturrioz; hubo discusión entre ellos.
--Dejemos todo eso, ya que afortunadamente hemos perdido las colonias--dijo su tío--y hablemos de otra cosa. ¿Qué tal te ha ido en el pueblo?
--Bastante mal.
--¿Qué te pasó? ¿Hiciste alguna barbaridad?
--No; tuve suerte. Como médico he quedado bien. Ahora, personalmente, he tenido poco éxito.
--Cuenta, veamos tu odisea en esa tierra de Don Quijote.
Andrés contó sus impresiones en Alcolea; Iturrioz le escuchó atentamente.
--¿De manera que allí no has perdido tu virulencia ni te has asimilado el medio?
--Ninguna de las dos cosas. Yo era allí una bacteridia colocada en un caldo saturado de ácido fénico.
--Y esos manchegos ¿son buena gente?
--Sí, muy buena gente; pero con una moral imposible.
--Pero esa moral ¿no será la defensa de la raza que vive en una tierra pobre y de pocos recursos?
--Es muy posible; pero si es así, ellos no se dan cuenta de este motivo.
--¡Ah, claro! ¿En dónde un pueblo del campo será un conjunto de gente con conciencia? ¿En Inglaterra, en Francia, en Alemania? En todas partes, el hombre, en su estado natural, es un canalla, idiota y egoísta. Si ahí en Alcolea es una buena persona, hay que decir que los alcoleanos son gente superior.
--No digo que no. Los pueblos como Alcolea están perdidos, porque el egoísmo y el dinero no está repartido equitativamente; no lo tienen más que unos cuantos ricos; en cambio, entre los pobres no hay sentido individual. El día que cada alcoleano se sienta a sí mismo y diga: no transijo, ese día el pueblo marchará hacia adelante.
--Claro; pero para ser egoísta hay que saber; para protestar hay que discurrir. Yo creo que la civilización le debe más al egoísmo que a todas las religiones y utopías filantrópicas. El egoísmo ha hecho el sendero, el camino, la calle, el ferrocarril, el barco, todo.
--Estamos conformes. Por eso indigna ver a esa gente, que no tiene nada que ganar con la maquinaria social que, a cambio de cogerle al hijo y llevarlo a la guerra, no les da más que miseria y hambre para la vejez, y que aún así la defienden.
--Eso tiene una gran importancia individual, pero no social. Todavía no ha habido una sociedad que haya intentado un sistema de justicia distributiva, y, a pesar de eso, el mundo, no digamos que marcha, pero al menos se arrastra y las mujeres siguen dispuestas a tener hijos.
--Es imbécil.
--Amigo, es que la naturaleza es muy sabia. No se contenta sólo con dividir a los hombres en felices y en desdichados, en ricos y pobres, sino que da al rico el espíritu de la riqueza, y al pobre el espíritu de la miseria. Tú sabes cómo se hacen las abejas obreras; se encierra a la larva en un alvéolo pequeño y se le da una alimentación deficiente. La larva ésta se desarrolla de una manera incompleta; es una obrera, una proletaria, que tiene el espíritu del trabajo y de la sumisión. Así sucede entre los hombres, entre el obrero y el militar, entre el rico y el pobre.
--Me indigna todo esto--exclamó Andrés.
--Hace unos años--siguió diciendo Iturrioz--me encontraba yo en la isla de Cuba en un ingenio donde estaban haciendo la zafra. Varios chinos y negros llevaban la caña en manojos a una máquina con grandes cilindros que la trituraba. Contemplábamos el funcionamiento del aparato, cuando de pronto vemos a uno de los chinos que lucha arrastrado. El capataz blanco grita que paren la máquina. El maquinista no atiende a la orden y el chino desaparece e inmediatamente sale convertido en una sábana de sangre y de huesos machacados. Los blancos que presenciábamos la escena nos quedamos consternados; en cambio los chinos y los negros se reían. Tenían espíritu de esclavos.
--Es desagradable.
--Sí, como quieras; pero son los hechos y hay que aceptarlos y acomodarse a ellos. Otra cosa es una simpleza. Intentar andar entre los hombres, en ser superior, como tú has querido hacer en Alcolea, es absurdo.
--Yo no he intentado presentarme como ser superior--replicó Andrés con viveza--. Yo he ido en hombre independiente. A tanto trabajo, tanto sueldo. Hago lo que me encargan, me pagan, y ya está.
--Eso no es posible; cada hombre no es una estrella con su órbita independiente.
--Yo creo que el que quiere serlo lo es.
--Tendrá que sufrir las consecuencias.
--¡Ah, claro! Yo estoy dispuesto a sufrirlas. El que no tiene dinero paga su libertad con su cuerpo; es una onza de carne que hay que dar, que lo mismo le pueden sacar a uno del brazo que del corazón. El hombre de verdad busca antes que nada su independencia; se necesita ser un pobre diablo o tener alma de perro para encontrar mala la libertad. ¿Que no es posible? ¿Que el hombre no puede ser independiente como una estrella de otra? A esto no se puede decir más sino que es verdad, desgraciadamente.
--Veo que vienes lírico del pueblo.
--Será la influencia de las migas.
--O del vino manchego.
--No; no lo he probado.
--¿Y querías que tuvieran simpatía por ti y despreciabas el producto mejor del pueblo? Bueno, ¿qué piensas hacer?
--Ver si encuentro algún sitio donde trabajar.
--¿En Madrid?
--Sí, en Madrid.
--¿Otra experiencia?
--Eso es, otra experiencia.
--Bueno, vamos ahora a la azotea.
II
LOS AMIGOS
A principio de otoño, Andrés quedó sin nada que hacer. Don Pedro se había encargado de hablar a sus amigos influyentes, a ver si encontraba algún destino para su hijo.
Hurtado pasaba las mañanas en la Biblioteca Nacional, y por las tardes y noches paseaba. Una noche, al cruzar por delante del teatro de Apolo, se encontró con Montaner.
--Chico, ¡cuánto tiempo!--exclamó el antiguo condiscípulo, acercándosele.
--Sí, ya hace algunos años que no nos hemos visto.
Subieron juntos la cuesta de la calle de Alcalá, y al llegar a la esquina de la de Peligros, Montaner insistió para que entraran en el café de Fornos.
--Bueno, vamos--dijo Andrés.
Era sábado y había gran entrada; las mesas estaban llenas; los trasnochadores, de vuelta de los teatros, se preparaban a cenar, y algunas busconas paseaban la mirada de sus ojos pintados por todo el ámbito de la sala.
Montaner tomó ávidamente el chocolate que le trajeron, y después le preguntó a Andrés:
--¿Y tú, qué haces?
--Ahora nada. He estado en un pueblo. ¿Y tú? ¿Concluíste la carrera?
--Sí, hace un año. No podía acabarla por aquella chica que era mi novia. Me pasaba el día entero hablando con ella; pero los padres de la chica se la llevaron a Santander y la casaron allí. Yo entonces fuí a Salamanca, y he estado hasta concluir la carrera.
--¿De manera que te ha convenido que casaran a la novia?
--En parte, sí. ¡Aunque para lo que me sirve el ser médico!.
--¿No encuentras trabajo?
--Nada. He estado con Julio Aracil.
--¿Con Julio?
--Sí.
--¿De qué?
--De ayudante.
--¿Ya necesita ayudantes Julio?
--Sí; ahora ha puesto una clínica. El año pasado me prometió protegerme. Tenía una plaza en el ferrocarril, y me dijo que cuando no la necesitara me la cedería a mí.
--¿Y no te la ha cedido?
--No; la verdad es que todo es poco para sostener su casa.
--¿Pues qué hace? ¿Gasta mucho?
--Sí.
--Antes era muy roñoso.
--Y sigue siéndolo.
--¿No avanza?
--Como médico poco, pero tiene recursos: el ferrocarril, unos conventos que visita; es también accionista de «La Esperanza», una sociedad de esas de médico, botica y entierro, y tiene participación en una funeraria.
--¿De manera que se dedica a la explotación de la caridad?
--Sí; ahora, además, como te decía, tiene una clínica que ha puesto con dinero del suegro. Yo he estado ayudándole; la verdad es que me ha cogido de primo; durante más de un mes he hecho de albañil, de carpintero, de mozo de cuerda y hasta de niñera; luego me he pasado en la consulta asistiendo a pobres, y ahora que la cosa empieza a marchar, me dice Julio que tiene que asociarse con un muchacho valenciano que se llama Nebot, que le ha ofrecido dinero, y que cuando me necesite me llamará.
--En resumen, que te ha echado.
--Lo que tú dices.
--¿Y qué vas a hacer?
--Voy a buscar un empleo cualquiera.
--¿De médico?
--De médico o de no médico. Me es igual.
--¿No quieres ir a un pueblo?
--No, no; eso nunca. Yo no salgo de Madrid.
--Y los demás, ¿qué han hecho?--preguntó Andrés--. ¿Dónde está aquel Lamela?
--En Galicia. Creo que no ejerce, pero vive bien. De Cañizo no sé si te acordarás...
--No.
--Uno que perdió curso en Anatomía.
--No, no me acuerdo.
--Si lo vieras, te acordarías en seguida--repuso Montaner--. Pues este Cañizo es un hombre feliz; tiene un periódico de carnicería. Creo que es muy glotón, y el otro día me decía: Chico, estoy muy contento; los carniceros me regalan lomo, me regalan filetes... Mi mujer me trata bien; me da langosta algunos domingos.
--¡Que animal!
--De Ortega si te acordarás.
--¿Uno bajito, rubio?
--Sí.
--Me acuerdo.
--Ese estuvo de médico militar en Cuba, y se acostumbró a beber de una manera terrible. Alguna vez le he visto y me ha dicho: Mi ideal es llegar a la cirrosis alcohólica y al generalato.
--De manera que nadie ha marchado bien de nuestros condiscípulos.
--Nadie o casi nadie, quitando a Cañizo con su periódico de carnicería y con su mujer que los domingos le da langosta.
--Es triste todo eso. Siempre en este Madrid la misma interinidad, la misma angustia hecha crónica, la misma vida sin vida, todo igual.
--Sí; esto es un pantano--murmuró Montaner.
--Más que un pantano es un campo de ceniza. Y Julio Aracil, ¿vive bien?
--Hombre, según lo que se entienda por vivir bien.
--Su mujer, ¿cómo es?
--Es una muchacha vistosa, pero él la está prostituyendo.
--¿Por qué?
--Porque la va dando un aire de _cocotte_. El hace que se ponga trajes exagerados, la lleva a todas partes; yo creo que él mismo la ha aconsejado que se pinte. Y ahora prepara el golpe final. Va a llevar a ese Nebot, que es un muchacho rico, a vivir a su casa y va a ampliar la clínica. Yo creo que lo que anda buscando es que Nebot se entienda con su mujer.
--¿De veras?
--Sí. Ha mandado poner el cuarto de Nebot en el mejor sitio de la casa, cerca de la alcoba de su mujer.
--Demonio. ¿Es que no la quiere?
--Julio no quiere a nadie; se casó con ella por su dinero. El tiene una querida que es una señora rica, ya vieja.
--¿De manera que en el fondo, marcha?
--¡Qué sé yo! Lo mismo puede hundirse que hacerse rico.
Era ya muy tarde y Montaner y Andrés salieron del café y cada cual se fué a su casa.
A los pocos días Andrés encontró a Julio Aracil que entraba en un coche.
--¿Quieres dar una vuelta conmigo?--le dijo Julio--. Voy al final del barrio de Salamanca, a hacer una visita.
--Bueno.
Entraron los dos en el coche.
--El otro día vi a Montaner--le dijo Andrés.
--¿Te hablaría mal de mí? Claro. Entre amigos es indispensable.
--Sí; parece que no está muy contento de ti.
--No me choca. La gente tiene una idea estúpida de las cosas--dijo Aracil con voz colérica--. No quisiera más que tratar con egoístas absolutos, completos, no con gente sentimental que le dice a uno con las lágrimas en los ojos: Toma este pedazo de pan duro, al que no le puedo hincar el diente, y a cambio convídame a cenar todos los días en el mejor hotel.
Andrés se echó a reir.
--La familia de mi mujer es también de las que tienen una idea imbécil de la vida--siguió diciendo Aracil--. Constantemente me están poniendo obstáculos.
--¿Por qué?
--Nada. Ahora se les ocurre decir que el socio que tengo en la clínica, le hace el amor a mi mujer y que no le debo tener en casa. Es ridículo. ¿Es que voy a ser un Otelo? No; yo le dejo en libertad a mi mujer. Concha no me ha de engañar. Yo tengo confianza en ella.
--Haces bien.
--No sé qué idea tiene de las cosas--siguió diciendo Julio--estas gentes chapadas a la antigua, como dicen ellos. Porque yo comprendo un hombre como tú que es un puritano. ¡Pero ellos! Que me presentara yo mañana y dijera: Estas visitas, que he hecho a Don Fulano o a Doña Zutana, no las he querido cobrar porque, la verdad, no he estado acertado... ¡toda la familia me pondría de imbécil hasta las narices!
--¡Ah! No tiene duda.
--Y si es así, ¿a qué se vienen con esas moralidades ridículas?
--¿Y qué te pasa para necesitar socio? ¿Gastas mucho?
--Mucho; pero todo el gasto que llevo es indispensable. Es la vida de hoy que lo exige. La mujer tiene que estar bien, ir a la moda, tener trajes, joyas... Se necesita dinero, mucho dinero para la casa, para la comida, para la modista, para el sastre, para el teatro, para el coche; yo busco como puedo ese dinero.
--¿Y no te convendría limitarte un poco?--le preguntó Andrés.
--¿Para qué? ¿Para vivir cuando sea viejo? No, no; ahora mejor que nunca. Ahora que es uno joven.
--Es una filosofía; no me parece mal, pero vas a inmoralizar tu casa.
--A mí la moralidad no me preocupa--replicó Julio--. Aquí, en confianza, te diré que una mujer honrada me parece uno de los productos más estúpidos y más amargos de la vida.
--Tiene gracia.
--Sí, una mujer que no sea algo coqueta no me gusta. Me parece bien que gaste, que se adorne, que se luzca. Un marqués, cliente mío, suele decir: Una mujer elegante debía tener más de un marido. Al oirle todo el mundo se ríe.
--¿Y por qué?
--Porque su mujer, como marido no tiene más que uno; pero, en cambio, amantes tiene tres.
--¿A la vez?
--Sí, a la vez; es una señora muy liberal.
--Muy liberal y muy conservadora, si los amantes le ayudan a vivir.
--Tienes razón, se le puede llamar liberal-conservadora.
Llegaron a la casa del cliente.
--¿Adónde quieres ir tú?--le preguntó Julio.
--A cualquier lado. No tengo nada que hacer.
--¿Quieres que te dejen en la Cibeles?
--Bueno.
--Vaya usted a la Cibeles y vuelva--le dijo Julio al cochero.
Se despidieron los dos antiguos condiscípulos y Andrés pensó que por mucho que subiera su compañero no era cosa de envidiarle.
III
FERMÍN IBARRA
UNOS días después, Hurtado se encontró en la calle con Fermín Ibarra. Fermín estaba desconocido; alto, fuerte, ya no necesitaba bastón para andar.
--Un día de estos me voy--le dijo Fermín.
--¿Adónde?
--Por ahora, a Bélgica; luego, ya veré. No pienso estar aquí; probablemente no volveré.
--¿No?
--No. Aquí no se puede hacer nada; tengo dos o tres patentes de cosas pensadas por mi, que creo que están bien; en Bélgica me las iban a comprar; pero yo he querido hacer primero una prueba en España, y me voy desalentado, descorazonado; aquí no se puede hacer nada.
--Eso no me choca--dijo Andrés--; aquí no hay ambiente para lo que tú haces.
--¡Ah, claro!--repuso Ibarra--. Una invención supone la recapitulación, la síntesis de las fases de un descubrimiento; una invención, es muchas veces una consecuencia tan fácil de los hechos anteriores, que casi se puede decir que se desprende ella sola sin esfuerzo. ¿Dónde se va a estudiar en España el proceso evolutivo de un descubrimiento? ¿Con qué medios? ¿En qué talleres? ¿En qué laboratorios?
--En ninguna parte.
--Pero, en fin, a mí esto no me indigna--añadió Fermín--, lo que me indigna es la suspicacia, la mala intención, la petulancia de esta gente... Aquí no hay más que chulos y señoritos juerguistas. El chulo domina desde los Pirineos hasta Cádiz...; políticos, militares, profesores, curas, todos son chulos con un yo hipertrofiado.
--Sí, es verdad.
--Cuando estoy fuera de España--siguió diciendo Ibarra--quiero convencerme de que nuestro país no está muerto para la civilización; que aquí se discurre y se piensa, pero cojo un periódico español y me da asco; no habla más que de políticos y de toreros. Es una vergüenza.
Fermín Ibarra contó sus gestiones en Madrid, en Barcelona, en Bilbao. Había millonario que le había dicho que él no podía exponer dinero sin base, que después de hechas las pruebas con éxito, no tendría inconveniente en dar dinero al cincuenta por ciento.
--El capital español está en manos de la canalla más abyecta--concluyó diciendo Fermín.
Unos meses después, Ibarra le escribía desde Bélgica, diciendo que le habían hecho jefe de un taller y que sus empresas iban adelante.
IV
ENCUENTRO CON LULÚ
UN amigo del padre de Hurtado, alto empleado en Gobernación, había prometido encontrar un destino para Andrés. Este señor vivía en la calle de San Bernardo. Varias veces estuvo Andrés en su casa, y siempre le decía que no había nada; un día le dijo:
--Lo único que podemos darle a usted, es una plaza de médico de higiene que va a haber vacante. Diga usted si le conviene, y, si le conviene, le tendremos en cuenta.
--Me conviene.
--Pues ya le avisaré a tiempo.
Este día, al salir de casa del empleado, en la calle Ancha, esquina a la del Pez, Andrés Hurtado se encontró a Lulú. Estaba igual que antes; no había variado nada.
Lulú se turbó un poco al ver a Hurtado, cosa rara en ella. Andrés la contempló con gusto. Estaba con su mantillita, tan fina, tan esbelta, tan graciosa. Ella le miraba, sonriendo un poco ruborizada.
--Tenemos mucho que hablar--le dijo Lulú--; yo me estaría charlando con gusto con usted, pero tengo que entregar un encargo. Mi madre y yo, solemos ir los sábados al café de la Luna. ¿Quiere usted ir por allá?
--Sí, iré.
--Vaya usted mañana, que es sábado. De nueve y media a diez. No falte usted, ¿eh?
--No, no faltaré.
Se despidieron, y Andrés, al día siguiente por la noche, se presentó en el café de la Luna. Estaban doña Leonarda y Lulú en compañía de un señor de anteojos, joven. Andrés saludó a la madre, que le recibió secamente, y se sentó en una silla lejos de Lulú.
--Siéntese usted aquí--dijo ella, haciéndole sitio en el diván.
Se sentó Andrés cerca de la muchacha.
--Me alegro mucho que haya usted venido--dijo Lulú--; tenía miedo de que no quisiera usted venir.
--¿Por qué no había de venir?
--¡Como es usted tan así!
--Lo que no comprendo es por qué han elegido ustedes este café. ¿O es que ya no viven allí en la calle del Fúcar?
--¡Ca, hombre! Ahora vivimos aquí en la calle del Pez. ¿Sabe usted quién nos resolvió la vida de plano?
--¿Quién?
--Julio.
--¿De veras?
--Sí.
--Ya ve usted, cómo no es tan mala persona, como usted decía.
--Oh, igual; lo mismo que yo creía o peor. Ya se lo contaré a usted. Y usted ¿qué ha hecho? ¿Cómo ha vivido?
Andrés contó rápidamente su vida y sus luchas en Alcolea.
--¡Oh! ¡Qué hombre más imposible es usted!--exclamó Lulú--. ¡Qué lobo!
El señor de los anteojos, que estaba de conversación con doña Leonarda, al ver que Lulú no dejaba un momento de hablar con Andrés se levantó y se fué.
--Lo que es si a usted le importa algo por Lulú, puede usted estar satisfecho--dijo doña Leonarda con tono desdeñoso y agrio.
--¿Por qué lo dice usted?--preguntó Andrés.
--Porque ésta le tiene a usted un cariño verdaderamente raro. Y la verdad, no sé por qué.
--Yo tampoco sé que a las personas se les tenga cariño por algo--replicó Lulú vivamente--; se las quiere o no se las quiere; nada más.
Doña Leonarda, con un mohín despectivo, cogió el periódico de la noche y se puso a leerlo. Lulú siguió hablando con Andrés.
--Pues verá usted cómo nos resolvió la vida Julio--dijo ella en voz baja--. Yo ya le decía a usted que era un canalla que no se casaría con Niní. Efectivamente; cuando concluyó la carrera comenzó a huir el bulto y a no aparecer por casa. Yo me enteré, y supe que estaba haciendo el amor a una señorita de buena posición. Llamé a Julio y hablamos; me dijo claramente que no pensaba casarse con Niní.
--¿Así, sin ambages?
--Sí; que no le convenía; que sería para él un engorro casarse con una mujer pobre. Yo me quedé tranquila y le dije: Mira, yo quisiera que tú mismo fueras a ver a don Prudencio y le advirtieras eso. ¿Qué quieres que le advierta?--me preguntó él--. Pues nada; que no te casas con Niní porque no tienes medios; en fin, por las razones que me has dado.