El árbol de la ciencia: novela
Part 12
En el pueblo, la tienda de objetos de escritorio era al mismo tiempo librería y centro de suscripciones. Andrés iba a ella a comprar papel y algunos periódicos. Un día le chocó ver que el librero tenía quince o veinte tomos con una cubierta en donde aparecía una mujer desnuda. Eran de estas novelas a estilo francés; novelas pornográficas, torpes, con cierto barniz psicológico hechas para uso de militares, estudiantes y gente de poca mentalidad.
--¿Es que eso se vende?--le preguntó Andrés al librero.
--Sí; es lo único que se vende.
El fenómeno parecía paradójico y, sin embargo, era natural. Andrés había oído a su tío Iturrioz que en Inglaterra, en donde las costumbres eran interiormente de una libertad extraordinaria, libros, aun los menos sospechosos de libertinaje, estaban prohibidos, y las novelas que las señoritas francesas o españolas leían delante de sus madres, allí se consideraban nefandas.
En Alcolea sucedía lo contrario; la vida era de una moralidad terrible; llevarse a una mujer sin casarse con ella, era más difícil que raptar a la Giralda de Sevilla a las doce del día; pero, en cambio, se leían libros pornográficos de una pornografía grotesca por lo transcendental.
Todo esto era lógico. En Londres, al agrandarse la vida sexual por la libertad de costumbres, se achicaba la pornografía; en Alcolea, al achicarse la vida sexual, se agrandaba la pornografía.
--Qué paradoja esta de la sexualidad--pensaba Andrés al ir a su casa--. En los países donde la vida es intensamente sexual no existen motivos de lubricidad; en cambio en aquellos pueblos como Alcolea, en donde la vida sexual era tan mezquina y tan pobre, las alusiones eróticas a la vida del sexo estaban en todo.
Y era natural, era en el fondo un fenómeno de compensación.
VIII
EL DILEMA
POCO a poco, y sin saber cómo, se formó alrededor de Andrés una mala reputación; se le consideraba hombre violento, orgulloso, mal intencionado, que se atraía la antipatía de todos.
Era un demagogo, malo, dañino, que odiaba a los ricos y no quería a los pobres.
Andrés fué notando la hostilidad de la gente del casino y dejó de frecuentarlo.
Al principio se aburría.
Los días iban sucediéndose a los días y cada uno traía la misma desesperanza, la seguridad de no saber qué hacer, la seguridad de sentir y de inspirar antipatía, en el fondo sin motivo, por una mala inteligencia.
Se había decidido a cumplir sus deberes de médico al pie de la letra.
Llegar a la abstención pura, completa, en la pequeña vida social de Alcolea, le parecía la perfección.
Andrés no era de estos hombres que consideran el leer como un sucedáneo de vivir; él leía porque no podía vivir. Para alternar con esta gente del casino, estúpida y mal intencionada, prefería pasar el tiempo en su cuarto, en aquel mausoleo blanqueado y silencioso.
¡Pero que con qué gusto hubiera cerrado los libros si hubiera habido algo importante que hacer; algo como pegarle fuego al pueblo o reconstruirlo!
La inacción le irritaba.
De haber caza mayor, le hubiera gustado marcharse al campo; pero para matar conejos, prefería quedarse en casa.
Sin saber qué hacer, paseaba como un lobo por aquel cuarto. Muchas veces intentó dejar de leer estos libros de filosofía. Pensó que quizá le irritaban. Quiso cambiar de lecturas. Don Blas le prestó una porción de libros de historia. Andrés se convenció de que la historia es una cosa vacía. Creyó, como Schopenhauer, que el que lea con atención _Los Nueve Libros de Herodoto_, tiene todas las combinaciones posibles de crímenes, destronamientos, heroísmos e injusticias, bondades y maldades que puede suministrar la historia.
Intentó también un estudio poco humano y trajo de Madrid y comenzó a leer un libro de astronomía, la Guía del Cielo, de Klein, pero le faltaba la base de las matemáticas y pensó que no tenía fuerza en el cerebro para dominar esto. Lo único que aprendió fué el plano estelar. Orientarse en ese infinito de puntos luminosos, en donde brillan como dioses Arturus y Vega, Altair y Aldebarán era para él una voluptuosidad algo triste; recorrer con el pensamiento esos cráteres de la Luna y el mar de la Serenidad; leer esas hipótesis acerca de la Vía Láctea y de su movimiento alrededor de ese supuesto sol central que se llama Alción y que está en el grupo de las Pléyades, le daba el vértigo.
Se le ocurrió también escribir; pero no sabía por dónde empezar, ni manejaba suficientemente el mecanismo del lenguaje para expresarse con claridad.
Todos los sistemas que discurría para encauzar su vida dejaban precipitados insolubles, que demostraban el error inicial de sus sistemas.
Comenzaba a sentir una irritación profunda contra todo.
A los ocho o nueve meses de vivir así excitado y aplanado al mismo tiempo, empezó a padecer dolores articulares; además el pelo se le caía muy abundantemente.
--Es la castidad--se dijo.
Era lógico; era un neuro-artrítico. De chico, su artritismo se había manifestado por jaquecas y por tendencia hipocondríaca. Su estado artrítico se exarcerbaba. Se iban acumulando en el organismo las substancias de desecho y esto tenía que engendrar productos de oxidación incompleta, el ácido úrico sobre todo.
El diagnóstico lo consideró como exacto; el tratamiento era lo difícil.
Este dilema se presentaba ante él. Si quería vivir con una mujer tenía que casarse, someterse. Es decir, dar por una cosa de la vida toda su independencia espiritual, resignarse a cumplir obligaciones y deberes sociales, a guardar consideraciones a un suegro, a una suegra, a un cuñado; cosa que le horrorizaba.
Seguramente entre aquellas muchachas de Alcolea, que no salían más que los domingos a la iglesia, vestidas como papagayos, con un mal gusto exorbitante, había algunas, quizá muchas, agradables, simpáticas. ¿Pero quién las conocía? Era casi imposible hablar con ellas. Solamente el marido podría llegar a saber su manera de ser y de sentir.
Andrés se hubiera casado con cualquiera, con una muchacha sencilla; pero no sabía dónde encontrarla. Las dos señoritas que trataba un poco eran la hija del médico Sánchez y la del secretario.
La hija de Sánchez quería ir monja; la del secretario era de una cursilería verdaderamente venenosa; tocaba el piano muy mal, calcaba las laminitas del _Blanco y Negro_ y luego las iluminaba, y tenía unas ideas ridículas y falsas de todo.
De no casarse, Andrés podía transigir e ir con los perdidos del pueblo a casa de la Fulana o de la Zutana, a estas dos calles en donde las mujeres de vida airada vivían como en los antiguos burdeles medioevales; pero esta promiscuidad era ofensiva para su orgullo. ¿Qué más triunfo para la burguesía local y más derrota para su personalidad si se hubiesen contado sus devaneos? No; prefería estar enfermo.
Andrés decidió limitar la alimentación, tomar sólo vegetales y no probar la carne, ni el vino, ni el café. Varias horas después de comer y de cenar bebía grandes cantidades de agua. El odio contra el espíritu del pueblo le sostenía en su lucha secreta; era uno de esos odios profundos, que llegan a dar serenidad al que lo siente, un desprecio épico y altivo. Para él no había burlas, todas resbalaban por su coraza de impasibilidad.
Algunas veces pensaba que esta actitud no era lógica. ¡Un hombre que quería ser de ciencia y se incomodaba porque las cosas no eran como él hubiese deseado! Era absurdo. La tierra allí era seca; no había árboles, el clima era duro, la gente tenía que ser dura también.
La mujer del secretario del Ayuntamiento y presidenta de la Sociedad del Perpetuo Socorro, le dijo un día:
--Usted, Hurtado, quiere demostrar que se puede no tener religión y ser más bueno que los religiosos.
--¿Más bueno, señora?--replicó Andrés--. Realmente, eso no es difícil.
Al cabo de un mes de nuevo régimen, Hurtado estaba mejor; la comida escasa y sólo vegetal, el baño, el ejercicio al aire libre le iban haciendo un hombre sin nervios. Ahora se sentía como divinizado por su ascetismo, libre; comenzaba a vislumbrar ese estado de _ataraxia_, cantado por los epicúreos y los pirronianos.
Ya no experimentaba cólera por las cosas ni por las personas.
Le hubiera gustado comunicar a alguien sus impresiones y pensó en escribir a Iturrioz; pero luego creyó que su situación espiritual era más fuerte siendo él solo el único testigo de su victoria.
Ya comenzaba a no tener espíritu agresivo. Se levantaba muy temprano, con la aurora, y paseaba por aquellos campos llanos, por los viñedos, hasta un olivar que él llamaba el trágico por su aspecto. Aquellos olivos viejos, centenarios, retorcidos, parecían enfermos atacados por el tétanos; entre ellos se levantaba una casa aislada y baja con bardales de cambroneras, y en el vértice de la colina había un molino de viento tan extraordinario, tan absurdo, con su cuerpo rechoncho y sus brazos chirriantes, que a Andrés le dejaba siempre sobrecogido.
Muchas veces salía de casa cuando aún era de noche y veía la estrella del crepúsculo palpitar y disolverse como una perla en el horno de la aurora llena de resplandores.
Por las noches, Andrés se refugiaba en la cocina, cerca del fogón bajo. Dorotea, la vieja y la niña hacían sus labores al amor de la lumbre y Hurtado charlaba o miraba arder los sarmientos.
IX
LA MUJER DEL TÍO GARROTA
UNA noche de invierno, un chico fué a llamar a Andrés; una mujer había caído a la calle y estaba muriéndose.
Hurtado se embozó en la capa, y de prisa, acompañado del chico, llegó a una calle extraviada, cerca de una posada de arrieros que se llamaba el Parador de la Cruz. Se encontró con una mujer privada de sentido, y asistida por unos cuantos vecinos que formaban un grupo alrededor de ella.
Era la mujer de un prendero llamado el tío Garrota; tenía la cabeza bañada en sangre y había perdido el conocimiento.
Andrés hizo que llevaran a la mujer a la tienda y que trajeran una luz; tenía la vieja una conmoción cerebral.
Hurtado le hizo una sangría en el brazo. Al principio la sangre negra, coagulada, no salía de la vena abierta; luego comenzó a brotar despacio; después más regularmente, y la mujer respiró con relativa facilidad.
En este momento llegó el juez con el actuario y dos guardias, y fué interrogando, primero a los vecinos y después a Hurtado.
--¿Cómo se encuentra esta mujer?--le dijo.
--Muy mal.
--¿Se podrá interrogarla?
--Por ahora, no; veremos si recobra el conocimiento.
--Si lo recobra avíseme usted en seguida. Voy a ver el sitio por donde se ha tirado y a interrogar al marido.
La tienda era una prendería repleta de trastos viejos que había por todos los rincones y colgaban del techo; las paredes estaban atestadas de fusiles y escopetas antiguas, sables y machetes.
Andrés estuvo atendiendo a la mujer hasta que ésta abrió los ojos y pareció darse cuenta de lo que le pasaba.
--Llamadle al juez--dijo Andrés a los vecinos.
El juez vino en seguida.
--Esto se complica--murmuró--; luego preguntó a Andrés. ¿Qué? ¿Entiende algo?
--Sí, parece que sí.
Efectivamente, la expresión de la mujer era de inteligencia.
--¿Se ha tirado usted, o la han tirado a usted desde la ventana?--preguntó el juez.
--¡Eh!--dijo ella.
--¿Quién la ha tirado?
--¡Eh!
--¿Quién la ha tirado?
--Garro... Garro...--murmuró la vieja haciendo un esfuerzo.
El juez y el actuario y los guardias quedaron sorprendidos.
--Quiere decir Garrota--dijo uno.
--Sí, es una acusación contra él--dijo el juez--. ¿No le parece a usted, doctor?
--Parece que sí.
--¿Por qué la ha tirado a usted?
--Garro... Garro...--volvió a decir la vieja.
--No quiere decir más sino que es su marido--afirmó un guardia.
--No, no es eso--repuso Andrés--. La lesión la tiene en el lado izquierdo.
--¿Y eso qué importa?--preguntó el guardia.
--Cállese usted--dijo el juez--. ¿Qué supone usted, doctor?
--Supongo que esta mujer se encuentra en un estado de afasia. La lesión la tiene en el lado izquierdo del cerebro; probablemente la tercera circunvolución frontal, que se considera como centro del lenguaje, estará lesionada. Esta mujer parece que entiende, pero no puede articular más que esa palabra. A ver, pregúntele usted otra cosa.
--¿Está usted mejor?--dijo el juez.
--¡Eh!
--¿Si está usted ya mejor?
--Garro... Garro...--contestó ella.
--Sí; dice a todo lo mismo--afirmó el juez.
--Es un caso de afasia o de sordera verbal--añadió Andrés.
--Sin embargo..., hay muchas sospechas contra el marido--replicó el actuario.
Habían llamado al cura para sacramentar a la moribunda.
Le dejaron solo y Andrés subió con el juez. La prendería del tío Garrota tenía una escalera de caracol para el primer piso.
Este constaba de un vestíbulo, la cocina, dos alcobas y el cuarto desde donde se había tirado la vieja. En medio de este cuarto había un brasero, una badila sucia y una serie de manchas de sangre que seguían hasta la ventana.
--La cosa tiene el aspecto de un crimen--dijo el juez.
--¿Cree usted?--preguntó Andrés.
--No, no creo nada; hay que confesar que los indicios se presentan como en una novela policíaca para despistar a la opinión. Esta mujer que se le pregunta quién la ha tirado, y dice el nombre de su marido; esta badila llena de sangre; las manchas que llegan hasta la ventana, todo hace sospechar lo que ya han comenzado a decir los vecinos.
--¿Qué dicen?
--Le acusan al tío Garrota, al marido de esta mujer. Suponen que el tío Garrota y su mujer riñeron; que él le dió con la badila en la cabeza; que ella huyó a la ventana a pedir socorro, y que entonces él, agarrándola de la cintura, la arrojó a la calle.
--Puede ser.
--Y puede no ser.
Abonaba esta versión la mala fama del tío Garrota y su complicidad manifiesta en las muertes de dos jugadores, el Cañamero y el Pollo, ocurridas hacía unos diez años cerca de Daimiel.
--Voy a guardar esta badila--dijo el juez.
--Por si acaso no debían tocarla--repuso Andrés--; las huellas pueden servirnos de mucho.
El juez metió la badila en un armario, lo cerró y llamó al actuario para que lo lacrase. Se cerró también el cuarto y se guardó la llave.
Al bajar a la prendería Hurtado y el juez, la mujer del tío Garrota había muerto.
El juez mandó que trajeran a su presencia al marido. Los guardias le habían atado las manos.
El tío Garrota era un hombre ya viejo, corpulento, de mal aspecto, tuerto, de cara torva, llena de manchas negras, producidas por una perdigonada que le habían soltado hacía años en la cara.
En el interrogatorio se puso en claro que el tío Garrota era borracho, y hablaba de matar a uno o de matar a otro con frecuencia.
El tío Garrota no negó que daba malos tratos a su mujer; pero sí que la hubiese matado. Siempre concluía diciendo:
--Señor juez, yo no he matado a mi mujer. He dicho, es verdad, muchas veces que la iba a matar; pero no la he matado.
El juez, después del interrogatorio, envió al tío Garrota incomunicado a la cárcel.
--¿Qué le parece a usted?--le preguntó el juez a Hurtado.
--Para mí es una cosa clara; este hombre es inocente.
El juez, por la tarde, fué a ver al tío Garrota a la cárcel, y dijo que empezaba a creer que el prendero no había matado a su mujer. La opinión popular quería suponer que Garrota era un criminal. Por la noche el doctor Sánchez aseguró en el casino que era indudable que el tío Garrota había tirado por la ventana a su mujer, y que el juez y Hurtado tendían a salvarle, Dios sabe por qué; pero que en la autopsia aparecería la verdad.
Al saberlo Andrés fué a ver al juez y le pidió nombrara a don Tomás Solana, el otro médico, como árbitro para presenciar la autopsia, por si acaso había divergencia entre el dictamen de Sánchez y el suyo.
La autopsia se verificó al día siguiente por la tarde; se hizo una fotografía de las heridas de la cabeza producidas por la badila y se señalaron unos cardenales que tenía la mujer en el cuello.
Luego se procedió a abrir las tres cavidades y se encontró la fractura craneana, que cogía parte del frontal y del parietal y que había ocasionado la muerte. En los pulmones y en el cerebro aparecieron manchas de sangre, pequeñas y redondas.
En la exposición de los datos de la autopsia estaban conformes los tres médicos; en su opinión, acerca de las causas de la muerte, divergían.
Sánchez daba la versión popular. Según él, la interfecta, al sentirse herida en la cabeza por los golpes de la badila, corrió a la ventana a pedir socorro; allí una mano poderosa la sujetó por el cuello, produciéndole una contusión y un principio de asfixia que se evidenciaba en las manchas petequiales de los pulmones y del cerebro, y después, lanzada a la calle, había sufrido la conmoción cerebral y la fractura del cráneo, que le produjo la muerte. La misma mujer, en la agonía, había repetido el nombre del marido indicando quién era su matador.
Hurtado decía primeramente que las heridas de la cabeza eran tan superficiales que no estaban hechas por un brazo fuerte, sino por una mano débil y convulsa; que los cardenales del cuello procedían de contusiones anteriores al día de la muerte, y que, respecto a las manchas de sangre en los pulmones y en el cerebro, no eran producidas por un principio de asfixia, sino el alcoholismo inveterado de la interfecta. Con estos datos, Hurtado aseguraba que la mujer, en un estado alcohólico, evidenciado por el aguardiente encontrado en su estómago, y presa de manía suicida, había comenzado a herirse ella misma con la badila en la cabeza, lo que explicaba la superficialidad de las heridas, que apenas interesaban el cuero cabelludo, y después, en vista del resultado negativo para producirse la muerte, había abierto la ventana y se había tirado de cabeza a la calle. Respecto a las palabras pronunciadas por ella, estaba claramente demostrado que al decirlas se encontraba en un estado afásico.
Don Tomás, el médico aristócrata, en su informe hacía equilibrios, y en conjunto no decía nada.
Sánchez estaba en la actitud popular; todo el mundo creía culpable al tío Garrota, y algunos llegaban a decir que, aunque no lo fuera, había que castigarlo, porque era un desalmado capaz de cualquier fechoría.
El asunto apasionó al pueblo; se hicieron una porción de pruebas; se estudiaron las huellas frescas de sangre de la badila, y se vió no coincidían con los dedos del prendero; se hizo que un empleado de la cárcel, amigo suyo, le emborrachara y le sonsacara. El tío Garrota confesó su participación en las muertes del Pollo y del Cañamero; pero afirmó repetidas veces, entre furiosos juramentos, que no y que no. No tenía nada que ver en la muerte de su mujer, y aunque le condenaran por decir que no y le salvaran por decir que sí, diría que no, porque esa era la verdad.
El juez, después de repetidos interrogatorios, comprendió la inocencia del prendero y lo dejó en libertad.
El pueblo se consideró defraudado. Por indicios, por instinto, la gente adquirió la convicción de que el tío Garrota, aunque capaz de matar a su mujer, no la había matado; pero no quiso reconocer la probidad de Andrés y del juez. El periódico de la capital que defendía a los Mochuelos, escribió un artículo con el título «¿Crimen o suicidio?», en el que suponía que la mujer del tío Garrota se había suicidado; en cambio, otro periódico de la capital, defensor de los Ratones, aseguró que se trataba de un crimen y que las influencias políticas habían salvado al prendero.
--Habrá que ver lo que habrán cobrado el médico y el juez--decía la gente.
A Sánchez, en cambio, le elogiaban todos.
--Ese hombre iba con lealtad.
--Pero no era cierto lo que decía--replicaba alguno.
--Sí; pero él iba con honradez.
Y no había manera de convencer a la mayoría de otra cosa.
X
DESPEDIDA
ANDRÉS, que hasta entonces había tenido simpatía entre la gente pobre, vió que la simpatía se trocaba en hostilidad. En la primavera decidió marcharse y presentar la dimisión de su cargo.
Un día de mayo fué el fijado para la marcha; se despidió de don Blas Carreño y del juez y tuvo un violento altercado con Sánchez, quien, a pesar de ver que el enemigo se le iba, fué bastante torpe para recriminarle con acritud. Andrés le contestó rudamente y dijo a su compañero unas cuantas verdades un poco explosivas.
Por la tarde, Andrés preparó su equipaje y luego salió a pasear. Hacía un día tempestuoso con vagos relámpagos, que brillaban entre dos nubes. Al anochecer comenzó a llover y Andrés volvió a su casa.
Aquella tarde, Pepinito, su hija y la abuela, habían ido al Maillo, un pequeño balneario próximo a Alcolea.
Andrés acabó de preparar su equipaje. A la hora de cenar entró la patrona en su cuarto.
--¿Se va usted de verdad mañana, don Andrés?
--Sí.
--Estamos solos; cuando usted quiera cenaremos.
--Voy a terminar en un momento.
--Me da pena verle a usted marchar. Ya le teníamos a usted como de la familia.
--¡Qué se le va a hacer! Ya no me quieren en el pueblo.
--No lo dirá usted por nosotros.
--No, no lo digo por ustedes. Es decir, no lo digo por usted. Si siento dejar el pueblo es, más que nada, por usted.
--¡Bah! Don Andrés.
--Créalo usted o no lo crea, tengo una gran opinión de usted. Me parece usted una mujer muy buena, muy inteligente...
--¡Por Dios, don Andrés, que me va usted a confundir!--dijo ella riendo.
--Confúndase usted todo lo que quiera, Dorotea. Eso no quita para que sea verdad. Lo malo que tiene usted...
--Vamos a ver lo malo...--replicó ella con seriedad fingida.
--Lo malo que tiene usted--siguió diciendo Andrés--es que está usted casada con un hombre que es un idiota, un imbécil petulante, que le hace sufrir a usted, y a quien yo como usted le engañaría con cualquiera.
--¡Jesús! ¡Dios mío! ¡Qué cosas me está usted diciendo!
--Son las verdades de la despedida... Realmente yo he sido un imbécil en no haberle hecho a usted el amor.
--¿Ahora se acuerda usted de eso, don Andrés?
--Sí, ahora me acuerdo. No crea usted que no lo he pensado otras veces; pero me ha faltado decisión. Hoy estamos solos en toda la casa. ¿No?
--Sí, estamos solos. Adiós, don Andrés; me voy.
--No se vaya usted, tengo que hablarle.
Dorotea, sorprendida del tono de mando de Andrés, se quedó.
--¿Qué me quiere usted?--dijo.
--Quédese usted aquí conmigo.
--Pero yo soy una mujer honrada, don Andrés--replicó Dorotea con voz ahogada.
--Ya lo sé, una mujer honrada y buena, casada con un idiota. Estamos solos, nadie habría de saber que usted había sido mía. Esta noche para usted y para mí sería una noche excepcional, extraña...
--Sí ¿y el remordimiento?
--¿Remordimiento?
Andrés, con lucidez, comprendió que no debía discutir este punto.
--Hace un momento no creía que le iba a usted a decir esto. ¿Por qué se lo digo? No sé. Mi corazón palpita ahora como un martillo de fragua.
Andrés se tuvo que apoyar en el hierro de la cama, pálido y tembloroso.
--¿Se pone usted malo?--murmuró Dorotea con voz ronca.
--No; no es nada.
Ella estaba también turbada, palpitante. Andrés apagó la luz y se acercó a ella.
Dorotea no resistió. Andrés estaba en aquel momento en plena inconsciencia...
Al amanecer comenzó a brillar la luz del día por entre las rendijas de las maderas. Dorotea se incorporó. Andrés quiso retenerla entre sus brazos.
--No, no--murmuró ella con espanto, y, levantándose rápidamente, huyó del cuarto.
Andrés se sentó en la cama atónito, asombrado de sí mismo.
Se encontraba en un estado de irresolución completa; sentía en la espalda como si tuviera una plancha que le sujetara los nervios y tenía temor de tocar con los pies el suelo.
Sentado, abatido, estuvo con la frente apoyada en las manos, hasta que oyó el ruido del coche que venía a buscarle. Se levantó, se vistió y abrió la puerta antes que llamaran por miedo al pensar en el ruido de la aldaba; un mozo entró en el cuarto y cargó con el baúl y la maleta y los llevó al coche. Andrés se puso el gabán y subió a la diligencia, que comenzó a marchar por la carretera polvorienta.
--¡Qué absurdo! ¡Qué absurdo es todo esto!--exclamó luego--. Y se refería a su vida y a esta última noche tan inesperada, tan aniquiladora.