El árbol de la ciencia: novela

Part 14

Chapter 144,115 wordsPublic domain

--Se quedaría atónito--exclamó Andrés--, porque él pensaba que el día que lo dijera iba a haber un cataclismo en la familia.

--Se quedó helado, en el mayor asombro--. Bueno, bueno--dijo--, iré a verle y se lo diré. Yo le comuniqué la noticia a mi madre, que pensó hacer algunas tonterías, pero que no las hizo; luego se lo dije a Niní, que lloró y quiso tomar venganza. Cuando se tranquilizaron las dos, le dije a Niní que vendría don Prudencio y que yo sabía que a don Prudencio le gustaba ella y que la salvación estaba en don Prudencio. Efectivamente; unos días después vino don Prudencio en actitud diplomática; habló de que si Julio no encontraba destino, de que si no le convenía ir a un pueblo... Niní estuvo admirable. Desde entonces, yo ya no creo en las mujeres.

--Esa declaración tiene gracia--dijo Andrés.

--Es verdad--replicó Lulú--, porque mire usted que los hombres son mentirosos, pues las mujeres todavía son más. A los pocos días, don Prudencio se presenta en casa; habla a Niní y a mamá, y boda. Y allí le hubiera usted visto a Julio unos días después en casa, que fué a devolver las cartas a Niní, con la risa del conejo, cuando mamá le decía con la boca llena que don Prudencio tenía tantos miles de duros y una finca aquí y otra allí...

--Le estoy viendo a Julio con esa tristeza que le da pensar que los demás tienen dinero.

--Sí, estaba frenético. Después del viaje de boda, don Prudencio me preguntó--: Tú ¿qué quieres? ¿Vivir con tu hermana y conmigo o con tu madre? Yo le dije: Casarme no me he de casar; estar sin trabajar tampoco me gusta; lo que preferiría es tener una tiendecita de confecciones de ropa blanca y seguir trabajando--. Pues nada, lo que necesites dímelo. Y puse la tienda.

--¿Y la tiene usted?

--Sí; aquí en la calle del Pez. Al principio mi madre se opuso, por esas tonterías de que si mi padre había sido esto o lo otro. Cada uno vive como puede. ¿No es verdad?

--Claro. ¡Qué cosa más digna que vivir del trabajo!

Siguieron hablando Andrés y Lulú largo rato. Ella había localizado su vida en la casa de la calle del Fúcar, de tal manera, que sólo lo que se relacionaba con aquel ambiente le interesaba. Pasaron revista a todos los vecinos y vecinas de la casa.

--¿Se acuerda usted de aquel don Cleto, el viejecito?--le preguntó Lulú.

--Sí; ¿qué hizo?

--Murió el pobre...; me dió una pena.

--¿Y de qué murió?

--De hambre. Una noche entramos la Venancia y yo en su cuarto, y estaba acabando, y él decía con aquella vocecita que tenía:--No, si no tengo nada; no se molesten ustedes; un poco de debilidad nada más--, y se estaba muriendo.

A la una y media de la noche, doña Leonarda y Lulú se levantaron, y Andrés las acompañó hasta la calle del Pez.

--¿Vendrá usted por aquí?--le dijo Lulú.

--Sí; ¡ya lo creo!

--Algunas veces suele venir Julio también.

--¿No le tiene usted odio?

--¿Odio? Más que odio siento por él desprecio, pero me divierte, me parece entretenido, como si viera un bicho malo metido debajo de una copa de cristal.

V

MÉDICO DE HIGIENE

A los pocos días de recibir el nombramiento de médico de higiene y de comenzar a desempeñar el cargo, Andrés comprendió que no era para él.

Su instinto antisocial se iba aumentando, se iba convirtiendo en odio contra el rico, sin tener simpatía por el pobre.

--¡Yo que siento este desprecio por la sociedad--se decía a sí mismo--, teniendo que reconocer y dar patentes a las prostitutas! ¡Yo que me alegraría que cada una de ellas llevara una toxina que envenenara a doscientos hijos de familia!

Andrés se quedó en el destino, en parte por curiosidad, en parte también para que el que se lo había dado no le considerara como un fatuo.

El tener que vivir en este ambiente le hacía daño.

Ya no había en su vida nada sonriente, nada amable; se encontraba como un hombre desnudo que tuviera que andar atravesando zarzas. Los dos polos de su alma eran un estado de amargura, de sequedad, de acritud, y un sentimiento de depresión y de tristeza.

La irritación le hacía ser en sus palabras violento y brutal.

Muchas veces a alguna mujer que iba al Registro la decía:

--¿Estás enferma?

--Sí.

--Tú qué quieres, ¿ir al hospital o quedarte libre?

--Yo prefiero quedarme libre.

--Bueno. Haz lo que quieras; por mí puedes envenenar medio mundo; me tiene sin cuidado.

En ocasiones, al ver estas busconas que venían escoltadas por algún guardia, riendo, las increpaba.

--No tenéis odio siquiera. Tened odio; al menos viviréis más tranquilas.

Las mujeres le miraban con asombro. Odio, ¿por qué?, se preguntaría alguna de ellas. Como decía Iturrioz: la naturaleza era muy sabia; hacía el esclavo, y le daba el espíritu de la esclavitud; hacía la prostituta, y le daba el espíritu de la prostitución.

Este triste proletariado de la vida sexual tenía su honor de cuerpo. Quizá lo tienen también en la obscuridad de lo inconsciente las abejas obreras y los pulgones, que sirven de vacas a las hormigas.

De la conversación con aquellas mujeres sacaba Andrés cosas extrañas.

Entre los dueños de las casas de lenocinio había personas decentes: un cura tenía dos y las explotaba con una ciencia evangélica completa. ¡Qué labor más católica, más conservadora podía haber, que dirigir una casa de prostitución!

Solamente teniendo al mismo tiempo una plaza de toros y una casa de préstamos podía concebirse algo más perfecto.

De aquellas mujeres, las libres iban al Registro, otras se sometían al reconocimiento en sus casas.

Andrés tuvo que ir varias veces a hacer estas visitas domiciliarias.

En alguna de aquellas casas de prostitución distinguidas encontraba señoritos de la alta sociedad, y era un contraste interesante ver estas mujeres de cara cansada, llena de polvos de arroz, pintadas, dando muestras de una alegría ficticia, al lado de gomosos fuertes, de vida higiénica, rojos, membrudos por el _sport_.

Espectador de la iniquidad social, Andrés reflexionaba acerca de los mecanismos que van produciendo esas lacras: el presidio, la miseria, la prostitución.

--La verdad es que si el pueblo lo comprendiese--pensaba Hurtado--, se mataría por intentar una revolución social, aunque ésta no sea más que una utopía, un sueño.

Andrés creía ver en Madrid la evolución progresiva de la gente rica que iba hermoseándose, fortificándose, convirtiéndose en casta; mientras el pueblo evolucionaba a la inversa, debilitándose, degenerando cada vez más.

Estas dos evoluciones paralelas eran sin duda biológicas: el pueblo no llevaba camino de cortar los jarretes de la burguesía, e incapaz de luchar, iba cayendo en el surco.

Los síntomas de la derrota se revelaban en todo. En Madrid, la talla de los jóvenes pobres y mal alimentados que vivían en tabucos, era ostensiblemente más pequeña que la de los muchachos ricos, de familias acomodadas que habitaban en pisos exteriores.

La inteligencia, la fuerza física, eran también menores entre la gente del pueblo que en la clase adinerada. La casta burguesa se iba preparando para someter a la casta pobre y hacerla su esclava.

VI

LA TIENDA DE CONFECCIONES

CERCA de un mes tardó Hurtado en ir a ver a Lulú, y cuando fué se encontró un poco sorprendido al entrar en la tienda. Era una tienda bastante grande, con el escaparate ancho y adornado con ropas de niño, gorritos rizados y camisas llenas de lazos.

--Al fin ha venido usted--le dijo Lulú.

--No he podido venir antes. Pero ¿toda esta tienda es de usted?--preguntó Andrés.

--Sí.

--Entonces es usted capitalista; es usted una burguesa infame.

Lulú se rió satisfecha; luego enseñó a Andrés la tienda, la trastienda y la casa. Estaba todo muy bien arreglado y en orden. Lulú tenía una muchacha que despachaba y un chico para los recados. Andrés estuvo sentado un momento. Entraba bastante gente en la tienda.

--El otro día vino Julio--dijo Lulú--y hablamos mal de usted.

--¿De veras?

--Sí; y me dijo una cosa, que usted había dicho de mí, que me incomodó.

--¿Qué le dijo a usted?

--Me dijo que usted había dicho una vez, cuando era estudiante, que casarse conmigo era lo mismo que casarse con un orangután. ¿Es verdad que ha dicho usted de mí eso? ¿Conteste usted?

--No lo recuerdo; pero es muy posible.

--¿Que lo haya dicho usted?

--Sí.

--¿Y qué debía hacer yo con un hombre que paga así la estimación que yo le tengo?

--No sé.

--¡Si al menos, en vez de orangután, me hubiera usted llamado mona!

--Otra vez será. No tenga usted cuidado.

Dos días después, Hurtado volvió a la tienda, y los sábados se reunía con Lulú y su madre en el café de la Luna. Pronto pudo comprobar que el señor de los anteojos pretendía a Lulú. Era aquel señor un farmacéutico que tenía la botica en la calle del Pez, hombre muy simpático e instruído. Andrés y él hablaron de Lulú.

--¿Qué le parece a usted esta muchacha?--le preguntó el farmacéutico.

--¿Quién? ¿Lulú?

--Sí.

--Pues es una muchacha por la que yo tengo una gran estimación--dijo Andrés.

--Yo también.

--Ahora, que me parece que no es una mujer para casarse con ella.

--¿Por qué?

--Es mi opinión; a mí me parece una mujer cerebral, sin fuerza orgánica y sin sensualidad, para quien todas las impresiones son puramente intelectuales.

--¡Qué sé yo! No estoy conforme.

Aquella misma noche Andrés pudo ver que Lulú trataba demasiado desdeñosamente al farmacéutico.

Cuando se quedaron solos, Andrés le dijo a Lulú:

--Trata usted muy mal al farmacéutico. Eso no me parece digno de una mujer como usted, que tiene un fondo de justicia.

--¿Por qué?

--Porque no. Porque un hombre se enamore de usted, ¿hay motivo para que usted le desprecie? Eso es una bestialidad.

--Me da la gana de hacer bestialidades.

--Habría que desear que a usted le pasara lo mismo, para que supiera lo que es estar desdeñada sin motivo.

--¿Y usted sabe si a mí me pasa lo mismo?

--No; pero me figuro que no. Tengo demasiada mala idea de las mujeres para creerlo.

--¿De las mujeres en general y de mí en particular?

--De todas.

--¡Qué mal humor se le va poniendo a usted, don Andrés! Cuando sea usted viejo no va a haber quien le aguante.

--Ya soy viejo. Es que me indignan esas necedades de las mujeres. ¿Qué le encuentra usted a ese hombre para desdeñarle así? Es un hombre culto, amable, simpático, gana para vivir...

--Bueno, bueno; pero a mí me fastidia. Basta ya de esa canción.

VII

DE LOS FOCOS DE LA PESTE

ANDRÉS solía sentarse cerca del mostrador. Lulú le veía sombrío y meditabundo.

--Vamos, hombre, ¿qué le pasa a usted?--le dijo Lulú un día que le vió más hosco que de ordinario.

--Verdaderamente--murmuró Andrés--el mundo es una cosa divertida: hospitales, salas de operaciones, cárceles, casas de prostitución; todo lo peligroso tiene su antídoto; al lado del amor la casa de prostitución; al lado de la libertad la cárcel. Cada instinto subversivo, y lo natural es siempre subversivo, lleva al lado su gendarme. No hay fuente limpia sin que los hombres metan allí las patas y la ensucien. Está en su naturaleza.

--¿Qué quiere usted decir con eso? ¿Qué le ha pasado a usted?--preguntó Lulú.

--Nada; este empleo sucio que me han dado, me perturba. Hoy me han escrito una carta las pupilas de una casa de la calle de la Paz, que me preocupa. Firman _Unas desgraciadas_.

--¿Qué dicen?

--Nada; que en esos burdeles hacen bestialidades. Estas _desgraciadas_ que me envían la carta me dicen horrores. La casa donde viven se comunica con otra. Cuando hay una visita del médico o de la autoridad, a todas las mujeres no matriculadas las esconden en el piso tercero de la otra casa.

--¿Para qué?

--Para evitar que las reconozcan, para tenerlas fuera del alcance de la autoridad que, aunque injusta y arbitraria, puede dar un disgusto a las amas.

--¿Y esas mujeres vivirán mal?

--Muy mal; duermen en cualquier rincón amontonadas, no comen apenas; les dan unas palizas brutales; y cuando envejecen y ven que ya no tienen éxito, las cogen y las llevan a otro pueblo sigilosamente.

--¡Qué vida! ¡Qué horror!--murmuró Lulú.

--Luego todas estas amas de prostíbulo--siguió diciendo Andrés--, tienen la tendencia de martirizar a las pupilas. Hay algunas que llevan un vergajo, como un cabo de vara, para imponer el orden. Hoy he visitado una casa de la calle de Barcelona, en donde el matón es un hombre afeminado a quien llaman el Cotorrita, que ayuda a la celestina al secuestro de las mujeres. Este invertido se viste de mujer, se pone pendientes, porque tiene agujeros en las orejas, y va a la caza de muchachas.

--Qué tipo.

--Es una especie de halcón. Este eunuco, por lo que me han contado las mujeres de la casa, es de una crueldad terrible con ellas, y las tiene aterrorizadas--. Aquí, me ha dicho el Cotorrita, no se da de baja a ninguna mujer.--¿Por qué?--le he preguntado yo.--Porque no--; y me ha enseñado un billete de cinco duros. Yo he seguido interrogando a las pupilas y he mandado al hospital a cuatro. Las cuatro estaban enfermas.

--¿Pero esas mujeres no tienen alguna defensa?

--Ninguna; ni nombre, ni estado civil, ni nada. Las llaman como quieren; todas responden a nombres falsos; Blanca, Marina, Estrella, África... En cambio, las celestinas y los matones están protegidos por la policía, formada por chulos y por criados de políticos.

--¿Vivirán poco todas ellas?--dijo Lulú.

--Muy poco. Todas estas mujeres tienen una mortalidad terrible; cada ama de esas casas de prostitución ha visto sucederse y sucederse generaciones de mujeres; las enfermedades, la cárcel, el hospital, el alcohol, va mermando esos ejércitos. Mientras la celestina se conserva agarrada a la vida, todas esas carnes blancas, todos esos cerebros débiles y sin tensión van cayendo al pudridero.

--¿Y cómo no se escapan al menos?

--Porque están cogidas por las deudas. El burdel es un pulpo que sujeta con sus tentáculos a estas mujeres bestias y desdichadas. Si se escapan las denuncian como ladronas, y toda la canalla de curiales las condena. Luego estas celestinas tienen recursos. Según me han dicho en esa casa de la calle de Barcelona, había hace días una muchacha reclamada por sus padres desde Sevilla en el Juzgado, y mandaron a otra, algo parecida físicamente a ella, que dijo al juez que ella vivía con un hombre muy bien, y que no quería volver a su casa.

--¡Qué gente!

--Todo eso es lo que queda de moro y de judío en el español; el considerar a la mujer como una presa, la tendencia al engaño, a la mentira... Es la consecuencia de la impostura semítica; tenemos la religión semítica, tenemos sangre semita. De ese fermento malsano, complicado con nuestra pobreza, nuestra ignorancia y nuestra vanidad, vienen todos los males.

--¿Y esas mujeres son engañadas de verdad por sus novios?--preguntó Lulú, a quien preocupaba más el aspecto individual que el social.

--No; en general no. Son mujeres que no quieren trabajar; mejor dicho, que no pueden trabajar. Todo se desarrolla en una perfecta inconsciencia. Claro que nada de esto tiene el aire sentimental y trágico que se le supone. Es una cosa brutal, imbécil, puramente económica, sin ningún aspecto novelesco. Lo único grande, fuerte, terrible, es que a todas estas mujeres les queda una idea de la honra como algo formidable suspendido sobre sus cabezas. Una mujer ligera de otro país, al pensar en su juventud seguramente, dirá: Entonces yo era joven, bonita, sana. Aquí dicen: Entonces no estaba deshonrada. Somos una raza de fanáticos, y el fanatismo de la honra es de los más fuertes. Hemos fabricado ídolos que ahora nos mortifican.

--¿Y eso no se podía suprimir?--dijo Lulú.

--¿El qué?

--El que haya esas casas.

--¡Cómo se va a impedir! Pregúntele usted al señor obispo de Trebisonda o al director de la Academia de Ciencias Morales y Políticas, o a la presidenta de la trata de blancas, y le dirán: Ah, es un mal necesario. Hija mía, hay que tener humildad. No debemos tener el orgullo de creer que sabemos más que los antiguos... Mi tío Iturrioz, en el fondo, está en lo cierto cuando dice riendo que el que las arañas se coman a las moscas no indica más que la perfección de la naturaleza.

Lulú miraba con pena a Andrés cuando hablaba con tanta amargura.

--Debía usted dejar ese destino--le decía.

--Sí; al fin lo tendré que dejar.

VIII

LA MUERTE DE VILLASÚS

CON pretexto de estar enfermo, Andrés abandonó el empleo, y por influencia de Julio Aracil le hicieron médico de La Esperanza, Sociedad para la asistencia facultativa de gente pobre.

No tenía en este nuevo cargo tantos motivos para sus indignaciones éticas, pero, en cambio, la fatiga era terrible; había que hacer treinta y cuarenta visitas al día en los barrios más lejanos; subir escaleras y escaleras, entrar en tugurios infames...

En verano sobre todo, Andrés quedaba reventado. Aquella gente de las casas de vecindad, miserable, sucia, exasperada por el calor, se hallaba siempre dispuesta a la cólera. El padre o la madre que veía que el niño se le moría, necesitaba descargar en alguien su dolor, y lo descargaba en el médico. Andrés algunas veces oía con calma las reconvenciones, pero otras veces se encolerizaba y les decía la verdad: que eran unos miserables y unos cerdos; que no se levantarían nunca de su postración por su incuria y su abandono.

Iturrioz tenía razón: la naturaleza, no sólo hacía el esclavo, sino que le daba el espíritu de la esclavitud.

Andrés había podido comprobar en Alcolea como en Madrid que, a medida que el individuo sube, los medios que tiene de burlar las leyes comunes se hacen mayores. Andrés pudo evidenciar que la fuerza de la ley disminuye proporcionalmente al aumento de medios del triunfador. La ley es siempre más dura con el débil. Automáticamente pesa sobre el miserable. Es lógico que el miserable por instinto odie la ley.

Aquellos desdichados no comprendían todavía que la solidaridad del pobre podía acabar con el rico, y no sabían más que lamentarse estérilmente de su estado.

La cólera y la irritación se habían hecho crónicas en Andrés; el calor, el andar al sol le producían una sed constante que le obligaba a beber cerveza y cosas frías que le estragaban el estómago.

Ideas absurdas de destrucción le pasaban por la cabeza. Los domingos, sobre todo cuando cruzaba entre la gente a la vuelta de los toros, pensaba en el placer que sería para él poner en cada bocacalle una media docena de ametralladoras, y no dejar uno de los que volvían de la estúpida y sangrienta fiesta.

Toda aquella sucia morralla de chulos eran los que vociferaban en los cafés antes de la guerra, los que soltaron baladronadas y bravatas para luego quedarse en sus casas tan tranquilos. La moral del espectador de corrida de toros se había revelado en ellos; la moral del cobarde que exige valor en otro, en el soldado en el campo de batalla, en el histrión, o en el torero en el circo. A aquella turba de bestias crueles y sanguinarias, estúpidas y petulantes, le hubiera impuesto Hurtado el respeto al dolor ajeno por la fuerza.

El oasis de Andrés era la tienda de Lulú. Allí, en la obscuridad y a la fresca, se sentaba y hablaba.

Lulú mientras tanto, cosía, y, si llegaba alguna compradora, despachaba.

Algunas noches Andrés acompañó a Lulú y a su madre al paseo de Rosales. Lulú y Andrés se sentaban juntos, y hablaban contemplando la hondonada negra que se extendía ante ellos.

Lulú miraba aquella líneas de luces interrumpidas de las carreteras y de los arrabales, y fantaseaba suponiendo que había un mar con sus islas, y que se podía andar en lancha por encima de estas sombras confusas.

Después de charlar largo rato volvían en el tranvía, y en la glorieta de San Bernardo se despedían estrechándose la mano.

Quitando estas horas de paz y de tranquilidad, todas las demás eran para Andrés de disgusto y de molestia...

Un día, al visitar una guardilla de barrios bajos, al pasar por el corredor de una casa de vecindad, una mujer vieja, con un niño en brazos, se le acercó y le dijo si quería pasar a ver un enfermo.

Andrés no se negaba nunca a esto, y entró en el otro tabuco. Un hombre demacrado, famélico, sentado en un camastro, cantaba y recitaba versos. De cuando en cuando se levantaba en camisa, e iba de un lado a otro tropezando con dos o tres cajones que había en el suelo.

--¿Qué tiene este hombre?--preguntó Andrés a la mujer.

--Está ciego y ahora parece que se ha vuelto loco.

--¿No tiene familia?

--Una hermana mía y yo; somos hijas suyas.

--Pues por este hombre no se puede hacer nada--dijo Andrés--. Lo único sería llevarlo al hospital o a un manicomio. Ya mandaré una nota al director del hospital. ¿Cómo se llama el enfermo?

--Villasús, Rafael Villasús.

--¿Este es un señor que hacía dramas?

--Sí.

Andrés lo recordó en aquel momento. Había envejecido en diez o doce años de una manera asombrosa; pero aún la hija había envejecido más. Tenía un aire de insensibilidad y de estupor, que sólo un aluvión de miserias puede dar a una criatura humana.

Andrés se fué de la casa pensativo.

--¡Pobre, hombre!--se dijo--. ¡Qué desdichado! ¡Este pobre diablo, empeñado en desafiar a la riqueza, es extraordinario! ¡Qué caso de heroísmo más cómico! Y quizá si pudiera discurrir pensaría que ha hecho bien; que la situación lamentable en que se encuentra es un timbre de gloria de su bohemia. ¡Pobre imbécil!

Siete u ocho días después, al volver a visitar al niño enfermo, que había recaído, le dijeron que el vecino de la guardilla, Villasús, había muerto.

Los inquilinos de los cuartuchos le contaron que el poeta loco, como le llamaban en la casa, había pasado tres días con tres noches vociferando, desafiando a sus enemigos literarios, riendo a carcajadas.

Andrés entró a ver al muerto. Estaba tendido en el suelo, envuelto en una sábana. La hija, indiferente, se mantenía acurrucada en un rincón.

Unos cuantos desharrapados, entre ellos uno melenudo, rodeaban el cadáver.

--¿Es usted el médico?--le preguntó uno de ellos a Andrés, con impertinencia.

--Sí; soy médico.

--Pues reconozca usted el cuerpo, porque creemos que Villasús no está muerto. Esto es un caso de catalepsia.

--No digan ustedes necedades--dijo Andrés.

Todos aquellos desharrapados que debían ser bohemios, amigos de Villasús, habían hecho horrores con el cadáver: le habían quemado los dedos con fósforos para ver si tenía sensibilidad. Ni aun después de muerto, al pobre diablo lo dejaban en paz.

Andrés, a pesar de que tenía el convencimiento de que no había tal catalepsia, sacó el estetoscopio y auscultó al cadáver en la zona del corazón.

--Está muerto--dijo.

En esto entró un viejo de melena blanca y barba también blanca, cojeando, apoyado en un bastón. Venía borracho completamente. Se acercó al cadáver de Villasús, y con una voz melodramática gritó:

--¡Adiós, Rafael! ¡Tú eras un poeta! ¡Tú eras un genio! ¡Así moriré yo también! ¡En la miseria!, porque soy un bohemio y no venderé nunca mi conciencia. No.

Los desharrapados se miraban unos a otros como satisfechos del giro que tomaba la escena.

Seguía desvariando el viejo de las melenas, cuando se presentó el mozo del coche fúnebre, con el sombrero de copa echado a un lado, el látigo en la mano derecha y la colilla en los labios.

--Bueno--dijo hablando en chulo, enseñando los dientes negros--. ¿Se va a bajar el cadáver o no? Porque yo no puedo esperar aquí; que hay que llevar otros muertos al Este.

Uno de los desharrapados, que tenía un cuello postizo, bastante sucio, que le salía de la chaqueta, y unos lentes, acercándose a Hurtado le dijo con una afectación ridícula:

--Viendo estas cosas, dan ganas de ponerse una bomba de dinamita en el velo del paladar.

La desesperación de este bohemio le pareció a Hurtado demasiado alambicada para ser sincera, y dejando a toda esta turba de desharrapados en la guardilla, salió de la casa.

IX

AMOR, TEORÍA Y PRÁCTICA

ANDRÉS divagaba, lo que era su gran placer, en la tienda de Lulú. Ella le oía sonriente, haciendo de cuando en cuando alguna objeción. Le llamaba siempre en burla don Andrés.

--Tengo una pequeña teoría acerca del amor--le dijo un día él.

--Acerca del amor debía usted tener una teoría grande--repuso burlonamente Lulú.